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Socialismo y anarquía Errico Malatesta


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Socialismo y anarquía” de Errico Malatesta

SOCIALISMO Y ANARQUÍA*

Errico Malatesta



PRÓLOGO DE MAX NETTLAU**


CAPÍTULO I
JUVENTUD Y VIDA MILITANTE DE 1871 A 1889

El viernes 22 de julio de 1932 a medio día murió en Roma Errico Malatesta. Lo libertó la muerte de cruel enfermedad, y también de una refinada privación de libertad que sólo los ex socialistas autoritarios saben imponer, con el deseo de inutilizar por el aislamiento a sus víctimas libertarias.


Lenin aisló a Kropotkin en un pueblo y supo evitar que fuera a reponerse en clima propicio. Mussolini, ex socialista, aisló a Malatesta en su propia casa, y cuando el anciano quiso asomarse al mar, persecución policíaca le forzó a volver pocos días después a la ciudad calurosa, ardiente. Otros socialistas eligieron el desierto como residencia de los adversarios anarquistas, haciendo prácticamente imposible que los enfermos pudieran encontrar algún alivio. El calabozo del tirano era preferible a la crueldad hipócrita del aislamiento. Por lo demás, los socialistas autoritarios de todos los tiempos conservan los calabozos para poblarlos con otras víctimas.
Nació Malatesta el 4 de diciembre de 1853 y ha sobrepasado la edad de Kropotkin (1842-1921) en algunos meses, cediendo la vida de ambos a la misma enfermedad crónica, acentuada y enconada en el curso de una larga lucha contra la muerte. El clima de Inglaterra, húmedo y brumoso, quebrantó probablemente la salud de los dos hombres. Kropotkin estaba acostumbrado al frío seco de Rusia, Malatesta a la generosa templanza del Mediodía italiano. Malatesta fue también víctima del trabajo. Hacía instalaciones eléctricas y tuvo que trabajar frecuentemente en condiciones muy peligrosas para los pulmones, no muy resistentes. Necesitó poner su cuerpo en contacto con las piedras frías, entre corrientes de aire que le produjeron una pulmonía en cierta ocasión, llevándole a las puertas de la muerte. Siguió una dilatación de bronquios que le predispuso a resentirse del tiempo, sobre todo entre el invierno y la primavera. En el verano de 1931, que fue muy caluroso, tuvo Malatesta que apartarse del mar y un camarada americano que le visitó a la sazón, pudo advertir que el anciano estaba muy desmejorado. Meses después tuvo que atender una grave enfermedad de su compañera. Cuando al terminar el año se regocijó con la mejoría de la compañera, pudo gozar unas semanas de relativa salud, pero en abril se vio aquejado de la misma enfermedad que ha vencido su vida.
En la última carta que recibí de Malatesta (31 de mayo) escribe: «Sí, amigo mío, estoy bastante mal todavía, lejos de curarme. Después de una mala temporada tuve una bronquitis que me puso a un paso de la muerte. No estoy bien, tal vez no soy siquiera un convaleciente, aunque mejoro lentamente y tal vez pueda salvar la vida de nuevo».
