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Psicología y ética en la nueva economía


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7. Psicología y ética en la nueva economía.
Las perspectivas que abre la nueva economía son inciertas en todo sentido ya que no se sabe bien de qué tipo de organización económica se trata y, por tanto, mucho menos aún qué formas de organización psicológica implica o qué conflicto ético trae. Creo que la discusión depende en gran medida del modo en que se interprete el grado en que la nueva economía es realmente “nueva” o si se trata de una variante más del capitalismo. Por mi parte, veo dos caminos de interpretación. Uno sería considerar que la nueva economía es realmente un tipo de capitalismo verdaderamente distinto, revolucionario, que viene va a cambiar las formas de producir y de consumir hasta tal punto que también las formas de organización psicológica y los problemas éticos del capitalismo serán historia vieja. Algunos llaman a la nueva economía desde hace tiempo con las denominaciones más variadas: “economía postindustrial”, “postcapitalismo”, “economía de servicios” , “economía tecnológica”, “economía del conocimiento” queriéndose enfatizar sobre todo su carácter “suave” o “desestructurado” en comparación a la dureza y rigidez del “viejo” capitalismo y la “vieja” economía. Los que piensan así parecen sostener implícitamente la tesis de que el viejo problema del eros y la agresividad capitalista tenderá a disminuir o a diluirse.

Veamos cómo ven los más optimistas algunos temas puntuales. En cuanto a las nuevas formas de organización de la producción, la flexibilización del modo de organizar el trabajo podría traer un modo más flexible de organizar la agresividad humana. Al ir desapareciendo las estructuras piramidales en las empresas, la tendencia sería la de disminuir el grado de presión agresiva ejercida por las más altas jerarquías sobre los que ocupan los puestos más bajos. Por otra parte, esta misma transformación horizontalista, potenciada por la tecnología de la comunicación (e-mail, intranet, etc)traería una mayor comunicación entre compañeros de trabajo, lo cual reintroduciría a eros (y no me refiero al eros sexual) ausente en los organigramas rígidos de la vieja empresa. Se especula también con la idea de que habrá una mayor motivación en el llamado empleado-empresario que siente que el negocio que tiene entre manos depende de su pequeña unidad de negocios o de su “team” y que puede establecer sus propios objetivos, formas de trabajar y horarios. Por lo demás, las formas de producción de la nueva economía llevarían a un nuevo acercamiento de la empresa a la vida familiar, volviendo atrás el camino de ruptura entre empresa y familia iniciado por el capitalismo, a través del teletrabajo, que posibilita trabajar en casa, o por medio de la resurrección de la pequeña empresa familiar que, asociada “en red” con otras muchas pequeñas empresas o talleres casi artesanales, tal como ocurre por ejemplo en Italia, pueden llegar a competir con las grandes corporaciones del viejo capitalismo. En fin, la nueva economía sería así un capitalismo con una agresividad más atenuada por todos estos factores.

Por otro lado, también desde un punto de vista optimista, las nuevas formas de consumo podrían implicar el inicio del fin del grave problema de la manipulación del erotismo orientado al consumo. En efecto, en tanto el consumo de la vieja economía era en gran medida masivo e implicaba por consiguiente una organización uniforme del eros, las nuevas formas de consumo personalizadas a través de internet devolverían el eros a las manos del consumidor. Por otra parte, la instantaneidad del consumo proporcionaría al consumidor un modo de obtener más rápidamente su producto “salteando” la intermediación de la publicidad con su consiguiente incentivación artificial del eros. En definitiva, en una interpretación de este tipo, la tendencia sería hacia una moderación del eros consumista y por tanto también de la agresividad laboral lo que llevaría a una economía de una competencia más razonable, con una mejor distribución del ingreso, menos conflictos sociales y una relación más armónica con los aspectos familiares, comunitarios y humanos de la vida.

