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Segundo congreso latinoamericano de historia económica


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 SEGUNDO CONGRESO LATINOAMERICANO DE HISTORIA ECONÓMICA

CUARTO CONGRESO INTERNACIONAL DE LA ASOCIACIÓN MEJICANA DE HISTORIA ECONÓMICA (CLADHE-II/ AMHE- IV) 

Centro Cultural Universitario Tlatelolco

Ciudad de Méjico 3 al 5 de febrero de 2010  

Las Empresas de la Industria Editorial en Argentina a fines del XX.

Orígenes y Evolución
Por Viviana Román

CEEED – FCE - UBA




  1. Introducción

La industria editorial de Argentina reconoce orígenes a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. En ese entonces se asistió a la ampliación del público lector y al nacimiento de un mercado editorial en la ciudad de Buenos Aires. De esa época data la fundación de algunas editoriales que se desarrollaron muy significativamente a lo largo del siglo XX. En el transcurso de este siglo fue organizándose un espacio editorial y fueron surgiendo los elementos que han caracterizado a las empresas de este sector.

En este sentido, es fundamental tener en consideración que las editoriales comparten con empresas de otros sectores industriales los vaivenes de la economía global y, de manera similar que otras industrias culturales, fueron impactadas por la expansión y el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Además, la concentración y la extranjerización operada en el sector desde fines del siglo XX y el papel de las pymes frente a este escenario constituyen importantes elementos de análisis. Por tal motivo, son de interés las estrategias empresariales que las mismas han puesto y ponen en práctica y a su vez, las motivaciones presentes en el surgimiento y en la permanencia de estas pymes editoriales.

Cabe destacar aquí que la concentración y extranjerización mencionadas tuvieron lugar en un contexto económico local que en los noventa se caracterizó por la puesta en marcha de un amplío paquete de reformas estructurales que incluyó la desregulación, la privatización y la adopción de una caja de conversión que fijó el tipo de cambio nominal y ató la política monetaria al resultado de las cuentas externas; paralelamente, se eliminaron los controles sobre la cuenta de capitales. La reducción de aranceles y la apreciación real de la moneda local provocaron una reducción en el precio de los bienes de capital e intermedios importados, estimulando la modernización y el aumento de la productividad1. Además, la sobrevaluación de la moneda generó precios internos altos si se los mide en dólares. Elementos a tener en cuenta en el desempeño del sector editorial, pues influyeron en el crecimiento y en el incremento notable en los niveles de rentabilidad del mismo durante buena parte de la década de 1990.

Con relación a esto, el informe del Centro de Estudios para la Producción (CEP)2 sobre la industria del libro en Argentina entre 1990 y 2004 señala que en los primeros años de la década del noventa se produjo un importante incremento en la cantidad de libros editados; pasando de 13 millones en 1991 a unos 48 millones en 1994. En él se afirma que si en los años ochenta esta industria presentó los niveles más bajos de producción de ejemplares de los últimos cincuenta años, en los noventa mostró un importante crecimiento y se editaron un promedio anual de alrededor de 52 millones de libros. Luego de registrar un crecimiento acumulado del 78% en esos años, la actividad empezó a declinar. Esta situación se mantuvo hasta después de la Crisis del Tequila, retomando en 1996 la senda de crecimiento. Sin embargo, hacia el fin de la convertibilidad, los efectos de la recesión estaban ya presentes y en 2001 el sector experimentó una caída superior al 20%3.

A su vez, dicha expansión de la industria editorial en los noventa estuvo también ligada a la adquisición de empresas por parte de capitales extranjeros. Desde el punto de vista de algunos autores4, los grupos empresariales transnacionales que compraron editoriales locales comenzaron a promover políticas editoriales que modificaron considerablemente su comportamiento en términos de impacto cultural. No obstante, frente a dichos grupos perduraron pymes editoriales (denominadas por algunos editores como “editoriales independientes”) que implementaron políticas diferentes.

El informe del Centro de Estudios para la Producción (CEP) mencionado señala que en la etapa de la post convertibilidad en el 2002 la producción se redujo casi el 43% con respecto al año anterior, en el que se habían editado 58,8 millones de libros. Asimismo, según datos suministrados por la agencia EFE5 la industria editorial argentina registró una fuerte recuperación desde la salida de la crisis económica de 2001 - 2002, con un avance acumulado en la producción del 110 % hasta 2008. Pero, ya en el primer trimestre de 2009 comenzó a sentir los efectos de la crisis global desencadenada en septiembre del año anterior.

