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Tema la filosofía moderna: el racionalismo y el empirismo


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TEMA 5.- LA FILOSOFÍA MODERNA: EL RACIONALISMO Y EL EMPIRISMO.

EL RENACIMIENTO: CIENCIA Y HUMANISMO EN EL ORIGEN DE LA MODERNIDAD


El mundo que vivimos hoy los países industrializados, centrado en las conquistas de la técnica y el culto al individuo, tuvo sus raíces más inmediatas en los acontecimientos que tuvieron lugar en la Edad Moderna. Y justamente los historiadores de la cultura han considerado siempre, que entre el mundo medieval y el moderno hay que situar un período de revitalización cultural, antesala de la modernidad, que se conoce con el nombre de Renacimiento.

Para situarnos en el espacio y en el tiempo, tenemos que decir que la Edad Media terminó alrededor del 1400, cuando tiene lugar la crisis de los dos grandes poderes que habían sostenido al mundo medieval: el Cisma de Occidente, que supuso la escisión parcial de la cristiandad y la decadencia consecuente del poder papal, y la quiebra del Imperio Cristiano Occidental, que había compartido con el papado el poder político, durante el medioevo. Europa se fragmenta en grandes Estados, que se organizan desde el supuesto de la igualdad jurídica entre ellos, superando la idea medieval de jerarquía entre los Estados, bajo el dominio del Papa y el Emperador. Asistimos, pues, políticamente a la aparición de las Monarquías nacionales en Francia, España (Reyes Católicos) e Inglaterra, organizadas bajo la fórmula del absolutismo político. Económicamente, estos Estados nacionales nuevos se sostienen por los préstamos de una burguesía financiera y comercial, que cada vez resulta más influyente social y políticamente.

El mundo europeo se amplia geográficamente con los descubrimientos del nuevo mundo, y religiosamente Europa abandona la unidad de la fe cristiana medieval, pues en este período tiene lugar las Reformas de Lutero, de Calvino y de Enrique VIII, que crean las bases del siglo XVII, un siglo repleto de convulsiones, crisis y guerras de religión.

Culturalmente, los cimientos del mundo moderno se ponen en el Renacimiento, que supuso una renovación del saber y de la cultura, centrados en dos soportes fundamentales: el humanismo y la ciencia.

El humanismo, como fenómeno cultural que se desarrolla sobre todo en Italia, tuvo un significado educador o pedagógico. Se trataba de configurar una nueva educación en los valores de la individualidad, la relación con la Naturaleza y el universalismo cultural. Esta educación buscaba sus fuentes principales en el mundo clásico, por lo que la lengua y la literatura grecorromana constituían las bases de la educación de los humanistas. A consecuencia del interés y entusiasmo suscitado por la literatura grecorromana, la fase humanista del Renacimiento inspiró la resurrección de la filosofía antigua en sus diversas formas. De aquellas filosofías revividas, una de las más influyentes fue el neoplatonismo, iniciado en la Florencia de los Médicis, con figuras tan importantes como Masilio Ficino y Pico de la Mirándola. Y tras los neoplatónicos, el humanismo renacentista se orientó después a la revitalización de otros autores clásicos, como Aristóteles, el estoicismo, el epicureismo, el escepticismo.

La expansión del humanismo se sirvió, sobre todo, de la imprenta, que facilitó enormemente la circulación de los textos clásicos, creando las condiciones para el intercambio permanente entre los intelectuales, que dieron lugar, por aquel entonces, a una especie de República de las letras, que así se llamó a la vinculación que existió entre ellos y a la circulación constante de ideas y saberes. Las bases de un mundo profundamente interconectado, que es una de las características de nuestra actualidad, a través de los medios de comunicación, se gestó en el Renacimiento, si bien limitada a las élites intelectuales y no a las masas, como ocurre hoy, gracias al poder de la imprenta entonces y ahora gracias a los medios audiovisuales.

Pero nuestro mundo actual tecnificado e industrializado se cimentó también en el Renacimiento, a través de la Revolución científica de los siglos XV y XVI.

