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Primera parte: Trump y la plutocracia (o gobierno de los ricos)



El capitalismo de amiguetes no se instala con Donald Trump, es que nunca hubo otro

PRIMERA PARTE: Trump y la plutocracia (o gobierno de los ricos)

1.- Los anuncios, un poco exagerados, de catástrofe bursátil y las políticas de Trump Iba a ser la catástrofe. En el muy improbable caso de que el candidato Trump llegara a ganar las elecciones presidenciales a los EE.UU. las bolsas caerían en picado. El mayor fondo de capital riesgo estadounidense, Bridgewater Associates, preveía una caída de 2.000 puntos (más del 10%) en el Dow Jones, el principal índice industrial de la Bolsa norteamericana. No sólo no ha sido así si no que las subidas han colocado el índice en máximos históricos, en algunos momentos de la jornada del 6 de enero de 2017, a las puertas de los 20.000 puntos (ver al respecto http://www.elperiodicomediterraneo.com/noticias/economia/planes-economicos-trump-seducen-mercados-eeuu_1039981.html).

Y, sin embargo, todo esto era perfectamente previsible. Pues, desde el primer momento, las políticas anunciadas por Donald Trump, no podían ser sino beneficiosas para las grandes compañías que constituyen la masa de las cotizaciones que ponderan para los índices bursátiles. En efecto, qué se podía esperar del mediático y excéntrico ultra-rico, que ganó en votos electorales, aunque no en el voto popular, a Hillary Clinton, la representante principal de los ultra-ricos. Empresas armamentísticas, constructoras (sector de negocios del presidente), de energías sucias, especialmente petroleras, y, por supuesto, del sector financiero, y la plutocracia global, aquél al servicio de ésta, están destinadas a ser las ganadoras en los cambios de las reglas de juego promovidos por el gobierno del nuevo presidente.

Por si quedara alguna duda al respecto, los principales cargos económicos, que promueve el nuevo presidente están en el meollo de Wall Street y son expertos especuladores, ligados a los fondos de cobertura o a los fondos buitre. Como Steve Mnuchin, Secretario del Tesoro, ex alto cargo e hijo de un socio de Goldman Sachs, ejecutivo y máximo responsable de un hedge fund, inversor en el Banco IndyMac, con el que se enriqueció a base de desahucios en gran escala tras la crisis. O como el Secretario de Comercio, el tiburón de las finanzas Wilbur Ross, llamado “el rey de la bancarrota”, cuyas principales habilidades son la deslocalización de la producción y la venta de empresas en dificultades a intereses extranjeros.

Con esos mimbres el cesto de las políticas que se preparan son (mucho) más de lo mismo. Una profundización en las que se han venido desarrollando en las cuatro últimas décadas. Cuya medida estrella es, como no podía ser de otro modo, una (nueva) bajada de los impuestos a los de su clase, a los ricos y a las corporaciones que ellos poseen, cuyos tipos pasarían del 35 al 15%.

Lawrence Summers, antiguo economista jefe del Banco Mundial de 1991 a 1993, secretario del Tesoro con Clinton y presidente del Consejo de Asesores de Obama, que no es precisamente un corderito, ha publica recientemente, en el Financial Times, que las políticas de Trump “favorecerán en gran medida al 1% de los estadounidenses que más dinero gana, incrementarán enormemente la deuda federal, complicarán el código tributario y harán poco o nada para estimular el crecimiento.” Y esto, partiendo de quien considera a las reformas fiscales “bipartidistas” de Reagan en 1986, que pusieron las bases de los incrementos de la desigualdad que han venido acelerándose desde entonces, el arquetipo de la equidad, es ya demasiado.

Claro que, al mismo tiempo, la política de Trump promete un aumento del gasto público, en especial en armamento e infraestructuras, lo que, obviamente, sólo puede venir de la mano de a) un incremento del endeudamiento público, que deberán pagar las futuras generaciones que paguen impuestos, de lo cual, por supuesto, los mega-ricos esperan librarse, erosionando, además, las políticas de bienestar de los futuros gobiernos, y la discrecionalidad para establecerla; o b) de una caída inmediata del gasto social; o c) de un incremento de los impuestos indirectos que gravitan sobre la mayoría social, o, d) lo más probable, de todo ello a la vez. Incrementando, así, la regresividad de los impuestos y del gasto público, tal como preconiza la economía convencional neoliberal y neokeynesiana, y que se ha venido estableciendo, de modo acelerado, durante esos cuarenta años.

