• The Prairie State
  • Rafael Correa Delgado PRESIDENTE CONSTITUCINAL DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR

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    Universidad de illinois



    PREMIO AL LOGRO EXCEPCIONAL ACADÉMICO 2009

    UNIVERSIDAD DE ILLINOIS

    Illinois, 8 de abril de 2010

    Queridos amigos:

    Quiero empezar con un abrazo cálido, fraterno, con un saludo en nombre de mi pueblo, desde la mitad del mundo; un abrazo con mucho corazón traigo desde mi Patria que tiene los sueños tan altos como el vuelo del cóndor andino, el ave voladora más grande del planeta, y la fascinación del diminuto picaflor, el único pájaro del mundo con la capacidad de volar hacia atrás.

    Nuestras montañas, coronadas con nieves eternas -pese a ser un país situado en la mitad del mundo- son las más cercanas al sol, pues se yerguen en el equinoccio del planeta; frente a las costas del Ecuador continental se encuentran las Islas Encantadas de Galápagos, donde Charles Darwin sustentó su Teoría de la Evolución de las Especies; una parte de la selva amazónica, el más grande pulmón del planeta, también forma parte de mi Patria.

    Todo esto, en un territorio de 257.217,07 kilómetros cuadrados, es decir, el país megadiverso más compacto del mundo, en donde vivimos cerca de 13 millones de seres humanos, herederos de culturas milenarias, con muchas lenguas aborígenes, inmensos saberes ancestrales, que estamos empeñados en continuar siendo diversos, pero no desiguales. Gente hermosa y única, con todos los colores en la piel, con el alma abierta a las hermanas, a los hermanos de la tierra. Gente cariñosa, de corazón generoso que, por mi intermedio, les invita a ustedes, a todos ustedes, a conocer el Ecuador, donde se sentirán como en su casa.

    Somos un pueblo de paz. Para nosotros, el Ser Humano, su bienestar, su desarrollo equitativo, su buen vivir, el sumak kawsay de nuestros pueblos ancestrales, constituyen principio y fin de nuestra acción. Y para afirmar estos principios estamos conduciendo una Revolución que la llamamos Ciudadana, la Revolución Ciudadana; que no se aparta ni un milímetro de la paz que honramos como nación, ya que revolución significa cambio rápido, radical y profundo de las estructuras vigentes; en nuestro caso, precisamente para alcanzar la única paz verdadera y sostenible, que es la basada en la justicia.

    Este siempre fue mi sueño, trabajar por mi país, uno de los más injustos del mundo. La vida me dio la oportunidad no únicamente de trabajar, sino de liderar este proceso de cambio, que se está dando no solo en Ecuador sino en toda Latinoamérica. Los pueblos latinoamericanos están comenzando a despertar para ser dueños de su destino.

    Insisto, ese siempre fue mi sueño, no una ambición. Pueden estar seguros que mi deseo es tan solo servir. Pero no podemos engañarnos, no se puede cambiar realidades tan injustas como las latinoamericanas con la simple caridad. Siempre habrá lugar para el buen corazón y la solidaridad. Es más, estoy seguro que sin cambiar al ser humano, sobre todo en cuanto a valores, cualquier sistema económico y social fracasará, pero tengan la seguridad que será imposible arreglar estas estructuras tan injustas sin un cambio en la correlación de fuerzas, es decir, sin captar el poder político, y transformar los “estados aparentes” de América Latina, como los definió el boliviano Zabaleta Mercado que solamente representan un pedazo privilegiado de la sociedad, en verdaderos estados en búsqueda del bien común. Para ello, querámoslo o no, es necesario captar el gobierno del Estado, es decir, ganar las elecciones presidenciales, para empezar a construir ese Estado integral, como lo llamaba Gramsci. Digo empezar, porque como siempre insistimos, en América Latina, al igual que aquí en Norteamérica, ganar las elecciones es captar tan solo una parte del poder, ya que los poderes fácticos –económicos, sociales, mediáticos e incluso religiosos- normalmente permanecen inmutables ante los cambios de gobierno, a no ser de que estos sean verdaderamente revolucionarios.

