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Una nueva ambicion para superar la crisis existencial del proyecto europeo


UNA NUEVA AMBICION PARA SUPERAR LA CRISIS EXISTENCIAL DEL PROYECTO EUROPEO

Lo ha dicho Jean-Claude Juncker, Presidente de la Comisión Europea, en su discurso sobre el Estado de la Unión (Estrasburgo, 14 de septiembre 2016) : “nuestra Unión atraviesa una crisis existencial”.
No es la primera vez que lo oímos o que lo decimos. En realidad la construcción europea ha sido una permanente cuestión acerca de lo que somos y lo que queremos ser. ¿Cuántas veces hemos dicho que “Europa estaba en una encrucijada”?. ¿O que sus crisis son los motores de su construcción?. Desde la silla vacía del 1965 al fracaso de la Constitución europea en 2015, las crisis y las encrucijadas han sido el estado permanente de un proyecto que se hacia al andar, como Machado hubiera interpretado el método comunitario.
En efecto, Monnet/Schumman nos dijeron que Europa no se haría de una sola vez y que sería el resultado de las soluciones que a sus crisis se diera. Y que estas (tanto las crisis como las soluciones) serían las forjadoras de su identidad.
Y hasta hace poco parecía que así era. El proyecto de integración europea había salido reforzado de sus crisis y se definía ellas cada vez más por referencia a un conjunto de valores compartidos por los Estados miembros y sus ciudadanos.
Pero esta vez puede ser diferente. El primer vicepresidente de la Comisión, el socialdemócrata holandés Frans Timmermans ha dicho que “por primera vez, temo que el proyecto europeo puede fracasar”. Para Enrico Letta, ex-primer ministro italiano: “con la crisis económica sin resolver, el Brexit, el terrorismo, la crisis de los refugiados, vivimos una situación sin precedentes que cuestiona el propio proyecto europeo”. Mario Monti, ex comisario europeo de la competencia diagnostica que: “el mecanismo se ha roto, las crisis ya no aportan energías nuevas como en anteriores ocasiones”. Y el Presidente del Parlamento Europeo Martin Schultz, denuncia la falta de voluntad política de los gobiernos de los Estados miembros para profundizar en la integración.
Es fácil listar los componentes de la actual crisis : incertidumbre económica, debilidades institucionales, falta de liderazgo, resurgir de populismos, nacionalismos y manifestaciones xenófobas que hubieran sido impensables hace pocos años, inestabilidad de nuestros vecinos del Mediterránea y fundamentalismos religiosos, con sus derivados de inmigración, refugiados y amanezcas terroristas, la vuelta de la guerra en las fronteras del Este, perdida de peso geopolítico europeo en un mundo multipolar y desordenado.

Y como colofón se puede añadir el enfrentamiento Norte-Sur a propósito de las políticas económicas, o el del Este-Oeste por la inmigración.


