• (Fernand Braudel, La dinámica del capitalismo , Fondo de Cultura Económica, México, 1986, pp. 16-43.)

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    Reflexionando acerca de la vida material y la vida económica



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    Reflexionando acerca de la vida material y la vida económica.
    A partir de 1450, en Europa, el número de hom­bres aumenta con rapidez, porque entonces resulta necesario y posible compensar las enormes pérdidas del siglo anterior, después de la Peste Negra. Se produce una recupera­ción que dura hasta el siguiente reflujo. Su­cesivos y como si estuvieran previstos de antemano, en opinión de los historiadores, flujo y reflujo dibujan y revelan una serie de ten­dencias generales, de reglas a largo plazo que seguirán presentes hasta el siglo XVIII. Y sólo en el siglo XVIII se producirá una ruptura de las fronteras de lo imposible, la superación de un techo hasta entonces infranqueable. A partir de entonces, el número de hombres no ha ce­sado de aumentar, no ha habido ya frenazo ni inversión del movimiento. ¿Podría quizás pro­ducirse tal inversión el día de mañana?

    En cualquier caso, hasta el siglo XVIII el sis­tema de vida se encuentra encerrado dentro de un círculo casi intangible. En cuanto se alcan­za la circunferencia, se produce casi inmedia­tamente una retracción, un retroceso. No faltan las maneras y ocasiones de restablecer el equi­librio: penurias, escaseces, carestías, duras condiciones de la vida diaria, guerras y, finalmente, una larga sucesión de enfermedades. Actualmente aún están presentes; ayer eran auténticas plagas apocalípticas: la peste con sus epidemias regulares, que no abando­nará Europa hasta el siglo XVIII; el tifus que, con la llegada del invierno, bloqueará a Na­poleón con su ejército en pleno corazón de Ru­sia; la fiebre tifoidea y la viruela, enfermedades endémicas; la tuberculosis, que pronto hará ac­to de presencia en el campo y que, en el siglo XIX, inunda las ciudades y se convierte en el mal romántico por excelencia; finalmente, las enfermedades venéreas, la sífilis que rena­ce o, mejor dicho, que se propaga debido a la combinación de diferentes especies microbia­nas tras el descubrimiento de América. Las de­ficiencias de la higiene y la mala calidad del agua potable harán el resto.

    ¿Cómo podía el hombre, desde el momento de su frágil nacimiento, escapar a todas estas agresiones? La mortalidad infantil es enorme, al igual que en ciertos países subdesarrollados de ayer y de hoy, y la situación sanitaria ge­neral precaria. Contamos con cientos de infor­mes sobre autopsias a partir del siglo XVI. Son alucinantes: la descripción de las deformacio­nes, del deterioro de los cuerpos y de la piel, la anormal población de parásitos alojados en los pulmones y en las entrañas asombraría a un médico actual. Hasta época reciente, por lo tanto, una realidad biológica malsana do­mina implacablemente la historia de los hom­bres. Debemos tenerlo en cuenta cuando nos preguntamos: ¿cómo son?, ¿de qué males su­fren?, ¿pueden acaso conjurar sus males?

