• CAPÍTULO PRIMERO

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    Los gigantes y el misterio de los


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    Louis Charpentier

    LOS GIGANTES Y EL

    MISTERIO DE LOS

    ORÍGENES




    PLAZA & JANES, S.A

    Editores

    Título original:

    LES GÉANTS ET LE MYSTERE DES ORIGINES

    Traducción de

    MANUEL ROSSELL

    Primera edición: Junio, 1971

    Segunda edición: Julio, 1972

    Tercera edición: Octubre, 1973

    © Roben Laffont, 1969

    © 1973, PLAZA & JANES, S. A., Editores

    Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)

    Este libro se ha publicado originalmente en francés con el titulo de

    LES GÉANTS ET LE MYSTERE DES ORIGINES

    Printed in Spain Impreso en España

    ISBN: 84-01-31008-3 — Depósito Legal: B. 39.895 -1973

    GRÁFICAS GUADA, S. A. — Virgen de Guadalupe, 33

    Esplugas de Llobregat (Barcelona)



    CAPÍTULO PRIMERO 4

    LA PRIMERA BATALLA DE LA HISTORIA 4

    CAPITULO II 8

    LAS HESPÉRIDES 8

    CAPÍTULO III 11

    LA ATLÁNTIDA 11

    CAPÍTULO IV 15

    EL ESTRECHO DE GIBRALTAR 15

    CAPITULO V 18

    LOS LIGURES 18

    CAPÍTULO VI 21

    LUG Y LUSINA 21

    CAPÍTULO VII 27

    LA ESPIRAL DEL DIOS LUG 27

    CAPITULO VIII 35

    LA CIVILIZACIÓN 35

    CAPÍTULO IX 38

    LA DIÁSPORA 38

    CAPÍTULO X 43

    1SORÉ 43

    CAPITULO XI 47

    LA LEYENDA DE OSIRIS 47

    CAPITULO XII 49

    ¿QUIEREN USTEDES JUGAR AL JUEGO DE LA OCA? 49

    CAPÍTULO XIII 53

    GLOZEL 53

    CAPÍTULO XIV 59

    LOS PATANES DE LA PIEDRA 59

    CAPÍTULO XV 62

    LOS LUGARES CON MEGALITOS 62

    CAPITULO XVI 65

    LOS MENHIRES 65

    CAPÍTULO XVII 70

    LOS CROMLECHS 70

    CAPÍTULO XVIII 73

    LOS DÓLMENES 73

    CAPITULO XIX 77

    LOS DRUIDAS 77

    CAPÍTULO XX 82

    LAS GALIAS 82

    CAPITULO XXI 86

    CONCLUSIÓN 86


    CAPÍTULO PRIMERO

    LA PRIMERA BATALLA DE LA HISTORIA


    Cerca de la ciudad de Tánger hay una colina aislada que domina la bahía con sus seiscientos metros de altura y que lleva el nombre de «Charf».

    Charf significa, en árabe, colina. Cada colina de la región tiene un nombre, ya «Charf el-Akab» o el «Charf el-Mediuna». Aquélla en cambio, no posee más cualidad que ella misma. Es, a secas, «La Colina», que nadie puede confundir con ninguna otra.

    Al este del Charf, muy próxima, una pequeña prominencia lleva el nombre de Tanya-Balya, «Tánger la Vieja», cuyas pendientes están atormentadas como si antiguos muros se hallaran enterrados debajo de las hierbas...

    Cuentan las leyendas que antaño, en la cima del Charf, estaba la tumba de Anteo el gigante, inhumado en el lugar mismo en que Hércules lo estranguló entre sus brazos; y dicen también las leyendas que Anteo fundó una ciudad que llevaba el nombre de su mujer, Tingis, hija de Atlas, donde se levantaría Tánger la Vieja, Tanya-Balya.

    Al oeste de Tánger, a algunos kilómetros, sobre la costa atlántica, un promontorio rocoso, formado por duro pedernal y agujereado como un pedazo de gruyere, lleva el nombre de «Grutas de Hércules». Y refiere también la leyenda que, cuando vino Hércules, en los tiempos mitológicos, desde su lejana Argólida, a medir sus fuerzas con el gigante Anteo, hizo de aquellas grutas su morada antes y después del combate...

    Este combate legendario era relatado así: Habiéndose enfrentado, los dos adversarios, el campeón de los griegos y el gigante, el griego fue el más fuerte y derribó al gigante; pero cuando Anteo tocó el suelo, como era «hijo de la Tierra», recobró nuevas fuerzas al contacto con ésta y reanudó el combate. Tres veces fue derribado Anteo, y otras tantas la tierra volvió a darle nuevos arrestos, que le permitieron proseguir la pelea...

