• Cuando lo trivial nos invade, parece que perdemos el control de lo esencial.

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    El lado oscuro de la revolución digital


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    El lado oscuro de la revolución digital

    - Imperio avergonzado (La Nación - 18/10/15) Lectura recomendada

    (Por Abel Posse)

    (…)


    El escritor estadounidense Shelby Steele escribió recientemente: “El mundo occidental en su conjunto ha padecido hasta ahora un déficit de autoridad moral. Hoy somos reacios a utilizar plenamente nuestro poderío militar para no parecer imperialistas (aunque seamos atacados).

    Somos reacios a proteger nuestras fronteras para no parecer racistas. No rechazamos los nuevos inmigrantes para no parecer xenófobos y hasta en los manuales educativos disimulamos los logros históricos para no parecer arrogantes. Los otros tienen derecho a todo. Occidente vive hoy en la culpa y a la defensiva. Es un imperio avergonzado de ser y de haber sido…”. Un imperio con culpa es como un león con gripe.

    Los imperios desaparecen muchas veces en callada implosión, como el soviético en 1989-1991. El occidental hoy corre el peligro de una implosión por hipocresía. Los imperios y las civilizaciones se extinguen cuando dejan de afirmar sus obstinaciones fundantes (religiosas, imperiales, tecnológicas, etc.) (…).



    No hay dudas de que vivimos una larguísima decadencia disfrazada de triunfo. El triunfo tecnológico, los triunfos sociales, los triunfos informáticos. Pero, la decadencia espiritual profunda sigue corroyendo a Occidente en forma manifiesta. Produce hombres públicos, políticos que ganan la calle y hasta el poder, pero que en realidad son indigentes culturales. No hemos sabido cultivar la sensibilidad. Hemos sabido destacar la inteligencia y las artes de subsistencia, pero no hemos sabido cultivar la zona más profunda, la que hace a la existencia.

    El hombre actual es un exponente menos interesante que el hombre de otros siglos, que en apariencia, o en realidad, estaba muy por debajo de él en conocimientos científicos, tecnológicos y de conciencia racional del universo. Este hecho nos obliga a reflexionar en un sentido positivo. No es suficiente con reconocerlo, porque es evidente. Basta ver cómo los medios de comunicación -tan elogiados- se transformaron en difusores de la “subcultura mundializada”. Entonces, no hay que dar muchas vueltas para comprender qué grado de enfermedad tenemos y cómo hay que superarla.

    La modernidad ha creado democratizaciones económicas, sociales, étnicas, raciales. Ha luchado por todo eso. Pero hay una especie de asignatura pendiente, una eterna batalla que nunca se libró, que es la de la revolución espiritual que transforma realmente al ser humano y lo cambia de la condición de “ente ciudadano”, individuo votante, consumidor, trabajador, marido, mujer, padre, madre, y lo lleva a la dimensión de persona: un ser espiritual, con libre albedrío para decidir su vida desde su personalidad.

    La revolución de la vida interior no se ha planteado. (...)

    Occidente se diferencia de Oriente por haber cultivado el conocimiento para el “hacer” pero le falta toda la sabiduría para el “ser”. Esta, creo, es la diferencia esencial, que explica la lenta supremacía asiática y el fin del eurocentrismo que estamos viviendo.(...)

    Hoy tiene que renunciar a las fiestas crueles o santas, a la fiesta de ser. Hasta tiene que proteger a las bestias que, en la libertad del bosque, lo devorarían, como lo hicieron los tigres gigantes con los dinosaurios vegetarianos. (...)

    Ser es grave y casi amoral (el príncipe Hamlet lo experimentó). Pero la voluntad de ser es aburrida y fatal. Desde el humanismo utópico y la razón positivista con la que comienza el siglo XX, vimos los más atroces armamentos, siniestras dominaciones de esclavitud política, formas imperialistas, transculturaciones; centros de opulencia y continentes de miseria. Pero ya podemos ir comprobando que la globalización uniformadora y el financierismo electrodigital son un hipercapitalismo casi anónimo, sin ideologías, que rebasó a los políticos. ¿Cómo defendernos?

    (…)

    Estamos viviendo la muerte de las ideologías viejas (y asesinas y fracasadas, aunque sea en nombre del humanismo). Se derrumban sobre nuestras espaldas las dos grandes direcciones pensadas en el siglo XIX: el liberalismo individualista y democrático, y el marxismo comunista y justiciero. Hoy ir hacia delante es tal vez saber retornar a la casa de los valores propios, saber rescatar la autenticidad.



    ¿Desarrollo de las cosas o de la calidad de vida? ¿Globalización al servicio de un superpoder mundial o globalización de la solidaridad y del respeto de la diversidad? ¿Comunicación planetaria para la cultura o para la subculturización comercializada mundialmente? ¿Para qué hombre y para qué idea del hombre se gobernará después del fracaso cultural que estamos viviendo?...

    - La ilusión de Silicon Valley (El País - 25/10/15) Lectura recomendada

    Ante el puñado de empresas californianas que están transformando el mundo a su antojo emerge un coro de voces que alerta del lado oscuro de la revolución digital

    (Por Nicholas Carr)



    Silicon Valley, conjunto monótono de centros comerciales, parques empresariales y complejos de comida rápida, no parece un núcleo cultural, y, sin embargo, en eso precisamente se ha convertido. En los últimos 20 años, desde el mismo momento en que la empresa tecnológica estadounidense Netscape comercializó el navegador inventado por el visionario inglés Tim Berners-Lee, el Valle del silicio se ha ocupado de remodelar Estados Unidos y gran parte del mundo a su imagen y semejanza. Ha dado un vuelco a la manera de trabajar de los medios de comunicación, ha cambiado la forma de conversar de las personas y ha reescrito las reglas de realización, venta y valoración de las obras de arte y otros trabajos relacionados con el intelecto.

