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Liberalismo y Religión Católica


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Liberalismo y Religión Católica

Apostólica y Romana.
Esta trabajo fue escrito en 1984 y publicado en el libro Cristianismo y Libertad, VVAA, Fundación para el avance de la Educación, Buenos Aires, 1984.

Por Gabriel J. Zanotti.

Buenos Aires, 1984.

Desde fines del siglo pasado, hasta hoy, en varios documentos del magisterio ordinario de la Iglesia Católica Apostólica Romana aparecen expresiones de condena hacia “el” liberalismo. La encíclica “Libertas”, de León XIII, del año 1887, es uno de los ejemplos más significativos al respecto 1[1] Surge entonces la pregunta: ¿Son contradictorios “el” liberalismo y el catolicismo romano? Todo parecería indicar que efectivamente es así.

Sólo un análisis conceptual y terminológico del problema nos permitiría contestar a la pregunta más allá de lo que a primera vista aparece. Trataremos por tanto de ofrecer un análisis que poco a poco vaya desentrelazando los intrincados matices conceptuales que se entrecruzan y confunden, para luego poder intentar una solución que deje lugar para su posterior profundización. En tal sentido, este trabajo es de carácter introductorio.

Comenzaremos con un análisis sobre qué es lo que la Iglesia condena bajo el término “liberalismo”.

a) Se condena la posición filosófica que proclama la soberanía absoluta de la razón y la negación de toda autoridad Divina. Esto es un típico racionalismo antirreligioso. “Ahora bien, el principio fundamental de todo racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma e independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad. Esta es la pretensión de los referidos seguidores del liberalismo; según ellos no hay en la vida práctica autoridad divina alguna a la que haya que obedecer; cada ciudadano es ley de sí mismo” (Libertas, 12).

b) Se condena la negación de la Revelación Divina. Se aceptaría en esta posición el deber aceptar el orden natural establecido por Dios, pero se niega que exista otro orden: el sobrenatural, al cual también hay que ajustar la propia conducta, según la doctrina católica. También esta posición está por tanto condenada, bajo el término de “liberalismo de segundo grado” (“Libertas”,13).Como vemos, tanto la primer posición (“liberalismo de primer grado”) como en cierta medida la segunda, se refieren más que nada al racionalismo iluminista de los siglos XVII y XVIII, más cercano al empirismo que al racionalismo de tipo cartesiano; antimetafísico (también anticartesiano en ese punto, por lo tanto) y fuertemente antirreligioso (lo cual también es anticartesiano). Estas posiciones también habían sido condenadas antes de León XIII, sobre todo en la “Quanta Cura”, de Pío IX (1867) y el más conocido “Syllabus”, también de Pío IX (1867).