    Otras preguntas planteadas en los siguien­tes capítulos: ¿qué es lo que comen?, ¿qué beben?, ¿cómo visten?, ¿dónde se alojan? Preguntas incongruentes, que exigen casi una expedición de descubridores porque, como es sabido, en los libros de historia tradicional, el hombre ni come ni bebe. Se dijo hace tiempo, no obstante, que Der Mensch ist was er isst (el hombre es lo que come), pero quizás fuera tan sólo por el gusto de hacer juegos de palabras que la lengua alemana permite. No creo, sin embargo, que debamos relegar al terreno de lo anecdótico la aparición de tantos productos alimenticios, del azúcar, del café, del té al al­cohol. Constituyen de hecho, en cada ocasión, interminables e importantes flujos históricos. No insistiremos nunca lo bastante en la impor­tancia de los cereales, plantas dominantes en la alimentación antigua. El trigo, el arroz y el maíz son el resultado de selecciones antiquísi­mas y de innumerables y sucesivas experien­cias que, debido al efecto de "derivas" multiseculares (adoptando el término emplea­do por Pierre Gourou, el más grande de los geógrafos franceses), se han convertido en op­ciones de civilización. El trigo, que devora a la tierra, que exige que ésta descanse regular­mente implica y posibilita la ganadería: ¿po­dríamos acaso imaginarnos la historia de Europa sin sus animales domésticos, sus ara­dos, sus yuntas, sus distintos tipos de acarreo? El arroz nace de cierto tipo de jardinería, de un cultivo intenso en el cual no participan pa­ra nada los animales. El maíz es, sin duda, el más cómodo, el más fácil de obtener de los ali­mentos cotidianos: facilita el tiempo libre, y de ahí las faenas campesinas y los enormes mo­numentos amerindios. Una fuerza de trabajo no utilizada fue confiscada por la sociedad. Y podríamos discutir también acerca de las dis­tintas raciones y calorías que representan los cereales, acerca de las insuficiencias y cambios de dieta a través de los siglos. ¿Acaso no son temas tan apasionantes como el del destino del Imperio de Carlos V o el de los esplendores fugaces y discutibles de lo que llamamos la pri­macía francesa en tiempos de Luis XIV? Y bien es cierto que son asimismo temas carga­dos de consecuencias, la historia de las drogas antiguas, del alcohol, del tabaco, la manera fulgurante con que el tabaco, especialmente, le ha dado la vuelta al mundo, ¿no constituye aca­so una advertencia frente a las drogas actua­les, mucho más peligrosas?

    Consideraciones análogas se imponen con respecto a las técnicas. Maravillosa historia en verdad, que atañe al trabajo de los hombres y a sus lentísimos progresos dentro del marco de su lucha cotidiana contra el mundo exte­rior y contra sí mismos. Todo es técnica desde siempre: tanto el esfuerzo violento como el es­fuerzo paciente y monótono de los hombres modelando una piedra, un trozo de madera o de hierro para fabricar una herramienta o un arma. ¿Acaso no se trata de una actividad rea­lizada a ras del suelo, esencialmente conser­vadora y lenta en transformarse, y a la que la ciencia (que es su superestructura tardía) re­cubre lentamente, si es que llega a cubrirla? Las grandes concentraciones económicas traen  consigo la concentración de medios técnicos y el desarrollo de una tecnología: así ocurre con el Arsenal de Venecia en el siglo Xv, con la Holanda del siglo XVII y con la Inglaterra del XVIII. Y en cada ocasión la ciencia, por muy en sus comienzos que esté, acudirá a la cita, porque se ve llevada a ella por la fuerza.

    Desde siempre, todas las técnicas, todos los elementos de la ciencia, se intercambian y via­jan alrededor del mundo; hay una incesante difusión. Pero otra cosa que se difunde, aun­que mal, son las asociaciones, las agrupaciones de técnicas: el timón de codaste, más el casco de tingladillo, más la artillería naval, más la navegación de altura  así como el capita­lismo, suma de artificios, procedimientos, costumbres y realizaciones. ¿Acaso fueron la navegación de altura y el capitalismo los que forjaron la supremacía de Europa, por el me­ro hecho de no haberse difundido en bloque?

    Pero me preguntarán ustedes: ¿por qué están sus dos últimos capítulos dedicados a la moneda y a las ciudades? Es verdad que he querido aligerar el volumen siguiente. Pero esta razón por sí sola, evidentemente, no es ni Po­dría ser suficiente. La verdad es que las mo­nedas y las ciudades participan a la vez de la cotidianeidad inmemorial y de la más recien­te modernidad. La moneda es un invento an­tiquísimo, si entendemos como tal todo medio, que agilita los intercambios. Y sin intercam­bios no hay sociedad. En cuanto a las ciuda­des, existen desde la Prehistoria. Se trata de es­tructuras multiseculares que forman parte de la Vida más común. Pero son asimismo multi­plicadores capaces de adaptarse al cambio, de ayudarle poderosamente. Podríamos afirmar que las ciudades y la moneda fabricaron la mo­dernidad; pero también, siguiendo la regla de reciprocidad tan cara a Georges Gurvitch, que la modernidad, la masa en movimiento de la vi­da de los hombres, impulsó la expansión de la moneda y construyó la creciente tiranía de las ciudades. Ciudades y monedas son, al mis­mo tiempo, motores e indicadores; provocan y señalan el cambio. Y también son su conse­cuencia.