    De buen grado, la mayoría de la gente ha ido otorgando un creciente poder al sector tecnológico sobre sus mentes y sus vidas. Al fin y al cabo, los ordenadores e Internet son útiles y divertidos, y los empresarios y los ingenieros se han empleado a fondo en inventar nuevas maneras de hacer que disfrutemos de los placeres, beneficios y ventajas prácticas de la revolución tecnológica, por lo general sin tener que pagar por ese privilegio. Mil millones de habitantes del planeta usan Facebook cada día. Alrededor de 2.000 millones llevan consigo un teléfono inteligente a todas partes y suelen echar un vistazo al dispositivo cada pocos minutos durante el tiempo que pasan despiertos. Las cifras subrayan lo que ya sabemos: ansiamos las dádivas de Silicon Valley. Compramos en Amazon, viajamos con Uber, bailamos con Spotify y hablamos por WhatsApp y Twitter.

    Pero las dudas sobre la llamada revolución digital van en aumento. La luminosa visión que la gente tenía del famoso valle se ha ensombrecido incluso en Estados Unidos, un país de forofos de los aparatos tecnológicos. Una oleada de artículos recientes, aparecidos a raíz de las revelaciones de Edward Snowden sobre la vigilancia en Internet por parte de los servicios secretos, ha empañado la imagen brillante y benévola que los consumidores tenían del sector informático. Dan a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa.

    Las investigaciones periodísticas han encontrado pruebas de que en los almacenes y las oficinas de Amazon, así como en las fábricas asiáticas de ordenadores, se trabaja en condiciones abusivas. Han descubierto que Facebook lleva a cabo experimentos clandestinos para evaluar los efectos psicológicos en sus usuarios manipulando el “contenido emocional” de los post y las noticias sugeridas. Los análisis económicos de las llamadas empresas de servicios compartidos, como Uber y Airbnb, indican que, si bien proporcionan beneficios a los inversores privados, es posible que estén empobreciendo a las comunidades en las que operan. Libros como el de Astra Taylor The People’s Platform (La plataforma del pueblo), publicado en 2014, muestran que seguramente Internet está agudizando las desigualdades económicas y sociales en vez de poniéndoles remedio.

    Las incertidumbres políticas y económicas ligadas a los efectos del poder de Silicon Valley van a más, al tiempo que el impacto cultural de los medios de comunicación digitales se somete a una severa reevaluación. Prestigiosos literatos e intelectuales, entre ellos el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa y el novelista estado­unidense Jonathan Franzen, presentan a Internet como causa y síntoma de la homogeneización y la trivialización de la cultura. A principios de este año, el editor y crítico social Leon Wieseltier publicaba en The New York Times una enérgica condena del “tecnologicismo” en la que sostenía que los “gánsteres” empresariales y los filisteos tecnófilos han incautado la cultura. “A medida que aumenta la frecuencia de la expresión, su fuerza disminuye”, decía, y “el debate cultural está siendo absorbido sin cesar por el debate empresarial”.



    También en el plano personal se están multiplicando las inquietudes por nuestra obsesión con los artilugios suministradores de datos. En varios estudios recientes, los científicos han empezado a vincular algunas pérdidas de memoria y empatía con el uso de ordenadores y de Internet y están encontrando nuevas pruebas que corroboran descubrimientos anteriores según los cuales las distracciones del mundo digital pueden entorpecer nuestras percepciones y nuestros juicios. Cuando lo trivial nos invade, parece que perdemos el control de lo esencial. En Reclaiming Conversation (Recuperar la conversación), su controvertido nuevo libro, Sherry Turkle, catedrática del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), expone cómo una dependencia excesiva de las redes sociales y de los sistemas de mensajería electrónica puede empobrecer nuestras conversaciones e incluso nuestras relaciones. Sustituimos la intimidad real por la simulada.

    Cuando examinamos más de cerca el credo de Silicon Valley, descubrimos su incoherencia básica. Es una filosofía quimérica que engloba una torpe amalgama de creencias, entre ellas la fe neoliberal en el libre mercado, la confianza maoísta en el colectivismo, la desconfianza libertaria en la sociedad y la creencia evangélica en un paraíso venidero. Ahora bien, lo que de verdad motiva a Silicon Valley tiene muy poco que ver con la ideología y casi todo con la forma de pensar de un adolescente. La veneración del sector tecnológico por la disrupción se asemeja a la afición de un adolescente por romper cosas, sin reparos incluso si ello tiene las peores consecuencias posibles.

    Por tanto, no es de extrañar que cada vez más gente contemple con mirada crítica y escéptica el legado del sector. A pesar de proliferar, los detractores siguen, no obstante, constituyendo una minoría. La fe de la sociedad en la tecnología como panacea para los males sociales e individuales todavía es firme, y sigue habiendo una gran resistencia a cualquier cuestionamiento de Silicon Valley y de sus productos. Aun hoy se suele despachar a los detractores de la revolución digital calificándolos de nostálgicos retrógrados o de luditas y tachándolos de “antitecnológicos”.

    Tales acusaciones muestran lo distorsionada que ha llegado a estar la visión predominante de la tecnología. Al confundir su avance con el progreso social, hemos sacrificado nuestra capacidad de ver la tecnología con claridad y de diferenciar sus efectos. En el mejor de los casos, la innovación tecnológica nos facilita nuevas herramientas para ampliar nuestras aptitudes, centrar nuestro pensamiento y ejercer nuestra creatividad; expande las posibilidades humanas y el poder de acción individual. Pero, con demasiada frecuencia, las tecnologías que promulga Silicon Valley tienen el efecto contrario. Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente en lugar de ensancharlos.

    Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde. Visto retrospectivamente, nos equivocamos al ceder tanto poder sobre nuestra cultura y nuestra vida cotidiana a un puñado de grandes empresas de la Costa Oeste de Estados Unidos. Ha llegado el momento de enmendar el error.