    Entonces Hércules lo separó de la tierra y, levantándolo en vilo, lo estranguló entre sus brazos.

    Según los relatos mitológicos, este combate se habría originado porque Anteo le cerraba a Hércules el paso al «Jardín de las Hespérides», adonde se le encargó que fuera a robar las manzanas de oro.

    Las Hespérides, como Tingis, eran hijas de Atlas y poseían, en el extremo Occidente, un jardín en que los árboles daban manzanas de oro...

    Ahora bien, la tradición sitúa el «Jardín de las Hespérides» a unas quince leguas al sur de Tánger, cerca de la antigua Lixus, en el lugar ocupado actualmente por la pequeña ciudad de Larache que, por otra parte, denomina a su parque municipal Jardín de las Hespérides.

    Hércules robó las «manzanas de oro», y al volver de realizar aquella proeza —que, en la serie de sus trabajos, lleva el número 11 y que fue el último que hizo en la Tierra—, separó el promontorio de Calpe del de Abila, aislando al mismo tiempo Europa de África y dando origen al estrecho de Gibraltar...

    Esto en cuanto a la leyenda, la cual se ajusta asombrosamente a los nombres y a la topografía, aun cuando proviene de Grecia y data de un tiempo en que los griegos jamás habían puesto los pies en este lugar de Occidente...

    Por lo que respecta al combate, los latinos lo consideraban como un hecho histórico, y Plinio señala hasta el lugar, así como el de la tumba de Anteo, en Lixus, frente al mítico Jardín de las Hespérides. Precisaba que la tumba de Anteo medía sesenta codos de longitud, lo que equivaldría, aproximadamente, a diecisiete metros... Por su parte, los romanos creían tan firmemente en ello, que, al ocupar Tingitania, hubo un general que mandó excavar la cima del Charf por sus legiones, en busca de la tumba de Anteo, y se dice que descubrieron gran número de huesos.

    Es evidente que Plinio, lo mismo que el citado general, no consideraba la leyenda del combate de Hércules y de Anteo como un simple cuento, sino como el relato, más o menos adornado, de una realidad histórica.

    En el siglo IV a. J. C. vivía en Grecia un mitógrafo llamado Evémero. Consideraba que toda la mitología era una transposición de acontecimientos históricos, y que los nombres de los dioses representaban pueblos, y sus disputas y coyundas, querellas y fusiones. ¿No ocurre así con la mitología de Hércules, y no fue su leyenda un «medio» de conservar el recuerdo de personajes —o de pueblos— y de hechos reales?

    Quizá valga la pena reparar en ello atentamente.

    Y, ante todo, en los antagonistas.

    Anteo es un gigante, hijo de Poseidón, dios del Mar. Es marino, lo que no puede asombrar a lo largo de las costas atlánticas. Es también hijo de la Tierra, nacido de ésta, es decir, literalmente, un autóctono. Se encuentra en su casa en aquella Tingitania. Es su reino, y Píndaro, en su Cuarta Ístmica, nos dice que Anteo prohibía a los extranjeros penetrar en su reino so pena de ser condenados a muerte y decapitados. Su cabeza iba entonces a adornar el templo de Poseidón, que dominaba la ciudad de Tingis... Y, sin duda, ésta era la suerte que preparaba para Hércules cuando éste pretendió cruzar lo que a la sazón constituía el Istmo de Tingis, entre Europa y África (porque sólo después del desafío se produjo la separación de los continentes).

    Su esposa era una hija de Atlas, o sea, Tingis, que significa también La Blanca —conviene advertirlo, puesto que todos los calificativos poseen su valor—, y había fundado una ciudad con su nombre. Actualmente es Tánger, Tánger la Blanca.

    Heródoto, en el siglo V a. J. C, denominaba atlantes a las gentes que vivían en las proximidades del Atlas. Anteo y su mujer eran, pues, atlantes, y se observará que este nombre guarda realmente cierta relación con Atlas y Anteo.

    Desde luego, esto no es suficiente para afirmar que Marruecos se halla emplazado en el lugar de la legendaria Atlántida. Sin embargo, basta para despertar la curiosidad a este respecto...

