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Los útimos hispanorromanos El Bajo Imperio en la Península Ibérica


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Política monetaria
Las monedas de bronce o folles siguieron circulando. El denarius argenteus de Diocleciano, moneda de plata pura, equivalía a 1/96 de libra y pesaba 3,27 gramos. Era de la misma pureza y peso que el denario de la época de Nerón. Paralelamente, lanzó la emisión del aureus, de 1/60 de libra, de oro. Pero la emisión de buenas monedas de plata y oro propició que la moneda fraccionaría, el follis de bronce, fuera depreciado y muchos comerciantes se negaran a aceptarla como pago. La reacción fue un encarecimiento de los productos y un deterioro de las condiciones de vida de las clases inferiores puesto que, lógicamente, el follis de bronce era la moneda más accesible para los pobres. Fue esta situación la que llevó a Diocleciano en el año 301 a publicar un Edicto de precios máximos con el fin de defender el curso de la moneda fraccionaria. Este decreto establecía el precio máximo que debía pagarse por cada producto agrícola o manufacturado e incluso por la mano de obra de un trabajador y amenazaba con la pena de muerte a los compradores y vendedores que la contravinieran. Los resultados del Edicto fueron mediocres mientras estuvo en vigor, pero la reforma monetaria emprendida años después por Constantino volvió a plantear un problema similar. El solidus áureo creado por Constantino en el año 310 pesaba 4,55 gramos. Inicialmente se impuso en las Galias, Hispania y Britania. A partir de la derrota de Majencio, se extendió por todo el Imperio Occidental y, posteriormente, por todo el Imperio romano. A partir del año 320 creó dos monedas de plata: la miliarensis, de mayor peso (1/60 parte de libra) y otra más ligera (1/72 de libra) que equivalía a la cuarta parte del solidus. Continuó además en curso el argenteus de Diocleciano. La abundancia de solidi áureos redujo rápidamente el valor de las monedas de bronce. De aquí resultó una gran inestabilidad de los precios y la ruina de los humillones, cuyos salarios e ingresos se pagaban con esta moneda inflacionada; mientras que la moneda de oro salió pronto de este circuito comercial para utilizarse sólo en las transacciones entre los potentiores o tesaurizarse. En este comportamiento monetario ha visto Mazzarino una de las causas de la decadencia del Imperio: La revolución constantiniana del sistema monetario permite el nuevo orden jerárquico de la sociedad... los posesores de oro se han convertido en dueños de esa sociedad y los posesores de la moneda de vellón han sido arruinados. Piganiol constata el hecho de que las compras de seda, perfumes y demás productos de lujo que se exportaban desde Oriente y Extremo Oriente eran pagados en oro. También a los germanos reclutados como soldados se les pagaba en oro e incluso cuando se compraba la paz, el precio se fijaba en oro. Esta hemorragia, sin compensaciones monetarias, ha sido también invocada por el gran historiador como una de las causas de la crisis del Imperio.
Cierto que las reservas de oro imperiales debían ser cuantiosas tras tantos siglos de confiscaciones. Además, el Estado percibía en oro y, a veces plata, un buen número de tasas: la chrysargira o impuesto de los mercaderes, la gleba de los senadores, el canon de las vastísimas tierras imperiales cedidas mediante arriendos enfitéuticos o perpetuos, los donativos con ocasión de los aniversarios de los emperadores que se exigían a los senadores (oro oblaticio) y a los decuriones (oro coronario), además del oro extraído en las minas  no las hispanas del noroeste, que en esta época ya no eran explotadas . El autor anónimo de un texto del siglo IV, el De rebus bellicís, dice que sólo la confiscación del oro y plata a los templos paganos permitió a Constantino todas sus prodigalidades.
Hasta el año 318 se siguió utilizando el follis diocleciáneo como moneda de vellón. A partir de ese año fue sustituido por otra moneda revalorizada llamada nummus que inicialmente equivalía a 25 denarios y que fue devaluándose progresivamente, Así, tres años después equivalía a sólo 12,5 denarios, lo que da idea del ritmo de inflación. En el 337 se disminuyó el peso del nummus de 2,6 a 2 gramos. La estabilidad constante del solidus se opone sistemáticamente a la creciente depreciación de la moneda de vellón. El De rebus bellicis hace un análisis de la reforma monetaria de Constantino en estos términos: Fue en época de Constantino cuando una excesiva prodigalidad asignó el oro, en lugar del bronce hasta entonces muy apreciado, a los comercios viles, pero el origen de tal avidez es, según se cree, el siguiente: cuando el oro, la plata y gran cantidad de piedras preciosas depositadas en los templos fueron confiscadas por el Estado, aumentó el deseo que todos tenían de poseer y regalar. A consecuencia de esta abundancia de oro, las casas de los poderosos se enriquecieron y aumentaron su nobleza en detrimento de los pobres, que se encontraban oprimidos por esta violencia. En su aflicción los pobres se veían empujados a diversos tentativas criminales y no mostrando ningún respeto hacia el derecho, confiaban su venganza al mal. Frecuentemente ocasionaron al Imperio grandes daños, despoblando las campiñas, perturbando el orden con sus saqueos, suscitando el odio y, de una iniquidad a otra, favorecieron a los tiranos, que son mucho menos producto de la audacia que de los tizones encendidos para hacer valer la gloria de sus méritos. La referencia alude, sin duda, a los bagaudas, los humiliores empobrecidos que durante el Bajo Imperio sembraron el pánico actuando como bandas armadas y saqueando las grandes propiedades de los poderosos.
Los sucesores de Constantino intentaron remediar los inconvenientes del sistema constantiniano procurando revalorizar la moneda de vellón. En el año 348 Constante y Constancio II acuñan nuevas monedas que pasan a sustituir al devaluado nummus de Constantino. La mayor, de plata y cobre, pesaba 5,20 gramos y se llamó la maiorina o maior pecunia. La segunda, de cobre, pesaba 2,60 gramos y se llamó nummus centenionallis. No obstante y en contra de sus previsiones, los precios no bajaron y la maiorina tendió a desaparecer de la circulación. Constancio II creó posteriormente una nueva moneda de plata, el silicum, con un peso de 2,27 gramos y que valía en torno a 1/24 parte de solidus.
Durante el breve reinado de Juliano pareció superarse esta polarización entre los poseedores de oro y los poseedores del vellón. Juliano siguió acuñando la maiorina y el centenionallis. Para aumentar su valor reajustó la política de precios y de impuestos. Por Amiano Marcelino sabemos que disminuyó el impuesto canónico obligatorio en las Galias  posiblemente también en Hispania  de 25 solidi por unidad imponible a 7. Pero esta medida tenía además la finalidad de evitar los abusos cometidos por los funcionarios o curiales perceptores del impuesto de la aderatio. La práctica fue instituida en época de Constantino, en el año 324, y consistía en que los contribuyentes, que tradicionalmente pagaban sus impuestos en especies, pudieran pagarlos en dinero si querían. Pero los funcionarios traducían a dinero la contribución valorada en especies fijando para éstas un precio más alto que el del mercado. Cuando estos mismos burócratas tenían que pagar a los soldados su sueldo en especies, las adquirían en el mercado a un precio inferior. Así la diferencia de precio entre estas dos operaciones suponía un beneficio para el intermediario. Contra esta forma de robo actuó Juliano bajando el impuesto percibido por unidad fiscal, reajustando los precios oficiales con los del mercado e intentando que éstos bajaran. Para que los fraudes no se hicieran en el peso de los productos hizo distribuir pesos marcados con el sello estatal, de los que debían dejar constancia. Además comenzó a pagar al ejército en metálico, práctica que continuó durante todo el siglo IV y que, en el caso de Hispania, se aduce como una de las razones por las que esta diócesis careció de ceca a lo largo de este siglo al no disponer de un gran contingente de tropas. La moneda que con más frecuencia se encuentra en Hispania es la de bronce, sin duda en relación con los intercambios comerciales. Escasas piezas de oro se han hallado en los tesorillos de la diócesis y, menos aún, de plata. Esto no quiere decir que no la hubiera, pues existía incluso en grandes cantidades, pues como hemos visto era exigida para el pago de determinados impuestos.
Las cecas de las que se nutría el numerario hispano eran principalmente las de Arlés y las de Roma, aunque también hay mucha moneda procedente de cecas orientales. El mayor número de monedas halladas corresponde a la época de la dinastía constantiniana, un 63,9% del total de monedas del siglo IV y un 45% del total general del Bajo Imperio. También hay gran cantidad de monedas pertenecientes a la época de Teodosio, que se han encontrado en varios tesorillos como los de Cástulo, Tarragona, Tarifa, Monte do Castro o Caldas de Monchique, entre otros. En esta época de finales del siglo IV, la producción monetaria de los talleres occidentales parece haber disminuido sensiblemente o, al menos, así lo demuestran los hallazgos numismáticos en Hispania que proceden casi por completo de talleres orientales. Es significativo que en la época de Honorio hubiera un aumento de la circulación monetaria en Hispania, incluso bastante moneda de oro y plata y que, tras la entrada de los bárbaros, se observe la casi total ausencia de monedas en Hispania.
Cabe suponer que los hallazgos numismáticos aún pueden modificar este panorama que hace pensar en una relativamente escasa circulación monetaria en Hispania. En este sentido se puede aducir como prototipo el caso de Conimbriga (Coimbra) de lo que más o menos sucedería en el resto de la Península. En Coimbra se han hallado más de 5.000 monedas del siglo IV que representan el 70 % del total de las halladas en la diócesis. El valor de la moneda sigue vigente durante todo el Bajo Imperio en Hispania. Prueba de ello son los tesorillos o, en otros términos, la ocultación de moneda aunque en ocasiones se trate de cantidades modestas. Las razones de este ocultamiento a veces parecen justificadas por la inestabilidad política, peligro exterior o de tipo local desconocidos para nosotros, o invasiones aunque esta práctica habitual de tesaurizar la moneda pudo obedecer también a cuestiones de índole personal difíciles de entender desde nuestra óptica.
