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titulo de la ponencia: Regímenes políticos híbridos, percepciones e identidades nacionales: el caso ruso (2000-2008)



A) X CONGRESO DE AECPA EN MURCIA, ESPAÑA, 7-9 DE SETIEMBRE DE 2011: WORKSHOP POLITICAL INSTABILITY IN AUTHORITARIAN AND SEMI-AUTHORITARIAN REGIMES IN EURASIA 20 YEARS AFTER THE DISINTEGRATION OF THE USSR AND YUGOSLAVIA

B) TITULO DE LA PONENCIA: Regímenes políticos híbridos, percepciones e identidades nacionales: el caso ruso (2000-2008)

C) NOMBRE Y APELLIDO DEL AUTOR: Mgter. Marcelo O. Montes Rodríguez

D) INSTITUCION DE PROCEDENCIA: Instituto AP. de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, República Argentina.

E) DIRECCION ELECTRONICA: mmontes@unvm.edu.ar
F) RESUMEN: En el inicio del nuevo milenio, Rusia ha atravesado una transición especial en su régimen político, donde se verifican aún ciertos déficits institucionales tanto en materia de separación y control de los tres poderes, libertades civiles y autonomía de la sociedad civil. Tras la crisis financiera de 1998 y el fin de la Presidencia Yeltsin, el cambio de orientación de la opinión pública posibilitaría el triunfo de Vladimir Putin y el inicio de una nueva era. Se gestaría allí una fase de nacionalismo moderado, que tendría consecuencias en materia de políticas domésticas como exterior. El presente trabajo pretende describir, cómo fue tal proceso de cambio, sobre todo, tomando como eje, la medición de las percepciones de la opinión pública rusa, incluyendo la elite gobernante y coaliciones afines, para ensayar alguna hipótesis respecto a la evolución política e institucional de dicho Estado multinacional.
G) NOTA BIOGRAFICA DEL AUTOR: Marcelo O. Montes Rodríguez, Magister en Relaciones Internacionales (UNC), Licenciado en Ciencia Política (UNR), realiza su tesis doctoral en Relaciones Internacionales (UNR) sobre la política exterior de Rusia bajo la Presidencia Putin (2000-2008), Profesor Adjunto de Política Internacional, autor de libros y articulista sobre el tema. Secretario de Investigación, IAPCS, UNVM.
H) 5 palabras clave: identidad nacional - constructivismo – Estado multinacional - opinión pública - régimen híbrido
In the beginning of the new millenium, Russia has been faced an special transition of its political regime, which has already some institutional deficits (absence of checks and balances, civil liberties and passivity of its civil society). After the financial breakthrough of 1998 and the end of Yeltsin Administration, the change of orientation in public opinion became possible Putin’s electoral victory and the beginning of a new era, with a phase of “moderate nationalism”, with important effects in domestic policies and also in the foreign policy. The present “paper” pretends to describe, from a constructivist perspective, the evolution of that process of change, measuring the public opinion’s perceptions, including the Russian governmental elite and other coalitions, essaying some hypothesis referring to the political and institutional direction of this plurinational State.
5 key words: national identity – constructivism – plurinational State – public opinion – hybrid regime

En los últimos años, tanto en el campo disciplinar de las Relaciones Internacionales como en la Ciencia Política, han aparecido diversos trabajos que han focalizado su interés en el abordaje de cuestiones como el análisis de la política exterior de la Federación Rusa en los últimos 20 años (desde la caída de la URSS) como la naturaleza de la especial transición postcomunista que tuvo Rusia.

Los primeros generalmente han tendido a defender desde una u otra posición, el grado de cooperación o desafío de la política exterior rusa con el sistema internacional, intentando describir continuidades o rupturas en ese plano. Los segundos han sido más homogéneamente críticos en relación al carácter “infrademocrático” del régimen político ruso, particularmente desde 1993, año de la sanción de su Constitución semipresidencialista1.

En cualquiera de ambos casos, partiendo de la hipótesis que tanto el perfil de política exterior a definir como la naturaleza menor o mayormente democrática del régimen político, son fruto de cierto consenso interno a nivel de elites y opinión pública en general, resulta necesario pues, explorar cómo fueron evolucionando estas últimas a lo largo del período mencionado, aunque particularmente el período presidencial Putin (2000-2008).

A modo de referentes empíricos, cabe considerar como unidad de análisis al Estado ruso pero deconstruyéndolo, observando el pensamiento y discursos de la elite gobernante rusa -nada monolítica-, con el objeto de explorar tales existencias y continuidades de las mencionadas ideas identitarias. Pero dado que, como se afirmó antes, la política exterior también es producto del consenso societal, se indagó acerca de las percepciones de la opinión pública, a través de encuestas.

Nuestro trabajo indaga acerca de un par de opciones más visibles, aunque no las únicas, se ciernen sobre los discursos y decisiones de política exterior rusa, en el contexto de un régimen político semidemocrático iliberal, que a priori, tendría altas probabilidades de no promover la paz: a) formar parte de la multipolaridad económica junto a China, India y Brasil, entre otros, aunque sin desafiar el statu quo político-estratégico o, b) aliarse con potencias desafiantes como Irán, Norcorea, Siria, etc., para desestabilizar el mundo, confrontando con el poder hegemónico norteamericano (Legvold, 2001 : 69-71)2.

La interrelación entre estructuras domésticas, ideas, intereses y ambiente internacional, puede ser comprensivamente ubicada dentro del constructivismo, para el cual, la categoría central es la “identidad”. Las identidades e intereses de los actores no preexisten a tal interacción social sino que se desarrollan o “construyen” a partir de ella. Las naciones, interactuando con otros miembros del sistema internacional, desarrollan afinidades y en última instancia, sus propias identidades. Históricamente, algunas naciones o comunidades culturales emergen más importantes que otras y a través de estos “Otros”, que los propios nacionales definen su propio carácter y tipos de acciones (Pouliot, 2007 :361) (Kassianova, 2001 :823) (Wendt, 1992: 402)3.

La política exterior se constituye en una práctica productora de identidad: sirve como el mayor y mejor instrumento para el proceso de construcción, reconstrucción o reproducción de la autodefinición. Canaliza el compromiso con el ambiente externo; brinda evidencia de la percepción externa del mundo de la colectividad y funciona como un instrumento para la realización de la autoimagen, a través de objetivos determinados por intereses y modos de probar su adecuación. Así, la política exterior con su rol de protector o “ancla” de la identidad nacional, provee a la elite gubernamental, con una herramienta poderosa y funcional a la movilización de las masas y la cohesión política (Kassianova, 2001 :821) (Merke, 2009) (Zubelzú, 2005).