El escenario antes descripto invita al análisis y por lo tanto, a tomar en consideración algunos elementos teóricos que contribuyan en este trabajo - que constituye una primera aproximación y que forma parte de una investigación en curso sobre las transformaciones de la producción de libros en Argentina desde fines del siglo XX - a arrojar luz sobre el papel de las pymes editoriales en el marco de la concentración y transnacionalización del sector.

Para esto se han tenido en cuenta desarrollos teóricos de Pierre Bourdieu, de representantes de la Escuela de Frankfurt como Max Horkheimer y Theodor Adorno, y algunas consideraciones de Roger Chartier sobre “el orden de los libros”, de Octavio Getino sobre la dimensión económica de la producción cultural, de Jesús Martín – Barbero sobre la industria cultural, los medios y las mediaciones, y de Germán Rey sobre el aporte de la economía a las industrias culturales.

Pierre Bourdieu6 ha analizado el “campo editorial” con relación a la noción de “campo intelectual” y de “campo del poder”, y en ese sentido, tomó en cuenta las ideas de “posición” y de “toma de posición”. A partir de todo lo anterior afirma que la constitución del campo intelectual como sistema de posiciones predeterminadas exige preguntarse que debían ser las diferentes categorías de artistas y de escritores de una época y de una sociedad determinadas, para que les fuera posible ocupar las posiciones que les reservaba un estado determinado del campo intelectual y adoptar, al mismo tiempo, las tomas de posición estéticas o ideológicas ligadas a las posiciones. El autor continúa su desarrollo señalando que el editor es el que tiene el poder totalmente extraordinario de asegurar la publicación, es decir de hacer acceder a un texto y un autor a la existencia pública, conocido y reconocido. Es así como toda la lógica del campo editorial y de la creencia literaria están desde la perspectiva de Bourdieu determinadas por la estructura del campo editorial en su conjunto: es ella, especialmente, quien determina el tamaño y la estructura de la unidad responsable de la decisión (va del “decisor” único, al menos en apariencia, de las pequeñas editoriales hasta el verdadero campo de poderes diferenciados de las grandes editoriales); es ella la que define el peso relativo, en las relaciones entre los diferentes agentes, de los diferentes criterios de evaluación que los inclinan por ejemplo, a propender hacia el lado de lo literario o hacia el lado de lo comercial “o, según la vieja oposición cara a Flaubert, a privilegiar el arte o el dinero”. Efectivamente, cada editorial ocupa, en un momento dado, una “posición” en el campo editorial, que depende de su posición en la distribución de los recursos raros (económicos, simbólicos, técnicos, entre otros) y de los poderes que ellos confieren sobre el campo; es esta posición estructural la que orienta las “tomas de posición” de sus responsables.

Con algunos puntos de contacto con el desarrollo teórico precedente Roger Chartier en su análisis sobre el orden de los libros incluye una observación que pone de manifiesto que “Sea lo que sea lo que hagan, los autores no escriben los libros. Los libros no están para nada escritos. Están fabricados por escribas y otros artesanos, por obreros y otros técnicos, por las prensas y otras máquinas.7” Ante esta afirmación Chartier8 sugiere que elaborada por la literatura misma y retomada por la más comúnmente aceptada de las historias del libro, según la cual el texto existe en sí mismo, separado de toda materialidad, se debe recordar que no hay texto fuera del soporte que da a leer (o a escuchar), y que por ende no hay comprensión de un escrito cualquiera sea este, que no dependa de las formas por medio de las cuales alcanza a su lector. Por eso distingue dos conjuntos de dispositivos: los que se relacionan con las estrategias de escritura y con las intenciones del autor, y los que resultan de las decisiones editoriales o de las imposiciones del taller. Los autores, por tanto, escriben textos que se transforman en objetos. Desde el punto de vista de Chartier esta distancia ha sido olvidada demasiado a menudo y desde tal perspectiva el “efecto producido” por las obras en los lectores no depende en modo alguno de las formas materiales que vehiculizan al texto. Pero, contribuyen plenamente a modelar las anticipaciones del lector y a apelar a nuevos públicos y a usos inéditos.