    Este sueño fue lo que me impulsó a prepararme con la mayor rigurosidad posible. Es cierto, la vida académica me encantaba y encanta, y de hecho la extraño mucho. Mientras en la academia no decir la verdad es un pecado, en la vida política el pecado pareciera ser decirla. Mientras en la academia es inaceptable firmar algo que no hemos hecho, en este cargo aquello es sinónimo de eficiencia. Sin embargo, y aunque desde la academia se puede hacer muchísimo por el cambio, sabía que aquello no sería suficiente, pues permanentemente sentía la necesidad vital de trabajar en forma más directa por la transformación de mi país.

    Quiero decirles que siempre me gustó la política, pero en su sentido etimológico: del griego polis –ciudad- y ética –reglas-, es decir, reglas que rigen la ciudad, o buscar el bien público. Fui dirigente universitario, desde representante de los alumnos de primer año hasta Presidente Nacional de la Federación de Estudiantes Universitarios Particulares del Ecuador, pasando por Presidente de la Asociación de Economía y Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Guayaquil. Como comprenderán, apenas me gradué como economista tuve muchas ofertas de participación política, pero sabía que todavía no estaba en absoluto preparado. Así que luego de un voluntariado de un año en la región indígena de Zumbahua, el cual todavía sigue siendo mi mejor postgrado, empecé a buscar becas para poder realizar un post grado en economía. Gracias a una beca de la cooperación belga, pude obtener una maestría en otros de mis amores, la Universidad Católica de Lovaina la Nueva. Regresé al país donde luego de un corto y desdichado paso por el servicio público ecuatoriano, ya casado con lo mejor que me dio Bélgica y la vida, mi esposa Anne Malherbe, ingresé a la Universidad “San Francisco de Quito” para dedicarme de lleno a la academia. Sin embargo, todavía tenía muchas más preguntas que respuestas. Incluso enseñaba cosas que no me convencían. Mi experiencia en Zumbahua me mostraba que así no funcionaba el mundo. Parafraseando a Joan Robinson, famosa economista inglesa, enseñaba economía, y no estaba seguro si me estaba ganando la vida honradamente.

    Luego de algunos años de tratar de consolidar un hogar, y ya con dos maravillosas hijas, en 1997 apliqué a varias universidades norteamericanas para hacer mi PhD., entre ellas a Illinois, con la cual la USFQ tenía importantes convenios. Tuve la aceptación de varias universidades, y sinceramente, con dos hijos a cuestas, es necesario elegir la que mejor condición económica te ofrece, la cual era Illinois, gracias a un assistanship con el Prof. Werner Baer, siempre tan solidario con los estudiantes de América Latina, y un apoyo extra que la USFQ me podía dar por los convenios antes mencionados.

    Así que con mis 34 años a cuestas llegué por primera vez a USA -jamás había estado antes en los Estados Unidos de América- a finales de Agosto de 1997. Mi inglés era aún peor que el de ahora, y me enfrentaba a un sistema absolutamente desconocido. Llegamos a Orchard Downs, lugar de tan bellos recuerdos, donde en invierno podías elegir por qué no dormir: o por el frío o por el ruido de la calefacción.

    El primer semestre del tan temido “core” todo lo hice mal y todo salió mal. No entendí que el curso de nivelación inglés lo podía tomar cuando quisiera, y me inscribí en el primer semestre en uno de ellos, con una profesora que estaba haciendo prácticas y no sabía medir adecuadamente la carga de trabajo, por lo que la mayor parte de tiempo la pasaba haciendo…¡trabajos de inglés! Para rematar, el curso se cruzaba con prácticas de microeconomía, por lo que no podía asistir a estas últimas, todo lo cual me llevó a obtener una horrorosa “C” en esta materia. El Prof. Stefan Krasa todavía me ha de considerar un completo inútil. Llegué a Illinois solo, pues hasta instalarme adecuadamente envié a mi familia a Bélgica. Cuando les tocaba regresar, mi hija Ninique, entonces de unos ocho meses de edad, se enfermó, y hubo que retrasar el viaje, llegando mi familia justo antes de la semana de exámenes. Es decir, en mis primeros exámenes en Illinois, yo estaba buscando camas, escuela para mi hija Sofía, etc., todo lo cual me llevó a desastrosas notas en el primer parcial de econometría. El Prof. Bera me ha de considerar un retrasado mental. En fin, un verdadero desastre.

