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Tesis doctoral


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Ciudadanía y pedagogía.


El concepto de ciudadanía tiene una serie de connotaciones pedagógicas que involucran a diversos actores e instituciones sociales. En ese sentido, Giroux (1997) resalta que la ciudadanía puede entenderse “como un proceso de regulación moral y de producción cultural, dentro del cual se estructuran subjetividades particulares en torno a lo que significa el hecho de ser miembro de un Estado nacional” (p.22) ser ciudadano no es nacer ciudadano, sino formarse ciudadano, construir subjetividades que expresan la ciudadanía tanto en sus acciones como en sus discursos. Continúa Giroux:
De manera más específica, el concepto de ciudadanía tiene que ser investigado como la producción y la inversión que se hace en discursos ideológicos expresados y experimentados por medio de diferentes formas de cultura de masas y en sitios particulares tales como escuelas, el lugar del trabajo y la familia (p. 23).
La ciudadanía involucra entonces escenarios sociales tradicionales lo que implica que no puede reservarse su formación únicamente al sistema educativo, sino que la familia y las organizaciones sociales tienen también la responsabilidad de reproducir el contexto apropiado para la formación ciudadana.

En este proceso, el sistema educativo como espacio formal de aprendizaje tiene la obligación de propiciar cambios en la forma de concebir y vivenciar la participación democrática y ciudadana. Mas no basta con formar en valores democráticos, se requieren estrategias pedagógicas que faciliten el trabajo colectivo y la participación activa de la comunidad educativa: “A los alumnos se les debe brindar experiencias participando en la planificación y evaluación de su educación diaria, y ejerciendo influencias y asumiendo responsabilidades” ). Como bien lo plantea Bolívar (2008) los estudiantes deben, por su parte, desarrollar:


Hábitos, virtudes cívicas o comportamientos necesarios para una buena convivencia ciudadana: aquellos “mínimos éticos” que una persona debe tener para saber convivir; y (b) Conjunto de conocimientos y competencias necesarias para participar en la vida pública, insertarse laboralmente o proseguir su preparación profesional. (p. 61)
La formación ética, política y de participación social son dimensiones de la ciudadanía que el sistema educativo en su conjunto tiene que desarrollar, y que el docente como agente pedagógico tiene la obligación de promover en los estudiantes.

Por otra parte, no solo los sistemas educativos nacionales tienen la tarea de fomentar la educación para la ciudadanía. En apoyo de los sistemas, en el ámbito europeo por ejemplo, la red internacional de educación Eurydice, en 2005, también se une a la perspectiva ya planteada cuando en uno de sus informes establece tres aspectos sustanciales que deben tenerse en cuenta en la formación del ciudadano: “Por lo general, la educación para la ciudadanía pretende orientar a los alumnos hacia: a) la cultura política; b) el pensamiento crítico y el desarrollo de ciertas actitudes y valores; c) la participación activa” (2005, p.19).

Por esta razón es tan necesaria una formación en la ciudadanía que haga énfasis tanto en las concepciones de la democracia como en las prácticas que esas concepciones llevan implícitas. Por ejemplo, la pedagogía ejerce una labor trascendental cuando se trata del desarrollo de algunas habilidades y actitudes democráticas necesarias para el desempeño pro activo en la vida comunitaria. Estas habilidades implican, entre otros aspectos, ser capaz de interpretar los códigos democráticos de derechos y deberes, gestionar la asociación de grupos de interés y defensa de lo público, organizarse para la crítica argumentativa de la administración y el subsistema político, fomentar la resolución pacífica de los conflictos, etc. Al respecto, Osorio y Castillo afirman que:
La formación de los ciudadanos (as) impone a los procesos educativos escolares y no escolares el desafío de distribuir equitativamente los conocimientos y el dominio de los códigos en los cuales circula la información social necesaria para la participación ciudadana, así como el de generar una formación valórica que desarrolle capacidades y competencias para desenvolverse responsable y críticamente en los diferentes ámbitos de la vida social. (1997, p. 69)
La ciudadanía debe entenderse pues como un proceso dialéctico en el que intervienen diversos actores que pueden ejercer pedagogía democrática, confrontarla, negociarla, cuestionarla.. Esta perspectiva plantea, sin embargo, varios supuestos: a) la ciudadanía no sólo se refleja en los derechos establecidos en las constituciones, implica una continua construcción social del sentido de ser ciudadanos; b) ser ciudadano es hacerse ciudadano, no es un estado ideal ni una forma única, se compone de significados y acciones que los actores sociales construyen de manera intencional a través de sus prácticas; c) la ciudadanía no se define de manera personal o privada, se constituye desde los sentidos que afirman los grupos, asociaciones y organizaciones sociales, es, en parte, discurso y también práctica.

Bajo esta misma perspectiva Mouffe (2003) sostiene que “sólo es posible producir individuos democráticos mediante la multiplicación de las instituciones, los discursos, las formas de vida que fomentan la identificación con los valores democráticos” (p. 109). Los discursos y las prácticas de la ciudadanía están permeados de valores que señalan una determinada concepción de democracia. Así, por ejemplo, la idea de un Estado benefactor que sostiene la vida de sus asociados puede percibirse fácilmente en actitudes heterónomas que expresan una dependencia total de las instituciones, mientras la idea de un Estado social de derecho se expresa en la participación activa de la vida pública, en actuaciones básicas que demuestran el respeto a la ley y la autonomía. Ambas perspectivas se mezclan en las prácticas sociales sin una conciencia clara de sus orígenes.

Las instituciones educativas constituyen un escenario natural donde debe cultivarse la ciudadanía. Al entender de Rémond (2000) “…La iniciación a la vida política, la preparación para la acción del ciudadano forman parte de la responsabilidad de la escuela y del profesorado y son incluso inseparables del acto de enseñar.” Ahora bien, cuando se trata de hacer realidad estos lineamientos generales en el diseño de una propuesta pedagógica de formación democrática, deben plantearse algunos interrogantes fundamentales. En ese sentido Giroux (1997b) recuerda que antes de planear cualquier actividad pedagógica debe pensarse en:
¿Qué tipo de ciudadanos esperamos producir mediante la educación pública en una cultura posmoderna?, ¿qué tipo de sociedad queremos crear en el contexto de las cambiantes fronteras étnicas y culturales actuales?, ¿cómo podemos reconciliar los conceptos de diferencia e igualdad con los imperativos de la libertad y la justicia? (p. 98)
En este contexto, también es pertinente indagar sobre el papel del sistema educativo en la formación de la ciudadanía, a juicio de Nussbaum (2010) se debe repensar “cómo preparar a las personas jóvenes para la vida en una forma de organización social y política. Ninguna democracia puede ser estable sino cuenta con el apoyo de ciudadanos educados para este fin” (p.29).

Estas preguntas apuntan más allá de las tres dimensiones que se han identificado en el discurso sobre la formación para la ciudadanía. Porque la ciudadanía es algo más que la participación política, que el conocimiento de las normas y valores democráticos, que una actitud hacia lo público; la ciudadanía es también “(…) una cierta imagen del bien común y de la forma de alcanzarlo. Lo que equivale a decir que es siempre el objeto de una lucha” (Nun, 2001, p. 65). Así, en su significado más profundo, podemos concluir con Clarke que la ciudadanía es una identidad que se construye en la constante relación con otros, y en la diferenciación de nuestra propia perspectiva. Pero más allá: “Ser un ciudadano pleno significa empeñarse en realizar el compromiso con el mundo, un compromiso re-encantado con el mundo” (Clarke, 2010, p. 12).




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