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México y su economía política de la americanización


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La economía política de la americanización en México.

De la gran depresión a la crisis de la deuda
Rolando Cordera Campos*

Leonardo Lomelí Vanegas**



I. Introducción

La “americanización de la modernidad” adquiere en México perfiles peculiares y extremos interpretativos notables. No sólo se trata del país y de la zona geográfica que conforma la frontera del “extremo occidente” con los Estados Unidos, sino que en su territorio tuvo lugar a partir de la segunda mitad del siglo XIX el esfuerzo más sostenido por construir un proyecto nacional, un Estado y una formación socio económica, capaz de modular las tendencias unificadoras y, en su caso, de absorción total que desde sus orígenes han acompañado a la excepcionalidad americana. En ella confluyen en terca dialéctica las pulsiones imperiales e imperialistas, de dominio directo de economías y sociedades, con las visiones republicanas no exentas de salvacionismo y misión occidentalizadora, con su cauda de progreso y democracia, que en el siglo XX le dieron a Estados Unidos la centralidad cultural, tecnológica y productiva en la que la mencionada americanización de la modernidad tenía, ¿tiene?, sus fuerzas productivas principales.

Puede proponerse de entrada, que el Estado nacional mexicano fue hecho a contrapelo de las fuerzas históricas primordiales que decretaban su desaparición en aras del despliegue del progreso civilizatorio y revolucionario propio de la nación del Norte. La dictadura de Porfirio Díaz fue en su momento justificada ante tal escenario que no era inventado, sino que había determinado en gran medida los primeros años formativos de la nación independiente. A lo largo del gobierno del general y dictador, la sombra de la intervención americana y su presencia inicial en la explotación de recursos naturales o la construcción de infraestructura, tuvo lugar en abierta disputa con los capitales europeos, a través de los cuales parte de las elites dirigentes del Porfiriato buscaban balancear la impronta americana y por la vía del equilibrio económico y financiero dar lugar a una geopolítica y una geoeconomía en las cuales fincar y sostener la vida y la hegemonía del Estado nacional. En buena medida, este juego estratégico acompañó la reconstrucción estatal y de la economía política nacional después de la Revolución, de Calles y Obregón a Cárdenas y Alemán, hasta culminar en la combinatoria de política económica y de desarrollo más exitosa y ambiciosa a este respecto durante los años sesenta del siglo XX.

En estos años, se pone en práctica una estrategia pragmática pero con visión de largo plazo para el desarrollo y la modernización social, que permitió a México navegar las tormentas de la Guerra Fría sin caer en los tumbos y vuelcos políticos que caracterizaban a gran parte de la región y que, como fruto de la confrontación bipolar, o so pretexto de ella, daban lugar a formas dictatoriales que coadyuvaban a la reproducción oligárquica del orden político y social. Daban lugar también a periodos más o menos largos de inflación y desequilibrios monetarios que afectaban los ritmos de crecimiento general de la economía y bloqueaban la modernización de las sociedades. La Alianza para el Progreso propuesta por el presidente Kennedy al inicio de la década del sesenta, buscaba alinear a América Latina con militancia clara en la bipolaridad pero asimismo pretendía abrir un camino congruente de modernización a la americana para el conjunto del subcontinente, cuyas sociedades asistían al espectáculo de su secular atraso y subdesarrollo de cara a una intervención inédita de la Guerra Fría en sus fronteras: la Revolución Cubana y su discurso de modernización original, antiamericano a la vez que soberano, a través de un socialismo que se querría innovador y, al mismo tiempo, en condiciones de erigir una forma de ser cosmopolita alternativa a la que ofrecía la experiencia americana. Los gobernantes mexicanos aprovecharon esa coyuntura global-regional, para hacer avanzar su proyecto, afirmar el autoritarismo presidencialista en su doble vertiente política y económica, y ampliar el margen de independencia en su relación con Estados Unidos.

Las varias formas de capitalismo asociado con creciente presencia de la inversión multinacional que se experimentaron en esos lustros, propiciaron o aceleraron mutaciones significativas en la estructura productiva mexicana. La sociedad se volvió cada vez más urbana y la población creció con celeridad, mientras la industria se orientaba a la producción en masa de los bienes durables de consumo que entonces condensaban el progreso y la modernidad que acompañaban a la americanización del mundo y de México. Emergen los nuevos grupos medios que se nutren de esas pautas de consumo, y para asegurar la reproducción de las nuevas estructuras, la inversión responde a la pauta dominante de participación transnacional predominantemente americana, dirigida a los mercados internos por encima del interés tradicional del imperialismo clásico por los recursos naturales y su exportación. A partir de los años treinta del siglo pasado, al calor de las reformas de estructura y la movilización popular cardenistas, el nacionalismo económico desplegado por México se vuelve funcional a las nuevas dinámicas de la inversión americana, pero no deja de intentar formas y combinatorias que modulen una americanización impetuosa del consumo y los reflejos culturales, determinados por las nuevas formas de acumulación.

