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Radicales y justicialistas de cara la integración regional


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3. Radicales y justicialistas de cara la integración regional
La importancia de la relación con los países de América Latina y de la integración regional forma parte de las identidades de ambos partidos políticos.

En la campaña electoral de 1983, los lineamientos de política exterior eran similares en las plataformas de ambos partidos. La Unión Cívica Radical pregonaba la inserción en el Tercer Mundo, el No Alineamiento y el privilegio de las relaciones con América Latina, con un sesgo antinorteamericano, en consonancia con las posiciones del mismo partido en la década anterior.

El contenido de la plataforma peronista era similar, con la diferencia de que enfatizaba la “Tercera Posición”, tradición del partido.

En su primer mensaje como presidente, Raúl Alfonsín expresó: “La realización de una política exterior independiente, que otorga prioridad a la inserción en América Latina, tiene su proyección en el Movimiento de No Alineados” (BOLOGNA, 1991: p. 26)

Esta posición sería confirmada y compartida por su canciller Dante Caputo, quien en su evaluación de los treinta meses de política exterior en democracia, volvió a precisar los objetivos de la política exterior, indicando:

-El primer objetivo es que la política exterior tenga como meta fundamental incrementar la independencia política y económica del país, es decir, aumentar los grados de autonomía de la nación argentina.

-Segundo objetivo: búsqueda permanente de la paz y el resguardo de los derechos humanos fundamentales…

-Tercer objetivo: impulsar la integración latinoamericana fortaleciendo la capacidad regional, política y económica” (BOLOGNA, 1991: p. 26)

Para ambos partidos, entonces, la relación con los países latinoamericanos era fundamental para diagramar la política externa.

Como se dijo, la variable política constituyó un eje importante para la política exterior radical. La búsqueda de un mayor perfil se asoció con la necesidad de consolidar la nueva democracia. Esto constituyó sin duda una motivación para el acercamiento a los países de América Latina. Sin embargo, fueron las dificultades generadas por las crisis económicas internas y el endeudamiento externo lo que propició el acercamiento entre Brasil y la Argentina.

La plataforma electoral que describió el programa con el que el Justicialismo concurrió a elecciones en 1989 planteaba, una continuidad con la doctrina peronista de la Tercera Posición, la importancia de la integración latinoamericana, y la persistencia en el movimiento No Alineados.

La política llevada a cabo por Carlos Saúl Menem y sus cancilleres Domingo Cavallo y Di Tella se distanciaría rápida y abruptamente de estos postulados. Ya en su primera reunión con Bush, el presidente Menem prometió respetar los compromisos de la deuda y mencionó su apoyo al “restablecimiento de la democracia” en Panamá.

La percepción de la que partió el oficialismo iniciados los 90, se vincula directamente con la concepción del Nuevo Orden Internacional elaborada principalmente en los Estados Unidos y en Inglaterra. En esta línea, ese mundo adquiere una connotación específica: el “triunfo” del capitalismo sobre el socialismo, el desdibujamiento del conflicto entre potencias y países subordinados y la negación de los conflictos entre las potencias. De la “globalización” de los mercados se dedujo una supuesta “interdependencia” de las economías, donde las fuerzas del mercado tenderían a disolver las instituciones y las economías nacionales. De allí la conformación de una “aldea global”, el “mundo-uno”. En las versiones más extremas llegó a afirmarse el “fin de la geografía”, es decir la eliminación de las referencias territoriales e incluso el “fin de la historia” en el sentido de la confrontación no sólo ideológica sino también cultural y nacional.

Esta visión concibió al período como una plena hegemonía norteamericana, producto a su vez de la hegemonía de la democracia liberal y la economía de mercado.

De la mano de este discurso, toda reivindicación nacional fue interpretada como “aislamiento” o “africanización”4, términos utilizados para demostrar las graves consecuencias de no ingresar en el “mundo globalizado”, o de discutir sus reglas. A los países dependientes sólo les quedaba como “única salida” la de insertarse en el “mundo globalizado”, a través de la aceptación de las recetas neoliberales.

Una elaborada concepción comenzó a regir las orientaciones en materia de política exterior del gobierno de Menem. Al interior del oficialismo, la discusión acerca de la inserción se enmarcó en los postulados del “realismo periférico” elaborados por Carlos Escudé. Sus principios básicos parten de la consideración de la Argentina como un país dependiente vulnerable y por lo tanto “poco relevante para los intereses vitales de las grandes potencias” (ESCUDÉ, 1992), y de acuerdo a esta consideración traza líneas de acción necesarias para la “inclusión” en el sistema internacional.

Además de legitimar de este modo el seguidismo y el abandono de las políticas autonómicas en los términos que se explicaba en el apartado anterior, se definía una prioridad por las cuestiones económicas. Cuando reiteradas veces el oficialismo se refiere al “interés nacional”, lo relaciona con las necesidades económicas. Este es el eje sobre el que basa su política exterior5. De hecho, sus dos cancilleres fueron economistas.

Así, la integración fue vista de otro modo. Al respecto, el canciller Domingo Cavallo explicaba:

…en el proceso de interdependencia de la economía mundial, se negocia a través de bloques o espacios semicontinentales o continentales. Para aprovechar las nuevas oportunidades del comercio mundial resultaba necesario que nos adaptáramos al estilo de negociaciones predominante entre grandes grupos; para ello se hacía imprescindible que en América Latina tomáramos conciencia de la importancia de dejar de ser un conjunto de pequeñas naciones aisladas, para transformarnos en un espacio económico con peso en las negociaciones. Para ello fue fundamental profundizar el proceso de integración con Brasil. (CAVALLO, 1995: p.365)

Esto difería definitivamente del tono de la década anterior, cuando aun los más interesados en la ofensiva integradora hablaban de la “urgente necesidad de que América Latina refuerce su poder de negociación con el resto del mundo, ampliando su autonomía de decisión y evitando que los países de la región continúen vulnerables a los efectos de políticas adoptadas sin su participación” (CISNEROS, 2022: p 482)

En los noventa, se ve abandonado el concepto de integración como forma de alcanzar mayor independencia y autonomía y se realza la necesidad de conformar un bloque como estrategia de negociación para la adaptación al mundo globalizado.