    Para rematar, tenía grandes amigos argentinos como compañeros de curso, cuyo principal problema era qué hacer con tanto tiempo libre, pues prácticamente todo lo que se veía en el primer semestre ellos ya lo habían visto en las excelentes universidades argentinas. ¡Me sentía realmente desconcertado!

    Más por necio que por constante, ese verano me dediqué a estudiar mucho más, y, finalmente, pese a los duro del core y los intentos del Prof. Taub, fui uno de los 7 estudiantes, de los 20 que ingresaron al programa, que logré aprobar sin ninguna clase de condicionamientos. Si logras sobrevivir al core, ya te tratan un poco más decentemente en el Departamento de Economía, escoges las materias que quieres seguir, y la vida es mucho más fácil y feliz. La moraleja de todo esto es que un Ph.D. es mucho más traspiración que inspiración, aunque un poco de suerte y buena orientación siempre ayudan.

    En lo familiar, éramos muy felices, pese a que al inicio contábamos el centavo, y Anne solo conocía mi espalda, pues no paraba de estudiar. Luego de terminar el core, tenía un poco más de tiempo disponible, y, por supuesto, mucho menos angustia. Anne empezó a trabajar, como siempre muy duro, por lo que ya podíamos darnos el lujo incluso de ir a comer a un restaurante de vez en cuando. Regresamos a Ecuador a finales de Agosto del 2011. Pocos días después ocurrió aquel terrible 11 de Septiembre.

    Viendo para atrás, sin duda los años pasados en Urbana-Champaign son de los más felices de nuestra vida. Es realmente una gran alegría poder volver a visitar Illinois.

    El venir a estudiar ya con algo de experiencia, me permitió entender que la sociedad no puede sintetizarse en un sistema de ecuaciones; que si los economistas pretenden ser cientistas sociales, no lo lograrán desde unos computadores y alejándose cada vez más del objeto de estudio, que es la sociedad humana. Que cualquier intento de sintetizar en principios y leyes simplistas -llámense éstas el materialismo dialéctico o el egoísmo racional- procesos tan complejos como el desarrollo, está condenado al fracaso.

    De igual manera, estoy convencido que la neutralidad científica, más aún en ciencias sociales, no existe. La buena noticia es que además de imposible, es innecesaria. Se puede ser objetivo sin ser neutro. Tengan la seguridad que yo jamás seré neutro, que mi corazón siempre estará con los pobres de mi país y esa gran Patria llamada Latinoamérica, pero que nunca perderé la objetividad.

    Es precisamente esa objetividad la que me llevó a aprender mucho, más allá de la academia, del mundo anglosajón. Toda sociedad y cultura tiene sus valores y antivalores, y debemos sacar experiencias de todos ellos. Por ejemplo, tal vez por la dureza de vida, creo que un latinoamericano está mucho más preparado que un norteamericano para soportar situaciones extremas. De esta forma, si un norteamericano y un latinoamericano se pierden en la selva, probablemente después de un año será este último el que sobreviva. El problema está en que si se pierden en la misma selva 200 norteamericanos y 200 latinoamericanos, después de un año los primeros ya tendrán su escuelita, sus cultivos, incluso su iglesia, mientras que los latinoamericanos seguirán discutiendo quién es el jefe. Nos falta mucho para aprender a trabajar en equipo. En América Latina cada uno quiere ser capitán y ninguno marinero. ¿Que somos más solidarios? Probablemente, pero se trata de una solidaridad espontánea, sin organización, reactiva. Esa acción colectiva organizada, planificada, ya sea por solidaridad o interés, como claramente tienen los anglosajones, todavía está en ciernes en Latinoamérica, lo cual nos lleva a otro problema: la dificultad de que funcione adecuadamente el estado de derecho, el imperio de la ley.