    La legendaria historia nos ha legado los nombres de otras tres hijas de Atlas, tres tribus que vivían en el extremo Occidente: una, negra, Aretusa; otra, rojiza, Hesperia, y otra, blanca, Eglé. Son las Hespérides, las del Poniente, en las que se halla ese famoso jardín en que crecen árboles cuyos frutos son manzanas de oro.

    Los frutos que codiciaba Hércules.

    Hércules —deformación latina del nombre griego Herakles— era un héroe. No pertenece a la mitología de los dioses, aunque, según la leyenda, fue engendrado por Zeus, dios de los dioses, que, disfrazado de general Anfitrión, abusó de la mujer de éste durante una larga noche —victoriosa para el general, como corresponde.

    Herakles-Hércules no era griego, porque Grecia no había nacido aún. No era rey, ni estaba investido de autoridad, antes, por el contrario, se hallaba al servicio de un monarca para el cual realizaría los doce trabajos. Tareas de funcionario que comprendían desde velar por las buenas costumbres, a las obras públicas, pasando por la destrucción de animales dañinos y la guerra.

    Una vez hubo transcurrido su maravillosa infancia —pero la infancia de los grandes hombres, ¿no es siempre maravillosa?—, llevó a cabo su impresionante serie de «trabajos». Mató al león de Nemea, del cual nadie llegaba a librarse. Salvó a Lerna, en Argólida, de una hidra de nueve cabezas. Capturó una «cierva de patas de bronce» y el jabalí de Enmanto. Desvió el curso de dos ríos en Áulide para «limpiar» las caballerizas del rey Augías. En Arcadia tomó sobre sí la carga de echar de las marismas de Estinfalia unas aves rapaces que causaban verdaderos estragos. Libró a Creta de un toro furioso.

    Era cazador, pero también guerrero: triunfó de las Amazonas, mató a Gerión -—otro gigante —en una isla atlántica y, en fin, venció a Anteo antes de robar las manzanas de oro de las Hespérides.

    Su último trabajo consistió en bajar a los infiernos, lo cual parece tener un significado simbólico. Asimismo, libertó a Prometeo encadenado en la cumbre del Cáucaso, por haber dado a los hombres el fuego del cielo.

    En verdad son muchos trabajos para un solo hombre, aunque sea un héroe... Ahora bien, un autor muy docto descubrió que la palabra «herakles» no designaba sólo a un hombre, sino que además, en la Creta arcaica, era el título de un funcionario análogo al «sufete» cartaginés...

    Dicho autor afirma que hubo numerosos «herakles». Todos estos trabajos —que tenían por finalidad, salvo la liberación de Prometeo y la bajada a los infiernos, civilizar, sin importar los medios empleados— podrían ser los de una larga serie de «herakles», nombre que personalizaría epónimamente la función. Entonces el mito se hace verosímil...

    Consideremos ahora al «herakles» que va a combatir contra Anteo y a quien, según la costumbre, seguiremos llamando con su nombre latino de Hércules.

    Este Hércules quiere —y veremos por qué— robar en el Jardín de las Hespérides.

    Para llegar a él hay dos caminos posibles: por el litoral de África o por España.

    La leyenda que lo hace pasar por España ha conservado incluso el rastro de su itinerario.

    Por el sur de Italia, habría seguido lo que más tarde fue la gran ruta de penetración romana en la Galia: por Monaco, que llevó antaño el nombre de Porto Herculis, Cavalaire —He-raklea Cacabbaria—, la Crau, donde habría topado con los ligures. Luego llegaría a la Península Ibérica por el collado de Le Perthus, para alcanzar posteriormente Andalucía.

    De Iberia a África, el paso era aún, legendariamente, un paso terrestre, ya que el estrecho no se abriría sino después del robo en las Hespérides.

    Ahora bien, aquel paso del istmo estaba custodiado por Anteo, un guardián muy riguroso, si hemos de creer a Píndaro..., pero fue vencido... Y esto nos lleva a aquel combate de colosos al que tan gustosamente se le da carácter de cuento infantil.

    ¿Pero de verdad queda la historia tan desfigurada por la leyenda? ¿O será tal vez que quedamos presos de las palabras e imágenes tan pronto como los hechos se alejan hacia un pasado remoto?

    Cuando leemos que Napoleón «aplastó» al archiduque Carlos en Wagram, no nos imaginamos de ningún modo qué bella pieza de escultura académica constituiría ese aplastamiento del archiduque exclusivamente por Napoleón.

    Cuando leemos que César «estranguló» a Vercingétorix en Alesia, no nos representamos al general romano estrangulando al jefe galo entre sus brazos.