La ciudad
Durante el Bajo Imperio la mayoría de los aristócratas y personajes importantes, anteriormente vinculados a las ciudades, se establecen en sus villas de campo, al frente de unos latifundios que progresivamente van constituyéndose en unidades políticas, sociales, económicas y, en cierto modo, incluso religiosas, con la aparición de las iglesias domaniales y la extensión del monaquismo. La deserción ciudadana de este estamento gobernante ha llevado a considerar a muchos estudiosos que, durante esta época, la ciudad es una entidad en cierto modo residual y sumida en una crisis económica y política sin solución. Actualmente se tiende a matizar el concepto de crisis de las ciudades, considerando que si bien la función de éstas cambió respecto a la que había sido durante el Alto Imperio fue más el resultado de un cambio de mentalidad  consecuencia de la nueva concepción del Estado y de la burocracia  que de declive económico. Gran parte de la antigua prosperidad de las ciudades se basaba en el evergetismo de los magistrados y en la mayor autonomía de las curias municipales. Esta práctica, vinculada a unos honores que cada vez tenían menos fuerza, se había ido debilitando ya a partir de finales del siglo II. Por lo mismo se explica que durante esta época disminuyera en gran medida el número de inscripciones y que la construcción o rehabilitación de obras públicas fuese muy escasa. Mientras en otras zonas occidentales se aprecia una vitalidad de las ciudades que corrobora la relatividad de la crisis, como sucede en el Africa romana, en Hispania la poca documentación con que topamos para casi todos los aspectos de la vida bajoimperial vuelve a repetirse respecto a las ciudades.
Una de las fuentes de información sobre las ciudades hispanas de esta época es la correspondencia entre Décimo Magno Ausonio, poeta residente en Burdigalia (Burdeos) y Paulino, futuro obispo de Nola y casado con una mujer hispana, Terasia. En Una de estas cartas, Ausonio reprocha a su amigo la larga estancia de éste en Hispania y le incita a reunirse con él en Burdeos. En tono de queja se asombra de que, abandonando sus antiguas costumbres, se haya ido a vivir entre los vascones y enterrado su dignidad consular entre las ruinas de ciudades desiertas como Bilbilis, Calagurris e Ilerda. Que éstas no eran ciudades en ruinas se desprende de otro pasaje del propio Ausonio en el que habla de un tal Dinamio, rétor de Burdeos que, a consecuencia de un escándalo por adulterio, se había retirado a Ilerda (Lérida), a la que da el epíteto de pequeñísima. Allí, bajo el seudónimo de Flavinio, se casó con una española rica y permaneció toda su vida ejerciendo su profesión. Que en estos tiempos Ilerda fuera pequeñísima no es de extrañar, pues tampoco antes había sido mayor. La respuesta de Paulino es tal vez más creíble, puesto que mientras éste conocía bien Hispania, no se sabe que Ausonio la hubiese visitado nunca. Dice Paulino que él no vive entre los ladrones vascones: Tú me echas en cara  dice  los dilatados bosques de Vasconia y los nevados albergues del Pirineo, como si me hubiera establecido en la entrada misma de Hispania y no tuviera otro lugar donde vivir ni en el campo ni en las ciudades, cuando la rica Hispania, vuelta hacia el sol poniente, se extiende hasta el confín del orbe. Pero aunque la fortuna me deparara vivir en bosques de bandoleros ¿me he endurecido en un país bárbaro volviéndome como uno de sus habitantes por el contacto con su bestialidad al vivir entre ellos?... Y añade: Pero ¿por qué se me va a tachar a mí de un crimen de este tipo si vivo y he vivido en lugares distintos, donde abundan las ciudades ilustres y que son celebrados por sus costumbres civilizados y agradables? En concreto, entre estas ilustres ciudades menciona Caesaraugusta (Zaragoza), Barcino (Barcelona) y Tarraco (Tarragona), ciudades que  según él  se distinguen por sus extensos territorios y sus murallas. Y como estas ciudades, dice Paulino, hay muchas en Hispania, entre el Betis y el Hibero (Guadalquivir y Ebro, respectivamente).
De esta correspondencia no se obtiene, ciertamente, una imagen de decadencia de las ciudades hispanas. Entre las ciudades más florecientes de Hispania se encontraba Hispalis, a la que de nuevo Ausonio otorga la primacía sobre otras ciudades como Corduba, Braccara (Braga) y Tarraco, ciudad esta última que en su tiempo había sido arrasada por los francos. En la Bética estas dos, Hispalis y Corduba, parecen constituir el eje económico principal, mientras que Gades (Cádiz) debió de haber entrado en una fase de decadencia, como se desprende de las palabras de Avieno: Ciudad grande y opulento en tiempos antiguos; ahora es pobre, ahora es pequeña, ahora abandonada, ahora un montón de ruinas. Nosotros en estos lugares no vimos nada digno de admirar excepto el culto de Hércules.
No obstante es exagerado hablar de Gades como de una ciudad en ruinas. Que continuaba la actividad económica de la ciudad, al menos en lo tocante a la fabricación del garum, se desprende de la afirmación de Libanio, rétor célebre de Antioquía, que hace mención de la salazón de caballa, pescado al que considera barato y bueno, especialmente el de Gades, el cual compraba con preferencia ¡en Antíoquía!
También Mérida parece haber continuado siendo una próspera ciudad ya que era la sede habitual del vicarius hispaniarum, si bien no hay referencias literarias a la misma. Algunas ciudades, como Caesaraugusta o Tarraco, fueron en su momento sedes de una corte imperial, como sucedió en la primera, al asentarse en ella Constante o el usurpador Máximo que se entronizó como emperador en la segunda.
A pesar de todo ello, apenas pueden rastrearse más noticias sobre la vida de las ciudades hispanas en las fuentes literarias. Tampoco la arqueología ha hecho estudios sistemáticos sobre muchas ciudades. No obstante, sí se sabe, a través de la epigrafía, que Tarraco contó con importantes obras de restauración: un pórtico (en época de Diocleciano), el anfiteatro y  por decisión del gobernador de la provincia, en el siglo IV  las termas. También en Barcino se han encontrado restos de unos importantes depósitos de salazón de pescado, y es de nuevo Ausonio quien agradece a su hijo que le haya enviado aceite de Hispania y muria o garum de Barcelona.
Sin pretender ser exhaustivos, también en Mérida se conservan inscripciones alusivas a la restauración del teatro y el circo. Del siglo IV son las basílicas de Santa Eulalia y San Fructuoso de las que habla Prudencio. Itálica, que ya había experimentado una pérdida de importancia desde el siglo II al ser reemplazada por Sevilla como puerto fluvial, continuó no obstante existiendo como ciudad de cierta entidad, como lo demuestra la construcción en el siglo IV de algunos importantes edificios privados, entre ellos la llamada Casa de la Exedra, de 3000 m2 y el que el teatro siguiera utilizándose, pues al menos uno de los nombres de los magistrados que tenían asiento reservado en él es del siglo IV.
Por el contrario, otras ciudades fueron abandonadas. Por ejemplo, Numancia. También Ampurias, después de las invasiones del siglo III, fue prácticamente abandonada. Tampoco Baetulo (Badalona) fue reconstruida tras las invasiones y desapareció prácticamente la vida urbana de la misma. Al igual que Iluro, ambas fueron anuladas por la actividad de Barcelona. Otras ciudades, que anteriormente habían alcanzado un alto grado de prosperidad gracias a su dependencia de determinadas actividades económicas, languidecieron al entrar en crisis tales actividades, como sucedió con Asturica Augusto (Astorga) muy vinculada a la explotación de las minas del NO, ahora prácticamente abandonadas. En esta zona noroccídental fue Braccara (Braga) la ciudad más próspera.
Diocleciano y Constantino dedicaron una atención preferente a la reconstrucción de muchas ciudades del Imperio, en un programa político económico que pretendía el mantenimiento de las ciudades como centros de producción. No obstante, las propias contradicciones de esta época implicaron un debilitamiento de las bases económicas de las ciudades y éste marcará a la larga una progresiva decadencia de las mismas.
Las ciudades eran administradas por las­ curias o senados municipales, Estos estaban formados, en Hispania, por un número variable de curiales según la importancia y las necesidades de las mismas. Se considera que durante el siglo IV el número aproxi­mado era de cien curiales para las ciudades más florecientes. La clase social de la que se nutrían las curias, municipales había sido y aún era en gran medida en esta época. La de los terratenientes de tipo medio. Estos habían invertido parte de su riqueza en la ciudad, en forma de construcciones públi­cas, fiestas, etc. Pero el progreso generalizado de la creación de grandes latifundios que suponía la concentración de la tierra en un número cada  vez más reducido  de propietarios, dio lugar, por una parte al empobrecimiento gradual de esta clase media o curial y ,por otra, a. la depauperación misma de las ciudades cuyas tierras comunales pasaron en muchos casos a ser absorbidas por los particulares o por el Estado. La disposición del Emperador Juliano ordenando la devolución de todas las tierras que habían pertenecido a las ciudades a las mismas hubiera sido una medida sumamente eficaz para la reactivación de su economía, pero ésta no mantuvo su vigencia mucho tiempo. El emperador Valente revocó tal decisión, reservando a las ciudades sólo un tercio de los ingresos de éstas para hacer frente a sus necesidades más acuciantes. Así, estos curiales empobrecidos, agobiados por la responsabilidad fiscal que recaía sobre ellos como perceptores de los impuestos ciudadanos y mermados en su capacidad por el creciente intervencionismo por parte de los gobernadores provinciales y vicarios en los asuntos y finanzas municipales, intentaron frecuentemente desertar de las curias en muchas de las ciudades del Imperio. Hispania no escapó a esta tendencia, como demuestra una constitucíón de Constantino del 317 dirigida al Comes Hisponiarum en la que se trata de la deserción de muchos curiales hispanos. En muchos casos la vía de escape que buscaban era el ingreso en las filas del clero, tanto más cuánto que la rígida legislación bajoimperial hizo que el cargo de curial fuera hereditario y no ya electivo por un año, como había sido anteriormente. El ingreso en el clero los liberaba de sus obligaciones como curiales por decreto de Constancio II, si bien establecía una serie de condiciones que no siempre se cumplían: que el patrimonio del curial clérigo pasara a su hijo y éste lo relevara en el cargo. Si no tenía hijos, serían sus parientes más próximos los encargados de asumir sus funciones curiales, etc. La complejidad de las distintas situaciones del curial clérigo que revela la disposición intenta evitar que la ciudad sufriese pérdidas a causa de tales fugas, pero revela también que éstas eran inevitables.
En una disposición del año 369 dirigida al vicario de Hispania Petronio, se ordena que la redacción de los archivos municipales se realice ante tres curiales y un magistrado, probablemente el curator civitatis. El reducido número de curiales hace pensar que las curias municipales eran cada vez más exiguas. El curator civitatis era un burócrata palatino, es decir, perteneciente a uno de los departamentos imperiales, y sus funciones principales eran controlar las finanzas de las ciudades. En Hispania sólo hay noticia de la existencia de un curator civitatis, atestiguado en una inscripción de Tarraco.
También los flámines y sacerdotes paganos pertenecían a la curia municipal durante el siglo IV Aunque a medida que el cristianismo va progresando en las ciudades, es la figura del obispo la que cobra una mayor dimensión social, llegando en muchos casos a erigirse en una especie de patrono de la misma, cómo veremos en el capítulo correspondiente.