Según Kassianova, en el caso ruso, el Estado que no es un actor unitario, racional y antropomórfico, que “habla con una sola voz”, posee la capacidad de generar identidad en la era postsoviética pero el gobierno ruso, lo hace desde sus múltiples agencias y ministerios, empleando estrategias de movilización contra alguna amenaza externa para manipular el conflicto potencial en sus relaciones con ese “Otro” (Occidente), como un instrumento para fomentar la unidad nacional y la identidad estatal (Giraudo y otros, 2006)4.

Precisamente, en términos de la identidad nacional rusa, puede considerarse válido pues, el estudio de la política exterior de un país, a partir de la variable “cohesión de las elites”5. Ahora bien, para evaluar opciones de política exterior que coincidan con una inserción adecuada en el escenario internacional, las elites deben conocer y estar informadas respecto a cómo es el funcionamiento de la política internacional.

Ya se ha expresado antes que tanto el realismo como el liberalismo no son plenamente satisfactorios para explicar los cambios y las continuidades de la política exterior rusa porque obvian el hecho de que el interés nacional no trata sobre modernización o poder, en cambio, sí se refiere a una adaptación social al constantemente cambiante entorno internacional (por ejemplo, cooperar o confrontar con el mundo) y las condiciones locales, además del reconocimiento por un significante “Otro”.

Para toda la elite rusa, Occidente es el punto clave de referencia, no obstante que cada escuela o tradición de pensamiento, entienda su naturaleza de modo diferente. Los realistas también subestiman el abanico de cambios en tal posible evolución. En la Rusia soviética, Gorbachov implicó un fenomenal cambio al igual que el Canciller de Yeltsin, Kozyrev, produciendo quiebres fundamentales con el pasado, más allá de la adaptación estratégica al poder militar creciente de Occidente. Pero también los liberales tuvieron dificultades en dimensionar la pérdida del pensamiento de “Gran Potencia”. Para ellos, ese retiro no parecía ser racional, porque desde una visión globalizadora, la preocupación por el status de “Gran Potencia”, no era un impedimento al desarrollo y en última instancia, supervivencia del país.

En tal sentido, es importante testimoniar la magnitud del impacto de la caída de la URSS en la identidad nacional rusa. Para algunos autores, la “desovietización” de la sociedad rusa representó algo parecido a un cambio de civilización, que supuso una especie de “victimización” del pueblo ruso. Para otros, los rusos no pudieron reasumir su nacionalidad de inmediato, tras 1991, porque sencillamente habían desaparecido como nación. La identidad nacional rusa quedó definida por la negativa: eran rusos todos los ciudadanos de la Federación Rusa que no fueran miembros de otras etnias. Los rusos tampoco veían que sus dirigencias los representaran en cuanto a sus valores culturales. Finalmente, como si todo lo anterior fuera poco, se convirtieron en el blanco del odio de sus vecinos, que hallaron en ellos, sus respectivos “chivos expiatorios”, por haberles impuesto el comunismo en sus naciones (Belikow, 2005) (Claudín Urondo, 2002 :9).

Así, la desintegración de la URSS no significó que Rusia heredara un Estado-Nación como tal, sino una amorfa y débil identidad nacional. Al igual que los turcos durante el Imperio Otomano, ni el régimen zarista ni el soviético promovieron la construcción de una “nación” rusa. Según Goble, la tragedia rusa se debe a que se convirtió en un Imperio mucho antes de consolidarse como Nación: es decir, Rusia fue un Estado con un centro y una periferia, pero no una metrópoli con colonias (Zubelzú, 2005)6.

Téngase en cuenta lo que implicó en términos materiales o económicos pero también y sobre todo, psicológicos: Rusia ya no es una “Gran Potencia” porque su colapso de los noventa la hizo caer desde el tercer PBI absoluto mundial detrás de Estados Unidos y Japón, al número decimosexto, tras India, México, Corea del Sur y Argentina. En 1987, el PBI de la URSS era el 30 % del de Estados Unidos. Hoy, es el 5 % Semejante cambio de tal magnitud, impactó negativamente en la autoestima rusa (Graham Jr., 2000).

Salvando diferencias entre un nacionalismo con rasgos negativos, que lleva al odio, el rechazo, el desprecio, la exclusión y eliminación del “Otro” y otro positivo, posibilitando la concreción de objetivos comunes, para ser canalizados hacia fines ventajosos, el nacionalismo ruso, hoy, moderado, no fue lineal sino que atravesó varias etapas.

Desde la perspectiva constructivista, como se afirmó en párrafos anteriores, la investigación de identidad incluye el estudio del discurso de líderes políticos, intelectuales y de todos aquellos comprometidos en el proceso de construir, negociar, manipular y afirmar una respuesta a la demanda para una imagen colectiva7.

Pero las influencias locales e internacionales también son críticas para entender los procesos de la formación de la política exterior y su cambio. Las influencias internacionales por el “Otro” crean el significado contextual en el cual, el “Yo” o el “Nosotros” nacional evoluciona y permea la política exterior. Las interacciones del pasado con el ambiente externo, como las condiciones locales, establecen la identidad como un sistema relativamente estable de significados con un contexto bien consolidado en el cual actuar. Así, una nación tiene autonomía relativa influyendo la política exterior y la autonomía es históricamente establecida. No obstante, en un nivel más contemporáneo, la identidad es el producto de la competencia discursiva entre diferentes grupos y coaliciones, planteadas en diferentes acciones del “Otro” e interpretando influencias contemporáneas locales e internacionales en un modo, en el que ubica a los intereses de grupo8 9.

La evolución histórica de las percepciones entre Occidente y Rusia, resulta de particular relevancia con el objeto de explorar los cambios en los discursos de las elites rusas a lo largo del tiempo. En el caso ruso, Europa y Occidente en general, jugaron el rol del “Otro” significante y prominentemente figuraron en el debate acerca de la identidad nacional. Fueron Europa y Occidente, los que crearon el ambiente significante en el cual los gobernantes rusos han históricamente sabido ser reconocidos por el “Otro” Occidente y modernizarse después a la manera de Occidente. Esta ya fuera, una civilización superior, emulada o contenida, nunca fue ignorada por Rusia a lo largo de siglos .

Para describir la evolución del discurso de política exterior en Rusia en las últimas dos décadas, puede dividirse la sociedad política rusa, en grupos basados en sus orientaciones ideológicas y comparar sus respectivas narrativas en tópicos clave de las políticas domésticas y exterior rusa (Kassianova, 2001 :824).

