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Tendencias del pasado en la economía actual


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Tendencias del pasado en la economía actual

(Digresiones sobre la “Nueva” Edad Media)
- El mercader errante: las multinacionales son los nuevos señores feudales

(Lecturas seleccionadas)


De nada le sirve al orgulloso e insensible terrateniente contemplar sus vastos campos y, sin pensar en las necesidades de sus semejantes, consumir imaginariamente el solo toda la cosecha que puedan rendir.

Nunca como en su caso fue tan cierto el proverbio según el cual los ojos son más grandes que el estómago. La capacidad de su estómago no guarda proporción alguna con la inmensidad de sus deseos y no recibirá más que el del más modesto de los campesinos. Se verá obligado a distribuír el resto entre aquéllos que preparan lo poco que él mismo consume, entre los que mantienen el palacio donde ese poco es consumido, entre los que le proveen y arreglan los diferentes oropeles empleados en la organización de la pompa.

Todos ellos conseguirán así por su lujo y capricho una fracción de las cosas necesarias para la vida que en vano habrían esperado obtener de su humanidad o su justicia”

(Adam Smith - “La teoría de los sentimientos morales” - 1759)
“Por mas egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla”. Así comienza “La teoría de los sentimientos morales” de Adam Smith, el primer libro del escocés, aparecido en 1759 como inicio de su proyecto intelectual, que continuaría en 1776 con “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”, el libro que le ha granjeado mayor fama por su justificación teórica del capitalismo moderno.

El que hoy es visto como padre de la economía liberal en su tiempo era un filósofo moral, y ocupó esa cátedra en la Universidad de Glasgow. Smith formaba parte de la escuela de los sentimentalistas escoceses, para los que los sentimientos podrían ser la guía moral de la vida. Esa escuela, como recuerda Carlos Rodríguez Braun, editor del libro, pretendía lograr en las ciencias sociales lo que Newton había logrado en las naturales: una teoría general que pudiera explicar todos los fenómenos. Así, para Smith, la psicología humana no estaba gobernada por el azar: los sentimientos humanos no son arbitrarios, sino que estamos “irresistiblemente sentenciados” a tener los sentimientos que tenemos, por lo que pueden ser nuestra guía moral.

Y por eso “La teoría de los sentimientos morales” arranca recordando que las personas no son meramente egoístas, sino que, por diversos motivos, se interesan por la fortuna de los demás. De no ser así, el mundo sería un infierno: sentimos lástima y compasión ante el sufrimiento ajeno. Pero Smith prefiere hablar de “simpatía”. La simpatía, dice, denota “nuestra compañía en el sufrimiento ante cualquier pasión”. La simpatía no emerge de observar la felicidad o el sufrimiento de los otros, sino de la circunstancia que los causa. Nos ponemos en su lugar e imaginamos, imperfectamente, lo que sienten los otros en esa situación. De ahí, recuerda, viene el pavor a la muerte, “el gran veneno de la felicidad humana pero el gran freno ante la injusticia humana, que aflige y mortifica al individuo pero protege a la sociedad”. Por simpatía nos interesamos por la suerte del otro y aprobamos o no sus acciones, las valoramos como correctas o incorrectas, mirando la proporción que guardan con la causa que las origina. Pero esa simpatía que sentimos hacia los demás, la buscamos en ellos también. El ser humano no es autosuficiente, necesita del amor del otro: “La parte fundamental de la felicidad humana estriba en la conciencia de ser querido”. “Los principales objetivos de la ambición y la emulación son merecer, conseguir y disfrutar del respeto y la admiración de los demás”, bien sea a través del saber, o de la acumulación de riquezas. La riqueza, dice, “es una superchería que despierta y mantiene en continuo movimiento la laboriosidad de los humanos”. Así, el interés propio promueve el progreso social. Los ricos, aún egoístas, al satisfacer sus caprichos alimentan a los obreros con su gasto.

