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Psicología, ética y economía


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2. Psicología, ética y economía.
Desde Platón hasta Freud, la mayoría de los pensadores sostienen que la vida humana está movida por dos grandes fuerzas: eros e ira las han llamado los platónicos, apetito concupiscible e irascible los aristotélicos y tomistas, libido e instinto de agresividad los freudianos. Todos coinciden en que el eros o amor es la primera de ambas fuerzas ya que es el instinto básico que nos mueve a vivir. Eros es el instinto amatorio por el cual nos abrimos a la vida con el fin de conservar y sostener nuestra existencia pero también para alcanzar su fin que no es otro que el de nuestra plenitud o realización completa. Por este eros nos volcamos al placer de la comida y la bebida, a los goces de la vida sexual, a la excitación de las empresas y aventuras, a la contemplación serena de la naturaleza, a la alegría de la amistad, a la dulzura y profundidad del amor romántico, a la plenitud de la creación artística y del descubrimiento científico, a la alegría de la apertura al prójimo y a la paz que da la auténtica adoración y disfrute de Dios. "El amor es mi peso" decía San Agustín para describir el poder de esta fuerza psicológica en el alma humana. Por otro lado, para obtener los fines a los que nos vuelca eros, existe también una fuerza agresiva, de lucha, de esfuerzo que destruye los obstáculos que se oponen a los bienes que busca eros. La agresividad es la fuerza que hace posible la disciplina, la ascética, el trabajo, el sacrificio y el ahorro. También llamada a veces "instinto de destrucción", la agresividad es la que realiza la "poda" de la vida pero no para ahogarla sino para hacerla crecer con más fuerza y plenitud.

Estas dos magníficas fuerzas no se presentan de la misma manera en el animal que en el hombre. Claro que en el mundo de los animales existen el deseo y la agresividad. No obstante, en ellos estas fuerzas tienen la característica de estar regidas por el instinto, de modo que el animal desea siempre lo que necesita y no más y despliega solamente la cantidad de agresividad estrictamente necesaria para vencer los obstáculos que se interpongan a ese preciso deseo. En el hombre el caso es distinto. En él, eros puede "no dar en el blanco" y por tanto, tampoco la agresividad concomitante. Un hombre desea a una mujer, se casa con ella, pero un buen día se da cuenta que no la ama verdaderamente, que se ha equivocado en la elección, que no dio en el blanco. ¿Qué sinnúmero de consecuencias no se nos pasan por la cabeza al pensar en este desgraciada pero tan común situación humana? El eros frustrado no puede guardarse en un bolsillo, es una fuerza connatural al hombre que busca satisfacción. De ahí surgen las compensaciones afectivas, las corridas de un objeto de amor a otro, las explosiones libidinosas sorpresivas y tantos otros males de un amor que no ha alcanzado su objeto. Por otra parte, la energía agresiva también sufre las consecuencias. La capacidad de lucha y esfuerzo y aún de destrucción que, guiadas por un amor certero, puede servir para superar todos los obstáculos, puede convertirse también en una fuente de destrucción sin objeto y sin límites. No parece necesario dar ejemplos de lo destructivo y violento que puede ser el hombre con los demás y aún consigo mismo cuando lo guía una fuerza erótica herida por la insatisfacción. De esta manera, los mismos pensadores que han dado tanta importancia al poder y posibilidades de estas dos energías psíquicas también han advertido sobre el riesgo que conllevan y por tanto sobre la necesidad de su ordenación. La ética no trata acerca de otra cosa que del drama del orden del amor, el orden de las pasiones o las energías psíquicas del hombre. De ahí la estrecha relación entre el dinamismo psíquico del hombre y las acciones libres que realiza y, por consiguiente, la importancia de la psicología para una mejor comprensión de la ética.



El problema ético en la economía tiene características peculiares que ya veremos; pero se reduce, a mi juicio, a los mismos términos esenciales del drama ético que venimos describiendo. También en la economía se juega el orden del amor. En la actividad económica el hombre no puede más que sacar a relucir lo único que tiene, que son sus fuerzas vitales, y hacerlas jugar de acuerdo al juicio lúcido u ofuscado de su razón y a la recta o torcida intención de su voluntad. La única diferencia reside en que en ella tanto el eros como la agresividad se vuelcan a un conjunto de objetos especiales. Eros es la fuente impulsora de motivación para el trabajo, está relacionado con el deseo y la necesidad que tenemos de los bienes económicos, se enlaza con nuestro instinto de supervivencia pero también vincula la actividad económica a los fines superiores de la vida. Eros está así vinculado con el fin mismo de la economía, centrado en el momento de la satisfacción de la necesidad o del deseo de bienes económicos. El tamaño, la calidad y hasta la velocidad de una economía varía de acuerdo a la cantidad y el tipo de erotismo que la impulse. Por eso es la fuerza vinculada al consumo. En éste último se da el ocio, el deleite y el descanso recompensado como punto culminante del trabajo sin el cual éste no tendría sentido. Es el momento no económico de la economía donde ceden la tensión y los límites del trabajo y comienza la expansión libre del ocio. Por otro lado está la agresividad. Ésta también tiene un papel central. Muchas veces incluso casi identificamos toda la actividad económica con los procesos agresivos que se dan en ella. En efecto, la necesidad de la actividad económica proviene del hecho de que la naturaleza no nos proporciona una satisfacción inmediata o fácil de todas nuestras necesidades. La estructura misma de las cosas nos presenta un mundo abundante pero al mismo tiempo escaso en relación a muchas cosas que queremos. No todos los frutos se obtienen con sólo alargar la mano: muchos bienes que necesitamos requieren de un esfuerzo, de una lucha, en definitiva, de lo que llamamos trabajo. Este último es obviamente el instrumento central de la economía. El trabajo es la actividad propia de nuestra agresividad, es decir del ejercicio de nuestras energías destinadas a combatir -y hasta destruir- los obstáculos o impedimentos que bloquean el acceso a los bienes económicos que necesitamos. Ya sea en la matanza de animales y vegetales que realizamos a diario para obtener nuestra comida o en la lucha contra la pereza y la desidia que aparecen constantemente dentro nuestro, la agresividad es una energía fundamental del trabajo. Como lo han explicado tantos críticos de la cultura, es sabido que las formas de organización económica tienen su correspondiente paralelismo en la forma de organización psicológica de las fuerzas afectivas del hombre. Así, la economía no sólo implica el problema técnico de la forma de organización de la producción y del consumo sino también el problema de la ordenación ética de las energías psíquicas del eros y la agresividad que están detrás.

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