La crisis del 409 con la llegada de las invasiones bárbaras a la Península produjo la destrucción material de muchas ciudades, aunque en otras ciudades amuralladas los habitantes pudieron resistir e incluso atacar a los pueblos invasores, como señala Hidacio en Galicia bajo el dominio suevo. No obstante, el pánico en esta época parece desolador. Una ley del 409 ordena a los miembros de los collegia (asociaciones profesionales) que hubieran huido al campo, regresar a la ciudad. También muchos curiales huyen de las mismas y aquellos que resisten en la ciudad se ven sometidos en algunos casos a la doble presión del elemento invasor y de los recaudadores de impuestos. La imagen que Hidacio da en su Crónica de algunos acontecimientos acaecidos en algunas ciudades de Galicia, resulta apocalíptica y marca definitivamente el fin de una época: Los bárbaros  dice  habían penetrado en Hispania saqueando y masacrando sin piedad. Por otra porte, la peste hacía estragos. Mientras los hispanos eran entregados a los excesos de los bárbaros y la peste los acosaba, las riquezas y víveres almacenados en las ciudades eran arrancados por el tiránico recaudador de impuestos y saqueados por los soldados. He aquí la espantosa hambre: los humanos se comen entre sí por la presión del hambre; las madres incluso se alimentan con los cuerpos de sus propios hijos a los que matan. Las bestias feroces, acostumbradas a los cadáveres de los muertos por las armas, el hambre o la peste matan también a los hombres más fuertes y, alimentadas con su carne, se expanden por doquier. Así los cuatro azotes de las armas, el hambre, la peste y las bestias feroces se reparten por todo el mundo realizándose lo que había anunciado el Señor por sus profetas.
El mundo rural en la Hispania Bajoimperial
Uno de los resultados de las reformas de Diocleciano consistió en vincular a la población agrícola a la tierra. Lactancio relata cómo se realizó el censo en época de Diocleciano: Se enviaron a todas partes inspectores que todo lo removían... Los campos eran medidos terrón a terrón, las vides y los árboles contados uno a uno, se registraban los animales de todo tipo y se anotaba el número de personas. En esencia, los tres elementos que comprendía el impuesto obligatorio de la iugatio capitatio eran: la capitatio humana, la capitatio de la tierra o iugatio y la capitatio de los animales. Esta minuciosidad y sistematización en el análisis de la productividad con fines impositivos se refleja en una ley de Valentiniano del año 369, en la que se requiere el registro puntual de la cantidad de tierra, de lo que se cultivaba, de la extensión de tierra arada, de los pastos y de los bosques, del número de esclavos tanto urbanos como rústicos así como sus funciones, el número de colonos, etc. A partir de Diocleciano el hombre aparece vinculado a la tierra como parte esencial y sujeto del impuesto. El hombre y la tierra debían ser considerados algo inseparable.
El iugum había sido definido, en época de Diocleciano, corno equivalente a 5 yugadas de viñedos, o a 225 pies de olivos antiguos, o a 450 pies de olivos en terreno montañoso, o a 20 yugadas de tierra laborable de primera calidad, a 40 de segunda calidad o 60 de tercera. Una vez establecidas estas medidas se elabora un catastro. La unidad fiscal o caput se definía indirectamente como la cantidad de tierra que podía trabajar un solo obrero agrícola. De modo que ambos elementos, unidos indefectiblemente, constituían la base imponible del impuesto denominado iugatio capitatio.
La complejidad que en la práctica suponía la percepción de este impuesto, tan minuciosamente descrito por otra parte, lleva a lo largo de todo el Bajo Imperio a una emisión ingente de leyes y disposiciones contemplando todo tipo de situaciones que pudieran presentarse. Como ejemplo baste una ley del año 371 que aborda un caso bastante frecuente: si hay dos comunidades rurales y una de ellas ha sido diezmada por la muerte en tanto que la otra, gracias a los numerosos nacimientos habidos, cuenta con más campesinos que capita inscritos en el censo, se establece que será preciso conservar el modus censuum y llenar los vacíos de la primera comunidad con el excedente de la segunda. Pertenece, pues, a los gobernadores restablecer el equilibrio del censo y efectuar el trasvase de población. Sólo los muertos de la primera comunidad  se especifica - ­serán reemplazados por los sobrantes de la segunda, pero los campesinos que huyan no serán reemplazados, sino obligados a regresar y, si esto no fuera posible, los demás pagarán por ellos.
El campesino, marcado como caput, no tiene forma de liberarse de tal condición: si el hombre dejaba un dominio por otro o abandonaba sus tierras para integrarse en un dominio, el impuesto acompañaba al campesino en su nuevo destino. La enorme presión que tal impuesto representaba para los pequeños y medianos campesinos los lleva a abandonar sus tierras, que pasan a engrosar los grandes latifundios que proliferan en todas las provincias durante el Bajo Imperio, pero no los libera de su vinculación a la tierra, sino que pasan a ser colonos de estos grandes dominios. El dominus se hace responsable del impuesto de los colonos mientras éstos se comprometen a cultivar las tierras domaniales. Pero, aun así, el dominus resulta beneficiado dada la reducción del impuesto en sus propias tierras, muchísimo más extensas que las de los colonos, sobre las que además pasa a detentar la propiedad, ya que los colonos sólo la poseen en precario. Por otra parte, los grandes propietarios tenían prerrogativas que facilitaban cualquier fraude al Estado como por ejemplo declarar en bloque sus propiedades, con frecuencia dispersas en varias provincias, con lo que el control se hacía extremadamente difícil.
A partir del año 360 pasan a ser ellos mismos los recaudadores y se convierten en intermediarios entre sus campesinos y el Estado. Intermediarios muy parciales y poco fiables. No es extraño que muchos historiadores, entre ellos P. Brown, contemplen a estos aristócratas latifundistas y a la Iglesia (que se configura también como gran propietaria), como elementos responsables del descalabro de la administración imperial y del ejército que, en el siglo V, era mantenido con los impuestos.
Salviano, obispo de Marsella, ofrece un relato elocuente de la situación de muchos de estos pequeños propietarios arruinados y su oscuro destino durante el siglo V: Agobiados por los impuestos, indigentes por la maldad de las leyes... se entregan a los grandes para ser protegidos, se hacen deditices de los ricos y pasan a su poder discrecional y a su dominio... Yo no juzgaría sin embargo esto grave o indigno, me felicitaría más bien de esta grandeza de los poderosos a los que los pobres se entregan si ellos no vendieran estos patrocinios, si fuera por sus sentimientos humanitarios y no por la avidez por lo que defienden a los humildes. Parecen proteger a los pobres para despojarlos, pues todos los que parecen ser defendidos entregan casi todos sus bienes a sus defensores antes incluso de ser defendidos... ¿No es insoportable y horrible  no digo que los espíritus humanos puedan sufrirlo, sino que es difícil entenderlo- que los más pobres y miserables, despojados de sus débiles recursos y arrojados de sus escasos campos, estén sin embargo obligados, después de haber perdido sus bienes, a pagar el impuesto de estos bienes que ya no tienen? Usurpadores duermen sobre sus bienes y los desgraciados pagan el tributo en vez de los tales usurpadores... Estos a los que la usurpación ha arrancado sus bienes, la exigencia de los impuestos les arranca también la vida. Así que algunos, más alertados, cuando pierden sus escasos bienes huyen ante los perceptores de impuestos y llegan a los dominios de los grandes y se hacen colonos de los ricos. Y como sucede ordinariamente, aquellos que impulsados por el miedo a los enemigos o los que habiendo perdido la integridad de su estatuto de hombres libres huyen desesperadamente hacia cualquier asilo y se unen a la categoría abyecta de los inquilini (colonos), reducidos a esta necesidad de tal suerte que, despojados no sólo de sus tierras sino también de su condición... son privados de todo, hasta de la libertad.
Los grandes dominios
El estilo de vida de la aristocracia y grandes propietarios durante el siglo IV se reparte entre la vida urbana y sus períodos de estancia en los dominios próximos o lejanos. Durante el período que abarca el reinado de Valentiniano I hasta Teodosio I, hay un florecimiento de las ciudades tanto en el plano urbanístico y comercial como artístico e intelectual. Los grandes propietarios, clarissimi o curiales percibían las rentas e impuestos de sus campesinos que les permitían hacer frente a sus responsabilidades ciudadanas. Durante este período hay aún cierto equilibrio entre la ciudad y el campo, pero a comienzos del siglo V este equilibrio se rompe. Los grandes dominios se configuran cada vez más como entidades autónomas, sólo dependientes del Estado, pero provistos de su propia ley o status domanial que determina los derechos y deberes de los arrendatarios, los poderes de los intendentes, los ingresos a pagar, etc.
Estos dominios o fundi tienen sus propios talleres, sus bandas armadas, a veces incluso sus propias cárceles y, por supuesto, su propio jefe, encarnado en la persona del propietario que detenta su patrocinio y ejerce una jurisdicción extralegal.
Estas tierras en las que los ricos pasan grandes temporadas entregados al ocio se denominan villae y la agrupación de varias villae constituye un fundus. Dentro de ellos está la villa donde viven los propietarios y las casas donde viven los colonos. A veces estas casas están agrupadas y constituyen los vici (pequeñas aldeas). El dominio en su conjunto puede estar rodeado de muros.
La mayoría de estos dominios están gobernados por un intendente del propietario, el cual es designado procurator, villicus, actor, etc. Además de ser el vicedominus de la propiedad a todos los efectos, tiene la capacidad de actuar contra todos los hombres del dominio si no cumplen sus obligaciones. La esclavitud no había desaparecido y en los grandes dominios había mayoritariamente esclavos. Los colonos eran granjeros libres: habían alquilado parcelas del dominio y las cultivaban mediante un alquiler bien en dinero, bien en una parte de la cosecha. Este arriendo inicialmente (hasta el siglo II) era limitado a un plazo que solía ser de cinco años, pero durante el Bajo Imperio eran cultivadores forzosamente perpetuos,
A medida que la Iglesia penetró en los medios rurales, se crearon basílicas en estos dominios. En Hispania se constata la existencia de estas basílicas o iglesias domaniales ya en el año 400. En el Concilio de Toledo (canon 1) se otorga una mayor autonomía litúrgica a los clérigos de estas iglesias. Por otra parte, en el mismo concilio (canon 5), al legislar sobre la obligación de que los clérigos asistieran todos los días a misa, se hace constar que tal obligación no afecta sólo a los clérigos de la ciudad, sino a los de las iglesias situadas en castella o vici (aldeas) o villae. En el Concilio de Lérida y en el de Braga II, se establecía que todo fundador (dominus) debía dotar a la iglesia construida en su dominio de forma que se cubriesen los gastos tanto del edificio como del clero a su servicio. En el canon 6 se ataca a los señores que hacen negocio con las iglesias que construyen: se repartían a medias con el clero las ofrendas de los fieles. A fin de atajar estos abusos, se especifica que la administración de la dote y los bienes de estas iglesias correspondían al obispo. Pero a fin de escapar a este control administrativo del obispo, en el Concilio de Lérida (canon 3) se nos habla del subterfugio de que se valían algunos de estos fundadores: se hacía pasar a estas iglesias por monasterios, aunque en ellas no viviese comunidad religiosa alguna ni existiese una regla aprobada por el obispo, pues los monasterios tenían una mayor autonomía administrativa que las iglesias particulares.