Pero no se trata de que Smith crea en el egoísmo. Lo reprueba, y trata de conciliar los intereses individuales con los colectivos: el egoísmo, afirma, no es lo mismo que el amor propio, que puede ser un motivo virtuoso para actuar. Ese amor que busca el propio bien, ya que uno es quien mejor sabe cuidarse, pero que no quiere lesionar a los demás, queda limitado de caer en el egoísmo por la mirada de los otros que se crea dentro de nosotros mismos. La simpatía nos da un sentido de la corrección y la justicia que nos lleva a respetar los intereses ajenos aunque nadie nos obligue. Y este tipo de justicia, que no lesiona al prójimo, no por las reglas jurídicas sino por la simpatía, es en la que cree Smith y fundamenta la sociedad liberal. Como escribe, “en la carrera hacia la riqueza, los honores y las promociones, el hombre podrá correr con todas sus fuerzas, tensando cada nervio y cada músculo para dejar atrás a todos los rivales. Pero si empuja o derriba a alguno, la indulgencia de los espectadores se esfuma. Se trata de una violación del juego limpio, que no podrán aceptar”

(Parte de un artículo aparecido en Lavanguardia.es, titulado: “La simpatía de Adam Smith”, el 2/5/04, con la firma de Juan Barranco)
Comienzo citando algunos párrafos significativos del libro “Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”, publicado por Adam Smith en 1776:


  • Durante un período de progreso -o sea mientras la sociedad avanza hacia ulteriores incrementos de riqueza- más bien que en el otro en que la sociedad alcanzó el máximo de las asequibles, es cuando la situación del obrero pobre -es decir, de la gran masa de la población- se revela como más feliz y confortable. Por el contrario la situación de ese obrero es dura en el estado estacionario y miserable en el decadente. El progresivo es, en realidad, un estado feliz y lisonjero para todas las clases de la sociedad: el estacionario, triste y el decadente melancólico.

  • Los principales inconvenientes de la sociedad económica en que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de riqueza y de ingresos.

  • El empleo más conveniente para cualquier capital de una nación es aquel que mantiene dentro del país a que pertenece mayor cantidad de trabajo productivo, y que más aumenta el producto de la tierra y del trabajo del país.

  • El hombre ha de vivir de su trabajo y los salarios han de ser, por lo menos, lo suficientemente elevados para mantenerlo… (a él y a su familia)…

La demanda de quienes viven de su salario no se puede aumentar sino en proporción al incremento de los capitales que se destinan al pago de dichas remuneraciones.

En consecuencia, la demanda de mano de obra asalariada aumenta necesariamente con el incremento del ingreso y del capital de las naciones y no puede aumentar sino en ese caso.



  • Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables.

  • Los pobres para conseguir el alimento, se afanan por satisfacer esos caprichos de los ricos, y en el afán de garantizarles tales satisfacciones, rivalizan en la baratura y perfección de su labor.

  • Los intereses de quienes trafican en ciertos ramos del comercio o de las manufacturas, en algunos respectos, no sólo son diferentes, sino por completo opuestos al bien público.

  • Todo para mí y nada para los demás: tal parece haber sido, en todas las edades, la máxima vil del poderoso.

  • La subsistencia del trabajador, o el precio real del trabajo, cambia mucho según las diversas circunstancias: es más abundante en la sociedad progresiva que en otra estacionaria, y en ésta que en un pueblo decadente.

  • Los beneficios elevados tienden a aumentar mucho más el precio de la obra que los salarios altos. En el aumento del precio de las mercancías el alza de los salarios opera del mismo modo que el interés simple en el acumulado de las deudas, mientras la elevación del beneficio actúa como el interés compuesto.

  • Parece, pues, que la proporción entre capital y renta es la que regula en todas partes la relación que existe entre ociosidad e industria. Donde predomina el capital, prevalece la actividad económica; donde prevalece la renta, predomina la ociosidad. Los capitales aumentan con la sobriedad y la parsimonia, y disminuyen con la prodigalidad y la disipación.

  • Cuando el hombre goza seguro los frutos de su trabajo, se esfuerza naturalmente en mejorar su condición y adquirir, no sólo lo necesario, sino las comodidades y refinamientos de la vida.

  • Los comerciantes ingleses se quejan frecuentemente del alto precio de los salarios del trabajo en su país, suponiendo que ese elevado precio es la causa de que no puedan venderse sus manufacturas tan baratas como las venden otras naciones en países extranjeros; pero guardan silencio acerca de los elevados beneficios que arrojan sus capitales. Se quejan de las extraordinarias ganancias ajenas, pero rodean de silencio las propias. En muchos casos los elevados beneficios del capital británico pueden contribuír tanto a encarecer el precio de las mercancías, como el precio exorbitante de los salarios y aún mucho más.