c) Se condena la posición que sostiene como principio fundamental de organización política la separación de Iglesia y Estado (“Syllabus”; “Libertas” –documentos ya citados -; “Nobilísima galorum gens”; “Inmortale Dei” -ambos de León XIII-,y “Vehermenter Nos”(S. Pío X), entre otros documentos Esto es muy delicado y debe explicarse cuidadosamente. No se condena la justa delimitación de las respectivas competencias y funciones entre los dos poderes, incluso tal cosa fue defendida posteriormente por Pío XII como un “justificado laicismo de estado” 2[2] Se condena una separación tal que permita una legislación de estado que no tenga en cuenta el orden natural establecido por Dios. Esto es, se condena que sea “lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada”. (“Libertas”,14). Pero, téngase bien en cuenta lo siguiente:.se condena tal cosa en cuanto principio doctrinal; no implica esto por lo tanto que la Iglesia no acepte que determinadas circunstancias sociológicas aconsejen una separación neutral entre Iglesia y Estado. Esto es: en principio, lo ideal es una unión y armonía de los dos poderes de manera que no haya choque entre sus respectivas legislaciones; pero ,si las circunstancias sociológicas lo aconsejan, tolerar la separación neutral (y tolerar no es “aprobar”).Ejemplo de esto en la práctica lo constituyen las buenas relaciones que la Iglesia Católica mantuvo siempre con el gobierno de los EE.UU.(ver ,al respecto, la carta “Longinqua Oceani”, de León XIII (1895), a los arzobispos y obispos de los EE.UU.). Debe agregarse también que ,desde esta misma perspectiva, esto es, en cuanto que se rechazaban las posiciones filosóficas iluminisitas que sostenían la soberanía absoluta de la razón(una razón “antimetafísica”, además)y el rechazo de la autoridad Divina en lo personal y social, se condena también una “libertad de cultos” fundamentada en tales posiciones; por ende, se condena el afirmar que el hombre tiene derecho a practicar, a su arbitrio, la religión que prefiera o a no practicar ninguna (“Libertas”,15).Tal derecho ,así expresado y fundamentado en el indiferentismo religioso, no es compatible con la doctrina católica: pues la religión católica -afirma dicha doctrina- es la única religión verdadera, y el hombre está obligado ante Dios para con la verdad. Lo cual no implica negar que la persona humana no tenga derecho a la libertad religiosa entendida como el derecho a la inmunidad de coacción en materia religiosa por parte de personas particulares o grupos sociales de tal manera que no se obligue a nadie a actuar contra su conciencia (en materia religiosa) (Vaticano II, dec.”Dignitatis Humanae”)3[3] Esto es: no se condena el respeto a la conciencia cierta (o sea, que tiene certeza en su juicio, aunque pueda estar errada) sino una libertad de cultos fundamentada en el indiferentismo religioso.

d) Se condena una legislación anticatólica que pretendía reducir la Iglesia “al templo”, negándole por ejemplo todo derecho, en cuanto institución, de propiedad y de enseñanza. Lo que habitualmente se conoce como laicismo .Es en este punto donde el choque entre la Iglesia y este “liberalismo” llegó a sus más graves manifestaciones. Se rechazan en este caso, desde la Iglesia, cosas como “....la secularización de los hospitales y las escuelas; la separación de los clérigos de sus estudios y de la disciplina eclesiástica para someterlos al servicio militar; la dispersión y el despojo de las Ordenes y Congregaciones religiosas y la reducción consiguiente de sus individuos a los extremos de una total indigencia” (“Vehementer nos”, S.Pío X, 1906). Como vemos, una situación totalmente distinta al caso de separación neutral de la Iglesia y Estado.

f) Se condena la doctrina que proclamaba(y proclama)una democracia ilimitada, esto es, la voluntad popular como fuente única de la legitimidad de las leyes y del poder político; ausencia de límites a la acción de dicha voluntad. La condena a este tipo de democracia es clarísima en documentos tales como “Diuturnum Illud”, “Inmortale Dei”; “Libertas” (todos de León XIII); también en “Benignitas et humanitas”,de Pío XII. Ya León XIII, al referirse al aludido “liberalismo de primer grado”, concluía “De aquí el número como fuerza decisiva y la mayoría como creadora exclusiva del derecho y del deber” (“Libertas”,12). La referencia a Rousseau es clarísima en textos como el siguiente: “Los que pretenden colocar el origen de la sociedad civil en el libre consentimiento de los hombres poniendo en esta fuente el principio de toda autoridad política, afirman que cada hombre cedió algo de su propio derecho y que voluntariamente se entregó al poder de aquel a quien había correspondido la suma total de aquellos derechos. Pero aquí hay un error que consiste en no ver lo evidente. Los hombres no constituyen una especie solitaria y errante. Los hombres gozan de libre voluntad, pero han nacido para formar una comunidad natural. Además, el pacto que predican es claramente una ficción inventada, y no sirve para dar a la autoridad política la fuerza, la dignidad y la firmeza que requieren la defensa de la república y la utilidad común de los ciudadanos. La autoridad sólo tendrá esta majestad y fundamento universal si se reconoce que proviene de Dios como fuente augusta y santísima” (“Diuturnum Iluud”, 8, León XIII, 1881-82). Nuevamente, una importante aclaración: no se condena la democracia en cuanto tal, como forma de gobierno, sino una democracia fundamentada en Rousseau. Después retomaremos este punto. Por ahora, valgan estos textos, de la misma encíclica (“Diuturnum Iluud”): “Es importante advertir en este punto que los que han de gobernar los Estados pueden ser elegidos, en determinadas circunstancias, por la voluntad y el juicio de la multitud, sin que la doctrina católica se oponga o contradiga a esta elección. Con esta elección se designa al gobernante , pero no se confieren los derechos de poder .Ni se entrega el poder como un mandato sino que se establece la persona que lo ha de ejercer .No se trata en esta encíclica de las diferentes formas de gobierno .No hay razón para que la Iglesia desapruebe el gobierno de uno solo hombre o de muchos ,con tal que ese gobierno sea justo y atienda a la común utilidad. Por lo cual, salvada la justicia, no está prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su manera de ser o a las instituciones y costumbres de sus mayores”4[4].

