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PRIMERA PARTE: El problema de la reproducción


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PRIMERA PARTE: El problema de la reproducción



CAPITULO I Objeto de esta investigación

Entre los servicios imperecederos prestados por Marx a la economía política teórica figura su modo de plantear el problema de la reproducción del capital social en conjunto. Es significativo que en la historia de la economía política sólo aparezcan dos intentos de exposición exacta de este problema: en sus comienzos, el del padre de la escuela fisiocrática, Quesnay, y al final el de Carlos Marx. Durante el periodo intermedio, el problema no deja de preocupar a la economía política burguesa, pero ésta, con todo, no llega siquiera a planteárselo en su pureza, separado de los problemas semejantes que con él se cruzan, ni mucho menos a resolverlo. No obstante, dada la importancia fundamental de este problema, cabe afirmar hasta cierto punto que sólo teniendo en cuenta estos intentos es posible seguir en general las vicisitudes de la economía científica.


¿En qué estriba el problema de la reproducción del capital total? Reproducción, en el sentido literal de la palabra, es sencillamente producción nueva, reiteración, renovación del proceso de producción. Y a primera vista, parece que no se ve por qué ha de ser necesario distinguir el concepto de la reproducción de la producción para todos comprensible, ni por qué ha de emplearse para designarlo una expresión nueva y desconcertante. Pero, cabalmente, la repetición, la renovación constante del proceso de producción, nos brinda ya de por sí un elemento de importancia. En primer termino, la reiteración regular de la producción es el supuesto y fundamento general del consumo regular, y por tanto la condición previa de la existencia cultural de la sociedad humana bajo todas sus formas históricas. En este sentido, el concepto de la reproducción encierra un elemento entrelazado a las formas de la cultura. La producción no podrá rei­terarse, no seria posible la reproducción, si como resultado de los periodos de producción anteriores no quedaran en pie determinadas, condiciones previas, materias primas, fuerzas de trabajo. Pero en las fases primitivas de la civilización, cuando el hombre comienza a dominar la naturaleza exterior, esta posibilidad de renovar la producción depende en mayor o menor escala del azar. Mientras la caza o la pesca constituyen la base principal de la existencia de la socie­dad, la reiteración regular de la producción se ve frecuentemente in­terrumpida por períodos de hambre general. En algunos pueblos pri­mitivos, los requisitos para que la reproducción sea un proceso regular reiterado encuentran desde muy temprano expresión tradicional y socialmente obligatoria en ciertas ceremonias de carácter religioso. Así, según las minuciosas investigaciones de Spencer y Gillen, el culto totemista de los negros australianos no es, en el fondo, más que la tradición cristalizada en ceremonias religiosas de ciertas medidas rei­teradas regularmente desde tiempos inmemoriales para la adquisición y conservación de sus elementales medios de vida. Pero sólo el cul­tivo de la tierra, la utilización de los animales domésticos y la ganadería para fines alimenticios hacen posible la alternativa regular de producción y consumo que constituyen la nota característica de la reproducción. En este sentido, el concepto de la reproducción en­cierra algo más que la mera reiteración, implica ya un cierto nivel en el dominio de la naturaleza exterior por la sociedad, o, dicho en términos económicos, un cierto nivel en la productividad del trabajo.
Por otra parte, el proceso de la producción es, en todos los gra­dos de la evolución social, una unidad formada por dos elementos distintos, aunque íntimamente relacionados: las condiciones técni­cas y las sociales, es decir, de la relación de los hombres con la naturaleza y de las relaciones de los hombres entre sí. La repro­ducción depende en igual grado de ambos factores. Ya hemos dicho hasta qué punto se halla supeditada a las condiciones técnicas del trabajo humano y es resultado de un cierto nivel en la productivi­dad del trabajo. Pero no menos decisivas son las formas sociales de producción imperantes. En una tribu agraria comunista primitiva, la reproducción y con ella todo el plan de la vida económica