  • La recompensa liberal del trabajo, al facilitar a los trabajadores una mejor manera de atender a sus hijos, subdividiendo a la crianza, de un mayor número, de ellos, tiende de una manera natural a extender y ampliar aquellos límites… (se refiere a la riqueza de un país).

  • El monopolio hace que sean menos abundantes de lo que serían, de no existir, todas las fuentes originarias de renta: los salarios del trabajo, la renta de la tierra y los beneficios del capital. Al fomentar el interés de cierta clase de personas, perjudica los intereses de todos los demás habitantes del país y de todos los ciudadanos de otras naciones.

  • En los diferentes empleos de capital la tasa ordinaria del beneficio varía según la certeza o la incertidumbre de la ganancia… Rara vez se acumulan grandes fortunas, ni aún en las ciudades populosas en un determinado ramo de la industria conocido y admirado de una manera regular, como no sea a fuerza de una larga y laboriosa vida de frugalidad y de atención. A veces se hacen fortunas rápidas en estos lugares en lo que se llama negocios de especulación. Mas el comerciante de esta condición no ejerce una actividad determinada, regular y estable. Si el patrono es recatado y sobrio, los operarios que emplea, naturalmente lo serán también; pero si el dueño es gastador y pródigo, el criado, que norma su conducta por el modelo del amo, no podrá menos que seguir el ejemplo de él.

  • Perjudicar los intereses de cierta clase particular de ciudadanos con el sólo objeto de fomentar los de otra, es una norma contraria a la justicia y a la equidad, que todo gobierno debe tener en cuenta.

  • El consumo es la finalidad exclusiva de la producción, y únicamente se deberá fomentar el interés de los productores cuando ello coadyuve a promover el del consumidor.

  • No es difícil averiguar quienes han sido los inventores de todo el sistema mercantil. No fueron los consumidores, cuyos intereses se olvidaron por completo, sino los productores, cuyos intereses se favorecieron con tanta diligencia. Y entre éstos, nuestros comerciantes y manufactureros han sido los principales artífices de ese invento.

  • La bancarrota es siempre el resultado final de una gran acumulación de deudas. La elevación de la moneda ha sido el método usual para disfrazar la bancarrota, aunque tal expediente tiene consecuencias peores que en la bancarrota abierta.

  • El interés del comerciante consiste siempre en ampliar el mercado y restringir la competencia. Toda proposición de una ley nueva o de un reglamento de comercio, que proceda de esta clase de personas, deberá analizarse siempre con la mayor desconfianza y nunca deberá adoptarse como no sea después de un largo y minucioso examen, llevado a cabo con la atención más escrupulosa a la par de desconfiada.

  • La economía política, considerada como uno de los ramos de la ciencia del legislador o del estadista, se propone dos objetivos distintos: el primero, suministrar al pueblo un abundante ingreso o subsistencia, o, hablando con más propiedad, habilitar a sus individuos y ponerlos en condiciones de lograr por sí mismos las cosas; el segundo proveer al estado o república de rentas suficientes para los servicios públicos. Procura realizar pues ambos fines, o sea enriquecer al soberano y al pueblo.

  • El gobierno civil, en cuanto instituído para asegurar la propiedad, se estableció para defender al rico del pobre, o a quienes tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna.

  • Cuando el poder judicial y el ejecutivo se mantienen unidos, es casi imposible que la justicia no se sacrifique con frecuencia a eso que vulgarmente se llamó política. Las personas encargadas de los grandes intereses del estado, aún cuando no estén corrompidas, imaginan, a veces que es necesario sacrificar los derechos de los particulares a aquellos otros de que se acaba de hacer mención.

  • La educación de las clases bajas requiere acaso más atención del estado que la de las personas de jerarquía y fortuna, cuyos padres pueden atender a sus intereses y dedican sus vidas a diversas ocupaciones, principalmente intelectuales, a diferencia de lo que ocurre con los hijos de los pobres.

  • Un pueblo instruído será siempre más ordenado y decente que uno ignorante y estúpido.

  • Hemos de tener siempre presente que los impuestos deben recaer sobre los artículos de lujo, y no sobre los gastos necesarios de las capas inferiores del pueblo.

  • El comercio y la manufactura sólo pueden florecer en un estado en que exista cierto grado de confianza en la justicia del gobierno.