El primer grupo de ellos, podría denominarse de diversa manera: los liberales, demócratas, occidentalistas, atlanticistas o institucional internacionalistas. Su fundamentación ideológica incluye elementos el pensamiento de Pedro El Grande, el Zar Alejandro II, Pavel Milyukov (Primera Guerra Mundial), el “Nuevo Pensamiento” gorbachoviano y un compromiso total a los valores occidentales de la democracia, los derechos humanos y el libre mercado. Por un breve período, las visiones de este grupo (integrado por Anatoli Chubais, Yegor Gaidar y Grigori Yablinsky, entre otros), constituyeron la filosofía oficial del Kremlin en 1992 y parte del año 1993. Su discurso posiciona la “normal” o “civilizada” congruencia con Occidente, como la referencia para la evolutiva identidad rusa. Su mirada de política exterior combina la creencia en un ambiente internacional benigno, la primacía de las reformas domésticas política y económica (democracia más mercado) y la asistencia occidental tanto para integrar a Rusia en la economía mundial, como para moderar la influencia política y económica rusa en el espacio de los Estados postsoviéticos (Kassianova, 2001 :824) .

La lógica de definir extremos opuestos, provee la razón para ubicar aquí y ahora, a los ultranacionalistas o expansionistas. En este lugar coinciden, tanto la extrema izquierda de Zyuganov y los ultranacionalistas de Zhirinovsky. En antítesis a los liberales prooccidentalistas, los nacionalistas pronuncian un ambiente internacional hostil, “Occidente” es el enemigo natural y una amenaza a los valores rusos, la orientación al libre mercado es un desastre y la restauración del poder ruso en el anterior territorio soviético y en el mundo, es la principal prioridad. Su discurso de política exterior explota largamente las narrativas mitologizadas de la unicidad civilizatoria y la “misión” rusa. Los apoyos de este sector provienen de un número bastante representativo de círculos financieros y empresarios, líderes regionales influyentes y hasta funcionarios oficiales. El apoyo público a estas ideas, llegó a su pico máximo del 43 % en las elecciones de 1993 (Kassianova, 2001 :825).

El más popular y diverso grupo es el llamado de los estatistas y liberal-nacionalistas. Es dificultoso hallar un término que los agrupe porque posee una diversidad grande de líneas y sus visiones representan un amplio espectro de posiciones políticas que sin embargo, coinciden en que la política exterior debe estar guiada por intereses nacionales definidos en términos realistas, considerando la situación de seguridad geopolítica rusa, objetivos económicos domésticos y recursos disponibles. La más pronunciadamente “eurasianista” parte de este discurso refleja el determinismo geopolítico o consideraciones esencialistas. La parte liberal patriótica moderada presenta cooperación con “Occidente” como la estrategia inequívocamente preferible que debe estar condicionada al respeto de las prioridades nacionales y preocupaciones de seguridad rusas. Las ideas convergentes en este grupo, el corazón del actual “putinismo”, con Putin, Ivanov y el ex canciller de Yeltsin, Primakov, entre otros a la cabeza, proveen las bases para el más importante consenso en política exterior en la opinión pública (Kassianova, 2001 :825)10.

Influidos por el pensamiento y accionar de Aleksandr Gorchakov, Canciller del Zar Alejandro II, los estatistas buscan preservar el orden social y político, pero sobre todo, la integridad territorial frente a las amenazas externas. Los rusos poseen un acendrado complejo psicológico de inseguridad, con una predisposición inmediata a sacrificar todo a favor de independencia y soberanía. Las múltiples guerras en Europa y Asia les han dado más excusa a modo de justificativo, a los estatistas. Stalin solía afirmar que mongoles, turcos, suecos, polacos y lituanos, han vivido en guerra con los rusos. Esto ha impedido que Rusia, distante a 50 a 100 años de desarrollo respecto a los capitalistas ingleses y franceses pero también en relación a los vecinos japoneses, reduzca esa distancia al menos, a 10 años (Tsygankov, 2006 : 6) .

Los civilizacionistas siempre han visto los valores rusos como diferentes a los occidentales Su respuesta a los dilemas de seguridad es más agresiva que los anteriores. Siguen a Iván el Terrible, con la unión de tierras rusas después de la invasión de los mongoles o la Tercera Roma. Son superiores moralmente a Occidente: hay un firme compromiso con la cristiandad ortodoxa. Adhieren a la concepción de la identidad imperial rusa. Reconocen restricciones del ambiente pero recomiendan expandirse más allá de los límites oriental y meridional. El paneslavismo en el siglo XIX, reivindicaba la idea de unidad cultural, que paradójicamente tendría continuidad en el socialismo de Lenin y Trotski, sobre todo, este último, con su doctrina de la “revolución mundial”. De algún modo, los eurasianistas (Aleksandr Dugin y Aleksandr Mitrofanov) representan genuinamente esta corriente en contra del atlanticismo. El expansionismo ruso se justifica antes, por el occidental (Tsygankov, 2006 :8)11 .

El colapso de 1991 de la URSS, que significó el fracaso de la posición intermedia gorbachoviana entre viejos estatistas-civilizacionistas y nuevos liberales occidentalistas, presentó a los liberales de Rusia, una oportunidad para exhibir un curso prooccidental de la política exterior. Tanto el nuevo Presidente de Rusia, Yeltsin como su Canciller Kozyrev, persiguieron políticas de asociación estratégica e integración con Occidente y sus instituciones.

Parecía que la nueva identidad liberal era finalmente establecida en Rusia. Pero la historia estaba lejos de terminarse y los viejos debates identitarios reaparecieron. En los hechos, parcialmente porque cayó el liderazgo soviético, la nueva identidad postsoviética fue profundamente desafiada y el momento liberal no duró. Muy tempranamente, las políticas occidentalistas se encontraron con una formidable oposición, en la cual, los estatistas jugaron un rol clave. Los nuevos estatistas se diferenciaban de los soviéticos en cuanto a que reconocían al mercado y la institucionalidad democrática pero siempre con el ánimo de reforzar y no debilitar al Estado. La nueva coalición estatista estaba formada por militares, servicios de seguridad e industrialistas que no se beneficiaban o se beneficiaban poco de la relación con Occidente. El consejero presidencial Serguei Stankevich y el jefe de la inteligencia exterior, Primakov, lideraban un grupo que creía que el interés nacional, preservar el rol de “Gran Potencia”, relacionándose con China e India y contrabalanceando a Occidente, no había cambiado sustancialmente. Este grupo tenía apoyo popular como lo demostró el nombramiento de Primakov al frente de Cancillería (Tsygankov, 2006 :18).