correrán a cargo de la totalidad de aquellos que trabajan y de sus órganos democráticos; el decidir cuándo han de comenzar los trabajos, su organización, el velar porque se reúnan diversos facto­res: materias primas, instrumentos y fuerzas de trabajo, y final­mente, el determinar el alcance y plan de la reproducción, son fruto de la colaboración organizada de todos dentro de la comunidad. En una explotación a base de esclavos o en un feudo señorial, la repro­ducción se arranca a la fuerza y está reglamentada en todos sus de­talles sobre un régimen de dominio personal, régimen que no conoce más frontera que el derecho del poder señorial centralizado a dis­poner de una cantidad más o menos grande de fuerzas de trabajo ajenas. En la sociedad organizada a base de la producción capita­lista, la reproducción presenta un aspecto completamente peculiar, como resulta ya a simple vista en ciertos fenómenos salientes. En todos los demás tipos de sociedad históricamente conocidos, la repro­ducción se emprende de un modo regular tan pronto como lo con­sienten las condiciones previas; es decir, tan pronto como se reúnen los medios de producción y las fuerzas de trabajo necesarios. Sólo influencias exteriores, por ejemplo, una guerra devastadora o una gran peste, al producir una gran despoblación y con ella el aniquila­miento en masa de la población obrera y de los medios de produc­ción disponibles, hacen de vez en cuando que en los pueblos antiguos no se repita, o sólo se repita en pequeña escala, la reproducción, durante períodos más o menos largos. Fenómenos semejantes se dan en parte o pueden darse cuando el plan de la producción se deter­mina despóticamente. Cuando el capricho de un faraón del antiguo Egipto encadenaba durante años y años a miles de fellahs a la empresa de levantar pirámides, cuando en el Egipto moderno un Ismael Pachá manda a 20.000 fellahs a trabajar al canal de Suez en prestación personal, o cuando el emperador Chihoang-ti, fundador de la dinastía Tsin, 200 años antes de la era cristiana, dejaba mo­rir de hambre y agotamiento a 400.000 hombres e invertía una ge­neración entera en levantar la Gran Muralla de China en la frontera septentrional de su Imperio, quedaban sin cultivo grandes extensiones de tierra y la vida económica normal se interrumpía durante largos años. Pero estas interrupciones del proceso de producción respondían, en todos estos casos, a causas perfectamente claras y tangibles, que radicaban todas en el hecho de que un soberano dis­pusiese a su antojo del plan total de reproducción. En las sociedades de producción capitalista las cosas ocurren de otro modo. Durante ciertas épocas, vemos que aun dándose todos los medios materiales de producción y todas las fuerzas de trabajo necesarias para llevar a cabo la reproducción, las necesidades de la sociedad quedan insa­tisfechas, a pesar de lo cual la reproducción se interrumpe total­mente o sólo se desarrolla dentro de límites reducidos. Aquí, la res­ponsabilidad por las dificultades con que tropieza el proceso de reproducción no radica en las intromisiones despóticas de nadie en el plan económico. Lejos de ello, la reproducción, en estos casos, no depende solamente de las condiciones técnicas, sino de una con­dición puramente social: la de que sólo se produzcan aquellos ar­tículos que pueden contar con la seguridad absoluta de encontrar comprador, de ser cambiados por dinero, y no de cualquier modo, sino con una ganancia de tipo usual. La ganancia como fin último y determinante es, pues, el factor que preside en esta sociedad no sólo la producción, sino también la reproducción; es decir, no sólo el cómo y el por qué del proceso del trabajo y la distribución de los productos, sino también el alcance y el sentido en que el proceso de trabajo ha de reanudarse, una vez que el período anterior de tra­bajo haya llegado a su término. Allí donde la producción presenta forma capitalista, la presenta también, necesariamente, la repro­ducción.1

El proceso de reproducción de la sociedad capitalista toma, por tanto, en virtud de la forma de un problema muy singular y com­plejo, factores puramente históricos y sociales. Ya en los rasgos externos del proceso de reproducción capitalista se advierte su pe­culiaridad histórica específica total, puesto que abarca no sólo la producción, sino también la circulación (proceso de cambio), compren­diendo a ambas.


