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Memorias del oratorio de 1815 a 1835


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DON BOSCO


MEMORIAS DEL ORATORIO
DE SAN FRANCISCO DE SALES

DE 1815 A 1855

Introducción de

Aldo Giraudo

Traducción del texto crítico y notas ilustrativas de

José Manuel Prellezo García

Con la colaboración de

José Luis Moral de la Parte

Editorial CCS



MEMORIAS DEL ORATORIO DE 1815 A 18551

Memorias para el Oratorio y para la congregación salesiana

Muchas veces me han exhortado a poner por escrito las memorias concernientes al Oratorio de San Francisco de Sales y, pese a no poder negarme a la autoridad de quien me lo aconsejaba, nunca me he decidido a ocuparme de ello, sobre todo, porque debía hablar de mí mismo demasiado a menudo.2 Ahora se añade el mandato de una persona de suma autoridad, a la que es imposible oponer ningún tipo de dilación; por tanto, me decido a relatar en este escrito pequeñas noticias confidenciales que pueden iluminar o ser de alguna utilidad para aquella institución que la divina Providencia se dignó confiar a la Sociedad de San Francisco de Sales.

Ante todo, debo dejar sentado que escribo para mis queridísimos hijos salesianos, con prohibición de dar publicidad a estas cosas, tanto antes como después de mi muerte.

¿Para qué puede servir, pues, este trabajo? Servirá de norma para superar las dificultades futuras, tomando lecciones del pasado; servirá para dar a conocer cómo Dios mismo guió siempre todos los sucesos; servirá de ameno entretenimiento para mis hijos, cuando lean los acontecimientos en los que tomó parte su padre y, con mayor gusto, cuando –llamado por Dios a rendir cuenta de mis actos– ya no esté entre ellos.

Disculpadme si encontráis hechos expuestos con demasiada complacencia y quizá aparente vanidad. Se trata de un padre que se deleita hablando de sus cosas a sus hijos queridos; quienes, por su parte, gozan al conocer las pequeñas aventuras del que tanto los amó y siempre, así en los asuntos pequeños como en los grandes, se afanó trabajando por su provecho espiritual y material.

Presento estas memorias divididas en décadas, es decir, en períodos de diez años, porque en cada uno de los señalados tuvo lugar un notable y sensible desarrollo de nuestra institución.

Cuando, después de mi muerte, hijos míos, leáis estos recuerdos, acordaos de que tuvisteis un padre cariñoso que, antes de abandonar el mundo, os ha dejado las presentes memorias como prenda de cariño paternal. Y con el recuerdo, rogad a Dios por el eterno descanso de mi alma.

[1.] Diez años de infancia – Muerte del padre – Penurias familiares – La madre viuda
Nací el día consagrado a la Asunción de María al cielo del año 1815,3 en Morialdo, aldea de Castelnuovo de Asti. Mi madre se llamaba Margarita Occhiena, de Capriglio; mi padre, Francisco.4 Eran campesinos que ganaban honradamente el pan de cada día con el trabajo y el ahorro. Mi buen padre, casi únicamente con su sudor, proporcionaba sustento a la abuela, septuagenaria y achacosa, a tres niños –el mayor de los cuales era Antonio5, hijo del primer matrimonio, el segundo José,6 y el más pequeño Juan,7 que soy yo– y, además, a dos jornaleros del campo.

No tenía yo aún dos años, cuando Dios misericordioso nos hirió con una grave desgracia. Un día, mi querido padre –en la flor de la edad, pleno de robustez y muy deseoso de educar cristianamente a sus hijos–, al volver del trabajo a casa empapado en sudor, entró incautamente en la bodega, subterránea y fría. Por causa del enfriamiento sufrido, al atardecer, se le manifestó una fiebre alta, precursora de un fuerte constipado. Todos los cuidados resultaron inútiles y, en pocos días, se encontró al final de la vida. Confortado con todos los auxilios de la religión y después de recomendar a mi madre la confianza en Dios, expiraba el 12 de mayo de 1817 a la edad de treinta y cuatro años.

No sé qué fue de mí en aquella luctuosa circunstancia. Sólo recuerdo, y es el primer hecho de la vida del que guardo memoria, que todos salían de la habitación del difunto, en tanto que yo quería permanecer en ella a toda costa.

—Ven, Juan, ven conmigo, repetía mi afligida madre.

—Si no viene papá, no quiero ir, respondí yo.

—Pobre hijo, añadió mi madre, ven conmigo, tú ya no tienes padre.