    Digamos que no es fácil delimitar el inmenso terreno de lo habitual; de lo rutinario, "ese gran ausente de la historia". En realidad, lo habitual invade el conjunto de la vida de los hombres v se difunde en ella al igual que las sombras del atardecer invaden un paisaje. Pero estas sombras, esta falta de memoria v de lu­cidez admiten a la vez zonas menos ilumina­das v zonas más iluminadas que otras. Sería necesario establecer el límite entre sombra y luz, entre rutina y decisión consciente. Una vez establecido, nos sería posible distinguir lo que está a la derecha y lo que está a la izquierda del espectador o, mejor dicho, lo que está por debajo y lo que está por encima de él. Pues bien, imagínense ustedes la enorme y múlti­ple capa que representan para una región determinada todos los mercados elementales con los que cuenta  una nube de puntos , para ventas a menudo mediocres. Por estas múlti­ples salidas comienza lo que denominamos la economía de intercambio, tendida entre el enorme campo de la producción y el del consumo, igualmente enorme. Durante los siglos del Antiguo Régimen, entre 1400 y 1800, se trata aún de una economía de intercambio lle­na de imperfecciones. Sin duda, y debido a sus orígenes, esta economía se pierde en la noche de los tiempos, pero no logra asociar toda la producción a todo el consumo, ya que una in­mensa parte de aquélla se pierde en el auto­consumo, de la familia o del pueblo, y no entra en el circuito del mercado.

    Una, vez considerada esta imperfección, nos queda que la economía de mercado se encuentra en vías de desarrollo, y que enlaza ya un nú­mero suficiente de burgos y ciudades como para poder comenzar a organizar ya la producción, a orientar y a dirigir el consumo. Habrán de pasar siglos, sin duda, pero entre estos dos universos  la producción, en la que todo nace, y el consumo, en el que todo perece , la economía de mercado constituye el nexo de unión, el motor, la zona estrecha pero viva en la que surgen las incitaciones, las fuerzas Vivas, las novedades, las iniciativas, múltiples tomas de conciencia, los desarrollos e incluso el progreso. Me gusta, aunque no la comparto totalmente, la observación de Carl Brinkman, para quien la historia económica se reduce a la historia de la economía de mer­cado, observada desde sus orígenes hasta fin.

    Por eso he observado atentamente, he des­crito y he hecho revivir aquellos mercados ele­mentales que se encontraban a mi alcance. Estos marcan una frontera, un límite inferior de la economía. Todo lo que queda fuera del mercado no tiene sino un valor de uso, mien­tras que todo lo que traspasa su estrecha puerta adquiere un valor de intercambio. Según se en­cuentre a uno o a otro lado del mercado ele­mental, el individuo, el "agente", se encuentra o no incluido dentro del intercambio, dentro de lo que he llamado la vida económica, para con­traponerla a la vida material, y para distinguir­lo también  pero vamos a dejar esta discusión para más adelante  del capitalismo. El artesa­no itinerante que va de pueblo en pueblo ofre­ciendo sus pobres servicios de reparador de sillas o de deshollinador, pese a ser un mediocre consumidor, pertenece, sin embargo, al mundo del mercado; debe recurrir a él para asegurarse su alimento cotidiano. Si ha con­servado unos lazos con su campo natal y, lle­ga el momento de la siega o de la vendimia, vuelve a su pueblo para convertirse de nuevo en un campesino, cruzará entonces la fronte­ra del mercado, pero en el otro sentido. El cam­pesino que comercializa personalmente con cierta regularidad una parte de su cosecha y compra regularmente herramientas y ropas for­ma ya parte del mercado. Aquel que sólo acu­de al pueblo para vender pequeñas mercancías, unos huevos o una gallina, con el fin de obte­ner las monedas necesarias para pagar sus im­puestos o comprar una reja para el arado, roza tan sólo el límite del mercado. Permanece in­merso en la enorme masa del autoconsumo.


    El buhonero, que vende por las calles y por las campiñas unas mercancías en pequeñas can­tidades, se halla situado del lado de los inter­cambios, del cálculo, del debe y el haber, por muy modestos que sean tanto sus intercambios como sus cálculos. En cuanto al tendero, es cla­ramente un agente de la economía de merca­do. O vende lo que fabrica, entonces es un tendero artesano, o bien vende lo que otros han producido, y pertenece desde ese mismo momento a la escala de los comerciantes. La tien­da, siempre abierta, presenta la ventaja de ofre­cer un intercambio continuo, mientras que el mercado sólo está presente uno o dos días a la semana. Más aún, la tienda representa el intercambio acompañado del crédito, ya que el tendero recibe sus mercancías a crédito y las vende a crédito. En este caso, una larga secuen­cia de deudas y de créditos se tiende a través del intercambio.