La producción capitalista es esencialmente una producción de in­contables productores privados sin plan regulador alguno, siendo el cambio el único nexo social que los vincula. Por tanto, para la determinación de las necesidades sociales, la reproducción sólo puede contar con las experiencias del período de trabajo anterior; pero estas experiencias son experiencias privadas de productores indivi­duales que no revisten una expresión social sintética. Además, no son nunca experiencias positivas y directas sobre las necesidades de la sociedad, sino experiencias indirectas y negativas que únicamente permiten, partiendo del movimiento de los precios, sacar conclusio­nes sobre el exceso o carencia de los productos elaborados en rela­ción con la demanda. Ahora bien, la reproducción se reanuda siem­pre por los productores privados aprovechando estas experiencias extraídas del período de producción anterior. Según esto, en el pe­ríodo siguiente sólo puede darse igualmente un exceso o un defecto siguiendo cada rama de la producción su propia ruta, con lo cual puede resultar en unas, un exceso y en otras, en cambio, un defecto. Teniendo en cuenta, sin embargo, la mutua dependencia técnica de casi todas las ramas de la producción, un aumento o una disminu­ción de los valores de uso producidos en algunas de las grandes ramas directivas, provoca el mismo fenómeno en la mayor parte de las restantes. Así resulta alternativamente, de tiempo en tiempo, un sobrante general y una falta general de productos en relación con la demanda de la sociedad. Todo lo cual hace que la reproducción en la sociedad capitalista adopte una forma peculiar diferente a la de todos los tipos históricos de producción que le han precedido. En pri­mer lugar, cada una de las ramas productivas realiza un movimiento hasta cierto punto independiente, que, de tiempo en tiempo, con­duce a interrupciones más o menos largas en la reproducción. En se­gundo lugar, las desviaciones de la reproducción en las diversas ra­mas con respecto a las necesidades sociales se suman, produciendo periódicamente un desequilibrio total, e inmediatamente una pa­ralización general de la reproducción. La reproducción capitalista ofrece, por tanto, una fisonomía muy peculiar. Mientras la repro­ducción en cualquiera de las formaciones económicas precedentes (prescindiendo de violentas intervenciones externas) transcurre como un círculo interrumpido, uniforme, la reproducción capita­lista sólo puede ser representada (para emplear una conocida ex­presión de Sismondi) como una serie continuada de espirales distin­tas, cuyas curvas, pequeñas al principio, son cada vez mayores, y muy grandes al final, a lo que sigue una contracción, y la próxima espiral comienza de nuevo con curvas pequeñas para recorrer el mismo ciclo, hasta que éste se interrumpe. Es decir, se trata de un proceso continuamente repetido.
La periodicidad con que ocurre la mayor extensión de la repro­ducción, y su contracción e interrupción parcial, es decir, lo que se designa como el ciclo periódico del restablecimiento o coyuntura baja, prosperidad o coyuntura alta y crisis es la peculiaridad más saliente de la reproducción capitalista.
Es, sin embargo, muy importante determinar de antemano que si bien la periodicidad de coyunturas de prosperidad y de crisis re­presenta un elemento importante de la reproducción, no constituye el problema de la reproducción capitalista en su esencia. Las alternativas periódicas de coyuntura o de prosperidad y de crisis son las for­mas específicas que adopta el movimiento en el sistema económico capitalista; pero no el movimiento mismo. Para exponer en su ver­dadero aspecto el problema de la reproducción capitalista tenemos que prescindir, por el contrario, de las alternativas periódicas de prosperidad y de crisis. Por extraño que esto pueda parecer, es un método perfectamente racional; más aún, el único método científico posible de investigación. Para plantear y resolver en su pureza el problema del valor tenemos que prescindir de las oscilaciones de los precios. Vemos que la economía vulgar trata siempre de resol­ver el problema del valor con referencia a las oscilaciones de la demanda y la oferta. La economía clásica, de Smith a Marx, por el contrario, ha manifestado que las oscilaciones interdependientes entre la demanda y la oferta sólo pueden explicar cómo el precio se desvía del valor, pero no el valor mismo. Para hallar el valor de las mercancías, tenemos que abordar el problema bajo el su­puesto de que la oferta y la demanda se equilibran, es decir, que el precio y el valor de las mercancías coinciden. Por tanto, el pro­blema científico del valor comienza, justamente, allí donde cesa la acción de la oferta y la demanda. Ocurre con referencia al problema de la reproducción del capital social en conjunto exactamente lo mismo. Las coyunturas de prosperidad y de crisis periódicas hacen que la reproducción capitalista, por regla general, oscile en tor­no a las necesidades y capacidad adquisitiva de la sociedad, ale­jándose de ellas unas veces hacia arriba, y otras veces por debajo de ellas, llegando casi hasta la paralización total del proceso. Pero si se toma un período considerable, todo un ciclo con coyuntu­ras distintas de prosperidad y de crisis, es decir, de suprema ten­sión de la reproducción y de un relajamiento e interrupción, ve­mos que se equilibran, y la medida del ciclo nos da la magnitud media de la reproducción. Esta media no es sólo un producto men­tal, teórico, sino también un hecho real, objetivo. Pues, a pesar de las intensas oscilaciones de las coyunturas, a pesar de las cri­sis, las necesidades de la sociedad se satisfacen bien o mal, la reproducción sigue su camino ondulante y las fuerzas producti­vas se desarrollan cada vez más. ¿Cómo se realiza esto si prescin­dimos de las alternativas de crisis y prosperidad? Aquí comienzan las dificultades, intentándose por algunos resolver el problema de la reproducción por referencia a la periodicidad de las crisis, lo cual es propio en el fondo de la economía vulgar, del mismo modo que lo es el intento de resolver el problema del valor por las osci­laciones de la oferta y la demanda. No obstante, ya veremos cómo los economistas muestran siempre, sin percatarse de su error, inclinación a involucrar en el problema de la crisis el problema de la reproducción apenas se lo planteen, limitando la perspectiva y ale­jándose así ellos mismos de la solución. Cuando en adelante hable­mos de reproducción capitalista, ha de entenderse siempre la media resultante de las oscilaciones ocurridas dentro de un ciclo.