La gravedad se inició del 15 al 20 de abril y desde entonces apenas pudo respirar más que con auxilio del oxígeno. Se debilitó el corazón a consecuencia de los constantes esfuerzos y de la alimentación insuficiente. Luchó denodadamente contra la muerte. Bertoni me enseñó una carta de Malatesta recibida el 16 de mayo: «Paso una parte del día amodorrado, medio dormido, como embrutecido. Generalmente no puedo descansar de noche. Vivo una tragedia íntima, la del afecto que me tienen los compañeros y el tormento de no merecerlo. Hay algo peor, y es la conciencia que tengo de no poder hacer ya nada. Francamente, cuando tanto se soñó y tanto se esperó es doloroso morir como yo, en vísperas de acontecimientos tan deseados…»
Al período de abatimiento y sin duda alguna de agotamiento y debilidad física, siguió la mejoría a que se refiere la carta del 31 de mayo. La mejoría se manifiesta también por una avidez de noticias, verdadera sed de estar al corriente de los acontecimientos. Era muy difícil complacer a Malatesta, puesto que no se le podía hablar con libertad teniendo como tenía la correspondencia intervenida y algunas veces secuestrada. Lo mismo ocurría con los impresos. Creo que no reaccionaba leyendo la correspondencia recibida en tan precarias condiciones. Yo no me atrevía a completar la información suponiendo que tardaría en curarse, aunque no dejaba de esperar. Ignoro todavía concretamente las circunstancias de su muerte: no sé si ha fallecido a consecuencia de la debilidad del corazón por insuficiencia de fuerzas para reaccionar o bien ha sido víctima de una recaída o ataque violento. El hecho es que nos deja, y como estuvo siempre con nosotros y fue un militante ya desde 1871 y perfecto, el sentimiento es mayor en proporción a lo cerca que estuvo de nosotros en nuestros años de vida anarquista.

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Malatesta nació de padres pertenecientes a la pequeña burguesía, ocupados en el fomento de sus negocios. Murieron en edad temprana después de facilitar a Errico educación de Liceo. Tendría apenas diecisiete años cuando empezó los estudios de Medicina en la Universidad de Nápoles. En esta ciudad vivió, al parecer bajo la tutela nominal de una tía anciana que le dejó libre para que se desarrollara e instruyera, siguiendo sus propias iniciativas. En la infancia contempló la ruina del absolutismo de los Borbones en 1860 y una parte de la epopeya garibaldina se desarrolló cerca del pueblo natal de Malatesta, Santa María Capura Vetere, en el sitio de la fortaleza de Capua y la lucha de Volturno en 1860. Los garibaldinos y el ejército piamontés se confundieron. Mazzini y poco después Garibaldi cedieron y entró el rey Víctor Manuel. Se malograron las esperanzas republicanas imponiéndose el nuevo gubernamentalismo.
Como no se habían conseguido los objetivos nacionales de la época (Roma y Venecia) siguió hasta 1870 una década de conspiraciones, insurrecciones, intrigas diplomáticas, en las que se mezclaba el fantasma de la guerra. Republicanos y partidos populares podían ser útiles todavía a la monarquía, y fueron por ello manejados, controlados y sometidos a parálisis, a menudo secundarias, sin posible realización de propios designios. Todo parecía vivir como posibilidad, en potencia. Agitadores y propagandistas no hallaron muchos inconvenientes. La fachada era liberal. Como el Papa disponía todavía de Roma y del Estado pontificio, el anticlericalismo fue la religión oficial de la dinastía.
En el Liceo de Nápoles pudo observar el adolescente Malatesta todas estas particularidades, pero su espíritu permanecía en la antigüedad: el republicanismo austero de los héroes históricos de Grecia y Roma. Este espíritu clásico fascinó a Malatesta.
Soñaba en la República de la Igualdad, en el tiranicidio, en el tribunal popular, en la barricada rebelde. El propio Malatesta describe estos sentimientos de 1868 en uno de sus raros artículos introspectivos de 1884.
Fuera ya del Liceo, siendo estudiante de Medicina, participó en manifestaciones populares, y para consignarlo con sus propias palabras, copiaremos las siguientes: «Como republicano contemplé por primera vez el interior de una cárcel de la monarquía». Sé por una carta del propio Malatesta que pretendió entrar en una organización mazziniana secreta. Los veteranos de la misma, que observaban la conducta de los candidatos durante cierto tiempo con objeto de proponer o no la admisión, informaron, muy justamente, por cierto, que Malatesta tenía un espíritu independiente, propicio a la desobediencia, poco dispuesto a someterse a la rigurosa disciplina intelectual y moral que imponía Mazzini a sus hombres de confianza. A consecuencia de todo ello se rechazó la candidatura del joven Malatesta.