Esta revolución fue un largo proceso creativo que supuso una transformación profunda en tres campos distintos: la imagen del Universo, por obra de la Nueva Astronomía, y la nueva concepción de la ciencia y de la metodología científica.

Hay que decir, en primer lugar, que el cambio en la imagen del Universo supuso una ruptura con la cosmología aristotélico-ptolemaica, imperante durante toda la Edad Media. En esta cosmología, que ahora desaparece, los rasgos más significativos eran:

1- Geocentrismo: El centro de la tierra coincide con el centro del Universo.

2-Esfericidad del Universo: El Universo es finito y ocupado por esferas transparentes de éter, en cuyo interior se encuentran los astros.

3-Heterogeneidad del Universo: El Cosmos se divide en dos regiones: el mundo supralunar, perfecto, compuesto de éter, donde los astros se mueven en esferas circulares y con movimientos constantes. Y el mundo sublunar, compuesto por los cuatro elementos, dotado de movimientos que tienden a su lugar natural.

Es Copérnico el que empieza a crear las bases de la nueva imagen del mundo. Y la novedad de su Astronomía consiste en suponer que el sol está en el centro del Universo, lo que implicaba que la tierra es un planeta más, que se mueve a su alrededor. En todo lo demás se mantiene dentro del sistema clásico, pues seguía suponiendo que las órbitas de los cuerpos celestes eran circulares. Lo que ha sido considerado por algunos "el hechizo de la circularidad", mantenido desde los griegos, desaparece con Kepler, que afirmó que los planetas recorren órbitas elípticas alrededor del sol, que ocupa uno de los focos de la elipse.

Finalmente, el dogma de la heterogeneidad del Universo se quiebra con las observaciones astronómicas de Galileo, que, gracias a la utilización del telescopio, observa la superficie de la luna y las manchas del sol, llegando a la conclusión de que los astros no eran cuerpos perfectos, compuestos de éter, como creían los aristotélicos.

Pero esta nueva Astronomía no hubiera sido posible sin un cambio en la concepción de la ciencia antigua. Este cambio se centró, sobre todo, en la matematización total de los fenómenos naturales, a tono con la visión de los pitagóricos y platónicos. Espacio y tiempo, concebidos de manera matemática, son dos conceptos fundamentales, pues el espacio físico se identifica con el espacio geométrico y el tiempo se representa como una realidad medible y expresable geométricamente. La matematización de los fenómenos físicos dio lugar a una visión mecanicista del Universo, frente al modelo organicista de la ciencia aristotélica. Esta explicación mecanicista analiza el Universo a partir de la existencia de la materia, que puede medirse y del movimiento, que también está sujeto al cálculo. El Universo se considera similar a una máquina, como por ejemplo el reloj, que era considerado entonces la más perfecta de las máquinas conocidas. En una concepción de este tipo se prescinde totalmente de analizar los objetivos o supuestos fines (teleologismo) que existen en la naturaleza, volviendo, pues, a un modelo similar al de los atomistas griegos.

Finalmente, la nueva metodología científica se configura gracias a Galileo, sobre unos supuestos bien diferentes a los antiguos. Así, por ejemplo, prescinde del principio de autoridad, al considerar que todas las opiniones, incluidas las de los grandes sabios del pasado, han de ser examinadas a la luz de principios racionales. Pero sobre todo, la nueva metodología supone la combinación armónica del experimento y la matematización. La experiencia se considera el punto de partida de la investigación, pero no se trata, desde luego, de la experiencia ordinaria del hombre común, sino de una experiencia analizada y controlada por la razón, reducida a sus elementos fundamentales y formulada en el lenguaje de las matemáticas. Lo mismo ocurre con el experimento propiamente dicho, que es construido y diseñado bajo la dirección de la razón e incluso a veces su realización se lleva a cabo sólo mentalmente. Además la razón matemática es la que lleva a cabo las demostraciones y deducciones que se puedan derivar de los datos. Todo esto queda reflejado en los tres momentos, que según Galileo ha de recorrer la investigación científica. A saber:

1-Resolución. Se reduce el fenómeno estudiado a las propiedades esenciales que lo constituyen, de modo que sólo las cualidades primarias (reducibles a extensión y movimiento) son tenidas en cuenta. (Momento de la experiencia controlado por la razón).