La producción capitalista se realiza por un número ilimitado y fluyente de productores privados independientes, sin ningún con­trol social, salvo la observancia de las oscilaciones de los precios, y sin otro nexo que el cambio de mercancías. ¿Cómo, de hecho, re­sulta de estos movimientos incontables e inconexos la producción total? Al plantear así la cuestión (y ésta es la primera forma gene­ral bajo la cual se ofrece inmediatamente el problema) se olvida que en este caso los productores privados no son simples produc­tores de mercancías, sino productores capitalistas, igualmente que la producción total de la sociedad no es una producción encami­nada, en general, a la satisfacción de las necesidades del consumo, ni una sencilla producción de mercancías, sino producción capitalista. Veamos qué alteraciones en el problema implica dicho olvido.
El productor, que no sólo produce mercancías, sino capital, debe engendrar, ante todo, plusvalía. La plusvalía es el fin último y el motivo impulsor del productor capitalista. Las mercancías elabora­das, una vez vendidas, no sólo deben suministrar a aquél el capi­tal anticipado, sino un excedente sobre él, una cantidad de valor a la que no corresponde gasto alguno de parte suya. Desde el punto de vista de esta creación de plusvalía, a sus espaldas y contra las fábulas que invente para sí y el resto del mundo sobre el capital fijo y circulante, el capital adelantado por el capitalista se divide en dos partes: una que representa sus gastos en medios de produc­ción, local de trabajo, materias primas y auxiliares, etc., y otra parte que se invierte en salarios. A la primera parte, que traspasa su valor, mediante el proceso de trabajo, al producto sin alteración alguna, llama Marx parte constante del capital; a la segunda, que por apropiación de trabajo no pagado se incrementa creando plus­valía, parte variable del capital. Desde este punto de vista la com­posición del valor de toda mercancía elaborada en el sistema capi­talista responde normalmente a la fórmula
c+v+p
expresando c el valor del capital constante, es decir, la parte de valor incorporado a la mercancía por el trabajo objetivado, nuevo contenido de los medios de producción gastados, v el capital va­riable, es decir, la parte del capital invertida en salarios, signifi­cando finalmente p la plusvalía, es decir, el aumento de valor procedente de la parte no pagada del trabajo asalariado. Las tres partes del valor se hallan reunidas en la figura concreta de la mercancía elaborada, considerándose como unidad cada uno de los ejemplares así como la masa total de mercancías, lo mismo que se trate de tejidos de algodón o de representaciones de ballet, de tubos de hierro o de periódicos liberales. La elaboración de mer­cancías no constituye un fin para el productor capitalista, y sí un medio para apropiarse plusvalía. Pero mientras la plusvalía esté oculta en la mercancía es inútil en manos del capitalista. Después de producirla necesita realizarla, transformarla en su pura figura de valor, es decir, en dinero. Para que esto acontezca y el capitalista se apropie de la plusvalía en su forma de dinero, todo el capital anticipado debe perder la forma de mercancía y volver a él en forma de dinero. Sólo entonces, es decir, cuando la masa total de mercancías se haya enajenado conforme a su valor, por dinero, se habrá conseguido el fin de la producción. La fórmula
c+v+p
que antes se refería a la composición cuantitativa del valor de las mercancías, se refiere ahora del mismo modo a la del dinero obte­nido por la venta de aquéllas: una parte de él (c) restituye al ca­pitalista sus anticipos en medios de producción consumidos, otra (v) en salarios, siendo la última (p) el sobrante esperado, es decir, la “ganancia líquida” del capitalista en dinero contante2. Esta trans­formación del capital, de su forma originaria que constituye el punto de partida de toda producción capitalista, en medios de producción inanimados y vivos (es decir, materias primas, instrumentos y mano de obra a través del proceso productivo); de éstos en mercancía, mediante la incorporación de trabajo vivo, y finalmente su trans­formación en dinero por medio del proceso de cambio, y aún más, en una cantidad de dinero mayor que la lanzada a la circulación en el estadio inicial; esta rotación del capital no sólo es necesaria para la producción y apropiación de plusvalía. La verdadera finalidad e impulso motriz de la producción capitalista no es conseguir plusvalía en general, en cualquier cantidad, en una sola apreciación, sino plus­valía ilimitada, en cantidad creciente cada vez mayor. Pero esto no puede realizarse más que por el medio mágico enunciado: por la producción capitalista, es decir, por la apropiación de trabajo asa­lariado