    ¿No sucederá lo mismo con la pelea que enfrentó a Hércules y Anteo? En vez de la «explicación» entre dos paladines, ¿no se tratará de una batalla entre dos ejércitos o dos «bandos»?

    Es evidente que Hércules no llegó solo del confín del Mediterráneo Oriental, y no lo es menos que Anteo, cerca de su ciudad, en su territorio, no estaba tampoco solo... Es poco probable que lucharan solos.

    En este combate, como en otros muchos —en realidad, la mayor parte— ¿no se designaría a los ejércitos en pugna por el solo nombre de sus jefes?

    Entonces, la cosa resulta sencilla: Anteo, tres veces vencido, y otras tantas rechazado hacia su tierra, sacaba de ella nuevas fuerzas, nuevos combatiendes de su retaguardia.

    La leyenda no dice más.

    Entonces no le quedó a Hércules más solución que la de «aislar» a Anteo, cortarle todo contacto con la retaguardia —su tierra— o, dicho de otra forma, de sitiarlo y ahogarlo.

    Esto es exactamente lo que hizo César en Alesia, y podría describirse con los mismos términos.

    Pero, entonces, ¿no será posible reconstituir esta batalla, por lo menos en sus grandes líneas, sobre el terreno? Por supuesto que sí, y por eso se puede reconstituir el aspecto geográfico del lugar.

    Anteo cerró el paso del istmo, y, necesariamente, fue en el istmo donde se desarrollaron los combates.

    A partir de indicios geológicos y botánicos puede deducirse, con muchas probabilidades, que el istmo tuviese este aspecto: Al Este, la cadena montañosa que constituye la cima, en forma de herradura, del sistema, aún no roto, Rif-Sierra Nevada, herradura tensa como un muelle por el levantamiento más reciente del Atlas..., y que acabará por romperse en el punto de extrema tensión entre el Gibraltar de nuestros días y la actual Ceuta.

    Al Oeste, hacia el Atlántico, tierras más bajas —cuyas extensión y forma no conocemos hoy— que comprendían, por lo menos, desde Cádiz al cabo de Espartel. En ellas había un lago cuya orilla forma aún la bahía de Tánger actual.

    Este lago estaba unido al océano Atlántico por una «entalladura» bastante estrecha que moría al pie de «Tánger la Vieja» y que es conocida por los geólogos con el nombre de «Falla de Tánger».

    Al sur de esta falla se encuentra África, y al norte, Europa... Y aquellos tiempos no se hallan tan lejanos como para que ciertas plantas europeas no hayan llegado a cruzarla de parte a parte. Hay especies europeas, principalmente portuguesas, cuyas plantas se detienen bruscamente al norte de la falla, como me lo ha mostrado mi docto amigo Berthault, insigne mi-cólogo y botánico.

    Esta falla constituye la actual planicie de Buhalf, donde se halla el aeródromo de Tánger (queda aún de ella la marisma de Sidi-Kassem). Luego se estrecha para convertirse en una boca angosta de puerto —terraplenada igualmente— hasta el pie de la colina del Charf y de Tanya-Balya, la antigua Tingis.

    Ahora bien, la falla y el lago de referencia llegaban hasta los primeros contrafuertes del macizo montañoso del Rif. Por tanto, para ir de Europa a África, si no quería uno perderse en la montaña ni verse obligado a tomar una ruta acuática —y Hércules carecía de flota—, era de todo punto preciso rodear el lago hacia el Este y por los primeros contrafuertes —accesibles, pero peligrosos— del Rif, o si no, hacia el Oeste, lo cual llevaba hacia el obstáculo de la falla de Tánger. Ésta era, evidentemente, la mejor solución. Sea como fuere, había que pasar no lejos de Tánger, y es lógico que la leyenda haya fijado allí el lugar del combate o, más bien, de los combates.

    Ahora bien, si se quiere seguir la formación geológica de los alrededores, el conjunto Tingis-Charf forma, en el extremo de la falla de Tánger, sobre el lago, una península fácilmente defendible, y tanto más cuanto que es probable que en la marea alta dicho conjunto quedara convertido en una isla o, por lo menos, en una península.

    El ejército de Hércules debió de seguir la franja rocosa que separa el lago del mar, esto es, efectuar el trayecto de Cádiz al cabo de Espartel, puesto que, según la tradición, acampó al sur de este cabo, en el esperón de las «grutas de Hércules», junto al golfo que inicia la falla de Tánger.