Por otro lado, los filósofos de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer y Theodor Adorno9 acuñaron el término “industria cultural” en 1944 en un libro titulado Dialéctica del Iluminismo. Este término desde los inicios de su utilización estuvo asociado a las empresas de producción y comercialización de bienes y servicios culturales; la industria editorial forma parte de este universo. Por tal motivo, resulta relevante tener en cuenta las consideraciones de estos filósofos a propósito del quiebre en la cultura y su conversión en simple mercancía a partir de la creciente influencia de los medios masivos de comunicación. Ellos sostienen que “cuanto más sólidas se tornan las posiciones de la industria cultural, tanto más brutalmente puede obrar con las necesidades del consumidor, producirlas, guiarlas, disciplinarlas, suprimir incluso la diversión: para el progreso cultural no existe aquí ningún límite”. La conceptualización de “industria cultural” se va desarrollando a lo largo de todo el libro antes mencionado y en él se analiza la lógica de la industria a partir de dos elementos claves: la introducción en la cultura de la producción en serie y la estrecha relación entre la producción de bienes y servicios, y la producción de necesidades. Los autores dirán entonces que “la fuerza de la industria cultural reside en su unidad con la necesidad producida”.

Desde la década de 1970 fundamentalmente este desarrollo teórico ha sido tomado en cuenta o bien para adherir a él, o bien para relativizarlo por múltiples y diversos autores, en este caso se han tenido en consideración a Octavio Getino y a Jesús Martín – Barbero. El primero de ellos entiende que el hecho mismo de referirse a “industria cultural” como un todo globalizante, sin detenerse a estudiar la diversidad que caracteriza a las industrias que conforman esta nueva realidad de la economía y de la cultura, constituye un claro indicativo de que la preocupación de los precursores de dicho término no era tanto la de indagar en la singularidad del fenómeno, como en la aparición de la cultura de masas. El autor sostiene por lo tanto que ésta “fue estigmatizada desde una visión sacralizadora del arte y del artista, para la cual el mercado asume características de verdadero apocalipsis cultural, en la medida que amenazaría la existencia misma de la capacidad creativa – eminentemente individual y crítica – de los intelectuales y los artistas”10.

Getino11 afirma, entonces, que la producción cultural se realiza como cualquier otro tipo de producción, pues forma parte de un sistema de interrelaciones que abarca bienes y servicios y que se extiende desde los circuitos de producción a los de distribución , para concluir provisoriamente en los de consumo, retroalimentando desde ellos a los de la propia producción. Al mismo tiempo, este autor señala que la producción cultural se estructura esencialmente sobre la base de valores simbólicos, los que representan a su vez un valor distinto y generalmente superior al del solo valor material. El valor simbólico generado a través del proceso de creación, define a la producción cultural como tal. La creatividad es el elemento fundamental y necesario sin el cual se reduce o se elimina la posibilidad de dicha producción. No obstante, no es suficiente por sí solo porque ni el creador cultural, ni el proceso de producción de ese carácter, pueden desarrollarse o subsistir por sí mismos, si no se acompañan de las otras etapas o fases que hacen posible la difusión, la percepción o el consumo del producto, elevándolo al plano de la existencia social. Asimismo, las actividades del sector cultural representan también una clara dimensión económica por los montos invertidos en la producción, por las personas ocupadas, por las cifras de comercialización de los bienes y servicios. Una dimensión cuya importancia ha crecido rápidamente en las últimas décadas.

Por su parte, Jesús Martín – Barbero manifiesta que Horkheimer y Adorno parten del sofisma que representa la idea del “caos cultural” y afirman la existencia de un sistema que regula esa aparente dispersión que representa el “caos”. De allí que según Martín – Barbero “esa afirmación de la unidad se torne teóricamente abusiva” cuando de ella se concluye que todo producto cultural de distribución/difusión masiva dice lo mismo. Por ello este autor considera que una dimensión fundamental del análisis de los filósofos en cuestión “va a terminar resultando así bloqueada por un pesimismo cultural que llevará a cargar la unidad del sistema a la cuenta de la ´ racionalidad técnica`, con lo que se acaba convirtiendo en cualidad de los medios lo que no es sino un modo de uso histórico” de los mismos12. Martín – Barbero afirma en consecuencia que la comunicación (en sus diversas expresiones y manifestaciones culturales) se tornó cuestión de mediaciones más que de medios, “cuestión de cultura y, por tanto, no sólo de conocimientos sino de re – conocimiento. Un reconocimiento que fue de entrada operación de desplazamiento metodológico para re – ver el proceso entero de la comunicación desde su otro lado, el de la recepción” 13. Haciendo alusión entonces a la capacidad de recepción de consumidores/públicos/audiencias/lectores, cada vez más amplios y extendidos. Pues, desde hace ya unas cuantas décadas la producción cultural ha adoptado infraestructuras complejas por lo que la circulación fluye por circuitos mundiales así como por espacios locales a través de nuevas tecnologías y estrategias de divulgación masiva. Desde la visión de Martín - Barbero existe en la actualidad un movimiento poderoso de integración – entendida ésta como superación de barreras y disolución de fronteras - es el que pasa por las industrias culturales desde los medios masivos y las tecnologías de la información y de la comunicación.