    (Nicholas Carr escribe sobre tecnología y cultura. Es autor de Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes? y, más recientemente, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras mentes)

    - “Herejes” en el valle de las maravillas (El País - 25/10/15) Lectura recomendada

    Quién es quién en el frente de escritores e intelectuales que intentan desmontar las fábulas de la nueva élite tecnológica

    (Por Joseba Elola)

    El mundo de las teorías acerca de Internet aún está esperando a su particular Woody Allen. Eso dice el azotador de pregoneros del paraíso digital Evgeny Morozov en La locura del solucionismo tecnológico. Y es posible que la mordacidad vehiculada a través del humor aún esté por llegar a Silicon Valley, pero caben pocas dudas acerca de la pujanza de un proceso que está en marcha, es imparable y resulta, cuando menos, higiénico: el cuestionamiento del cuento de hadas elaborado desde California.



    Los fábulas fundacionales de las compañías que crean milagrosas apps, el deslumbramiento con esos consejeros delegados veinteañeros que llevan zapatillas deportivas y sudaderas con capucha, la fe ciega en el Dios Internet y demás martingalas de la era digital tienen enfrente a una creciente cohorte de intelectuales (y no solo intelectuales) que ya no compran la moto, por muy cibernética que esta sea. En estos días, al frente de este ilustrado y aguerrido pelotón, uno de los más certeros narradores de nuestro tiempo, el rotundo Jonathan Franzen.

    “Igual que los antiguos politburós, el nuevo se presentaba como enemigo de las élites y amigo de las masas, dedicado a “dar a los consumidores lo que deseaban”, pero a Andreas le parecía que internet estaba más bien dominado por el miedo: miedo a no ser popular, ni suficientemente cool, miedo a perderse algo, miedo a ser criticado”. Es un extracto de Pureza, la nueva novela del autor de Las correcciones, en la que establece un paralelismo entre la opresión de los regímenes comunistas y la que ejerce la Red sobre el individuo.

    En un reciente artículo en The New York Times, Franzen celebraba las aportaciones al escepticismo digital de la psicóloga clínica Sherry Turkle, estudiosa del impacto psicológico de las nuevas tecnologías. Los teléfonos (presuntamente) inteligentes nos han robado el aburrimiento, factor que permite desarrollar la paciencia y la imaginación, apunta Turkle. En Reclaiming Conversation, la profesora del prestigioso MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) argumenta que la tecnología digital está atrofiando la empatía. Si no hablamos cara a cara, no entendemos al otro, ni nos entendemos a nosotros mismos. Turkle reivindica, ante todo, la soledad, esa soledad que se han llevado por delante los omnipresentes e invasivos dispositivos móviles. “Algunas de las conversaciones más importantes que uno tiene son consigo mismo. Reduzca la velocidad lo suficiente como para que esto sea posible. Y practique el hacer una sola cosa. Piense que la unitarea es el próximo fenómeno. Aumentará su rendimiento y disminuirá su estrés”.

    En el pelotón de los escépticos que en un tiempo fueron creyentes de la verdadera religión de Internet se encuentra el siempre agudo Evgeny Morozov, fiscalizador de los agujeros negros de la Red que disecciona con pulso de cirujano las tesis de tecnoentusiastas como Jeff Jarvis y Clay Shirky. En La locura del solucionismo tecnológico, que se publica en España el 10 de noviembre, Morozov argumenta que Internet se ha convertido en una religión y acusa a los solucionistas de resolver problemas inexistentes.



    Sí, siempre hay una app para resolver lo superfluo. Cabe preguntarse, de hecho, si alguien está pensando en resolver alguno de los problemas relevantes que acucian al ser humano en estos tiempos convulsos.

    Pues bien, Morozov, que se presenta a sí mismo como un “hereje digital”, argumenta que el nuevo orden, con empresas tecnológicas como Uber que se desentienden de la calidad del servicio y de las garantías de los consumidores, mina fundamentos democráticos, recorta conquistas sociales cruciales y hace reposar, cada vez más, sobre los individuos responsabilidades que antes correspondían a las instituciones. En esta misma línea, también apuntada por Franzen -“La tecnología digital es el capitalismo a hipervelocidad, inyectando su lógica del consumo y de la promoción, de la monetización y la eficiencia en cada minuto del día”-, se sitúa Byung-Chul Han, filósofo coreano afincado en Berlín que observa con afilado espíritu crítico las sinergias entre neoliberalismo y tecnología digital.

    Han, que considera que el neoliberalismo ha convertido al trabajador (o emprendedor) en alguien que se explota a sí mismo (dado que no se puede revelar contra su jefe), reniega de los discursos adanistas de la interconexión (que no genera una mayor solidaridad real).“Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada (…). También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello compartir nadie da nada voluntariamente”. La economía del compartir conduce a una mercantilización total de la vida, dice Han, que cita a Dave Eggers, autor de El Círculo, como otra de las voces que alertan sobre el control en la Red.

    Las andanadas de Jaron Lanier, célebre programador de los 80 que describe Silicon Valley como una secta contracultural habitada por millonarios sociópatas en ¿Quién controla el futuro?; los zarpazos de Nicholas Carr que, en Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras mentes, alerta contra la complacencia automatizada, esa externalización de capacidades que hace que perdamos habilidades, y denuncia la manera en que buscadores, redes sociales y empresas de software captan nuestra atención y dirigen nuestro pensamiento; las objeciones de autores como César Rendueles en Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital. Todos ellos pertenecen a un frente de disidentes que no se ciñe a integrar a los clásicos resistentes al cambio. El grupo crece, se multiplica. Franzen no está solo.



    Morozov va aún más allá y, ni corto ni perezoso, llega a decir que la revolución digital no es para tanto, que todas las generaciones han creído que estaban al borde de la siguiente revolución y está por ver que esta sea más significativa que la de la imprenta, el telégrafo o la televisión. El autor bielorruso recupera una cita del historiador norteamericano Marshall Poe que dice así: “No es muy exagerado decir que Internet es una oficina de correos, un puesto de periódicos, una tienda de vídeos, un centro comercial, una consulta, una tienda de discos, una tienda de libros para adultos y un casino, todo en uno. Seamos honestos, es increíble. Pero es tan increíble como un lavaplatos: nos permite hacer con un poco más de facilidad algo que siempre hemos hecho”.

