• Lorenzo Gomis Teoría del periodismo Cómo se forma el presente PAI DOS
  • Los medios forman cada día el presente social de referencia
  • El pasado se presenta como presente
  • El periodismo interpreta la realidad social
  • La noticia surge con el comentario
  • Los interesados producen y suministran los hechos
  • El oscuro e influyente «gatekeeper» escoge las noticias
  • ¿Qué es más noticia y por qué

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    Teoría del periodismo Paidós Comunicación


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    Teoría del periodismo

    Cómo se forma el presente



    Lorenzo Gomis

    Paidós Comunicación



    Teoría del periodismo


    Paidós Comunicación

    Colección dirigida por José Manuel Pérez Tornero



    Ultimos títulos publicados:

    1. J.-C. Pearsou y otros - Comunicación y y enero

    2. R. Eilis y A. McCIimock - Teoría y práctica de kt comuna ación humana

    3. L. Vilches - La televisión

    4. W, Lilllewood - Ixi enseñanza de la comunicación ora!

    5. R, Debray - Vida y muerte de la ¡mayen

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    7. T. H, Quulier - Publicidad y democracia en la sociedad de masas

    8. A. Pratkanis y E. Aronson - La era de la propaganda

    9. E, Noelle - Neumaiui - Li espiral del silencio

    10. V. Erice - La opinión pública

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    66. G. Duraiidin - La información, la desinformación y la realidad

    71. J, Bree - Las niños, el consumo y el marketmy

    74. T, A. Sebeok - Si y nos: una introducción a la semiótica

    77. M. McLuhan - Comprender los medios de comunicación

    76, J. Bryant y D. Zillman - Los efectos de los medios de comunicación

    1. T. A. van Dijk - Racismo y análisis critico de los medios

    2. A. Mucchielli - Psicología de la comunicación 88, P, J. Maarek - Marketing político y comunicación

    1. J. Curran y otros (coinps.) - Estudios culturales y comunicación

    2. A, y M. Mattelarl - Historia de las teorías de la comunicación

    3. D, Titnnen - Género y discurso 97. J, l.yons - Semántica lingüística

    1. A. Mattelart - La mundialización de la comunicación

    1. E. McLuhan y F. Zingore (coinps.) - McLuhan escritos esenciales

    2. J. B. Thompson - Los inedia y la modernidad 105. V, Nighlingale - L! estudio de tas audiencias 109. R, Whilaker - El fin de la privacidad

    112. J, Langer - Ixi televisión sensacionalista (20. J. fíari ley - Los usos de la televisión 121. P. Pavis - El análisis de los espectáculos

    1. J. O'Ponnell - Avalares de la palabra

    2. R, Barlhes- La torre Eiffel

    3. R, Debray - Introducción a la medioloyía 130. J. B. Thompson - El escándalo político

    Lorenzo Gomis

    Teoría del periodismo



    Cómo se forma el presente # PAI DOS

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    Impreso en Hurope, S. L.,

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    Impreso en España - Printed in Spain




    Sumario

    Paidós Comunicación 3

    Teoría del periodismo 3

    Sumario 5

    Prefacio 7

    1.Los medios forman cada día el presente social de referencia 10

    2.El pasado se presenta como presente 19

    3.El periodismo interpreta la realidad social 27

    4.La noticia surge con el comentario 40

    5.Los interesados producen y suministran los hechos 50

    6.El oscuro e influyente «gatekeeper» escoge las noticias 66

    7.¿Qué es más noticia y por qué? 79

    8.Las noticias repercuten en comentarios y consecuencias 91

    Resultados o el registro indiscutible 105

    Apariciones o las presencias elocuentes 111

    11.Desplazamientos o las huellas significativas 121

    12.Explosiones o la alarmante irrupción 129

    13.Los medios influyen al persuadir a la gente de que «esto es lo que hay» 137

    Los hechos difundidos por los medios se asimilan en la conversación 151

    15. Los medios, mediadores generalizados 159

    16. La teoría. Principios y proposiciones 172

    Bibliografía citada 188

    INDICE DE AUTORES 194


    8 TEORÍA DEL PERIODISMO



    Paidós Comunicación 3

    Teoría del periodismo 3

    Sumario 5

    Prefacio 7

    1.Los medios forman cada día el presente social de referencia 10

    2.El pasado se presenta como presente 19

    3.El periodismo interpreta la realidad social 27

    4.La noticia surge con el comentario 40

    5.Los interesados producen y suministran los hechos 50

    6.El oscuro e influyente «gatekeeper» escoge las noticias 66

    7.¿Qué es más noticia y por qué? 79

    8.Las noticias repercuten en comentarios y consecuencias 91

    Resultados o el registro indiscutible 105

    Apariciones o las presencias elocuentes 111

    11.Desplazamientos o las huellas significativas 121

    12.Explosiones o la alarmante irrupción 129

    13.Los medios influyen al persuadir a la gente de que «esto es lo que hay» 137

    Los hechos difundidos por los medios se asimilan en la conversación 151

    15. Los medios, mediadores generalizados 159

    16. La teoría. Principios y proposiciones 172

    Bibliografía citada 188

    INDICE DE AUTORES 194





    Prefacio

    «¿Qué debe explicar una teoría del periodismo?», me pregunté un día. Y la respuesta vino a ser: una teoría del periodismo debe explicar cómo el medio decide lo que va a decir y por qué; una teoría del periodismo debe ofrecer un modelo abstracto que permita comprender por qué una noticia desplaza a otra y por qué comentamos una noticia en vez de otra.

    Si he escrito una teoría es pues para encontrar una explicación y ofrecerla. Así que este libro puede entenderse como una explicación del funcionamiento global de los medios en la sociedad y su influencia en la formación de la imagen que la sociedad tiene de sí misma en un período relativamente corto. Explicar cómo funciona el periodismo es explicar cómo se forma el presente en una sociedad: de ahí el subtítulo.

    Esta explicación articula cosas viejas y nuevas, las que he recogido a lo largo de veinticinco años de docencia en el periodismo, y las que en quince años de publicaciones —desde El medio media en 1974 hasta Teoría deis generes periodístics en

    1989— he creído aportar a la teoría del periodismo. Por ejemplo: el periodismo es un método de interpretación sucesiva de la realidad social; es más noticia el hecho que tendrá más repercusiones que otro y el acierto y el error de un medio al escoger las noticias puede ser juzgado por su propio contenido. O también: los hechos noticiosos tienen unos rasgos (que llamo «resultados», «apariciones», «desplazamientos» y «explosiones») que explican su uso por los medios; y otros aspectos: la noticia que no se comenta no inñuye; el comentario hace presente el pasado y prepara el futuro, etc.

    La sustancia de esta explicación teórica es el estudio de los hechos cuya noticia llega a los medios y su sucesiva selección y tratamiento; y también el efecto que tales hechos producen en el público creando una expectación de nuevos hechos que realimenta el proceso y dota a los hombres de un presente social. Lo que esta explicación pretende es poner a un nivel de abstracción suficiente lo que los periodistas hacemos y vemos hacer todos los días en las reuniones de redacción en que se perfilan las noticias y se seleccionan los materiales de portada. Y lo que en resumidas cuentas pretende esta teoría es explicar la función del periodismo en la sociedad. El subtítulo, como he apuntado antes, subraya el papel fundamental del periodismo: formar y reformar diariamente el presente social que compartimos. Los medios hacen y representan el presente común.

    El libro puede ser útil para todo el que quiera comprender mejor el fenómeno del periodismo, empezando naturalmente por los estudiantes de las llamadas Ciencias de la Información. Y no excluyo que un profesor encuentre en él sugestiones y razonamientos útiles y hasta pistas para la investigación, como yo los he encontrado en otros. Me complace finalmente que entre los autores citados haya varios estudiantes. Todos podemos realizar descubrimientos. Y, como decía Durkheim, el objeto de toda ciencia es hacer descubrimientos y todo descubrimiento desconcierta un poco las opiniones corrientes.

    El último capítulo resume la teoría y recapitula. Pero el que tenga prisa por hacerse una idea somera puede también empezar por él y, si le interesa, leer luego la obra entera.

    L. G.

    Viladrau, 1987 - Barcelona, 1990



    1. Los medios forman cada día el presente social de referencia

    A lo largo del día, el ser humano recoge y concentra de vez en cuando sus energías en un esfuerzo por entrar en contacto y quizá en comunión con la realidad. En ese esfuerzo trata de recibir y de dar. El creyente religioso llama oración a esos momentos de intensidad comunicativa. Veréis a los monjes acudir a toque de campana y levantarse para cantar maitines o recogerse para las vísperas o recapitular en las completas. El gregoriano es el vehículo musical de esos antiguos y persistentes mensajes. Pero no es preciso acudir a un monasterio para presenciar esos intentos tradicionales de entrar en contacto con la realidad. En las mismas calles veréis de pronto a los creyentes musulmanes volver su rostro hacia la Meca y recogerse en oración. Y son millones en todo el mundo.

    En un mundo secularizado como el que vivimos, esos momentos de comunión o contacto recogido con la realidad envolvente no tienen carácter religioso, sino social. No consisten en oración, sino en información. No hay un proceso de llamada





    y escucha, sino de recepción pasiva. La reacción consistirá después en el comentario. La lectura del diario con el desayuno o en la primera hora de la oficina, la escucha del noticiario radiado al despertar o al salir de casa en coche, los noticiarios televisados con que, como en el tradicional ángelus de mediodía, se interrumpe la jornada para escuchar las noticias, o recapitularla antes de cenar con otro noticiario, son las formas actuales de contacto o comunicación con el entorno. Y lo que los medios de comunicación hacen es ofrecernos el presente social. Sin ellos, el presente social resultaría pobre y encogido, sería apenas el de la familia, la vecindad más inmediata, el medio de trabajo. Gracias a los medios, vivimos en el mundo y sabemos lo que está pasando un poco en todas partes.

    Más aún, gracias a los medios percibimos la realidad no con la fugacidad de un instante aquí mismo, sino como un período consistente y objetivado, como algo que es posible percibir y comentar, como una referencia general. Son los medios los que mantienen la permanencia de una constelación de hechos que no se desvanecen al difundirlos, sino que impresionan a la audiencia, dan qué pensar, suscitan comentarios y siguen presentes en la conversación. El presente social de los medios dura por lo menos un par de días y su permanencia en los comentarios —que mantienen vivo ese presente— se prolonga por lo menos una semana. El comentario hace más intenso y duradero el efecto de la noticia.

    En la gama de percepciones que se dan en la vida cotidiana hay que acotar la percepción periodística del entorno, pues lo que los medios escogen y montan es lo que laboriosamente forma la imagen periodística de la realidad que ellos ofrecen: su imagen del presente social. La percepción periodística es una característica profesional de los hombres y mujeres que trabajan en los medios de comunicación. Tendremos que examinar con cuidado qué es lo que buscan y escogen y con qué criterios, pues esos son los que configuran lo que en una sociedad llamamos presente o también actualidad. Pero, por lo pronto, la práctica del periodismo puede entenderse en términos de pesquisa y de investigación, de «paulatina reducción de la incertidumbre», con publicación de hipótesis y conjeturas sobre lo que es todavía incierto (Del Rey, 1989, pág. 38).

    EL RITUAL DE LAS NOTICIAS

    Entre los ritos de la vida cotidiana en el mundo civilizado está el de abrir el periódico por la mañana, conectar la radio cuando circulamos en coche y se acerca la hora en punto o poner la televisión cuando todo el mundo ha llegado a casa para la comida y van a dar el telediario. Los horarios no serán los mismos de un país a otro. Pero todos los que leen un diario, escuchan el noticiario radiado o ven y oyen las noticias en la televisión están entrando en contacto con la realidad global que les envuelve, se detienen a captar el presente social en que viven. Ese es el sentido del rito.

    El conjunto de los medios forma hoy un círculo de realidad envolvente que se convierte en referencia diaria de nuestra vida, telón de fondo de la vida en común. No tiene la lejanía misteriosa ni acaso la íntima intensidad del círculo descrito antes: el de la comunicación religiosa. Pero no carece de semejanzas.

    Por si alguien juzga caprichosa y fuera de lugar la evocación del otro telón de fondo que ha dominado la vida humana a lo largo de siglos y que en amplios segmentos de la civilización de nuestro tiempo persiste vigente, habremos de recordar que ya entre el siglo pasado y el presente, en los orígenes de la sociología, para Durkheim (1912) la raíz de la vida religiosa está en la sociedad, que toda creación es producto de una síntesis y que si las síntesis de representaciones particulares que se producen en el seno de cada conciencia individual ya son por sí mismas productoras de novedades, mucho más eficaces serán aún esas vastas síntesis de conciencias que son las sociedades.

    Es la sociedad humana la que se hace presente pues en el noticiario. Más allá, los creyentes siguen remitiéndose de una manera discontinua y vacilante a un último círculo, pero en un mundo secularizado, la imagen periodística de la realidad se ha convertido en la referencia general del presente social que nos envuelve.

    No hay que olvidar tampoco que tradicionalmente ha existido, y sigue existiendo aún, un primer círculo de referencias: la imagen que podríamos llamar vecinal de la realidad. Durante siglos, en las tribus, en las aldeas, en los barrios de las ciudades, la conversación de los vecinos ha tejido un mundo diario de referencias cambiantes, de novedades comentables, en el que se formaban las noticias de la sociedad inmediata y reducida en que cada cual vivía. Ese mundo de la conversación engendró ya hace siglos los primeros y rudimentarios medios de comunicación modernos (Varin d’AiNVELLE, 1965), cuando los cortesanos que no tenían acceso directo al rey y los funcionarios y sus esposas querían hablar de lo que el rey hacía, de las grandes cuestiones del reino y de lo más curioso que sucedía en el mundo. Pero el círculo de la imagen vecinal de la realidad se ha enriquecido hoy con los productos del segundo círculo: el de los medios. Los vecinos siguen comentando la enfermedad del hijo de Fulana y la caprichosa e inesperada huida de Zutana con un vendedor ambulante, pero además comentan algunas de las novedades de la imagen periodística que ofrecen los medios. Y ésas que se incorporan a la conversación son en el fondo las verdaderas noticias, las que influyen en las actitudes y conductas de la gente. Lo que no se comenta no produce efectos de noticia.

    La imagen vecinal de la realidad ha sido siempre una imagen construida socialmente. Los dimes y diretes, la comidilla aldeana, la charla cerca del fuego no han sido una percepción directa de la realidad del entorno, sino una referencia tejida de aportaciones, generalmente interesadas, de los demás vecinos. En esto se parecía y se parece a la imagen que ofrecen los medios, pero la diferencia está en que la formación o construcción de la realidad que sirven los medios es una actividad profesional de mediación, el fruto de una organización que se dedica precisamente a interpretar la realidad social y mediar entre los que hacen de productores del espectáculo mundano y la gran multitud que cumple funciones de público. Eso sin olvidar que también los actores forman parte del público y contemplan el espectáculo. «Me he enterado por la prensa», declara el señor ministro cuando le acercan los micrófonos de la curiosidad profesional.

    Los medios actúan de mediadores entre la realidad global y el público o audiencia que se sirve de cada uno de ellos. Pero esa mediación es algo más que simple comunicación. Los medios no sólo transmiten, sino que preparan, elaboran y presentan una realidad que no tienen más remedio que modificar cuando no formar. El medio no es un espejo (Epstein, 1974), porque el espejo no toma decisiones, sino que refleja simplemente lo que tiene ante sí, mientras los que animan los medios adoptan decisiones, siguen una política, luchan con la falta de tiempo, la distracción de los colaboradores, la limitación de recursos. No será noticia probablemente lo que no tenga imagen con que aparecer en el telediario y eso dependerá de si ocurre en una ciudad con un equipo de cámaras en el lugar adecuado y el momento oportuno.

    La metáfora del espejo evoca igualmente una inmediatez: es lo que en aquel momento está delante lo que refleja. Mientras que el presente social que ofrecen los medios raramente ocurre en ese momento. Sucedió horas antes, un día, dos, acaso más. E incluso las imágenes que se mueven ante nuestra vista sólo en menos de la mitad de los casos (datos de las tres grandes cadenas de televisión americanas en los primeros setenta) corresponden al mismo día y a veces sólo llegan a un tercio de las imágenes las que pertenecen al día. Eso cuando no ha habido que añadir un sonido imaginario a una película que carece de él o agrupar imágenes significativas para producir la impresión que se supone que se trata de producir (Epstein, 1974).

    Tampoco da cuenta de la realidad la metáfora de la ventana (Gaye Tuchman, 1983). Una ventana da a una realidad exterior a los espectadores e independiente de ellos. Pasa lo que pasa, no lo que nosotros decidimos que está pasando. Mientras que los medios deciden qué está pasando, qué imagen de la realidad exterior van a producir y ofrecer a sus espectadores. Lo que los medios presentan no es ni un espejo ni una ventana. Y no puede ser de otra manera.

    Ni el espejo ni la ventana tienen en cuenta como metáforas la mediación del lenguaje, que es esencial en los medios de comunicación, especialmente cuando de transmitir información se trata. El lenguaje es capaz de «hacer presente» una diversidad de objetos que se hallan ausentes del «aquí y ahora» (Berger y Luckmann, 1984, pág. 58). Gracias al lenguaje, una acumulación enorme de experiencias y significados puede llegar a objetivarse en el «aquí y ahora». Todo un mundo puede actualizarse en cualquier momento gracias al lenguaje. El lenguaje me «hace presentes» no sólo a los semejantes que están físicamente ausentes en ese momento, sino también a los del pasado recordado o reconstruido, como también a otros proyectos hacia el futuro como figuras reales o imaginarias.

    LA NECESIDAD DE LOS MEDIOS

    Imaginemos que el más reciente y completo de los medios, la televisión, se ocupara continuamente de transmitir en directo «lo que pasa en la calle» —eso que el pintor Solana llamaba la vida— y que por distintos canales pudiéramos conectar con la vida en nuestra ciudad y en las principales capitales del mundo, así como en algunas zonas rurales con servicio de transmisión. Tendríamos la sensación de algo difuso, inacabado, aburrido. Nos recordaría quizá las imágenes de las operaciones de salida o de retorno por las carreteras en fechas de vacaciones, sólo que más pobres. No sólo saltaría a la vista la necesidad de que alguien seleccionara lo más interesante, sino de que aquellas realidades que teníamos a la vista se apretaran, concentraran, activaran.

    Imaginemos que, abolidos los telediarios, el flujo de imágenes libres en puestos fijos fuera continuo, e imaginemos que, a la hora del antiguo telediario, muchas familias optaran por decir: «Vamos a ver qué hace ahora mismo Bush (o Gorbachev)». Y que, dada la diferencia horaria, lo que vieran en directo fuera al presidente americano ante el espejo, afeitándose. Quizá el primer día la operación les interesara como documento humano y dos les entretuviera como diversión, pero es probable que al tercer día concluyeran que la información es otra cosa y que prefieren información manipulada, pero verosímil y significativa, que la visión libre de la realidad en crudo.

    Es posible igualmente que aun si conectáramos a media tarde con lo que para el presidente era la mañana y le viéramos en su despacho leyendo un informe de un par de hojas —dicen que los estadistas quieren informes cortos— y aun si pudiéramos leer por encima de su hombro el informe, por confidencial que fuera, nos pareciera todo ello pobre y rutinario. Estamos acostumbrados a ver a los políticos en momentos de mayor actividad, bajando la escalerilla del avión y estrechando manos —parece que algo va a empezar— o despidiéndose en lo alto de la escalerilla y diciendo adiós. No es nada, pero parece que haya más acción. O bien los medios nos muestran cuando, ante el micrófono, nos mira fijamente, sonríe con buen humor, y pronuncia las palabras que han escrito los escritores presidenciales de discursos. Aquello es, si se quiere, menos auténtico, pero el público lo prefiere, y a fin de cuentas los personajes públicos también.

    La interpretación de la realidad como un conglomerado de noticias responde a una expectativa pública y a necesidades técnicas. La realidad social verdadera, en directo, se diluye a lo largo del día y la noche, y parece lenta, difusa, aburrida. No es posible entrar en contacto expectante con ella á horas fijas. Corresponde por tanto a la actividad profesional llamada periodismo dar de la realidad social presente una versión concentrada, dra- matizadora, sugestiva, que escoja lo más interesante de todo lo que se sepa que ha ocurrido y hasta lo retoque para ajustarla a las necesidades del tiempo y el espacio. Como ha escrito el sociólogo Salvador Giner, la mayor innovación literaria de nuestro tiempo es el periodismo. Infamado por su probada capacidad de trivialización de lo complejo, el periodismo puede, sin embargo, expresar con la mayor dignidad nuestras preocupaciones más graves y nuestros mejores anhelos. Su expansión ha ido paralela con la modernidad, que no tendría sentido sin el periodismo (Giner, 1989, pág. 9).

    LA REALIDAD PRESENTADA COMO ACCIÓN DISCONTINUA

    El conjunto de noticias de un diario o noticiario radiado o televisado es la realidad social presentada como acción y concentrada en píldoras. La redacción de las noticias en orden de interés decreciente es un subproducto de una guerra, la americana de secesión (Emery, 1966, pág. 307). Pero se ha incorporado al acervo periodístico, como tantas cosas de lo que Park (1960) ha llamado una historia natural. La larga historia de los titulares de prensa ha progresado también a golpe de guerras. Los tartajosos telégrafos de la guerra civil americana aconsejaban darse prisa en contar lo esencial de la historia en unas pocas líneas, y que si quedaba luego tiempo pudiera volverse una y otra vez añadiendo detalles cada vez menos interesantes. Ese proceso de truco redaccional generalizado se acentuó con los cuantiosos despachos anónimos de las agencias de noticias, nacidas de la asociación de periódicos que querían tener más noticias y más baratas, aunque fuera compartiéndolas (Emery, 1966, pág. 250).

    Los diarios ponen unas noticias encima de otras o al lado de otras, sin que la vecindad indique relación ninguna. Las noticias se disponen, como ha explicado Me Luhan (1971), en forma de mosaico. Me Luhan presenta ese mosaico en un contexto cultural respetable y prestigioso y había del simbolismo y el cubismo. El mosaico periodístico ha sobrevivido a las corrientes artísticas vagamente emparentadas con él y apenas se ve otro modo de servirse de las noticias^ Los medios son como supermercados en régimen de autoservicio: cada uno de los consumidores coge lo que le interesa. En la radio y la televisión una noticia viene después de otra, sin que el orden indique otra cosa que un cierto interés decreciente, o una vaga disposición en bloques informativos. No hay orden cronológico, ni otra relación entre las noticias que una relativa clasificación en secciones. Las noticias se buscan, se cogen o tiran y las que caben en un espacio o un tiempo fijados se yuxtaponen. Y esa yuxtaposición de noticias forma la imagen periodística de la realidad presente.