    Otra cosa que admiro mucho del mundo anglosajón es su pragmatismo y sentido de responsabilidad. Si aquí se comete un error, se realiza el análisis correspondiente, se aplican las sanciones del caso, y, sobre todo, se toman los correctivos para que no vuelva a ocurrir el evento. Si en América Latina se comete un error, le vamos a tirar piedras a la embajada de Estados Unidos. Es decir, la culpa jamás es nuestra, siempre es de los demás, y de esta forma no establecemos responsabilidades, peor correctivos, y, como dice Einsten, si hacemos siempre las mismas cosas, obtendremos los mismos resultados. Incluso nos inventamos toda una teoría para echar la culpa a terceros de nuestra pobreza: la Teoría de la Dependencia, es decir, nosotros éramos pobres porque Uds. eran ricos. Nadie puede negar a través de la historia los mecanismos de explotación que ha habido, me lo pueden decir a mí, que hoy soy testigo privilegiado de aquello, pero para poder resolver nuestros problemas debemos aceptar que los principales –aunque no los únicos- responsables de nuestra situación somos nosotros mismos. Si no, como de costumbre, todos vamos a hablar del cambio, pero que cambie el resto, porque yo no tengo nada que cambiar. ¡Qué daño ha hecho el paternalismo en América Latina! Hablar no de pobres, sino de “empobrecidos”, la mitificación del mundo indígena, nuestra eterna victimización, donde todos nuestros males –que los hay, y muchos- son culpa de terceros.

    Ni qué decir del amor por la verdad del anglosajón. Recuerdo algo que me impresionó profundamente. Uds. Saben que los latinoamericanos no nos caracterizamos precisamente por la puntualidad, lo cual se supone debe ser un horroroso defecto, que además de falta de respeto significa ineficiencia. Pues bien, si en Ecuador alguien llega tarde, como siempre será culpa del gobierno, ya que argumentará que es el tráfico, el mal servicio de transporte, etc. Sin embargo, acá en Urbana-Champaign, con uno de los mejores sistemas de transporte de USA, muchos latinoamericanos de todas formas llegaban tarde, y como ya no se podía echar la culpa al gobierno, resulta que un amigo me dijo que llegaba tarde porque era feo ser muy puntual. Es decir, el error se convirtió en virtud. Cuánto nos ha costado en América Latina no llamar las cosas por su nombre.

    Lamentablemente, ciertos antivalores culturales pueden anular las instituciones formales necesarias para el avance social y económico, y prevalecer como mecanismos de retraso y subdesarrollo. En este sentido, algunos de los antivalores de la cultura latinoamericana que constituyen poderosos obstáculos para que funcionen las instituciones formales, y, en particular, la democracia y el estado de derecho, son, entre otros, la cultura de la trampa, es decir, un inexplicable deseo de romper las reglas de juego formalmente establecidas, donde el que lo hace más y de mejor forma no es el más sinverguenza, sino tan solo el más “sabido”, con lo cual se destruye toda capacidad de organización; la cultura del poder, donde las acciones se dan en función no de los derechos y obligaciones establecidas por las reglas formales, sino por la conveniencia del coyunturalmente más poderoso; y, finalmente, se encuentra lo que los sicólogos llaman “disonancia cognitiva”, esto es, la incoherencia entre los valores expresados y los valores practicados, lo que genera que en lo abstracto se esté furiosamente contra ciertas conductas y situaciones, como por ejemplo la corrupción e impunidad, y en lo cotidiano se actúe en función de lo supuestamente rechazado. Los mencionados antivalores hacen que las reglas formales, más aún dada la debilidad de las organizaciones para hacerlas cumplir, queden frecuentemente en simples enunciados. De esta forma, estoy convencido que el cambio cultural es lo más importante para el desarrollo.

    Si un economista hubiera llegado a América con Cristóbal Colón, hubiera concluido que lo que hoy llamamos América Latina se iba a desarrollar más exitosamente que América del Norte. Mientras que en ambas regiones abundaban importantes recursos naturales, en la primera ya existían sociedades bastante consolidadas con importantes adelantos tecnológicos, en tanto que la segunda apenas contaba con unas cuantas tribus nómadas.

    De hecho, muchos dicen que Colón fue el primer economista, ya que cuando partió, no sabía dónde iba, cuando llegó, no sabía dónde estaba, y todo fue pagado por el gobierno.