A lo que deben añadirse las (mal) llamadas políticas económicas “estructurales” (puesto que el cambio de la estructura fiscal es la clave de estas políticas). Que, obviamente, también favorecen a los mismos. Se trata, como no, de las famosas “des-regulaciones”, o para ser exactos, re-regulaciones en beneficio del poder y el privilegio de la minoría de poderosos e influyentes, eliminando las protecciones y las prestaciones que quedan entre las que, hasta el momento, se garantizaban a todos los demás. Por supuesto, se anuncia decididamente que la, rácana, protección sanitaria que se ofrecía, mediante los seguros de salud, a la población desprotegida sea desmontada. También la enclenque legislación laboral irá desapareciendo. ¡Ah! y, por supuesto, la política ambiental favorecerá a los ricos que tan comprometidamente han estado combatiendo la protección ecológica. Perdedores, nadie que cuente. La clase media, las clases trabajadoras, la vida, en general. El 90 o quizá el 99% de la población.

Y no es de extrañar que las políticas anunciadas por el gabinete de Trump respondan a esos intereses, pues son los que refleja la composición del propio gabinete. Quizá ahora no haga falta que esos sectores cabildeen desde el exterior, porque son ellos mismos. Pues, la fortuna personal de los designados por Trump es de decenas de miles de millones de dólares. Con mucha diferencia, disponen de un patrimonio neto superior al de cualquier otro gobierno de la historia de EEUU, que nunca han sido unos pobretones. También reúnen a los herederos de algunas de las fortunas más considerables del país (y del mundo).

2.- Pero a quién favorecían las políticas económicas anteriores a Trump

No hace falta decir que los ganadores previstos son los que vienen siéndolo sistemáticamente en los últimos decenios, el 1 por ciento de los más ricos, aunque los mayores ganadores estarán más cerca del 1 por mil (el 0’1%) o del 1 por 10.000 (el 0’01%). En los EEUU del inicio del mandato de Trump eso son unas 30.000 personas, de unas 4-5.000 familias amplias. Casi exactamente los mismos que cabildean para obtener esos resultados. Los cuales cada vez consiguen discriminar más a los ganadores, evitando que los beneficios colaterales lleguen a sectores sociales más amplios. O, como dijo el escocés Adam Smith, “el dinero es poder”. Teniendo en cuenta que Smith es el santo y seña de los neoliberales se nota que no lo han leído.

Nada de esto es una novedad. Sino una forma de progresiva aceleración de la concentración de poder y de las políticas resultantes que concentran el privilegio. Su antecedente inmediato, las políticas económicas de la era Obama, han favorecido muy destacadamente a los muy ricos. Es sabido que el crecimiento económico generado después de la crisis económica, fue apropiado por la élite del 1% de los más ricos. Concretamente, el 90-95% del total del crecimiento. Frente al nada despreciable 80% de la era Bush Jr. Y del 60% de los mandatos de Clinton. Y así podemos seguir hacía atrás en la apropiación acelerada de los recursos por las élites de poder hasta mediados de la década de los 70.

Puesto que, desde mediados de los años 70 se han invertido los efectos de los 30 gloriosos, desde el final de la II guerra mundial, en que la participación en el ingreso de los grupos en la cúspide de esos países cayó, debido, entre otras cosas, a una reducción moderada del poder social y político de los ricos e influyentes. Con la consecuencia práctica de la estabilidad económica y el progreso de la clase trabajadora y de las clases medias que participaban de los ingresos derivados del incremento de la productividad. Lo cual, al mismo tiempo, era efecto y causa, en un círculo virtuoso, de un aumento de la sindicalización y de la fuerza sindical, correlacionados con el alza salarial, los impuestos progresivos al ingreso y la creación de un sector público creador de bienestar para la mayoría social. La participación en el ingreso nacional de los grupos en la cúspide, de este modo, se mantuvo baja durante tres décadas.

Pero, desgraciadamente, el empoderamiento de los sectores populares era muy débil. Los sindicatos estaban organizados de modo muy vertical y burocrático, y el sector público estaba bajo control del Estado. Por lo que, cuando, tras una enérgica ofensiva de los plutócratas, el Estado ha vuelto, con la complicidad activa de los políticos de todos los colores en posiciones de poder, y de la cúspide de los burócratas, a donde siempre había estado, al servicio de la plutocracia, el poder social se ha concentrado y el privilegio le ha seguido.