Sobrevino la Comuna de París, de marzo a mayo de 1871. Aquel acontecimiento ilusionó a Malatesta, siendo iniciado por el abogado Carmelo Palladino, hombre desinteresado, y situado en el ambiente del grupo de Bakunin, en el ambiente de la Internacional, con sus luchas entre autoritarios y anti-autoritarios, lucha que precisamente se acentuaba por entonces en aquella organización. Ingresó en la sección de Nápoles cuando tenía diecisiete años y algunos meses, contribuyendo a la preponderancia que tuvo, en 1871, la sección fundada en 1869.
Quedó la Comuna ahogada en sangre del pueblo; luchaba Bakunin en Italia contra Mazzini, el enemigo de la Comuna; se peleaba contra Marx y Engels en Londres, inductores de Cafiero, que obedecía entonces a su influencia, para malograr y paralizar la obra de Bakunin (hecho que corresponde al viaje de Lafargue a España un poco después). Las persecuciones de la autoridad y la disolución de la sección en agosto, imprimieron una vida agitada a la sección de Nápoles en 1871.Fue Malatesta uno de los miembros más activos. Congregó estudiantes y trabajadores en la sección, supo abrir los ojos de Cafiero, que se convirtió en amigo suyo. Sabido es que Cafiero, después de visitar a Bakunin en Locarno en 1872, se entregó por completo a la causa anarquista. Complicaron también a Malatesta en la persecución contra los militantes de la sección, y al reconstituirse ésta más o menos ilegalmente con el nombre de Federazione Operaia Napoletana en invierno de 1871-72, Malatesta actuó de secretario federal y redactó el programa, donde se incluyen hábilmente los principios de la Internacional de 1864 y las ideas anarquistas de Bakunin. Es el primer trabajo sobre ideas que se conserva de Malatesta. La actividad de éste en favor de la Federazione de la zona de Nápoles continuó en 1872. No tomó parte en la Conferencia constituyente de la Federación Italiana que se reunió en Rímini en agosto y que rompió con el Congreso general de Londres, pero se le nombró secretario de la sección de estadística, la cual tenía un objetivo más importante de lo que indica su modesto nombre.
En septiembre fue a Zurich y se puso en contacto con Bakunin y otros delegados italianos de convicciones autoritarias. En Zurich encontró a los delegados españoles que regresaban del Congreso de La Haya: Farga Pellicer, Alerini, Morago y Marselau. En distintas reuniones con Bakunin constituyeron la Alliance des revolutionnaires socialistes, grupo internacional secreto. Después de 1871 leía normalmente Malatesta las publicaciones de la Internacional española como «La Federación» de Barcelona y otras. Por cierto que he visto ejemplares dirigidos a Malatesta en una colección de Roma en 1903. Conoció Malatesta en Zurich militantes destacados. Con ellos, Bakunin y otros camaradas, asistió al Congreso antiautoritario de Saint-Imier (Jura), que atacó a fondo a la fracción marxista de la Internacional. No trataba de hacer vida de emigrado y volvió a Nápoles para continuar sus campañas de propaganda.
Al dirigirse a Bolonia para asistir al Congreso italiano fue detenido, permaneciendo cincuenta y cuatro días en la cárcel. Fue después a Locarno, vio a Bakunin, a quien indicó la idea de trasladarse a Barcelona en vista de los acontecimientos esperados y que tuvieron lugar, efectivamente, poco tiempo después; en junio, en Sanlúcar de Barrameda, donde estaba Morago; en Alcoy donde estaba la Comisión Federal, y en Barcelona con intervención de J. García Viñas, Paul Brousse y otros. Un viaje de Bakunin y Malatesta a Barcelona tenía de ser forzosamente secreto y exigía cuidadosa preparación y medios. Para ponerse de acuerdo Malatesta con Cafiero fue aquél rápidamente a Barletta (Apulia), pero lo detuvieron, saliendo de la cárcel seis meses después sin proceso.