    - Silicon Valley contra la socialdemocracia (El País - 25/10/15) Lectura recomendada

    La supremacía del mercado virtual supondrá un retroceso en los derechos conquistados el último siglo. ¿Vivimos en el poscapitalismo o en el precapitalismo?

    (Por Evgeny Morozov)



    Silicon Valley, seguramente tiene las mayores reservas mundiales de desfachatez y arrogancia, pero ¿podría también estar sentando las bases del nuevo orden económico? Al menos, esa es la opinión cada vez más extendida entre sus detractores y sus defensores; en lo que no están de acuerdo es en cómo será ese orden.

    El nuevo libro de Paul Mason Post Capitalism, que está triunfando en Reino Unido, tiene coincidencias con los dos bandos en este debate. Su argumento es que, a medida que todo se vuelve digital y se integra en redes, incluso nuestros grandes señores empresariales tendrán dificultades para contener el radicalismo potencial -tanto de nuevas formas de disidencia como de organización social- en su interior.

    Ahora bien, ¿y si Mason sólo tiene razón en parte? ¿Por qué suponer que saldría mal parada la idea del capitalismo y no, por ejemplo, la de la socialdemocracia? Hoy parece más probable esta última perspectiva.



    Desde el primer momento, la socialdemocracia fue un sistema basado en concesiones. Llegó a distintos países en diferentes momentos históricos, pero su esencia siempre era la misma, las grandes empresas y los Gobiernos intervencionistas llegaban a un acuerdo beneficioso para ambas partes: los Gobiernos no cuestionaban la primacía del mercado como principal vehículo del desarrollo económico, y las empresas aceptaban una supervisión reguladora considerable.

    Fue el famoso compromiso socialdemócrata el que hizo que Europa fuera un lugar tan cómodo para vivir. Las economías crecían; los trabajadores estaban protegidos y disfrutaban de magníficas prestaciones sanitarias; los consumidores podían confiar en que las empresas con las que trataban no iban a infringir sus derechos.

    El sistema pareció funcionar al menos durante un tiempo. Pero la fragilidad de sus mecanismos internos no era visible para todo el mundo. En primer lugar, presuponía que las economías iban a seguir creciendo casi de forma indefinida, con lo que el Estado podría costear las generosas transferencias sociales. Segundo, para garantizar la dignidad del trabajo eran necesarias intervenciones tácticas ocasionales del Estado en industrias y sectores concretos; pero los que estaban privatizados, liberalizados o insuficientemente regulados -el sector de la tecnología, en su más amplia definición, es una combinación de las tres cosas- dejaban a los gobiernos escaso margen de maniobra. Tercero, el espíritu de la socialdemocracia dictaba que los propios ciudadanos apreciaran nobles valores como la solidaridad y la justicia, una actitud que también estaba sometida a reglas específicas.

    Ahora, estas tres bases están viniéndose abajo a causa del feroz ataque de los mercados, pero también de Silicon Valley, que se apresura a explotar las numerosas incongruencias, ambigüedades y debilidades retóricas del ideal socialdemócrata.

    La estrategia de la aplicación Uber es especialmente significativa. ¿Qué más da que algunas ciudades exijan a los taxistas cursos de formación, por ejemplo, sobre cómo tratar a los pasajeros ciegos o discapacitados? Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad.

    Hace unos cuantos decenios, cuando el consumismo imprudente no había deteriorado aún nuestro raciocinio colectivo, esta actitud quizá nos habría parecido aberrante. Pero hoy las cosas no son tan obvias. ¿Por qué, pueden decir algunos, cada vez que tomo un taxi tengo que subvencionar que puedan tomarlos los ciegos y los discapacitados?

    Como empresa, Uber también quiere que se la dejen en paz, y asegura que de esa forma puede dar más satisfacción al cliente; mientras el único criterio para medir la satisfacción sea el precio que paga.

    Lo irónico es que Uber recurre precisamente al carácter extraordinario de la tecnología digital y de la información -las señas de identidad del poscapitalismo según Mason- para justificar sus prácticas de empleo draconianas, mucho más propias del capitalismo anterior a la aparición de la socialdemocracia. No son más que una “empresa tecnológica”, alegan. Da igual que a sus conductores los vigilen y los presionen de forma agresiva mucho más que a los trabajadores de una fábrica taylorista de la década de 1920.

    A pesar del control al que los somete Uber, estos conductores ni siquiera tienen un contrato oficial. Con tanta gente en el paro y con problemas para ganarse la vida, Uber tiene la seguridad de que siempre habrá alguien en algún sitio dispuesto a conducir un coche, aunque sólo sea durante unas horas.

    Un rápido repaso a otras facetas de lo que se consideraba socialdemocracia ofrece un panorama igualmente sombrío; sus cimientos están desmoronándose. Por ejemplo, existen pocos sistemas de salud en Europa que puedan sobrevivir a los problemas cada vez mayores del envejecimiento, la obesidad y los recortes presupuestarios. De ahí que haya una exuberancia tan irracional sobre las posibilidades de los dispositivos portátiles, sensores inteligentes y sus distintas combinaciones, que prometen transformar el modelo actual de cuidados preventivos. Se acabaron los tiempos en los que era posible no pensar demasiado ni demasiado a menudo en nuestra salud. Las aplicaciones de salud son fuentes inagotables de preocupación, y lo que había logrado el proyecto socialdemócrata era precisamente disminuir esa angustia.