En mi opinión hay cosas ciertas y falsas en esta posición. Coincido en que muchos de estos cambios pueden ser utilizados beneficiosamente y disminuir el problema ético del capitalismo. El teletrabajo puede servir para que muchas madres no tengan que volver a la empresa inmediatamente después del parto y la posibilidad de elegir por internet la película que exactamente uno quiere ver, evitará a muchas personas el riesgo de caer en manos del eros enfermizo de la televisión. Es evidente que, como ya lo dijimos anteriormente, las formas de organización de la vieja economía implicaban una manipulación antinatural de la agresividad y del eros humanos. Sin embargo, yo dudo que los cambios de la nueva economía signifiquen una transformación esencial en este punto. Más aún, me parece que si bien la nueva economía presenta posibilidades de cambio, la tendencia general no es a revertir el proceso iniciado por el capitalismo sino, por el contrario, a acentuarlo mediante formas más nuevas y sofisticadas.



Veamos algunos puntos más concretos. En “Overworked America”, Juliet Schor explica que la tendencia al aumento de horas de trabajo, que fue tan acentuada durante la época del paso de la economía precapitalista a la capitalista, se revirtió considerablemente durante todo este siglo pero desde los años ochenta -cuando se inicia la nueva economía- esta reversión en la tendencia se detuvo y las horas de trabajo en los Estados Unidos volvieron a aumentar. A pesar de que las formas de capitalismo dirigista o de economía planificada (en el fondo capitalismo de estado) continuaron en muchos aspectos y aún acentuaron la agresividad del primer capitalismo más liberal, la limitación de los mercados no permitió el despliegue de otros aspectos de su gran agresividad potencial. Creo que es cierto que hoy estamos presenciando la caída de formas de agresividad laboral (la brutalidad de los planes quinquenales, la rigidez de la empresa industrial, etc.) pero no es menos cierto que están surgiendo formas de agresividad propias de la economía tecnológica de mercado nunca vistas antes. Los programas de flexibilización y reorganización laboral emprendidos por las empresas tienen elementos humanistas como los que se mencionaban más arriba pero no creo que su sentido general sea disminuir la presión agresiva. Por el contrario, la nueva organización de la empresa implica a mi criterio un ejercicio de la agresividad menos grosero, más sutil pero no por ello menos intenso. Una de las claves está en el despido. Esta variable, poco usada en la “vieja economía” , hoy es de uso habitual. A partir de la presencia de esta posibilidad inminente es muy difícil hablar con honestidad de una reintroducción de eros en el ámbito laboral. El entusiasmo por trabajar que hoy resaltan muchos analistas en recursos humanos no se trata a mi juicio de un verdadero disfrute sino del resultado de una forma de agresividad sublimada. La agresión ya no es ejercida desde afuera, ya que no hay necesidad: cada uno la ejerce “entusiastamente” sobre sí mismo. La “comunidad de compañeros” o la introducción de lo familiar y lo afectivo en la empresa -así como también la incorporación de cierto humor especialmente a través del e-mail- suelen ser nada más que el uso de la vieja formula, ahora modernizada, de compensación erótica ante la agresividad omnipresente. Por otra parte, la idea de que lo familiar y lo laboral puedan en esta economía volver a reconciliarse, me parece lejana. El teletrabajo puede posibilitar estar más en casa pero en las condiciones actuales parece ser la mejor fórmula para que el trabajo, además del horario cumplido en la empresa, ocupe ahora también el resto de la vida. Por lo demás, la idea del resurgimiento de la empresa familiar por sus características más móviles para actuar “en red” no implica, tal como sostiene David Harvey en “The Condition of Posmodernity”vi , una verdadera flexibilización del capitalismo en sus aspectos agresivos. Por el contrario, concuerdo con este autor en que estas nuevas formas de redes de empresas ejercen igual o mayor presión que la que ejerce la estructura de las empresas grandes. Pero la razón última por la que no creo que la agresividad laboral vaya a disminuir, a pesar de las nuevas formas de organización, es muy sencilla: el grado de exigencia y velocidad de los mercados no está en disminución sino en aumento.