Para el estudio de los latifundios hispanos hay que recurrir a la toponimia y a la arqueología. Los topónimos derivan de los antropónimos, es decir, el nombre del propietario del fundus. El fundus Cornelianus, por ejemplo, pertenecía a un Cornelius. Los topónimos terminados en  an,  en,  ena, son tal vez los más frecuentes, pero hay multitud de variantes según las zonas. Por otra parte, la toponimia no es un argumento probatorio por sí misma. Puesto que los nombres latinos obviamente no desaparecieron tras la conquista visigoda, los fundos posteriores a esta época siguieron recibiendo nombres que dieron lugar a topónimos latinos, pero que corresponden a fundos posteriores a la época que nos ocupa. Por otra parte, un latifundio inscrito en el censo con un nombre determinado podía ser posteriormente comprado por otro personaje con distinto nombre, pero el nombre original del latifundio generalmente pervivía. Algunos estudios rigurosos de toponimia han llevado a resultados que no son indicativos para el estudio de los fundi bajoimperiales en Hispania, por las razones antes expuestas. Así, en virtud de estos estudios, encontramos que en Asturias  de considerar que estos topónimos pudieran corresponder a la época romana  habría habido unas setenta o más villae, lo cual ciertamente no sucedió en esta época.
La arqueología ha descubierto numerosas villae a lo largo de toda Hispania. No se trata de hacer aquí una enumeración detallada de todas ellas, pero sí señalaremos algunas de las mejor estudiadas. Así, por ejemplo, la villa de Dueñas (Palencia) consta de grandes baños bien conservados con sus partes correspondientes: praefurnium, caldarium, tepidarium, frigidarium y laconicum. Hay además un bello mosaico de época constantiniana con Océano y las Nereidas.
En la misma prov:ncia Carthaginensis, la villa de Los Quintanares (Soria) presenta varias dependencias de la villa del dominus y un patio rectangular pavimentado con mosaicos polícromos de decoración geométrica. Las basas y los capiteles de mármol, así como los restos que deberían recubrir las paredes de algunas habitaciones de mármol ponen de manifiesto la riqueza del propietario de la misma.
La villa de Centcelles (Tarragona) es tal vez una de las más grandiosas por su arquitectura y sus mosaicos: de planta rectangular, con dos pisos y una gran cúpula, además de baños y una cripta funeraria a la que ya nos hemos referido anteriormente. Pero el número de villae próximos a Barcino y Tarraco es abundantísimo, así como en torno a Pompaelo (Pamplona).
Las ruinas de La Cocosa (Badajoz) se extienden a lo largo de diez hectáreas y parte de la villa está aún por excavar. Esta constituía un enorme complejo arquitectónico: termas con dos hipocausta, patio porticado, varias dependencias, basílica, patios, bodegas, cuadras... La villa parece haber continuado su actividad agrícola hasta el siglo VII sin señales de que las invasiones la hubieran afectado.
En la provincia Gallaecia, las villas más características son tal vez la de Santa Colomba de Somoza y la de Quintana del Marco (ambas en León). La primera tiene un peristilo central con galerías e impluvium, además de varias habitaciones y termas. La segunda tiene uno de los mosaicos de mayor calidad de la zona, con la representación mitológica de Hylas reducido por las Ninfas.
Lo que predomina en todas ellas es la explotación agrícola, generalmente con una economía de autoabastecimiento, aunque en algún caso, como en la villa de Tossa de Mar (Gerona), se han encontrado grandes almacenes donde se elaboraba aceite de oliva, y piscinas donde se elaboraban salazones en cantidades considerables, lo que hace pensar en una economía de gran producción que incluiría la exportación de estos productos a Italia. En la mayoría de las villas los hallazgos que nos informan sobre el tipo de explotación son: molinos con agujero central para ser movidos a mano, aperos de labranza, lagares, pesas de telar  prueba de una industria textil , fundiciones, depósitos de salazones, ánforas, etc.
En varios de los mosaicos encontrados en estas villas aparece el nombre del propietario adornando los mejores mosaicos de la casa: así, Dulcitius aparece cazando en un mosaico de su villa de Liédana (Navarra). Vitalis hizo inscribir en un mosaico de su villa de Tossa de Mar: Salvo Vitalis/felix Turissa. Por el mismo procedimiento sabemos que el dueño de la villa de Fraga (Lérida) se llamaba Fortunatus y que Cardilius, con su mujer Avita, eran dueños del fundo de Torres Novas.
Los possessores
Las relaciones que se establecían entre los cultivadores del campo y el dominus eran las propias de clientes patrono.

Este patronato no es una institución nueva. Su documentación en las fuentes literarias y sobre todo epigráficas se remonta a la época de la conquista de Italia por Roma. En Hispania, los ante­ cedentes del patronato romano habría que buscarlos en la fides y la devotio ibéricas y, sobre todo, en la hospitalitas celta. En esencia, estas relaciones patronales se establecían como un vínculo con obligaciones entre las dos partes que lo suscribían, pero en un plano de desigual­dad. Generalmente, el patrón se com­prometía a la defensa de la colectividad, mientras ésta pasaba a su tutela suscri­biendo una fidelidad eterna al patrono, pues el patronato era vitalicio y heredita­rio. Durante el Alto Imperio eran las ciu­dades las que elegían patronos entre los sectores de la oligarquía vinculados a la administración central y muchos acue­ductos, templos u obras diversas en las ciudades eran debidas a la acción del patrono al que se erigía una placa llena de elogios por parte de la ciudad.


Durante el Bajo Imperio, y a medida que el eje económico y social va desplazándose hacia el campo, el patronato sufre una serie de modificaciones y se convierte en patrocinio rural y patrocinia vicorurn. Sabemos que donde primero se ejerció este tipo de patronato fue en Oriente pero, posteriormente, se extendió a todo el Imperio.
Los patronos a los que estos vicarii o aldeanos elegían eran curatores civitatis, empleados del fisco, prefectos de la ciudad o del pretorio... Pero estos funcionarios eran, al mismo tiempo, propietarios de la tierra. De este modo detentaban el prestigio de los cargos públicos a la vez que la utilización de sus clientelas. Durante el siglo V encontramos otro tipo de patronato no menos importante: el de los militares. A lo largo del siglo III las relaciones entre campesinos y soldados van haciéndose más estrechas. Ya desde los tiempos de Cómodo y Septimio Severo eran los soldados los encargados de presentar ante el emperador las peticiones de los campesinos. Los soldados habían conservado mucho mejor que otras clases las relaciones con sus pueblos primitivos, cuyos habitantes veían en ellos a sus patronos y protectores naturales. Pero es a partir de Diocleciano cuando se generaliza la elección de patronos entre los militares. Las causas de este patrocinio militar habría que buscarlas principalmente en la inseguridad de la época creada por las invasiones y en el hecho de que la percepción de impuestos exigía en algunos casos la colaboración de los soldados, teniendo estos oficiales el poder de acelerar o no el pago de los impuestos, lo que explica que muchos campesinos, viéndose desvalidos, se refugiasen bajo tales patronos. Así, el patronato se puede describir como un mecanismo de defensa del débil por el poderoso, que tiene la capacidad de hundirlo o ayudarle. También la Iglesia, que empieza a manifestarse como una institución poderosa y capaz de resistir a la administración imperial, ejerce el patronato aunque principalmente sobre las ciudades.
Pero la autonomía que alcanzó tal relación entre patronos clientes (impuestos que escapan al Estado, defensa jurídica muy parcial, ejércitos particulares  bandas armadas , etc.) sin control de la administración imperial, más grave aún cuando se trataba de funcionarios del Estado, llegó a suponer un peligro de disgregación de la sociedad romana. Para intentar frenar el peligro que la institución del patronato había llegado a suponer para la integridad del Imperio, Valentiniano I creó en el 368 la figura del defensor plebis. Venía éste a ser un patrono reconocido por el Estado y situado por encima de los demás patronos. Sus funciones consistían principalmente en defender a los clientes de los abusos de los patronos que hacían un uso arbitrario del poder. El pueblo estaba tan oprimido por la burocracia estatal como por sus patronos, tanto militares como civiles. En los juicios se ocupaba de defender a los pobres y procuraba que los impuestos no recayeran en los sectores sociales más desvalidos. Pero en la práctica, esta institución tardó poco en desvirtuarse: el defensor plebis llegó a ser un nuevo tirano de la plebe pues sus denuncias o defensas se compraban igual que las de los patronos. Cierto que la misión del defensor plebis resultaba muy difícil y vulnerable como para cortar de raíz los abusos. No podía frenar la tendencia feudal generalizada que poco a poco va marcando las relaciones de dependencia de los clientes respecto a sus patronos latifundistas y / o jefes militares.
En Hispania las noticias sobre patronatos rurales comienzan a ser más abundantes a comienzos del siglo VI, pero su existencia está generalizada desde mediados del siglo IV, al igual que en las demás provincias occidentales. Estos pactos adoptaban durante el Bajo Imperio la forma de compromisos verbales o documentos privados, razón por la que no son reflejados en epígrafes. Pero otros testimonios verifican esta situación. Así, en el Concilio de Toledo del año 400 se prohíbe ordenar clérigos a aquellos que tuviesen una relación de dependencia con alguien si ésta no se rompía antes. En el canon 10 se designa explícitamente a los que detentan estas relaciones de dependencia como señores o patronos. Hemos hablado antes de cómo a través del patronato se canalizaba la existencia de las bandas o ejércitos privados. Ya nos hemos referido más arriba al caso de los parientes del emperador Honorio que defendieron los Pirineos en 408 409 con un ejército privado de esclavos y campesinos de sus predios. En otros casos no tenemos evidencias particulares explícitas de la actuación concreta como patronos de muchos latifundios pero, como hemos dicho, este tipo de relación de dependencia era la que sustentaba las relaciones entre siervos y domini durante esta época.