    Por encima de los mercados y de los agen­tes elementales del intercambio, las ferias y las bolsas (abiertas estas últimas todos los días y celebrándose aquéllas sólo en fechas fijas, du­rante algunos días, para volver al mismo lugar tras largos intervalos de tiempo) desempeñan un papel importantísimo. Inclu­so cuando se da el caso, muy frecuente, de que están abiertas a los pequeños vendedores y a los comerciantes medianos, las ferias aparecen dominadas, al igual que las bolsas, por los grandes mercaderes, aquellos a los que pron­to se denominará negociantes y que ya apenas se ocupan del comercio detallista.

    En los primeros capítulos del volumen II de mi obra, titulado Los juegos del intercambio, he descrito ampliamente estos diversos elementos de la economía de mercado, tratando siempre de ver las cosas tan de cerca como fuese posi­ble. Quizás lo haya hecho con excesivo entu­siasmo y el lector lo encontrará seguramente demasiado largo. Pero; ¿es bueno acaso que la historia sea ante todo una descripción, una simple observación, una clasificación sin ex­cesivas ideas preconcebidas? Ver, mostrar, en eso consiste la mitad de nuestra tarea. Y ver, si es posible, con nuestros propios ojos. Por­que les puedo asegurar que nada resulta más fácil en Europa  en Estados Unidos es di­ferente  que observar todavía lo que pue­de ser un mercado en la calle de una ciudad, o una tienda de antaño, o un buhonero dis­puesto a contarnos sus viajes, o una feria, o una bolsa. Vayan ustedes a Brasil, tierras aden­tro de Bahía, a Cabilla o al África negra, y en­contrarán mercados arcaicos que aún viven ante nuestros ojos. Además, si se quiere leerlos, existen mil documentos que nos hablan de los intercambios del pasado: archivos de ciu­dades, registros notariales, documentos poli­ciales, y tantos y tantos relatos de viajeros, por no hablar ya de los pintores.

    Tomemos, por ejemplo, el caso de Vene­cia. A1 pasearnos por la ciudad, tan milagro­samente intacta, después de haber vagado por archivos y museos, podemos reconstruir prácticamente del todo los espectáculos del pasa­do. En Venecia ya no hay ferias o, mejor dicho, ya no hay, ferias de mercancías. La Sensa, feria de la Ascensión, es una fiesta que tiene lugar en la plaza de San Marcos con puestos de mer­caderes, máscaras, música y el espectáculo ri­tual de los esponsales del Dux y el mar a la altura de San Nicolo. Algunos mercados se es­tablecen en la plaza de San Marcos, especial­mente los de joyas y pieles no menos valiosas. Pero tanto ayer como hoy, el gran espectáculo mercantil es el de la plaza de Rialto, frente al puente y al Fondaco dei Tedeschi, que es ac­tualmente la oficina central de Correos de Ve­necia. Hacia 1530, el Aretino, que tenía una mansión situada sobre el Canal Grande, se en­tretenía observando las barcas cargadas de fru­tas y de montañas de melones procedentes de las islas de la laguna y que acudían a este "vientre'' de Venecia, ya que la doble plaza de Rialto, Rialto Nuovo y Rialto Vecchio, era el "vientre" y el centro activo de todos los in­tercambios y de todos los negocios, grandes y pequeños. A dos pasos de los ruidosos escapa­rates de la doble plaza se encuentran los gran­des negociantes de la ciudad, en su Loggia construida en 1455, y a la que podríamos lla­mar su Bolsa, discutiendo discretamente cada mañana acerca de sus negocios, seguros marí­timos y fletes, y comprando, vendiendo, fir­mando contratos entre ellos o con comerciantes extranjeros. A dos pasos están los banchieri, en sus estrechas tiendas, dispuestos a arreglar transacciones en el acto mediante transferen­cias de cuenta a cuenta. Muy cerca también, allí donde se encuentran todavía hoy, están la Herberia, el mercado de verduras, la Pescheria, el mercado de pescado, y, un poco más lejos, en la antigua Ca Quarini, las Beccarie, las car­nicerías, situadas en las cercanías de la iglesia de San Mateo, la iglesia de los carniceros, que no fue destruida hasta finales del siglo xix.