La Internacional fue perseguida en Italia por arbitrarios procedimientos en 1873, lo que produjo más de una insurrección de carácter general en 1874. No se trataba de una insurrección aislada; se trataba de incorporar a los garibaldinos que actuaban todavía y a los mazzinistas avanzados, suponiéndose que podría llegarse a una subversión a consecuencia de las revueltas locales de origen social, tales como carestía de víveres, huelgas, descontento de los campesinos, etc. Malatesta se enteró del plan al salir de la prisión y emprendió el trabajo por todo el Mediodía, de Nápoles a Sicilia. Si hubo quien cometió errores, Malatesta hizo todo lo que pudo en el asunto de aprestar armamentos y preparar la acción. Tampoco allí acudieron todos a la cita y lo que se hizo en Apulia desde ello al 14 o 15 de agosto de 1874, cerca del Castel del Monte, tuvo escasas proporciones. Se trataba de un desafío al Estado y al sistema actual, ataque que no ha podido ser olvidado. Viendo Malatesta que todos estaban detenidos, se dirigió a Locarno siendo arrestado antes de llegar, en Pistoia. Se siguió un enorme proceso contra él y otros camaradas en Trani (Apulia) en agosto de 1875. La actitud de los procesados mereció simpatías a todos, siendo absueltos y saludados como héroes victoriosos. Malatesta se trasladó a Lugano, donde vio a Bakunin por última vez y discutió con Cafiero en Locarno la reorganización del movimiento. No tardó en hacer su primer viaje a España, visitando a Morago en Madrid y a Alerini en la cárcel de Cádiz. Quería favorecer la fuga de este último, el cual se negó a evadirse creyendo próxima la libertad legal.
El invierno de 1875-76 lo pasó Malatesta haciendo propaganda activa en Nápoles. Fue entonces cuando Merlino (1856-1930), su condiscípulo del Liceo, se incorporó al movimiento atraído al campo de las ideas sin intervención de Malatesta, cuando intervino como abogado en el despacho de Gambuzzi, el ex camarada de Bakunin. Una reunión en Roma (marzo 1876) prepara la organización de la Internacional. Uno de los que participaron fue Malatesta, quien se vio obligado a volver a Nápoles. Quiso entonces batirse defendiendo a los serbios de la guerra contra Turquía, pero fue detenido dos veces, en Austria y en Hungría, y devuelto por la policía a Italia. Tuvo tanto interés por la causa de las nacionalidades oprimidas, que le obligó a interesarse por aquel preludio de la gran guerra ruso-turca, como si se tratara de una cuestión de honor. En 1874, en Apulia, no llegó en realidad a batirse y sentía una especie de rivalidad viendo que los republicanos garibaldinos luchaban como voluntarios. Los internacionalistas deseaban demostrar igual espíritu militar combativo.
Al regresar a Italia se puso en inteligencia con los camaradas de Florencia, y pasó cierto tiempo en Nápoles con Cafiero y Covelli. Se pusieron de acuerdo en la teoría para pasar desde el colectivismo al comunismo anarquista, determinación a la que llegaron los primeros en Italia, discutiendo y tratando de reorganizar bien la Internacional en el Congreso de Octubre en Florencia, para emplear toda la fuerza en un movimiento revolucionario de carácter general, social y anarquista, esta vez sin el concurso de los republicanos.
Contaban con el descontento social del pueblo urbano y campesino y resolvieron empezar por las montañas del Mediodía napolitano, con objeto de que la revolución pudiera tener alguna efectividad antes de ser combatida. Durante este tiempo, se suponía que los obreros del campo y de la ciudad se unirían contra las fuerzas gubernamentales antes de que éstas pudieran dominar. La traición de un campesino que tenía influencia en una localidad, y al que habían utilizado parcialmente, comprometió a los conjurados, que se vieron obligados a anticipar el movimiento, empezando en abril en vez de mayo. Hacía frío; en las montañas de Nápoles había nieve, y los revolucionarios fueron abatidos por el frío y las privaciones. Cercados por el ejército tuvieron que rendirse 23 revolucionarios, entre los que estaban Cafiero y Malatesta. Era la noche del 11 al 12 de abril, en un cortijo aislado, cuyo propietario les hizo traición delatándoles a los soldados. Estuvo preso mucho tiempo y a la muerte del rey, gran parte de los supuestos delitos fueron amnistiados, juzgándose los restantes en Benevento en agosto de 1878, siendo absueltos. La población se impresionó extraordinariamente, observando la dignidad y entereza de los prisioneros.