    Con esa imagen periodística de la realidad la mujer y el hombre de nuestro tiempo entran en contacto y acaso en comunión ritualmente, en la liturgia de los noticiarios radiados o televisados y en la lectura personal de los periódicos. Esta concentración de públicos o audiencias las aprovechan los que tienen algo que vender. Anuncian sus productos comprando espacio o tiempo a los medios. Con lo cual el trabajo de recoger y preparar las noticias lo pagan a fin de cuentas también los compradores de los grandes almacenes, los que adquieren un coche nuevo o refrescos y bebidas, las amas de casa que se llevan detergentes del supermercado y en general el consumidor, que es al propio tiempo el ciudadano político y el público de los medios.

    LO QUE RECUERDA EL PÚBLICO

    Y si bien es verdad que de vez en cuando se leen cartas en los periódicos en que alguien se queja de que los medios den tantas malas noticias, también lo es que el público digiere las noticias, buenas o malas, sin impresionarse demasiado. Más bien, como ha escrito Leo Bogart (1985, pág. 302 y sigs.), «lo que más sorprende de las respuestas del público es su inclinación desproporcionada hacia las informaciones desagradables, que en realidad representan solamente una parte muy limitada de lo que difunden los medios». En una encuesta hecha en 1977 en Estados Unidos, a la pregunta por la noticia más importante un 26 % respondió refiriéndose a un crimen y sólo el 22 % a una noticia de política nacional. El porcentaje siguiente era el 13 % y abarcaba accidentes, incendios, catástrofes (el 100 % del porcentaje se refiere a todos los que dieron cuenta de alguna noticia como la más importante). El mismo Bogart señala a propósito de esta encuesta que cuando se preguntó al público «que usted recuerde, ¿qué era lo más sobresaliente de las noticias de ayer o de hoy?» ni una sola información logró pasar el 5 %. Hubo un 83 % que dio algún tipo de respuesta: el 5 % mencionó el discurso de Cárter en las Naciones Unidas y el 4 % su visita a Massachusetts, con un total de un 14% de encuestados que recordaban alguna de las actividades del presidente. Un 4 % se refirió a los musulmanes de Hanafi, hubo un 3 % para Goldwater y para el secuestro de un avión en España; un 2 % destacó a la señora Gandhi, un 1 % habló de un ataque en Zaire y un 3 % del accidente de aviación de Canarias, sucedido la semana anterior.

    Las reacciones del público se parecen en lugares y tiempos'' distintos. En una investigación en la Universidad Autónoma de Barcelona sobre la relación entre las noticias más comentadas y el tratamiento que los medios les dan (Abril, Girón, González, 1988), resultó que en la semana posterior a la del 23-29 de noviembre de 1987 el tema que más había impresionado en Barcelona era el de la fusión anunciada del Banesto y el Banco de Bilbao (una oferta pública de compra de éste a los accionistas del Banco Español de Crédito que luego se frustró), con un 58,3*7(1. El segundo tema de comentario era el secuestro de la niña Melodie, hija de una cantante, en la Costa del Sol, con un 52,2 % de menciones.

    Lo curioso del caso es que el secuestro de Melodie Natachian había sido zanjado una semana atrás y apenas aparecía ya en los medios, lo que muestra que aunque un tema desaparezca de los medios puede seguir formando parte del presente social y perdurar en las conversaciones y los comentarios de la gente durante un tiempo. Sólo el tercer tema tenía carácter político, la cumbre URSS-EE.UU., con un 28,7 %. Venían a continuación la violencia electoral en Haití (14,8 %), el accidente de un avión coreano (13,0%), unas elecciones universitarias (la encuesta se hacía entre universitarios), con otro 13,0%, el arresto de la abogada Cristina Almeida (12,2 %) y el asesinato de una chica en La Bisbal (pueblo de la provincia de Barcelona, 10,4 %). Un contraste que llamó la atención de los autores del trabajo fue que, pese al fértil tratamiento de los temas referentes a política nacional, autonómica y municipal en casi todos los medios de comunicación de masas, había que llegar hasta la posición 15 del ránking para hallar una noticia de política de España y aún era la de las negociaciones entre España y Gran Bretaña para llegar a un acuerdo de utilización conjunta del aeropuerto de Gibraltar.

    Las noticias que impresionan al lector u oyente son aquellas que luego comenta, pero es frecuente que se levante de su ritual contacto con la realidad sin otra impresión que la de que nada especial parece haber ocurrido. Esa era al menos la principal conclusión que obtuvo un estudio para la radiodifusión finesa que recoge Kaarle Nordestreng (1972, págs. 386 y sigs.) El ochenta por ciento de la población finesa de más de quince años seguía, de acuerdo con el informe, los noticiarios radiados al menos una vez al día y el noventa por ciento seguía las noticias radiadas más importantes con perceptible concentración, pero aun con la ayuda del entrevistador casi la mitad de los telespectadores recordaba muy poco, si algo, del contenido de las noticias. Sólo un 38 % era capaz de responder a preguntas tan sencillas como «¿Quién está luchando en el Cercano Oriente?». Y aun el informe apunta la posibilidad de que la mayor parte de ellos lo supiera ya antes de oír las noticias.

    Una amplia investigación dirigida por el profesor Orive para comprobar los efectos de los telediarios en las comunidades autonómicas españolas (Orive, 1988) da cuenta también de la importancia que se concede a los noticiarios televisados, así como de la facilidad con que se olvida lo que han dicho. Cerca del 70 % de los encuestados considera que los «telediarios» son necesarios e imprescindibles en la programación. Más de la mitad de la población encuestada —se trata de personas interesadas— suele ver los noticiarios con asiduidad, todos los días o casi siempre (5 o 6 veces por semana).

    Sin embargo, casi la mitad de los encuestados no recuerda absolutamente nada de lo tratado en el último noticiario televisivo del día anterior a la realización de la encuesta. Tanto las encuestas como las entrevistas se hacían sólo a aquellos sujetos que, previamente, afirmaban ver los informativos de televisión diariamente. Sin embargo, a la hora de precisar la frecuencia y el tiempo dedicado se comprobaba que muchas personas, a pesar de tener el receptor encendido a la hora de la emisión de éstos, en la práctica no les prestaban atención. En realidad lo que hacen es encender simplemente el televisor a la hora de estos informativos. Sólo en los hechos dramáticos sobre accidentes, catástrofes o terrorismo, las subidas de los impuestos por la Hacienda Pública, el estancamiento o la congelación salarial y tragedias importantes en la vida de las personas, encontró la investigación un cociente significativo de atención. En definitiva, las personas consultadas sólo retienen una pequeña porción del contenido básico de los informativos nutrido fundamentalmente de acontecimientos realmente excepcionales (catástrofes, terrorismo, magnicidios, etc., y también aquellos temás que les conciernen directamente).

    El hecho de que los noticiarios se comenten indica, no obstante, el interés que despiertan las noticias en los espectadores.

    En la citada investigación (Orive, 1988), un 47,8 % comenta los informativos y un 49,4 % no suele comentarlos. Entre los que afirman comentar las noticias de la televisión, hay quienes lo hacen con la familia (21 %), quienes con los amigos (un 19,7 %) y quienes con los compañeros de trabajo (un 8,3 %).

    Que algunas noticias sobrevivan al proceso de redacción, comunicación y asimilación y aparezcan luego vivas, aunque seguramente deformadas, en la conversación parece ya un prodigio. Pero es un prodigio diario, que muestra que hay una cierta compenetración básica entre quienes hacen las noticias en los medios y quienes las comentan luego en la conversación, aunque sin duda sería provechoso investigar más a fondo las coincidencias y discordancias entre unos y otros. Pese a éstas lo cierto es que compartimos en general una imagen de la realidad de uso común, amplio, acumulación de lectura de periódicos diversos y audición de noticiarios distintos a diferentes horas. El presente social es la sedimentación de esas informaciones en la conciencia de los lectores y oyentes.

    ¿NECESITA NOTICIAS EL PÚBLICO?

    ¿Qué nota el ciudadano que, de pronto, se ve privado del uso de los medios y de las gratificaciones que le aporta? Aprovechando una breve huelga de los informativos de la televisión holandesa provocada por los técnicos y una huelga algo más larga —un par de semanas— y apenas anterior —febrero de 1977 la de diarios, mayo del mismo año la de los informativos— un investigador, Harold de Bock (1980, págs. 61 y sigs.), puso a prueba y actualizó estudios anteriores de Berelson y Kimball en 1945 y 1958 durante unas huelgas en periódicos de Nueva York. El resultado fue que las dos frustraciones dominantes en los holandeses privados ya de sus informativos de televisión ya de sus periódicos fueron la necesidad de información y los hábitos rituales de ciertas horas del día. La interrupción de un rito apareció en ambos medios. Fue mencionada en un 77 % de los casos por los lectores de periódicos y en un 55 % de los casos por los telespectadores. Por lo que respecta a la información —hay que tener en cuenta también que la huelga de diarios fue mucho más larga que la de los informativos, que sólo duró un día— la privación de esta necesidad se apreció más entre los lectores de diarios (la mencionaron un 66 %) que entre los telespectadores (un 24 %). Pero en resumen resultó que la gratificación que más se echa de menos cuando los medios interrumpen el servicio es doble: la satisfacción de un rito diario y la aportación de información.

    Con la introducción de los noticiarios televisados en el ritual diario de las noticias, la formación del presente social se ha enriquecido con la posibilidad de «ver las noticias» (CBS News, 1981). En Estados Unidos las noticias televisadas se convierten en un hábito ya en 1949 y arraigan definitivamente con la guerra de Corea, en 1950. Sin embargo, el aspecto visual se ha consagrado con el tiempo y el aumento de la organización interior de las emisiones de televisión. En España, la historia de los telediarios comienza con la lectura diaria de los «partes» de Radio Nacional de España. En 1956 una ocurrencia de un trabajador en la plantilla hizo posible que comenzasen a ser leídos, ante la pantalla televisiva, los textos de los boletines de noticias emitidos por radio (Aguilera, 1985). En la primavera del año siguiente empezaron a redactarse ya algunos textos en la sede de TVE (Televisión Española) y el 15 de septiembre del mismo 1957, tras las vacaciones de verano, los noticiarios televisados se regularizaban, el primero a las nueve de la noche y el segundo a las once y con una duración de media hora el primero y un cuarto de hora el segundo. Pero al principio la apoyatura visual era escasa. Además del «busto parlante» o locutor aparecían fotos fijas; las primeras imágenes en movimiento procedieron de los fondos de la Casa Americana y del NO-DO (noticiario cinematográfico semanal). La información periodística funciona como un «conti- nuum» y así se ha extendido de la prensa a la radio y de ésta a la televisión. Cada uno de los medios ha sido el predominante en algún momento, pero al aparecer nuevos medios no desaparecen los antiguos, sino que buscan su sitio en el conjunto: los libros y periódicos, las películas y los diarios, la radio y el telégrafo continúan coexistiendo con la televisión. Los medios no actúan como unidades separadas y discretas, sino como partes de un único «continuum» unido por el efecto que los medios ejercen sobre la gente (Whitney, 1976, pág. 69). Pero como ese efecto sólo se expresa claramente en la conversación, concluimos que la conversación es el factor unificador de la acción de los medios y los comentarios funcionan como la película que revela la influencia de las noticias. En la conversación se descubren las dimensiones y el perfil del presente social de referencia que los diversos medios contribuyen a formar. El público está acostumbrado en el mundo de hoy a entrar en contacto habitual con el presente social de referencia que le ofrecen los medios. Siente que eso es para él una necesidad y un rito social y echa de menos el servicio cuando le falta.

    Nos hemos acostumbrado a disponer de un presente socia'l de referencia. Si averiguamos cómo se forma la imagen periodística de la realidad social presente, esto es, la imagen de la sociedad que los medios forman en sus audiencias, descubriremos por consiguiente la función de los medios. Y al comprender esa función entenderemos mejor cómo la sociedad se modifica y evoluciona en íntima relación con ellos. Eso es lo que vamos a tratar de hacer.


    1. El pasado se presenta como presente

    Los medios tienden a titular en presente. De este modo nos presentan como algo que está ocurriendo, que no ha terminado de pasar, cosas que en el cuerpo de la información vemos que sucedieron ayer o quizá anteayer. Para explicar esta tendencia se han dado varias razones. Se dice que también en la vida diaria, cuando contamos algo y le queremos dar vivacidad, lo contamos en presente. El presente es más directo y próximo. Para Garst y Bernstein (1961), esa costumbre no es una invención de los que redactan titulares, sino que está tomada de la conversación corriente, del habla cotidiana. El presente se emplea porque es el tiempo de lo inmediato, porque es más vivido y porque cuando la gente cuenta algo que le ocurrió y le conmovió mucho, tiende a contarlo en presente.

    Harold Evans (1974), cuando era director del Sunday Times, contaba que en un seminario para periodistas celebrado en Nueva Delhi en 1960, dijo: «Use un verbo en forma activa y tiempo presente en el titular» y fue interrumpido por un caballero que exclamó: «That is a shoking idea». Y a continuación se produjo una gran discusión entre los participantes sobre si podía aplicarse al hindi, gujerati y tamil la misma regla o si era someter el lenguaje a una violencia abusiva.



    El titular en tiempo presente

    La tendencia al titular con verbo y en tiempo presente no sólo es visible en las normas y usos periodísticos actuales, sino que puede apreciarse también como algo que se afirma con el paso del tiempo. En un estudio sobre los titulares en el diario El País, Carmen Salaun-Sánchez (1986) observa que el titular con núcleo verbal, que en años anteriores se utilizaba en un porcentaje superior al 50%, tiene un auge a partir de 1981 hasta el año 1985, período en que los porcentajes alcanzan casi el 70 %. En cuanto a los tiempos, predomina el presente de indicativo y el porcentaje va subiendo regularmente, desde el 35 % en 1976 hasta el 45 % en 1985 (con un 50 % incluso en el año anterior, en 1984).

    Esta proporción es elevada y representa el tiempo dominante. Hay que tener en cuenta que, como es natural, van en futuro los hechos que se prevé o anuncia que ocurrirán, y que además algunos tienen que ir forzosamente en pretérito, incluso para que quede claro el mensaje, y por otra parte hay titulares sin verbo, y por lo tanto sin tiempo verbal explícito. Generalmente, el lector no queda sorprendido al encontrar, debajo del titular en presente, la noticia redactada en pasado en el cuerpo de la información, con la debida precisión respecto del «cuándo» de la noticia. Y no queda sorprendido porque los titulares funcionan con cierta autonomía respecto de los textos que resumen y anuncian y, como es sabido, son muchos los lectores que de la información sólo leerán el titular.

    La misma tendencia a usar el presente en la redacción de los titulares contribuye a convertirlos en un conjunto de lectura autónoma e independiente de los textos que condensan. El «lector de titulares» tiene una impresión más vivida y directa de la realidad —si están bien redactados— que si-leyera los textos enteros y d uso del presente influye en esto. Los titulares trasladan la información, del tiempo en que realmente ocurrió, al tiempo del lecLor, del tiempo del suceso al de la conversación. Y de la acción. La actualidad es una relación objetiva de los hechos con la acción social de los consumidores de esa información (Romano, 1984, pág. 63). Los hechos son actuales en la medida en que contribuyen al desarrollo de la conciencia y a la preparación de la acción.

    Lo que ocurrió hace uno, dos o tres días se incorpora así al tiempo de los lectores y de la conversación, que es el presente. Puede decirse también que con ello se incorpora al tiempo de la reflexión y al de la acción. Actuamos en el presente y nuestra referencia es aquel conjunto de hechos que los medios mantienen presente en nuestro entorno. El presente social es el tiempo de referencia de la acción colectiva.

    Los titulares se redactan de una manera directa, en estilo discretamente familiar y hablado, evitando decir lo que no ha pasado o no puede pasar, porque el lector carece de tiempo para enterarse de lo que es sólo una posibilidad o ni siquiera esto y los manuales recomiendan que se le dé el titular redactado de forma positiva y afirmativa. Los titulares tienden a lo sintético y expeditivo, al lenguaje hablado en el que la conversación se produce. Los hechos que sucedieron y han sido recogidos puntualmente en el texto se proyectan así, por medio de los titulares en presente, a la conversación actual en la que los hechos se comentan.



    La evolución del titular

    Se ha dicho que el titular de portada ya no suele ser la primera noticia de un hecho, cuando los noticiarios de la radio y la televisión anticipan las noticias. Esta razón influye en el modo de titular. Los diarios sensacionalistas frecuentemente no titulan tanto por el resumen de un hecho cuanto por una frase que anuncie con eficacia el producto —la información— en términos su- gerentes. En los diarios serios es igualmente frecuente que destaquen, más que la actualidad convencional, la noticia de cosecha propia o que, cuando titulan por el hecho del día, se esfuercen por afinar la redacción hasta ofrecer una especie de sentencia histórica anticipada. Cuando un diario saca varias ediciones sucesivas en día de grandes noticias, suele cambiar también el primer titular en ese mismo esfuerzo por convertirlo en referencia más o menos memorable.

    Los titulares no sólo se han impuesto en la prensa, sino que los usan también la radio y la misma televisión. Esta muchas veces los emplea de forma doble: leídos por el presentador y grabados en letras que el televidente pueda leer casi al mismo tiempo. Es curioso, sin embargo, que los titulares, que aparecieron ya en los pasquines, carteles y hojas sueltas que fueron el antecedente de la prensa poco después de la invención de la imprenta —los títulos eran a la vez un anuncio del contenido y una invitación a la lectura en las polémicas de la época— son en la prensa una novedad relativamente tardía importada de América. El director de La Epoca, el gran diario español de la Restauración, Ignacio José Escobar, encargó un día a su hijo Alfredo, comisionado a la Exposición de Filadelfia, que aprovechando su viaje estudiara la prensa americana. «Tú nos cuentas todo, absolutamente todo lo que veas. Iremos borrando lo que sobre; seguramente quedará algo.» Cuando Alfredo Escobar regresó de América en 1876 traía a España muchos proyectos en la cabeza. Pero la única innovación que logró introducir fue la de poner títulos a los artículos e informaciones. Tales títulos se parecían poco aún a los actuales. No eran oraciones, no llevaban verbo. He aquí algunos del mismo diario, La Epoca, ya en 1907. «Despachos telegráficos.»-«El nuevo Ministerio Boer.»-«Cámaras francesas.»-«Ecos de París: El general Roca y España.»-«Exitos científicos. »-«El Príncipe de Hohenzollern.»-«La política.»-«En la Embajada de Alemania.»-«Protestas del Vaticano» (Vigil Vázquez, 1966; Martín Vivaldi, 1981).

    El desarrollo de los titulares tal como hoy los entendemos ha sido muy lento. El contenido del diario aparecía clasificado y en lo alto de la columna venía un rótulo genérico. Sólo de vez en cuando el carácter extraordinario de un hecho impulsaba a una especie de grito que anticipaba los titulares de tiempos venideros. En 1781, The Boston Gazette, para dar cuenta de lo que sería un acontecimiento en la historia de las colonias norteamericanas, puso al frente de un extraordinario que constaba sólo de una página un gran titular que gritaba: «Corwallis Taken!» (Garst y Bernstein, 1961). Otro antecedente son las ocho líneas con que el Times de Londres encabezó en 1789 las noticias que llegaban de Francia: «France/Confinement/of the/King, Queen,/ and/Royal Family,/and/The Attempt to Murder the Queen» (Evans, 1974). Pero eran excepciones. El desarrollo de los titulares ha venido impulsado por las guerras. La guerra civil americana produjo ya algunos. Pero no eran titulares que se extendieran por la página, sino una especie de sumarios que contaban la historia en una columna, de arriba abajo, separadas las líneas por un filete. El atentado a Lincoln, por ejemplo, se anunciaba así en The New York Times: «Awful Event.//President Lincoln/Shot by an/assassin//», Y continuaba a través de siete apartados (Evans, 1974). El titular que se extiende a lo ancho de la página a través de las columnas fue otro resultado de la guerra periodística de Pulitzer y Hearst por la supremacía en la prensa de la época en Estados Unidos y tuvo su momento culminante en la guerra de Cuba, en 1898. Pero hasta la guerra europea de 1914 el hábito de los titulares a lo ancho de la página no adquirió carta de naturaleza en el periodismo (Garst y Bern- STEIN, 1961).

    Los titulares impresos, radiados o televisados y el uso dominante del tiempo presente configuran hoy la imagen periodística de la realidad con la que solemos entrar en contacto varias veces al día. Los medios favorecen la participación de su audiencia, como espectadores y a veces incluso como actores, presentando como acciones no terminadas, en tiempo presente, lo que ocurrió un día o más antes. Forman un período sincrónico con hechos pasados que aún no nos habían comunicado, más otros que pueden estar sucediendo ahora y otros que se espera que ocurran en un futuro más o menos próximo. Ese período —la fecha del diario— funciona como un presente difuso. De esta manera los medios ensanchan las perspectivas de la acción, invitan a la participación de la audiencia en ella, avivan la expectativa de futuro e incitan a la participación en él y a la intervención en las acciones en curso.

    El titular es la substancia de la noticia. Cuando en un consejo de redacción se discute si una noticia merece o no la portada o simplemente destacarse como apertura de una sección, se quiere saber «por dónde» se va a titular. Y la persona que toma la decisión no suele contentarse hasta que esboza un titular satisfactorio. Sólo cuando se tiene el titular se tiene la noticia. O, más exactamente, el titular es la noticia. La tendencia creciente a titular en tiempo presente representa una conciencia más clara de que la noticia tiene por objeto resumir el presente social, ofrecer al ciudadano la presencia resumida de la realidad social que le envuelve.



    La ampliación del presente

    Los medios se esfuerzan en provocar en nosotros la ilusión de que vivimos en un presente relativamente desahogado, en que están pasando gran cantidad de cosas —que en realidad han sucedido ya— y en que el futuro «se ve venir» con una cierta capacidad de previsión. Las predicciones de los expertos y las promesas de los políticos nos invitan a pensar que sabemos lo que ocurrirá y que por lo tanto podemos prepararnos para que no nos coja desprevenidos. La actitud con que el lector de diarios y el oyente de noticiarios radiados o televisados se enfrenta con los hechos no es la curiosidad histórica, sino la tensión con. la que el espectador de un encuentro deportivo o una película cinematográfica asiste a una acción dinámicamente proyectada hacia un futuro próximo. Los medios actúan menos como historiadores que como presentadores, cuando no profetas. No es el pasado lo que les importa.