  • No existe ni ha existido país alguno de consideración en el mundo que pueda o haya podido subsistir sin haberse empleado en una u otra clase de manufactura…

Todo parecido con la actualidad es… real. Pero hay más:




  • Los patronos, siempre y en todo lugar, mantuvieron una especie de concierto tácito, pero constante y uniforme, para no elevar los salarios por encima de su nivel actual.

  • Algunas veces ocurre también que los patronos celebran acuerdos especiales para hacer descender los salarios por debajo del aquel nivel, a que acabamos de hacer referencia.

  • Es digno de notarse, también, que durante un período de progreso -o sea mientras la sociedad avanza hacia ulteriores incrementos de riqueza- más bien que en otro en que la sociedad alcanzó el máximo de las asequibles, es cuando la situación del obrero pobre -es decir, de la gran masa de la población- se revela como más feliz y confortable. Por el contrario, la situación de ese obrero es dura en el estado estacionario, y miserable en el decadente. El progresivo es, en realidad, un estado feliz y lisonjero para todas las clases de la sociedad; el estacionario, triste, y el decadente melancólico.

  • La máxima tasa de beneficio puede ser de tal naturaleza que absorba, en el precio de la mayor parte de los artículos, la parte íntegra que le corresponde a la renta de la tierra, dejando sólo lo que es suficiente para pagar a los trabajadores el esfuerzo de preparar y llevar al mercado los respectivos artículos, satisfaciéndoles el precio mínimo que se puede pagar por el trabajo, o sea la mera subsistencia del trabajador.

  • Para la mayor parte de los ricos, el mayor placer de la riqueza consiste en hacer ostentación de la misma, y ese placer nunca es tan completo como cuando se exterioriza en esos signos inconfundibles de una opulencia que sólo ellos poseen.

  • La práctica de las letras recíprocas (“peloteo de letras”) es tan conocida de las gentes de negocios que huelga detallarla.

  • Repetida esta comisión seis o más veces al año, el dinero que pudiese haber logrado por esta operación no podía ser menos de haberle costado algo más de un ocho por ciento al año, y a veces una cantidad superior, especialmente si se eleva la tasa de comisión, o se viese obligado a pagar interés compuesto sobre el rédito y la comisión de las primeras letras. Denomínase esta operación “levantar dinero por circulación”.

  • En el viejo régimen de Europa, todos cuantos ocupaban las tierras eran colonos que dependían de la voluntad del señor. Todos o casi todos eran esclavos, pero dicha esclavitud fue de una naturaleza más benigna que la de los griegos y los romanos, y aun puede decirse que más atenuada que las de las colonias inglesas de las Indias occidentales. Pertenecían más bien al suelo que al señor: estaban vinculados a la gleba. Podían ser vendidos con las tierras, pero no de una manera separada. También se podían casar con el consentimiento del señor, y éste no tenía facultad de disolver después el matrimonio, vendiendo al hombre o la mujer a distintas personas. Si el señor mataba o hería a uno de los colonos, incurría en cierta pena, generalmente muy leve. Pero estos seres se hallaban incapacitados para adquirir propiedad. Cuanto adquirían pertenecía al señor, y éste podía arrebatárselo a su arbitrio. Cualquier mejora o cultivo que por ellos se hiciese en las tierras, se consideraba como ejecutado por el dueño. Todo se hacía por su cuenta. Le pertenecían las semillas, el ganado y los instrumentos de labranza. Todo redundaba en su beneficio, y sus míseros esclavos no podían adquirir otra cosa sino el sustento cotidiano…

Continúo con: “El futuro de la libertad” (Fared Zakaria - 2003)


  • (Señores y Reyes) La geografía y la historia se combinaron para modelar la estructura política europea. El derrumbe del Imperio Romano y el atraso de las tribus germánicas que lo destruyeron permitieron la autoridad descentralizada en todo el continente; ningún gobernante poseía la suficiente capacidad administrativa para dominar un extenso reino que comprendiera tantas tribus independientes. Por el contrario, en su apogeo, la China de las dinastías Ming y Manchú, la India de los mongoles y el Imperio Otomano controlaban vastos territorios y pueblos diversos. Pero en Europa, los terratenientes y jefes locales gobernaron sus territorios y desarrollaron unos estrechos vínculos con sus súbditos. Éste fue el rasgo esencial del feudalismo europeo, a saber, que sus grandes clases poseedoras de tierras eran independientes. Desde la Edad Media hasta el siglo XVII, los soberanos europeos no eran más que personajes distantes que gobernaban sus reinos casi siempre de forma nominal. El Rey de Francia, por ejemplo, era considerado un duque en Bretaña y durante cientos de años sólo poseyó una autoridad limitada sobre esta región. En la práctica, si los monarcas querían hacer alguna cosa -iniciar una guerra o construir una fortificación- debían endeudarse y pedir dinero y tropas a los jefes locales, quienes se convertían en condes, vizcondes y duques durante el proceso. Así, la élite terrateniente europea se convirtió en una aristocracia con poder, dinero y legitimidad, en claro contraste con las noblezas cortesanas serviles y dependientes de otras partes del mundo. Esta relación casi igualitaria entre señores y reyes tuvo una gran influencia en el rumbo de la libertad.

