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Pierre Lévy: la formación de la ciudadanía autónoma en la virtualidad


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Pierre Lévy: la formación de la ciudadanía autónoma en la virtualidad.


Tanto la concepción sobre la formación moral y política de ciudadanos autónomos, tratada por autores como Puig (1996), Piaget (1974), Cortina (1997) y Habermas (1999), como la idea de la sociedad de la información que cambia la forma de construir identidades manejada por Manuel Castells en su trilogía La era de la información, y el ideal republicano de un nosotros dialogante y recíproco que fundamenta Habermas, se perspectivizan y se relativizan si seguimos a Pierre Lévy y asumimos que es inevitable situarnos en la revolución tecnológica que está comenzando, pero desde ya nos plantea enormes interrogantes tanto en plano ético como político, de psicología del desarrollo y, concretamente, en el discurso pedagógico. Lévy será entonces quien nos guíe en este nuevo contexto del ciberespacio.

Para Levy (2007), hasta hace muy poco la demanda de formación superaba ampliamente la oferta de oportunidades de acceso a la educación. Tanto cuantitativamente (crecimiento en cobertura), como cualitativamente (necesidad creciente de diversificación y personalización), la demanda educativa cambia con la aparición del ciberespacio:


el nuevo paradigma de la navegación (opuesto al del cursus) que se desarrolla en las prácticas de toma de información y de aprendizaje cooperativo en el seno del ciberespacio muestra la vía de un acceso a la vez masivo y personalizado. (p. 142)
Los programas educativos virtuales, con todo el arsenal de comunicación (tanto en tiempo real como diferido), los soportes hipermedias y los sistemas de simulación, están a disposición de los estudiantes y profesores como estructura de formación cada vez más económica y accesible, y más innovadora y generadora de conocimiento. Los especialistas reconocen que la distinción entre enseñanza “presencial” y enseñanza a “distancia” será cada vez menos pertinente, puesto que el uso de las redes de comunicación y de soportes multimedia interactivos (campus virtuales con bibliotecas, bases de datos, aplicativos de gestión de conocimiento, etc.) se integran progresivamente a las formas más clásicas de la enseñanza.

No se busca tanto transferir los cursos clásicos en formatos hipermedia interactivos o abolir la “distancia” como poner en obra nuevos paradigmas de adquisición de conocimientos y constitución de saberes. La dirección más prometedora, que traduce por otra parte la perspectiva de la inteligencia colectiva en el campo educativo, es la de aprendizaje cooperativo. El rol del docente en este nuevo paradigma del saber cambia pues así se lo exigen las disposiciones tecnológicas al alcance de los alumnos. Ya no se trata de transmitir información, sino de saber navegar en ella; ya no de tener un acceso privilegiado a la información o a materiales de información, sino de provocar y canalizar el deseo de aprender y pensar. El docente se convierte en un animador de la inteligencia colectiva: su actividad se centra en el acompañamiento y la gestión de los aprendizajes: la incitación al intercambio de saberes, la mediación racional y simbólica, el pilotaje personalizado de los recorridos de aprendizaje (pp. 129-140).

En el contexto del cambio educativo, al prolongar ciertas capacidades competitivas humanas (memoria, imaginación y percepción) las tecnologías intelectuales de soporte digital redefinen el alcance, la significación, y a veces incluso la naturaleza de la relación con el saber. La maravillosa disposición de acceso cuantitativo y cualitativo a enormes depósitos de conocimiento es una opción que el ciberespacio facilita a las nuevas generaciones de aprendices y maestros. En la nueva economía del conocimiento, bien entendió Pierre Lévy que:
No se trata de utilizar a todo precio las tecnologías en la educación, sino de acompañar consciente y deliberadamente un cambio de civilización (…) Es la transición entre la educación de una formación estrictamente institucionalizada (la escuela, la universidad) a una situación de intercambio generalizado de los saberes, de enseñanza de la sociedad por ella misma, de reconocimiento auto-dirigido, móvil y contextual de las competencias. (p. 145)
Esta mirada “optimista” del nuevo contexto social, político y epistemológico que inaugura la Red tiene en fondo una mirada crítica sobre lo que es el proceso de virtualización en marcha:
Lo virtual no es, en modo alguno, lo opuesto a lo real, sino una forma de ser fecunda y potente que favorece los procesos de creación, abre horizontes, cava pozos llenos de sentido bajo la superficialidad de la presencia física inmediata. (Lévy, 1998, p. 9)
Lo virtual es, entonces, un modo de ser de lo real, que busca problematizar el ser, no afirmar el ser, abrir horizontes, crear sentidos, ampliar significados. Además, la virtualización posibilita que el individuo, la colectividad, la cosa, la información se desprendan de su “ahí” espacial y se desterritorialicen, permite transcender, desconectarse del espacio físico geográfico. Frente a la tradicional mirada filosófica que afirma la presencia, el ser ahí, este proceso, subraya el tiempo obviando el espacio, y afirma la continuidad incluso en la discontinuidad.