Tal como explica Juliet Shor en "Overspent American: why we want what we don't need" viiel consumismo no ha disminuido en los Estados Unidos desde la caída del keynesianismo sino que ha aumentado y se ha perfeccionado en sus modalidades. La tesis de que la liberalización y electronificación genera mercados menos manipulados y más personalizados no parece coincidir con el análisis que hace Schor sobre la evolución de las formas de consumo en los noventa. Por el contrario, esta autora sostiene que la llamada personalización del consumo implica una estandarización y una manipulación oculta. En efecto, en tanto durante los años 50 y 60 el erotismo del consumo se manipulaba a través de imágenes de una carga atractiva general como el cuerpo de Marylin Monroe o la imagen de un actor famoso fumando un cigarrillo, en la nueva economía, de lo que se trata es de ganar segmentos de mercado más específicos, por los que el objeto de erotismo debe reunir características más adaptadas a la personalidad y gustos del consumidor. Pero en una economía de mercado la personalización auténtica es muy difícil, la necesidad de vender en cantidad para obtener ganancias nos da la seguridad de que siempre habrá una estandarización aunque sea velada. En un reciente artículo de tono fuertemente crítico y dramático publicado por el Corriere della Sera titulado “Cuando la vida es el alma del comercio”, el economista norteamericano Jeremy Rifkin, describe las implicancias del término operativo (LTV) (Life Time Value), que es el cálculo que muchos analistas de negocios emplean para ver el grado de ganancias potenciales que puede dar un cliente determinado a lo largo de su vida. Esta “personalización” demuestra que, si bien la manipulación de eros ha perdido una parte de su carácter masificado, sigue adelante en formas más refinadas e intensas. Por lo demás, creo que la corta historia de internet también está mostrando –como sostiene Claudia Springer en su libro, "El eros electrónico"viii, que el eros consumista está lejos de diluirse y tiende a acentuarse sobre todo debido a la velocidad con que puede ser satisfecho y la variedad cada vez más seductora de posibilidades.

El círculo de eros y la agresividad característico de la vieja economía no parece así romperse en la nueva economía sino acentuarse en la velocidad, intensidad e intransigencia de su retroalimentación. Las consecuencias no pueden pues ser otras -desde mi punto de vista- que una creciente competencia, una mayor desigualdad social, una deshumanización del trabajo y la amenaza de una invasión de las pasiones económicas a todos lo campos de la vida más grande aún que en la vieja economía. No obstante, y a pesar de lo anterior, ¿ofrece la nueva economía alguna oportunidad? Creo que a pesar de la lógica intrínseca aparentemente indestructible de la de las formas de organización económica, éstas son siempre el resultado de las energías psicológicas del hombre regidas por su inteligencia y por su voluntad libre. Esta verdad quedó demostrada justamente con la caída de la vieja economía que se desplomó no por una mera razón técnica sino porque dejaron de alimentarla las energías psíquicas de los hombres. De este modo, me parece que hay formas de actuar para que la nueva economía no continúe con el viejo problema ético del capitalismo. Creo que los caminos para abordar el problema ético de la nueva economía son básicamente tres:

- el primero es el camino humano, psicológico, ético y religioso. Es el núcleo del problema. En tanto no haya un cambio interior en todos los que participamos de la economía ésta no cambiará en sus estructuras objetivas. El sistema económico con sus formas de organización del consumo y de la producción se alimenta del tipo y calidad de energía psíquica que volcamos sobre él. Tanto la erotización enferma del consumo como el ejercicio desmedido de la agresividad laboral son el resultado de un desorden interior que se repite en muchos de nosotros. A nivel psicológico es necesario luchar en primer lugar por lograr una personalidad más integrada, más en acuerdo con nuestros deseos más profundos y menos divorciada de las otras personas, de la naturaleza y de los aspectos más profundos de la realidad que son los únicos que verdaderamente satisfacer esos deseos. Las formas de erotismo y agresividad enfermas parten de no encontrar este centro de nosotros mismos y por tanto de lo que en la realidad pueda satisfacerlo. Por lo demás, este cambio no sólo implica una curación psicológica sino que conlleva una transformación del corazón en sus intenciones es decir en su dirección al bien. De aquí brota en definitiva la cuestión capital de cuál es el grado de pasión que dedicamos al sentido último de la vida en comparación a todas las demás cosas. Pensemos entonces cómo mucho de la lógica aparentemente económica de la nueva economía en realidad tiene su base en cómo encaramos nuestra vida personal.