En este contexto, la percepción de los ciudadanos acerca del proyecto europeo también ha cambiado mucho. En particular en España. 30 años después de la adhesión a lo que entonces llamábamos Comunidades Europeas, hemos pasado del entusiasmo acrítico a la desafección creciente. Para mi generación, intrínsecamente europeísta por aquello de Ortega, España como problema Europa como solución, esos 30 años han sido los mejores de nuestra historia moderna desde la batalla de Trafalgar. Y la UE nos ha ayudado mucho en nuestro progreso económico y político.
Pero mis alumnos en la Facultad de Ciencias Económicas no tienen esa visión. De esos 30 años ellos tiene conciencia de lo vivido en los 7 últimos, que han sido los de la crisis económica y del proyecto político europeo. Para nosotros Europa era una hada buena que nos financiaba infraestructuras, repartía subvenciones y nos daba credibilidad internacional. Pero la percepción de las jóvenes generaciones es más bien la de una madrastra, malas por definición, que impone desagradables disciplinas que no acaban de resolver los problemas.
Además de esta división generacional se ha producido otra entre el Norte y el Sur de Europa, que se manifiesta tanto en términos de expectativas como de realidades presentes. Alemania y los países del Norte esperan que los del Sur sean, seamos, capaces de crecer económicamente sin acumular deudas públicas y privadas y que para ello se apliquen reformas estructurales que liberalicen la economía y luchen contra la evasión fiscal y la corrupción política. Los del Sur, cuyas sociedades y economías se han fragilizado con la crisis, piden una mayor solidaridad financiera y más tiempo para llevar a cabo esas reformas.
Hay que reconocer que se ha avanzado mucho para hacer frente a la crisis, completando el armazón institucional de la unión monetaria y su capacidad de reacción financiera frente a los mercados. Pero esos mismos avances que no estaban contemplados en el guion antes de la crisis, han planteado problemas de legitimidad de las decisiones europeas cuya solución requeriría avanzar hacia la Unión Política.
Sin embargo, ante los nuevos problemas de emigración, terrorismo y desestabilización en los países vecinos, el actual clima de creciente populismo y de los partidos anti-europeos es poco favorable para emprender reformas ambiciosas de la UE y de la eurozona, que la experiencia demuestra que son arriesgadas.
Es significativo que la nueva “hoja de ruta” aprobada en el Consejo Europeo de Bratislava (16 septiembre 2016), y que debería concluir en marzo del 2017 cuando se celebre el sexagésimo aniversario del Tratado de Roma, pretende “ofrecer a los ciudadanos una Europa atractiva en la que puedan tener confianza y a la que puedan apoyar”. Es casi una declaración-compendio de esa crisis existencial. Como si se reconociese implícitamente que para los ciudadanos europeos la actual Unión no es atractiva, ni se puede confiar en ella ni merece la pena apoyarla.
Hacer más atractiva la Unión acercándola a los ciudadanos, es algo que también nos suena porque lo hemos oído varias veces en el pasado. Es un objetivo imperiosamente necesario. Pero el problema es que, por la forma en la que la UE fue construida, basada en la paz y en el mercado pero limitando las cesiones de soberanía, no puede ofrecer a los europeos la protección que reclaman antes los riesgos del presente.
Como dice Thierry Chopin de la Fundacion Schumann, la Pax Europea, porque la UE es fundamentalmente un proyecto de paz y por eso le dieron el Premio Nobel, no es una garantía para la paz social ante la crisis económica, ni para la seguridad frente al terrorismo ni para la protección de las fronteras exteriores ante un mundo inestable. Y por eso los europeos vuelven a dirigirse a sus viejos Estados-nación, y a veces a querer desintegrarlos en unidades regionales que sienten todavía más próximas. Porque los Estados siguen siendo los actores de las funciones básicas de la seguridad interior y exterior y de la redistribución social, a través de las cuales los ciudadanos encuentran la protección que requieren.
Además, la crisis ha hecho aparecer como una evidencia que la integración económica y la unión monetaria no son ya factores “unificantes”, sino divisorios. Nunca las economías europeas habían divergido tanto como con la crisis del euro. La economía aparece como una nueva forma de expresar hoy las rivalidades y los conflictos de poder. Como ocurre a escala global con el rechazo social a una mayor apertura comercial y de las fronteras. Me dicen que en Portugal ha aparecido un nuevo vocablo, “troicado”, que viene de Troika, y que quiere decir “castigado”.

Para entender la actual crisis del proyecto europeo hay que relacionarla con el agotamiento de las razones que lo impulsaron y la falta de una “narrativa”, la “visión” que tan poco gustaba a los británicos cuando en la Convención Europea discutían el futuro de la Unión a la que todavía pertenecían.


¿Cuáles fueron esas razones de ser, esas driving forces que han impulsado la integración europea con el beneplácito más o menos explicito de los ciudadanos?. En el pasado esas razones estuvieron claras, pero en buen medida han perdido su vigencia y su fuerza movilizadora porque ya se consiguieron los objetivos que se pretendían.
La primera fue sin duda la paz, la paz entre los europeos sobre las ruinas de un continente destruido, hambriento y amenazado. El “nunca más la guerra” fue el objetivo de tres generaciones de europeos. Pero este objetivo ya se ha cumplido. Si no imposible, la guerra es impensable en Europa. Ningún joven europeo piensa por un momento que pueda guerrear contra su compañero de Erasmus.
Dados nuestros antecedentes, se trata de un progreso extraordinario. Pero, objetivo cumplido, la paz ya no es un objetivo movilizador.
En lo que se refiere al mantenimiento de la paz exterior, es decir en sus fronteras, la razón de ser de la UE se ha mostrado mucho mas débil, como lo demostró nuestra incapacidad de detener las guerras de Yugoeslavia que reprodujeron a pequeña escala, y a una hora de avión de Roma ò de Viena, los horrores de la II Guerra mundial.
A partir del nuevo siglo, la búsqueda de la paz exterior se hizo a golpe de ampliaciones, reales ò prometidas, como con Turquía y Ucrania, sin saber muy bien hasta donde llevar la ampliación y con que consecuencias. Pero un espacio sin fronteras, sin términos de referencia geográficos precisos, difícilmente puede pretender tener una identidad. Y es difícil mantener el discurso de la identidad europea basada en sus valores cuando se tiene que encargar a un país con la deriva autocrática de Turquía la vigilancia de las fronteras para impedir que nos lleguen los refugiados que no queremos, ò no sabemos, como acoger e integrar.
Después de conseguir la paz interior, los siguientes grandes objetivos deberían haber sido dotarse de una capacidad de defensa y de una política exterior verdaderamente comunes. Pero ello precisaba compartir una misma visión del mundo, de lo que están lejos los Estados miembros porque cada uno lleva a cuestas sus experiencias históricas que han forjado su identidad.
Aun así, la mayoría de los europeos, británicos incluidos, dicen desear esas políticas a escala europea, pero sus elites nacionales son reticentes a ese salto efectivo en la integración política.