    El mercado digital también está acabando con la idea de la protección al consumidor. A medida que la publicidad y la recogida de datos tienen más importancia en la economía digital, nos encontramos con precios determinados en función de algoritmos, muy personalizados y con frecuencia fijados para que paguemos el precio más alto posible. A muchos de nosotros también nos resulta difícil explicar por qué el billete de avión que compramos por Internet cuesta lo que cuesta. A pesar de todas las aplicaciones que cuentan las calorías y nos dicen el país de origen de los productos que compramos, los consumidores estamos entrando en una nueva época de oscurantismo: no tenemos ni idea de por qué pagamos lo que pagamos por unos productos que nos han empujado subliminalmente a comprar.

    Además, Silicon Valley está organizando un asalto contra la filosofía en la que se basa la socialdemocracia, la noción de que los Gobiernos y los ayuntamientos pueden fijar normas y leyes que regulen el mercado. Silicon Valley opina que no: el único límite a los excesos del mercado debe ser el propio mercado. Son los propios consumidores los que deben castigar -poniendo malas notas, por ejemplo- a los malos conductores o a los anfitriones poco fiables; los Gobiernos no deben entrometerse.

    ¿Todo esto es poscapitalismo? Tal vez, pero sólo si estamos dispuestos a reconocer que el capitalismo, al menos durante el último siglo, se ha estabilizado gracias al compromiso socialdemócrata, que ahora está quedándose obsoleto. Cuando el poscapitalismo nace del debilitamiento de las protecciones sociales y las regulaciones de la industria, entonces definamos con propiedad: si Silicon Valley representa un cambio de modelo, es más bien al de precapitalismo.

    (Evgeny Morozov es editor asociado en New Republic y autor de La locura del solucionismo tecnológico (Katz / Clave Intelectual))



    Lo que la globalización nos dejó: llaman “idea de gestión radical” a la semana laboral de 40 horas

    Exactamente cuando el reloj marca las 6 de la tarde durante cualquier día laboral, el éxodo empieza en United Shore Financial Services LLC. Cinco minutos después, el estacionamiento está prácticamente vacío, cuenta Ahmed Haidar, quien trabaja en relaciones con los clientes en la entidad hipotecaria de Troy, Michigan. United Shore es parte de un grupo de pequeñas empresas que están ensayando una idea de gestión radical: una semana laboral de 40 horas”... Una idea radical: una semana laboral de 40 horas (The Wall Street Journal - 25/10/15)

    Líderes dicen que esa cantidad de horas hace que los empleados sean más eficientes, al obligarlos a concentrarse en el trabajo mientras están en la oficina y desconectarse por completo cuando salen. La imposición de horarios estrictos ha ayudado a algunas empresas a atraer candidatos de alto calibre, algunos de los cuales están dispuestos a recibir un sueldo más bajo a cambio de horas limitadas, dicen gerentes de personal.

    Mat Ishbia, presidente ejecutivo de United Shore, exige que sus 1.350 empleados trabajen duro, sin tomar descansos para visitar Facebook o hacer compras en Internet. Al ejecutivo le gusta recordarles que un viernes a las 5:55 de la tarde no es diferente a un martes a las 10:55 de la mañana. Una vez que la jornada laboral termina, sin embargo, los empleados pueden olvidarse de todo hasta la mañana siguiente.

    “Usted nos da 40” horas, dice Laura Lawson, jefe de personal de la compañía. “El resto es suyo”.

    El magnate mexicano Carlos Slim ha ido incluso más allá y ha propuesto una semana laboral de 3 días y 33 horas, con el fin de reducir la tasa de desempleo. Es un argumento que el segundo hombre más rico del mundo según la revista Forbes ha venido planteando desde hace varios años: “Para tener libres otros cuatro días y dedicarlos a la familia, a innovar, cultivarse o a crear”, manifestó en 2014.



    En Estados Unidos, una semana laboral finita se siente cada vez como un objetivo inalcanzable, puesto que la línea divisoria entre la oficina y el hogar se ha borrado en años recientes. Las políticas de “integración de la vida y el trabajo” promovidas por algunas empresas permiten que un empleado salga más temprano para asistir a algún evento de sus hijos o a una cita médica, siempre y cuando monitoree sus correos electrónicos en su teléfono hasta altas horas de la noche.

    Los empleados en United Shore se vigilan mutuamente, hablando si detectan que alguien está holgazaneando o trabajando en exceso. Se los incentiva para que tomen una hora de almuerzo y hacen “bloques de poder”, es decir períodos de 30 minutos durante los cuales los agentes de ventas se abstienen de usar el correo electrónico y pueden ponerse de pie mientras hacen llamadas, para mantener la concentración. Pedir a la gente que trabaje más horas no significa necesariamente que consigan hacer más cosas, razona Ishbia, una suposición respaldada por la investigación reciente.

    “Los empleados necesitan tiempo para recuperarse del trabajo”, dice John Pencavel, quien enseña economía laboral en la Universidad de Stanford. Sus estudios han encontrado que quienes trabajan demasiadas horas durante la semana o demasiados días seguidos se vuelven menos productivos con el correr del tiempo, con un descenso en la productividad por hora a medida que laboran más de 48 horas a la semana.

    La empresa de Pensilvania myHR Partner Inc. señala que algunos empleados están dispuestos a una reducción de sus salarios por una semana laboral de 40 horas. Los anuncios de la firma de tercerización de recursos humanos resaltan “una semana laboral realmente de 40 horas”, y anima a los contratados a decirle adiós a las largas horas de trabajo.

    Tres vacantes han atraído 663 candidatos, dice Tina Hamilton, la presidenta de la compañía, quien añade que algunos contratados han aceptado menos sueldo para trabajar con myHR Partner, donde el salario oscila entre US$ 40.000 y US$ 90.000 al año.



    Una jornada laboral de ocho horas puede ser difícil para los empleados acostumbrados a enviar e-mails a las 9:00 de la noche y aceptar llamadas de clientes los domingos.

    Haidar, quien ha sido empleado de United Shore por unos dos años, cuenta que al principio dudó que el lema de 40 horas fuera real. Ahora sale de la oficina a las 6:00 p.m. y dice que casi nunca envía e-mails o contacta a colegas después de esa hora. “No hay nadie a quien llamar”, señala. “Todo el mundo está en casa”.