    Los medios no hacen historia y por eso algo que fuera enteramente pasado y no tuviera influencia ninguna en lo que hacemos o podemos hacer aquí y ahora no encontraría espacio en los medios. Los medios median entre el pasado y el futuro convirtiendo todos los tiempos en presente e invitándonos a actuar en ese tiempo difuso, imaginado como un presente abierto al porvenir. El tiempo de la información es el presente, pero lo que consolida ese tiempo, lo amplía y da lugar a la reflexión y a la puesta en común de las impresiones es el comentario. El comentario fija la actualidad en la mente del público, que además interviene en la acción, a modo de coro, a través del comentario de los hechos que forman el presente social.

    Lo que nos interesa especialmente en las noticias es lo que no dicen, esto es, lo que va a pasar, y para controlar el futuro en la medida de lo posible engullimos tanto pasado disfrazado como presente. La imagen cambiante del futuro se configura con los hechos que son noticia y los comentarios con los que tales hechos se asimilan y colorean. En los medios los actores de las diversas acciones en marcha luchan por hacernos creer que cada uno de ellos es el que está mejor preparado para hacerse con el futuro y sus guiños nos invitan a que apostemos por ellos. Pero, por otra parte, su futuro depende en buena parte de que nosotros creamos en él y somos nosotros, los espectadores, los que al renovarles nuestra confianza les damos mayor oportunidad de futuro, o al cansarnos de ellos les invitamos a retirarse de la escena.

    Por eso la imagen de la realidad presente que construyen y articulan los medios con sucesos del pasado inmediato es una imagen proyectada hacia el futuro. Y ese futuro es un porvenir

    que no se nos impone y sobreviene fatalmente, sino que en buena medida depende de nosotros, de nuestras acciones, expectativas y preferencias. De ahí que los hechos que atraen la atención de los medios como noticias especialmente relevantes y dignas de destacarse son los que más puedan repercutir en el futuro.

    Y por lo demás, buena parte de los hechos que nos presentan los medios han sido producidos por alguien para inñuir en nuestra visión del futuro, y por lo tanto son hechos que tratan de hacer más probable un proyecto humano en conflicto con otros.

    Ver el pasado como presente ayuda a ver el presente como un futuro «que ha comenzado ya». Sólo que para saber si va a pasar lo que nos dicen no tenemos más remedio que conectar de nuevo con la imagen cambiante de la realidad que los medios nos ofrecerán mañana con noticias de hechos inevitablemente pasados, puesto que eso es todo lo que podemos conocer un poco. Pero el interés que tenemos en la realidad que nos presentan los medios está en razón directa de nuestro interés por el futuro.

    Al anunciar hechos futuros y proyectar hacia ellos la curiosidad, los medios crean expectativas, pero el servicio más inmediato y consistente que prestan los medios a las audiencias de este siglo es ampliar y solidificar las dimensiones del presente: el público que sigue los medios de comunicación de una zona dispone de una referencia común, el presente que los medios comunican y explican y ese presente se compone básicamente de hechos pasados, sucesos de un pasado inmediato que impresionan las imaginaciones de los lectores y oyentes como si fueran el presente. Y esta presencia y transformación del pasado inmediato aumenta la capacidad de los hechos para tener repercusiones.

    ¿Cuál es la duración del presente? La extensión del presente no es una cuestión puramente física, sino simbólica (Altheide, 1985). Las tablas de piedra de Moisés estaban hechas para que los mandamientos que contenían duraran miles de años. Hoy los mensajes aparecen y desaparecen en las pantallas de los procesadores de textos, se almacenan y se borran a gran velocidad. ¿Significa eso que el presente simbólico de las informaciones y las noticias tiende a reducirse a la fugacidad con que aparecen en las pantallas o se difunden en el aire?

    A mi juicio, el presente de las noticias no se define tanto por su emisión como por su comentario. Las noticias influyen en los seres humanos mientras éstos las comentan. Que una noticia siga presente en los comentarios y en la memoria de los que tratan de dar cuenta de lo que pasa una semana después de haber desaparecido de los medios (Abril, Girón, González, 1988) significa que sigue siendo noticia mientras se siga comentando, mientras se trabe conversación en torno de ello, mientras no se haya acabado de entender ni de olvidar. El presente es lo que se comenta (Gomis, 1988a). Por eso son más noticia las noticias que más duran, porque son las que dan consistencia a nuestro presente de referencia, a nuestro presente colectivo, común, a los hechos que comentamos socialmente.


    1. El periodismo interpreta la realidad social

    ¿Qué hace ei periodismo? Interpreta la realidad social para que la gente pueda entenderla, adaptarse a ella y modificarla.

    El periodismo puede considerarse un método de interpretación sucesiva de la realidad social (Gomis, 1987a, 1989).

    Curiosamente, esta cuestión no tiende a plantear debates de alcance o ambición científica. Se da por supuesto que se sabe qué es periodismo. Se describen las actividades que comporta y aún más a veces los hábitos y características de los seres humanos llamados periodistas. Se suele definir el periodismo como la actividad del periodista y al periodista como profesional de la información y poco más.

    Qué realidad interpreta el periodismo y cómo

    • Una consideración un poco atenta a la actividad que se ejerce en los medios lleva a la conclusión de que el periodismo es un

    fenómeno de interpretación, y más exactamente un método para interpretar periódicamente la realidad social del entorno humano, método que comporta unos hábitos y unos supuestos.

    En efecto, los hechos de la vida moderna no cobran espontáneamente la forma por la que se les puede distinguir. Esa forma ha de ser dada por alguien (Lippman, 1964, pág. 251). Ahora bien, ese alguien por lo general son muchos, que trabajan en medios de comunicación, y que no se rigen por reglas objetivas, sino más bien por convenciones, impresiones e improvisaciones. Pero, aun así, lo que hacen se ajusta a un método que puede ser descrito y estudiado. El periodismo puede entenderse como un método de interpretación de la realidad social.

    La interpretación consiste aquí básicamente en lo mismo que consiste cuando se habla de interpretación de las leyes por los legisladores y juristas, la interpretación de las lenguas por los traductores, la interpretación de las obras artísticas por actores o músicos o la interpretación de los actos de los demás que hace cada uno en la vida corriente. Interpretación es siempre algo que tiene dos caras o aspectos: comprender y expresar. Si el intérprete ha comprendido mal, expresará mal, pero sólo en la expresión podrá juzgarse y tratar de probarse que ha comprendido mal.

    La realidad a la que se refiere la interpretación periodística es la realidad social. No pretende el periodista interpretar lo que sucede en la intimidad de las conciencias ni en las profundidades del inconsciente. Es la realidad humana social en la medida en que produce hechos la que aspira a interpretar.

    La interpretación periodística permite descrifrar y comprender por medio del lenguaje la realidad de las cosas que han sucedido en el mundo y se completa con el esfuerzo, también interpretativo, de hacerse cargo de la significación y alcance que los hechos captados y escogidos para su difusión puedan tener. De ahí se deriva la invitación implícita a que la gente les dé respuesta. El comentario de los hechos producidos llega incluso a tratar de descifrar e interpretar el futuro, especialmente el futuro deseable, para indicar cómo podría alcanzarse.

    José Luis Martínez Albertos (1978, págs. 75 y sigs.; 1983, pág. 204) gusta de hablar del «operador semántico», es decir, el hombre, o mejor dicho, el equipo humano que elige la forma y el contenido de los mensajes periodísticos dentro de un abanico más o menos amplio de posibilidades combinatorias. La expresión «operador semántico» es aplicable a todos los que tienen como función específica la elaboración y presentación de los diferentes tipos de mensajes periodísticos, independientemente del canal utilizado (prensa, radio, televisión...) Como operador semántico, el periodista está obligado a manipular lingüísticamente una realidad bruta para conseguir elaborar un mensaje adecuado mediante una acertada codificación. Para Martínez Albertos, la expresión «operador semántico», aplicada al periodista, tiene la gran ventaja de que pone especialmente en primer plano los aspectos técnicos y casi mecánicos del quehacer informativo.

    La interpretación periodística no es algo que se dé de una vez por todas. Es sucesiva: empieza y termina en cada edición. No puede por eso ser completa y hasta pretende no serlo. La función principal de la interpretación (Wright, 1980, págs. 22-23) es impedir las consecuencias indeseables de la comunicación masiva de noticias. La selección, evaluación e interpretación de las noticias, guiada por el criterio de qué es lo más importante que sucede en el ambiente, tiende a impedir la sobremovilización y excitación del público. También Fagen (1969, pág. 111) ha recordado que los estudios sobre los procesos de adopción de decisiones señalan las consecuencias de la sobrecarga de información: demasiada información que llegue demasiado rápida y demasiado «en crudo» puede inmovilizar a un individuo o una organización. Considérese el dilema que afronta un norteamericano privado de su diario y al que en cambio se le brindan las 120.000 palabras de noticias disponibles en la sede central de la Associated Press. ¿Aumentaría —pregunta Fagen— su capacidad para actuar como ciudadano, o como senador, porque la información disponible fuera «completa»? Téngase en cuenta, dicho sea de paso, que la cantidad de palabras de información que van siendo capaces de reunir y difundir las agencias aumenta también. En 1985, por ejemplo, la agencia Fran- ce-Press en sus diversos servicios considera que «trató» diariamente dos millones de palabras.

    Puesto en términos de teoría de la comunicación diríamos que considerar el medio como intérprete significa que hace las veces de receptor y de emisor o fuente. El medio percibe mensajes diversos —bien procedentes de las agencias de prensa, de las oficinas públicas y gabinetes de prensa, de los propios corresponsales, de otros medios de comunicación y de servicios y personas varias—, los descodifica, los elabora, los combina, los transforma y, finalmente, emite nuevos mensajes.

    Considerar el medio como intérprete ayuda, por lo tanto, a no verlo sólo como un emisor de informaciones y comentarios. El medio recibe por lo pronto estímulos procedentes de la realidad circundante, estímulos que recibe como mensajes diversos. Actúa en ese primer momento como receptor. La asimilación de estos mensajes produce una respuesta interna: esto es interesante, aquello no lo es, esa información habrá que completarla, aquella habrá que verificarla, ese tema es digno de exploración y merecerá además ser comentado. Ahí empieza el trabajo interno de redacción, al término del cual el medio actúa como emisor: emite su mensaje global, ya consideremos como tal el ejemplar de periódico que sale a la calle o el noticiario radiado o televisado que se emite a horas fijas, y que constituyen una yuxtaposición de mensajes diversos. A lo largo de todo este proceso la redacción realiza un proceso de interpretación.

    — El periodismo es, pues, un método de interpretación, primero, porque escoge entre todo lo que pasa aquello que considera «interesante». Segundo, porque interpreta y traduce a lenguaje inteligible cada unidad de la acción externa que decide aislar (noticia) y además distingue en ella entre lo que es más esencial e interesante (recogido en el lead o primer párrafo y destacado en el título) y lo que lo es menos. Tercero, porque además de comunicar las informaciones así elaboradas, trata también de situarlas y ambientarlas para que se comprendan (reportajes, crónicas) y de explicarlas y juzgarlas (editorial y, en general, comentarios).



    El método se basa en unos supuestos

    Ese método de interpretación sucesiva de la realidad social que es el periodismo se basa en varios supuestos.



    1. La realidad puede fragmentarse en períodos. El único período que se trata de interpretar es el actual, y ése es precisamente el que no ha sido interpretado todavía por el medio. Al unificar un período, el medio define el presente.

    2. La realidad puede fragmentarse en unidades completas e independientes (hechos), capaces de interpretarse en forma de textos breves y autónomos (noticias).

    3. La realidad interpretada debe poder asimilarse de forma satisfactoria en tiempos distintos y variables por un público heterogéneo.

    4. La realidad interpretada debe encajar en un espacio y tiempo dados (la superficie redaccional del periódico que deja libre la publicidad, el tiempo destinado en la programación al noticiario radiado o televisado).

    5. La realidad interpretada debe llegar al público de un modo completo a través de una gama de filtros y formas convencionales (géneros periodísticos), que le permitan entenderla mejor. Las dos formas extremas, básicas y complementarias de esa gama de interpretaciones son la información pura (noticia) y el comentario (principalmente el editorial). A esa gama corresponde una diversidad de tonos y usos del lenguaje.

    Vamos a examinar brevemente cáda uno de estos supuestos.

    Los PERÍODOS

    El periodismo opera por reducción en el tiempo. No trata de interpretar toda la realidad, sino sólo un fragmento de ella: un período. La extensión será máxima en cuanto al espacio y los temas: nada es ajeno, todo puede ser objeto de atención. La restricción básica se opera en el tiempo: se trata de interpretar sólo lo más reciente, lo que no habíamos interpretado todavía y de incorporar a este período sobre el que trabajamos todo lo anterior que no se sabía o no se había podido decir, aunque sea muy antiguo.

    El período se identifica por la periodicidad del medio. El diario presenta las noticias «del día», el semanario las noticias o el personaje de la semana, y la revista mensual los temas del mes. La radio y la televisión hablarán de las noticias de las dos o las tres o del resumen de las veinticuatro horas. Los medios presentan, si es posible en presente, un conjunto de noticias que corresponden a hechos ocurridos naturalmente antes: unas horas, un día, acaso dos o tres, a veces hace una semana o un mes.

    Con todos estos elementos «nuevos» —puesto que el medio no los había difundido aún— el medio compone el presente social. Y todo se presenta sincrónicamente, no cronológicamente. Todo es simultáneo y se yuxtapone por razones de interés, no por el orden en que ocurrió. Con tiempos diversos y hechos distintos el medio compone un período de noticias. Y de ese periodo forman parte hechos que se anuncian y prevén y que no han ocurrido aún: la entrevista que mañana celebrarán dos jefes de

    Estado se incluye en las noticias de hoy. Lo que importa no es cuándo pasan las cosas, sino cuándo las decimos, cuándo las presentamos. Eso es lo que forma el presente social. Las noticias de hoy son las que se dicen hoy, aunque los hechos que relatan hubiesen ocurrido hace tiempo.

    Los nuevos medios de comunicación (McLuhan, 1971) son formas de arte que tienen la facultad de imponer, como la poesía, sus propios supuestos. El lector no piensa si las noticias del día corresponden a hechos producidos dos días antes o si el semanario que acaba de llegar se ha cerrado cinco días antes. El medio ofrece una interpretación sincrónica de un período que él mismo «hace». Con hechos pasados o futuros ofrece al público una imagen del mundo sorprendido en su instantaneidad. No hace historia, ni empieza con un «decíamos ayer», ni resume los capítulos anteriores. Trata de sorprender con lo nuevo y de presentarlo completo. Esa es su proeza. La prensa ha creado «la imagen de la comunidad como una serie de acciones en marcha unificadas por las fechas» (McLuhan, 1971, pág. 262).



    Los HECHOS

    El segundo supuesto del periodismo como método de interpretación sucesiva de la realidad social es que la realidad puede captarse fragmentada en unidades independientes y completas llamadas hechos, y que estas unidades pueden elaborarse, redactarse y comunicarse al público como noticias.

    En el tejido continuo de la realidad, la interpretación periodística aísla unidades vistas como «hechos». Empleamos la palabra «hecho» donde los ingleses y norteamericanos dicen «event» y los franceses «faít». Y la preferimos a «acontecimiento», que sugiere un hecho de especial relevancia y solemnidad, o a «suceso», que evoca más bien una sección del periódico que recoge crímenes y catástrofes junto con menudas incidencias de carácter pintoresco. «Hecho» es una expresión más comprensiva y universal. Corresponde también a la unidad que Parsons llama «acto».

    Decir que los medios tratan de interpretar la realidad como un conjunto de hechos equivale a decir que tratan de comprender y expresar algunos de los hechos que juzgan más significativos y trascendentes y comunicarlos en forma de noticias. Aislado e identificado el hecho, la interpretación continúa a través de una serie de operaciones. Hay que comprobarlo (verificarlo) y completarlo. Sobre todo, hay que redactarlo. Redactar viene de reducir. La reducción del hecho a lenguaje equivale a la redacción del hecho como noticia. Convertir un hecho en noticia es básicamente una operación lingüística. Sólo los procedimientos del lenguaje permiten aislar y comunicar un hecho. «Cualquier percepción implica la interpretación de un continuum que puede ser transformado en unidades discretas —esto es, separadas, distintas— sólo gracias a un procedimiento lingüístico» (Malmberg, 1969, pág. 41). El lenguaje es el modo de captación de la realidad que permite darle forma y aislar dentro de ella unos hechos a los que, por un procedimiento de redacción, se convierte en noticia.

    Redactada ya la noticia, queda todavía la tarea de titularla —titular una noticia vuelve a ser una forma muy concreta y específica de interpretación— y decidir el ancho de columna con que ha de componerse y el número de columnas —índice de la importancia que se le concede— que ha de ocupar el título en la página. O, en los medios de la palabra y de la imagen, el tiempo que ha de retener la atención del lector.

    El primer periódico de los Estados Unidos se publicó en Boston el 25 de septiembre de 1690. Benjamín Harris, el fundador, anunció que saldría «una vez al mes y más si hay abundancia de acontecimientos». El periódico, dicho sea de paso, pronto fue prohibido por el gobernador y el concejo de Massachusetts. Los acontecimientos no eran algo deseado e inspiraban desconfianza. La concepción actual de la noticia no es ciertamente la de Harris. Los medios no dependen de las noticias, sino que las noticias dependen de los medios. Y toda la sociedad colabora con los medios para que haya noticias y las conozcamos. Al término de un estudio sociosemiótico sobre la construcción de la noticia, M. Rodrigo Alsina ha propuesto esta definición: «Noticia es una representación social de la realidad cotidiana producida institucionalmente que se manifiesta en la construcción de un mundo posible» (Rodrigo Alsina, 1989, pág. 185).

    Una sociedad no puede vivir sin un presente que la envuelva y le sirva de referencia. Siempre tiene que estar pasando algo y siempre hemos de conocerlo. Siempre tiene que haber accipnes en curso y siempre hemos de poder enterarnos de ellas, Esta es la función de los medios: rodearnos de un presente social continuo, bastante nuevo para que nos impresione y bastante viejo para que podamos conocerlo y comentarlo, que es una manera de asimilarlo y dominarlo.

    Enfrentado con cualquier dato de la realidad, el medio se pregunta: «¿es noticia?». Alguien ha dicho algo o hecho algo; algo le ha ocurrido a alguien; algo ha pasado en alguna parte; dos personas se pelean en torno a una cosa, etc. Al definir el hecho en términos verbales, con palabras, la interpretación de la realidad es ya forzosamente selectiva. Califica de algo a alguien, describe con un verbo y no con otro la acción de un individuo. No hay otra manera humana de hacerlo que sirviéndose del lenguaje. Y el lenguaje no puede dar cuenta de la realidad sin caracterizarla, sin escoger unos aspectos y olvidar otros, sin definir la realidad en términos excluyentes.

    El momento esencial es pues aquel en que se aísla lingüísticamente de la realidad algo que vemos como hecho y que podemos redactar como noticia, o sea, reducir verbalmente a noticia. En esto consiste la interpretación. Ahora bien, es indudable que el ser humano que procede a esta interpretación está condicionado por unas costumbres en la búsqueda de la noticia, y predispuesto a ver unas cosas y no otras y a entenderlas gracias a unos conceptos y no otros, así como a expresarlas por medio de unas palabras y no otras.

    Pero ¿por qué consideramos que un hecho es noticia? Un hecho es noticia si desde que lo captamos, formulamos y comunicamos podrá seguir funcionando como tal, es decir, si otros lo captarán, entenderán y repetirán, porque el hecho íes ha interesado, quieren comentarlo, consideran que debe conocerse, que puede influir en sus vidas y en las de los demás, que puede repercutir en nuevos hechos que habrá que conocer también. Noticia es un hecho que va más allá de sí mismo, un hecho con trascendencia. Por eso la interpretación de la realidad social como un conjunto nuevo de noticias es una interpretación activadora de la sociedad. Hace que la gente hable, piense y actúe, que quiera intervenir en esa misma realidad que se le da a conocer. La interpretación periodística de la realidad es una interpretación popular y estimulante, incita a la participación de todos en lo que pasa.



    Al servicio público

    La interpretación de la realidad como un conjunto de noticias ofrecidas al público incluye otros dos supuestos que comentaremos conjuntamente, puesto que son dos recursos o condiciones de la asimilación de las noticias por el público como algo completo y suficiente.

    Se da por supuesto que las noticias del día pueden ser difundidas y asimiladas en tiempos variables. Un noticiario puede durar tres minutos o media hora en las ondas, y sin embargo en ningún caso se da como incompleto. El oyente que haya captado un par de noticias ya sabe algo, ya puede repetirlo y comentarlo. Ya puede esperar ulteriores novedades en el mismo sentido o en el contrario. Todo el día puede caber en un noticiario de media hora y también, completo, en uno de cinco minutos. El lector de periódicos puede dedicar tres horas a leerlos o sólo —como dicen que hacía el filósofo Zubiri— siete minutos. No hay un tiempo para enterarse, o más bien ese tiempo puede graduarlo el lector según sus necesidades, gustos y posibilidades. Puede leer sólo los titulares y ya quedará sustancialmente enterado del hecho. Puede leer el «lead» o primer párrafo de una noticia y ya sabrá lo esencial. O leer la entradilla y ahorrarse la información entera, que ésta resume en pocas palabras.

    La interpretación sucesiva de la realidad social que llevan a cabo los medios se propone ante todo conseguir que cualquier persona en cualquier lugar pueda ponerse al corriente de lo que pasa, comentarlo e intervenir en las acciones en curso si puede y lo desea. El periódico está compuesto en forma de mosaico para que el lector pueda captar en cualquier rincón, gracias al resumen que da el titular, el hecho que le interesa conocer. Puede leer la información entera, prescindiendo de las que hay al lado o las que vienen después. Los medios están al servicio del público.

    En ese proceso se sujetan los medios a las necesarias servidumbres técnicas y sólo tratan de conseguir que lo que dicen sea entendido y captado en poco tiempo y pueda comentarse en seguida. Los medios eligen unas pocas noticias entre montones de ellas que no les caben en el espacio disponible —que es la superficie redaccional que en un diario deja libre la publicidad pagada— o el tiempo asignado a un noticiario en la televisión o en la radio. Pero esas noticias las dan enteras, completas, aunque sea resumidas, de modo que del público quede suficientemente enterado para el comentario o la acción. La interpretación científica de un fenómeno de la naturaleza puede pedir mucho tiempo y el término del proceso no depende de la voluntad humana. La interpretación artística de una partitura musical depende de la extensión de la obra y el tiempo que pida. La interpretación periodística de la realidad no depende tanto de la realidad misma como el público que debe captarla y los medios técnicos que deben comunicarla. Por eso es descriptiva y fragmentaria, pero también completa.