El producto más acabado del perfil de la elite rusa de fines de los noventa, es la formulación y ejecución de una política exterior, que con Putin, recuperó el orgullo y la autoestima nacional rusa, a partir de la construcción de una sólida identidad cultural, descartando relaciones de fuerza o violencia externa. Al final de su era (2000-2008), en el año 2009, el 48 % de los rusos admitían estar “orgullosos de ser rusos” mientras que un 26 % decía estar “muy orgullosos de serlo”. Sólo el 21% decía no estar “muy orgulloso” o “nada orgulloso” de pertenecer a la Federación Rusia. Un año antes, el 52 % de los rusos afirmaba que Rusia debía resolver sus problemas con otros países de manera pacífica y negociada mientras el 39 % decía que en ciertas oportunidades, debía “mostrar la fuerza” (Centro Levada, 2009 :162) (Graham Jr, 2000).

Mucho se ha discutido respecto a si el período presidencial Putin debe diferenciarse notoriamente del período Yeltsin. Podrá analizarse aquí, desde dos perspectivas: una, de carácter neoinstitucionalista-elitista, que haga hincapié en los factores institucionales y cómo éstos han influido sobre la conducta de los actores pero al mismo tiempo, cómo éstos han intentado gravitar sobre aquéllos; la otra, de sesgo reflectivista, poststructuralista, que problematiza el tiempo de la transición, desde los discursos políticos.

Mientras el período Yeltsin puede ser leído como más problemático y convulsivo, el putinismo, al que podría considerarse un “régimen híbrido”, es decir, la combinación de elementos de la democracia liberal y el autoritarismo, sumado a los dos conceptos que puso en práctica Putin, es decir, la “democracia dirigida” (un régimen pluralista y multipartidista que sería vigilado por un paternalista Presidente) y la “vertical de poder” (estructura piramidal no inflexible, cuya cúspide es la Administración Presidencial y que busca desequilibrar a favor de ella, las relaciones de poder sobre el resto de las organizaciones de la vida política y social), generó un cierto orden y estabilidad que son difundidos como los marcos apropiados para una mejora sustancial de las condiciones de vida de la sociedad rusa, respecto a la era anterior.

Siendo ésta, la típica visión acerca del sentido de los dos gobiernos, con, la diferencia expresada en materia de resultados, puede afirmarse que entre Yeltsin y Putin, existen más puntos de contacto que tensiones. En primer lugar, más allá de la anécdota de la selección de éste por aquél, en ambos gobiernos, el dato incontestable es la hegemonía del Poder Ejecutivo sobre el resto de las instituciones y actores políticos y sociales, aún cuando el marco institucional que ambos dieron origen y consolidaron, no ha podido mantenerse impermeable a prácticas informales particularistas que contrasten con las principios y prerrogativas imparciales y universales de un Estado de Derecho. En realidad, Putin, ha logrado materializar un proyecto político que no alcanzó a lograr Yeltsin: la Constitución de 1993, que éste diseñó (De Andrés, Ruiz, 2008 :17).

Precisamente, analizando el factor sociopolítico, respecto a la elite gobernante, importa saber su evolución, tanto en términos de privilegio de influencia como de reclutamiento. Hasta la crisis financiera de 1998, 15 oligarcas tomaban parte de la formación de los sucesivos gobiernos yeltsinistas y recibían prebendas de distinta naturaleza de éstos. Con Putin, a pesar de sus discursos, la oligarquía no desapareció como clase porque aquél renegoció la forma de intervención de ésta, por ejemplo, un bajo perfil en Moscú y una concentración de negocios a nivel regional (De Andrés, Ruiz, 2008 : 33).

Respecto a los orígenes de la elite, las fuerzas de seguridad e inteligencia rusas ya tenían una fuerte presencia en ascenso durante el régimen yeltsinista. Sin ir más lejos, los ex KGB o “siloviki”, los propios Primakov, Stepashin y Putin, fueron los tres últimos Primeros Ministros de Yeltsin. Si bien no habría una militocracia, porque la presencia oligárquica la compensa, de todos modos, está claro, que los siloviki son directamente ascendidos a puestos de elevada responsabilidad, dándole al gobierno, un claro perfil securitario.

Una explicación posible a este proceso, radica en que tras la desintegración de la URSS, las únicas instituciones sobrevivientes, fueron las herederas de la KGB, dotadas de cierto profesionalismo y cohesión territorial y política. Cuando al final del yeltsinismo, se clamaba por una “pinochetización” o una “vía al estilo de Andropov -Secretario General del PCUS previo a Gorbachov-” (modernización bajo una dictadura) en Rusia, los siloviki estaban preparados para asaltar y consolidar el poder estatal, regenrando bajo otros términos, el patrimonialismo comunista (De Andrés, Ruiz, 2008 :35)12.

Pasando ahora al plano discursivo, también aquí, suele caracterizarse la era Putin como una simple antítesis o negación de la década yeltsinista de los noventa, por supuesto, valorando positivamente la primera y definiendo como enteramente dañina o perjudicial para Rusia, la segunda. Excepto en los círculos de izquierda conservadora, se consideraba que el putinismo era la continuidad “cínica” del yeltsinismo, definiendo como nefasta, la estabilidad alcanzada.

De todos modos, también podría afirmarse que los noventa lejos estuvieron, de constituir una “pérdida de tiempo”. Fue una paradójica perpetuación del momento fundacional del postcomunismo, donde, dada la debilidad política presidencial, la oligarquización del régimen, el desafío legislativo permanente y, las tendencias separatistas en las regiones, el proceso despolitizador no operó y la revolución no dejó de revolucionarse a sí misma, creando esa impresión de que el régimen yeltsinista sobrevivía con tiempo extra. En todo caso, puede decirse que hubo sobresaturación política, condensando en una década, una multiplicidad de tiempos. Fue un “tiempo de juicios”, donde convivieron y fueron juzgadas, alternativas políticas variadas desde el conservadorismo militar de Lebed, pasando por el populismo callejero de Zhirinovsky, hasta el revanchismo nacionalista de Zyuganov. Todos estos posibles resultados de la transformación postcomunista, tuvieron lugar pero fueron “suspendidos” por el propio Yeltsin. Todas fueron hegemonías breves, bloqueadas por Yelstin, quien impuso su propia antihegemonía, al estilo del “soberano” schmittiano: se suspendía así todo futuro, en un presente radicalmente abierto (Prozorov, 2008 :211-212).

Si tuviera que juzgarse a Yeltsin como líder en tiempos de normalidad, por lo dicho en páginas anteriores, sería evaluado desastrosamente. Pero sí fue incomparablemente exitoso en un tiempo de crisis: sólo decidía en la excepción y, tanto en su toma del poder tras agosto de 1991, como en su sucesión a Putin, actuó brillante y oportunamente, esperando hasta último momento y bloqueando las puertas a la oposición. Así, la década del noventa puede ser percibida también en todo caso, como una década de una serie de “oportunidades perdidas”, como un espectáculo donde la lucha política tuvo lugar de alguna forma, pero no seriamente. Arriesgando una explicación psicologista, puede afirmarse que, teniendo en cuenta la mentalidad revolucionaria de Yeltsin y el enorme impacto del colapso de la URSS, que bien podría considerarse como un “fin de la historia” en sí mismo, bien merecía tomarse una suspensión del tiempo, porque ya “todo había sucedido” (Prozorov, 2008 :212)13.