    En Never Settle LLC, una firma de software empresarial de Denver, el cofundador Kenn Kelly quería inicialmente que los empleados trabajaran lo más que pudieran y que tomaran vacaciones cuando desearan.

    Pero con la libertad de escoger, los empleados exageraron, trabajando 52 horas a la semana en promedio, de acuerdo con Kelly. El ejecutivo empezó a penalizar a los que trabajaban demasiado o muy poco, de modo que quien no tuviera un promedio de 80 horas laboradas en dos semanas perdía tiempo de vacaciones. Ahora, la mayoría de los trabajadores de la empresa reciben un sueldo por hora, de modo que el control de las horas también limita el gasto, pero Kelly dice que la política fue desarrollada para preservar un equilibrio entre trabajo y vida personal.

    Los jefes en BambooHR LLC, una empresa de software de recursos humanos de Utah con una política de una semana laboral de 40 horas, confrontan a los empleados que no limitan sus horas, e incluso despidieron a uno por trabajar más de la cuenta. Otros creen que las horas limitadas quieren decir que llegar tarde a las reuniones es permitido, dice Ryan Sanders, director general de operaciones de BambooHR. El ejecutivo les recuerda que tienen que completar las 40 horas.

    Las personas dicen que están trabajando más tiempo, pero la verdad no es tan clara. Un sondeo reciente de la consultora EY encontró que cerca de la mitad de los gerentes dice que trabaja más de 40 horas por semana y 39% reportó que sus horas se habían incrementado en los últimos cinco años. Cifras del Sondeo de Población Actual de la Oficina del Censo de EEUU muestran que las horas para los gerentes y profesionales que usualmente trabajan a tiempo completo se han mantenido relativamente estables durante los últimos años en alrededor de 43,3 horas a la semana.

    Los profesionales suelen recordar sus semanas más frenéticas como usuales, afirma Laura Vanderkam, autora que estudia el uso del tiempo. La experta recientemente estudió a un grupo de mujeres profesionales que ganaba US$ 100.000 o más al año. Según diarios del uso del tiempo, las participantes trabajaron semanas de 44 horas en promedio.

    “Todos creemos que estamos trabajando todo el tiempo”, dice. “Asumimos que debemos estar trabajando más arduamente que cualquiera, pero probablemente no es el caso”, asevera.



    Tema central de Davos 2016: “La cuarta Revolución Industrial”

    Según el presidente ejecutivo del World Economic Forum, Klaus Schwab, estamos inmersos en una gran transformación mundial, de consecuencias notables. Y cuenta quiénes van a ser los ganadores”… La gran transformación que está sufriendo el mundo. Y será el tema central de Davos 2016 (El Confidencial - 17/12/15)



    En Davos suele haber mucho análisis, muchos discursos y pocas certezas: hay planes, hay estrategia, hay lecturas sobre el presente y sobre el futuro, pero escasas certidumbres. En esencia, lo que vienen afirmando es que el mundo es incierto, que lo que sirve para hoy, mañana por la mañana puede haber quedado obsoleto, y que debemos lidiar con cambios que todavía no hemos acertado a definir. Pero, en ese contexto, hay una cosa que sí tienen muy clara: hemos entrando en una revolución tecnológica que va a alterar radicalmente nuestra forma de vivir, trabajar y relacionarnos: la cuarta revolución industrial.

    La primera gran transformación estuvo marcada por la utilización del vapor y del agua para mecanizar la producción; la segunda por la división del trabajo, la producción de masas y la electricidad; la tercera, que se inició en 1969, por la producción automatizada, la informática y la electrónica. La cuarta, aseguran desde Davos, lo va a estar por los sistemas ciberfísicos, por una transformación digital caracterizada por la fusión de tecnologías que está borrando los límites entre las esferas físicas, digitales y biológicas. Esta cuarta conmoción productiva va a ser el centro del debate de la próxima edición del World Economic Forum, que se celebrará del 20 al 23 de enero en la localidad suiza. 2500 líderes de los negocios, de la política, de las organizaciones internacionales o de los medios de comunicación estarán presentes en él.



    En un artículo publicado en la página del World Economic Forum, Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial, asegura que el periodo que estamos viviendo no es la continuación del precedente, sino una fase completamente distinta, ya que hay una variable que lo cambia todo, la velocidad. Su idea, que ha sido continuamente repetida desde el sector tecnológico, es que los avances ya no son lineales, sino exponenciales, lo cual nos sumerge en un contexto sin precedentes. De modo que no sabemos bien qué va a pasar, pero sí que la respuesta que debe darse ha de ser integral, y que deben estar involucrados en ella todos los actores políticos mundiales, así como el sector privado, la academia y la sociedad civil. El problema de fondo, apunta, no es que se esté transformando la producción, sino que van a cambiar también los sistemas de gestión y de gobernanza. Los cambios se producirán en todos los órdenes pero, según Schwab, fundamentalmente en tres, el mundo de los negocios, la política y el trabajo.

    El futuro de los negocios



    Schwab reconoce que la aceleración de la innovación hace muy difícil de prever los contenidos y el alcance concreto de las transformaciones. Todos saben que algo grande está en puertas, pero todavía no se percibe el qué, ya que ni siquiera hay “evidencia clara de que las tecnologías que sustentan la cuarta revolución industrial estén teniendo un gran impacto en las empresas”. Sin embargo, “muchas industrias perciben cómo las nuevas tecnologías están alterando ya las cadenas de valor existentes”, al mismo tiempo que surgen competidores innovadores que utilizan las plataformas digitales de modos diferentes, y que constituyen una amenaza porque pueden expulsar a los operadores tradicionales, compitiendo con el precio, la calidad o la velocidad de entrega.