no pagado en el proceso de la elaboración de mercancías, y por la venta de las mismas. Por esto, la producción constantemente renovada, la reproducción como fenómeno regular, constituye en la sociedad capitalista un elemento totalmente nuevo, desconocido en las formaciones económicas precedentes. En todos los demás modos de producción históricos conocidos, el elemento determinante de la reproducción son las necesidades de consumo incesantes de la sociedad, sean éstas las necesidades de consumo, democráticamente determinadas, de la totalidad de los trabajadores en una cooperativa agraria comunista, sean las necesidades, determinadas despóticamente, de una sociedad de clases antagónicas, de una economía a base de esclavitud, de un coto señorial, etc. En el sistema capitalista el pro­ductor individual (y sólo de él aquí se trata) para nada tiene en cuenta las necesidades de la sociedad, su capacidad de consumo. Para él sólo existe la demanda con capacidad adquisitiva y ésta úni­camente como factor imprescindible para la realización de la plus­valía. Por todo ello, la elaboración de productos para el consumo, que satisfagan las necesidades que la capacidad adquisitiva de la sociedad permita, es un mandato ineludible para el capitalista in­dividual que le obliga a reanudar constantemente la reproducción; pero es también un rodeo desde el punto de vista del impulso mo­triz propiamente dicho, que es, repetimos, la realización de la plus­valía. El robo de la plusvalía, trabajo no pagado, es lo que en la sociedad capitalista hace de la reproducción en general un perpetuum mobile. Por su parte la reproducción, cuyo punto de partida en el sistema capitalista lo constituye siempre el capital, y el capi­tal en su forma pura de valor, es decir, en su forma de dinero, sólo puede seguir su curso, cuando los productos del período anterior, las mercancías, se transforman a su vez en dinero, mediante la venta. Por tanto, para los productores capitalistas la primera condición del proceso reproductivo es la realización de las mercancías elaboradas en el período de trabajo anterior.
Enfocamos ahora otro aspecto sustancial del problema. La deter­minación de la magnitud del proceso reproductivo depende (en el sistema económico capitalista) del arbitrio y criterio del em­presario individual. Pero su impulso motriz es la apropiación de plusvalía, y ello en progresión geométrica. Ahora bien, una mayor celeridad en la apropiación de plusvalía sólo es posible en virtud de un incremento en la producción capitalista que crea la plus­valía. En la producción de plusvalía la gran empresa se encuentra en todos sentidos en posición ventajosa frente a la pequeña empre­sa. Así, pues, el sistema capitalista no sólo engendra una tendencia permanente a la producción general, sino también de incremento constante del proceso reproductivo, renovándose la producción en escala siempre creciente.
Hay algo más. En el sistema capitalista no es sólo la apetencia de plusvalía del capitalista en sí lo que impulsa incesantemente la reproducción, sino que el propio sistema transforma dicho proceso re­productivo en una exigencia, en una condición de existencia económi­ca ineludible para los capitalistas individuales. Bajo el régimen de la concurrencia el arma más importante del capitalista individual en su lucha por un puesto en el mercado es la baratura de las mer­cancías. Pero todos los métodos duraderos para rebajar los costos de producción de las mercancías (que no logran por depresión de los salarios o prolongación de la jornada de trabajo un aumento de la plusvalía y pueden tropezar con diversos obstáculos) se resuelven en una ampliación de la producción. Trátese de ahorrar edificios e instrumentos, o de aplicar medios de producción de mayor rendi­miento, o de reemplazar en gran escala el trabajo manual por máquinas, o de aprovechar rápidamente una coyuntura favorable del mercado para adquirir materias primas baratas, en todos los casos la gran empresa ofrece ventajas frente a la pequeña y la media.
Estas ventajas aumentan proporcionalmente a la extensión de la empresa. Por esa razón la concurrencia misma impone a las otras necesariamente un progreso análogo al realizado por una parte de las explotaciones capitalistas, o por el contrario las condena a lan­guidecimiento y extinción. Resulta así una tendencia incesante a ampliar la reproducción que se extiende mecánicamente, como en ondas, sobre toda la superficie de la producción privada.
Para el capitalista individual el incremento de la reproducción se manifiesta al transformar en capital una parte de la plusvalía apropiada que acumula. La acumulación, por tanto, la transfor­mación de la plusvalía en capital activo, es la expresión capitalista de la reproducción ampliada.