Las informaciones que tenemos sobre los domini o possessores hispanos son escasas y más difícil resulta la localización de sus predios. Así, se supone que los fundos de Dídirno y Veriniano estaban situados no lejos de Palencia y los bárbaros aliados con Constante, una vez que penetraron en la Península, fue la primera región que devastaron. También se sabe, según Sidonio Apolinar, que el poeta Merobaudes, nacido en la Bética y yerno de Asturius, que fue cónsul en el 449 y al que no sabemos bien por qué se le había erigido una estatua en el Foro de Trajano, tenía latifundios en la Bética aunque no se puede precisar más. Otro tanto sucede con las posesiones que tenía Melania en Hispania. Esta mujer, perteneciente a la aristocracia senatorial de Roma, poseía gran número de latifundios diseminados por diversas provincias del Imperio y sabemos que en el 382 383 vendió un fundo situado en la Península Ibérica. Más precisas son las informaciones de Ausonio  al que ya nos hemos referido a propósito de su correspondencia con Paulino de Nola  que describe la Civitas Vasatica, fundo de su propiedad situado en la Novempopulonio, próxima a Navarra. Esta finca tenía 1.050 iugera, 200 de los cuales estaban dedicados a tierras de labor, 100 de viñedos, 50 de prados y 700 de monte.
Sabemos que Terasia, la mujer de Paulino de Nola, pertenecía a una rica familia hispana y tenía grandes propiedades, que algunos autores sitúan en la provincia de Toledo a partir de referencias bastante poco precisas del propio Paulino.
Había también en la Península tierras pertenecientes al Emperador, algunas de ellas provenientes de confiscaciones. El Libellus precum, documento escrito por dos presbíteros pertenecientes al movimiento luciferiano (secta que posteriormente veremos) nos relata que Potamio, obispo de Lisboa, había obtenido de Constancio II un fundus público ambicionado hacía tiempo por él y que probablemente estuviera próximo a Lisboa. Este fundo fue el precio que el emperador arriano pagó a Potamio por la condena expresa de éste a la fe de Nicea.
También en Hispania tenía propiedades una tal Lucila. Esta mujer, aunque hispana, vivía en Cartago a comienzos del siglo IV y había sido una de las primeras conversas a la secta cristiana denominada donatista  por el nombre de Donato, su fundador . A esta Lucila le atribuye San Jerónimo la acción más decisiva en el origen y afianzamiento del donatismo puesto que, según relata, la mayoría de los obispos reunidos en el Concilio de Cartago en el año 312, habían sido comprados con el oro de Lucila. Sufragó los gastos de viaje, su estancia en Cartago, el local para las reuniones y, según dice Agustín, añadió a estos dispendios una remuneración de 400 folles para cada obispo. Cabe suponer por consiguiente que fuera una mujer rica y que sus propiedades también debieran serlo pero no parece que tuviera muchos contactos con Hispania porque el donatismo, que tan fervorosamente apoyaba, no parece haber arraigado allí.
La vida de estos latifundistas, disfrutando del tiempo libre para el estudio en sus grandes villas es descrita en términos grandilocuentes por el poeta hispano Prudencio. Dedicados casi exclusivamente a su vida privada y aparentemente entregados a una soledad erudita, pero de hecho dedicados a proteger sus grandes propiedades, estos nuevos aristócratas desarrollan un estilo de vida insolidario con la propia existencia del Imperio Romano. Como señala Brown: Quizás la razón básica del fracaso del gobierno imperial fuera que los dos grupos principales del mundo latino  la aristocracia senatorial y la Iglesia Católica  minaran la fuerza del ejército y de la administración imperial y, tras haber dejado lisiados a sus protectores, se encontraran con que podían seguir actuando sin ellos. La desaparición del Imperio Occidental, por consiguiente, fue el precio pagado por la supervivencia del Senado y de la Iglesia Católica.
La minería en la Híspania bajomiperial
Por más que falte todavía completar el mapa minero metalúrgico de Hispania durante toda la Antigüedad romana, contamos ya con los resultados de muchas campañas de prospección y excavación arqueológicas como para movernos ante unos resultados seguros, aunque incompletos. Entre los muchos estudios realizados sobre la minería antigua de Hispania, destacan los estudios de Domergue, que tienen una importancia fundamental.
Los autores antiguos siguen repitiendo las loas a la riqueza minera de Hispania, si bien sus afirmaciones representan más un pensamiento tópico que un reflejo de la realidad de la minería en el Bajo Imperio. Así, por ejemplo, nadie ha encontrado un solo apoyo arqueológico para sostener que el Tajo fuese portador de arenas auríferas.
Al tratar de contabilizar los distritos mineros en actividad durante el Bajo Imperio, se comprueba que su número era mucho más reducido que en el período altoimperial. Sobre ciento setenta y tres explotaciones conocidas de la Hispania altoimperial, sólo veintiuna están documentadas durante el Bajo Imperio. Las técnicas y modos de prospección han sido iguales para ambos períodos: el estu­dio de materiales arqueológicos (cerámi­cas, lámparas, monedas ... ) dentro de las galerías o en sus proximidades. La exis­tencia de poblados en las proximidades de una mina exige ulteriores confirmaciones pues, si el poblado sólo se justifica por las minas, como el caso de Cerro Muriano (Córdoba), no hay duda de que prosigue la actividad minera. Ahora bien, otros poblados como los de Almería (Sierra

Almagrera, Herrerías y Cueva de la Paloma), cercanos a distritos mineros con actividad en épocas anteriores, pueden haber continuado durante el Bajo Imperio por disponer de tierras laborables en sus proximidades. Tal vez estemos aquí ante comunidades agrícolas descendientes de los antiguos mineros que habitaban esos poblados. En esencia se puede afirmar que hubo una importante disminución de la actividad minera durante esta época, en Hispania.


Al hacer un reparto geográfico de los distritos mineros se comprueba la ausen­cia de algunos que habrían tenido gran importancia en el Alto Imperio, como los relacionados con la explotación del oro en el Noroeste (Las Médulas, La Valduerna, etc.). Del Noroeste sólo presentan actividad las minas de Serra das Banjas, en Tras os Montes, de donde se siguió obteniendo algo de oro hasta mediados del siglo IV y tal vez, la mina de cobre de El Aramo (Asturias). El resto de los distritos mineros se extienden por el Sur peninsular: en Sierra Morena (distrito de Linares La Carolina, distrito de Posadas, de Azuaga, de Córdoba y distrito de Sevilla), en el Suroeste (distrito de Huelva y del Alentejo) y en el Sureste (distrito de Cartagena Mazarrón y  bastante dudoso en esta época  el de Almería). Falta por conocer con precisión la evolución de algunas minas de los Montes de Toledo, de la Sierra de Guadalupe, del Moncayo, de la Sierra de la Demanda y, posiblemente, de otros enclaves más donde hay indicios mal precisados de actividades mineras de época romana.
En todo caso, las importantes minas de oro del Noroeste, cerradas entre finales del siglo II inicios del siglo III, no volvieron a ser puestas en explotación. La actividad que puede denotar la ocupación temporal del castro de La Corona de Quintanilla (León) puede deberse a un pequeño grupo de mineros que pronto abandonaron su proyecto de obtener oro. Al tratar sobre el abandono de éstas y otras minas, los estudiosos comprueban que hay algún caso de agotamiento de los recursos y de dificultades derivadas de la insuficiencia técnica. Así, se sabe que el tornillo de Arquímedes o la noria eran válidos para extraer pequeñas cantidades de agua, pero que si daban con una fuerte corriente subterránea de agua y no era posible bajar la capa freática había que abandonar la explotación. Ahora bien, la causa que incidió principalmente en el abandono de muchas minas se encontraba en la escasez de mano de obra barata. En lo que respecta a las minas de oro del Noroeste, su explotación había requerido durante el Alto Imperio una considerable cantidad de mano de obra esclava e ingentes cantidades de población sometida de astures, cántabros y galaicos. A medida que esa población indígena fue adquiriendo derechos de ciudadanía romana y latina, se fue viendo liberada de la obligación de trabajar en las minas.
La relación entre tonelada de tierra que había que remover y gramos de oro obtenidos de la misma no permitía pagar a trabajadores asalariados y aunque pudiera haber individuos condenados a trabajar en las minas, damnati ad metalla, su número no era suficiente como para mantener abiertas las explotaciones.
Todos los datos parecen indicar que las explotaciones mineras mantenidas durante el Bajo Imperio no disponían de la planificación y organización que tuvieron en épocas anteriores, encontrándose con frecuencia ante explotaciones puntuales gestionadas de modo heterogéneo y, posiblemente, por pequeños grupos de mineros. Estaríamos pues ante una minería residual, comparada con la del Alto Imperio.
Por otra parte, se comprueba que se ha producido igualmente una reducción de los productos mineros, ya que se obtienen prioritariamente plata, plomo y cobre, hierro en menores proporciones y probablemente algo de estaño. Plata y plomo se obtenía en El Centenillo (Jaén), El Francés, Santa Bárbara y el Cortejillo (Córdoba), Peñón del Moro (Badajoz) y el Coto Fortuna (Murcia). El cobre en El Aramo (Asturias), Cerro Muriano (Córdoba), Potosí (Sevilla), Minas de Cala (Huelva) y San Estevao en el sur de Portugal.
Por más que nos conste que algunas canteras eran del Fisco y fueron objeto de leyes imperiales destinadas a regular y garantizar su producción, ante todo las canteras de mármol, no parece que interesaran demasiado a los emperadores las canteras de Hispania, alguna de las cuales estaba en actividad, como lo demuestran los talleres de sarcófagos y esculturas de esta época.
Administración de las minas
En el Código Teodosíano se conservan algunas leyes referidas a las minas. Todas ellas proceden del corto período que media entre los años 365 392 y sólo una es del año 394. No hay duda de que son un reflejo de una preocupación del poder imperial por garantizar la producción de oro necesaria para la creación de moneda. El áureo, aureus, era básico en el sistema monetario y no sólo como moneda de prestigio, aunque la circulación de áureos fuera muy reducida.
Algunas de esas leyes van destinadas al control de los mineros, metallarii, bien para prohibirles emigrar o bien mandando a los responsables políticos de las provincias que buscaran a los mineros fugitivos y los reincorporaran a sus minas, a fin de que las explotaciones no decayeran. Otras leyes permiten entender que la preocupación por estos mineros se orientaba principalmente a los que trabajaban en las minas de oro. Estas podían ser explotadas por particulares pero debían pagar al Fisco una tasa fija consistente en 1/3 en el año 365 y 1/6 según una disposición de] año 367, pero el resto de la producción debía venderse obligatoriamente al Fisco al precio que éste impusiera. Estas leyes afectaban poco a la Península Ibérica, donde la producción de oro (tal vez en Braga y Tharsis, Huelva) era mínima.