    En este sentido, hay una apuesta evidente por la economía colaborativa, “que disminuye las barreras para las empresas... y que puede tener desarrollo en muchos nuevos servicios, desde la ropa hasta las compras, pasando por los viajes o las soluciones de transporte y aparcamiento”. En todo caso, afirma, la cuarta revolución industrial cambiará radicalmente todo lo referido a las expectativas de negocio, las mejoras en los productos y las formas de organización.

    El futuro de los gobiernos



    El segundo terreno donde veremos grandes innovaciones será en las formas de gobierno. Schwab prevé un doble escenario: de una parte las nuevas tecnologías y las nuevas plataformas van a permitir a los ciudadanos expresar sus opiniones, coordinar sus esfuerzos y eludir la supervisión pública. Pero, al mismo tiempo, “los gobiernos ganarán nuevas competencias tecnológicas para aumentar su control sobre la población, sobre la base de los sistemas de vigilancia generalizada y la capacidad de controlar la infraestructura digital”. Además, los cambios ya asentados respecto a la distribución del poder seguirán acentuándose, y provocarán que los gobiernos lo tengan aún más difícil. “Su papel central en la conducción de la política disminuirá debido a las nuevas fuentes de competencia y la redistribución y descentralización del poder que las nuevas tecnologías hacen posible”.

    No se trata sólo de que los ciudadanos puedan tener mayores opciones para expresar y trasladar sus opiniones, sino de que, cabe apuntar, el mayor peso del sector privado, los desafíos en materia financiera o la cada vez mayor incidencia de las organizaciones internacionales en la vida estatal, plantean opciones que debilitan la acción de los políticos nacionales. En ese contexto, suenan amenazantes las afirmaciones de Schwab según las cuales “la capacidad de los sistemas de gobierno y de las autoridades públicas para adaptarse determinará su supervivencia. Si resultan capaces de abrazar un mundo de cambio disruptivo, sometiendo sus estructuras a los niveles de transparencia y eficiencia que les permita mantener su ventaja competitiva, aguantarán. Si no saben evolucionar, se enfrentarán a un problema cada vez mayor”.

    Schwab se refiere en concreto a que tendrán que ser mucho más flexibles en su regulación. “Los sistemas actuales de las políticas públicas son muy diferentes de los de la segunda revolución industrial, cuando las decisiones después de emplear el tiempo preciso para estudiar un tema específico y desarrollar la respuesta necesaria o el marco normativo adecuado. Todo el proceso fue diseñado para ser lineal y mecanicista, siguiendo un enfoque de arriba hacia abajo. Pero este enfoque ya no es factible. Teniendo en cuenta el rápido ritmo de la cuarta revolución industrial y de sus impactos, los legisladores y los reguladores están siendo desafiados en un grado que carece de precedentes y en su mayor parte están demostrando ser incapaces de hacerle frente”. La solución, según Schwab, implica que los reguladores se adapten continuamente a este nuevo entorno en evolución continua y se reinventen a sí mismos, para lo que tendrán que colaborar estrechamente con las empresas y la sociedad civil.

    El futuro del trabajo



    El tercer terreno que veremos radicalmente alterado es el del empleo, ya que la revolución anunciada producirá una mayor desigualdad, “dado su potencial para perturbar el mercado de trabajo”. La automatización sustituirá gran parte de la mano de obra, lo que “aumentará la brecha entre los rendimientos del capital y los del trabajo”. O quizá no, y “en conjunto, exista un aumento neto de puestos de trabajo seguros y gratificantes”. De lo que sí está seguro es de que el mercado laboral será cada vez más dual, con el sector “baja cualificación / bajos salarios” por un lado y el de "de alta capacidad / alta remuneración" por el otro, lo que dará lugar a un aumento de las tensiones sociales. “El resultado es un mercado de trabajo con una fuerte demanda en los extremos altos y bajos, pero un vaciamiento del centro”.

    En este nuevo terreno bifurcado, aparecen unos claros ganadores: “los mayores beneficiarios de la revolución industrial que llega serán los accionistas, los inversores, y los proveedores de capital intelectual a los innovadores, lo cual explica la creciente brecha de riqueza entre los dependientes del capital y los del trabajo”.

    En definitiva, el diagnóstico del presidente ejecutivo de Davos señala tres puntos cruciales: la aceleración provocará una disrupción notable que se dejará sentir en los modelos de negocio (con las nuevas empresas luchando contra las viejas), la necesidad de adaptación debilitará aún más el poder de los estados nación, que tendrán que ser más flexibles a las necesidades del sector privado y de los ciudadanos y el mercado del trabajo se dualizará. Esas son las claves del mundo que está llegando.

    Washington SA (la “verdad” de la milanesa): el que quiera entender, que entienda

    - “Deep State” o el gobierno en la sombra de EEUU. Y no es una conspiración (El Confidencial - 8/1/16) Lectura recomendada

    El ex miembro del personal del Congreso de EEUU, Mike Lofgren, acaba de publicar un libro en el que afirma que existe una clase gobernante por encima de la Casa Blanca

    El poder real es mucho menos visible que el político, según Lofgren. (iStock)

    (Por Esteban Hernández)

    “¿Por qué llegué a escribir un análisis del Estado Profundo, del “Deep State”? Porque estaba allí. Fui durante 28 años miembro del personal del Congreso especializado en la seguridad nacional, manejaba información secreta, y me moví en los límites del mundo que describo”. Quien así habla es Mike Lofgren, un exfuncionario que se hizo popular con el libro “Party’s over. How republicans went crazy, democrats become useless and the middle class got shafted”, y que ahora acaba de publicar “Deep State. The fall of the Constitution and the rise of a shadow government”, una radiografía de los poderes que funcionan dentro del Estado y que define como “una asociación híbrida de elementos de gobierno, de las finanzas de alto nivel y de la industria que es capaz de gobernar de forma efectiva los Estados Unidos sin necesitar el consentimiento de los gobernados expresado a través de la política formal”.