Con frecuencia se reprochó a los anarquistas el hecho de que los actos insurreccionales que consuman en nombre de la anarquía son poco reflexivos, simplistas. En 1877 como en 1874 fue algo fragmentaria, una parte incompleta del plan total, un hecho que por interés de la defensa no podía hacerse público.
Malatesta me habló posteriormente del tema, explicándome el verdadero carácter de aquellos movimientos. Hay que tener en cuenta que como en los años 1860-70, la década siguiente para muchos elementos de Italia, el Estado era débil y había mucha esperanza en la posibilidad de cambios políticos.
Fue maltratado Malatesta en Italia, en Egipto, en Siria, en Francia, en Suiza, en Rumania y en Bélgica, en toda Europa en 1878, 79 y 80, hasta hallar asilo seguro en Londres en la primavera de 1881. Fue a Ginebra cuando se fundó el Révolte; estuvo en París cuando surgieron los primeros grupos anarquistas; en Bélgica cuando el blanquismo revolucionario tenía influencia. Llegó a Londres cuando se preparaba el congreso internacional socialista en 1881. Pero ocurrió que en Italia la misma Internacional fue reducida al silencio, perseguida con grandes procesos y quebrantada por la defección de Andrea Costa, quien a partir de 1879 se entregó al socialismo de aspiraciones parlamentarias y arrastró por su antiguo prestigio a los internacionalistas de la Romaña. Malatesta, para referirme sólo a él, fue impotente para contener el mal hallándose solo y lejos. En ninguna parte encontró apoyo si se exceptúa Londres. Era allí precisamente donde no podía influir sobre el pueblo italiano contra el parlamentarismo. El Estado italiano se consolidó lo mismo que otros Estados a los cuales el estatismo daba atribuciones sociales y gran preponderancia que desembocó en la guerra universal, en el funestísimo período de 1880 a 1930, aproximadamente. Todavía perduran las formas extrañas y únicas de que se valió el estatismo. Nadie protestó como Malatesta contra la desviación, pero no pudo contenerla y paralizó su actuación denodada.
En Ginebra, al principio de 1879 hasta su expulsión de Suiza pocos meses después, conoció a Kropotkin, viéndose ambos con frecuencia en Londres en 1881 y 1882. Hay que subrayar el hecho de que el grupo limitado, íntimo, formado por Bakunin desde 1864, reconstruido en Zurich en 1872, la «Fraternidad Internacional» volvió a reconstituirse en el verano de 1877, eligiendo a Kropotkin como secretario. Malatesta y Cafiero estaban presos, sin dejar por ello de figurar como miembros de aquel grupo. Kropotkin y Malatesta fueron los más activos propagandistas del reducido círculo, teniendo confianza ilimitada uno en otro, confianza que no fue una homogeneidad en ideas y tácticas a pesar de que ambos fueran comunistas anarquistas convencidos.
En un ensayo de Malatesta sobre Kropotkin, publicado a fin de 1930 y por La Revista Blanca en 1931, explicó discretamente aunque no sin firmeza, la diferencia que le separaba de Kropotkin, haciendo constar que no estaban de acuerdo en la mayor parte de los asuntos. Puede comprobarse la diferencia leyendo los escritos antiguos y recientes de los dos revolucionarios. Unidos por amistad indestructible, cada uno de ellos consideraba la actividad del otro como de gran importancia general, absteniéndose mutuamente de restar eficacia con la crítica, ya que llevada ésta a sus últimas consecuencias se hubiera producido la separación, la escisión. Estuvieron tácitamente de acuerdo en seguir cada uno su camino, y andando el tiempo, por esta y otras causas, dejaron de verse con frecuencia. Malatesta explica que la posición crítica no podía continuar cuando estalló la guerra mundial, entrevistándose con Kropotkin y produciéndose una escena penosa para ambos, porque fue un rompimiento.