En este tiempo revolucionario o “suspensión mesiánica”, todas las posibilidades de futuro o potencialidades se ven condensadas. La historia llega a su fin, porque la apertura radical supone que todos los posibles futuros, los sacrificios del pasado y los sueños de un futuro, están presentes en el aquí y el ahora. Los noventa así, constituyen un período de muchos fines de la historia, la simultánea expiración de todas las metanarrativas teleológicas. Para Rusia, no fue el triunfo de Occidente ni del capitalismo democrático, sino el final de las pujas entre los megarrelatos y la entrada en vigor de la pura contingencia en política y la falta de significación todo discurso que suponga progreso histórico.

Cuál fue la consecuencia sobre la sociedad y el Estado ruso, durante y tras el yeltsinismo? El postcomunismo fue perfectamente nihilista: radicalmente no democrático y no liberal. Concretamente, hubo despolitización, desafección, apatía, indiferencia, cinismo, resignación, pasividad, actitudes que asumió la sociedad civil, de inmediato, tras el golpe mismo de agosto de 1991. En términos de la ontología de Agamben, la pasividad –o praxis inoperante- no debe ser leída como pura inactividad sino como actividad sin cesar desprovista de todo “telos” o, razón alguna para ser incorporada en cualquier proyecto (Prozorov, 2008 :214).

Bajo el nihilismo, esa falta de objetivos históricos, similar a la situación humana europea tras la Primera Guerra Mundial, deja a las sociedades, susceptibles de vivir la amenaza biopolítica totalitaria, donde el ser humano se convierte en objeto del gobierno. La pura praxis deja al sujeto, sometido a su más extrema animalidad: la vida se caracteriza por la destrucción de la idea de un proyecto histórico y así, la sociedad cae exhausta, anulando su potencialidad14

En este contexto, la revolución anticomunista fue pura negación y rechazó la apropiación de la temporalidad por parte del poder estatal, ya que la propia sociedad ya había renunciado a todo “futuro brillante” y vivir así, en el “puro presente”. Como resultado de este gesto singular, toda transición liberal-democrática o intento revanchista, estaban condenados a su imposibilidad fáctica, reservando sí, un lugar a la política paradójica de pragmatismo sin fines, que preanunciaría la era Putin15.

Ahora puede entenderse que el yeltsinismo discursivamente comparte más con el putinismo de lo que los separa. No hay retorno a la “normalidad” con Putin, tras la “anormalidad” de Yeltsin. Ambas temporalidades son idénticas en la suspensión del tiempo teleológico de la política “normal”, es decir, un progresivo desarrollo dentro de un orden simbólico, institucional e ideológico. Son ejemplos de pura despolitización, en lugar de una articulación hegemónica de una orientación política particular (nacionalismo, liberalismo o comunismo).

La “innovación” de Putin fue carecer de todo estilo carismático revolucionario que caracterizó al liderazgo noventista. A pesar de su elevada aprobación, la figura de Putin carece de admiración o “amor”: la opinión pública se manifiesta con él, “positivamente indiferente”. Su carácter tecnocrático lo ha llevado incluso a quitar discursivamente todo aspecto sentimental a la “idea nacional”, para él, sinónimo de “estatalidad eficaz y eficiente”. El propio Putin se encarga de deslegitimar cualquier respuesta a posibles futuros, ambientando su gestión, en un marco puramente pragmatista, con un discurso ideológicamente neutral y tecnocrático nihilista, donde lo que quiere, ansía o aspira, asume un carácter secreto o, la “nada misma”. Este abandono de grandes relatos también lo ha conducido a relativizar el pasado soviético: le ha quitado dramatismo o ese rasgo catastrófico que otrora lo describía, por supuesto, negativamente, para brindarle una naturaleza de “realidad cristalizada”. En esta era ateleológica y posthistórica, el putinismo es una suerte de “significante vacío”, incluyendo tautologías sin significado alguno, en las que todo pasa para la política rusa, aquella en la que reina precisamente, la “estabilidad” (Prozorov, 2008 : 220-222)16.

Pasemos a analizar más detalladamente, el discurso putinista. El 18 de octubre de 2007, los rusos fueron sometidos a una verdadera “maratón” televisiva y radial, en el marco de un programa llamado “Línea Directa con el Presidente”, cuyo formato estándar se remontaba a la propia inauguración del período presidencial de Vladimir Putin, en el año 2001. El programa, ese día, de más de tres horas, 2 millones y medio de preguntas y 69 respuestas, con un corpus de 21.695 palabras, cobraba especial singularidad porque se trataba del último de la era presidencial de un líder que había llegado 8 años antes, ungido como el “delfín” de Yeltsin. Se suponía que durante esa jornada, Putin recibiría el reconocimiento explícito de la opinión pública, además de evacuar dudas o consultas acerca de su mandato y su futuro.

Tal programa ayuda a reconstruir el discurso identitario putinista. Todo discurso identitario, puede a menudo, tener un actor político principal conciente no obstante, que generalmente, la construcción de la identidad es un proceso de co-producción, que involucra partes motivadas comprometidas con la reproducción de los componentes de la identidad. Estos son objetos del conocimiento, en términos foucaultianos, los cuales emergen de la co-construcción de significados como resultado de la interacción y la orientación del Otro de los hablantes. Este conocimiento compartido coproducido es interdiscursivo, ya que los hablantes recontextualizan el material de otros contextos, así como los términos del discurso producido de esta forma, es el discurso representado.

Un segundo elemento es la co-construcción de un área temática de “cuerpo nacional”, con un espacio geográfico extenso, que forma parte de la idea del pertenecer a Rusia. Allí el conocimiento se distribuye desde el centro a la periferia y nunca a la inversa. Putin y sus presentadores estaban en Moscú mientras la TV hacía de puente entre el público diverso (proveniente de las más lejanas regiones) y el gobernante.

Tercero, y confirmando cierto continuismo, Putin no dejó de usar los modelos discursivos de la era soviética. Lo hace de una forma muy sutil, construyendo la idea de una “nación positiva y entusiasta”. Reforzando su centralidad presidencial, Putin habla de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sotchi, localidad donde él veranea, en el año 2014. El tamaño, la vastedad territorial de Rusia, también le preocupaba a Putin, quien creía en la fuerza de la “vertical del poder” (Ryazanova-Clarke, 2008 : 316).