Reiteramos que después volveremos a este tema.

g) Íntimamente relacionado con el punto anterior, se encuentra también la condena de ciertos criterios de filosofía social no compatibles con la doctrina católica; por ejemplo, la negación de la naturaleza social del hombre y las teorías pactistas del origen de la sociedad (como por ejemplo, en las ya aludidas teorías de Rousseau) y la negación explícita o tácita de la doctrina tradicional católica del bien común; por ejemplo, la utilización del término “liberalismo” para la doctrina que “...subordina la sociedad a las utilidades egoístas del individuo” (Pío XI, “Divini Redemptoris”, 1937). Más adelante haremos referencia al significado de “bien común”.

Bien; tales son entonces las posiciones doctrinarias que bajo el término “liberalismo” la Iglesia ha condenado. Soberanía absoluta de la razón; negación de la revelación; indiferentismo religioso; voluntad ilimitada de las mayorías. Creo que no es muy difícil advertir que tales posiciones son efectivamente contradictorias con el catolicismo.

Ahora bien: se habrá observado que siempre hemos hablado de “el” liberalismo entre comillas. Pues efectivamente, una simple ojeada a la más sencilla historia de la filosofía y las ideas políticas nos revelará que “liberalismo” es un término suficientemente equívoco como para hablar simplemente de “el” liberalismo, sin hacer todas las aclaraciones necesarias sobre los matices conceptuales que dicho término encierra. Recordemos que un término equívoco es aquel que se predica según nociones totalmente diversas, como decía Santo Tomás.

No hay duda que, en la agitadísima época que precedió y siguió a la Revolución Francesa, las posiciones que se oponían a las monarquías absolutas y que bregaban por las nacientes repúblicas democráticas aparecían ligadas a las posiciones ya descriptas y que recibieron expresiones de condena por parte de la Iglesia. Pero tampoco hay duda que tales posiciones no son las únicas que aparecían fundamentando las “nuevas ideas” que provocaron la transformación política de Europa. En autores como Locke, Montesquieu, E.Burke, Jefferson, Tocqueville, -creo que no es necesario aclarar que estoy dando sólo algunos ejemplos-,se notaba, más allá de sus eventuales errores, un cuerpo doctrinal que hablaba de libertades individuales, de igualdad ante la ley, de limitación al poder público, de respeto a la propiedad privada. Y los fundamentos de tales ideales se encontraban mucho más allá -muchos, muchos siglos atrás- de los agitadísimos siglos XVII y XVIII.5[5]

Comenzaremos entonces a analizar con cierto detalle dichos ideales; sus fundamentos apropiados y su compatibilidad o no con el Catolicismo Romano.