    Los GÉNEROS PERIODÍSTICOS

    A esa asimilación rápida de la realidad contribuyen los géneros periodísticos (Gomis, 1989). Los géneros periodísticos nacen como herederos de los géneros literarios, pero la necesidad de los géneros es en el periodismo más inmediata y urgente que en la literatura. La literatura es obras de un autor que firma, mientras que en el periodismo se combina en un mismo ejemplar de diario o un mismo telediario la labor de muchas personas, de las que unas aparecen y otras no. Un texto ha sido elaborado y reelaborado por varias manos, que permanecen anónimas. Unas personas sustituyen a otras por vacaciones, enfermedad o simplemente necesidades del servicio. La información que ha preparado uno, otro tiene que editarla y ajustarla al espacio o al tiempo, cortando allá y quizá añadiendo acá datos que el primero no conocía. Hay que saber por lo tanto no sólo qué se está diciendo, sino qué se está haciendo: si se está tratando una noticia, un reportaje, una crónica, un editorial.

    Los géneros facilitan el trabajo en común. Cuanto más se respeten las convenciones propias del género —nacidas de una peculiar relación entre el contenido y la forma— más homogéneo resultará el trabajo de redacción y más confianza adquirirá el receptor en el mensaje que le llega.

    De ahí también la utilidad de los géneros periodísticos en la enseñanza. Los géneros representan la sedimentación de la experiencia del trabajo colectivo en diversos medios de información, el dominio técnico que distingue el profesional del periodismo de quien no lo es, la posibilidad de hacer llegar al receptor el mensaje, con relativa rapidez y seguridad. Los géneros son formas asimiladas por el hábito, formas que pueden enseñarse y aprenderse.

    En el periodismo como método de interpretación sucesiva de la realidad social corresponde a los géneros periodísticos cumplir distintas funciones para responder también a diversas necesidades sociales y satisfacerlas. La información y el comentario son dos necesidades sociales distintas. Necesitamos estar informados para saber qué pasa y qué significa cada uno de los hechos en el conjunto de los acontecimientos actuales. Necesitamos formarnos una opinión de las cosas y comentarlas para saber en quS van a afectarnos y qué podemos hacer para sacar provecho de ellas o hacerles frente eficazmente y evitar el mal que podrían producirnos.

    Ahora bien, no es siquiera la proporción de información o comentario que un texto contenga lo que es determinante para clasificarlo, sino la función que cumple. Es el juicio sobre el papel que representa, la aportación que hace al conjunto de la interpretación periodística en un medio de comunicación, lo que nos decidirá a considerarlo una información o un comentario. Lo que un político dice es comentario, pero nosotros lo ofrecemos para que el público sepa qué ha dicho el político: lo damos como información. Para convencer al lector, el editorialista recuerda y aporta hechos, datos, informaciones: pero la función de esas informaciones es reforzar argumentos, preparar conclusiones; forman pues, en definitiva, parte de un comentario. Se clasifican no por su contenido, sino por su función.

    Dentro de las necesidades informativas de la audiencia que trata de satisfacer un medio la función de la noticia puede distinguirse perfectamente de la del reportaje y la de éste de la que cumple la crónica.

    La noticia sirve para comunicar con exactitud y eficacia un hecho nuevo. La forma que ha llegado a adquirir con el tiempo responde perfectamente a la función que cumple. Su aportación al conjunto es conseguir que el lector u oyente se entere con claridad, exactitud y rapidez de hechos que han sucedido y que pueden interesarle. El estilo puramente informativo con que se escriben las noticias facilita la confianza del público. Los datos exactos son los que en este momento le interesan.

    Lo que en los medios se llama una información es una variante o extensión de la noticia y no es extraño que haya quienes prefieren hablar de noticias y quienes de informaciones y que, puesto que su función es la misma, correspondan básicamente al mismo género.

    Pero hay también necesidades informativas que la noticia no satisface. El lector quiere ver, sentir, entender las cosas como si hubiera estado en el lugar del suceso, comprender la articulación de una serie de hechos y las circunstancias en que se han producido. Esta es la función del reportaje. El reportaje representa una doble aproximación. El reportero se acerca al lugar de los hechos, a sus actores, a sus testigos, pregunta, acopia datos, los relaciona, y después todo esto lo acerca al lector u oyente, con los recursos de la literatura y la libertad de un texto firmado, para que el público vea, sienta y entienda lo que ocurrió, lo que piensan y sienten los protagonistas, testigos o víctimas, y se haga cargo de lo que fue el hecho en su ambiente. Esta función la cumple lo mismo el reportaje literario que gl fotográfico o el cinematográfico.

    La entrevista puede entenderse como una variedad del reportaje, porque su función esencial es también la de acercarse y acercar. En este caso el reportero o entrevistador se acerca a una persona para acercárnosla luego a nosotros los lectores —o simultáneamente si somos oyentes—. La entrevista nos permite oír a esa persona, saber qué piensa, cómo es. El propósito puede ser que el entrevistado nos informe mejor sobre un hecho que conoce bien o un problema que ha estudiado. O puede ser que nos hable de sus actividades o proyectos. O puede ser la entrevista un medio para conocer mejor a esta misma persona. Pero la función será siempre la misma del reportaje, permitir una doble aproximación: del periodista al entrevistado, del entrevistado al público.

    La crónica tiene una función de relato de lo que pasa a lo largo del tiempo por un lugar o un tema. La distinción primera es la que separa la crónica local de la temática. El corresponsal de un medio en una ciudad es el cronista de lo que pasa en ella y en el país de la que es capital. El cronista o corresponsal es un especialista del lugar cuya vida cuenta y por eso firma sus crónicas. La crónica temática es también el producto de un entendido, pero en vez de contarnos lo que pasa en un lugar nos cuenta lo que pasa en un ámbito temático. De la crónica literaria a la judicial, de la taurina a la de fútbol, de baloncesto o de golf, de la crónica de sociedad a la crónica política, el cronista cuenta los hechos que presencia o de los que oye hablar y nos da su impresión para que nos hagamos mejor cargo de ellos. El cronista es un entendido encargado de enterarnos de las cosas.

    También el crítico es un entendido, un experto, y aporta información sobre el autor de una obra —literaria, dramática, cinematográfica, musical, artística—, el contenido, acaso la representación de ella, su interpretación o exposición. Pero la función que cumple, más allá de la información —que también forma parte de ella—, es el juicio, el comentario. El crítico juzga y valora con arreglo a su criterio, que razona y presenta de un modo más o menos convincente. El crítico dice si una obra es buena o mala y explica por qué. La crítica es un mundo aparte, es una isla, pero está en el archipiélago del comentario. No nos basta saber en qué consiste una obra, de qué trata, ni siquiera cómo está hecha, sino que necesitamos saber si está bien o mal, si el crítico recomienda que se vea y por qué razones.

    Comentar es meditar, aunque tenga por objeto lo que acaba de ocurrir o está ocurriendo aún. El comentario se sitúa a cierta distancia del hecho y esboza una reacción ante él, una respuesta que puede tomar la forma de una acción o quedarse en un juicio. La aportación del comentario es claramente distinta de la que hace la información, ya se trate del comentario editorial, que nos dice qué piensa el medio, o de los comentarios firmados que nos dicen qué piensan los comentaristas, redactores o colaboradores encargados de comentar los hechos o aportar libremente sus opiniones.

    Y también es un comentario el chiste, gráfico, literario o ambas cosas. Más exactamente, el chiste es una noticia imaginaria que cumple una función de comentario. El chiste difunde las fantasías que alientan en la sociedad y da expresión placentera a las tendencias agresivas que existen en el ambiente. Las páginas de opinión cobijan también las cartas de los lectores, participación del público a la mediación generalizada del medio. El conjunto de comentarios suele ir efectivamente en unas páginas aparte, siguiendo la novedad que con razón consideró Girardin, ya en la primera parte del siglo pasado, una idea de futuro.


    1. La noticia surge con el comentario

    Noticia es la expresión periodística de un hecho capaz de interesar hasta el punto de suscitar comentarios. O, más brevemente, noticia es un hecho que dará que hablar. Pero un hecho que reúna tales condiciones no sólo provocará comentarios, sino también nuevos hechos. El hecho noticioso forma parte de un proceso que no termina con él. Tanto los nuevos hechos que produzca como los comentarios que suscite son repercusiones del hecho. Por lo tanto, podemos concluir que noticia es la versión periodística de un hecho capaz de tener repercusiones.

    Vamos a tratar de justificar tales afirmaciones y extraer consecuencias útiles para la articulación del concepto de noticia y el de comentario, que es uno de nuestros propósitos, pues entendemos que no habrá teoría del periodismo suficiente y funcional hasta que la noticia y el comentario se integren en un sistema.

    Asistimos en los últimos años (Saperas, 1987) a una revalorización de algo que había sido señalado ya por algunos de los pioneros de la investigación comunicativa estadounidense, como

    Walter Lippmann y Robert E. Park: los efectos de los medios en el conocimiento. Park estudió la noticia como una forma de conocimiento. Las noticias en su conjunto y mediante su acción constante determinan el conocimiento que un individuo tiene de su entorno y su posición respecto de él.

    Pero la selección de las noticias que llegarán al ciudadano es un fenómeno extremadamente complejo, aunque rápido. Los valores/noticia (news valúes) representan la respuesta a la siguiente pregunta: ¿qué acontecimientos son considerados suficientemente interesantes, significativos, relevantes, para ser transformados en noticia? (Wolf, 1987, pág. 222). Aunque la explicitación de los factores se presenta inevitablemente como una enumeración y una lista de particulares valores/noticia, en la práctica operan de forma complementaria. Son las relaciones y combinaciones entre los diversos valores/noticia los que «recomiendan» la selección de un hecho.

    «Todavía es posible irritar a la mayor parte de los periodistas pidiéndoles una definición de noticia», ha dicho Bagdikian (Da- vison and Yu, comps., 1974, pág. 122). La noticia no parece, en efecto, una mercancía uniforme y estable; su producción se gobierna por innumerables influencias, conscientes e inconscientes.

    Tampoco es raro que si se pregunta qué es noticia a un periodista avezado o a un redactor-jefe experto conteste, como escribe Warren (1975), que es noticia lo que dice el director o lo que publican los periódicos. Para la investigación, considerar como noticia lo que tal publican los medios tiene la ventaja de que se da por supuesto que hay una lógica de los medios y eso siempre alienta la búsqueda de unas leyes y pautas de conducta inteligibles.

    Los diarios, los noticiarios radiados por diversas emisoras y los televisados por diversos canales transmiten cantidad de noticias y por cada noticia que transmiten echan al cesto cinco, diez o quince que, de haberse publicado, hubieran sido consideradas igualmente noticias. Y como esta selección no se hace al azar, sino en virtud de una decisión que alguien toma, se puede deducir de ahí que unas noticias son más noticia que otras, según la lógica de los medios y el criterio de quienes seleccionan las noticias.

    Las discusiones recaen generalmente en las características que debe reunir un hecho para que sea noticia, pero lo que no se pone en duda es que la materia prima de la noticia es un hecho. Por hecho —«fait» en francés, «event» en inglés— entendemos cualquier cosa que ocurre: algo que hace alguien, algo que le pasa a alguien, algo que sucede en alguna parte. Puede ser una frase, un gesto, un acto físico, o un conjunto de palabras, gestos o actos que el observador interpreta como una unidad con sentido?-

    El ACTO UNIDAD DE PARSONS

    Al final del segundo volumen de La estructura de la acción so- cial, Talcott Parsons (1968) habla del acto unidad. El acto unidad es la unidad más pequeña de un sistema de acción. Desde el punto de vista de la teoría de la acción no es una unidad no analizable, sino que es todavía un complejo. Se necesita cierto número de elementos concretos para constituir un acto unidad completo. Parsons emplea la imagen del «nudo». Un acto unidad concreto debe ser considerado como un «nudo», en el que un gran número de hilos se unen momentáneamente, sólo para separarse de nuevo, cada uno para entrar, a medida que el proceso continúa, en una serie de otros nudos, en los que sólo unos cuantos de aquellos con los que estaba anteriormente combinado entran con él. Los actos unidad combinados constituyen sistemas de acción cada vez más complejos. Y la acción es un proceso en el tiempo.

    Para Parsons el concepto de fin implica siempre una referencia futura a un estado de cosas anticipado, pero que no existirá sin intervención del actor. En la mente del actor, el fin debe ser contemporáneo de la situación y preceder al «empleo de los medios». Y éste, a su vez, debe preceder al resultado. Sólo en términos temporales cabe enunciar las relaciones mutuas entre estos elementos. Ahora bien, un fin no es el futuro estado de cosas anticipado y concreto, sino sólo la diferencia respecto de lo que sería si el actor se abstuviese de actuar. Y los medios son los aspectos o propiedades de cosas que los actores son capaces de variar en la medida de sus deseos. En una ilustración gráfica del acto unidad, Parsons presenta un nudo ( = acto unidad) formado por hilos como cadenas medio-fin.

    Acaso alguien piense que introducir a propósito del sencillo concepto de hecho los actos unidad de Parsons y con ellos toda su compleja y meticulosa teoría de la acción sea una complicación innecesaria. Puede, quien quiera, prescindir de esa referencia. Pero hacerla me parece útil para abrir pistas que acaso alguien quiera explorar y al propio tiempo para enriquecer el concepto de hecho con las sugerencias teóricas de su equivalente, el acto unidad de Parsons. Los hechos que vemos en los medios periodísticamente expresados como noticias podrían analizarse con el refinado instrumental de la teoría de la acción de Parsons.

    A efectos de descripción baste tener claro que los hechos que los periodistas expresamos como noticia forman parte de procesos más largos y complejos, de acciones que se prolongan en el tiempo. Ya hemos recordado la afirmación de McLljhan (1971a) en el sentido de que los medios presentan sincrónicamente una serie de acciones en marcha unificadas por una fecha. Los hechos forman parte de acciones en marcha. Periodísticamente, los hechos son los «flashes» o haces de luz que nos dan a conocer las acciones y nos permiten entenderlas. Lo que pasa es que la estructura de los medios —tienen que decir hoy algo que tenga un cierto sentido completo y suficiente para ser entendido— no les permite transmitir acciones, procesos de cierta duración en el tiempo, sino sólo hechos; no acciones en marcha, sino hechos fijos en una especie de instantánea colgada entre el pasado y el futuro.

    Los medios no cuentan historias, sino que dan noticias, y para dar noticias en definitiva necesitan hechos. Los hechos son la materia prima de las noticias. O también los hechos son los actos unidad, nudos momentáneos observables en los procesos de acciones más largas y duraderas.



    La noticia nace y crece con el comentario

    No todos los hechos, sin embargo, sirven como noticia. Y no nos referimos ahora al mayor o menor interés que tengan, sino a las necesidades técnicas de los medios, a su estructura de trabajo, a sus limitaciones para captar la realidad. Walter Lippmann (1969, págs. 247 y sigs.), en su ya antiguo pero siempre iluminador libro sobre la opinión pública escrito en los años veinte, recuerda que los reporteros no son videntes, no contemplan una bola de cristal y ven el mundo cuando quieren. Antes de que una serie de hechos se convierta en noticias, tendrán que hacerse notar de un modo más o menos abierto. Las noticias no nos dicen cómo germina la semilla en el suelo, pero podrán decirnos cuándo surge el primer tallo a la superficie. Tiene que haber tallo que surge a la superficie y tiene que haber alguien que lo vea, y aun podría añadirse que tenga interés en hacer ver a otros que ese tallo ha surgido.

    Análogamente, un pensamiento, por genial que sea, no es noticia: pero una palabra en público, aunque sea un despropósito, puede serlo. Otro ejemplo da Lippmann: las malas condiciones de trabajo no son noticia, porque salvo casos excepcionales el periodismo no hace la primera transmisión de material virgen, sino que transmite ese material cuando ya alguien le ha dado alguna forma. Las malas condiciones pueden, sin embargo, convertirse en noticias si la Junta de Sanidad comunica un promedio de mortandad excepcionalmente elevado en una región industrial. A falta de una intervención de este tipo, los hechos no llegan a ser noticia mientras los obreros no se organicen y protesten ante la empresa.

    No todos los hechos son percibidos, y entre los hechos percibidos no todos sirven como noticia. La esencia de la noticia es la capacidad de comentario que un hecho tenga. Si un hecho suscita comentarios, es noticia. Si no los suscita, no es noticia, aunque llegue a imprimirse, porque no produce los efectos que siempre se ha esperado de las noticias, es decir, los efectos que han dado origen a la existencia misma de las noticias de prensa.

    En efecto, no ha habido medios de comunicación hasta que ha habido gente dispuesta a pagar por disponer de hechos que le sírvan para el comentario. El origen de la prensa, como ha observado Madeleine Varin d’Ainvelle (1965, págs. 49 y sigs.), al estudiar la prensa en relación con las necesidades psico-socia- les a las que responde, no es simultáneo de los medios técnicos necesarios para su existencia. Gutenberg inventó los tipos móviles de imprenta y publicó las primeras obras entre 1445 y 1455. Se empezaron a publicar libros. Se imprimían carteles. Pero no había prensa. No faltaban ya los recursos técnicos. La escasez de papiros se suple con la fabricación de papel. Un documento de Jaime el Conquistador habla ya en 1222 de «paper» y hay noticias anteriores de molinos de papel (César Aguilera, 1988, pág. 289). La prensa, en efecto, hubiera encontrado un obstáculo técnico difícil de superar si hubiera habido que usar el pergamino: trescientos ejemplares de un periódico hubieran supuesto el sacrificio de trescientos corderos, es decir, de un rebaño. Pero ya había imprenta y ya había papel. En la misma Francia se fabricaba en 1348 papel procedente de trapos en Troyes. Lo que faltaba era el público. (Varin d’Ainvelle, 1965, pág. 50).

    El público surge en 1631, convocado por el inquieto Théoph- raste Renaudot, protegido a su vez por Richelieu y el padre José y que después tomó partido por Mazarino (César Aguilera, 1988, págs. 382 y sigs.) Y nace con los salones, cuya moda aparece en el Hotel Rambouillet entre 1624 y 1648. «Esta moda crea el público que una prensa regular necesita», escribe Made- leine Varin (1965, pág. 54). La prensa del siglo xvn es una prensa reservada a la élitey porque sólo ella puede pagar una suscripción regular, y sólo ella siente la necesidad de recibir una colección de noticias semanales que le permita estar informada en el momento de la conversación. El público de La Gazette de Renaudot es el que necesita estar informado de lo que hace el Rey, de lo que pasa en la corte, de la moda de París y de todo lo que debe poder hablarse en los salones. Las noticias aparecen pues como algo que debe alimentar la conversación. La necesidad de comentar en un ambiente en que es forzoso estar informado brinda el soporte económico necesario —la suscripción— a la recolección de noticias, y al propio tiempo perfila el marco para el contenido del periódico.



    Por qué separar la información del comentario

    Cada vez que la noticia ha dado un impulso a la difusión de la prensa se ha podido advertir lo íntimamente ligada que estaba al comentario. Otro periodista clarividente, Emile de Gi- rardin, escribe en 1836: «La Presse dentro de seis meses habrá rebasado los diez mil suscriptores. Sólo este número y la necesidad de conservación la obligarán a ser nacional, en el sentido más amplío del término, es decir, que deberá representar y defender no la opinión interesada de un partido exclusivo, la causa dinástica de una familia, las teorías inaplicables de una escuela, sino los verdaderos intereses generales...» El público de una causa es limitado. Para ampliarlo hay que ampliar los horizontes del interés. Girardin quiere más difusión para su periódico y para ello necesita, por lo pronto, abaratar el precio. El recurso será abrir las páginas del diario a la publicidad.

    Las demarcaciones estrechas de los partidos, dice Girardin, quedarán borradas por la prensa barata y de amplia difusión, «la presse á grand nombre et á bon marché». Pero aún falta algo más: separar las noticias de los comentarios, las informaciones de las opiniones. La división del diario en dos secciones, una para la información y otra para la opinión, le parecía a

    Girardin un pensamiento de futuro, una anticipación: «une pensée d’avenir» (Varin d’Ainvelle, 1965, págs. 181 y sigs., 202 y sigs.)

    Y efectivamente lo era. La información sin comentarios es aceptada por más personas, inspira una confianza más amplia que la opinión con hechos. Y son más los que la comentan. De modo que la necesidad misma de comentar los hechos y que sean más los que los comenten lleva a dar la información separada del comentario, a buscar un estilo de comunicación de noticias relativamente neutro y aceptable por todos.

    De los comentarios a las decisiones

    Debemos completar estas catas someras en la historia de las noticias periodísticas con un tercer momento. Es cuando una serie de empresarios y periodistas norteamericanos ven en la noticia una mercancía capaz de atraer a un público que hasta entonces había vivido de espaldas a los periódicos. No había que entender por noticia la comunicación de un hecho lejano, importante o curioso, sino que la noticia podía estar en la ciudad, en el barrio. No era lo que hacen los reyes en los palacios, sino cualquier cosa. Con una condición. Que diera que hablar. «Noticia es todo lo que hace exclamar ¡Caramba! al lector», decía Arthur McEwen, del Examiner de San Francisco. Naturalmente, donde ponemos «Caramba» se pueden poner otras exclamaciones, según sea la noticia y el lector. La versión original de Ewen, que fue un hombre que trabajó con Hearst, tenía más de chasquido y de zumbido, era, según la cita Park (1960), «Gee Whiz!». En la traducción al francés del libro de Boorstin (1971) sobre «la imagen» viene «Sapristi!». Lo importante es que la noticia haga exclamar algo. Y, naturalmente, donde se pone el lector podría muy bien ponerse el periodista, pues el primero y quizá más importante receptor en quien la noticia produce un efecto es el periodista. Si la noticia no hace soltar un taco al periodista pueden suceder dos cosas: primero, que no sea noticia; y, segundo, que no sea periodista.

    El periodista que se entera de una noticia que le hace exclamar algo se convierte en propagador y proselitista de esta noticia entre sus colegas y, si también entre ellos tiene éxito, las posibilidades de que se publique son grandes. Una noticia que deja indiferentes a los periodistas será publicada con desgana y como por obligación, si llega a darse.