Nuevamente, la Segunda Guerra Mundial con su pasado de gloria militar o el empleo de situaciones como la revolución bolchevique o la guerra de Chechenia, como ejemplos de heroísmo y valentía de los militares rusos, eran referencias usadas para levantar la moral rusa. Mientras tanto, todas las referencias al pasado soviético eran siempre nostálgicas y positivas, evitando el Presidente, nombrar las negativas.

La actual era de prosperidad y orden, con un futuro donde conviven la confianza personal del Presidente y la realización de logros positivos, sirven para justificar la relevancia de la figura de Putin. Este cobra vigencia, como comandante militar, como un tecnócrata competente y como una especie de “superhombre”. El orgullo en la carrera armamentista, el lenguaje técnico militar que emplea, la jerga administrativista y el vocabulario de especialista así como la percepción de una especie de “padre” para la población, que duerme poco, vive activamente y es un “adicto al trabajo”, coincide con la cultura política rusa de siglos, idealizadora de sus gobernantes (Ryazanova-Clarke, 2008 :329).

Para Rusia, en este contexto, la adhesión a un “nacionalismo moderado” implicó replantear para Rusia la tensión entre la identidad rusa y el nuevo Estado-Nación esta vez ya no asociado como antes, a la idea de “Imperio” (Zubelzú, 2005)17.

En la década putinista, un 32 % de los rusos juzgaba que la mayoría de los países desarrollados tenía una actitud o vínculo de “socio” con su país, mientras un 33 % consideraba que desarrollaban el carácter de “rival”. Sólo un 7 % los definía como “enemigos”(Centro Levada, 2009 :167).

Desde el inicio de su gestión como Presidente, y continuando con algunos objetivos de la Doctrina Primakov, Putin buscó restaurar la autoestima y el orgullo nacional ruso, generando una política exterior, que puede juzgarse como “realista”, destinada a defender dichos intereses nacionales, fortaleciendo el papel de gran potencia, de influencia en un mundo multipolar. La humillación de la derrota en la Guerra Fría, debido a la caída de la Unión Soviética, juzgada por Putin, como la “peor catástrofe geopolítica de la historia de la humanidad”, dio paso -de manera bastante más rápida de lo esperado-, a una Rusia que se erigió altiva y autónoma en relación a sus vecinos y Estados Unidos (Kennedy, 2007) 18 19.

Pero Putin significó también, cierto cambio en política exterior y un renovado interés en comprometerse con Occidente, tomando distancia tanto de los occidentalistas como de los primakovistas. No obstante, que Putin insistió en la prioridad rusa de preservar el status de “gran potencia”, su estrategia para lograrlo, difirió de la de Primakov. En lugar de continuar la política de contrabalanceo de Occidente, Putin explícitamente se situó con Europa y Estados Unidos e insistió que Rusia era un país más europeo y occidental que asiático, en términos de identidad (Tsygankov, 2006 :19).

Por qué esta modificación putinista? Dado el debate inconcluso de la identidad, el cambiante balance en el debate entre estatistas y occidentalistas y el nuevo contexto internacional, ayudan a explicar la innovación estratégica de Putin. En términos domésticos, el curso de la “cooperación pragmática” de Putin con Occidente, era un proyecto de coalición identitaria mixta, que incluyó intereses occidentalistas y estatistas. Algunos se refieren a una alianza entre siloviki y oligarcas, para adaptarse al nuevo mundo de oportunidades y amenazas. Oportunidades que surgieron de la estabilización económica y la cooperación con Estados Unidos post 11/9/01 y las amenazas, de los ataques terroristas, dentro y fuera de Rusia.

El objetivo central del putinismo, inserto en esta lógica estatista-occidentalista, fue en todo caso, reposicionar a Rusia en un plano que, sin volver a su pasado imperial, la ubicase de tal manera, que evite lo que algunos, juzgan inexorable, un futuro de “tercermundización”, dependencia extrema y vulnerabilidad. Putin, un apasionado de la armonía, siempre dispuesto a sacrificar las realidades complejas en nombre de unos pocos conceptos fáciles de manejar, intentó reescribir los manuales de historia rusa, intentando restaurar en la juventud, el orgullo por su pasado y su país (Taibo, 2003 :2) (Bonet, 2004).

Ahora bien, cuáles son las percepciones de los rusos hacia el resto del mundo? Empecemos por el histórico archirrival, Estados Unidos. Paradójicamente, como si viviéramos todavía en la Guerra Fría, el 69 % de los rusos reconoce que Rusia tiene enemigos y cuando debe nombrar cuáles, el 51 % menciona a Estados Unidos y un 34 % a la OTAN. Los guerrilleros chechenos son mencionados por el 45 al 47 % de los encuestados (Centro Levada, 2009 :163-164).

Sin embargo, en el año 2008, al final de la era Putin, el 58 % de los rusos consideraba que Rusia estaba abierta al resto del mundo y un 22 %, “totalmente abierta”. Un 56 % prefería que se mantenga abierta o se abra más todavía. Esto revela un alto grado de adhesión a la globalización, aunque con condiciones (Centro Levada, 2009 :163).

Salvo en el 2001, cuando los rusos preferían relaciones con sus vecinos de la CEI, siempre Europa (llámese Alemania, Francia, la propia Gran Bretaña y otros países de Europa Occidental) se mantuvo toda la última década, en el top de las preferencias de los rusos: entre el 50 y 54 % De hecho Alemania es la preferida tanto por los rusos como para Putin que vivió allí en la Guerra Fría y considera que Rusia es parte de Europa. India, China y Japón, en ese orden, se mantenían atrás y Estados Unidos, que se posicionaba alto al inicio de la década, fue cayendo hasta un 15 % de aceptación en el año 2009, aunque mayor que el 12 % de países árabes, Cuba y Corea del Norte (Centro Levada, 2009 :163).

Cuando se le pregunta a los rusos, cuáles son los cinco países “más amigos” de Rusia, en el 2009, el 50 % respondió Bielorrusia, el 38 % Kazajstán, el 18 % China, el 17 % Alemania y el 15 % Armenia. India, Azerbaiyán, Bulgaria, los otros Estados de Asia Central, excepto Turkmenistán), algunos europeos como Francia e Italia y los latinoamericanos, supuestamente “solidarios” como Cuba y Venezuela, aparecen más rezagados, en ese orden lejano (Centro Levada, 2009 :165).

Además de Estados Unidos (en segundo lugar), Georgia era el país más hostil para el 62 % de los rusos en el 2009 y le seguían Ucrania, los tres países bálticos, Polonia (enemigo histórico), Gran Bretaña y Afghanistán (Centro Levada, 2009 :166).