La sociedad mexicana se apropió de esos cambios estructurales mediante nuevas formas de conducta social. El reclamo democrático hace su primera entrada en la escena en 1968 y la respuesta brutal y criminal del Estado remite a formas de nacionalismo autoritario incongruentes del todo con las pautas de consumo y reproducción económica y social promovidas por el propio Estado a través de la estrategia del Desarrollo Estabilizador. Los equilibrios del autoritarismo post revolucionario se muestran como en realidad siempre lo fueron, inestables y progresivamente costosos, tanto desde el punto de vista fiscal como político general, pero los grupos dirigentes del Estado, en ese entonces todavía de la mano de las elites económicas, se empeñan en prolongar pautas y estilos de gobernar, formas de distribución social altamente concentradas y las propias formas instaladas de modular y administrar la americanización. Se pretende renovar el nacionalismo económico regulando la inversión extranjera y promoviendo la mexicana con leyes ad hoc y diversas intervenciones directas del Estado en la inversión y la formación de empresas, e incluso se intenta revisar la asociación estratégica con Estados Unidos que era propia de aquella fase de la Guerra Fría. Se promueven las relaciones intensas y extensas con el Tercer Mundo y se busca revitalizar el ejercicio de principios fundamentales de la política exterior, pero los cambios buscados y efectuados no parecen estar en sintonía con la novedad del mundo que irrumpía en medio de crisis financieras y energéticas formidables: la nueva globalización, que arrasaba las reglas de oro del sistema de Bretton Woods, abría las balanzas de capitales y ponía en jaque, con la pujanza tecnológica y de mercado de las multinacionales, el sistema de soberanías instalado a partir de la segunda posguerra. La aventura renovadora del nacionalismo mexicano topa con un mundo en desbocada transformación, mientras Estados Unidos sufre la colosal derrota de Vietnam y estrena su propia revolución conservadora que, como la impuesta por la Primera Ministra Tatcher en Gran Bretaña, abre a su vez la puerta a la modernización neo liberal.

Sin bases materiales, conceptuales y políticas sólidas para acompasar los efectos de este tumultuoso y abrumador cambio del mundo, México y su Estado sufren sus crisis más severas en la economía, en los sistemas de convivencia social y comunitaria y sus formas básicas de supervivencia. Reaparece la pobreza de masas, cada vez más urbana, los mecanismos de protección social y laboral flaquean o de plano son reducidos a su mínima expresión y la reforma del Estado es vista como una necesidad vital para la subsistencia nacional. La última intentona por extender la vida del nacionalismo desemboca en una crisis política estructural de proporciones inéditas y el conjunto de la formación social mexicana experimenta una “gran transformación” que disloca estructuras y formas de vida, pero no desemboca en escenarios de desarrollo y bienestar social satisfactorios. La revolución neo liberal que empieza a fraguarse durante los primeros años setenta como respuesta al “populismo” del presidente Echeverría, adquiere carta de naturalización y legitimidad con la nacionalización de la banca decidida por el presidente López Portillo, y a través de las corrosivas crisis económicas y financieras que marcan el final del siglo XX mexicano se impone como fórmula única para salir de las crisis y reconstruir la economía política en consonancia con el nuevo mundo global que al terminar el régimen bipolar encabeza en soledad Estados Unidos de América. Como colofón de esta azarosa saga, se recupera como bendición y ya no como amenaza la americanización de México, cuya modulación y administración fue asumida por más de un siglo como un componente del proyecto del Estado nacional mexicano. Ahora, dicha americanización es entendida y propuesta como el proyecto nacional.

Crueldad o ironía histórica: estos primeros años de recambio radical del proyecto arrojan resultados negativos en la economía, la vida social y la cohesión nacional que sostenían la idea de la originalidad mexicana. Los ritmos de crecimiento económico han caído estrepitosamente, la pobreza masiva define la vida urbana y la desigualdad se ha afirmado como la marca histórica de México. La americanización, como futuro ineluctable, pasa por mediaciones inesperadas en la democratización de la política, uno de cuyos vértices se acerca a discursos y reclamos no sólo de justicia social sino de afirmación nacional, mientras el Estado se ve despojado de sus resortes elementales de articulación política y apoyo a la cohesión social. La paradoja del momento no puede ser más cruel e irónica: la primera generación de americanos nacidos en México, que anunció Carlos Monsiváis en los años setenta, es relevada por la primera generación mexicana que abandona en masa país y territorio, acorrala el “American way of life” y confluye en una redefinición tumultuosa, larvada y estentórea, de un sistema político-económico que cada vez menos parece capaz de asegurar la reproducción de la americanización de la modernidad por las vías que se pensaban propias de la civilización capitalista avanzada: la innovación productiva y la ampliación del consumo de masas; las formas republicanas para la renovación de la vida pública; la democracia y los derechos humanos como divisa fuerte de su expansión y liderazgo globales. Lo que se apodera del escenario es la impronta imperialista y violenta, y en el interior la negación de libertades y derechos. Mala hora del mundo para propugnar en México un cambio con el signo de la americanización.



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