• Crecimos desde 1880 a 1930 porque encontramos la manera adecuada de insertarnos en el mundo

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    La integración en el marco de un nuevo consenso neoliberal


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    4. La integración en el marco de un nuevo consenso neoliberal
    Durante los últimos años, al reabrirse la discusión respecto de la integración, el ex presidente Raúl Alfonsín reivindicó las carácterísticas que describíamos de los acuerdos efectuados en la década del ochenta durante su presidencia. Así, destacó que:

    En ese marco se definió a la integración como un proceso de naturaleza política, que debía conducir a la creación de un espacio común, regional, imprescindible en el mundo de la revolución científica y tecnológica, para unir y fortalecer las capacidades productivas y culturales. Esto es, para acceder a una economía legitimada por la aptitud de crear riqueza y trabajo. (ALFONSIN, 2005)

    De este modo, el radicalismo responsabilizó a los presidentes Collor de Mello y Carlos Menem por el cambio de carácter de la integración:

    A principios de la década de los 90 el proceso de integración cambió su nombre y su configuración, perdió buena parte de su dimensión política y social, se sometió «a la mano invisible» y se transformó en un proyecto meramente comercial. El Mercosur buscó ampliar mercados sin tener en cuenta las potencialidades existentes para aumentar la cooperación económica que permite generar procesos de desarrollo equilibrados y solidarios y abre las puertas para aumentar la autonomía de ambos países en el sistema internacional. Asimismo, soslayó las dimensiones políticas y sociales de todo proceso de integración. (ALFONSIN, 2005)

    Especialmente, destacando la firma del Tratado de Asunción, como marco regulatorio de lo que sería una nueva estrategia meramente comercial.

    Si bien esas denuncias son ciertas, y desde el Acta de Buenos Aires la integración se ajustó a las políticas de apertura económica y reforma aduanera, lo que surge de los documentos parlamentarios estudiados es que, en oportunidad de la ratificación del Tratado de Asunción por ambas cámaras en el Congreso, ninguno de los aspectos que dieron forma al regionalismo abierto y que aparecen claramente en la letra del Tratado fueron cuestionados por la UCR.

    El Tratado fue aprobado por unanimidad en ambas cámaras. Las salvedades que se hicieron estuvieron referidas, a la relación con los Estados Unidos, a las asimetrías entre los cuatro países integrantes, a la importancia de los aspectos políticos, pero no a la desregulación y liberalización planteadas.

    La crítica más fuerte, provino incluso del partido justicialista, del diputado Cafiero, quien se preguntaba en forma retórica en su exposición:

    ¿Esta es una integración para fortalecer un mercado latinoamericano entre los países que vamos a integrar el MERCOSUR? ¿Es una integración para fortalecer un camino de autonomía, de dignidad y de independencia o es una integración subordinante, que se acomoda fácilmente como una escolta al nuevo orden internacional?7

    Para explicar este grado de acuerdo al interior de ambos partidos a estudiar es necesario tener en cuenta que el proceso de integración y su viraje hacia el modelo de regionalismo abierto que se describió, estuvo atravesado, como se dijo, por lo que puede considerarse como un nuevo consenso al interior de la clase dirigente que atravesó las barreras partidarias. Esto fue limitando el debate, tanto respecto de la adopción de políticas neoliberales en el plano interno, como con respecto a la inserción internacional, y por tanto, respecto de la integración regional.

    Incluso algunos autores como Oscar Mendoza, sostienen que el viraje en la integración no comenzó con el Acta de Buenos Aires firmada por los presidentes Carlos Menem y Fernando Collor de Melo, sino que ya había comenzado con el PICAB firmado por Alfonsín y Sarney y ratificado en 1989. De ser así, esas tranformaciones habrían sido parte del tránsito hacia la ortodoxia recorrido por la presidencia de Alfonsín y sí se habrían visto catalizadas y extremadas durante el gobierno justicialista.

    Este autor ubica el cambio del proceso integrador en el contexto de lo que se conoce como el “giro realista” 8 que se produce a partir de 1985 y especialmente después de 1987 durante la presidencia de Alfonsín.