A modo de conclusiones, hemos descrito la evolución del pensamiento de la elite rusa postsoviética, respecto a su identidad nacional y ejecución de política exterior. A través del constructivismo, se ha rastreado, a partir de los discursos e interpretaciones de la elite, el proceso de construcción de dichas identidades y sus cambios en un contexto de ciertas continuidades. El complejo entramado de relaciones exteriores mostraría que la Rusia postsoviética, bajo Yeltsin-Putin, se ha conducido de un modo concertacionista y cooperativo, sin alentar pretensiones hegemonizantes (excepto en su propio “patio trasero”) o confrontativas, reflejando las preferencias de la opinión pública rusa, que ha sabido interpretar adecuadamente, especialmente, la coalición putinista.

Queda aún por definir si este perfil analizado de política exterior, sólo persigue imponer un nuevo status de respeto y mayor autoestima o si, busca recrear condiciones de agresividad neoimperial, que justifiquen un mayor control social interno en el largo plazo.

Para algunos, el actual, a pocos meses de nuevas elecciones parlamentarias y presidenciales, es un momento que puede ser una vez más, juzgado como “bisagra”: la Federación se erige en un país genuinamente democrático y confiable o en uno nostálgico de un pasado glorioso pero al mismo tiempo, hostil. Como en el pasado, esa opción binaria, nunca se concretó y lo cierto es que, con Putin y Medvedev, Rusia, como otros países emergentes, en la marea globalizadora, es un país “normal”, que pretende construir una identidad propia. Además, como en otras épocas de la historia, la sovietización sofisticada (disfrazada de democrática), la opacidad continuista con centro en el Kremlin y la pasividad de la sociedad civil, cuasi “anestesiada”, poco parecen importar en un Occidente, preocupado con hacer negocios de corto plazo. Esta Rusia no imperial y cooperativa, no puede ocultar rémoras preocupantes, pero sólo visibles para una oposición heterogénea y algunas ONGs o intelectuales del mundo.

Tal vez, en esta “era Obama”20, con Estados Unidos más concentrados en problemáticas económicas internas y menos hostil a un mundo multipolar, que en la “era Bush (h)”, podría ayudar a que Medvedev-Putin persigan sus grandes objetivos de política exterior, consolidando ese estilo externo cooperativo –e interno securitizador-. Sólo quiebres o rupturas políticas intraelite, pueden preanunciar cambios sustanciales.



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1 En culturas políticas, donde los períodos democráticos de la historia fueron nulos o escasos, en las que las breves liberalizaciones siempre fueron intentadas “desde arriba”, o sea desde el poder, como en la ex URSS, las transiciones políticas postautoritarias asomaban mucho más traumáticas y espinosas que las latinoamericanas. Tampoco había “hoja de ruta” alguna para imaginar siquiera, la transición post-totalitaria. Archie Brown también diferencia las transiciones postcomunistas de las postautoritarias, asumiendo una postura crítica hacia las tesis de O’Donnell, Schmitter y Terry Lynn Karl. Prefiere hablar de “desmantelamiento” o “ruptura” más que de “transición”. Salvo en unos pocos países como República Checa, Polonia y Hungría, que tenían una cultura histórica democrática, y además, tras la caída del Muro de Berlín, supieron imponer coaliciones liberal-democráticas por la vía electoral, en el resto, muchos de sus dirigentes comunistas se reciclaron o reconvirtieron y lograron ocupar el poder bajo otros rótulos partidarios. Cuanto más exitosa fue su reconversión o reciclaje dirigencial, menos sonora fue la demanda por la descomunización del sistema y por ende, menor la democratización (Bunce, 2003) (Yrarrázabal, 1983 :149) (Brown, 2000 :3-4).

2 Desprendiéndose de la noción triunfalista neohegeliana democrática liberal de Fukuyama en el sentido de que el avance democrático a nivel global, supondría un mundo más pacífico, fue prevaleciendo la teoría de la “paz democrática” (de Michael Doyle, Bruce Russett y Rudolph J. Rummel, entre otros), que en clave wilsoniana y kantiana, supone que nunca -o rara vez-, hay guerras entre democracias y sí las hay entre regímenes no democráticos o, desde la Guerra del Peloponeso, entre una democracia y una no democracia (Rummel, 1999 :10).

3 Diferentes trabajos, como por ejemplo, el de Ted Hopf, incluyendo desde las ópticas constructivista y postestructuralista, han tratado la temática de las identidades rusa y del Este, versus “Occidente” (Casula, 2007)

4 Cabe advertir además, que tan importante como definir si otras naciones constituyen el “Otro”, resulta determinar la relación con las minorías étnicas establecidas en Rusia como los rusos radicados en otras repúblicas de la ex URSS -unos 25 millones-, como partes del “nosotros”. En efecto, Rusia cuenta con numerosas poblaciones no rusas en su seno, de las que, numéricamente, las más importantes, son tártaros, chechenos, ingushetios, maris, chuvaches, osetios, bachkires, buriatos, tuvas. komis, udmortes y kalmuks. En varias repúblicas, los rusos constituyen entre el 20 y el 30 % de la población (Zubelzú, 2005).

5 Al mismo tiempo, tal variable es condición necesaria pero no suficiente para lograr tal inserción. La experiencia de las elites nacionalistas en los procesos independientistas postcoloniales del Africa por ejemplo, así lo demuestra.

6 De modo similar a Turquía y Austria, mucho antes, al Estado ruso le toca la doble tarea de construir la “nación” y acotarla institucional y territorialmente, tras vivir la fragmentación de un Imperio, con todo lo que ellos supone: falta de decisión política sostenida; obstáculos frecuentes como el chauvinismo y la xenofobia, etc. (Zubelzú, 2005).

7 Metodológicamente, para abordar un caso sobre la base del llamado “sobjetivismo”, el primer paso sería recuperar los significados subjetivos; el segundo, poner los significados en contexto y, finalmente, historizar los significados (Pouliot, 2007 :368-374).

8 Ole Weaver es uno de los autores que más trabajado la vinculación entre identidades, discursos y política exterior. El discurso es aquello que organiza el conocimiento de manera sistemática y por lo tanto, delimita lo que se puede y lo que no se puede decir. El espacio discursivo es el campo en un tiempo y lugar que sostiene un sistema discursivo (conjunto de conceptos clave y constelaciones de conceptos). Las estructuras discursivas permiten trabajar con cambios dentro de continuidades, porque condicionan las alternativas posibles de acción política. Por supuesto, no en todos los casos, aunque sí en el de Rusia, un abordaje discursivo de la identidad no debe suponer que el antagonismo sea la principal o única fuente de sentido de construcción de una identidad (Waever, 1996 :3-7).