  • La aristocracia inglesa era la más independiente de Europa. Los señores vivían en sus propiedades, gobernando y protegiendo a sus súbditos. A cambio, recaudaban impuestos, lo que les permitía mantenerse ricos y poderosos. Era, en palabras de un experto “una aristocracia laboriosa”: no mantenía un estatus mediante complejos rituales cortesanos sino tomando parte en la política y en el Gobierno en todos los niveles. Los reyes de Inglaterra, que consolidaron su poder antes de que lo hicieran la mayoría de sus pares en el continente, admitían que su autoridad dependía de la cooptación de la aristocracia o, al menos, de parte de ella. Cuando los monarcas tentaban su suerte se arriesgaban a desatar una violenta reacción por parte de los barones.

  • La Carta Magna, como se llamó al documento, fue considerada entonces como un fuero que recogía los privilegios de los barones y enumeraba los derechos de los señores feudales.

  • (Las consecuencias del capitalismo) Hacia el siglo XVIII, la inusual cultura política británica encontró un aliado esencial y definitivo, el capitalismo (Nota del autor: Se han escrito muchos libros acerca de las diversas definiciones del “capitalismo”. Emplearé el término en un sentido muy básico, que coincide con la definición que dan de él muchos diccionarios, incluyendo la “Oxford Paperback Encyclopedia” de 1998: “Un sistema de organización económica basado en el mercado y bajo el cual los medios de producción, distribución e intercambio están en manos privadas y son dirigidos por individuos o empresas…”). Si las luchas entre la Iglesia y el Estado, los señores y los reyes y los católicos y los protestantes abrieron una brecha en el muro que permitió la aparición de la libertad individual, el capitalismo derribó ese mismo muro. No hay nada que haya conformado el mundo moderno en la medida que lo ha hecho el capitalismo, destruyendo unas pautas que habían regulado la vida económica, social y política durante milenios… El capitalismo ha creado un mundo nuevo, tremendamente distinto del que existió durante milenios. Y el lugar en que sus raíces prendieron con más fuerza fue Inglaterra.

  • La protección sistemática de los derechos de propiedad transformó las sociedades, porque implicaba que la compleja red de costumbres y privilegios feudales -todos los cuales obstaculizaban el empleo eficiente de la propiedad- podía eliminarse. La élite terrateniente inglesa desempeñó un papel esencial en la modernización de la agricultura. Mediante el sistema de cercamientos, una forma radical de establecer sus derechos sobre los pastos y las tierras comunitarias de su propiedad, los terratenientes forzaron a los campesinos y ganaderos que habían vivido de esas tierras a dedicarse a labores más especializadas y eficientes. Entonces los pastos pudieron emplearse para apacentar ovejas destinadas al muy lucrativo negocio de la lana. Al adaptarse a la revolución capitalista en curso, los terratenientes ingleses aseguraron su poder y al mismo tiempo contribuyeron a modernizar su sociedad. Por el contrario, los aristócratas franceses practicaban el absentismo e hicieron muy poco para aumentar la productividad de sus propiedades mientras seguían recaudando unas pesadas cargas feudales de sus súbditos. Al igual que muchas otras aristocracias continentales, despreciaban el comercio. Además de la nobleza emprendedora, el capitalismo también creó una nueva clase de hombres ricos y poderosos que no debían su riqueza a la cesión de tierras por parte de la Corona sino a una actividad económica independiente.