La reproducción ampliada no es una invención del capital. Más bien constituye de antiguo la regla en toda formación social histó­rica en que se manifiesta un progreso económico y cultural. La reproducción simple (la simple repetición invariable y constante del proceso productivo) es ciertamente posible y puede observarse durante largos períodos de la evolución social. Así, por ejemplo, en las comunidades agrarias primitivas en que se equilibra el cre­cimiento de población no por un aumento gradual de la producción, sino por emigración periódica de las generaciones nuevas y por el emplazamiento de nuevas comunidades filiales igualmente reducidas que se bastan a sí mismas. Igualmente, en India o China los antiguos talleres de artesanos ofrecen el ejemplo de una repetición tradicional del proceso productivo adoptando la misma forma y amplitud a través de las generaciones. Pero en todos estos casos la reproducción simple es un índice del estancamiento económico y cultural predominante. Todos los progresos decisivos del proceso de trabajo y los monumentos de civilizaciones fenecidas, como las gran­des obras hidráulicas del Oriente, las pirámides egipcias, las calzadas militares romanas, las artes y ciencias griegas, el desarrollo de los oficios y las ciudades en la Edad Media, hubieran sido imposibles sin una reproducción ampliada, pues sólo el aumento gradual de la producción más allá de las necesidades inmediatas, y el crecimiento constante de la población y sus necesidades, crean la base económica que es prerrequisito indispensable a todo progreso cultural. Particu­larmente el cambio, y con él la aparición de la sociedad escindida en clases y sus progresos históricos, hasta la aparición del sistema capitalista, serían inconcebibles sin reproducción ampliada. Pero en la sociedad capitalista se añaden a la reproducción ampliada al­gunos caracteres nuevos. En primer término se convierte ésta, como ya se ha indicado, en exigencia ineludible para el capitalista indi­vidual. La reproducción simple, e incluso el retroceso en la repro­ducción, no quedan excluidos ciertamente del sistema de producción capitalista, antes bien, constituyen momentos en toda crisis, tras las tensiones igualmente periódicas de la reproducción ampliada en la coyuntura máxima. Pero el movimiento general de la reproducción (por encima de las oscilaciones y alternativas cíclicas) va en la dirección de una ampliación incesante. Para el capitalista indivi­dual la imposibilidad de marchar a compás de este movimiento ge­neral, significa la eliminación de la lucha por la concurrencia, la bancarrota.
Estudiemos otro ángulo de la cuestión. En todas las formaciones sociales en que predomine o exista en toda su fuerza una economía natural (en una comunidad agraria de la India o en una villa romana esclavista o en el coto feudal del Medievo) el concepto y el fin de la reproducción ampliada se refieren medularmente a la cantidad de productos, a la masa de los artículos de consumo elabo­rados. El consumo como fin domina la extensión y el carácter, tanto del proceso de trabajo en particular como de la reproducción en general. Por el contrario, en el sistema capitalista la producción no está, esencialmente, encaminada a satisfacer necesidades: su fin inmediato es la creación de valor, dominando dicho fin todo el pro­ceso de la producción y la reproducción. La producción capitalista no es producción de artículos de consumo, ni de mercancías en gene­ral, sino de plusvalía. Por tanto, para los capitalistas, reproducción significa tanto como incremento de la producción de plusvalía. Cierto que la producción de plusvalía se realiza bajo la forma de produc­ción de mercancías, y, por tanto, en último término, de producción de artículos para el consumo. Pero en la reproducción estos dos puntos de vista (el de la producción de plusvalía y el de la pro­ducción de artículos para el consumo) se separan constantemente de la productividad del trabajo. La misma magnitud de capital y de plusvalía se manifestará al traducirse la productividad en una can­tidad mayor de artículos de consumo. Por consiguiente, el incre­mento del proceso productivo y la elaboración de una masa mayor de valores de uso no es por sí sola, todavía, reproducción ampliada en sentido capitalista. A la inversa; el capital, hasta ciertos límites, puede conseguir una mayor plusvalía sin alterar la productividad del trabajo, intensificando el grado de explotación (por ejemplo, reba­jando los salarios) sin elaborar una cantidad mayor de productos. Pero en éste como en aquel caso se crea igualmente lo necesario a la reproducción ampliada, a saber: plusvalía, tanto como dimensión de valor como suma de cantidades de medios de producción materia­les. Por regla general el aumento de la producción de plusvalía se logra invirtiendo más capital, y esto se logra transformando en capital una parte de la plusvalía apropiada. En este sentido es indiferente que la plusvalía capitalista se aplique a la ampliación de la antigua empresa o se destine a nuevas explotaciones independientes. Por tanto, la reproducción ampliada, en el sentido capitalista, expresa específicamente el crecimiento del capital por capitalización pro­gresiva de la plusvalía, o como Marx lo llama, por acumulación de capitales. La fórmula general de la reproducción ampliada bajo el régimen del capital es, pues, la siguiente:
(c+v) + p/x + p’
siendo p/x la parte capitalizada de la plusvalía apropiada en el período de producción anterior y p’ la plusvalía nueva sacada del capital adicionado. Esta plusvalía nueva se capitaliza a su vez en parte. El flujo constante de esta apropiación y capitalización de plus­valía, que se condicionan mutuamente, constituye el proceso de la reproducción ampliada en el sentido capitalista.