9 En este punto, la nación no es una entidad homogénea y la identidad nacional puede convertirse en algo altamente competitivo. Se forman diferentes coaliciones en torno a identidades para promover sus visiones. Son favorecidas por varios grupos de identidad en los espacios público y privado y así, la competencia identitaria es especialmente intensa hasta que una de las visiones disponibles se convierte en predominante o hegemónica. Las actividades de los emprendedores políticos, recursos materiales e ideacionales, arreglos institucionales y prácticas históricas, pueden facilitar considerablemente el proceso de persuadir las elites y el público en general. Cuando parte de este proceso de persuasión está completado, el Estado se apropia de la identidad nacional dominante como una guía para el proceso de toma de decisiones (interés nacional). Entonces, la política exterior es un fenómeno altamente político. Evoluciona con el ascenso y la caída de varias visiones identitarias, abogadas por diferentes grupos sociales y políticos.

10 Si bien una fracción importante de la población lamenta como Putin, la disolución de la URSS, apenas el 16 % en el 2009 (como máximo el 25 % en el 2003), pretende recuperar a la URSS como forma institucional de relaciones exteriores con las ex repúblicas. El 27 % pretende mayor bilateralismo y el 22 % una integración al estilo de la UE. El 56 % de los rusos tampoco está de acuerdo con forzar hasta la fuerza, los vínculos con las ex repúblicas (Centro Levada, 2009 :149).

11 Sobre el eurasianismo, hay trabajos muy interesantes, profundizando sobre sus rasgos básicos, naturaleza y representantes (Patomaki, Pursiainen, 1998).

12 Sin ideologismo alguno, salvo el perfil de Viktor Cherkesov, los siloviki sólo tuvieron un método a ejecutar a través de Putin: defender sus intereses particularistas y oponerse a cuatro grandes enemigos de “su” poder: los gobernadores de las regiones ricas, los oligarcas, los partidos opositores liberales y los medios de comunicación (Kryshtanovskaya, 2008 :587-588).

13 Una especie de “suspensión mesiánica” en términos del italiano Giorgio Agamben. Este discute el “fin de la historia” de Kojeve y el neohegeliano Fukuyama, que llega a un cierto fin teleológico estatal, por ejemplo el triunfo definitivo del capitalismo y la democracia. Agamben cree en un fin de la historia mesiánico, que supone un doble fin: tanto una expiración de la historia en términos de aquella teleología y una expiración de la teleología que hizo posible y significativo hablar acerca de la completitud de la historia en el primer sentido. Agamben habla de un cierto olvido del futuro, porque todo lo que permanece después del fin de la historia, es presente, el ahora en el que vivimos y al cual podemos apropiarnos como el tiempo que tenemos, una vez que la existencia (el “ethos”) se libera del proyecto o versiones de “telos”, con potencialidad o inoperancia (Agamben, 1993 :25-26-102).

14 Tal vez ése sea el error de la transitología típica de la Ciencia Política: no percibir que si existe algo que la sociedad rechaza de antemano, es el tránsito a la existencia de otro proyecto otra vez. La sociedad ex profeso, rechaza sumarse a toda transición, transformación o reforma, comprometiéndose sólo a la política que le asegure o defienda, su “ser tal como es”, Ahora sí, puede entenderse mejor el fracaso de la propia Perestroika de Gorbachov: esa afirmación del “deber ser así”, que se propuso tal política, distanció más aún a la sociedad de la esfera pública formal. En una sociedad civil, que sólo había vivido movilizaciones forzosas y violentas como las del estalinismo y, tras el período de estancamiento de la era Brezhnev, interpretado positivamente por la opinión pública, el llamado a “ponerse en movimiento” de Gorbachov no tuvo eco, excepto un éxodo masivo de las prácticas sociopolíticas institucionalizadas del sistema. La reforma gorbachoviana, así, puede ser vista como un intento trágico de un gran proyecto histórico, en un tiempo posthistórico, debido al paradójico éxito del “ethos” soviético tardío, de pasividad, como una estrategia genuinamente revolucionaria de destruir ese sistema, a partir de una radical disociación de él (Prozorov, 2008 : 217-218).

15 Desde otra manifestación cultural como el cine, el film “Archangel” (2005), protagonizado por el actor británico Daniel Craig, refleja elocuentemente la era Putin, signada por la vía intermedia entre el caos yeltsinista y la amenaza neoestalinista.

16 Sobre la forma de trabajar de los siloviki y su formación más socialización, resulta claro que están habituados a la cautela, la opacidad, la manipulación, la desconfianza, el profesionalismo. Pero también constituyen una suerte de hermandad, con códigos de honor, una fe y una ideología propias. Los siloviki con Putin recuperaron el poder económico del que gozaban en la era soviética. Todo esto genera incertidumbre respecto a la futura sucesión presidencial, por las pujas de poder que se pueden generar, si no hay consenso previo (Kryshtanovskaya, 2008 :594-595).

17 Es importante recordar que primero, Rusia, era un Imperio, mucho antes de ser una Nación. Segundo, la fragmentación de la URSS implicó el desacople territorial de Rusia respecto a los límites del Imperio (Zarista y Soviético), con los cual, 25 millones de rusos pasaron a vivir en los nuevos Estados postsoviéticos. Para la mayoría de los rusos, su tierra era el Imperio Zarista por lo que, ahora, el Estado ruso cumple un doble rol: construir una nación y limitarla institucional and territorialmente (Goble, 1994 :42-51) (Kuzio, 2001 :168-177).

18 Putin confirmó al último Canciller de Yeltsin, Igor Ivanov, quien ha considerado que la política exterior rusa a lo largo de su historia, ha sido exitosa cuando adquirió el carácter de “realista” y pragmática.

19 Entre el año 2005 y el año 2009, ha crecido el consenso entre los rusos respecto a que la política exterior tiene objetivos claros. En el 2008, por ejemplo, el 60 % de los rusos consideraba que la política exterior tiene un curso o una línea bien pensada o planificada, mientras que el 21 respondía que se “limitaba a reaccionar ante circunstancias” (Centro Levada, 2009 :162),

20 En la última visita del Presidente norteamericano Obama a Moscú en julio de 2010, en sus respectivos encuentros con Medvedev y Putin, salvo la guerra contra el terrorismo, quedaron claras las diferencias con Moscú en temas como derechos humanos, Chechenia, control de armas masivas, Georgia, Irán y la OTAN. Por otra parte, tanto el incidente del espionaje ruso en Estados Unidos como el descubrimiento de submarinos rusos operando a apenas 300 km. de distancia de la costa norteamericana, como en los viejos tiempos de la Guerra Fría, genera dudas respecto a que el tándem Medvedev-Putin no posea vocaciones desafiantes a Washington. Ocurre que aparentemente, los submarinos equivocaron su trayectoria y por ello, se hallaron allí, lo cual revelaría que Moscú muestra una peligrosa fragilidad aún como potencia (Kramer, 2009) (Bandler, Kulhanek, 2009).

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