    Nos sentiríamos un poco más desorientadas en medio del estruendo de la Bolsa de Ams­terdam, pongamos en el siglo XVII; pero un agente de Cambio y Bolsa actual que se hu­biera entretenido leyendo el curioso libro de José de la Vega: Confusión de confusiones (1688), no tendría, me imagino, problemas para de­senvolverse en ella, en el juego ya por aquel entonces complicado y sofisticado de las accio­nes que se compran y se venden sin poseerlas, siguiendo los muy modernos procedimientos de la venta a plazos o con prima. Un viaje a Londres, a los célebres cafés de Change Alley, revelaría las mismas marrullerías y acrobacias.

    Pero dejemos estas enumeraciones. Hemos distinguido, para simplificar, dos registros de la economía de mercado: uno inferior, los mer­cados, tiendas y buhoneros, y otro superior, las ferias y las bolsas. Primera pregunta plan­teada: ¿en qué nos pueden ayudar estos ins­trumentos del intercambio para explicar, grosso modo, las vicisitudes de la economía europea del Antiguo Régimen, del siglo XV al XVIII? Segunda pregunta: ¿cómo pueden esclarecer­nos, por semejanza o por contraste, los meca­nismos de la economía no europea, de la que sólo estamos comenzando a saber algunas co­sas? Estas son las dos preguntas a las que qui­siéramos responder para concluir esta con­ferencia.


    En primer lugar, la evolución de Occidente a lo largo de estos cuatro siglos: XV, XVI, XVII y XVIII.

    El siglo XV, sobre todo a partir de 1450, presencia un resurgir general de la economía en beneficio de las ciudades que, favorecidas por la subida de los precios "industriales'', mientras que los precios agrícolas se estabili­zan o bajan, despegan más rápidamente que el campo. En ese momento, el papel motor co­rresponde con toda seguridad a las tiendas de artesanos o, mejor aún, a los mercados urba­nos. Son estos mercados los que dictan las nor­mas. El resurgir se inicia por lo tanto en la base de la vida económica.

    En el siglo siguiente, cuando la máquina reactivada se complica precisamente a causa de su recobrada velocidad (los siglos XIII y XIV, antes de la Peste Negra, habían sido épo­cas de franca aceleración) y debido a la expan­sión de la economía atlántica, la fuerza motriz del movimiento se sitúa en las ferias interna­cionales: ferias de Amberes, de Berg op Zoom, de Francfort, de Medina del Campo y de Lyon, que fue por un instante el centro de Oc­cidente, sobre todo a partir de las llamadas fe­rias de "Besancon", sumamente complejas y especializadas en el tráfico de dinero y crédi­tos, que fueron instrumento de dominación  durante al menos cuarenta años, de 1579 a 1621  de los genoveses, maestros indiscuti­bles de los movimientos monetarios interna­cionales. Raymond de Rooker, poco dado a las generalizaciones debido a su innata prudencia, no dudaba en definir el siglo XVI como el del apogeo de las grandes ferias. La expansión ca­racterística de este siglo tan activo correspondería, según un análisis reciente, a la exu­berancia de un último estadio, de una su­perestructura, y, de resultas, a la proliferación de esta superestructura, agrandada entonces por las llegadas de metales preciosos de Amé­rica y, rnás aún, por un sistema de cambios y recambios que permite la circulación de una gran masa de papel a la venta y de crédito. Esta frágil obra maestra de los banqueros genove­ses se derrumbará en la década de 1620 por mil razones a la vez.