Pero estamos por lo pronto sólo frente a la fórmula general abstracta de la reproducción. Consideremos, sin embargo, más de cerca las condiciones concretas que se requieren para la realización de esa fórmula.
La plusvalía apropiada, una vez que, en el mercado, ha perdido con fortuna la forma de mercancía, se manifiesta como una suma determinada de dinero. En esta forma posee la figura absoluta de valor con que puede comenzar su carrera como capital. Ahora bien, con dinero no se puede crear ninguna plusvalía; para que la parte de plusvalía destinada a la acumulación se capitalice realmente, ha de adoptar la figura concreta que la capacita para actuar como capital productivo, es decir, como capital que haga posible la apro­piación de nueva plusvalía. Para ello es necesario que al igual que el capital primitivo anticipado se escinda en dos partes, una cons­tante, expresada en medios de producción muertos, y una variable, expresada en salarios. Sólo entonces podrá ser comprendido, como el capital originalmente adelantado, dentro de la fórmula
c+v+p
Pero para esto no basta la apetencia acumulativa del capitalis­ta, ni tampoco su ahorro y “sobriedad”, “virtudes que le permiten destinar a la producción la mayor parte de su plusvalía”, en vez de gastarla toda, alegremente, en lujo y placeres. Para ello se re­quiere más propiamente que encuentre en el mercado las figuras concretas que piensa dar a su nuevo acrecentamiento de capital, es decir, en primer lugar: justamente los medios de producción mate­riales (materias primas, máquinas, etc.), que necesita para el gé­nero de producción por él planeado y elegido, para dar, en fin, a la parte constante del capital forma productiva. Pero también, en segundo lugar, es preciso que pueda transformar aquella porción de capital que constituye la parte variable y para esto son necesa­rias dos cosas: en primer lugar, que en el mercado de trabajo haya en número suficiente la mano de obra que le hace falta para poner en movimiento la nueva adición de capital, y luego (puesto que los obreros no pueden vivir de dinero) que existan también en el mercado los medios de subsistencia adicionales contra los cuales los nuevos trabajadores ocupados puedan cambiar la parte variable del capital obtenida de los capitalistas.
Dadas estas condiciones previas, el capitalista puede poner en movimiento su plusvalía capitalizada y hacer que, como capital, en­gendre en el proceso nueva plusvalía. Pero con esto no está resuelto definitivamente el problema. Por el momento, el nuevo capital, y la plusvalía creada, se encuentran aún bajo la forma de una nueva masa adicional de mercancías de cualquier género. En esta figura el nuevo capital está sólo adelantado, y la plusvalía por él creada se encuentra en una forma inútil para el capitalista. Para que el nuevo capital cumpla su fin en la vida, ha de borrarse su figura de mercancía, y volver, junto con la plusvalía por él engendrada, bajo su forma pura de valor, en dinero, a manos del capitalista. Si esto no se consigue, el nuevo capital y la nueva plusvalía se han perdido entera o parcialmente, la capitalización de la plusvalía ha fracasado, y la acumulación no se verifica. Para que la acumu­lación se realice efectivamente, es, pues, absolutamente necesario que la masa adicional de mercancías elaborada por el nuevo capital con­quiste un puesto en el mercado y realice su valor en dinero.
Vemos, pues, que la reproducción ampliada bajo condiciones ca­pitalistas, o lo que es igual, la acumulación del capital, está ligada a una serie de condiciones específicas, que son las siguientes: Primera condición: la producción debe engendrar plusvalía, pues la plusvalía es la forma única en que es posible bajo el sistema capitalista el acrecentamiento de la producción. Esta condición ha de cumplirse en el proceso de producción mismo, en la relación entre capitalista y obrero, en la producción de mercancías. Segunda condición: para que la plusvalía destinada a la ampliación de la reproducción sea apropiada, una vez cumplida la primera condición, ha de ser reali­zada, transformada en dinero. Esta condición nos lleva al mercado de mercancías, donde las probabilidades de cambio deciden sobre el destino ulterior de la plusvalía, y por tanto también de la futura reproducción. Tercera condición: suponiendo que se haya logrado realizar las plusvalía, y una parte de la plusvalía realizada se haya transformado en capital destinado a la acumulación, el nuevo capi­tal ha de tomar forma productiva, es decir, transformarse en medios de producción y mano de obra, y, además, la parte de capital cam­biada por la mano de obra ha de adoptar a su vez la forma de medios de subsistencia para los trabajadores. Esta condición nos lleva de nuevo al mercado de mercancías y al mercado de trabajo. Si enton­ces ocurre lo necesario, si sobreviene la reproducción ampliada de las mercancías se añade la cuarta condición: la masa adicional de mer­cancías que representa el nuevo capital, junto con la nueva plus­valía, ha de ser realizada, transformada en dinero. Sólo al ocurrir esto, se ha verificado la reproducción ampliada en sentido capita­lista. Esta última condición nos lleva una vez más al mercado.
