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Organización psicológica y problema ético de la economía capitalista


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4. Organización psicológica y problema ético de la economía capitalista
Tal como afirma Karl Polanyi ii, la “gran transformación" producida por el capitalismo consistió en la separación de los distintos factores económicos que en la economía tradicional se hallaban amalgamados. La unidad de producción y de consumo se divide en dos: la familia, por un lado, que ya no produce y consume a la vez, se convertirá en una unidad dedicada básicamente al consumo. Por otra parte, sus miembros deberán salir de ella para trabajar en otra unidad económica dedicada a la producción: la empresa. En una relación a la vez de causa y efecto con estos cambios, se produce una expansión y desregulación progresiva de las transacciones surgiendo así el fenómeno de los mercados modernos. El capitalismo crea así un sistema económico de posibilidades ilimitadas ya que en tanto antes la producción estaba limitada a los recursos y las necesidades de la vida familiar o comunitaria, ahora será organizada con recursos multiplicables al infinito y dirigidas a un mercado de consumidores potenciales también indefinido. Esta transformación estructural tiene su paralelo en una gran revolución psicológica que consistió en separar, organizar y expandir el eros y la agresividad económica del hombre que habían permanecido hasta entonces dispersos o escondidos. La época capitalista se caracteriza, por tanto, por un debilitamiento de la contención que proporcionaba la trama social a las actividades económicas y por el desarrollo consiguiente de una gran agresividad productiva y de un enorme eros dedicado al consumo.

El uso económico de la agresividad humana fue siempre considerado fundamental en el desarrollo del capitalismo desde la ética puritana del esfuerzo y la represión de los instintos para la disciplina laboral hasta la "destrucción creativa" de Schumpeter. El hombre de la época capitalista realiza una operación de represión agresiva de su instinto de goce, de su capacidad de disfrutar el momento en vistas a la obtención de un beneficio económico futuro. También ejerce una agresividad sobre la naturaleza dejando de lado su instinto natural de disfrutarla y acentuando su necesidad de explotarla. Por último, también ejerce su agresividad sobre los otros para sacarles el máximo provecho a través del trabajo. Esta agresividad, puede ser muy buena si está limitada por los fines de eros. Pero cuando se expande excesivamente y adquiere formas sofisticadas e instrumentos que la potencian -como ocurrió con la máquina o la organización burocrática o administrativa de la economía capitalista- corre el peligro de volverse una fuerza en cierto modo independiente, desvinculada de su fin propio que es el servicio a eros y por consiguiente ilimitada en su capacidad de destrucción. Así, tal como afirmaba Marcuse en su obra "La agresividad en la sociedad industrial avanzada" escrita durante los años 60: "la destrucción sirve a la civilización y a los individuos sólo mientras trabaja al servicio de eros; si la agresión llega a ser más fuerte que su contrapartida erótica, la tendencia se invierte" Por lo demás, la agresividad puede ser destructiva para el hombre y para la naturaleza aún cuando está vinculada a las fuerzas eróticas si éstas últimas son ejercidas de manera ilimitada tal como ocurrió en el capitalismo con la llamada "erotización del consumo".



En efecto, el eros dedicado al consumo aumentó con el capitalismo prodigiosamente. Especialmente después de un largo período de dedicación a la producción, al trabajo y al ahorro en que las fuerzas agresivas del trabajo se expandieron, surgió la necesidad de fomentar una fuerza de consumo que fuera capaz de demandar todo lo que el sistema de producción era capaz de ofrecer. Surgió así otro fenómeno revolucionario como es el del consumo moderno, que se caracterizó por un aumento jamás visto de energía erótica volcada sobre los bienes económicos y de la organización científica y comercial de esta energía. En un estudio fascinante de 1980 titulado "Psicopatología del consumo cotidiano" iii, el psicólogo italiano Fernando Dogana explora de modo pormenorizado, como resultado de diez años de investigación, nuestras actitudes y conductas frente a los bienes de consumo. El autor indaga el grado de erotización o libidinización que han adquirido para nosotros el consumo de distintos bienes como los alimentos, tabaco, alcohol, ropa, artículos de cosmética, máquinas fotográficas y filmadoras, automóviles y otros tantos bienes y servicios. Para Dogana nuestra sociedad manifiesta una verdadera "perversión" frente a los bienes económicos. El concepto de “perversión” es de larga data en la historia de la ética. Se refiere al uso de algo desviándolo de su verdadero fin. Dogana, siguiendo a Freud, analiza este concepto en términos psicoanalíticos y explica que la perversión consiste en "una desviación del instinto respecto de su fin u objeto." Por ejemplo, sostiene Dogana, "una necesidad alimentaria o sexual se 'pervierte' en la medida en que su funcionamiento normal se ve obstaculizado o desviado (por interferencias de fuerzas extrañas) hacia objetos que deberían carecer de relevancia para la satisfacción de la necesidad en cuestión". Así, sigue explicando Dogana, "precisamente es esto lo que parece ocurrir en los tipos de conducta examinados en lo referente al consumo: lo bienes no se adquieren sobre la base de sus valores técnicos, prácticos y funcionales por cuanto están constantemente sobrecargados de significados de la proyección de exigencias psicológicas, ajenas a la categoría de los hechos mismos" Así, continúa diciendo nuestro autor " ya no compramos (o bien lo hacemos en medida muy limitada) un automóvil atendiendo a su capacidad de transporte, o ropa para protegernos del frío o alimento para apagar el hambre o la sed, etc., sino que compramos gratificaciones a nuestras necesidades de prestigio, de exhibicionismo, de amor, de superioridad, etc., o compramos compensaciones de nuestras frustraciones psicológicas. Esta hipercatexia emotiva de los objetos económicos configura pues una verdadera 'perversión consumidora'" iv. De este modo, el núcleo del problema ético del consumo moderno radicaría en que la energía erótica que lo alimenta estaría en gran medida pervertida ya que busca en los objetos de consumo una satisfacción plena que nunca encontrará. Así, dado este círculo formado por el deseo y su frustración, la demanda por consumir se vuelve potencialmente ilimitada, busca de manera frenética nuevos y más sofisticados objetos a una velocidad creciente y deviene cada vez más implacable en sus exigencias.