EE.UU. desde la década de los 70, ha sido la punta de lanza de las políticas pro-ricos, promovidas por los grupos de presión de los ultra-ricos más influyentes y de las élites de poder de la burocracia del Estado y de las organizaciones internacionales. El efecto combinado de esas políticas y la estrategia de los conglomerados en la cúspide del sector corporativo, especialmente minar el poder de la clase media y chantajear a la clase trabajadora, ha producido los efectos previsibles. Por lo que las diferencias empezaron a crecer a partir de mediados de los 70, drástica y aceleradamente, primero en los EEUU y en Gran Bretaña y más tarde en Europa y Japón.

En efecto, el principal estudio sobre la evolución de la concentración de la riqueza, durante un siglo, desde 1913 hasta 2012 (http://gabriel-zucman.eu/files/SaezZucman2016QJE.pdf ), confirma ampliamente esas hipótesis. Pues, muestra, según los propios autores, que “la concentración de la riqueza en EEUU es inusualmente alta, según los estándares tradicionales, y se ha incrementado considerablemente en las décadas recientes. Según nuestras propias estimaciones, el porcentaje de la riqueza apropiada por el 1% más rico de las familias… ha alcanzado el 42% en 2012. El mayor incremento corresponde al 0’1%,… que ha crecido del 7% en 1978 al 22% en 2012” (véase gráfica de la evolución, en el sitio de internet citado, pág 521). Muy cerca ya del porcentaje (25%) de 1929, que, probablemente, se haya alcanzado ya a estas alturas. Por consiguiente, la coyuntura económica ha vuelto donde solía estar en los años 30 del siglo pasado, y por consiguiente a la depresión continuada, a las llamaradas especulativas y a los crac financieros.

Otro estudio de la Universidad de California, refuerza esos datos, puesto que viene a mostrar que, mientras los ingresos del 1 por ciento en Estados Unidos, se duplicaron entre 1980 y 2010 (los del 0.1 se triplicaron), los ingresos del 90 por ciento (¡9 de cada 10 americanos!) de abajo caían casi el 5 por ciento. Uno de cada seis (y casi uno de cada cuatro niños) viven en la pobreza, y probablemente aumentará esa proporción en los próximos años (citado en David Brooks, ¿Golpes de Estado?, http://www.jornada.unam.mx/2012/07/30/opinion/031o1mun).

3.- Trump y la globalización financiera

Los súper ricos de Estados Unidos no son diferentes de los de Europa o de los países empobrecidos. Antes bien intentan llegar a los estándares de poder y privilegio de que estos últimos gozan en el interior de sus países.

James K Galbraith, en http://www.sinpermiso.info/textos/reflexiones-metodolgicas-y-polticas-sobre-el-capital-en-el-siglo-xxi-y-el-concepto-de-capital, nos lo dice: “Una comparación global ofrece muchos materiales empíricos,… Branko Milanović ha mostrado que las mayores desigualdades se registran en Sudáfrica y en Brasil. Investigaciones recientes del Luxembourg Income Study (LIS) sitúan la desigualdad de ingresos de la India muy por encima de la de los EEUU. Mis propias estimaciones sitúan la desigualdad en los EEUU por debajo del promedio de los países que no forman parte de la OCDE, y coinciden con las del LIS sobre la India.”

Obviamente, el privilegio sigue al poder como la sombra sigue al cuerpo. En los países empobrecidos los ricos y bien relacionados tienen un peso desproporcionado en regímenes que son dictaduras o poseen estándares democráticos muy pobres (y países como España, y Catalunya, están políticamente están más cerca de estos últimos que de los países centrales).

Los ricos pagan, promueven y fomentan estudios académicos o de sus laboratorios de ideas (think tanks) que “demuestren” que son ellos los que generan la inversión y el empleo. Sin embargo, la inversión de su dinero no se produce necesariamente en sus países de origen sino en aquellos que les proporcionan mayor rentabilidad. Para lo que presionan, tanto en, y a través de, las instituciones de sus países de origen como en los de destino de su inversión para garantizarse los mayores privilegios, lo que obviamente incluye empeorar la situación de aquellos a los que va a emplear. P.e. la Cámara de Comercio Americana fue la institución que lideró la ofensiva que impidió la aparición del Código Laboral de la República Popular China en los años 90, lo que hubiera mejorado notablemente la situación de la clase trabajadora china, y hubiera empeorado su posición “competitiva”.