Así, la reproducción capitalista, lo mismo que la producción, va constantemente del taller al mercado, de la oficina particular y de la fábrica, a las que está “prohibido el acceso” y en las que la voluntad soberana del capitalista individual es la ley suprema, al mer­cado, al que nadie prescribe leyes, y donde no hay voluntad ni razón que se impongan. Pero justamente en la arbitrariedad y anarquía que reinan en el mercado encuentra el capitalista individual su dependen­cia con respecto a la totalidad de los miembros individuales produc­tores y consumidores que forman la sociedad. Para ampliar su re­producción necesita medios de producción adicionales y obreros, así como medios de subsistencia para éstos; ahora bien, la existencia de todo ello depende de elementos, circunstancias, procesos que se rea­lizan a espaldas suyas y con entera independencia de su persona. Para poder realizar su masa de productos aumentada necesita un mercado más amplio, pero el aumento de la demanda en general como en particular con respecto a su género de mercancías, es algo frente a lo cual él es impotente en absoluto.
Las condiciones enumeradas, todas las cuales expresan la con­tradicción inmanente entre producción y consumo privados, y el nexo social que existe entre ambos, no son elementos nuevos que se pre­senten por primera vez en la reproducción. Son un aspecto de las contradicciones generales de la producción capitalista. Se manifies­tan, sin embargo, como dificultades particulares del proceso de re­producción y ello por las siguientes razones: desde el punto de vista de la reproducción y, particularmente, de la reproducción ampliada, el sistema capitalista aparece en su curso como un proceso, no sólo en sus caracteres fundamentales, sino también en las características pro­pias a cada uno de sus períodos de producción. Por consiguiente, desde este punto de vista, el problema, en términos generales, se plantea así: ¿cómo puede encontrar cada capitalista individual los medios de producción y los obreros que necesita, cómo puede dar salida en el mercado a las mercancías que ha hecho producir, no habiendo control ni plan sociales que pongan en armonía la produc­ción y la demanda? La contestación es que, por una parte, la ape­tencia de plusvalía que sienten los capitalistas individuales y la con­currencia entablada entre ellos, así como los efectos automáticos de la explotación y concurrencia capitalistas, se encargan tanto de que se elaboren todo género de mercancías y por tanto medios de pro­ducción, como de que en general haya a disposición del capital una masa creciente de obreros proletarizados. Por otra parte, la carencia de plan se manifiesta en que la coincidencia de demanda y oferta, en todas las esferas, sólo se realiza momentáneamente, merced a desviaciones y oscilaciones de los precios; y al juego cruel de la ley de la oferta y la demanda, con su secuela obligada: la crisis.
Desde el punto de vista de la reproducción el problema se pre­senta de otro modo: ¿cómo es posible el suministro en el mercado de medios de producción y mano de obra que se realizan sin plan al­guno? ¿Cómo es posible que las condiciones del mercado, que varían sin plan ni cálculo posible, aseguren al capitalista individual medios de producción, mano de obra y posibilidades de mercado que corres­ponden en cada caso a las necesidades de su acumulación, y que aumentan, por tanto, en una determinada medida? Precisemos más la cosa. Según la fórmula por nosotros conocida, el capitalista pro­duce en la siguiente proporción:
40c+10v+10p
siendo el capital constante cuatro veces mayor que el variable y el tipo de plusvalía 100 por 100. En este caso la masa de mercancías representará un valor de 60. Supongamos que el capitalista se halla en situación de capitalizar la mitad de su plusvalía y la añade al antiguo capital, conservando éste la misma composición. El período de producción siguiente se expresaría en la fórmula
44c+11v+11p=66
Supongamos que el capitalista se halla nuevamente en situación de capitalizar la mitad de su plusvalía y así los demás años. Para que pueda realizarlo es menester que halle no sólo en general, sino en la progresión determinada, medios de producción, mano de obra y mer­cado que correspondan a los progresos de su acumulación.


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