    Mendoza afirma que:

    …dentro de este proceso de cambio, en un primer momento, se adoptaron políticas de corte autonomista, tal como ocurrió con las primeras resoluciones tomadas por el G-8 en el conflicto centroamericano y la estrategia inicial de los acuerdos firmados por Argentina y Brasil, a partir de 1986. Pero al poco tiempo esta característica fue perdiendo vitalidad, tanto en el campo político como en el económico (…) De este modo, se pudo observar un progresivo abandono de los objetivos autonómicos en las políticas exteriores y en los proyectos económicos regionales. (MENDOZA, 1993: p. 169).

    Si bien la presidencia de Carlos Saúl Menem constituyó una ruptura tanto en lo interno como en lo externo, al interior de las filas del radicalismo existían líneas políticas que coincidían con los mismos diagnósticos y propuestas.

    Ese consenso que subyace y atraviesa el proceso de integración puede analizarse en distintos niveles:

    Supuso una coincidencia al respecto de la necesidad de aplicar reformas neoliberales -al igual que en otros países del mundo, que fueron tomados como ejemplos- con la finalidad de “reinsertarse” en el mundo “globalizado”. Esta serie de medidas estaban sustentadas, por un lado, en un mismo diagnóstico de la crisis argentina, que hacía foco en la ineficiencia del Estado y en la anterior etapa correspondiente a la industrialización sustitutiva, caracterizada por la distribución del ingreso y la búsqueda de autarquía –entendida a partir de allí como “aislacionismo”. Y por otro, una revisión de la historia argentina desde una perspectiva que retoma las visiones tradicionales exaltadoras del modelo agroexportador y de los beneficios de la vinculación con el mundo que lo caracterizó.

    Esto limitó las discusiones y posibilidades de la integración regional, neutralizando a la oposición y abriendo paso al modelo de regionalismo abierto.

    Ya hacia mediados de los ochenta, habían comenzado a surgir las formulaciones que exaltaban el supuesto “fracaso” del modelo de industria sustitutiva, sin asociarlo con la desmantelación de ese modelo por parte de los grandes grupos económicos vinculados a los capitales monopólicos extranjeros que lograron consolidarse durante la última dictadura militar. Por el contrario, se asoció la apertura de la economía y la liberalización con la destrucción de los grupos que se habían beneficiado con el uso del Estado. Se retomó la concepción del libre mercado absoluto como el mejor asignador de los recursos, y por lo tanto, la consolidación de la democracia se ató a la descentralización y desregulación.

    Este diagnóstico estaba definitivamente presente en el candidato a presidente de la UCR, Eduardo Angeloz:

    Durante casi medio siglo, un importante segmento del empresariado medró a la sombra del proteccionismo, no reinvirtió, promovió las fugas de las ganancias y cuando sus plantas fabriles cayeron en la obsolescencia, que ya no producía rentabilidad alguna, reclamaron la intervención del Estado para que se hiciese cargo de ellas.(…) Grotesco remedo del welfare state norteamericano, el Estado argentino absorbió indiscriminadamente todo tipo de empresas exprimidas hasta la sequedad, y se transformó en productor de tocadiscos y de naves mercantes, de platos de loza y aviones de combate, de vasos de vidrio y equipamientos básicos de tecnología nuclear; y hasta administraba una pista de baile. (ANGELOZ, 1987:p. 85/86)

    Y, posteriormente, fue el eje de la argumentación a favor de la Reforma del Estado realizada por durante el gobierno menemista:

    Debe variar la relación Estado-individuo y Estado-sociedad. Nos negamos a pensar que el Estado es todo y los individuos nada […] Relocalizar el Estado es democratizarlo. Es reconocer la entidad protagónica de los individuos y de las sociedades políticas y sociales. (MENEM y DROMI, 1990:33)

    La crítica al Estado que promovió la industria sustitutiva se asoció, además, con la crítica a la búsqueda de márgenes de autonomía en términos de política exterior en determinadas coyunturas históricas y a la conclusión de que todo intento de desarrollo y posicionamiento independiente debía ser interpretado como desconexión.