Sabemos lo que hay en el fondo de todo ello. Malatesta no carecía de fe revolucionaria, y la mantuvo hasta última hora, pero suponía que el optimismo y cierta expectación de Kropotkin carecían de base realista. La espontaneidad creadora, la abundancia, la cooperación armoniosa casi automática, pueden producirse por una evolución en condiciones favorables, pero no son, desde luego, datos presentes, actuales, palpables y sólidos con los que pueda contarse hoy y mañana, al día siguiente de estallar la revolución y antes de ésta para que sea eficaz. Malatesta buscaba fundamentos más reales y mucho más asequibles y abundantes en el mundo del cual ha de salir toda evolución. De ahí la simpatía de Malatesta por la organización, la relación mutua, los pactos, la previsión que se explica por la ausencia efectiva de abundancia, la cual no es todavía un hecho aunque los almacenes están hasta los topes.
Pensaba siempre Malatesta en todas estas cosas y se prevenía contra la ligereza de los amorfos, de los anti-organizadores, de los creyentes en la abundancia absoluta y en la felicidad automática, etc. Malatesta fue como el estorbo, el blanco predilecto de los ataques, odiosos muchas veces, de los fanáticos de una Jauja anarquista. Bien se ve que Kropotkin juzgaba muchas cosas de manera distinta, y le conocen poco quienes le juzgan por «La conquista del pan». La distancia que le separa de Malatesta no se acorta a pesar de todo. En el fondo, las ideas de todo pensador anarquista emanan de la ausencia íntima del propio ser, que expresa los deseos limitados por el propio carácter. En el fondo, Malatesta y Kropotkin son muy diferentes.
Merlino, no tan unido por los lazos indicados antes, inició una crítica de las ideas de Kropotkin en cierto artículo de revista que se publicó en noviembre de 1893. Al mes siguiente empezó a escribir Kropotkin un artículo que numeró como el primero de una serie, tal vez el prólogo de un libro sobre tales críticas. En enero fue detenido Merlino en Italia y suspendida semanas después La Revolte. La serie de artículos no fue escrita, o si lo fue, no se ha publicado.
De 1879 a 1887 se colocó Malatesta frente a la tendencia amorfa, partidaria de la espontaneidad, que hace imposible todo acuerdo para la acción revolucionaria; también se mostró contra la tendencia de Costa, que representaba la defección, la escapatoria con rumbo al parlamentarismo. Buscaba una cooperación para destruir el Estado y el capitalismo con los revolucionarios autoritarios, imaginando separarse de ellos en el momento de ser derrumbado el régimen actual, y aun atacarles si impedían a los anarquistas las realizaciones peculiares. Blanqui y los blanquistas parecían constituir entonces un factor serio, pero murió Blanqui y sus parciales perdieron el brío de aquél, brío que nunca se había puesto a prueba. Expuso Malatesta aquella idea en el Boletín del Congreso de Londres y con más franqueza en carta-circular dirigida a los íntimos de la «Fraternidad», carta que me envió en 1930 y que preparaba yo para el suplemento de «La Protesta» interrumpido a la sazón. Si existió el blanquismo revolucionario, murió con Blanqui a fin de 1880.
Luchó Malatesta por dar cohesión efectiva a la Internacional que quería fundarse. Los no partidarios de la organización sólo admiten un organismo sin otros órganos que una oficina que sea a la vez estafeta o buzón para ir depositando cartas. Las secciones acabarían por no hacer nada para que nadie oprimiera ni dominara a otro. Un alemán y un ruso constituían la oficina con Malatesta. No había cometido; nada había de hacerse y nada se hizo, extinguiéndose suavemente poco después la oficina. Para desquitarse Malatesta de aquella inactividad forzosa, fue a Egipto en enero de 1882 con algunos camaradas italianos deseosos de pelear en las filas árabes en insurrección entonces contra los ingleses y otros explotadores europeos en Egipto. Era en tiempo de la insurrección de Arabi Pasha que tenía cierto fondo social. Les fue imposible franquear las líneas inglesas, y unos meses después, a principios de 1883 se trasladó a Italia dispuesto a luchar abiertamente contra la desviación de Andrea Costa y a reorganizar la Internacional italiana.