    A este mismo tipo de definiciones de noticia por sus efectos pertenece la de Charles A. Dana, otro periodista americano del siglo pasado, en la época que la noticia se buscaba con el afán del neófito: «Noticia es cualquier cosa que hará que la gente hable». Con la distancia del sociólogo y la comprensión del periodista —puesto que fue ambas cosas— Robert E. Park (1960) la ha glosado agudamente. Responde, dijo, a los propósitos de lo que fue llamado «nuevo periodismo» a fines del siglo diecinueve (el «nuevo periodismo» de los años setenta de este siglo no es el primero en llamarse así): lo que pretendían aquellos hombres era publicar cualquier cosa que hiciera que la gente hablara y pensara, pues la mayor parte de la gente no piensa hasta que empieza a hablar. El pensamiento es, después de todo, una suerte de conversación interna.

    Joseph Pulitzer, inmigrante húngaro que llegó a Estados Unidos como mercenario para intervenir en la guerra de Secesión, ha sido considerado el representante por excelencia de la generación que hizo la prensa de masas. Jesús Timoteo Alvarez (1987) ha estudiado los factores que integran el modelo creado por Pulitzer. Son el precio popular, el lenguaje accesible, la forma atractiva, la autopromoción constante, la identificación con los lectores que lleva a campañas de persecución del delito, denuncia de la corrupción, limpieza de barriadas y atención a casos desesperados. Además de sus campañas de denuncia, el World de Pulitzer organizó comidas de Navidad para pobres, distribuyó gratis hielo en verano, reunió un cuadro de médicos de urgencia, envió una redactora a dar la vuelta al mundo en 80 días. Se provocan situaciones, resume Timoteo, pero no se inventan noticias, como hará la generación siguiente, la de Hearst y la prensa amarilla.

    Ese impulso de la prensa, que la populariza y la extiende a grandes capas de la población, tiene sus variantes europeas, con figuras como Lord Northcliffe en Inglaterra y títulos como Le Petit Journal y Le Petit Parisién en Francia. En España, sin embargo, como ha estudiado el mismo autor en otra de sus obras (Timoteo, 1981), la dedicada a la Restauración y la prensa de masas, parecía en 1880 que iba a aparecer un Pulitzer o un Hearst, pero no fue así. Los grandes diarios españoles de la época no llegaron a convertirse en grupos de presión. No hubo en España ningún Pulitzer, ni ningún Northcliffe. Bien es verdad que en 1880 España no era todavía un país de masas, sino un país de campesinos, con un 70 por ciento de analfabetismo y un 20 por ciento de urbanismo.

    En último término, la noticia aparece pues en el mercado cuando hay alguien dispuesto a pagar por ella. La prensa supone lectores y ciudades. Pero, más allá de las condiciones, el secreto de ese interés está en la conversación. Hay que saber de qué se habla, hay que estar enterado, para poder comentar lo que los demás comentan. La noticia amplía el mercado de compradores de periódico cuando renuncia a ser instrumento descarado de proselitismo para aparecer separada de la opinión. Volviendo al caso francés, es significativo el salto en las tiradas cuando la prensa se esfuerza en abaratar el producto y extender la clientela. La Gazette de Renaudot tiraba unos mil ejemplares, La Presse de Girardin tenía diez mil suscriptores cuando inicia sus reformas y la tirada de los diarios de París —no sólo del de Girardin— se multiplica casi por tres en diez años (pasa de 70.000 a 200.000).

    Pero la prensa no parará hasta conseguir que en cada hogar haya un diario. Para ello tiene que transformar el concepto de noticia y ponerlo al alcance de la conversación de todos, incluidos quienen apenas saben leer. Es el interés de la noticia el que debe conseguir que el lector pague. Y es la conversación de los hogares, las tiendas y las calles la que a principios del siglo xx acredita que todo el mundo habla de lo que los diarios cuentan. (Varin d’Ainvelle, 1965; Emery, 1966; Timoteo, 1987).

    La noticia, nacida como alimento de la conversación, ha logrado convertirse en tópico, lugar común, referencia general en los comentarios de todos. No es raro que la democratización de la noticia discurra paralelamente a la influencia de la democracia política en el gobierno de los pueblos. Si la noticia es un hecho capaz de suscitar comentarios, el comentario es el crisol de las decisiones. Y la noticia, que se ha convertido en hábito social con el crecimiento de la prensa, se ha instalado también en medios que tienen una parte dominante de sus espacios dedicada al entretenimiento, como la radio y la televisión.

    En un estudio sobre la demanda de productos culturales (se refiere concretamente a Cataluña) recogido por Miquel de Moragas (Moragas 1988) las noticias ocupan el segundo lugar entre los programas que gustan más (58,7 %), después del cine (59,5 °/o) y por delante de los magazines (22,1 %), concursos (14,2 %) y deportes (12,5 %). Y los noticiarios de la radio y la televisión influyen en la prensa, así como las noticias de agencia influyen en todos los medios. El impacto de las noticias televisadas es creciente y el tiempo que le dedican los canales también tiende a aumentar. En Estados Unidos (Stone, 1987, pág. 121) la oferta televisiva de noticias ha pasado de 15 minutos a media hora en las redes de difusión de ámbito nacional y las estaciones locales han pasado de ofrecer programas de noticias de media hora a programas de una hora. Las noticias de la televisión tienden a inspirar más confianza que las de los periódicos, cuando éstos cuentan las cosas de otra manera, pero la gente que sigue atentamente las noticias de la televisión es probable que lea un periódico. Los medios se combinan y se encuentran en el público, en las conversaciones de la gente.



    1. Los interesados producen y suministran los hechos

    Los hechos no se presentan solos a las manos de los atareados periodistas encargados de escogerlos para publicarlos o arrojarlos al cesto de los papeles. Ni siquiera por regla general han sido buscados afanosamente por reporteros que fuman en pipa, aunque eso suceda también a veces. La regla es que los hechos a los que se dará forma de noticia han sido previamente escogidos y aislados de los procesos de alguna «acción en marcha» por los interesados en que el hecho se conozca.

    Como dijo Walter Lippmann (1969), «la información es tan difícil de obtener que está más allá de los recursos de la prensa diaria». Si no fuera por los interesados en que algo se publique, muchas noticias no aparecerían nunca. A ello hay que agregar, en el caso de los noticiarios en televisión las proporciones habituales de materia] filmado, donde se ha dicho que sólo un 2 % de las películas reflejan directamente hechos impredecibles, lo que lleva a una amplia cobertura de actos anunciados (conferencias de prensa, intervenciones parlamentarias, discursos) (Eps- tein, 1974). La regla es pues que la fuente fundamental de las noticias son los interesados en que algunos hechos se conozcan, bien por una comunicación directa de noticias, bien por una pro- gramación habitual de actividades.



    Las fuentes espontáneas de las noticias

    Hay varias razones que explican que esto sea así. Los periódicos y los demás medios tienen unos costos, pero raramente pagan por obtener una información concreta, salvo las revistas ilustradas. Tampoco la fuente paga generalmente para conseguir que algo que le interesa aparezca publicado o difundido. Basta acudir a las ventanillas o mostradores de publicidad o dar la orden a una agencia para que el medio difunda lo que el anunciante quiere, pero no en los espacios de información, en la superficie redaccional, en el tiempo de la información. El suministro de hechos es gratuito. Esto es, los que los producen no cobran por comunicarlos a los medios, ni a las agencias de prensa que los recogen y difunden. Ni las fuentes cobran por decirlo, ni los medios por publicarlo.

    El acuerdo entre el medio que necesita noticias y la fuente que desea que se sepa algún hecho pasa por el concepto de noticia. Aquel hecho tiene que ser noticia. Si lo es, la fuente interesada presta un servicio al público al darlo a conocer y hace un favor al medio, puesto que le ofrece información, que es de lo que el medio vive. Si lo es, no se supone que el medio lo difunda para favorecer la imagen de la fuente noticiosa o perjudicar a los adversarios políticos o económicos de la misma fuente, sino simplemente porque aquello es noticia, un hecho que al público le interesa conocer.

    No cualquier hecho es noticia, como hemos visto. Por lo tanto, los que llevan a cabo acciones o apuntan a metas que desean alcanzar, vigilan el momento en que se produce en esos procesos un hecho que reúna las condiciones de noticia, que pueda ser presentado como algo interesante y significativo, capaz de hacer soltar un taco a alguien o al menos de aparecer comentado en una información. Entonces se puede convocar una conferencia de prensa, invitar a comer a los especialistas del tema en los medios, ofrecer una filtración a un medio bien situado, llamar confidencialmente al amigo que está en una agencia de noticias: la fuente «tiene» una noticia y la ofrece. Los medios acuden

    a ella y se encargarán de darle forma adecuada y de difundirla.

    Otra razón para agradecer el concurso de las fuentes interesadas es que los medios priman la inmediatez. Algo que ocurrió ayer es más noticioso que lo que sucedió hace una semana. Y más noticioso aún es lo que sucederá mañana. ¿Cómo a las pocas horas dan la vuelta al mundo hechos que han sucedido en lugares apartados? La rapidez de circulación de las noticias se explica en parte por razones técnicas, pero fundamentalmente porque el hecho es dado a conocer en seguida por alguien interesado en que se sepa.

    Ese acuerdo es algo habitual y tácito. Los poderes públicos y las demás grandes fuentes habituales de noticias son organizaciones de producción de hechos que disponen además de abundantes canales de comunicación: portavoces, gabinetes de prensa, etc. Y la organización de los medios a su vez busca esas fuentes para llenar los espacios de la programación diaria. Los medios están técnicamente interesados en entrar en contacto con las fuentes oficiales y difusamente obligados a tener atenciones con ellas. Las fuentes oficiales suministran noticias esperadas e inesperadas, ofrecen filtraciones y facilitan conocimientos amplios que hacen más completo y seguro el trabajo de los periodistas al explicarles el trasfondo o «background» de las noticias.

    La relación entre redactores y funcionarios en la producción de noticias fue estudiada por León V. Sigal (1973). De un análisis de contenido a lo largo de un período de veinte años resultó que casi el 60 % de las noticias llegaban a través de canales habituales («de rutina»), tales como declaraciones oficiales, conferencias y notas de prensa, que están sujetos al control de la fuente oficial informante. Los funcionarios y altos cargos del gobierno, tanto americanos como extranjeros, venían a formar más de las tres cuartas partes de las fuentes noticiosas.

    Para actualizar este y otros estudios semejantes Brown, Bybee, Wearden y Straughan (1987) emprendieron una investigación cuyos resultados publicaron en el Journaüsm Quarterly. La investigación tuvo en cuenta un período situado en 1979 y 1980 en el New York Times, el Washington Post y cuatro diarios de Carolina del Norte. La situación había cambiado poco en un decenio. Las noticias de portada, tanto en los grandes diarios como en los locales, y también los mismos despachos de agencia, se basan por lo general en fuentes gubernamentales. Muchas de estas fuentes aparecen tan veladas que difícilmente puede saberse algo de su identidad. A ello se añaden los canales habituales, como conferencias y notas de prensa. Hasta la mitad de las fuentes no aparecen identificadas. Los autores llegan a la conclusión de que los medios tienen menos control de la agenda que presentan de lo que quieren pensar y que al aceptar el anonimato de las fuentes se perpetúa la invisibilidad de los realmente poderosos.

    Eso no sólo se comprueba por lo que respecta a los grandes medios, sino también a los locales y de ámbito reducido. María Pilar López Rodríguez (1988), en un trabajo sobre las motivaciones de las fuentes informativas locales para suministrar datos a los medios de comunicación, resume el interés de las fuentes informadoras activas (las que muestran voluntad comunicativa hacia el periodista) en que los datos que suministran aparezcan en los medios de comunicación. Por lo que respecta a las instituciones públicas las motivaciones suelen ser: a) Consolidar o incrementar su prestigio como institución, b) La «obligación moral» de las instituciones públicas de mantener informada a la sociedad sobre sus actividades. A la larga, esto también ayuda a aumentar su prestigio, c) Denuncia de otra institución a través de una información negativa sobre ella, d) «Tener contentos a los periodistas» para que no escriban nada que pueda perjudicar el buen nombre de la fuente. En el caso de las entidades privadas, al interés en aumentar el propio prestigio o disminuir el de otra entidad se agrega el interés económico en promover una mayor afluencia de público (almacenes, bancos, teatros, etc.). Y en lo que respecta a las fuentes particulares cuenta también la capacidad de conferir status que tienen los medios y el interés en señalar un problema para que las autoridades competentes lo subsanen o la sociedad tome conciencia de él.

    La selección de las noticias, por otra parte, se rige por principios de universalidad y neutralidad: puede entrar todo y todo será comunicado en tono informativo, con inhibición lingüística de los afectos que el hecho despierta en el informador, y sin clasificar la noticia como buena o mala. Esa impasibilidad profesional con que los medios difunden los hechos que previamente han seleccionado no significa que el origen de la noticia no sea generalmente interesado, e incluso que ese interés explique porqué aquel hecho se difunde en aquel momento. Pero, en cambio, contribuye a velar o disimular ese interés de la fuente informante. Los medios median entre los tjue producen los hechos y el público y se sienten obligados respecto de los unos y del otro. La imagen de la actualidad es una combinación de los hechos que fuentes interesadas (a veces contrapuestas) aportan y la impasibilidad y relativa neutralidad con que los medios los presentan pensando en el público o audiencia.

    Las fuentes forman parte de la audiencia

    Leer las noticias con inteligencia es preguntarse quién ha contado el hecho y con qué interés. Pues el interesado muchas veces no aparece en la noticia. Los medios hablan de fuentes «solventes» —que con frecuencia quedan en el incógnito y cuya solvencia no es justificada con mayores datos—, de «medios diplomáticos», de «fuentes próximas» a tal institución o a cual persona. La responsabilidad de los medios está en verificar el hecho y contrastarlo, para lo cual es frecuente preguntar por él no sólo a quién beneficia, sino también a quién perjudica. La noticia es ya una interpretación de un hecho, pero la interpretación de la noticia se hace mejor si nos preguntamos a quién aprovecha o perjudica, como pista para averiguar quién puede ser la verdadera fuente.

    Como observa Gans (1979), las fuentes forman también parte de la audiencia. Para que el hecho pase de la fuente a la audiencia —en la que también está la fuente— es preciso que penetre, gracias a su condición de mercancía apetecida, es decir, de noticia, en el terreno de los medios. Lo hará más fácilmente si la fuente está introducida en ellos. «Por ejemplo, las fuentes no pueden ofrecer información hasta que establecen contacto con algún miembro de una organización de noticias; y esa organización escogerá la fuente si la considera adecuada para su audiencia, aun cuando el medio haya sido escogido por la fuente que quiere transmitir información a una audiencia. Las fuentes son una parte importante de la audiencia, sobre todo en Washington. La audiencia es, además, no sólo un recipiente informativo, sino una fuente de ingresos para una empresa de noticias. En la medida en que debe mantenerse su fidelidad, la conducta del medio llega a verse modificada incluso en el uso de las fuentes. Fuentes, periodistas y audiencia coexisten en un sistema, aunque más que un organismo funcionalmente interrelacionado recuerde un constante tira y afloja.»

    La selección de informaciones, para Gans, responde a dos procesos: uno determina la disponibilidad de la fuente y vincula a los periodistas con las fuentes asequibles; el otro determina la conveniencia o adecuación de las noticias y liga a los periodistas con las audiencias. Como se ha observado, hay minorías o élites que reúnen fácilmente los dos criterios para la selección de fuentes que considera Gans. Están disponibles y son asequibles, puesto que de ellos depende ponerse al alcance de los periodistas, como fuentes solventes. Y resultan adecuadas, pues dada su situación en los sistemas de poder están en condiciones de ofrecer mucha información interesante y gratuita.

    De este modo, la materia prima de la información periodística no está inicialmente en manos de los informadores profesionales, sino que éstos dependen de unas fuentes que tienen el poder de manar, de seguir manando y de dejar de manar (López-Es- cobar, 1987). Los medios pueden lograr que una información llegue al gran público, pero para obtenerla dependen de unas fuentes que saben más que el informador y que lo primero que suelen exigir es que éste vele la fuente que le informa. Curiosamente, cuanto más grande y prestigioso es un periódico más utiliza fuentes anónimas (Culbertson, 1978). En definitiva, los periodistas median entre las fuentes que les suministran los hechos y los medios para los que trabajan y que decidirán si a su vez van a mediar entre la fuente que ha suministrado el hecho y el periodista que le ha dado forma, por una parte, y la audiencia o público por otra.

    Fuentes, medios y público

    Fuentes, medios y público se necesitan y cooperan, pero siempre con una cierta dosis de desconfianza en sus relaciones. Cada uno va a lo suyo. La difusión de los hechos comienza por iniciativa de aquellos que esperan ganar algo con ella, pasa luego pOT el tamiz profesionalmente universal y neutro de los medios —lo que no impide disimuladas complicidades con las fuentes— y llega a un público vario, en el que están también las fuentes, que quiere saber gratis o por un precio módico todo lo que pasa, lo que hace todo el mundo ahora mismo o poco menos. Esa amplitud y variedad del público es lo que protege y justifica la adopción de los principios de universalidad y neutralidad por los medios. Y la fidelidad a esos principios da mayor resonancia a los hechos ofrecidos, interesadamente, por las fuentes.

    La difusión de un hecho con objeto de que provoque un efecto en la audiencia no garantiza, sin embargo, que el efecto que se pretendía se alcance efectivamente. Las mismas fuentes que-

    dan a menudo contrariadas. Los hechos son siempre más o menos ambiguos y las normas de redacción —la aplicación de los principios de universalidad y neutralidad— refuerzan esa ambigüedad. SÍ cada uno juzga de la feria según le va en ella, un mismo hecho producirá un efecto distinto en cada observador. Esa diferencia de apreciaciones se pondrá de manifiesto en la conversación y, en general, en los comentarios. Ahí el principio que prevalece es el de preferencia. Todo el mundo prefiere que el hecho que se comunica haya ocurrido o no realmente, tenga tal o cual significación y vaya a tener tales o cuales repercusiones. Los hechos aparecen en los comentarios muy cambiados respecto de como los veían las fuentes.

    Además, como observaba Walter Lippman (1969), el único sentimiento que puede experimentar una persona sobre un hecho no vivido es el sentimiento que despierta en ella la imagen mental que se hace del hecho. Entre el hombre y el ambiente real se interpone un pseudoambiente, la imagen que él se hace de las cosas, lo que él supone que está pasando, la versión simplificada y simbólica de la realidad que le sirve para entenderla. El comportamiento del hombre responde a ese pseudoambiente, pero como es comportamiento efectivo, las consecuencias, si son actos, obran no en el pseudoambiente donde el comportamiento encuentra su estímulo, sino en el verdadero ambiente donde se desarrolla la acción.

    El pseudoambiente en que vive quien tiene interés en que un hecho se conozca puede diferir mucho de los pseudoambientes de buena parte de la audiencia y de ahí que se cometan errores en cuanto a los efectos que tendrá en la opinión el conocimiento de un hecho. Pero, además, las circunstancias cambian continuamente y no es lo mismo el efecto imaginado en un momento que el que se produce efectivamente cuando el hecho es conocido. Pues ningún hecho se difunde solo. El hecho que se anuncia antes de él y la noticia que le sucede en el noticiario o que tiene al lado en la página pueden provocar efectos que modifiquen más o menos los que el hecho difundido interesadamente por la fuente provoca.

    A ello se añade, además, que ninguna fuente es única. También los que llevan adelante acciones de sentido contrario o divergente están atentos a los hechos que en sus propios procesos pueden beneficiarles y se apresurarán a comunicar como noticia aquel hecho que puede provocar en el público una imagen presuntamente favorable. Y así en una misma edición de un medio coexisten hechos difundidos por grupos contrarios con intereses opuestos. Claro que un medio puede prestar mayor atención a un hecho que le guste más y dejar en segundo plano el que le guste menos ^convencido incluso de que es menos interesante o menos importante, o ambas cosas—, pero si ambos hechos aparecen luego en las conversaciones y en los comentarios del público, allí pueden cambiarse las tornas, pues el público no es un receptor pasivo de los hechos que se le cuentan, sino que los digiere según sus propias necesidades y los adopta y repudia, y en todo caso los interpreta a su modo.

    Con lo cual la partida se vuelve más apasionante, los grupos en presencia redoblan sus esfuerzos por presentar hechos que les convengan, los medios encuentran público* para ellos y el público comenta los hechos y, al comentarlos, modifica su significación y provoca la aparición de nuevos hechos que vengan a alterar el panorama.



    Los PSEUDOEVENTOS Y LA DESINFORMACIÓN

    En este punto resulta una conclusión lógica la aparición de lo que Boorstin (1971) llamó «pseudoeventos». ¿Es realmente necesario esperar que un hecho favorable se produzca? ¿No resulta natural adelantarse a provocarlo? Y así aparecen hechos que no se producirían si no hubiera medios dispuestos a darles resonancia, hechos que se producen precisamente para que sean noticia. Boorstin llama «pseudoevento» el «nuevo tipo de actualidad sintética que ha invadido nuestra vida cotidiana». El pseudoevento o pseudohecho es «pseudo», falso, incluso hecho para engañar, pero no por ello deja de ser evento, hecho, y transmitido como noticia por verdaderos actores en escenarios verdaderos. Y así el pseudoevento (Boorstin, 1971), captado en el pseu- doambiente (Lippmann, 1969) en que cada uno de nosotros vive, produce verdaderos efectos en el escenario real.

    Como ejemplo de pseudoevento pone Boorstin la receta, citada por un manual de relaciones públicas, que adoptó en los años veinte un hotel para realzar su prestigio y mejorar el negocio. En vez de contratar un nuevo jefe de cocina, mejorar las instalaciones sanitarias o poner un gran espejo en el vestíbulo, decidió hacer caso de los consejos de un experto y organizar una ceremonia conmemorativa de los treinta años de la fundación del hotel. Se formó un comité de personas distinguidas y se preparó un «acontecimiento»: un banquete. Se celebró la ceremonia, se publicaron fotografías del acto y la prensa se ocupó de él. Todo el mundo habló del hotel elogiosamente, como una institución respetable.

    Claro está que si el hotel hubiera sido muy malo, el pseudoe- vento no hubiera sido posible y no se hubiera encontrado con facilidad las personas necesarias para formar el comité. Pero si hubiera sido ya una institución suficientemente conocida y apreciada y sus plazas hubieran estado constantemente ocupadas no hubiera sentido la necesidad de consultar al experto y éste de sugerir el banquete. El pseudoevento ayuda a una institución real a aparecer como lo que pretende ser: es una profecía que se cumple al pronunciarse. Y la condición de su cumplimiento es la existencia de los medios de comunicación y la introducción en ellos.