    Los diagnósticos acerca de las problemáticas actuales remiten necesariamente a interpretaciones acerca del pasado. El neoliberalismo resaltó el valor de la Argentina exportadora de principios de siglo y cuestionó –como nos referimos anteriormente- los intentos de autonomía, calificados como “aislamiento”. Estas corrientes locales que reflejaban las teorías neoliberales que afloraron desde los 80, “generaron una visión sesgada y errónea de las causas del autoritarismo militar, la crisis y la “declinación” económica argentina. Éstas serían para esos enfoques, el resultado de un presunto “aislacionismo” argentino, cuando no de un “desafío nacionalista”. (RAPOPORT y SPIGUEL, 2005: p. 72)

    El soporte ideológico-conceptual para la inserción internacional de la Argentina neoliberal recurriría entonces a una revisión de la historia argentina que implicó una vuelta a las “visiones tradicionales” que exaltaban el modelo agroexportador y la vinculación privilegiada con Gran Bretaña.

    En esta línea, Di Tella se expresaba:

    La Argentina fue un país muy internacionalista a fines del siglo pasado y comienzos de éste, a través de una asociación preferente con Gran Bretaña en aquella época. Estaba absolutamente lanzada a una integración completa, de la cual derivó su prosperidad sin límites durante un período de cuarenta años, con índices de crecimiento del 6% anual, cuando el mundo europeo crecía el 1% anual. Después de la Primera Guerra, después de la crisis del 30 y después de la declinación gradual de Gran Bretaña, la Argentina se quedó sin una relación orgánica con el mundo. (DI TELLA, 1991: p.1)

    El problema de la Argentina, o por lo menos uno de los problemas básicos, ha sido una política de aislamiento con respecto a las corrientes mundiales culturales, económicas, políticas y eso se ha notado a lo largo de muchos años. No es un fenómeno que duró una década sino un muy largo período, de 50 o 60 años (…)Esto de haber pretendido hacer un modelo autárquico en el orden económico y en el orden tecnológico, no podía sino terminar muy mal. La declinación argentina está claramente asociada a ese proceso, no sólo en el orden económico sino en el orden internacional. (DI TELLA, 1995: p. 379/80)

    Los ideólogos del realismo periférico partieron de encontrar como causa del “estacamiento” económico la neutralidad argentina durante la Segunda Guerra Mundial. Así Carlos Escudé afirmaba que:

    La moraleja, difícil de rebatir, es que las malas relaciones crónicas con una gran potencia de cuya buena voluntad se depende en muchas esferas no son funcionales para el interés nacional de un país vulnerable como el nuestro, y pueden acarrear costos enormes […] La Segunda Guerra Mundial debe ser un recordatorio permanente de lo costosas que pueden ser las malas relaciones con un país como los Estados Unidos. (ESCUDÉ, 1990b: p. 7)

    La Argentina habría pasado de una “época de oro” a su declinación y la causa sería el aislamiento, la búsqueda de autonomía.

    El candidato radical Eduardo Angeloz revisaba de este modo la historia argentina, haciendo suyas ideas muy similares:

    Como en tantas otras oportunidades, sobre todo desde el 30 hasta aquí, hemos marchado a contrapié: mientras se producían los milagros económicos de la segunda posguerra, por caso, protagonizábamos, con un inconcebible instinto de autodestrucción, el milagro de la regresión. Conquistamos la autarquía de la decadencia, pero siempre encontraremos en otros los causantes de nuestros propios males. Las argentinos vivimos imaginando conjuras internacionales en nuestra contra, y siempre encontramos villanos para personificar la tragedia de nuestros propios males. Parecemos pensar que, cada mañana, Reagan y Gorbachov se comunican para acordar la maldad que nos inferirán ese día. Y, auque esto hiera nuestro orgulloso argentinocentrismo, desaparecimos del mundo. (ANGELOZ, 1987: p.70/71)

    En consonancia, cuando en la presentación del programa preelectoral del equipo que acompañaba al candidato radical, Adolfo Sturzenegger caracterizaba a la Argentina como una nación “desconectada” del mundo.9 Este discurso se convirtió en hegemónico en la cancillería luego de la asunción de Carlos Menem.

    A pesar de las diferencias, el ex canciller Dante Caputo, en una entrevista publicada en el Diario La Nación en 1988, también exaltaba la inserción internacional característica del modelo agroexportador.