Aunque no disponemos de información escrita sobre las minas hispanas durante el Bajo Imperio, nadie duda de que debió estar presente el Fisco de algún modo, aunque nada hace pensar que el Estado gestionara directamente ninguna mina. Lo más probable es que siguiera vigente el sistema de concesiones por arriendos temporales, con el consiguiente pago de un canon. Los concesionarios se encargarían de organizar libremente la explotación acudiendo a los recursos tradicionales de emplear algunos esclavos y otros trabajadores asalariados. En cualquiera de las situaciones, libres o esclavos, lo característico era que pesara sobre los mismos la obligación de estar adscritos al trabajo minero, dándose así una situación equiparable a la de otras profesiones que, durante esta época, se convirtieron en hereditarias. Los condenados, damnati ad metalla, sólo serían destinados al trabajo en las minas de oro y las canteras imperiales, pero no a las minas gestionadas por particulares en régimen de arrendamiento.
Si las minas se encontraban en dominios fiscales, los ingresos de las mismas iban destinados a la caja del rationalis summarum Hisponiae, mientras que si las minas pertenecían a los bienes de la corona ingresaban los beneficios en la caja del rationalis rei privatae per Hispanias. En todo caso, debió de haber algún tipo de intervención de los servicios financieros de la diócesis. En las primeras fases de la gestión financiera es probable que algunos curiales de la ciudad más cercana al distrito minero hayan intervenido, ya que un sector de estos curiales cumplía funciones semejantes a las que desempeñaban con anterioridad los procuratores imperiales. El Fisco conseguiría así un control más cercano además de librarse de la carga económica de tener que pagar a procuratores dependientes del mismo.
Tales condiciones eran propicias para que pequeños grupos, a veces una familia, ejercieran actividades mineras sin ningún control, interviniendo en minas abandonadas. La imagen de los buscadores de pepitas de oro, sirviéndose del viejo método de cribar las arenas con una batea, se ha repetido hasta épocas recientes. Pero estos casos aislados, aun con mucha fortuna, no modificaron las condiciones económicas o sociales de las comunidades hispanas del Bajo Imperio.
Artesanado y comercio
Para el estudio del artesanado hispano de esta época debemos recurrir necesariamente a la arqueología. Como ya señalamos, se han encontrado en las villae gran cantidad de ánforas, cuencos, botijos, tinajas y muchos otros utensilios cerámicos pero, si bien gracias a los arqueólogos sabemos mucho sobre las formas y características externas de estas cerámicas, no hay estudios rigurosos que aclaren la economía que late tras estos objetos. La cerámica característica de este período es la sigillata clara, casi siempre lisa o con decoración a ruedecilla. En Hispania hay restos de numerosos alfares y hornos tanto en la Meseta como en la costa de la Tarraconense. Uno de los mejor conservados, el de Olocau (Valencia), tiene una planta rectangular de 17 por 5,20 metros y está formado por dos cámaras abovedadas y paralelas sobre las que descansa el suelo de la cámara de cocción, comunicada con aquellas por medio de 14 hiladas de 10 tubos cada una que atraviesan las bóvedas. Esta cerámica no parece que se exportara fuera de la diócesis y su venta se realizaba en mercados callejeros. Justa y Rufina, las dos santas que fueron procesadas por destruir la estatua de una divinidad pagana, estaban vendiendo tiestos en la calle, según se relata en las Actas. Pero también hay cerámicas importadas tanto de Africa como de la zona de Narbona, llamada cerámica de Bordelais. Existieron también gran cantidad de hornos locales asentados en las grandes villae, en donde se producían las ánforas y demás recipientes necesarios para la conservación de los productos agrícolas.
La industria textil, que en otros tiempos había tenido un mayor desarrollo, aún se conserva durante el Bajo Imperio. Las famosas tintorerías de las Baleares aparecen mencionadas en la Notitia Dignitatum Occidentalis. A fines del siglo V se creó un procurator bafii insularum Balearum, una oficina estatal  puesto que pasaron a ser monopolio del Estado  dependiente del Comes Socrarum Largitionum para la elaboración de la púrpura. La producción de estos vestidos purpúreos era un producto de lujo destinado a la aristocracia romana. La lana aparece mencionada en la Expositio totius mundi y algunas de estas prendas confeccionadas con lana hispana: mantos, capas, etc. le fueron regaladas a Jerónimo, como señala en su correspondencia. También el esparto, empleado para el equipamiento de los barcos, se elaboraba principalmente en Ampurias y Cartagena. La mayoría de las industrias textiles consistirían en pequeños talleres colectivos o familiares. En una inscripción de Sasamón (Burgos) fechada en el año 239 aparece un grupo compuesto por quince hombres y seis mujeres dedicados a la producción textil. Estos personajes son libertos y esclavos de la familia y ellas sus mujeres, lo que refrenda la idea de talleres de tipo familiar.
También en muchas villae existían pequeños talleres textiles como lo demuestra el hallazgo de telares y otros utensilios relacionados con esta actividad.
Otra de las producciones artesanas de gran extensión y variedad fueron los mosaicos. Estos artesanos eran muy solicitados en el siglo IV, fundamentalmente por los dueños de las villas, ya que eran un ornamento indispensable en las mismas. Estos ofrecen además una gran variedad temática. Muchos de ellos se inspiran en la iconografía clásica: Ariadna (en Mérida), Dionisos (Valdearados), Aquiles (en el Museo de Jaén), etc. Otros tienen una clara influencia africana, como los de Dueñas y Pedrosa de la Vega e incluso gala. En ellos predominan las escenas de caza, las estaciones, aves y otros animales y también los dibujos geométricos. Pero no hay estudios sobre talleres regionales ni sobre la economía subyacente en esta actividad. La mayoría debían ser artesanos itinerantes que ofrecían a los grandes señores los cartones de que disponían para elegir el que el propietario considerase más idóneo.
Durante el siglo IV continuaron haciéndose esculturas en Hispania, aunque en mucho menor número que en siglos anteriores. A través de algunas inscripciones sabemos que se hicieron estatuas a diversos emperadores. La mayoría de la producción escultórica conocida de esta época es de baja calidad artística y se desconoce el nombre de los artistas. Quizá las más logradas sean el retrato hallado en Morón, de época de Diocleciano, la cabeza femenina de Palencia, el Buen Pastor de la Casa de Pilatos (Sevilla) y otro Buen Pastor hallado en Gádor (Almería), de época constantiniana. En las villae aparecen frecuentemente fragmentos de esculturas que probablemente adornarían sus jardines y estancias.
La producción de sarcófagos recupera la tradición del relieve y del bajorrelieve. Los sarcófagos de La Bureba (Burgos), indican la existencia de un taller en la zona que trabajaba con piedra local y, si bien desde el punto de vista artístico no pueden competir con los de Roma o las Galias, tienen gran interés desde el punto de vista iconográfico. Otros talleres documentados de sarcófagos hubo en Tarragona y en la Bética. El taller de Tarragona parece el más importante. La influencia africana que señalan algunos estudiosos en la iconografía de estos sarcófagos ha llevado a suponer que trabajaban en el mismo algunos maestros africanos. Los sarcófagos nos indican en cualquier caso la amplia implantación del cristianismo en el siglo IV entre los sectores más elevados de la sociedad hispana, puesto que estos sarcófagos esculpidos eran exclusivamente utilizados por este sector social.
La pintura ha dejado algunos testimonios en edificios de esta época, tales como el columbario de los Voconios, en Mérida. También en las iglesias debían pintarse episodios bíblicos, puesto que el dittochaeum de Prudencio es una serie de poemas que pretenden explicar las diferentes escenas pintadas en los muros de una iglesia desconocida.
La industria del garum, de tanta tradición y que había sido una de las más importantes de Hispania en otras épocas, aún seguía existiendo. Las factorías estaban situadas en la zona mediterránea y el sur del Atlántico, así como en la Mauritania Tingitana. Algunas de las más importantes fueron las de Villaricos, Jávea, Torremolinos, Belo, Barbate, San Lúcar de Barrameda y Cacessa, Torres de Ares y Boccadorio, estas últimas en Portugal, así como la de Lixus, en Mauritania, una de las más importantes junto con la de Belo. Esta última constituye un conjunto arqueológico amplísimo. En él se pueden ver cuatro fábricas con varios estanques cada una, algunos de éstos comunicados con el mar, a modo de viveros para la conservación del pescado vivo. Entre las fábricas segunda y cuarta se encuentra una amplia villa con peristilo. Las cuatro fábricas forman un conjunto limitado por una columnata. Pero no era ésta la única fábrica de elaboración del garum en Belo. Hay piscinas con una capacidad de 30 a 40 m2 que debían formar parte de otra factoría y, según los estudiosos, estas construcciones serían sólo una pequeña parte de las grandes instalaciones conserveras de Belo.
Aunque no se dispone de datos sobre la organización y estructura social de estas industrias, sí sabemos que estas grandes empresas requerían mucha mano de obra: pescadores, marineros, armadores, fabricantes de envases y un comercio de exportación con una red de transportistas e intermediarios. El salazón hispano seguía exportándose, como anteriormente vimos a través de las noticias de Libanios y de Ausonio. También Oribasio, médico del emperador Juliano, menciona el garum hispano como algo recomendable.
En conjunto, la economía de esta época es una economía cerrada. Apenas unas pocas industrias parecen organizadas con fines a la exportación. Hispania aparece principalmente como una zona de latifundios y explotaciones agrícolas en beneficio del Estado centralista que percibía sus impuestos. Se abastecía de la mayoría de los productos necesarios e importaba objetos suntuarios de Roma o de Oriente, pero éstos eran destinados a un pequeño círculo social. La falta de una industria fuerte, similar a la de otras provincias, se explica por su alejamiento del eje económico de la época, situado en las zonas más orientales y sustentado en los mercados bárbaros y de la corte y en el comercio militar. Si no había grandes y boyantes industrias, evidentemente, el comercio exterior tampoco era importante. En el Edictum de pretiis que Diocleciano promulgó en el año 301, hay pocas referencias a los productos hispanos. Expresamente sólo son mencionados el lardum o jamón y la lana astur sin elaborar, ninguno de los cuales era caro. La tarifa de precios que se adjunta suponía un coste poco elevado respecto a los de otros puntos del Imperio. En el Edictum se incluyen también las tarifas de transporte entre las diversas provincias, expresados en modios militares. De estas indicaciones se desprende que las tarifas de transporte de Hispania a otras provincias eran muy elevadas en relación con la que se cargaba al transporte de otras provincias.