    El pseudoevento tiene algunas características, que el mismo Boorstin describe. No es un hecho espontáneo, sino previsto, suscitado o provocado. Lo será una entrevista más que el descarrilamiento de un tren o, por supuesto, un terremoto. El objetivo suele ser que el hecho se cuente o se registre. La difusión será la medida del éxito. La información puede redactarse de antemano para su difusión ulterior. Sus relaciones con la situación real son ambiguas y si la gente se pregunta qué quería decir realmente la persona entrevistada, tanto mejor. El enigma favorece el comentario y, con él, la penetración y duración de la noticia. Gracias a la celebración de su trigésimo aniversario —en el ejemplo citado— el hotel adquiere el carácter de institución respetable que pretendía.

    Del terrorismo a la conferencia de prensa

    La implicación que se hace de tales pseudoeventos suele ser negativa, y en algunos casos no hay duda de que viviríamos mejor sin ellos. El caso más obvio es el terrorismo. Los atentados que producen los terroristas a menudo no tienen como objeto privar de la vida a un enemigo de la organización, sino que básicamente tratan de conseguir que el hecho que provocan afecte a la opinión a través de la atención que los medios le prestan. La imagen de sangre y desconcierto provoca en la sociedad lo que el terrorista quiere provocar, el terror, del que únicamente se beneficia la organización, que crece como parásita de los medios. Es significativo que sea la misma organización que pone la bomba la que dé aviso y noticia del hecho y se lo atribuya como propio. El más poderoso de los dictadores aparece ante la opinión a menudo en tales casos como un ser indefenso e impotente y a las propias democracias les cuesta trabajo mantener la serenidad. En el seno de alguna antigua y aparentemente sólida democracia no faltará incluso quien se pregunte un momento si no debe dimitir el ministro del Interior, en vez de exigir, como sería más lógico, que dimita el número uno de la organización terrorista. Es el desconcierto que las organizaciones terroristas tratan de producir.

    Se ha objetado que si los medios no dieran noticias del atentado, éste perdería la mayor parte de su alcance. Así es. Pero también se ha dicho, en sentido contrario, que la sociedad debe conocer lo que pasa para reaccionar y controlar su propia acción y que si se silenciaran los actos de terror la sociedad ignoraría la realidad en que vive o sólo la conocería por la vía aún más peligrosa e incontrolada del rumor. Y así la información es el tributo que una sociedad paga a sus terroristas con tal de seguir teniendo el dominio de la situación gracias al conocimiento público de la realidad en que se vive y a la confianza de que no se ocultan los hechos.

    Una observación atenta indica, sin embargo, que la sugestión del terrorismo atrae algo más que pura información de hechos. Esto es cierto especialmente en el caso de la radio y más aún de la televisión. No son sólo los hechos, sino las intenciones, los propósitos, de algún modo el misterio lo que atrae al medio y le lleva a presentar largos reportajes en que aparecen —a veces a cara descubierta, a veces velados— los dirigentes de una organización terrorista, esos seres misteriosos que, si no fuera por la televisión, no veríamos, o sus portavoces legales. Se comprende la iniciativa del Gobierno británico y de su premier, Margaret Thatcher, aprobada por el Parlamento británico en el otoño de 1988, que se ha propuesto impedir tales apariciones. Como ha observado agudamente Pedro Orive (1988), el fenómeno terrorista es, ante todo, «espectáculo televisivo», y así es su evocación en la pantalla uno de los pocos supuestos en que los reci- pientarios del mensaje' dejgi^ de lado las Jareas domésticas o de cualquier tipo para seguirlo.

    El terrorismo es, sin embargo, un fenómeno singular en el repertorio de los pseudoeventos provocados para introducirse en los canales de la comunicación de masas. Y, pese a los abusos que pueden cometerse y a los extremos a que puede llegarse, el pseudoevento se ha convertido, como observa Bagdikian (Da- vison y Yu, comps., 1974), en un instrumento racional y necesario. Una conferencia de prensa es un pseudoevento, y sin embargo nadie objeta nada al hecho de que el presidente de un gobierno o cualquier autoridad menor convoque una conferencia de prensa que convierta lo que diga en noticia —acaso la noticia del día—. El corte de la cinta para inaugurar un puente o un túnel es igualmente un pseudoevento. Y las giras políticas y diplomáticas, los viajes y las entrevistas tienen mucho de pseudoe- ventos. Lo que pasa es que más habitualmente se habla de pseu- doeventos cuando se trata de grupos marginales que provocan manifestaciones, cortes de tráfico, sentadas, huelgas, etc. para poner de relieve sus aspiraciones o protestas a la vista del público.

    Los hechos, verdaderos o falsos, son por lo demás necesidades técnicas. Un medio interpreta más fácilmente hechos que suceden en un día que procesos que se prolongan a lo largo de un año. La inauguración de una presa es noticia, entre otras razones, porque es la obra —el pseudoevento, si se quiere— de un día; la construcción de la presa no suele ser noticia mientras se realiza lentamente, porque es la obra de uno o dos años. En cambio, ha sido noticia ya antes de que se empezara, el día en que se anunció que se iba a construir o se votaron los créditos para que se emprendiera la obra, y de nuevo el día en que se puso —otro pseudoevento— la primera piedra de la construcción. Así una presa es noticia varias veces antes de que llegue a ser presa.



    Se tiende a ver lo que se espera ver y a hacer ver

    LO QUE INTERESA

    El hecho se inserta a menudo en un marco ya previsto y preparado para él y como consecuencia se interpreta con las claves más a mano, que a veces son las del prejuicio. Se tiende a ver entonces en un hecho lo que se esperaba o se temía ver. En un estudio de más de trescientas páginas sobre la demostración contra la guerra del Vietnam que se realizó en Inglaterra el 2 de octubre de 1968, Halloran, Elliott y Murdock (1970) mostraron que a lo largo de las dos semanas precedentes los periódicos habían definido el hecho como una posible confrontación violenta entre las fuerzas del orden, representadas por la policía, y las fuerzas de la anarquía, representadas por los grupos radicales que iban a participar en la manifestación. El resultado fue que cuando estas predicciones no se confirmaron gracias a la conducta pacífica de la mayoría de manifestantes, la discrepancia se resolvió concentrando la atención informativa en aquellos aspectos del hecho en que, efectivamente, se registraron violencias. La información previa al hecho condiciona la información del hecho cuando éste se ha producido.

    Nuestra manera de ver las cosas —ha observado Lippmann (1969)— es una combinación de lo que allí se encuentra y de lo que esperábamos encontrar. Nuestro mundo estereotipado no es necesariamiente el mundo tal como desearíamos que fuese, sino tal como suponemos que es. Nuestras opiniones cubren inevitablemente un espacio mayor, un lapso más largo, un número mayor de cosas de cuanto podemos observar directamente. Por lo tanto, nacen de lo que los demás nos cuentan y de lo que imaginamos. Del gran caos del mundo elegimos lo que nuestra cultura ya ha definido para nosotros y tenemos tendencia a percibir lo que presenta la forma estereotipada dada por nuestra cultura. Los estereotipos de que habla Lippmann, moldes corrientes, versiones en serie, interceptan la información cuando ésta se dirige a la conciencia. Y antes, sin embargo, han condicionado ya la interpretación de la realidad que da el informador. Imaginamos la mayor parte de las cosas antes de experimentarlas y, a menos que la educación nos dé conciencia de ello, esos conceptos anticipados gobiernan profundamente todo el resto de nuestra percepción. Esto explica que unos hechos obtengan mayor resonancia que otros y, en definitiva, que los medios e incluso antes que ellos las fuentes interesadas se adapten a lo que el público desea saber o gusta que se le diga.

    El fenómeno límite en la posibilidad de modificar el pseu- doambiente en que vive el receptor a favor del pseudoambiente imaginado por el emisor es la llamada desinformación. La palabra «desinformación» apareció en círculos militares franceses como arte de engañar al adversario. El fenómeno ha sido estudiado con penetración por María Fraguas de Pablo (1985, págs. 155 y sigs., 45 y sigs.): la desinformación surge cuando la información cesa de ser un fin para subordinarse a los objetivos de una situación conflictiva. El que desinforma actúa con la intención de disminuir, suprimir o impedir la correlación entre la representación del receptor y la realidad del original. Contra los intereses del receptor, hábilmente engañado, la representación de la realidad que se hace el receptor no es la realidad misma, sino la realidad que el emisor trata de venderle como buena. La desinformación se nutre del conflicto y es una manera de intervenir en él. Pone al receptor en manos del emisor. Por eso la palabra nació para indicar una forma de engañar al adversario en guerra. La desinformación, como la información, reduce el estado de incertidumbre. Pero no la reduce a favor del receptor, de modo que conozca mejor la realidad que antes. La reduce a favor del emisor, que consigue que lo que dice sea creído y tomado por realidad, no siéndolo.

    Hay razones para que el proceso real de producción de noticias desde las fuentes interesadas al público no se conozca y tenga presente como de verdad se produce. Por una parte, la organización de los actos desde los centros de poder político, económico, social, etc. se presenta como una atención que se tiene con los medios. Por otra, las filtraciones, «dossiers», llamadas, y otras formas de atraer la atención sobre algo se hace de modo que el «éxito» se atribuya a los medios y la fuente interesada que ha filtrado o revelado el hecho queda oculta o disimulada, sin interés ninguno en aparecer y, por el contrario, con deseo de quedar oculta.

    Dos periodistas del Washington Post se hicieron famosos con el escándalo del Watergate, pero la identidad de «Garganta profunda», que les dio las indicaciones esenciales y les orientó en la investigación sigue permaneciendo en la sombra. En definitiva, aunque la fama se la llevaron los reporteros del Washington Post, las fuentes que movieron el caso en la sombra eran fuentes interesadas. Una parte de la Administración filtraba noticias que perjudicaban a la otra. Sucede, sin embargo, que la información aparece firmada por el periodista y a él no le cuesta mucho convencerse de que la información la ha obtenido efectivamente él, y así convence igualmente al público.

    Los interesados en que conozcamos algunos hechos los señalan a la atención de los medios o incluso los producen deliberadamente para provocar en la audiencia unos efectos deseados. Los medios aprovechan esa abundancia de hechos señalados o preparados para ofrecer una imagen llamativa de la realidad. Y la audiencia o público capta esas imágenes sorprendentes y las aprovecha para ilustrar sus prejuicios o favorecer sus intereses a lo largo de la conversación con que socialmente se asimilan los hechos y se orientan hada la previsión de un próximo futuro. Ese es fundamentalmente el proceso de la producción, uso y consumo de noticias.

    En resumidas cuentas, lo que sucede es que producir hechos no está al alcance de los medios, más que en raras y marginales ocasiones, como operaciones de relaciones públicas, aniversarios, nuevas publicaciones o ediciones extraordinarias, etcétera. Y tampoco las agencias de noticias, de las que los medios obtienen como fuente buena o aun la mayor parte de sus noticias, son productoras de hechos. Pero, además, los medios no están dispuestos a comprar por obtener los hechos. Eso lo hacen a veces los magazines, que se encuentran con que las verdaderas noticias, las que surgen de las acciones en curso, han sido difundidas ya por los diarios, la radio y la televisión y tienen que obtener exclusivas con gancho, para lo cual están dispuestos a pagar a las mismas fuentes interesadas, principalmente los llamados «famosos» o «populares». Pero los grandes medios —diarios, televisión, radio— quieren hechos noticiosos gratuitos, hechos además importantes, de trascendencia pública y que tengan como actores a personajes de la escena nacional o internacional muy conocidos.

    El sistema político, suministrador de hechos

    ¿Quién puede suministrar tales hechos? El sistema político. El sistema político está muy interesado en aparecer a los ojos de los ciudadanos, de los propios funcionarios, de los militantes del partido gobernante, de las potencias exteriores y en general del universo mundo como extremadamente capacitado para plantear correctamente los problemas y resolverlos con eficacia. Para ello está dispuesto a hacer lo que sea necesario: proponer leyes, defenderlas, votarlas, pronunciar discursos, reunir conferencias de prensa, conceder entrevistas, inaugurar obras, presentar libros, presidir comidas o cenas, visitar ciudades y pueblos, en la nación o en el extranjero, cortar cintas, estrechar manos, sonreír, plantar árboles, volar en aviones y helicópteros, descender a buen paso por las escalerillas de los aviones, saludar a conocidos y desconocidos, regresar pocas horas después y saludar desde lo alto de la escalerilla del mismo o distinto avión. Etcétera.

    Se comprende así que las fuentes de las noticias sean generalmente interesadas y que la principal fuente interesada sean los políticos, ya estén en el gobierno, ya en la oposición, ya aporten hechos para mostrar que las cosas marchan, ya los aporten para mostrar que no se llevan como es debido. Esta situación se convierte en una inagotable fuente de noticias. Puesto que las fuen- tes políticas están tan interesadas en mostrar la propia competencia como en dejar clara la incompetencia de sus rivales o adversarios. Y así si la primera y principal fuente noticiosa sobre un político es él mismo, otra fuente casi tan rica y generalmente más divertida mana en la boca de sus rivales y adversarios. Y así las noticias que el interesado hubiera callado, porque teme que no le favorezcan, se apresura a airearlas su contrincante. Los medios lo saben casi todo en el ámbito de la política, porque entre el gobierno y la oposición, el líder y sus adversarios, todo llega a decirse.

    No siempre se hace a las claras y con mención de la fuente informante, sin embargo. Buena parte de la información política procede de conversaciones, confidencias o incluso filtraciones. Un proyecto de ley puede ser filtrado a un medio para que éste luzca la habilidad investigadora de sus reporteros y se produzca en la opinión un efecto sin la responsabilidad de producirlo. La reacción puede ser favorable o contraria, tener como consecuencia la mayor facilidad en llevar la ley adelante o actuar como globo sonda que descubra dificultades no previstas o reacciones mayores de lo esperado. Pero al efecto de lo que estamos diciendo lo que importa es recordar que la fuente última, aunque oculta, es fuente interesada y política.

    Los medios no tienen así que preocuparse de producir hechos. Les llegarán más de los que necesitan. El sistema político no sólo suministra hechos que son noticia, sino que es una organización para producir noticias. Sus programas, sus agendas, sus planes están trazados en función de la publicidad que se obtendrá con esa compleja y costosa actividad, que sufraga el erario público, y dispone de portavoces, jefes de prensa, asesores de imagen y otros colaboradores que tienen presente el efecto de lo que se hace y la necesidad de hacer algo para que pueda luego comunicarse lo que se hace. En otros tiempos (Altheide, 1985), la gente comunicaba con los demás para lograr que algo llegara a hacerse; hoy hay que lograr primero hacer algo para que luego eso que se ha hecho se comunique y se difunda entre los demás.

    Hecho o pseudohecho, el gesto, la palabra, la obra se programan teniendo en cuenta el efecto que de ellos es razonable prever. Y así el sistema político es el principal interesado en la información pública. Unas veces hace algo para que se sepa que se ha hecho. Otras se haría igualmente, pero entonces se vigilan cuidadosamente las acciones en marcha para extraer de ellas los hechos, redondos, breves, brillantes, que puedan convertirse en noticia. Las acciones propias son examinadas con cuidado, para ver qué debe trascender y qué mantenerse oculto, y las de los rivales o adversarios se siguen igualmente, para proceder de la misma forma, pero al contrario: hacer saber lo que perjudica al otro, porque eso mismo es lo que beneficia a uno.

    Curiosamente, los políticos mantienen con los medios unas relaciones más tensas y difíciles de lo que parecería natural (Go- mis, 1988b). Las relaciones entre las fuentes políticas que suministran la mayor parte de los hechos y los medios que se benefician de la importancia que confiere a sus noticiarios referirse a tan importantes asuntos y contar con la colaboración de tan famosos personajes públicos son más tensas y difíciles de lo que parecería natural por la intervención de dos factores distorsiona- dores. El primero es la necesidad de una selección cruel entre un 100 por ciento de material disponible hasta que se reduzca al 10 por ciento de noticias que cabe en el espacio y el tiempo previstos. No siempre el medio está dispuesto a dar a la noticia ofrecida la importancia y la extensión que el político desearía. La segunda es la presencia critica del público, que se queja de exceso de política en las informaciones y que comenta con preferencia otros muchos temas antes de prestar atención a la actualidad política. Y el medio vive principalmente de su público, de su audiencia. Entre el público se hallan también por lo demás los políticos contrarios a la fuente informante, que también son fuentes a las que hay que tener en cuenta. Todo ello contribuye a unas relaciones generalmente circunspectas y reticentes. Pero tal vez la razón más profunda es la que se ha apuntado desde la misma Ciencia Política. Y es que la comunicación —y, con mayor motivo, la comunicación política— permite plantearse radicalmente la verdad de un régimen político, su «intimidad profunda» (González Casanova, 1968, pág. 8).

    No es un fenómeno nuevo. La mirada perspicaz del aristócrata Tocqueville había ya descubierto en los Estados Unidos del siglo pasado que la prensa hacía circular la vida política en todas las porciones de aquel vasto territorio y que descubría los secretos resortes de la vida política y obligaba a los hombres políticos a comparecer ante el tribunal .de la opinión (Tocque- ville, 1963, pág. 119). A la larga, los gobernantes no pueden tener intereses contrarios a la masa de los gobernados, pero muchas cosas no se sabrían nunca si no las dijera la prensa.



    1. El oscuro e influyente «gatekeeper» escoge las noticias

    Los medios interpretan como un conglomerado de noticias la realidad social que los envuelve. Con esas noticias, sus ampliaciones y sus comentarios componen esa imagen periódica de la realidad que presentan a su público, a su audiencia.

    Se suele pensar que los medios buscan las noticias. La imagen convencional del periodista es la del reportero que sale en busca de una noticia, la persigue tenazmente y no para hasta que la ha conseguido. Es verdad que a veces los periodistas y los medios para los que trabajan buscan una noticia. Es cuando saben o sospechan que existe, pero que alguien la oculta o que quien podría decir qué pasa se escurre o se encierra en un hermético «sin comentarios». El «sin comentarios» equivale en realidad a un «sin noticias», pero contra esas barreras luchará el medio hasta conseguir la primicia, el «scoop».

    Eso es, sin embargo, la excepción. La regla, como hemos visto, es la contraria. La regla es que no es el medio quien persigue las noticias, sino las noticias las que asedian al medio. Y la imagen más realista del periodista en su trabajo no es la de alguien que sale en busca de la noticia, sino la de alguien que echa la mayor parte de ese tesoro a la papelera con aire de maquinal indiferencia si no con expeditiva energía, o de alguien que cuelga el teléfono después de decir que lo siente pero que no podrá publicar la información que un oficioso informador le brinda, porque no tiene espacio. El periodista no es esencialmente el hombre que busca las noticias, sino el que las selecciona. Se suele considerar que por cada noticia que publica, tira nueve a la papelera.

    El principio de universalidad

    Si en cuanto al número de noticias comunicadas rige el mismo aparente desperdicio que puede observarse en la mayor parte de fenómenos naturales y la salida del embudo es estrecha, la entrada es amplia. En su selección de noticias los medios siguen principios de universalidad y de neutralidad: entra todo.

    Por principio de universalidad entendemos que nada de lo que pasa queda excluido de la posibilidad de convertirse en noticia, suceda en la ciudad o en el campo, en el mar o en el aire, en las grandes ciudades del mundo o en alguna aldea cuyo nombre no está siquiera en el mapa. La gente conocida aparece en las noticias muchísimo más que la desconocida, entre otras razones porque el público se interesa más por ella y pocas palabras bastan para evocarla, pero cualquier persona en cualquier país puede hacer algo que llame la atención de manera bastante para que el caso corra de boca en boca, una agencia redacte el despacho y los que seleccionan las noticias se decidan a incluirla en el menú del día.

    Los gobernantes aparecen más como noticia que los gobernados y, como dice Gans (1979), la mayor parte de la gente sólo aparece en los medios cuando publican estadísticas, pero en los medios no sólo hay noticias políticas, sino también de deportes y de teatro, de economía y de religión, de medicina y de modas, y no hay fronteras ni aduanas para las noticias: todo el mundo entra en el crisol informativo de los medios, todos los temas, sectores y especialidades pueden suministrar noticias, aunque luego el sobrante se arroje al suelo puesto que no cabe ya en las papeleras.

    El principio de universalidad estaba ya en los primeros diarios, cuyo contenido era más la noticia del extranjero que la «nacional» —el énfasis en lo nacional es posterior—, pero se consolidó paradójicamente cuando el esfuerzo de los medios por hacerse con un público llevó al cultivo de la noticia «local» y. de «interés humano». Para que pudiera nacer una prensa popular —ha escrito Roshco (1975) con razón— tenía que inventarse un nuevo contenido capaz de atraer audiencias ampliamente ajenas al mundo de la política y los negocios. La nueva prensa popular que surgió en Estados Unidos con el New York Sun en 1833 y se consolidó en seguida con el New York Herald de James Gordon Bennett, se fundaba en dos conceptos que ya se habían mostrado populares en Inglaterra: el periódico barato — el Sun era un «penny paper»— y el relato de «interés humano». Los sucesos de los barrios bajos y los casos policíacos se incorporaban al mundo de la noticia y el principio de universalidad encontraba nuevas aplicaciones.

    El principio de neutralidad

    Por un principio de neutralidad entendemos que las noticias no se clasifican en buenas y malas, favorables y contrarias, sino simplemente en noticias o cosas que no son noticia, y entre las noticias en aquellas que lo son más o menos, que pueden ir en portada o sólo en un rincón de páginas interiores. El valor noticia es moralmente neutro. La razón de ese principio de neutralidad es la misma que funda el principio de universalidad, pues en realidad ambos principios son complementarios: cuantas más noticias tengamos, mejores serán las que sobrevivan en un rápido y enérgico proceso de selección. Y para que haya muchas noticias, lo mejor es que entre todo, lo mismo por lo que respecta al ámbito de procedencia que a los efectos que pueda el hecho que es noticia producir en la realidad.

    Los centinelas apostados en las ciudadelas o en las afueras de las aldeas primitivas o incluso en rebaños o bandadas —con cuya función se ha relacionado por Lasswell (Schramm, comp., 1975; Moragas, comp., 1985) con la de los medios— lo mismo avisaban peligros que socorros, la presencia de un escuadrón enemigo que el suministro de alimentos esperados. La noticia comunicada de modo escueto y directo, sin comentarios y en tono pura y neutramente informativo, es captada por más personas, que la entienden mejor y la recuerdan más y, en definitiva, sirve más para ser utilizada en comentarios intencionados, favorables o contrarios. Y así una misma noticia sirve para ser utilizada por interlocutores opuestos en los dos lados de la polémica.