    En cuanto a la inserción de la Argentina en el contexto internacional, soy un convencido de que el país necesita absolutamente del mundo exterior para su desarrollo. Esa fue nuestra historia. Crecimos desde 1880 a 1930 porque encontramos la manera adecuada de insertarnos en el mundo. Cuando después de la crisis de 1929, no se supo encontrar un nuevo modo de inserción, el crecimiento cesó se desarrollaron las tendencias más perversas hacia la especulación económica y el autoritarismo político. Creo que ahora se presenta una nueva reacomodación del esquema internacional, que da a la Argentina una nueva oportunidad para reinsertarse en ese esquema. (CAPUTO, 1988:1 y 3)

    Llama la atención la coincidencia con las posiciones de los dos ex cancilleres del gobierno de Menem. El canciller Guido Di Tella afirmaba con respecto a la estrategia de inserción internacional de los 90:

    Y aquí hay una nueva Argentina. Esta nueva Argentina es de alguna manera la repetición de la Argentina de los años 80 del siglo pasado. En esos años, en esas décadas que tiene su período formativo y eclosiona en la década del 80, llega la prosperidad argentina a niveles inconcebibles para lo que se pensaba en el año 80. Lo que está pasando ahora –y me refiero a los últimos 10 años (...) indica que realmente se está produciendo una transformación, yo diría cultural, profunda que va a llevar a la Argentina a la prosperidad que creo que nosotros, con las políticas equivocadas, le habíamos quitado. (DI TELLA, 1995:390)

    Domingo Felipe Cavallo afirmó: “Muchos años de errores políticos y económicos habían borrado la imagen de “tierra de promición” que alguna vez tuvo nuestro país”. (CAVALLO, 1995: p. 359)

    No es intención desarrollar aquí todos los análisis que han explicado cómo ese modelo consolidado en 1880 sentó las bases de la dependencia y la vulnerabilidad del país, pero sí remarcar cómo se realizó una revisión de la historia de las relaciones internacionales de la Argentina que resaltó los “beneficios” de la “relación especial” con Gran Bretaña, buscando las causas de las crisis económicas en los “errores” de los gobiernos siguientes. Lo que estas corrientes soslayaron es que las tendencias predominantes en la inserción internacional de la Argentina se deben no a su aislamiento sino por el contrario a su estrecha y particular imbricación de carácter dependiente, con las principales tendencias en pugna entre las grandes potencias en el escenario internacional (RAPOPORT y SPIGUEL, 2005: p.72). La revitalización de la matriz de pensamiento conservador liberal argentino sirvió de discurso legitimador y fue fundamental para la instalación de la necesidad de reformas estructurales en la agenda estatal.

    La reforma estructural a la que asistió la Argentina durante la década del 90, profundizando el proceso iniciado con la última dictadura militar y continuado durante la presidencia de Raúl Alfonsín, forma parte de una estrategia de desarrollo basada en una inserción dependiente en el mercado mundial y el sistema internacional. Ambos partidos fueron responsables y artífices de esas reformas.

    Ya durante la gestión de Sourrouille, el ex ministro sentaba opiniones que serían hegemónicas a partir de la consolidación del realismo periférico. Estimaba que para un país periférico como la Argentina, que no podía modificar las tendencias económicas globales e ignorar las demandas de los acreedores, lo más conveniente era ajustar la política económica respondiendo a algunas de esas exigencias. Este enfoque consideraba que la mejor forma de superar el estancamiento era a través de una inserción más profunda dentro del orden económico internacional y de una creciente capitalización doméstica postulando un “ajuste positivo” basado en la promoción de exportaciones y crecimiento de la inversión y no a través de la expansión de la producción para el mercado interno y el aumento del consumo doméstico. (VACS, 1995: p. 300)

    Es notable en este sentido la coincidencia entre las propuestas del candidato radical Eduardo Angeloz y las políticas efectivamente adoptadas por el ex presidente Menem, una vez en el gobierno. Esas coincidencias son reveladoras en relación con el estudio de la conformación de un nuevo consenso al interior de la clase dirigente argentina y una recomposición de la hegemonía en el bloque dominante, que se consumará definitivamente en forma acompasada con las grandes transformaciones del sistema internacional entre 1989 y 1990. Si bien la figura de Eduardo Angeloz –como vimos- no representaba a la totalidad de un radicalismo profundamente fracturado, y el Partido Justicialista atravesaba duras internas que constituían un antecedente de las que se profundizarían luego de asumido el gobierno, el hecho de que éstos fueran los candidatos a la presidencia es en sí mismo una prueba de la construcción de esa nueva hegemonía. De modo similar, las fracturas que se produjeron dan cuenta lo agudo de las disputas.