    La vida activa del siglo XVII, una vez libe­rada de los sortilegios del Mediterráneo, se de­sarrolla a través de la vasta superficie del Océano Atlántico. Se ha descrito a menudo este siglo como una época de retroceso o de estan­camiento económico. Habría, no obstante, que matizar. Porque si bien el impulso del siglo XVI se ve indudablemente cortado en Italia y ­en otras partes, la fantástica subida de Ams­terdam no se halla situada, sin embargo, bajo el signo del marasmo económico. En todo ca­so, con respecto a este punto, los historiado­res están todos de acuerdo: la actividad que persiste se apoya en un decisivo retorno a la mercancía, a un intercambio de base en defi­nitiva, y todo ello en beneficio de Holanda, de sus flotas y de la Bolsa de Amsterdam. Al mismo tiempo, la feria cede el paso a las Bolsas y a las plazas mercantiles, que son a la feria lo que la tienda normal es al mercado urbano, es decir, un flujo continuo que sustituye a unos encuentros intermitentes. Se trata en este ca­so de una historia archiconocida y clásica. Pero no sólo entra en juego la Bolsa. Los esplendores de Amsterdam corren el peligro de ocultarnos ciertas realizaciones más corrientes. El siglo XVII, de hecho, es asimismo el del flo­recimiento masivo de las tiendas, otro gran triunfo de lo continuo. Éstas se multiplican a lo largo de Europa, en donde crean apretadas redes de distribución. Es Lope de Vega (160%) quien dice del Madrid del Siglo de Oro que "todo se ha vuelto tiendas".

    En el XVIII, siglo de aceleración económica general, todos los instrumentos del intercam­bio entran lógicamente en juego: las Bolsas am­plían sus actividades; Londres imita y trata de suplantar a Amsterdam, que tiende a especia­lizarse como la gran plaza de los préstamos in­ternacionales; Ginebra y Génova participan en este peligroso juego; París se anima y empie­za a ponerse a tono; el dinero y el crédito flu­yen así cada vez más libremente de una plaza a otra. Dentro de este ambiente, es natural que las ferias salgan perdiendo: hechas para activar los intercambios tradicionales, gracias, en­tre otras cosas, a sus privilegios fiscales, pierden su razón de ser en un periodo de intercambios y de créditos fáciles. No obstante, si bien co­mienzan a declinar allí donde la vida se pre­cipita, florecen y se mantienen allá donde subsisten economías aún tradicionales. Ade­más, enumerar las ferias activas durante el siglo XVIII supone señalar las regiones marginales de la economía europea: en Fran­cia, la zona de las ferias de Beaucaise; en Italia, la región de los Alpes (Bolzano) o el Mezziogiorno; más aún en los Balcanes, Po­lonia, Rusia y hacia el oeste, al otro lado del Atlántico, en el Nuevo Mundo.
    Resulta superfluo decirlo, pero en este pe­riodo de consumo y de crecientes intercambios, los mercados urbanos y las tiendas se hallan más animados que nunca. Acaso no es enton­ces cuando éstas llegan a los pueblos' Hasta los buhoneros multiplican por dos sus activi­dades. Finalmente, se desarrollará lo que la his­toriografía inglesa denomina el privale markel~ para oponerlo al public market, vigilado éste por las altivas autoridades urbanas y fuera aquél de estos controles. Este privare markel, que co­menzó a organizar en toda Inglaterra, bastante antes del siglo xvtli, las compras directas y a menudo anticipadas a los productores y la com­pra a los campesinos  fuera de los circuitos del mercado  de lana, trigo, telas, etc., con­siste en el montaje  en contra de la reglamen­tación tradicional del mercado  de cadenas comerciales autónomas y muy largas, con gran libertad de movimiento y que, además, se aprovechan sin ningún escrúpulo de dicha li­bertad. Se impusieron por su eficacia, apro­vechando los grandes suministros necesarios al ejército o a las grandes capitales. El "vientre" de Londres y el "vientre" de París fueron, en definitiva, revolucionarios. En resumen, el si­glo xvlit lo incrementaría todo en Europa, in­cluido el "contramercado".

    Todo esto es verdad por lo que se refiere a Europa. Hasta ahora sólo hemos hablado de ella. Y no es porque queramos centrarlo todo en su vida particular, siguiendo una visión eurocentrista demasiado cómoda, sino simple­mente porque el oficio de historiador se ha de­sarrollado en Europa y los historiadores se han aferrado a su propio pasado. Desde hace al­gunos decenios, se ha producido un profundo cambio; las fuentes documentales en la India, en Japón y en Turquía son explotadas siste­máticamente, y empezamos a conocer la his­toria de estos países por otra vía, que ya no es la de las crónicas de los viajeros ola de los libros de historiadores europeos. Sabemos ya lo suficiente como para poder plantearnos la siguiente pregunta: si los engranajes del inter­cambio que acabarnos de describir para el ca­so europeo existen fuera de Europa  y existen en China, en la India, a lo largo del Islam y en Japón , ¿podemos acaso utilizarlos para un ensayo de análisis comparativo? El objeti­vo sería, en el caso de ser posible, situar en lí­neas generales la no Europa con relación a la misma Europa, ver si el creciente abismo que entre ellas se abre durante el siglo Xix era ya visible antes de la Revolución industrial, y si Europa se encontraba o no adelantada con res­pecto al resto del mundo.