    Este tipo de razones ha sido esgrimido por un analista tan lúcido como Roshco (1975) para poner en guardia contra los efectos imprevistos de un periodismo que abogue en favor de causas, por nobles que sean. En los años sesenta se habló mucho en favor de un «advocacy reporting». El tipo de reportero en quien se pensaba era un abogado de causas de izquierdas, pero no se tenía en cuenta la posibilidad de que surgieran también abogados de las cruzadas de derechas y dadas las preferencias de la mayor parte de editores la perspectiva distaba de ser tranquilizadora. «Una posible consecuencia que se debiera considerar, si los reporteros asumieran cada vez más el papel de abogados sociopolíticos, es el efecto negativo en la credibilidad de la prensa. La ideología de la información objetiva se desarrolló en buena parte para hacer las noticias creíbles para ampliar audiencias con diversos puntos de vista.»

    Ambos principios —el de universalidad y el de neutralidad— quedan naturalmente relativizados por el uso. Puede interesar, todo, pero unas cosas interesan más que otras. El principio de universalidad queda relativizado por la atención preferente que lo próximo despierta sobre lo lejano y el de neutralidad por la preferencia con que los medios siguen los hechos que habrán de afectar los intereses de sus audiencias, aunque en este caso sigue siendo cierto que nos interesa conocer tanto las «buenas» como las «malas» noticias. En definitiva, sin embargo, los medios pueden destacar lo mismo un hecho que complacerá mucho a su público que otro que lo va a horrorizar, una novedad que lo beneficia u otra que le perjudica. Los periodistas no se plantean siquiera al discutir qué noticia destacan si es buena o mala. Lo que discuten es cuál de las dos es más noticia.

    Las fuentes de las noticias son, como hemos dicho, básicamente interesadas. Pero la única fuente interesada no es el sistema político. Todos los que viven del público suministran noticias. El mundo del espectáculo, de la música en sus diversas formas, géneros y subgéneros, el teatro, .el cine, los escritores, los editores, los «populares» con oficio o sin él, son fuentes noticiosas interesadas. Como sucede con la política, entre el periodista y la fuente se crean lazos de comunidad de intereses, de favores prestados o recibidos. Unos tienen noticias que dar y esperan verlas publicadas. Otros tienen espacios que llenar. El periodista tenderá, incluso en la redacción, a «vender» la noticia como propia, como obtenida por él, aunque haya sido requerido por la fuente. La fuente unas veces aparecerá y otras quedará* oculta, o bien podrá convertirse en personaje, en objeto del interés del periodista y su medio.

    Menos regularmente pero no menos interesadamente, los llamados agentes económicos y sociales actúan como fuentes y ofrecen noticias, o se ponen al alcance del periodista o el medio para conseguir que noticias que van a producirse sean enfocadas desde el ángulo que más favorece a la fuente. Los bancos cuando van a repartir dividendos o cuando no van a hacerlo, las grandes sociedades anónimas que celebran junta general, ordinaria o extraordinaria, las compañías en expansión o en dificultades, los sindicatos, gremios, patronales o simplemente comités de huelga de una empresa de servicios públicos o de una sociedad anónima, todos tratan de moldear la noticia desde el primer momento o de rectificar la información que les perjudica. Unos invitarán a comer, otros a cenar, algunos a desayunar, otros visitarán al redactor, le recordarán su existencia en Navidad o llamarán por teléfono en caso de apuro. El interés creciente que tiene la vida económica en los medios y la curiosidad que despierta cada vez más en el público explican la importancia de esas fuentes de noticias.

    Hay fuentes interesadas menos detectables y habituales. Hay llamadas que no se sabe bien quién ha hecho, o descaradamente anónimas, hay observaciones confidenciales que se refieren a otros, bromas que circulan, rumores que llegan sin que se sepa la fuente. Son el anzuelo que hace picar al periodista y su medio. Son todavía fuentes interesadas, aunque hayan borrado las pistas de su interés y su identidad.

    Pero también hay noticias que aparentemente no llegan por una fuente interesada. Cuando en alguna parte se produce un hecho noticiable que ninguna fuente organizada tiene interés en atribuirse, corre la voz y entre la gente que tiene conocimiento del hecho tiende a haber simpre alguien que lo ponga en conocimiento de un medio con la mayor prontitud, sea para comunicar el hecho, sea para confirmar su certeza, sea para saber algo más de él. Las noticias de desgracias o catástrofes suelen llegar a los medios y agencias —que actúan prácticamente como terminales de los medios o colaboradores retribuidas de ellos o centrales de noticias— por esta vía. En estos casos los más interesados en los hechos suelen ser los medios, como servidores del público. Pero aun en estos casos pueden detectarse las fuentes interesadas. Los familiares de la víctima tienden a actuar más como fuentes interesadas que los del agresor, y en el vecindario surgen igualmente fuentes difusamente interesadas en favorecer una u otra interpretación del hecho.

    Si se produce un accidente de aviación, la compañía es fuente interesada en dar su propia versión, generalmente escueta y neutra, del hecho. Lo mismo se diga en el caso de un choque de trenes o de un accidente en un paso a nivel: la compañía de ferrocarril es fuente interesada en dar su versión de un hecho que la perjudica. Si pudiera ocultarse el hecho, no habría más fuentes interesadas que los familiares de las víctimas o los vecinos que temen nuevos accidentes en un paso a nivel. Pero puesto que las catástrofes son hechos cuyo conocimiento se extiende con rapidez y por toda clase de vías, las compañías afectadas actúan como fuentes interesadas y también los medios, cuya existencia y utilidad quedaría en entredicho si no dieran cuenta de las desgracias y catástrofes.

    Los medios recurren a la policía como fuente solvente en caso de crímenes y aun de accidentes y la policía no siempre da todas las facilidades que los periodistas desearían, pero sabe que lo que diga será utilizado como fuente y en cualquier caso está interesada en defender la actuación del cuerpo. Pues todo lo que sea o pueda ser noticia puede ser indagado. Las conversaciones con las posibles fuentes, voluntarias o involuntarias, se propician, se siguen y se buscan. El diálogo no resulta a veces muy provechoso y la entrevista resulta tópica, pero el interés del público debe servirse. Ahí los mismos medios actúan, en nombre del público, como principal fuente interesada y tratan de provocar la información por sí mismos.

    En el mundo del deporte, por ejemplo, que llena amplias secciones, suplementos llamativos y a veces da vida a periódicos especializados, la combinación de fuentes interesadas, rumores, espontáneos y pesquisas de los reporteros especializados ofrece una gama rica, variada y casi inextricable de fuentes. Pero es obvio que cuantos más recursos económicos y afanes de prestigio movilice el deporte mayor es la variedad de fuentes interesadas que manan, pública, discreta u ocultamente en ese ámbito de la información.

    También los sucesos representan un caso especial. La policía suministra material y en otros casos es requerida como fuente fiable, según hemos dicho ya. Hay también fuentes judiciales en torno a los tribunales y juzgados, y los abogados de las partes pueden moverse también o ser requeridos, bien sea por el informador, bien por sus clientes para que les representen con mayor habilidad profesional. Si en la literatura las novelas de detectives son un género o una serie —la serie negra— en el mundo de la llamada realidad los casos tienen lectores abundantes y aun las agencias estimulan a sus redactores a cubrir bien ese sector sabiendo que tiene público. Víctimas, familiares, testigos, policías, autoridades y aun cómplices, encubridores, sin descartar a los autores pueden actuar como fuentes.

    El concepto de «gatekeeper»

    ¿Quién escoge la noticia que oímos y tira a la papelera las nueve restantes? Ese personaje oscuro e influyente es el «gatekeeper». El concepto de «gatekeeper» fue acuñado por un psicólogo, Kurt Lewin, hacia 1947-1948. Lewin trabajaba en dinámica de grupos y observó que la información circulaba de una manera muy irregular. Había unos puntos que eran como «barreras», en los que la información podía interrumpirse o, por el contrario, fluir de una manera muy amplia después de superarlas. Junto a estas barreras podía imaginarse a alguien, un «gatekeeper», un guardabarreras o portero, que abría la puerta o levantaba la barrera o que impedía la difusión de algo que había llegado hasta él. Hoy el concepto de «gatekeeper» se considera básico, «central», como ha dicho McQuail (1972). El guardabarreras o «gatekeeper» tiene el derecho de decidir si una noticia va a ser transmitida o retransmitida de la misma manera o de otra/

    A lo largo de los decenios de 1950 y 1960 varios estudios analizaron la actividad de los «gatekeepers» y las influencias que actúan sobre ellos. Son extremadamente diversas. Comprenden factores tan varios como la autoridad del propietario del medio y la posibilidad de sanciones, las normas consuetudinarias y la ética vigente en la profesión, la influencia informal de los colegas con los que el «gatekeeper» trabaja y, naturalmente, también los valores personales, sus antecedentes familiares o geográficos, sus conocimientos, experiencias y gustos, pero igualmente las presiones de la comunidad y la estructura social exterior, así como los demás grupos de referencia presentes en el mundo de la información.

    La función del «gatekeeper» es importante, porque de él depende el flujo de la información y él decidirá silenciosa e inapelablemente si una noticia se da o no se da. Pero al propio tiempo el «gatekeeper» es un personaje oscuro y anónimo, que puede estar más arriba o más abajo en la escala jerárquica de un medio, o que puede estar trabajando en el lugar de otro porque el otro está de vacaciones. La diversidad de personas, situaciones y momentos no se advierte sin embargo y lo más curioso del «gatekeeper» es que el resultado no difiere mucho de que una mesa la ocupe Fulano o Mengano. Los diversos medios, trabajando independientemente, tienden a seleccionar las mismas noticias.

    La labor del «gatekeeper» viene condicionada además por otros dos factores: el espacio disponible que hay para las noticias y el tiempo en que una noticia llega a sus manos. No todos los días dispones del mismo espacio, bien porque aquel día otras secciones tengan más en detrimento de la suya, bien porque el espacio redaccional sea más reducido por abundancia de anuncios. En este sentido, se ha observado que cualquiera que decida cuántas páginas va a llevar el periódico del día, generalmente alguien del departamento de publicidad, es el «gatekeeper» inicial. Y las últimas noticias, las que llegan con el diario a punto de cerrar o ya cerrado, en vez de tener más oportunidades de salir, tienen menos (Roshco, 1975; Bagdikian, 1971).

    El control social en las redacciones

    El sociólogo Warren Breed publicó en 1955 un estudio ya clásico sobre el control social en las redacciones que de paso ayuda a entender cómo trabaja el «gatekeeper». ¿Cómo se mantiene una política informativa en una sala de redacción?, se pregunta Breed (Schramm, comp., 1960). Y sobre la base de más de un centenar de conversaciones con periodistas de diferentes medios y de otras observaciones concluye con una explicación que no ha sido desmentida, sino más bien confirmada. Es la siguiente. El recién llegado, que por lo general no ha sido escogido por sus ideas ni preferencias, llega a la sala de redacción y trata de adaptarse y ver su trabajo reconocido. Si trabaja de prisa y bien se ganará el puesto y progresará en su carrera. De prisa quiere decir también con seguridad y exactitud, de modo que otro no tenga que rehacer lo que él ha hecho. Bien significa como lo hubiera hecho su superior o como al superior le gusta que se haga. Ese superior ha sido antes redactor recién llegado y se ha adaptado a costumbres y tradiciones vigentes en la casa. De algún modo pesan en el ambiente las directrices de la empre-_ sa y las manías del director —también sobre esto hay estudios—, pero la conformidad con todo ello no es automática. Los redactores tienden a tener actitudes más «liberales» que sus jefes y pueden justificar las normas de ética periodística difusamente vigentes para defender textos que no se ajusten del todo a la política informativa que se está siguiendo. Hay además un tabú ético que impide mandar a los subordinados que se ajusten a la política informativa que se quiere seguir.

    La conformidad no es automática y, sin embargo, la «socialización» del periodista con las normas de trabajo se produce. Probablemente nadie le ha explicado al redactor qué política se sigue. El periódico no tiene cursos de preparación. A veces hay un libro de instrucciones, pero se reduce al estilo y al modo de escribir las palabras dudosas. Lo que hace el redactor es aprender a anticipar lo que se espera de él, a «interiorizar» los derechos y obligaciones de su estatus, a conseguir premios y evitar castigos. El redactor lee su diario cada día. Hace así el diagnóstico de sus características.

    Algunas iniciativas de la dirección y de los redactores más antiguos sirven también de guía. Un gesto, un comentario oblicuo o marginal, resultan orientadores. Hay, además, cosas que se publican y otras que no se publican. Los redactores hablan de sus jefes y así se orientan respecto a preferencias, intereses, afiliaciones. También resultan orientadoras las maneras de dar instrucciones sobre el modo de tratar una información. (Redactor: «Un herido en accidente de tráfico». Redactor jefe: «Bueno, dalo corto».) Oír comentarios de los que ocupan puestos directivos en el periódico es igualmente instructivo.

    Así es como el redactor se entera de la política que se sigue. Falta por ver por qué la sigue. Breed ofrece diversas razones. Por lo pronto, el editor («publisher») suele ser el dueño y desde el punto de vista del negocio tiene derecho a esperar que le obedezcan. Esta realidad queda limitada en los Estados Unidos porque el periódico no se concibe como un simple negocio, debido a la protección de la enmienda primera de la Constitución y a la tradición profesional del servicio público. El despido es un fenómeno raro y relacionado más bien con otras causas. Lo que hace el director («editor») es confiar una información más bien al redactor que la va a hacer a gusto y aislar al editor («publisher») de cualquier debate sobre la política del periódico.

    También cuentan los sentimientos de respeto y de estima por los superiores. La gratitud al que le ha contratado a uno o le ha enseñado y el afecto personal a los mayores tienen un papel en promover la conformidad. Como lo tienen las aspiraciones a subir. La promoción se consigue con informaciones interesantes, que se escojan para ir en portada. Lograr tales informaciones es una manera de mejorar y para ello es lógico ajustarse a lo que se espera y desea, a la política del periódico.



    En torno de la noticia

    Otra razón finalmente propicia la conformidad: es la naturaleza agradable y atractiva de la profesión. La redacción es un lugar de amigos, allí todo el mundo es tratado como un compañero. Hay un margen para negociar cómo se prepara una información. A los periodistas les gusta su trabajo. Los periodistas están cerca de las grandes decisiones sin tener la responsabilidad de tomarlas. Tocan el poder sin tener que usarlo. Así la moral de trabajo es alta, aunque no siempre lo sea la paga. Algunos podrían ganar más en otra cosa, pero les gusta esto. Les gusta además saber que la gente presta atención a su trabajo.

    Y todavía se añade a ello una razón complementaria, que quizá sea el secreto de todo. La noticia es un valor. Aunque no haya ocurrido nada especial, hay que ofrecer noticias que tengan gancho. Es una aventura, un «reto», un juego apasionante de todos los días. La noticia es lo primero. Cualquier discusión queda olvidada cuando salta la noticia. La solidaridad de la redacción se refuerza así. Los redactores saben que no se les paga por analizar la estructura social, sino por dar noticias. La armonía entre los redactores y sus jefes está cimentada en el común interés por las noticias.

    ¿Qué ocurre, cabe preguntar, cuando un redactor no se adapta? Las desviaciones se castigan, amablemente, con un comentario de paso —«No trates así al alcalde»— o reduciendo una información. No es raro que la información contraria a la política que se sigue aparezca pese a todo en el periódico, sin ninguna explicación aparente. Las normas no siempre están claras. Los jefes no siempre conocen todos los hechos. El valor informativo puede sobreponerse a la tendencia. Hay, además, un margen mayor para la información que cada cual descubre y cultiva. Algunos tienen su estatus de «estrellas». Todos estos factores pueden contar.

    Hay que recordar también que los lectores tienen un poder potencial sobre la prensa. No sólo tiene derecho el lector a un periódico interesante, sino a que las noticias que le interesan le sean presentadas con cierta objetividad. La presión en ese sentido se hace sentir de diversas maneras, especialmente sobre la empresa. La influencia de los medios sobre el público no puede separarse de la influencia del público sobre los medios. Esta influencia pasa por el periódico como negocio, más que por la sala de redacción, que en cierto modo funciona automáticamente en un ten con ten entre la dirección y los redactores centrado en el valor de la noticia.

    Señala Breed que el dueño de periódico, o más exactamente el editor («publisher»), se halla en el punto crucial en que se encuentran las fuerzas profesionales o de la sala de redacción, y las de la sociedad o comunidad en que se difunde el medio. A él le corresponde propiciar unas u otras. Otro periodista y estudioso del periodismo, Bagdikian (Davison, Phillips y Yu, comps., 1974), subraya por su parte el difícil equilibrio que debe mantener el director («editor»). Debe satisfacer al propietario, por una parte, y evitar pérdidas de difusión por un enfoque doctrinario de las noticias, por otra, y aprender a sacarle poder y presupuesto a su propietario mientras mantiene la confianza profesional de la redacción. Por todo ello tiende a evitar las controversias. Es significativo, añade, que un tema de conversación corriente entre los editores en la charla informal de última hora que se produce en las convenciones sea el de cómo aplacar a los propietarios y mantener al propio tiempo un buen nivel profesional de periodismo. Raramente se trata de un conflicto abierto. Y cuando sale a la luz acaba casi invariablemente en la dimisión del director.



    Una idea numérica de la selección

    Un estudioso de las comunicaciones tan reputado como Schramm (1973) señala que el estudio de cómo trabaja un «gatekeeper», un «guardabarreras», de cómo llega a sus decisiones es uno de los temas verdaderamente significativos de la investigación sobre comunicaciones. Para dar una idea numérica del proceso de «gatekeeping» Schramm adapta un estudio publicado en el Journalism Quarterly en 1954 sobre el flujo de noticias en la agencia Associated Press.

    Se estima que son de 100.000 a 125.000 las palabras que llegan de distintas fuentes a la redacción central de la agencia a lo largo del ciclo informativo diario. De éstas los jefes escogen y transmiten para Estados Unidos unos 283 ítems con casi 57.000 palabras. La redacción de la agencia en Wisconsin escoge unos 77 ítems con 13.352 palabras para los diarios de la zona. Esto representa el 27 % de los ítems y el 24 % de las palabras recibidas. Pero a eso añade 45 informaciones y 6.000 palabras de noticias de Wisconsin. A los teletipos del Estado envía pues 122 ítems con un total de 19.423 palabras. De ese flujo informativo, cuatro diarios de Wisconsin escogen y utilizan unos 74 ítems y 12.848 palabras. Esto supone un 61 % de los ítems y un 66 % de las palabras disponibles en los teletipos del Estado de Wisconsin. Pero la cadena no termina en el diario, sino que llega al lector.

    El lector no lo lee todo, y por lo tanto no se entera de todo. El «Continuing Study of Newspaper Readership» y otros estudios semejantes indican que el lector corriente lee entre un cuarto y un quinto de las informaciones publicadas en su diario. Leerá, pues, unas 15 informaciones y unas 2.800 palabras. De los 283 ítems que salieron de la sede central de la agencia puede que lea unos nueve.



    Para comprender al «gatekeeper»

    Actúan como «gatekeepers» desde el director que escoge la noticia de portada hasta el redactor que decide qué aspectos de una vista pública pondrá en su crónica o qué datos incluirá y cuáles desechará en un suceso. Algunos «gatekeepers» tienen especial influencia. Bagdikian considera que el «gatekeeper» típico es la persona que con diferentes nombres controla el flujo principal de la información: «managing editor» en un diario pequeño, «news editor» en uno mayor, o también «telegraph editor» o «wire editor». Este dispone de cinco, de diez o de más noticias pOT cada una que puede publicar.

    Para sugerir la variedad de factores que pueden entrar en juego a la hora de adoptar decisiones Davison, Bylan y Yu (1976) mencionan un experimento contado por un directivo de la Associated Press en un seminario de periodistas celebrado en la Stanford'University. Diez «telegraph editors», la mayor parte de los cuales habían sido reporteros antes, fueron invitados a visitar algunos países latinoamericanos, con los gastos pagados por una fundación. A su regreso, la proporción de noticias de América latina que aparecieron en sus periódicos sufrió un incremento del 75 9.

    Pero quizá la mejor manera de comprender cómo trabaja el «gatekeeper» sea recordar cómo operamos nosotros cuando hacemos de «gatekeeper» en la vida corriente. Pues «gatekeeper» no es sólo el periodista que manda una noticia a la imprenta y otra a la papelera, sino el profesor que prepara una bibliografía para sus alumnos o el bibliotecario que recomienda ios libros que hay que comprar con arreglo a un presupuesto. O el marido que llega a casa y cuenta algo de lo que ha pasado en la oficina o ha visto en la calle y la mujer que le cuenta algo de lo que ha pasado en casa o ha visto en el mercado, y si trabaja fuera algo de lo que ha ocurrido en su propia oficina o tienda. Y si tienen hijos y están comiendo en la mesa cada uno tiene sus razones particulares para decidir qué cuenta y qué no cuenta a los demás de lo que sabe y qué temas aporta o evita.

    El «gatekeeper» se ha convertido en un modelo de profesionalismo periodístico que ha resistido, como ha estudiado Morris Janowitz (1975), la competencia de otro modelo periodístico que irrumpió con empuje en los años sesenta: el del «abogado» o «defensor», periodista defensor de causas nobles, aunque fueran causas perdidas, abogado de sus «clientes» y crítico de la sociedad. La «objetividad», siquiera fuera como ideal inalcanzable, se vio entonces desacreditada como «ritual estratégico» que defendía al personal de los medios contra los riesgos de su profesión. Pero al buscar base suficiente para su independencia profesional el periodista «abogado» o «defensor» tuvo finalmente que replegarse sobre el viejo ideal del «gatekeeper». Y así la orientación profesional del «gatekeeper» sigue representando la creencia de que los métodos científicos tienen vigencia en muy distintos campos de la sociedad y que el periodismo puede hallarse también en esa zona de influencia.

    Siquiera sea para comprender cómo trabaja el «gatekeeper» es útil recordar cómo operamos cada uno de nosotros en el «gatekeeping» de la vida corriente, qué contamos y dejamos de con- T tar, cómo influimos en la conversación corriente y nos adaptamos a ella. Lo que pasa en los medios es lo que pasa en la sociedad, lo que pasa en la sociedad es lo que pasa en los medios.