Naturalmente conseguir rentabilizar al máximo sus inversiones depende también de que la globalización económica se desarrolle, facilitando la libre circulación de capitales, fuera del propio país e incluso de las propias áreas económicas. Ya como medio de presionar a la baja los impuestos que afectan a sus negocios y a sus fortunas, para lo que la llamada globalización financiera es esencial. Ya como vía para garantizarse privilegios exorbitantes a través del llamado librecambio, lo que implica la competencia desleal entre las clases trabajadoras, incluidos los autónomos, que garantizan los acuerdos internacionales de comercio e inversiones, mediante organizaciones como la citada Cámara de Comercio Americana, la “Coalición de Industriales de Servicios”, la Tabla Redonda de los Industriales (USRT), el Consejo de EEUU para el comercio internacional (USCIB), el Diálogo de Negocios Transatlántico (TABD) y un largo etcétera de grupos de presión.

De modo que, a través de la libre circulación de capitales, se trata de escabullirse, si es posible legalmente, de pagar impuestos en los países de origen, mediante reducir los tipos efectivos a través de mecanismos de gestión de los impuestos por parte de las grandes empresas y de las grandes fortunas, así como reducir los tipos nominales, mediante la competencia fiscal entre distintos ordenamientos jurídicos, con el fin de evitarse contribuir a la solidaridad colectiva, incluida la seguridad de sus negocios, por lo que resultan más beneficiados que nadie.

Hemos dicho si es posible legalmente, pero, por supuesto, con tal de pagar lo menos posible no se hace ascos a nada. Según Tax Justice Network, “Entre 21 y 32 billones de dólares en riqueza financiera están escondidos en paraísos fiscales o bancos en el extranjero (unas 80 jurisdicciones), tanto fondos legales como ilícitos,… Más del PIB anual sumado de EEUU y Japón. / Al incluir este tesoro la desigualdad es mucho mayor... más de 30% de la riqueza financiera en el mundo es controlada por 91 mil personas, o el 0’001 por ciento de la población mundial.”

Sigue diciendo David Brooks, en el artículo mencionado, que “En 139 países de ingreso medio y bajo estudiados en esta investigación, las elites habían trasladado entre 7.3 y 9.3 billones de dólares de riqueza no reportada al extranjero entre los años 70 y 2010, mientras la deuda externa de estos países había llegado a 4.08 billones de dólares en 2010.”

De modo que, por un lado, los paraísos fiscales y el secreto bancario, el epítome de la globalización financiera, drenan una enorme cantidad de recursos de los países, mientras por otro concentran la renta y la riqueza en beneficio de los más ricos. En definitiva son los plutócratas los que comprometen la viabilidad de las pensiones y la calidad de los servicios públicos mediante la reducción de la base de los impuestos y el fraude fiscal.

Por supuesto, cuando Trump critica al poder establecido en Washington y a la globalización, no se refiere para nada al verdadero poder en la sombra, a la élite plutocrática, ni a sus instrumentos para obtener las mayores ventajas, la competencia fiscal entre ordenamientos jurídicos, los paraísos fiscales (que los cursis llaman jurisdicciones offshore) o el fraude fiscal. De hecho las principales propuestas de su campaña en materia fiscal eran la bajada de impuestos a las grandes corporaciones y a las grandes fortunas. EEUU hasta ahora, es decir antes de Trump, se ha caracterizado por exigir, y obtener, información de la UE (y de las restantes áreas económicas), pero también por no aportar la misma información por su parte. Convirtiendo a EEUU en el principal paraíso fiscal del mundo, especialmente a través de Estados de la Unión como Delaware, Wyoming, Dakota del Sur, Nevada o Alaska.

De Trump, un presidente que se negó a publicar su declaración de la renta, y del que se sospecha con todo fundamento que está tan en contra de los impuestos que, simplemente, no los paga, no puede precisamente esperarse sino que acentúe hasta la exasperación la globalización financiera. Especialmente el papel de paraíso fiscal y de secreto bancario que ya juegan los EEUU y que favorezca los mecanismos de competencia fiscal y de fraude fiscal que permiten a la plutocracia global, al mismo tiempo, no contribuir a la solidaridad colectiva y obtener todo tipo de ventajas, incluso competitivas, respecto de las empresas más fijadas al territorio, especialmente las pequeñas.



Por si faltara algo, la Heritage Foundation, el laboratorio de ideas del que obtuvo alguno de sus principales asesores en materia económica, constituye, junto con los paraísos fiscales más agresivos, de los cuales reciben financiación, el principal grupo de presión a favor de los paraísos fiscales…

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