En realidad, como se desprende de las palabras del ex presidente Menem y sus asesores en política exterior, la integración regional fue pensada como una vía hacia la conformación de un bloque continental bajo la égida de los Estados Unidos, prioridad en la agenda exterior.

Antes de que el Presidente de los Estados Unidos, George Bush, hiciera conocer “La iniciativa para las Américas” el 26 de junio de 1990, el presidente de Argentina, Carlos Menem, expresaba, que se debía fortalecer la integración latinoamericana para optimizar la capacidad negociadora y mejorar la inserción internacional. Se trata, dijo el Presidente, de fortalecernos para acercarnos a Canadá, Estados Unidos, a la Comunidad Europea, a los países asiáticos, a otras regiones desarrolladas del mundo y poder hablar sin complejo de inferioridad. El presidente, sostuvo que vería con más agrado la creación de una liga de presidentes americanos y no tan solo latinoamericanos, dado que necesitamos crecer y es fundamental para esto integrar a los Estados Unidos. (BOLOGNA: p. 60/61)
Y luego afirmaría:

“Estoy convencido de que debemos buscar una relación especial con América del Norte, tratando de conformar un bloque de dimensión propiamente americana; donde América Latina también busque la configuración de un bloque… Esta es la posibilidad más importante, que América del Sur conforme con América del Norte un espacio económico común de dimensión americana, no para segmentar la economía mundial, sino para que las negociaciones entre bloques sean igualitarias” (MENEM, 1990, p.33)

La concepción de la integración se diferenciaba en un aspecto importante que en el plano de la justificación: mientras que para la UCR el impulso debía ir de lo político hacia lo económico, tal como lo planteaba el ex canciller Caputo al sostener que“… en América Latina debemos impulsar primero acuerdos políticos profundos, para poder, a partir de una fuerte voluntad política compartida, destrabar y dar nueva vida a las instituciones y organismos encargados de ejecutar las tareas que emprendemos. El impulso debe partir de lo político hacia lo económico y comercial” (RUSSELL, 1993: p.9), para el justicialismo se planteó a la inversa.

Otra de las diferencias aparece en cuanto a la relación con los Estados Unidos. El discurso de justificación de la necesidad de la integración continuó teniendo para el radicalismo un tono antinorteamericano.

En la sesión parlamentaria en la Cámara de Diputados en oportunidad de la aprobación del Tratado de Asunción en agosto de 1991, la exposición del diputado Dante Caputo, ex canciller del gobierno radical, demostraba esas discrepancias cuando afirmaba:

…pero lo que queremos consolidar no son sólo relaciones económicas, es aumentar la capacidad de negociación internacional de la Argentina por vía de reunirnos con otros Estados con problemas similares para incrementar nuestra masa crítica política y poder así negociar con los grandes centros hegemónicos de este mundo. Por lo tanto quiero señalar que una relación radial y subordinada con los Estados Unidos no me parece compatible con la idea de la creación de una subregión en el cono sur de la América Latina.6

En coincidencia, el diputado nacional radical Conrado Storani, en una publicación parlamentaria, se refería a la necesidad de lograr mayores márgenes de autonomía en el caso de los países del Sur, y lo asociaba con la conformación de ámbitos regionales, subsistemas que aspiran a través de la integración a “mayores cuotas de poder y desarrollo” (STORANI, 1991: p.41)

Este párrafo encierra, además, una concepción distinta de la integración basada en el “regionalismo abierto”, entendiendo la integración como mejor forma de acceso a una vinculación con los Estados Unidos. En cuanto a la relaciones con la potencia del Norte afirma:

Políticas alineadas hacia fuera que provocan divisiones vergonzosas hacia adentro sólo contribuyen a desencuentros y fracturas internas que entorpecen un clima de estabilidad y armonía necesario para el crecimiento económico y la credibilidad internacional. Es imprescindible para nuestros intereses una relación sólida con los Estados Unidos (…) Pero esto será así en tanto y en cuanto nuestro pueblo pueda realizarse plenamente. (STORANI, 1991: p. 63)

Estas diferencias descriptas respecto de la importancia de los aspectos políticos de la integración y de la relación con los Estados Unidos se sostienen a su vez en su diagnóstico de los cambios en el escenario internacional que difiere del que realizó el menemismo.En general, los representantes del radicalismo sostuvieron una interpretación del escenario de posguerra basada en la multipolaridad, fundamentando de ese modo la crítica al alineamiento automático.

En síntesis, existieron proyectos distintos de integración en la década del ochenta y los noventa, el primero de ellos caracterizado por la gradualidad y la intersectorialidad, y el segundo por la liberalización y desregulación lineal; sin embargo, esas transformaciones no pueden explicarse en forma directa por el cambio de signo político a partir de 1989.

Lo que puede observarse es que hacia finales de la década del ochenta, los objetivos y estrategias propuestos en un principio de gestión por parte del radicalismo habían sido abandonados y las concepciones sobre la inserción internacional y sobre el proceso de integración se fueron modificando, virando hacia la ortodoxia liberal. Como analizaremos en profundidad en el siguiente apartado las identidades partidarias se vieron atravesadas por la injerencia de la ideología neoliberal, generando un nuevo consenso hegemónico al interior de la clase dirigente.



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