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Vivimos en un mundo de economía globalizada


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Vivimos en un mundo de economía globalizada. Esto es un simple tópico. Aunque también es verdad. ¿Qué significa para los países del norte de África, especialmente para Marruecos, Argelia y Túnez? ¿A quién debemos formular dicha pregunta? Para poder responderla yo tendría en cuenta estos cuatro puntos: primero, ¿quiénes son los conductores de esta economía globalizadora? En segundo lugar, ¿cuál es el reto para el Magreb? En tercer lugar, ¿cómo está respondiendo el Magreb? Y, finalmente, ¿cuál es la tarea a desempeñar por parte de estos países?

Los conductores de la economía global

La globalización es, en el fondo, un proceso económico, aunque goza de gran poder político y consecuencias culturales y sociales. Consiste en la integración de las economías a través de distintos mercados, traspasando fronteras. Son tres las fuerzas «madre» de la globalización: la mundialización aplicada al mercado y, en particular, a la liberalización de las barreras en el momento de hacer transacciones transnacionales; la reducción de los gastos derivados del transporte y, aún más, de las comunicaciones; y el crecimiento del este y sur asiático, que abarcan, entre ambos, más de la mitad de la humanidad.

El Informe Mundial de Inversión que publica anualmente las Naciones Unidas da un claro ejemplo del auge en la integración global entre 1990 y 2003. En este corto período, las exportaciones mundiales de bienes y servicios crecieron de un 18,9 por ciento a un 25,5 por ciento del producto mundial; las exportaciones provenientes de socios extranjeros pasaron del 5,3 por ciento a un 8,5 por ciento, y el producto bruto de socios extranjeros aumentó de un 6,4 por ciento a un 10,2 por ciento; el valor interior de inversión directa internacional subió del 8,6 por ciento al 22,8 por ciento y las ventas de socios extranjeros aumentaron de un 25,1 por ciento a un 48,6 por ciento.

En cada caso, la actividad orientada hacia un mercado internacional creció más rápido que el producto mundial. Éste es quizás un mundo de integración rápida. Quizás sea más significativo el crecimiento del papel que desempeña la inversión directa extranjera (IDE). Tras un largo período en el que los países lucharon para mantener a las multinacionales fuera de sus economías, ahora luchan para atraerlas.

El movimiento del mercado es un hecho bastante generalizado. Fueron momentos realmente importantes la finalización de las negociaciones comerciales de la Ronda de Uruguay y la creación de la Organización Mundial de Comercio; la decisión de todos los países desarrollados de abandonar los controles bursátiles; la reforma progresiva de la economía China llevada a cabo por Deng Xiaoping tras la muerte de Mao Zedong; el fracaso del imperio soviético entre 1989 y 1991 y las reformas económicas de la India, bajo la dirección del entonces ministro de Finanzas (y actualmente Primer ministro) Manmohan Singh, después de la crisis económica internacional de junio de 1991. Unos 3 mil millones de personas ingresaron en el mercado global durante los últimos veinticinco años. Ésta fue una transformación sin precedentes en lo que se refiere a la velocidad y al alcance geográfico.

Consideremos solamente dos de los aspectos de esta rápida liberalización. Durante la década de los noventa, tan sólo una cuarta parte de los países en vías de desarrollo estaban libres de los controles de circulación de capital, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). En los primeros años de esa década, la proporción era de hasta un 42 por ciento, a pesar de la ola de crisis financieras que golpeaba las economías emergentes. Por otra parte, en 1992, la tarifa ponderada media en China era superior al 40 por ciento, según el FMI. En 2002, diez años más tarde, había bajado hasta el 6,4 por ciento. Durante una década, por consiguiente, China pasó de tener niveles de protección casi prohibitivos a niveles comparables a los de las principales potencias de la época. Por lo que se refiere a la agricultura, los niveles de protección en China eran más bajos que los de los países desarrollados.

Tan significativas como los cambios en política fueron las revoluciones tecnológicas. Este hecho se hizo más evidente en el coste de las comunicaciones que no en el de los transportes. La última revolución fundamental en la tecnología de los transportes fue la aviación, que ya cuenta más o menos con un siglo de antigüedad, aunque hubieron otras muchas innovaciones significativas: una de ellas fue la navegación con buques porta-container y otra el cargamento aéreo en masa. Entre 1980 y 2000, el coste del flete marítimo descendió, como media, un 20 por ciento y el coste del transporte aéreo un 30 por ciento.

El gran cambio, sin embargo, se halla en el coste de las comunicaciones y el procesamiento de datos. El descenso de los costes de análisis y diseminación de información facilitó, entre otras cosas, la integración de la producción tanto de bienes como de servicios entre fronteras. A medida que crece el uso de Internet, esta revolución continúa aumentando y ampliándose. En 2002, según datos del FMI, solamente el 13 por ciento de la población mundial usaba Internet. Pero ya era mucho más que el 2,5 por ciento de 1997. En la emergente Asia, el promedio era del 18 por ciento en 2002. En EE UU, ya era de casi la mitad de la población. La manera como las sociedades respondan a esta avalancha de información determinará en gran medida su destino político y económico en el siglo XXI.

La tercera fuerza, junto a la liberación del mercado y el descenso de los costes de los transportes y las comunicaciones, es el crecimiento de Asia, y sobre todo, de China y la India. Estos dos países constituyen casi dos quintas partes de la humanidad. Actualmente, ambos forman parte de dicho movimiento.

China es ya la tercera entidad comercial más grande del mundo, por delante de Japón, aunque por detrás de Alemania y EE UU. Parece que va a convertirse en la primera potencia comercial en menos de una década. El producto interior bruto per cápita de China, en paridad de poder adquisitivo, es aún cinco veces inferior al de EE UU, incluso después de dos décadas y media de rápido crecimiento. Es menor que el PIB per cápita de Japón, en relación con el de EE UU, en 1950. En ese momento, sin embargo, Japón aún tenía más de dos décadas de crecimiento excepcionalmente rápido por delante. Por consiguiente, China aún puede seguir creciendo de manera muy rápida durante dos o tres décadas. La India se encuentra aún por detrás, y por lo tanto, tiene un período más largo de crecimiento rápido por delante.

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