Otro documento sobre la actividad económica hispana es la Expositio Totius Mundi, escrita en el año 359 por un comerciante oriental. Puesto que el autor no había visitado las provincias occidentales del Imperio, su valor no pasa de ser un testimonio poco revelador de la realidad. Así el capítulo en el que se refiere a Hispania dice: Después de las Galias está Hispania, tierra extensa y rica, con hombres sabios y provistos de todos los bienes; importante por todos sus productos comerciales, de los que enumeramos algunos. Esta tierra exporta aceite, salsa de pescado, ropas diversas, carne de cerdo solado (lardum) y caballos y abastece de estos productos a todo el mundo... Como comerciante y marino que es recuerda también la importancia del esparto hispano, indispensable para los aparejos de los barcos. El autor conoce los productos que tradicionalmente ha exportado Hispania pero, puesto que en la época que escribe Hispania no abastecía de estos productos a todo el mundo, no cabe menos que considerar que no conocía demasiado la realidad de la exportación hispana a mediados del siglo IV. No obstante él mismo, contradiciendo sus anteriores alabanzas, añade que para muchos es un país pobre. La exportación de aceite había decaído casi por completo. Las ánforas en las que el aceite y el vino eran transportados llegan hasta el año 258 y ni en las costas hispánicas ni en Roma aparecen ánforas hispanas del siglo IV.
Por otra parte, la propia Expósitio señala en otro capítulo que era Africa la principal exportadora de aceite. Sobre la exportación de garum ya hemos hablado y comentado el mantenimiento de esta industria durante todo el siglo IV así como su comercialización no sólo a Occidente sino también a Oriente, donde el propio Símaco lo adquiría.
Sobre la exportación de vestidos sólo tenemos la referencia de la lana astur mencionada en el Edicto de Diocleciano y las prendas teñidas de púrpura de las Baleares que, como hemos dicho, era monopolio estatal. El lardum o jamón de los cerretanos, en los Pirineos, sin duda era exportado puesto que el Edicto lo menciona, lo que presupone la existencia de una industria chacinera importante.
Por el contrario, el trigo ya no era exportado salvo ocasionalmente. De este modo sabemos que, a consecuencia de la revuelta de Gildón en Africa que supuso el cierre de los puertos africanos para la exportación, Roma se quedó sin trigo y para solucionar esta carestía se decidió exportar trigo de Hispania, las Galias y Germanía. El acontecimiento señala claramente que era Africa el principal exportador de trigo y sólo eventualmente, Hispania.
Sobre la exportación de caballos hay gran disparidad de criterios entre los historiadores. El episodio de Símaco, al que ahora nos referimos ha sido valorado por unos como prueba de la excelencia de estos caballos y la importancia de su exportación, mientras para otros resulta una prueba casi de lo contrario. Cuando el senador Símaco inició los preparativos para celebrar la pretura de su hijo  un año antes de la misma  se vio en la necesidad de adquirir los caballos necesarios para los juegos que tal designación implicaba. La pretura era una dignitas que exigía grandes dispendios y, por consiguiente, una gran fortuna. Parte esencial de esta celebración eran los juegos que la acompañaban. Estos debían ser memorables y, para ello, no debía escatimarse gasto alguno. La popularidad y la adhesión dependía en gran medida del éxito y la vistosidad de los mismos. Así, Símaco inicia una correspondencia con Eufrasio, Salustio y Baso, entre otros hispanos, a fin de procurarse los caballos necesarios. Al mismo tiempo, envía a familiares, criados y amigos para efectuar la compra. Se ve obligado a escribir a otros varios personajes que tienen alguna relación con Hispania a fin de conseguir los permisos, ayuda para el transporte, etc. Los caballos  se desconoce su número  finalmente fueron entregados al cabo del año. De este pasaje podemos deducir que los caballos hispanos eran buenos para las carreras; por su rapidez eran preferidos para el circo, dice Amiano Marcelino.
No obstante, también parece claro que no era tarea fácil la adquisición de los mismos, lo que implicaría que en esta época no existían redes organizadas de exportación equina. Las solicitudes de Símaco se apoyan incluso en el favor personal. Así, por ejemplo, Eufrasio, uno de los personajes a los que se había dirigido Símaco estaba en deuda con él ya que Eufrasio había intercedido anteriormente ante Símaco en favor de un tal Tuencio, senador e hispano, que se había empobrecido , a fin de que se le liberara de sus munera o impuestos obligatorios.
Ciertamente, los caballos hispanos habían alcanzado gran estima en el mundo romano desde épocas remotas. Compartían éstos fama con los caballos africanos, los de Tesalia y los de Capadocia, entre otros. El caballo, además, era un elemento presente e indispensable en la vida de entonces. Eran esenciales para el transporte público, para el ejército, para la caza, para las carreras y el circo y tenían además un carácter simbólico: el status de un individuo se medía en función del caballo o caballos que poseyera, Por esta razón las mejores cuadras pertenecían al emperador. La importancia de los mismos era tal que en el Codex Theodosianus hay leyes sobre la venta y donación de caballos.
Si la exportación de caballos había descendido, no por ello había disminuido su fama. Numerosos pasajes de los autores antiguos nos demuestran que, durante esta época, seguían teniendo gran aceptación. Así el césar Juliano a fin de congraciarse con Constancio tras la proclamación del primero como Augusto por su ejército en Lutecia (París), había prometido enviarle caballos hispanos para que participasen en las carreras de Constantinopla. También Claudiano en sus poemas habla del caballo de Honorio  sin duda magnífico  que supone debe ser hispano, tesalio o capadocio. Más entendido en caballos debe ser Flavio Vegecio, que habla de los caballos asturcones diciendo que el paso portante de éstos es similar al de los caballos partos. Vegecio da preferencia a los caballos capadocios sobre los hispanos y añade que éstos, junto con los galos y los númidas eran considerados de vida breve en comparación con los otros.
En conjunto la economía hispana durante el siglo IV ofrece una imagen general de declive. Las exportaciones son escasas y sólo beneficiosas para un grupo muy reducido de propietarios de caballos o fabricantes de garum. Definitivamente, Hispania aparece en el contexto general del Imperio como una diócesis remota y muy distante de los centros políticos y económicos de interés. En muchos de los pasajes literarios de esta época que tratan de Hispania se percibe más bien un recuerdo de sus pasadas grandezas que un conocimiento directo de la realidad actual en el siglo IV. Claudiano, por ejemplo, habla de la rica Hispania deslumbrado por el recuerdo del Tajo que arrastraba oro y cuya arena aurífera, si alguna vez existió, brillaba por su ausencia. Posteriormente parece deducir que todos los ríos hispanos eran auríferos en mayor o menor medida (lo cual es un disparate) y en medio de tanto oro también habla de las minas auríferas de Asturias, abandonadas hacía tiempo. El mismo valor  es decir, prácticamente nulo  tiene el Panegírico del emperador Teodosio, escrito por Drepanius Pacatus en el año 389. En él rememora las grandezas históricas de Hispania, alude de nuevo a la riqueza de las minas de oro de los astures, habla de ciudades egregias, de la prodigalidad y plenitud de sus campos y, otra vez, de la riqueza aurífera de sus ríos. Nada tienen de particular que, por ser Hispania la patria del emperador, alabe a su lugar de nacimiento situando a éste al nivel de los méritos del propio Teodosio al que alaba; pero si algún valor tienen estos testimonios para el historiador es que el recuerdo de la anterior prosperidad hispana era más conocido para ellos que la realidad de la Hispania bajoimperial.
Actitud de los hispanos ante las invasiones
La sociedad hispana de comienzos del siglo V no era una sociedad cohesionada. Los senadores y aristócratas se oponían tenazmente a los bárbaros al igual que la alta jerarquía de la Iglesia Católica. Así, los bárbaros penetraron en una sociedad que no tenía fuerza para rechazarlos ni para someterlos, pero tampoco la flexibilidad necesaria para asimilarlos. Entre los bárbaros sólo una parte de sus jefes militares, aristócratas de la guerra en palabras de Brown, se dejaron absorber por el prestigio, la cultura y el refinamiento de la sociedad romana, como Teodorico, rey de los ostrogodos, quien afirmaba: Un godo capaz quiere ser como un romano; sólo un romano pobre quiere ser corno un godo. En Hispania, los bárbaros nunca fueron asimilados totalmente y durante el siglo V permanecieron como una casta guerrera asentada al frente de una sociedad que los soportaba con el mayor distanciamiento posible. La poca huella dejada en Hispania a lo largo de sus dos siglos y medio de dominación  en comparación con el mundo romano o, posteriormente, con el árabe  es, a la larga, el argumento más claro de esta difícil convivencia.
Ya hemos insistido anteriormente sobre la existencia de una sociedad fuertemente piramidal en la Hispania bajoimperial. El comportamiento de la aristocracia es el que determina la actitud ante los bárbaros. Si hubiera existido, como en la época altoimperial una amplia y poderosa clase media, la situación hubiera sido diferente; pero la burguesía urbana era prácticamente inexistente y en el grado inferior de esta pirámide social sólo se encontraban los humiliores, a quienes muy poco les importaba quiénes fueran los que detentaban el poder. De estos humiliores hay que separar a aquellos que, reducidos a la miseria total, desarraigados de la sociedad, habían pasado a formar parte de bandas movidas por el odio, como señala Hidacio, que actuaban primero contra las grandes propiedades hispanorromanas y la Iglesia, después en favor de los bárbaros durante las invasiones del año 409 y, frustradas sus esperanzas de cambio, continuaron durante los siglos posteriores actuando contra la nueva aristocracia y constituyendo una reserva potencial a utilizar en las numerosas guerras de la nobleza. En esta época el término con el que eran conocidos es el de bagaudas.
Después de la proclamación como emperador del usurpador Constantino III, éste envió a su hijo Constante con el fin de dominar Hispania. Zósimo dice que, con esta acción pretendía tanto incre­mentar su poder como poner fin al dominio allí ejercido por los parientes de Honorio. Conocemos la resistencia que los ejércitos de siervos (o ejércitos rústicos en palabras de Gibbon) de Dídimo y Veriniano presentaron a Cons­tante y Geroncio, general de las tropas. Este se vio obligado a solicitar refuerzos a fin de asegurarse la victoria. No obstante, había más parientes de Honorio en His­pania. Conocemos al menos a otros dos, Lagodio y Teodosiolo, hermanos de los anteriores (según Sozomeno) qué no par­ticiparon en la campaña contra Cons­tante, sino que ambos huyeron de la Península, uno a Italia y el otro a Oriente. Lo interesante de estos acontecimientos, en relación con el conjunto de Hispania, es que nadie, excepto parte de los parien­tes de Honorio, se opuso al nuevo empe­rador ya fuera por descontento con la administración de Honorio o porque la nueva situación no parecía que fuera a afectar a sus intereses o por los riesgos que implicaba hacer frente a un ejército profesional con un ejército de campesi­nos. La legión estacionada en la Penín­sula había sido neutralizada; el cambio de los mandos militares legionarios había sido una de las primeras medidas del usurpador Constantino III. Además, las tropas hispanas venían demostrando un aleja­miento de las luchas dinásticas.