Dicho esto, rompió a llorar. Me cogió de la mano y me llevó a otra parte, mientras lloraba al verla llorar. Ciertamente, con aquella edad no podía comprender la gran desgracia que significaba la pérdida de un padre.

Este hecho sumió a toda la familia en una gran consternación. Había que mantener a cinco personas. Las cosechas del año, nuestro único recurso, se perdieron a causa de una terrible sequía; los productos alimenticios alcanzaron precios fabulosos. El trigo se pagó hasta 25 francos la hemina8; el maíz, a 16 francos. Varios testigos contemporáneos me aseguraron que los mendigos pedían con ansia un poco de salvado con el que alimentarse cociéndolo con garbanzos o judías. Se encontraban en los prados personas muertas, la boca llena de hierbajos con los que habían tratado de aplacar el hambre furiosa.

Muchas veces me contó mi madre que dio de comer a la familia mientras tuvo con qué hacerlo; después, entregó una cantidad de dinero a un vecino, llamado Bernardo Cavallo, para que fuese a buscar alimentos. Aquel amigo se dirigió a varios mercados, pero no pudo encontrar nada ni tan siquiera a precios exorbitantes. Tornó al cabo de dos días, hacia el anochecer y con todos esperándole; pero cuando dijo que volvía sin nada y con el dinero en el bolsillo, el terror se apoderó de nosotros ante el temor de las funestas consecuencias del hambre en aquella noche, pues habíamos tomado un alimento escasísimo en ese día. Mi madre, sin perder la calma, fue a pedir prestado algo para comer a los vecinos, pero no encontró a nadie que pudiese ayudarla.

—Mi marido, recordó ella, me dijo antes de morir que tuviera confianza en Dios. Venid, pues, pongámonos de rodillas y recemos. Tras una breve oración, se levantó y dijo:

—En casos extremos se deben usar remedios extremos.

A continuación y con la ayuda del mencionado Cavallo, fue a la cuadra, mató un ternero y, haciendo cocer una parte a toda prisa, logró mitigar el hambre de la consternada familia. Días más tarde pudo proveerse de cereales que, a precios elevadísimos, se consiguieron traer de pueblos lejanos.9

Imagínese cada uno cuánto tuvo que sufrir y trabajar mi madre durante aquel calamitoso año. Sin embargo, a base de un esfuerzo infatigable y una tenaz economía, sacando partido de los recursos más pequeños y con alguna ayuda verdaderamente providencial, se pudo salvar aquella crisis de víveres. Estos hechos me los contó en numerosas ocasiones mi madre y los confirmaron vecinos, parientes y amigos.

Pasada aquella terrible penuria y alcanzada una mejor situación económica, alguien propuso a mi madre un partido muy conveniente;10 pero ella respondió enseguida:

—Dios me dio un marido y me lo quitó; al morir, me dejó tres hijos y sería una madre cruel si los abandonase en el momento en que más me necesitan. —Le replicaron que los hijos serían confiados a un buen tutor que se ocuparía cuidadosamente de ellos.

—El tutor, respondió la generosa mujer, es un amigo; yo soy la madre. No los abandonaré nunca, aunque me ofrezcan todo el oro del mundo.

Su mayor preocupación fue instruir a los hijos en la religión, enseñarles a obedecer y ocuparlos en cosas propias de su edad. Desde muy pequeño, ella misma me enseñó las oraciones; apenas fui capaz de unirme a mis hermanos, me arrodillaba con ellos por la mañana y por la noche y, juntos, recitábamos las oraciones y la tercera parte del rosario. Recuerdo que me preparó para la primera confesión y me acompañó a la iglesia: comenzó por confesarse ella misma, me encomendó al confesor y, después, me ayudó a dar gracias. Siguió asistiéndome hasta que me juzgó capaz de hacer dignamente la confesión yo solo.

Mientras tanto, había alcanzado los nueve años. Mi madre quería enviarme a la escuela, aunque la distancia me dejaba perplejo, ya que estábamos a cinco kilómetros del pueblo de Castelnuovo. Mi hermano Antonio se oponía a que fuera al colegio. Se adoptó una solución intermedia. Durante el invierno frecuentaba la escuela del cercano pueblo de Capriglio, donde pude aprender los rudimentos de la lectura y escritura. Mi maestro era un sacerdote muy piadoso que se llamaba Giuseppe Delacqua,11 quien fue muy amable conmigo, ocupándose con mucho interés de mi instrucción y, sobre todo, de mi educación cristiana. Durante el verano contentaba a mi hermano trabajando en el campo.





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