    Este para mí es uno de los grandes enigmas del desarrollo. Se han intentado dar respuestas, siempre insuficientes, como la de Max Weber en su libro “La Ética Protestante y el espíritu del Capitalismo”. Lo que es seguro es que la explicación para la razón de ser de la Economía, el desarrollo humano, no se dará con optimizaciones dinámicas ni con un sistema de ecuaciones, por complicado que éste sea, y haciendo abstracción de dimensiones tan importantes como las cuestiones de poder y de cultura, entendida ésta como el conjunto de ideas, creencias, visiones y valores acerca del mundo y de la sociedad, transmitidos socialmente.

    Como verán, hoy sigo teniendo mucho más preguntas que respuestas, pero al menos ya no siento tanto temor de confesar mi ignorancia. Cada vez estoy más convencido de que más que ciencia, la economía nos da un set de instrumentos para resolver problemas, y que frecuentemente la supuesta teoría económica, es a lo sumo la opinión dominante, e incluso ideología disfrazada de ciencia, como en el caso del Consenso de Washington y el neoliberalismo. Que siempre es necesaria la ética y la moral, es decir, el análisis normativo, por positiva que se crea una ciencia. Precisamente la ausencia de estas dimensiones, y el someter vida, personas y sociedades a la entelequia llamada mercado, nos ha llevado a la peor crisis global de los últimos 80 años. Creo en sociedades con mercado, pero no en sociedades de mercado. Creo en la libertad individual, que sin justicia es lo más parecido a la esclavitud, y esa justicia solo se puede lograr a través de la acción colectiva. No comparto una globalización que intenta crear un mercado global, y no una sociedad global; una globalización que busca no ciudadanos del mundo, sino tan solo consumidores mundiales. No entiendo cómo los países ricos podrán justificar éticamente a las futuras generaciones la búsqueda de cada vez mayor movilidad para mercancía y capitales, al mismo tiempo que penalizan e incluso criminalizan cada vez con mayor fuerza la movilidad humana. Creo que el mayor imperativo ético que tiene la humanidad es combatir la pobreza, la cual por primera vez en la historia, no es fruto de escasez de recursos, sino de sistemas perversos. Creo en el poder de la Utopía, que como dice mi buen amigo Eduardo Galeano, escritor uruguayo autor de “Las Venas Abiertas de América Latina”, al ser inalcanzable pese a mucho caminar, nos sirve precisamente para eso, para avanzar.

    Todo esto es lo que nos ha llevado a generar desde el sur lo que llamamos el “Socialismo del Siglo XXI”, que sin pretender tener todas las respuestas, es nuestra respuesta ante sistemas excluyentes, especulativos, responsables de haber conducido a la humanidad a un callejón sin salida de crisis civilizatoria y de destrucción del medio ambiente.

    Compañeras, compañeros

    Agradezco este Premio a la Universidad de Illinois, que es la depositaria de una tradición de libertad iniciada ya en el siglo XVII, cuando el pueblo de este Estado se liberó del dominio colonial francés, y ratificó más tarde, ya en las postrimerías del XVIII, esa misma vocación de libertad, sacudiéndose del dominio del Imperio Británico.

    Illinois, llamado The Prairie State (el “Estado de la Pradera”), o también: The Land of Lincoln, para honrar la memoria de Abraham Lincoln, que dejara impresas en la historia, esas legendarias palabras de su Discurso de Gettysburg: “nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales”.

    Agradezco a nuestros amigos y vecinos de esos 4 maravillosos años que pasamos en estas tierras. A la gente linda de Urbana-Champaign, sencilla, afable, trabajadores, acogedores.

    Agradezco a mi familia, a Anne, mi compañera de casi dos décadas, sin cuyo esfuerzo jamás hubiera podido terminar con éxito mis estudios en Illinois. A mis hijas Sofía y Anne-Dominique, permanente inspiración, y a Miguelito, que ni siquiera estaba planificado en aquella época.

    Finalmente, recibo la distinción que me concede la Universidad de Illinois, como un reconocimiento al difícil proceso en que se encuentra el pueblo ecuatoriano, cuyos mandatos soberanos han sido puestos en mis manos, como una tarea perentoria que trato y trataré de realizar de la mejor manera, en gran parte con los conocimientos y vivencias recibidos en esta magnífica universidad.



    ¡Muchas gracias!

    Rafael Correa Delgado

    PRESIDENTE CONSTITUCINAL DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR



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