Por lo demás, tanto el proceso de acentuación de la agresividad como la erotización enferma del consumo se da en el capitalismo de una manera en gran medida organizada por la propia lógica del sistema. Al expandirse las posibilidades de la producción debido a la eliminación de los límites propios de la economía familiar y local precapitalista, las empresas tienen necesidad de colocar sus productos a toda costa y se vuelven así también ellas no sólo organizadoras del trabajo y de los recursos productivos sino también de la misma demanda que habrá de consumirlos(cfr.John Kenneth Galbraith) Son incontables los estudios empíricos y teóricos que han demostrado de manera difícil de refutar que las formas enfermas en que se desenvuelve gran parte de la organización del trabajo y del consumo en la economía moderna no son resultado exclusivo de la decisión espontánea de los individuos o de sus conflictos internos éticos y psicológicos sino que también son el producto de técnicas cuidadosamente planificadas por los interesados en ganar dinero a su costa. La empresa, como unidad de producción separada de la familia, se convirtió en cierta medida en una verdadera agencia de manipulación psicológica ya sea en las tareas de la organización del trabajo como en las de la organización del consumo. La utilización científica de la agresividad económica se caracterizó por el aumento extraordinario del tiempo dedicado al trabajo en relación a la economía precapitalista, la planificación masiva de ritmos y tiempos, los métodos de presión agresiva ejercida sobre los subordinados y compañeros de trabajo y la expulsión progresiva de la gratificación erótica tanto de la actividad como el espacio laborales. En cuanto al consumo, muchos críticos como Herbert Marcuse, quien describe por ejemplo en su ya clásico libro "Eros y civilización" v, la técnica de la "obsolescencia programada" que introduce cambios en los objetos de consumo para volverlos rápidamente inútiles o Erich Fromm en "Tener o ser”, quien analiza las técnicas de vinculación de los valores afectivos a determinados bienes de consumo, han demostrado hace rato este tipo de manipulación. Por lo demás, son muchos entre los mismos especialistas en recursos humanos, marketing o publicidad que admiten utilizar técnicas de manipulación afectiva como parte de su tarea habitual. Así, la empresa capitalista moderna, que participa activamente en este tipo de organización social de la energía agresiva y erótica es por consiguiente corresponsable del problema ético de su perversión.

El resultado final en la economía capitalista es el de un círculo en el que las fuerzas desordenadas del eros y de la agresividad se alimentan mutuamente. En efecto, el eros consumista se expande cada vez más pero como no se satisface genera frustración. Por consiguiente la fuerza agresiva asociada a él, o bien es ejercida sin objeto (el trabajo por el trabajo) o está ejercida al servicio de un eros enfermo, lo cual produce el resultado equivalente. Así, si bien la revolución psicológica del capitalismo proporcionó al mundo un progreso económico formidable, mejores niveles de vida para más personas y posibilidades financieras inigualadas para financiar sistemas de salud y educación, dejó también un tendal de problemas éticos sin resolver. Por un lado, la deserotización de los grandes fines de la vida se realizó en gran medida a cambio de la erotización de los bienes económicos, lo que produjo el resultado moral del egoísmo y la ambición y el resultado práctico de una acumulación de las riquezas en pocas manos y de una creciente desigualdad. Por otro lado, aumentó la agresividad dedicada al trabajo a cambio de una deshumanización del hombre y una explotación abusiva de la naturaleza.


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