La virtualización multiplica los aspectos a considerar de lo real (tiempo, lugar, valor, sentido), elevando a la N potencia lo actual, lo que está realizado. Implica evolución, cambio radical de identidad, ampliación del contexto de interpretación y, por lo tanto, de sentido y de ser. En ese nuevo contexto, más general, lo actual se vuelve problema y punto de partida de este fenómeno. Así, con la ayuda de las tecnologías intelectuales de soporte digital, en el ciberespacio cambia la naturaleza del saber (producción, transmisión y aprendizaje). Ya no se trata de cómo acceden las sociedades a los saberes e informaciones, sino de qué uso hacen de ellos; ya no se sigue un cursus sino que se navega en trayectorias y flujos de aprendizaje; ya no son individuos aislados o comunidades cerradas las que generan conocimiento, sino redes que crecen y desaparecen tan rápido como el mercado de conocimiento lo requiere. Ante esta nueva situación del saber-flujo caótico, los sistemas de formación, a través de la virtualidad, cuentan con un conjunto de herramientas de comunicación, sistemas de simulación y soportes hipermedia que facilitan nuevas formas de adquisición de competencias, de formación de alternancia y de inteligencia colectiva.

En el contexto de la sociedad del conocimiento y de la información los conocimientos cambian rápidamente, lo aprendido pasa prontamente a ser obsoleto o relativamente importante. Por ello, como dice Bolívar (2009) “la mejor educación es la que enseña a aprender a lo largo de la vida” (p. 1). Por lo tanto, la mejor educación ayuda al estudiante para que alcance un aprendizaje autónomo y autorregulado; el énfasis no debe ser en los contenidos sino en el desarrollo de procesos cognitivos y meta cognitivos. Es una educación que debe trascender el entorno escolar y proyectarse a lo largo de la vida. El aprendizaje puede ocurrir independientemente del tiempo y del espacio, así como a cualquier edad.

Pero ¿qué ocurre con la ciudadanía autónoma en este nuevo paradigma del aprendizaje, del saber, en esta nueva forma de asociación creada por el ciberespacio? Hoyos (2007), quien sigue a Thiebaut, le confiere a la práctica que nos hace ciudadanos, “antes que pertenencia geográfica a un lugar (…) se trata de actividades colectivas organizadas según determinadas creencias, normas y procedimientos que coordinan la acción común y las acciones individuales para afrontar problemas y solventar conflictos” (p. 35).

Desterritorializados, los nuevos ciudadanos ciberespaciales pertenecen a colectivos que se organizan según creencias, normas y procedimientos comunes; en esas nuevas agrupaciones se distribuyen bienes intangibles como jerarquías, autoridad o poder y no menos la riqueza, la renta o la propiedad. Cualquiera que haya pertenecido a esas comunidades sabrá el “bien” al que tiene acceso y las obligaciones que asume al vincularse. De todas maneras, se puede concluir siguiendo a Hoyos (2007) que “ser ciudadano es pertenecer y sostener, aunque sea de manera crítica, esas creencias, normas y procedimientos y es también modificarlas, alterarlas” (p. 36).


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