    Primera constatación: en todas partes hay instalados mercados, incluso en aquellas socie­dades apenas esbozadas como en África ne­gra y en las civilizaciones amerindias. A fortiori, en las sociedades más densas y, evolucionadas, que aparecen literalmente acribilladas de mer­cados elementales. Haciendo un pequeño esfuerzo, estos mercados aparecerán ante nuestros ojos aún vivos y, fáciles de reconstruir. En los países islámicos, las ciudades han des­pojado prácticamente a los pueblos de sus mercados, al igual que en Europa los han devorado. Los más desarrollados de estos mercados se extienden al pie de las puertas monu­mentales de las ciudades, en unos espacios que no son, en definitiva, ni campo ni ciudad, y donde el ciudadano por un lado •Y el campesi­no por otro se encuentran en terreno neutral. En la misma ciudad, de estrechas calles y pla­zas, algunos mercados de barrio llegan a es­bozarse: el cliente encuentra en ellos el pan recién hecho, algunas mercancías v, contraria­mente a la costumbre europea, muchos platos cocinados: albóndigas de carne, cabezas de cor­dero asadas, buñuelos, pasteles. Los grandes centros comerciales  aun mismo tiempo mer­cados, agrupaciones de tiendas y lonjas a la europea  son los forduks y los bazares, como el Besestán de Estambul.

    En la India, señalaremos una particularidad: no hay, pueblo que no cuente con su propio mercado, debido a la necesidad de transformar en él  mediante la intervención del mercader banj)an  los censos pagados en especie por la comunidad aldeana en censos en metálico, bien sea para el Gran Mogol, bien para los señores de su séquito. ¿Hemos de ver, quizá, en esta nebulosa de mercados rurales, una imperfec­ción del acaparamiento urbano en la India? ¿O bien, por el contrario, debemos imaginar que los mercaderes banya practicaban cierto tipo de privare nzarket al acaparar la producción en su origen, en el mismo pueblo?


    La organización más sorprendente, en el ni­vel de los mercados elementales, es indudable­mente la de China, hasta el punto de que su caso nos muestra una geografía exacta, casi matemática. Tornemos un pueblo o una ciu­dad pequeña. Marquen ustedes un punto en una hoja en blanco. Alrededor de ese punto se sitúan de seis a diez pueblos, a una distan­cia tal que el campesino puede ir al pueblo y regresar en un mismo día. Este conjunto geométrico  un punto en el centro y diez alrededor  es lo que podríamos llamar un can­tón, la zona de irradiación de un mercado de pueblo. Prácticamente, este mercado se sub­divide siguiendo las calles y plazas del pueblo y engloba las tiendas de los revendedores, usu­reros, escribanos NI, comerciantes detallistas, las casas de té v saké. \ V. Skinner tenía razón; en este espacio cantonal es donde se sitúa la ma­triz de la China campesina, y no en el pueblo. Admitirán ustedes también sin dificultad que los burgos giran, por su parte, en torno a una ciudad a la que envuelven a distancia conve­niente, a la que surten v a través de la cual es­tán ligados a los tráficos lejanos y a las mercancías que no se producen in situ. Que to­do ello constituye un sistema, lo demuestra cla­ramente el hecho de que el calendario de los mercados en los distintos pueblos y en la ciu­dad se establecen de forma que no se super­pongan unos y, otros. De un mercado a otro, de un pueblo a otro, circulan sin cesar buho­neros y artesanos, pues en China la tienda del artesano es ambulante, y es en el mercado don­de contratan sus servicios; tanto es así que el herrero o el barbero trabajan a domicilio. En resumen, la masa china se encuentra atrave­sada y animada por cadenas de mercados re­gulares, ligados unos a otros y todos ellos estrechamente vigilados.

    Las tiendas y los buhoneros también son muy numerosos, proliferan; pero las ferias y las Bolsas, engranajes superiores, se echan de menos. Si hay algunas ferias, pero margina­les, en las fronteras de Mongolia o en Cantón, para los mercaderes extranjeros, lo cual es tam­bién una manera de vigilarlos.