-el segundo camino es el familiar y comunitario. Si bien el cambio de fondo está en cada persona, ésta se apoya sobre todo en el núcleo familiar que es la matriz básica para todo desarrollo humano normal. El cultivo y fortalecimiento de la vida familiar, así como su constante renovación interior, me parecen el principal medio vital capaz de contener, dándoles un puerto auténticamente satisfactorio de llegada, a las potencias eróticas y agresivas de la persona. Una vida amorosa o familiar interesantes o apasionantes son la mejor manera de darles el justo lugar al erotismo dedicado al consumo o a la agresividad puesta en el trabajo. Por lo demás, otras formas de sociedades intermedias como la comunidad de los amigos, del barrio, de la parroquia, o de asociaciones con fines de ayuda al prójimo o de emprendimientos científicos, exploratorios, educativos son todas formas de encauzar con sentido las energías psíquicas de las personas. Creo que en este punto la clave está en abandonar la idea actualmente en boga de propiciar el desarrollo de un “tercer sector” o “sociedad civil” separado del mercado o, pero aún, esponsoreado por empresas con fines comerciales. Creo que el gran desafío es cambiar esta mala dirección y luchar porque los hombres de empresa se interesen y apasionen por participar en la vida de las sociedades intermedias no para que el mercado invada más espacios sino, por el contrario, para lograr quebrar la lógica puramente económica de las empresas.

-Por último, el tercer camino es el político-económico. El drama moral del capitalismo y de la nueva economía parte del corazón del hombre pero se materializa en las formas de organización económica que lo reafirman. Así creo que una clave para atacar el problema ético de la nueva economía es el contexto de una política económica y de un marco jurídico que no apoyen el despliegue enfermo de las fuerzas psíquicas de la población hacia lo económico. Si bien los gobiernos no ejercen ya políticas dirigistas que fomentan directamente el consumismo o el productivismo, en la nueva economía los gobiernos realizan esto indirectamente a través de la falta de un marco de contención regulatorio de los mercados. Aquí surge la discusión ideológica de fondo entre los que consideran que el mercado debe ser cada vez más libre y los que no. Yo creo que la decisión por el capitalismo liberal es una decisión equivocada. Es tan dañina como lo fue la decisión por el capitalismo keynesiano o por el marxismo. En todas ellas se profundiza la herida mortal del capitalismo que quebró la unidad del hombre, de la comunidad y de la sociedad política pero que si actuamos bien puede comenzar a cicatrizar en la nueva economía.



i Schor, Juliet, The Overworked American, The Unexpected Decline of Leisure,Basic Books, New York, 1992.

ii Polanyi, Karl, The Great Transformation,Beacon Press, Boston, 1957.

iii Dogana, Fernando, Psicopatología del consumo cotidiano,Gedisa, Barcelona, 1980

iv Ibid. p.238

v Marcuse, Herbert, Eros and Civilization,Beacon Press, Boston, 1966.

vi Harvey, David, The Condition of Postmodernity, Blackwell, Cambridge, Massachusetts, 1990.

vii Schor, Juliet , The Overspent American, Why we want what we don´t need, Harper Perennial, New York, 1998.

viii Springer, Claudia,The Electronic Eros,University of Texas Press, 1996.




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