Fue detenido y encarcelado hasta los últimos meses de 1883. Con Merlino y otros camaradas tuvo un gran proceso en puerta. La acusación se refería al Congreso y a la nueva Internacional de Londres, tal como se había hecho en Lyón para condenar a muchos años de presidio a Kropotkin y a tantos otros. En libertad provisional antes de la vista del proceso, pudo hacer que apareciera el periódico preparado «Il Popolo» como «La Questione Sociale» en Florencia desde el 22 de diciembre de 1883 al 3 de agosto de 1884. A pesar de estar condenado a tres años de reclusión y Merlino a cuatro, apeló aquél y mientras se resolvía la apelación pudo estar en libertad hasta la decisión inapelable del tribunal, en enero de 1885, que confirmó los tres años. Podrá decirse que en vísperas de ser condenado tenía cierta libertad para renovar sus «crímenes» de excitación y organización clandestina. De todas maneras consiguió hacer el mejor periódico que han tenido los anarquistas en Italia. Entre campesinos se escribió para combatir las desviaciones autoritarias y reformistas y constituir grupos numerosos que tuvieron desde entonces relaciones más estrechas, aunque su proyecto de Internacional, explicado en el «Programma ed organizazione della Associazione Internazionale dei Lavoratori» (Florencia, 1884, 64 páginas en 8º) no tuviera realización.
La epidemia del cólera paralizó todos los esfuerzos en la segunda mitad de 1884 y Malatesta acudió a Nápoles donde la situación era apurada, a atender a los enfermos en el hospital. Al regresar a Florencia, y en vista de la inminente condena prefirió la rebeldía y se ausentó de nuevo.
A fin de 1884desapareció, pues, de Florencia y desde Londres salió con unos cuantos camaradas militantes para Buenos Aires. Salido de Italia, expulsado de tantos países continentales, no siéndole posible la actuación eficaz desde Londres, prefirió ausentarse de Europa. En la Argentina desarrolló gran actividad de propagandista uniendo a los camaradas de lengua italiana y española, fundando una nueva publicación «Questione Sociale» (que no pude ver nunca) ayudando a la formación de los primeros sindicatos, de espíritu muy combativo como la organización de panaderos, etc.
Por el despertar de los elementos vitales, numerosos aunque dispersos, la propaganda intensiva y coordinada data, en la Argentina, de la actuación de Malatesta desde 1885 a 1889. La acción de las masas obreras de Europa, que parecía anunciar el año 1889 y confirmar el siguiente, le hicieron elegir este último período para entregarse de nuevo a la pelea. Debió llegar a Francia hacia mediados de julio o lo más tarde en agosto de 1889.
Terminó la evocación de Malatesta en su primera juventud, hasta los treinta y cinco años, en la plenitud del vigor. Puedo atestiguarlo, ya que le conocí en Londres meses después, en noviembre de 1889. A pesar de que de mí sólo podía esperar que le absorbiera el tiempo, ha sido, desde que nos conocimos hasta su muerte, el camarada más amable, en toda nuestra relación. Las últimas palabras que me dirigió fueron las contenidas en la carta citada, que lleva fecha 31 de mayo de 1932. Como sabía que me hallaba entonces en Barcelona, las últimas palabras de la carta decían: «Mi mejor recuerdo a Urales, a Soledad y a Federica». Nos satisfacía extraordinariamente que dijera: «Estoy un poco mejor por cada día que pasa». Y de pronto, llega la noticia irrevocable de su muerte.
La vida de Malatesta desde 1889 a 1932 ofrece otro nuevo panorama de pensamiento y actividad, que será objeto del próximo artículo.


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