Con relación a lo anterior Germán Rey14 en sus trabajos sobre el aporte de la economía a las industrias culturales afirma que  mientras en el pasado los bienes culturales eran disfrutados por muy pocas personas (generalmente las élites) en la actualidad las industrias culturales han permitido que amplios sectores sociales participen de la creatividad que se expresa en la música o en el cine, en la televisión o en los libros. Las llamadas industrias culturales están marcadas por sus implicaciones económicas o sus nuevas posibilidades tecnológicas y también son bienes simbólicos, que crean e intercambian sentidos y que participan activamente en la creación de imaginarios, memorias sociales, mundos de representación y experiencias de la sensibilidad. Por ellas circulan estéticas con las que interactúan millones de personas, así como valores, creencias y percepciones sociales.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, este trabajo se concentra en las transformaciones que tuvieron lugar en la producción de libros en Argentina - en tanto “industria cultural” – desde las últimas décadas del siglo XX. Se analiza fundamentalmente el papel desempeñado por las pymes, tomando en consideración los orígenes y el desarrollo de la industria editorial de libros como elementos que contribuyeron a delinear la morfología del sector. De allí se derivan algunos interrogantes como ¿Por qué ha surgido en Argentina una cantidad tan significativa de pymes editoriales desde la década de 1990 en adelante que permite comparar la importancia de dicho surgimiento con el que tuvo lugar en los años sesenta?, ¿Por qué muchas han podido perdurar en el tiempo?, ¿Qué estrategias empresariales ponen en práctica?, ¿Cuáles son las motivaciones presentes en su surgimiento y en su permanencia? , y a su vez, ¿Qué papel les cabe en un sector altamente concentrado y transnacionalizado? Constituyendo la hipótesis general de este trabajo la idea de que la capacidad de perdurar de estas pymes editoriales en el contexto de la concentración y de la extranjerización del sector está ligada a la profesionalización (respecto de la edición y en lo que se refiere a las técnicas de gestión empresarial en su conjunto). A su vez, derivado de lo anterior el punto de similitud en la comparación con los años sesenta se halla en el compromiso manifestado por los actores. En los sesenta se expresaba como un compromiso social y desde los noventa se presenta bajo la forma de un importante compromiso profesional.

Para esto se han consultado un conjunto de fuentes integrado por publicaciones institucionales, publicaciones periódicas e información de repositorios como las Bibliotecas del Ministerio de Economía de la Nación y del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), la Cámara Argentina del Libro (CAL), el Observatorio de Industrias Culturales (OIC), dependiente de la Subsecretaría de Gestión e Industrias Culturales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, entrevistas a informantes claves que desarrollan su actividad profesional y empresarial dentro del sector, y estudios de diversos investigadores sobre el tema en cuestión. Se ha utilizado un análisis de tipo cualitativo que intenta captar a partir de la información relevada la definición de la situación que efectúan los sujetos15 en el devenir histórico. Además, este tipo de análisis se ha integrado con otro de orden cuantitativo, pues las fuentes estadísticas permiten observar e interpretar el desarrollo de la industria editorial de libros en Argentina.

Se han delineado entonces cinco apartados: el presente que constituye una introducción al tema, a los desarrollos teóricos – conceptuales tomados en consideración y donde se han puesto de manifiesto los interrogantes que guían el aspecto ya presentado de la investigación en curso; el segundo, que se aboca a la revisión de los orígenes y el desarrollo de la industria editorial en Argentina hasta los años ochenta; el tercero, que se ocupa de la concentración y extranjerización del sector; y el cuarto, que se concentra en la exploración del surgimiento de una cantidad significativa de pymes editoriales desde los años noventa y hasta la actualidad en el contexto de la concentración y extranjerización antes mencionada, además del análisis del lugar que les cabe en ese escenario. Finalmente, se presentan algunas líneas a modo de conclusión.


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