    Hércules se encontró en la parte «europea».

    La lógica así lo exige, ya que la orilla Este del lago toca la montaña, una montaña bastante abrupta, probablemente sin sendas y, además, muy frondosa —puesto que los antiguos llamaban a aquel lugar «el país de los árboles»— y, por consiguiente, muy apta para toda clase de emboscadas, en especial contra un enemigo que ignoraba la topografía local.

    Hércules se encontró, pues, del lado europeo de la falla, y sin duda entre el océano y la actual Tánger fue donde se trabaron los tres combates en que, batido Anteo, fue rechazado por tres veces hacia sus tierras, al otro lado de la falla, donde reorganizó sus fuerzas gracias a la aportación de nuevos combatientes llegados del interior.

    La falla está sometida a las mareas, fenómeno que Hércules no conocería muy bien y que impedía el paso al que ignorase los parajes y horas en que se podía transitar. Anteo pudo, pues, despegarse del enemigo sin que a Hércules le fuera posible perseguirlo hasta que hubiera descubierto el modo de pasar; entonces, Hércules lo desconectaría de aquella retaguardia y lo llevaría hacia Tingis y su oppidum, el Charf, lugares fácilmente defendibles, sobre todo el Charf, pero cuyo asedio era también fácil, así como «ahogar» a los ocupantes.

    Esto apenas es alegórico...

    Se imponen algunas observaciones. La primera es la de que, legendariamente, ni Anteo ni Hércules utilizaron armas metálicas: ni las espadas de bronce ni los escudos del mismo metal, de uso corriente en los cuentos griegos. Es una historia anterior a la Edad de Bronce, una historia de los tiempos neolíticos.

    Además, y aparte las guerras, todos los «trabajos» de Hércules son civilizadores, pero se trata siempre de caza y destrucción de animales dañinos o de bandidos, nunca de cultivo, ni de cría de ganado, ni de artesanado. Se trata, por tanto, de tiempos que preceden a la cría de ganado y al cultivo en el Próximo Oriente.

    En cambio, Hércules emprende una expedición por el Atlántico contra Gerión, para procurarse ganado, y lo que pretende arrebatar a las Hespérides es un jardín, un huerto, una tierra cultivada.

    En fin, todo esto ocurrió antes de la apertura del estrecho de Gibraltar... Y probablemente fue el cataclismo con el que se relaciona dicha apertura, el que permitió que se conservara este relato a través de los milenios. Ambas cosas debieron de conservarse al mismo tiempo en la memoria de los hombres.

    Además, se trata aquí del último «trabajo» humano de Hércules. Luego bajó a los infiernos y desapareció. Y serán los narradores griegos quienes lo harán revivir en el episodio de la túnica de Nesso y de la hoguera del monte (Eta.

    ¿Pueden encontrarse algunos ecos de esta guerra fuera del relato legendario? Sí, desde luego: en el relato que hace a Solón un sacerdote de Sais en Egipto, y que Platón transcribe en el Timeo y el Critias... Se trata de la guerra que desencadenaron los «pregriegos» contra los atlantes. Sin duda no tienen nada que ver aquí Hércules y Anteo, y sólo se trata de la narración de un egipcio según las antiguas crónicas de su templo, pues no se cita en él ningún nombre de «jefe de guerra»... Y el egipcio no se preocupa en absoluto de mitología griega.

    Ahora bien, he aquí cómo describe aquella región de las «Columnas de Hércules»:



    Pues lo que hay de esta parte del estrecho de que hablamos, aseméjase a un puerto natural con la entrada angosta, mientras que del otro lado hay un verdadero mar 1...

    Nótese que el sacerdote de Sais habla del «estrecho» como si se tratara de un istmo. No hay puerto natural con la entrada angosta en el estrecho, pero sí había uno en el istmo: Tingis y la falla de Tánger. El sacerdote habla según sus crónicas. Sabe únicamente que aquello está más allá de las Columnas de Hércules.

    Y —siempre según dicho sacerdote— la guerra de referencia terminó con la sumersión de los atlantes y del ejército pro-togriego en aquella región de las Columnas de Hércules, como consecuencia de unos espantosos seísmos. Y aquí también el hecho citado por el egipcio corresponde a la leyenda de Hércules separando Calpe de Abila y abriendo de ese modo el estrecho de Gibraltar.

    Los griegos adscriben al héroe lo que el egipcio atribuye a unos temblores de tierra. Ya volveremos sobre este suceso, que señaló el fin de la «campaña».



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