    1. ¿Qué es más noticia y por qué?

    ij.a noticia es la definición periodística de un hecho. Pero no de cualquier hecho, porque no cualquier hecho sirve como noticiaJAveriguar qué condiciones ha de reunir un hecho para ser noticia y qué rasgos tienen en realidad los hechos que los medios toman y venden como noticia es importante, porque nos permite comprender cómo trabajan los medios y cómo usamos todos los hechos que son noticia. Eso equivale a investigar las funciones de los medios, implícitas en la selección de noticias.

    Pero a mi entender, la cuestión decisiva —y menos estudiada— no consiste en saber qué es noticia, sino en averiguar qué es más noticia. Puesto que, como sabemos, los medios trabajan con una gran abundancia de noticias, favorecida por la multiplicidad de recursos y esfuerzos que se ponen en captar el mayor número de noticias posible, por la capacidad y el número de fuentes poderosas y contrapuestas interesadas en suministrar información al público a través de los medios y a veces sin aparecer ellas y también, finalmente, por los principios de universalidad y de neutralidad que presiden la búsqueda de noticias. Pues si «todo entra» con tal que no haya sido noticia ya, y si no importa que el hecho sea bueno o malo, favorable o desfavorable, el número de hechos será el mayor posible y la selección de los «gatekeepers» se hará sobre una gran abundancia de noticias. Todas ellas serán posiblemente noticia, pero el problema consistirá en elegir las que sean más noticia que otras. Como el trabajo de redacción es un trabajo en equipo y la captación y selección de noticias pasa generalmente por varias manos, la referencia, por lo menos implícita, a la hora de escoger será qué hecho es más noticia que otro.



    Aciertos y errores

    Estas decisiones se toman de una manera rápida e intuitiva. Sobre la base de las observaciones reunidas a lo largo de un completo estudio patrocinado por la Rand Corporation, más la seguridad profesional propia de quien ha sido uno de los «edi- tors» del Washington Post, Ben H. Bagdikian (1971) llega a la conclusión de que el «gatekeeper» de noticias típico toma sus decisiones con notable rapidez. Leer las informaciones que descarta le lleva uno o dos segundos cada una. Las informaciones que van a publicarse piden más tiempo, pero no mucho. A un «gatekeeper» muy rápido le tomaba un promedio de cuatro segundos preparar (leer, decidir usarla e indicar los cambios que había que introducir) una información de 225 palabras. Informaciones más cortas podían pedir un par de segundos, otras más largas diez como máximo. La media era de seis segundos por información escogida.

    Son virtuosos de la adopción de decisiones, concluye Bagdikian, que juzgan de un modo casi instantáneo, sin tiempo para la reflexión y cualesquiera valores que apliquen lo hacen de un modo automático. No hay tiempo para la reflexión ni casi para el debate, que de todos modos, por rápido y esbozado que resulte, entraña ya un principio de reflexión o el recurso a lo que Gans (1979) llama consideraciones. Hay unos principios de selección, referencias consuetudinarias y convertidas en orientación práctica para realizar la selección y adoptar tantas decisiones en tan poco tiempo y dándoles tan poca importancia.

    Como ha observado Bernard Roshco (1975) en su penetrante análisis de la formación de las noticias, la esencia de la valoración de las noticias es que es consensual. Se aprende en la repetición de las rutinas informativas diarias. La valoración de las noticias («news judgment») es la evaluación del contenido informativo potencial a partir de las preferencias que dominan en una organización. En el interior de una redacción la valoración de las noticias sobre un tema o una información puede verse influida por las preferencias y caprichos de redactores, directores o editores. Pero en conjunto lo que la configura es más bien la estructura social en la que los redactores y directores viven y trabajan. La valoración de las noticias es, en definitiva, un reflejo de las convenciones económicas y políticas que enmarcan el orden social y moldean los valores en una sociedad.

    La valoración de las noticias implica una selección sucesiva. Hay lo que entra y lo que no entra, lo que se destaca y lo que no se destaca. Pero esa selección, en la que intervienen muchas personas, no es caprichosa, ni en el fondo inapelable. Es cierto que las decisiones se aplican inmediatamente; sin embargo, aunque resulten ya irreversibles, se vuelve sobre ellas al día siguiente para comentarlas. Los periodistas discuten si acertó su diario —o su noticiario radiado o televisado— o si anduvo más acertada la competencia cuando destacó otra noticia.

    El hecho de que se discutan las selecciones de noticias que hacen los diversos medios y que se haga pensando en si «quizá nos equivocamos», o más generalmente comentando que son ellos los que «se han equivocado» al destacar tal hecho noticioso en lugar de tal otro indica que, en efecto, la decisión no es caprichosa ní indiferente, que en el fondo se piensa que unas noticias son más noticia que otras. Destacar tal hecho por encima de tal otro, «valorar» tal noticia por encima de cual, se considera un «acierto» o un «error».

    Las discusiones sobre noticias publicadas tienen sentido en primer lugar porque cada medio hace la selección «a ciegas», es decir, sin saber qué van a escoger los demás. Aun así, los diarios de la mañana están pendientes de ver con qué noticia abren los noticiarios de radio y televisión. Pero sólo a posteriori se dispone de los datos completos de lo que han publicado los demás diarios. Y se discute a posteriori, además, porque el tiempo es un factor fundamental en el juicio. Sólo el tiempo permite ver si efectivamente tal hecho era más noticia que tal otro, pues sólo el tiempo descubre poco a poco las repercusiones de los hechos, su incidencia en las acciones públicas en curso, es decir, su importancia.

    Una teoría del periodismo tiene que preguntarse si hay una respuesta única, lógica y satisfactoria a la cuestión de saber qué hecho es más noticia que otro. La respuesta será, como es natural, abstracta, pero tendrá que ser también verificable. La respuesta estará implícita, aunque sea de forma inconsciente, en las discusiones sobre noticias y en los juicios sobre acierto o error al haber destacado una noticia en vez de otra. Pero tendrá que poder relacionarse no sólo con los procesos de selección de noticias que se realizan en los medios, sino también con el uso de las noticias que hacen los lectores u oyentes, con la función de las noticias en la sociedad. Una buena teoría, se ha dicho, proporciona algún camino para explicar un sector de la realidad. Las teorías permiten comprender fenómenos complejos porque pueden integrar observaciones, generar predicciones y explicar por qué las variables funcionan como funcionan (Rearden, 1983, pág. 71).



    Función social de la noticia

    Tomaremos como punto de partida la ya citada frase de Charles A. Dana («Noticia es cualquier cosa que hará que la gente hable») y la aguda glosa que de ella hizo Robert E. Park (Schramm, comp., 1960, pág. 19): «Esta definición sugiere de cualquier modo los objetivos del nuevo periodismo. Su propósito era imprimir todo lo que hiciera que la gente hablara y pensara, pues la mayor parte de la gente no piensa hasta que empieza a hablar. El pensamiento es después de todo una especie de conversación interna».

    El efecto de la noticia que «funciona» realmente como tal es conseguir que la gente hable de aquel hecho que la noticia define y comunica y que, al hablar de él, piense en lo que significa. El significado de las cosas y las acciones se concreta en la conversación. Y cuando la gente piensa en lo que dicen los medios que pasa en el mundo se pregunta en seguida qué va a pasar, cuáles serán los efectos y consecuencias de aquel hecho, qué otros hechos van a seguirle. Eso supone que toda noticia hace pensar al que la recibe en sus repercusiones, fo que equivale a pensar oscuramente en las noticias que van a seguir y en su posible significado.

    Por consiguiente, puede decirse que es más noticia que otra aquella noticia que más se quede grabada en la mente del lector u oyente, y durante más tiempo le ayude a interpretar un cierto número de hechos sucesivos y posteriores. O también se puede decir que es más noticia que otra la que abra un filón de hechos (consecuencias, repercusiones) más importantes y duraderos, que modifique más el curso de los acontecimientos o que tenga mayor trascendencia en el futuro^En definitiva, puede decirse que es más noticia aquella que tendrá más repercusiones, que hará hacer y decir más cosas, que se prolongará más tiempo en el mismo medio que la ha dado y en otros que la recojanj La noticia más útil al lector u oyente, aquella por la que con razón pudiera pagar más, será aquella que mejor le sirva para entender lo que pasa y hacerse cargo de lo que va a pasar, para entender lo que le espera o también aquello en lo que él mismo pueda influir. La noticia más provechosa para la actuación de más personas durante más tiempo será, con toda lógica, más noticia que aquella que sirva a menos personas para actuar durante menos tiempo y mucho más que aquella que ni siquiera consiga que la gente hable de un hecho y, al hacerlo, piense en él.

    Los EFECTOS DE UNA NOTICIA

    El benemérito Harold D. Lasswell (Schramm, comp., 1960; Moragas, comp., 1985), en su clásico estudio sobre la estructura y función de la comunicación en la sociedad, dice que los procesos de comunicación en la sociedad cumplen tres funciones: á) vigilancia del entorno, al descubrir las amenazas y las oportunidades o posibilidades que afectan a los valores de la comunidad y de sus componentes; b) correlación de los componentes de la sociedad al preparar y llevar a cabo una respuesta al entorno; c) transmisión de la herencia social.

    Al examinar ese proceso en cualquier Estado de la comunidad mundial se encuentran también tres clases de especialistas. Unos vigilan el entorno político del Estado en conjunto, otros mantienen las relaciones recíprocas que facilitarán la respuesta de todo un Estado a su entorno, y unos terceros transmiten pautas y modelos de respuesta de los viejos a los jóvenes. En el primer grupo, señala el mismo Lasswell, encontramos a los corresponsales en el extranjero, en el segundo a los directores y a los periodistas en general. El primero y el segundo momento son pues los más relevantes en el estudio del periodismo y de los dos es obvio que el momento decisivo es el de la preparación de las respuestas a los hechos que los vigilantes descubren en el entorno. La función de los medios al mantener la correspondencia entre los diversos elementos de la sociedad —lo que puede llamarse mediación— es decisiva en la configuración del futuro social.

    De esa función forman parte esencial la selección de noticias, y en el influjo de las diversas noticias se podrá lógicamente apreciar sus más y sus menos, efectos más importantes y duraderos y otros de menor trascendencia. Si una noticia produce efectos, éstos podrán ser mayores o menores. Los efectos pueden comprobarse en la huella que dejan en las acciones sociales que se desarrollan de una manera sucesiva. Esos efectos de las noticias en la sociedad los comenta todo el mundo, incluidos los propios periodistas. Los comentan en sus repercusiones concretas sobre acciones concretas, más interesados por la actualidad que por la teoría, pero será lógico deducir, generalizando, que son más noticia que otras las noticias que produzcan más y más importantes efectos. Y como la importancia de un efecto puede descomponerse en otros efectos, podremos dejar de lado la «importancia» de los hechos en que las noticias repercuten y limitarnos a considerar el número de hechos registrables. Y como los hechos se registran como noticia será más noticia la que repercuta en más noticias.

    Un hecho «grande» se descompone o repercute en otros muchos hechos y podemos considerar, siguiendo a Parsons (1968), que se puede hablar de acto unidad —para nosotros, el hecho—, especie de nudo momentáneo que forman personas y circunstancias en las cadenas de medios y fines. También el factor tiempo puede «ahorrarse», puesto que si sumamos hechos es evidente que el transcurso del tiempo aporta una cierta acumulación de hechos en cualquier proceso o acción continuada. El hecho que repercuta en más hechos será, por consiguiente, más noticia, siempre que esos hechos a su vez sean noticia. Por lo demás, sólo los hechos que son noticia aparecerán a nuestros ojos en el examen de las repercusiones de una noticia. Lo que no es noticia no queda registrado, resulta invisible y es, por lo tanto, insignificante.

    El hecho que repercute en más hechos

    En resumidas cuentas, podemos concluir que es más noticia el hecho más capaz de repercutir en otros hechos que sean noticia (Gomis, 1987b). Un hecho es más noticia que otro en la medida que de él se deriven más hechos que sean noticia que del otro hecho que con él secompare. Esta repercusión podrá medirse por el número de hechos posteriores en que el antecedente^ se tome, al menos implícitamente, como referencia. El medio que destaque el primer hecho acertará y el medio que destaque otro hecho que aquel día compitiera con aquél en el mercado de las noticias errará. Porque el conocimiento y la asimilación del primer hecho habrá sido más útil al receptor para hacerse cargo de la realidad en que vive, de lo que va a pasar y de lo que a él mismo le conviene hacer para responder a las novedades del entorno de una manera provechosa.

    El primer hecho habrá servido para interpretar más hechos que cualquiera de los que, por error, podían los medios haber destacado en vez de aquél. Naturalmente, el juicio de aciertos y errores debiera hacerse en el marco de cada medio y para el público al que se dirige. No es la misma así la noticia que es más noticia que otra en todos los lugares ni para todas las audiencias. Pero también será bueno señalar que la diferencia de lugares es más relevante que la de públicos, puesto que los lectores de distintos periódicos y los que siguen distintos canales de televisión o emisoras de radio ponen en común sus impresiones en la conversación que socializa sus informaciones.

    Que un hecho sea más noticia que otro no significa tampoco que eso pueda saberse con certidumbre en un momento determinado. Será el tiempo el que lo diga, confirmando la intuición de quien la tuvo. El modesto periódico que en el Oriente próximo publicó el primer hecho de una serie de noticias sensacionales —lo que se ha llamado Irangate— referentes a la política de Estados Unidos con Irán y la contra nicaragüense no sabía que aquello que publicaba era tan noticia como realmente era. Pero en seguida empezó a apreciarse por la repercusión que tuvo en Estados Unidos con el paso de los días y la sucesión de noticias, debidamente destacadas por los medios más importantes. Y resultados tan llamativos como las dimisiones de Norton y Pointdexter vinieron a confirmar la repercusión de una noticia.

    La repercusión futura de los hechos inmediatos es difícil y a veces imposible de captar. El marinero que gritó «¡Tierra!» en el primer viaje de Colón a las Indias no sabía si aquella tierra eran ya las Indias a las que pretendían llegar o una isla en el camino. Y ni él ni siquiera el Almirante sabían que estaban descubriendo un continente insospechado que luego se llamaría América. Pero la ignorancia de la trascendencia que tienen los hechos no quita que tengan trascendencia y que ésa sea mayor o menor. La ignorancia de los periodistas no impide que un hecho sea más noticia que otro y que publicarlo destacado constituya un acierto, porque supone un mejor servicio al lector y un mayor influjo en la sociedad y llevarlo a páginas interiores o peor aún tirarlo al cesto constituya un error, mayor en el segundo caso que en el primero.

    Hay algo de azar en el descubrimiento de la trascendencia futura de los hechos, pero hay también algo de capacidad profesional, que en parte es un don, una especie de sentido —el llamado «olfato» periodístico— y en parte algo que se adquiere con la educación y la experiencia.



    El conocimiento contextual de un periodista

    Al estudiar el significado de la incertidumbre, distingue Anthony Downs (1973) entre raciocinio, conocimiento contextual e información. Por incertidumbre entiende la carencia de conocimiento seguro acerca del curso del pasado, del presente, el futuro o de sucesos hipotéticos. Por raciocinio entiende la posibilidad de utilizar los procesos lógicos y los principios del análisis causal; da por supuesto que todos los hombres lo poseen. Por conocimiento contextual entiende la conciencia de las fuerzas básicas influyentes en determinado campo de operaciones. Consiste en la captación de las relaciones existentes entre las variables fundamentales en determinado campo. El conocimiento contextual es más específico que .el raciocinio, no es común a todos los hombres, sino adquirido en mayor o menor grado mediante la educación, y puede ser objeto de especialización. Por información entiende finalmente los datos acerca de la evolución y situación actual de las variables que constituyen el objeto del conocimiento contextual.

    Así, añade Downs, un sujeto puede conocer la estructura monetaria de un país sin estar informado del nivel actual del tipo de interés, del volumen de la oferta monetaria, etc. La falta de conocimiento contextual constituye la ignorancia, que hay que distinguir de la falta de información. Para combatir la ignorancia el hombre necesita educación, mientras que para combatir la falta de información (si ya se posee conocimiento contextual) lo único que necesita es información, que es menos cara que

    la educación, pero también tiene un coste. De estas definiciones se desprende según el profesor de Stanford que un sujeto puede poseer conocimiento contextual sin estar informado, o estar informado sin poseer dicho conocimiento, pero que no puede interpretarse \a información sin poseer conocimiento contextual.

    Downs aplica todo ello al que llama ciudadano informado, que es el que posea tanto el conocimiento contextual como la información acerca de los factores influyentes en su adopción de decisiones. Nosotros podríamos aplicarlo al periodista y a la adopción de decisiones respecto de lo que es más o menos noticia y, por consiguiente, debe ser seleccionado o desechado, destacado o simplemente publicado en algún lugar. El conocimiento contextual es decisivo en el manejo de la información en un medio y es el que permite a un periodista sagaz e intuitivo apostar por aquel hecho que pueda tener más repercusiones, es decir, que sea más noticia. Pero en definitiva será el curso de los acontecimientos y con él el tiempo quien le dé o le quite la razón.

    La incertidumbre no hace más que acreditar el mérito de quien acierte a seleccionar y destacar el hecho que sea más noticia, según luego podrá comprobarse a posteriori. Pero no habrá que hablar de azar o simplemente de gustos o preferencias, sino que cabrá hacerlo de acierto o error, puesto que habrá acertado profesionalmente el medio que haya sido capaz de ofrecer a su audiencia los hechos que mejor permitan a ésta comprender la realidad en que vive y anticipar más o menos el curso del futuro, orientarse mejor en lo por venir. Todo hecho, en definitiva, es más o menos noticia que otro, porque todo hecho puede repercutir en más o menos hechos que sean noticia en lo sucesivo.



    La tesis que se sostiene

    La tesis que se sostiene aquí es que un hecho es más noticia que otro y que el criterio general de selección de noticias implícito en las decisiones que se adoptan en los medios es que es más noticia que otro el hecho que tendrá más repercusiones.

    El razonamiento es el siguiente:

    Los medios tienden a no dar más noticias que aquellas que les caben en el tiempo o espacios asignados, en los programas previstos y en las páginas disponibles según módulos de rendimiento publicitario o exigencias de mercado. Como consecuencia de ello, la selección de noticias es una necesidad y se realiza de una manera habitual, drástica y anónima, por personas diversas y según criterios que no están escritos en ninguna parte.

    El criterio básico de selección continua y sucesiva de noticias en los medios es que un hecho es más noticia que otro. Los medios dan por supuesto que unas noticias son más noticia que otras. Las que se publican son más noticia que las que se tiran a la papelera, las que abren un noticiario que las que vienen luego, las que titulan a cinco columnas que las que en la misma página titulan a una, las que publican en portada más noticia que las que van en páginas interiores. Sólo aquellos hechos que son más noticia que otros sobrevivirán en la implacable y necesaria selección que se produce en cada noticiario y en cada edición de periódico.

    Aunque los medios trabajan con independencia unos de otros, no se sorprenden si coinciden en la selección de noticias. Los periodistas que trabajan en los medios tienden a pensar que al destacar una noticia pueden haber acertado o errado. Los periodistas consideran que si tres medios publicaron una misma noticia los tres acertaron. Coincidir con otros se toma como una indicación de acierto más bien que de error.

    Los periodistas que trabajan en los medios tienden a pensar que han acertado si la noticia que destacaron tiene más repercusiones a lo largo de los días siguientes que aquella otra que finalmente desecharon. Por consiguiente, es más noticia el hecho que tiene más repercusiones en días sucesivos. Los periodistas consideran implícitamente que son más noticia que otros los hechos que van a tener más repercusiones.

    Entendemos por repercusiones aquellos hechos cuya interpretación se hace a la luz de la noticia publicada con anterioridad, ya sean acciones que se producen como consecuencia del hecho anterior, ya sean opiniones que suscita. Se entiende por repercusiones igualmente las acciones, los gestos, los comentarios, siempre que su comprensión remita al hecho anterior.

    Una noticia con repercusión es aquella que genera informaciones y comentarios a lo largo de varios días en los diarios y demás medios de comunicación. Una noticia que aparece en más medios tiene más repercusión que una noticia que aparece en menos y por lo tanto entenderemos que es más noticia. Una información que se desarrolle a lo largo de tres días tendrá más repercusión y por lo tanto será más importante que una que lo haga sólo dos días.

    En su trabajo de selección de noticias los medios aciertan y yerran. El acierto y el error pueden ser detectados y medidos. Cuanto antes reconozcan y destaquen los hechos que tendrán más repercusiones, más aciertan. Cuanto más los ignoren o esj condan, más yerran.

    A partir de tales criterios, José Francisco Muñoz Dorado (1988) realizó un penetrante trabajo de investigación cuyo método y resultados trataremos de resumir a continuación.

    El estudio se enmarca en la sección de España de cuatro periódicos —El País, Diari de Barcelona, Diario 16 y La Vanguardia— en la semana que va del 31 de agosto de 1987 al 6 de septiembre, domingo. En el estudio, la equivocación de un periódico es detectada por oposición al grado de acierto de los otros diarios. Por error en la selección de noticias entiende aquellas ausencias de informaciones en determinados diarios, informaciones que sí aparecen en otro u otros diarios y cuya repercusión es manifiesta. Por noticia con repercusión entiende aquella información que aparece por primera vez en, como mínimo, un diario, y que es seguida al menos un segundo día (consecutivo o no) por dos periódicos como mínimo. Cada error, es decir, cada ausencia de una información importante en un periódico es penalizado con un punto. De este modo, el análisis del estudio se hace con datos concretos y cuantificables.

    El estudio tiene en cuenta dos variables: número de errores y número de noticias. Los resultados son los siguientes: El País, 10 errores, 125 noticias; La Vanguardia, 12 errores, 104 noticias; Diario 16, 13 errores, 93 noticias y Diari de Barcelona, 14 errores, 67 noticias. Es evidente que el número de errores disminuye al aumentar el volumen de informaciones. La relación entre volumen de información y porcentaje de error es de 1 en el El País y La Vanguardia, de 1,13 en Diario 16 y de 2,17 en Diari de Barcelona. Diari de Barcelona es el periódico que tiene menos informaciones y más errores; sin embargo, cabe introducir un concepto que Muñoz llama rentabilidad. En efecto, para un volumen de noticias que es un 87 % más bajo que el de El País, Diari de Barcelona tiene un porcentaje de error que sólo es un 40 <7o más alto que el del mismo diario. Se podría decir en este sentido que Diari de Barcelona tiene una rentabilidad mayor que los otros diarios.

    Del estudio se desprende que: 1) los errores pueden determinarse y cuantificarse; 2) la probabilidad de error es mayor cuanto menor el número de noticias, y 3) cabe tener en cuenta no

    sólo el número absoluto de errores, sino también la rentabilidad informativa.


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