  • Estos “terratenientes rurales” ingleses, que iban desde aristócratas de segunda fila a campesinos emprendedores, eran, en palabras de un historiador, “un grupo de pequeños capitalistas ambiciosos y agresivos. Eran los primeros integrantes de la burguesía, la industriosa clase propietaria que Marx definió como “los dueños de los medios de producción de una sociedad y empleadores de sus trabajadores”…

Finalizo con: “Imperio” (Michael Hardt y Antonio Negri - 2000):




  • El concepto de imperio se presenta como un concierto global bajo la dirección de un único conductor, un poder unitario que mantiene la paz social y produce sus verdades éticas. Y para que ese poder único alcance tales fines, se le concede la fuerza indispensable a los efectos de librar -cuando sea necesario- “guerras justas”, en las fronteras, contra los bárbaros y, en el interior, contra los rebeldes.

  • Las enormes empresas transnacionales constituyen el tejido conectivo fundamental del mundo biopolítico en muchos sentidos importantes. En realidad, el capital siempre se organizó con vistas a extenderse a toda la esfera global, pero sólo en la segunda mitad del siglo XX, las grandes empresas industriales y financieras, multinacionales y transnacionales comenzaron realmente a estructurar biopolíticamente los territorios globales.

  • Las actividades de las grandes empresas ya no se definen en virtud de la imposición de un dominio abstracto y la organización del simple saqueo y el intercambio desigual. Antes bien, son empresas que estructuran y articulan los territorios y las poblaciones. Tienden a convertir los Estados-nación en meros instrumentos que registran los flujos de mercancías, de monedas y de poblaciones que aquéllas ponen en movimiento. Las empresas transnacionales distribuyen directamente la fuerza laboral en los diversos mercados, asignan funcionalmente los recursos y organizan jerárquicamente los diversos sectores de la producción mundial. El complejo aparato que selecciona las inversiones y dirige las maniobras financieras y monetarias determina la nueva geografía del mercado mundial, o dicho de otro modo, la nueva estructura biopolítica del mundo.

  • Hoy casi toda la humanidad está absorbida, en mayor o menor grado, en la trama de la explotación capitalista o sometida a ella. Hoy vemos una separación aún más extrema entre una pequeña minoría que controla enormes riquezas y las multitudes que viven en la pobreza, en el límite de la impotencia. Las líneas geográficas y raciales de opresión y explotación que se trazaron durante la era del colonialismo y el imperialismo, en muchos sentidos, no se han debilitado, sino que, por el contrario, han crecido exponencialmente.

  • Marx trató de explicar la continuidad del ciclo de las luchas proletarias que emergían en la Europa del siglo XIX haciendo una analogía con un topo y sus túneles subterráneos. El topo de Marx salía a la superficie en los momentos de abierto conflicto y luego se recluía nuevamente en su morada subterránea, pero no para hibernar pasivamente, sino para cavar sus túneles, desplazándose en el tiempo, avanzando con la historia, de modo tal que llegado el momento adecuado (1830, 1848, 1870) surgía otra vez a la superficie. “¡Bien excavado viejo topo!”. Pues bien, sospechamos que el viejo topo de Marx ha muerto. En realidad nos parece que en la transición contemporánea al imperio, los túneles estructurados del topo han sido reemplazados por las ondulaciones infinitas de la serpiente. En la posmodernidad, las profundidades del mundo moderno y sus pasadizos subterráneos se han vuelto superficiales. Las luchas actuales se deslizan silenciosamente por la superficie de los nuevos paisajes imperiales. Quizá la incomunicabilidad de las contiendas y la ausencia de galerías comunicantes bien estructuradas sean una fuerza más que una debilidad: una fuerza, porque todos los movimientos son inmediatamente subversivos en sí mismos y no necesitan ningún tipo de ayuda o extensión externa para asegurarse su efectividad. Probablemente, cuanto más extiende el capital sus redes globales de producción y control, tanto más poderoso se vuelve cualquier punto de sublevación. Simplemente, concentrando sus propias fuerzas, sus energías, en una espiral tensa y compacta, estas luchas serpentinas golpean directamente en las articulaciones más elevadas del orden imperial… En resumidas cuentas, lo que define esta nueva fase es el hecho de que estas luchas no se vinculan horizontalmente entre sí, sino que cada una de ellas salta verticalmente, directamente, al centro virtual del imperio.