Las siguientes razones de ser de la integración europea fueron hacer frente a la amenaza que representaba la Unión Soviética, hasta su desaparición, la rehabilitación de Alemania que culminó con su reunificación, la incorporación de los países del Este después de la caída del muro de Berlín, que significó priorizar la ampliación frente a profundizar la integración y que alteró sustantivamente la dimensión y la homogeneidad del espacio político y económico europeo.


Pero esas razones de ser, esas fuerzas impulsoras, son ya Historia. Los objetivos propuestos se han alcanzado. Alemania esta rehabilitada y reunificada. Ha encontrado un “nicho” en la globalización que ha impulsado su economía. Europa fue un buen marco para la rehabilitación política de la Alemania. Y a Francia, que había perdido su imperio colonial, Europa le permitió jugar un papel político mayor que el que le correspondía. Como dijo Z. Brzezinsky :“A través de Europa Francia quería reencarnarse en su pasado y Alemania redimirse de el”

Entonces, ¿cuál podría ser la nueva razón de ser de la integración europea, que de un nuevo impulso a un proyecto que corre el riesgo de morir lentamente?. Una buena razón podría ser la de hacer frente a la globalización con la dimensión que nos daría la unidad en un mundo de gigantes.


La globalización ha generado muchos perdedores en las sociedades occidentales como ahora se descubre en la campana electoral en los EE.UU. Reconstruir el Estado social, marca identitaria de la Europa de postguerra, en el nuevo escenario de la globalización es una tarea que los europeos haríamos mejor unidos que cada país por separado
El regreso al Estado-nación y al control de las fronteras de cada cual es una ilusión. La renacionalización no resolverá los problemas que tienen una dimensión intrínsecamente supranacional. No parará los flujos de emigrantes ni evitara la inestabilidad monetaria, pero hará mas fuertes los desacuerdos entre Estados.
El mantenimiento del status quo es otra ilusión, porque no es una opción viable en el medio pazo dadas las carencias que ya ha manifestado el actual sistema de “governance” europeo.
Hay que revivir la ambición europea. Europa enfrenta por encima de todo una crisis de legitimidad democrática y el mayor reto que tenemos es darle un propósito claro y una visión común que vaya mas allá de la economía y las regulaciones. Hace falta un sentimiento de pertenencia, y este debe construirse desde un proyecto europeo que aporte a los ciudadanos una protección mayor de la que le puede ofrecer su propio Estado-nación. Hay que acabar con iniciativas concretas con el sentimiento de que la UE es “un espacio abierto y sin protección”
La UE fue creada en el siglo pasado para resolver sus propios problemas, en una aproximación “inwords”. Pero las migraciones, el cambio climático, la seguridad energética, la lucha contra la pobreza y la desigualdad , especialmente en Africa, son los nuevos desafíos globales que requieren una aproximación “outwords”, sobre los cuales construir la nueva narrativa europea. Esa debería ser la ambición que nos permita superar nuestra crisis existencial.
Y si no somos capaces de hacerlo, sino todos a la vez al menos un numero reducido pero dispuesto de los actuales Estados miembros, dentro de 30 años la UE puede haber muerto o caído en la insignificancia.
Josep Borrell Fontelles
Ex Presidente del Parlamento Europeo

Catedrático “Jean Monnet” Universidad Complutense de Madrid






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