    Como prueba de esas coincidencias, en abril de 1989, la oportunidad de la conformación del equipo económico del Ministro de Economía Juan Carlos Pugliese al que se sumaban Mario Vicens y Pablo, Gerchunoff - dos colaboradores del staff de Eduardo Angeloz- coincidía con la presentación del candidato oficial de la Unión Cívica Radical de la elaboración de un programa poselectoral.

    Allí se enunciaba la necesidad de una “apertura al mundo”y de “disciplina fiscal”. El eje del discurso fue la necesidad de privatizar, de reducir el déficit fiscal y la desregulación y apertura del comercio exterior. El Diario Página 12 del día 11 de abril calificaba en un epígrafe: “Reformas del Estado, cambiaria y fiscal, para la inserción en el mundo de los grandes”.

    La expresión de “lápiz rojo” para referirse a la necesidad de achicar los gastos del Estado trascendió como síntesis de la posición del candidato radical:

    Es que para mi no hay ninguna duda de que una de las principales fuentes de inflación es el exceso de gasto público. Por eso, es una de las primeras tareas que debe asumir cualquier futuro gobierno es la usar un lápiz rojo, de trazo bien grueso, para tachar del Presupuesto todas aquellas partidas que aun cuando son necesarias, no son prioritarias. (ANGELOZ, 1989: p. 60/61)

    Sería el candidato del partido opositor, paradójicamente, quien llevaría a cabo dichas transformaciones.

    Durante la campaña, las consignas de “Revolución Productiva” y “Salariazo” del candidato justicialista, junto con la apropiación de las banderas de la “Tercera Posición”, se combinaban con confusas formulaciones respecto de la política económica.

    Luego de la asunción se definiría el carácter del nuevo gobierno y de los profundos cambios que llevaría a cabo. En ese momento, la alianza con el liberalismo, los anuncios sobre los cambios en la política económica y la incorporación al gabinete de un hombre de Bunge y Born eran síntomas claros del giro que se iba a producir a nivel de algunas políticas públicas, entre ellas, la política exterior (BUSSO y BOLOGNA, 1994: p. 19/20). Invirtiendo los papeles y los argumentos y sin esbozar crítica alguna, el nuevo oficialismo se lanzó a justificar la necesidad de una legislación que antes consideraba –públicamente- ideológica y políticamente inadmisible.

    Ambos partidos coincidieron en aceptar que las causas de la crisis económica eran la intervención del Estado en la economía y el proteccionismo. Agravado por la crisis del final del mandato, el radicalismo se comprometió a “no obstaculizar” la sanción parlamentaria de las Leyes de Emergencia Económica y Reforma del Estado, que fueron el marco legal de la implantación del nuevo modelo. Al mismo tiempo, mal podía oponerse con credibilidad ante la sociedad, por ejemplo en el caso de las privatizaciones, luego de haber sido el que las introdujo en la agenda pública. Sólo parecía quedarle el camino de denostar los métodos elegidos y la concentración de poder que reclamaba el Ejecutivo en desmedro del Parlamento (Twaites Rey 82/83).

    Tal es así que en un trabajo de análisis de opinión sobre la política exterior de 1992, Mora y Araujo y otros afirmaban que “los dos principales referentes políticos del momento- los dos que ostentan los más altos índices de valoraciones positivas por parte de la población, esto es, Carlos Menem y Eduardo Angeloz- son ambos percibidos como sustentando la presente orientación de la política pública, particularmente en los campos de la política económica y las relaciones exteriores” (MORA y ARAUJO, 1992 : p. 223).

    Durante los inicios del período menemista, la UCR mantuvo una perspectiva contradictoria con respecto al proyecto neoliberal. Al aceptar el diagnóstico que atribuía las causas de la hiperinflación al intervencionismo estatal y al agotamiento de la modalidad proteccionista de desenvolvimiento económico, los radicales apoyaron las reformas propuestas por Menem. Al igual de lo que sucedía con la mayoría de los dirigentes peronistas, el neoliberalismo fue considerado por los radicales como la única salida coyuntural ante una situación de urgencia. (SIDICARO, 2001: p. 78)

    Esto influyó directamente en las discusiones sobre la integración. Las políticas neoliberales vinieron de la mano de la profundización de la dependencia en la inserción internacional y minaron la posibilidad de proyectar un modelo de integración que efectivamente contribuyera al desarrollo autónomo de los pueblos del cono Sur.


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