    Por lo tanto, una de dos: o el gobierno es hostil a estas formas superiores de intercam­bio, o bien la circulación capilar de los merca­dos elementales resulta suficiente para la economía china: las arterias y venas no les se­rían, entonces, necesarias. Por una u otra de estas razones, o por ambas al mismo tiempo, el intercambio en China se encuentra, en de­finitiva, yugulado, arrasado, y en otra confe­rencia veremos cómo este hecho ha tenido gran importancia para el no desarrollo del capita­lismo chino.

    Los estadios superiores del intercambio apa­recen mejor desarrollados en Japón, en donde las redes de los grandes comerciantes se hallan perfectamente organizadas. También lo están en Insulindia, vieja encrucijada comercial que cuenta con sus ferias regulares y sus Bolsas, si entendemos por tales, lo mismo que en la Europa de los siglos XV y XVI, e incluso más tarde, las reuniones cotidianas de los grandes mercaderes de una zona determinada. Así en Bantam, en la isla de Java  durante mucho tiempo la ciudad más activa, incluso después de la fundación de Batavia en 1619 , los ne­gociantes se reúnen todos los días en una de las plazas de la ciudad a la hora en que acaba el mercado.

    La India es, por excelencia, el país de las fe­rias, vastas reuniones mercantiles y religiosas a un mismo tiempo, ya que suelen montarse en los lugares de peregrinación. Toda la pe­nínsula aparece removida por estas reuniones gigantescas. Admiremos su omnipresencia y su importancia; pero, ¿no constituían, por otra parte, el signo de una economía tradicional, orientada en cierto modo hacia el pasado? En cambio, en el mundo islámico, pese a que las ferias existían, no eran ni tan numerosas ni tan grandes como las de la India. Excepciones co­mo las ferias de La Meca no hacen más que confirmar la regla. En efecto, las ciudades musulmanas, superdesarrolladas y superdiná­micas, poseían los mecanismos y los instrumen­tos de los estadios superiores del intercambio. Los pagarés circulaban con tanta frecuencia co­mo en la India e iban a la par con la utiliza­ción directa del dinero en metálico. Toda una red de crédito relacionaba las ciudades musul­manas con el Extremo Oriente. Un viajero in­glés, devuelta de las Indias en 1789, y a punto de pasar de Basora a Constantinopla, al no querer dejar su dinero en depósito en la East India Company, pagaba 2000 piastras en me­tálico a un banquero de Basora, que le entre­gó una carta redactada en lengua franca para un banquero de Alepo. Debería haber sacado de ello, en teoría, algún beneficio, pero no ganó tanto como se esperaba. No hay nadie que ga­ne siempre, en todas las ocasiones.

    En resumen, la economía europea, si la com­paramos con las del resto del mundo, parece haber debido su desarrollo más avanzado a la superioridad de sus instrumentos e institucio­nes: las Bolsas y las diversas formas de cré­dito. Pero, sin excepción alguna, todos los mecanismos y artificios del intercambio pue­den encontrarse fuera de Europa, desarrolla­dos y utilizados en grados diversos, y podemos distinguir aquí una jerarquía: en un estadio ca­si superior, Japón, tal vez también Insulindia y el Islam, y seguramente la India, con su red de crédito desarrollada por sus mercaderes banz­yan, la práctica de los préstamos monetarios para empresas arriesgadas y sus seguros ma­rítimos; en un estadio inferior y acostumbra­da a vivir replegada sobre sí misma, la China; y, para terminar, justo por debajo de ella, mi­les de economías aún primitivas.



    El hecho de establecer una clasificación de las economías del inundo no deja de tener una significación. Tendré en cuenta esta jerarquía en el siguiente capítulo, cuando intente eva­luar las posiciones ocupadas por la economía de mercado y el capitalismo. En efecto, esta ordenación en sentido vertical hará que el aná­lisis dé sus frutos. Por encima de la enorme ma­sa de la vida material diaria, la economía de mercado ha tendido sus redes y mantenido vi­vos sus diversos entramados. Y fue, de ordinario, por encima de la economía de mercado propiamente dicha por donde prosperó el ca­pitalismo. Podríamos afirmar que la economía del mundo entero se hace visible en un auténtico mapa de relieve.
    (Fernand Braudel, La dinámica del capitalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, pp. 16-43.)

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