  • La práctica revolucionaria se refiere al plano de la producción. La verdad no nos hará libres, pero tomar el control de la producción de la verdad, sí. La movilidad y la hibridación no son liberadoras, pero tomar el control de la producción de la movilidad y la estasis, las purezas y las mezclas, sí lo es. Las verdaderas comisiones de la verdad del imperio serán asambleas constituyentes de la multitud, fábricas sociales de producción de verdad.

  • En todos y cada uno de los períodos históricos, es posible identificar, a veces negativamente, pero invariablemente de manera apremiante, a un sujeto social que está siempre presente, es en todas partes el mismo y siempre lleva una forma común de vida. Esta forma no es la de los poderosos y los ricos: éstos son cifras meramente parciales y localizadas, “quantitate signatae”. El único “nombre común” no localizado de diferencia pura en todas las épocas es el de los pobres. El pobre está desamparado, excluido, se lo reprime y explota. ¡Y aún así vive! El común denominador de la vida, la base de la multitud.

  • No es posible oponer resistencia al imperio a través de un proyecto que apunte a lograr una autonomía limitada, local. Ya no es posible retornar a ninguna forma social anterior, ni tampoco avanzar aisladamente. Deleuze y Guattari sostenían que, en lugar de resistirnos a la globalización del capital, debíamos acelerar el proceso. “Pero -se preguntaban- ¿cuál es el camino revolucionario? ¿Existe alguno? ¿Abandonar el mercado mundial…? ¿O podría ser ir en la dirección opuesta? ¿Ir aún más lejos, esto es, siguiendo el movimiento del mercado de decodificación y desterritorialización?”. Para combatir contra el imperio, hay que hacerlo en su propio nivel de generalidad e impulsando procesos que ofrece más allá de sus limitaciones actuales. Debemos aceptar ese desafío y aprender a pensar y obrar globalmente. La globalización debe enfrentarse con una contraglobalización, el imperio con un contraimperio.

  • El imperio se caracteriza por esta (una) estrecha proximidad de poblaciones extremadamente desiguales, lo cual crea una situación de permanente peligro social y requiere que los poderosos aparatos de la sociedad de control aseguren la separación y garanticen el nuevo ordenamiento del espacio social.

  • La revolución informática y de las computadoras, que permitió vincular entre sí a diferentes grupos de obreros en tiempo real a través del mundo, ha provocado una competencia feroz y desenfrenada entre los trabajadores. Las tecnologías de la información fueron empleadas para debilitar las resistencias estructurales de la fuerza laboral, no sólo en cuanto a la rigidez de las estructuras salariales sino también en cuanto a las diferencias geográficas y culturales. El capital pudo imponer así tanto la flexibilidad temporal como la movilidad espacial.

  • La política imperial del trabajo está concebida principalmente para bajar los costos laborales. Esto es, en efecto, algo semejante a un proceso de acumulación primitiva, un proceso de reproletarización.

  • Los flujos financieros y monetarios siguen más o menos las mismas pautas globales que la organización flexible de la fuerza laboral. Por un lado, el capital especulativo y financiero se dirige allí donde el precio de la mano de obra es más barato y donde la fuerza administrativa que garantiza la explotación es mayor. Por otro lado, los países que aún mantienen las rigideces de las leyes laborales y se oponen a la flexibilidad y la movilidad plena son castigados, atormentados y finalmente destruidos por los mecanismos monetarios globales.

  • El temor a la violencia, la pobreza y el desempleo es finalmente la fuerza primaria e inmediata que crea y mantiene estas nuevas segmentaciones… El miedo constante a la pobreza y la angustia ante el futuro son las claves para crear una lucha entre los pobres por obtener trabajo y para mantener el conflicto en el seno del proletariado imperial. El temor es la garantía última de las nuevas segmentaciones.

  • El control imperial opera a través de medios globales y absolutos: la bomba, el dinero y el éter.

  • Los teóricos de la crisis del siglo XX nos enseñan, sin embargo, que en este espacio desterritorializado y eterno donde se construye el nuevo imperio y en este desierto de significación, el testimonio de la crisis puede avanzar hacia la realización de un sujeto singular y colectivo, hacia los poderes de las multitudes. Éstas han internalizado la falta de un lugar y un tiempo fijo; son móviles y flexibles y conciben el futuro como una totalidad de posibilidades que se ramifican en todas las direcciones. El universo imperial que se ha formado, ciego a la significación, está colmado por la totalidad variadísima de la producción de subjetividad. La decadencia no es ya un destino futuro sino que es la realidad presente del imperio…



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