    Según Mike Lofgren, este Deep State “es el hilo rojo que une la guerra contra el terrorismo, la financiarización y desindustrialización de la economía estadounidense, el surgimiento de una estructura social plutocrática y la disfunción política”. Pero, insiste, no estamos hablando de una conspiración, de un poder en las sombras que funciona escondiendo su rastro, sino de “operadores que actúan a la luz del día”. Tampoco se les puede llamar el “establishment”. “Todas las sociedades complejas tienen un “establishment”, una red social cuya finalidad es su enriquecimiento y perpetuación. El Deep State es más bien una clase en sí misma. No se trata de algo siniestro, aunque algunos de sus aspectos sí lo sean, sino de algo que está tremendamente arraigado. Y tampoco es invencible: sus fracasos, como los de Irak, Afganistán o Libia son rutinarios, y sólo su protección hacia quienes toman las decisiones de alto rango les permite escapar de las consecuencias de su frecuente ineptitud”.

    El Deep State está formado, señala Lofgren en una entrevista en “Salon”, por aquellos en los que todo el mundo está pensando. En primer lugar, el complejo militar-industrial, con el Pentágono y todos sus contratistas, pero también por el Departamento del Tesoro, que les liga a los flujos financieros, por algunos tribunales, como los del distrito sur de Manhattan y el oriental de Virginia, y por el aparato de seguridad nacional. “En el Congreso, la mayoría de gente está ocupada pensando en cómo van a ser reelegidos, salvo algunos miembros de los comités de seguridad y defensa, que sí saben lo que ocurre”.

    Finanzas y tecnología



    El segundo sector que forma parte de esta red que opera sobre las instituciones es Wall Street, cuyas líneas de comunicación con el gobierno son frecuentes y sus lazos muy estrechos, encarnados en personas como David Petraeus, Bill Daley (el ex jefe de gabinete del presidente Obama), Hank Paulson, que llegó de Goldman Sachs para convertirse en secretario del Tesoro y rescató a Wall Street en 2008, o Tim Geithner. La relación de la política con el mundo financiero más parece de subordinación que de coordinación.

    El tercer núcleo de influencia es Silicon Valley, un actor cada vez más poderoso. En parte porque ya rivalizan en las ganancias que obtienen con Wall Street, con empresas como Google o Apple en los primeros puestos de las cotizadas. Y, en otro sentido, porque la mayoría de la información que reciben la NSA y el resto de las agencias de inteligencia proviene de la cooperación con empresas del valle. El dinero y los datos que aportan, asegura Lofgren, provocan que puedan conseguir lo que quieren de Washington, por ejemplo en lo que se refiere a la propiedad intelectual.

    La ideología oficial de la clase gobernante

    Los asesores de la Casa Blanca que instaron a Obama a no imponer límites de indemnización a los CEO de Wall Street, el contratista que obtuvo ganancias enormes en Irak a base de insistir en una acción de control bélico nada útil o los gurús económicos que perpetuamente demuestran que la globalización y la desregulación son una bendición que nos hará bien a todos a largo plazo son parte de este Deep State, “pero se preocupan por fingir que carecen de ideología. Su pose preferida es la del tecnócrata políticamente neutral que ofrece asesoramiento experto sustentado en su gran experiencia”, algo que Lofgren considera absurdo porque están “profundamente teñidos del color de la ideología oficial de la clase gobernante, una ideología que no es ni demócrata ni republicana”.

    Para Lofgren, este reparto de poder tiene dos consecuencias notablemente perniciosas. La primera es obvia, porque supone una clase operando al margen de las garantías políticas e institucionales, y de los mecanismos democráticos elegidos. La segunda también es conocida, pero se suele poner menos de manifiesto, como es su ineficiencia. Hablamos de un entorno, fuertemente arraigado y bien protegido por la vigilancia, la influencia, el dinero y su capacidad de cooptar la resistencia, “lo que le hace casi impermeable al cambio”.

    “Groupthink”



    La asimilación cultural es parte esencial de un entorno en el que funciona fluidamente lo que el psicólogo Irving L. Janis, denominó “groupthink”, esa capacidad camaleónica que tenemos de adoptar los puntos de vista de los compañeros y de los superiores sin cuestionarlos, simplemente porque son las creencias que todos ellos comparten. Este síndrome es endémico en Washington, señala Lofgren, y más aún en la medida en que la crítica no es un instrumento útil si se quiere progresar en la carrera profesional. El cuestionamiento está mal visto, y es peor todavía si resulta fundado.

    Además, las formas de acción del Deep State suelen alimentarse de una respuesta usual a los problemas a lo largo de los imperios que nos ha dado la historia, apunta Lofgren. Cuando fracasan, su reacción instintiva es hacer lo mismo pero aumentando los esfuerzos; si algo va mal, apuestan por hacer el doble de lo mismo, como si el problema fuera que no han insistido lo suficiente. En este sentido, Lofgren compara al Washington actual con Roma, Constantinopla o Londres, capitales que fueron de imperios que se resquebrajaron internamente antes de caer. Sus costumbres y su arrogancia las llevaron a la ruina.

    La historia y sus imprevistos



    En ese entorno, Lofgren comienza a percibir algunas contradicciones. El Deep State, afirma, sustentó al Tea Party, y ahora muchas de sus figuras se vuelven en contra de sus intereses, a causa de su oposición al déficit público y de algunas de sus ideas económicas; los estadounidenses están cada vez más cansados de la presencia de su país en un Oriente medio cada vez más embrollado; Silicon Valley percibe que la cooperación con la seguridad nacional también tiene sus costes, y que podrían ganar mucho más dinero si hicieran otras cosas (“y el dinero es su prioridad”); y que la parte del presupuesto que necesitan para financiar a los suyos quiere ser restringida por algunos políticos para repercutirlos en unos EEUU cada vez más débiles económicamente.

    El resultado de todos estos acontecimientos es incierto, asegura Lofgren, también para el Deep State, ya que la historia suele utilizar formas imprevistas para derrocar a los poderosos.




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