Después de la victoria, quedó Geroncio como representante del nuevo poder en Hispania. Este estableció su residencia en Caesaraugusta (Zaragoza) y situó a las tro­pas galas que se habían quedado con él como tropas de defensa de los pasos pire­naicos por más que las legiones de Iberia hubiesen solicitado que, según era cos­tumbre, se les confiase a ellos la guardia y no quedase la seguridad de sus tierras en manos de extranjeros, nos dice Sozo­meno. Opinión expresada en términos semejantes por Orosio. Ambos autores coinciden en la trascendencia de esta medida que lesionaba los intereses y el sentido autóctono de la diócesis. El des­contento hacia esta medida de sustitución de las fuerzas defensivas parece que fue general. A partir de entonces Geroncio introduce una serie de cambios entre los personajes que le habían acompañado que despierta sospechas en Constantino III.
De nuevo envía a su hijo Constante a Hispania. Los acontecimientos posteriores han sido interpretados de forma muy diversa por unos y otros historiadores. Las fuentes antiguas son confusas y a veces contradictorias. Así, mientras para algunos autores  como J. Arce  se establecería una colaboración entre una parte del ejér­cito de Hispania, adicto a Geroncio, con los bárbaros situados al sur de las Galias en Aquitania  a fin de utilizarlos en el inminente enfrentamiento con Constante, otros autores  A. Chastagnol, entre otros  creen que fue el césar Constante quien estableció una alianza con estos bárbaros y obtuvo su ayuda a cambio de la promesa de entregarles la mitad occidental de la Península, opinión que nos parece se ajusta mejor a los acontecimientos posteriores. En todo caso, Hispania se encuentra en estos momentos claramente dividida entre los partidarios de Geroncio, los seguidores de Constantino III, los partidarios del emperador oficial, Honorio, y los bagaudas proclives a los pueblos bárbaros. Hidacio alude a la alianza que estos rebeldes establecieron con los suevos, participando en las operaciones de violencia y rapiña conjuntamente, en los primeros momentos de penetración de los bárbaros en Hispania.
En medio de este complejo panorama, Geroncio, desvinculado ya totalmente de Constantino III, procede a nombrar un nuevo emperador para Hispania. Este, llamado Máximo, era un cliente suyo, es decir, un personaje de la aristocracia local hispánica, vinculado y adicto a Geroncio. La medida puede entenderse como un último intento de aglutinar a los aristócratas hispanos en torno a un emperador autóctono, pues como señala Brown durante esta época se habían endurecido las fronteras y se había despertado un sentimiento más agudo de la propia identidad que había conducido a una mayor intolerancia respecto a lo exterior. En todo caso, Geroncio fracasó en sus planes. En el año 409, tras la derrota frente al hijo de Constantino III, los suevos, vándalos y alanos penetraron en Hispania, ocupando el oeste y el sur de la Península y en el año 411 el emperador Honorio logró acabar con el usurpador Constantino III. Así, finalmente, la Península había quedado dividida: una parte del territorio hispano estaba en manos de los bárbaros, mientras la otra parte estaba bajo el control del emperador Honorio.
Bárbaros y bagaudas
El reparto del establecimiento de estos pueblos bárbaros se hizo mediante sorteo. Durante los primeros años, en el territorio ocupado por los bárbaros debieron producirse escenas de pánico y continuos saqueos. El relato de Hidacio, obispo de Aquae Flaviae (Chaves), nos informa principalmente sobre los horrores que la Gallaecia padeció tras la llegada de los suevos, considerándolos uno de los cuatro azotes  junto con el hambre, la peste y las bestias feroces  que había anunciado el Señor por sus profetas. Tras el asentamiento de estos pueblos, los hispanos de las ciudades y de los pueblos fortificados que habían sobrevivido a las atrocidades de los bárbaros, dueños de las provincias se resignaron a la servidumbre, añade Hidacio. Hoy día hay una tendencia a considerar el relato de Hidacio un tanto desmedido. Se señala que el número de suevos no debía sobrepasar los veinte o veinticinco mil, de los que menos de la mitad serían hombres en condiciones de luchar. No obstante, nosotros nos inclinamos a creer que Hidacio da voz al horror que los habitantes de las ciudades  en todo el Occidente  sentían ante los bárbaros. Ciertamente sus razzias no debieron ser continuamente destructivas, pero su establecimiento en estos primeros años no ofrece una impresión de permanencia (al contrario de lo que sucederá posteriormente con los visigodos), a quienes acompañó una voluntad de asimilación con los pueblos hispanos. En esta situación, no es extraño que estos pueblos procedentes de regiones subdesarrolladas septentrionales tuviesen una especie de fiebre del oro al entrar en contacto con civilizaciones más ricas y que su depredación acelerara la quiebra de la economía hispana.
Aliados coyunturales de estos pueblos fueron, como ya dijimos, los bagaudas. Estos aparecen identificados en las fuentes a menudo bajo el nombre de ladrones, esclavos rebeldes, plebe indócil, etc. Este movimiento había ocasionado ya graves problemas en el siglo III y había sido reducido por Maximiano con cierta facilidad, pero en los comienzos del siglo V reaparece en las Galias y en Hispania. En Africa, este movimiento de desarraigados rebeldes  denominados circumcelliones asume unas connotaciones religiosas particulares. La herejía donatista había adquirido una gran extensión en las provincias africanas y existía un abierto enfrentamiento entre la Iglesia católica y los donatistas. Los circumcelliones eran donatistas, sin poder precisar si fueron los donatistas los que decidieron atraerlos o ellos los que se acercaron a los enemigos de la Iglesia oficial. San Agustín calificaba a estos enemigos de dentro como ladrones y los consideraba peores que los bárbaros.
En las Galias e Hispania, los bagaudas no tuvieron más connotaciones religiosas particulares. Si en Hispania asaltaron y mataron al obispo de Tarazona, en otras ocasiones contaron con obispos que no sólo les ofrecieron comprensión, sino que incluso se prestaron a interceder por ellos ante las autoridades romanas, como hizo el obispo de Auxerre, Germán. La hostilidad de los bagaudas hacia la Iglesia católica y el enfrentamiento con el alto clero obedecía más bien a la condición de grandes propietarios de muchos obispos y a su orientación política, que los identificaba con la política oficial del Imperio. Algunos estudiosos, entre ellos A. Barbero y S. Mazzarino, han visto un sentimiento anticatólico de los bagaudas españoles que la predicación priscilianista habría alentado. No obstante, los datos al respecto no resultan muy evidentes, como veremos al tratar sobre el priscilianismo.
Siendo sus principales enemigos el Estado romano y los grandes propietarios, los bagaudas esperaban encontrar una ayuda en las invasiones que, ciertamente, a veces obtuvieron. La alianza de estos sectores oprimidos y rebeldes con los bárbaros explican en algunos casos el éxito de las invasiones. Frente a las revueltas de los bagaudas y al peligro que suponía la colaboración entre los rebeldes y los bárbaros, las oligarquías del Imperio Romano Occidental eligieron el mal menor: se aliaron con la aristocracia de las tribus bárbaras y utilizaron las fuerzas militares de los bárbaros federados para reprimir las revueltas de estos humiliores. En muchos casos prefirieron dividir sus tierras con los bárbaros que arriesgarse a perderlas todas.
En Hispania los bagaudas actuaban principalmente en la zona septentrional y sobre todo en la Tarraconense. Como antes dijimos, habían establecido una alianza con los suevos efectuando operaciones de rapiña conjuntamente. Hidacio nos informa de que en el año 441 tuvo que ser enviado a Hispania el magister militum utriusque militiae, que tenía el mando supremo de a caballería y la infantería, llamado Asturio, para hacer frente a una sublevación de bagaudas en la Tarraconense. Sin embargo, el éxito de su campaña no parece haber sido el esperado  pese a que Hidacio le expresa su admiración por haber matado gran número de bagaudas  puesto que en el año 443 fue sustituido en su cargo militar por el poeta español Merobaudes. Sabemos que éste les infligió una seria derrota en Aracelli, lugar próximo a Pamplona, en el país de los vascones, cuyo topónimo se ha conservado en el nombre del río Araquil. Sin embargo no logró suprimirlos, pues en el año 449 aparecen de nuevo bajo el mando de un jefe, llamado Basilio, moviéndose en una área bastante extensa del valle del Ebro. Es entonces cuando atacan Tarazona dando muerte a unos federados y a León, obispo de la ciudad. A continuación, en compañía de Requiano, rey de los suevos, devastaron la ciudad de Zaragoza y juntos tomaron parte en el saqueo de Lérida. A través de Hidacio sabemos que, años después, también la región de Braga se vio agitada por movimientos bagáudicos. Su composición social, como hemos dicho, constaba de esclavos agrícolas y colonos (ignari agricolae, los llama Maximiano), así como de pequeños campesinos libres empobrecidos. En el Panegírico de Maximiano, al narrar la victoria del emperador sobre ellos, se dice que los labradores formaban la infantería y los pastoes la caballería de aquel ejército devastador rústico que, dirigido entonces por Eliano y Amando, hizo frente al emperador Maximiano.
Su principal refugio tras sus razzias e incursiones devastadoras, era el país de los vascones. En esta zona, prácticamente sin romanizar y cuyos individuos  según Paulino de Nola  se caracterizaban por su ferocidad (término contrapuesto a civilitas), los esclavos y colonos fugitivos encontraron fácilmente ayuda ya que los vascones fueron también un elemento activo en esta práctica de hostigamiento a los grandes propietarios. Para ellos la romanización significaba el sometimiento a las mismas condiciones de esclavitud y colonato al ser incorporados al régimen de gran latifundio y, por tanto, sus intere­ses se identificaban socialmente con los de los bagaudas.
A través de todos los datos expuestos se hace patente la progresiva crisis social que durante el siglo IV fue alcanzando a toda la diócesis y que, a comienzos del siglo V, llegó al enfrentamiento en el terreno político que supuso tanto una guerra entre unas y otras facciones roma­nas como la penetración y asentamiento de pueblos bárbaros en más de la mitad del territorio peninsular y, en el aspecto social, la existencia de bandas cuya situa­ción de penuria y desesperanza los llevó a exteriorizar su protesta de una manera clara y violenta.


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