2-Composición. Se construye una suposición hipotética de carácter matemático, que relacione explicativamente los elementos del fenómeno, al tiempo que se deducen las consecuencias que se derivarían de la hipótesis construida. (Momento de la razón y matematización).

3. Resolución. Se pone a prueba la hipótesis, realizando experimentos que la verifiquen o refuten. Esta puesta a prueba se realiza, sobre todo, en las consecuencias y no directamente en la hipótesis misma. (Momento del experimento).

MARCO HISTÓRICO DE LA OBRA DE DESCARTES

Tras el período renacentista, entramos de lleno en la modernidad, en el siglo XVII, siglo que ha sido considerado por los historiadores como una época de crisis en todos los terrenos.

La economía sigue siendo esencialmente agrícola, y pese al crecimiento de la producción, el hambre es una amenaza permanente, pues el capitalismo emergente se ve constantemente afectado por la inestabilidad de los precios, que inciden negativamente en una adecuada distribución de los productos.

Socialmente, se mantiene la sociedad estamental, en la que se agudizan los conflictos sociales con la progresiva ascensión de dos nuevos grupos, el de los mercaderes y fabricantes. Políticamente, el siglo XVII es el siglo del absolutismo (Luís XIV y Richelieu en Francia, Carlos II en Inglaterra y Felipe IV y Olivares en España). Sin embargo, las monarquías absolutas no resuelven la crisis, sino que la agravan, pues son continuas las guerras y los enfrentamientos entre el pueblo llano y la nobleza.

La sensibilidad cultural expresa esta crisis en el arte Barroco, que refleja de manera pesimista lo que los escritores de la época llamaron 'la locura del mundo" o el mundo al revés. La idea de que lo real es ilusión, disfraz y sueño se expresa en unas de las obras cumbres del Barroco español, La vida es sueño.



Es verdad; pues reprimamos esta fiera condición, esta furia, esta ambición, por si alguna vez soñamos. Y sí haremos, pues estamos en mundo tan singular, que el vivir sólo es soñar; y la experiencia me enseña, que el hombre que vive, sueña lo que es, hasta despertar. Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; y este aplauso, que recibe prestado, en el viento escribe y en cenizas le convierte la muerte (¡desdicha fuerte!); ¡que hay quien intente reinar viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte! Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende. Yo sueño que estoy aquí destas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños sueños son.

Ediciones Cátedra, 1992, Madrid. pp.164-165. Edición a cargo de Ciriaco Morón Arroyo.

CARACTERÍSTICAS DE LA FILOSOFÍA MODERNA

Si en el lenguaje ordinario se denomina racionalista a aquella persona que rehuye de toda creencia infundada o superstición y que no reconoce más evidencia que la aportada por la sola luz de la razón, en el contexto de la filosofía este término hace relación a una particular corriente filosófica surgida en el siglo XVII de manos de René Descartes (La Haye, Francia, 1596-1650) y cuyos máximos exponentes fueron Baruch Spinoza (Amsterdam, 1632-1677) y G. Wilhelm Leibniz (Leipzig, 1646-1716).

Tradicionalmente se suele contraponer el racionalismo a otro movimiento aparecido paralelamente en Inglaterra, el empirismo de Locke, Berkeley y Hume, aunque ambas corrientes mantienen ciertos rasgos generales propios de la modernidad a la que representan.

Como toda la filosofía moderna, el racionalismo y el empirismo se caracterizan por una serie de rasgos bien definidos, que distinguen a la filosofía de este período del resto de las formas de pensamiento.

Son características comunes al racionalismo y al empirismo, al igual que a la obra de Kant, las siguientes:

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