1) Primero y fundamental: la persona humana es sujeto de derechos y deberes que forman parte fundamental del bien común. Los derechos de la persona humana, que el poder público tiene la obligación de respetar, constituyen la base de la justa libertad que al hombre le compete en el marco social. Este ideal tiene sus fundamentos antropológicos y éticos en la consideración del hombre como persona. Esto es: el ser humano, como sustancia individual, tiene una naturaleza racional, y por ende inteligencia y voluntad, la cual voluntad tiene además libre albedrío. Ahora bien: el ser humano tiene una naturaleza esencialmente perfeccionable. O sea :esa naturaleza racional tiene la posibilidad de desarrollar sus potencialidades naturales y específicas (inteligencia y voluntad) hasta alcanzar su perfección final .Para ello debe adecuar su conducta a tal perfección final y no realizar por ende actos contradictorios con el aludido perfeccionamiento de sus potencialidades específicas. La relación entre el conjunto de actos libres de la persona humana y su perfección final es el orden moral de la persona humana. De lo cual se desprende que a la persona humana se le debe todo aquello que sea necesario para alcanzar su perfección final. Tal cosa es lo debido a la persona humana: lo justo, cuyo conjunto forma el derecho natural: lo que se le debe a la persona humana en virtud de su propia naturaleza. Y la virtud que tiene por objeto lo justo es la justicia.6[6]

Por lo tanto, lo debido a la persona humana, en el sentido definido, forma parte de la ley natural, derivada de la ley eterna. En todo ente, Dios ha puesto una naturaleza y una perfección final, a la cual dicha naturaleza está orientada. Dicho orden natural, en la mente Divina, es la ley eterna; ahora bien: la ley está en quien rige esencialmente y participadamente en quien es regido. Y el ser humano es regido por esa ley eterna; luego, participa de ella; esa participación de la ley eterna en la criatura humana se denomina ley natural. Dicha ley natural en el ser humano es el orden moral aludido .Parte de ese orden moral, por tanto, es el derecho natural.

¿Cómo se van desprendiendo en un análisis sistemático, los elementos de ese derecho natural? Santo Tomás -cuya ética, a muy grandes rasgos, hemos expuesto- lo responde en la Suma Teológica, I-II, Q.94,2,c. 7[7]Lo que es propio de la persona humana se establece según sus tres inclinaciones fundamentales. De la inclinación a la conservación de la propia existencia surge el derecho a la vida y todo lo que a él se refiera.(Algunos autores derivan de esto el derecho de propiedad). De la inclinación a la propagación de la especie surge el derecho al matrimonio y la educación de la prole. (Téngase en cuenta la importancia de esto para temas como la libertad de enseñanza, uno de cuyos fundamentos es que los hijos pertenecen a los padres antes que al estado).Y en tercer lugar, de la inclinación a vivir en sociedad pertenece al hombre todo aquello que afiance los lazos de cooperación social.

La importancia de esta doctrina tradicional de la ley natural, como fundamento de los derechos que a la persona le corresponden en cuanto tal, es sencillamente vital. Sus bases racionales arrancan desde la Grecia clásica, donde se dieron las bases metafísicas principales, y se desarrolla y perfecciona durante la llamada Edad Media llegando también a la escolástica española del s. XVI. Veamos, por ejemplo, lo afirmado por Hayek al respecto.: “Este concepto recibió un fuerte apoyo en la creencia de un derecho que existía aparte y por encima del gobierno, concepción que en el Continente se concibió como un derecho natural, pero que en Inglaterra existía como Derecho común, producto, no de un legislador, sino emergido de una búsqueda persistente de justicia impersonal. La elaboración formal de estas ideas en el continente estuvo a cargo de los escolásticos, principalmente después de haber recibido su primer gran sistematización sobre bases procedentes de Aristóteles en manos de Tomás de Aquino. A fines del siglo XVI había sido desarrollada por algunos filósofos jesuitas españoles en un sistema político esencialmente liberal, en especial en el campo económico, donde se anticipó mucho de lo que revivieron los filósofos escoceses del siglo XVIII.”8[8] Como vemos, se puede observar que el término “liberal” se utiliza para designar a la idea de los derechos naturales del hombre. Veamos lo que sucede al respecto, también, en un autor católico como el Dr. G.J. Bidart Campos: “Cuando declaraciones internacionales, tratados, pactos y documentos a los que se atribuye y reconoce carácter universal, definen y defienden los derechos del hombre y las libertades fundamentales, es porque la humanidad coincide en algo, y ese algo es la entraña o la esencia del liberalismo: la dignidad de la persona, la libertad de la persona, los derechos de la persona”.9[9]

Ahora bien: estos derechos forman parte esencial del bien común, porque no hay justicia sin el respeto a los derechos de la persona, y no hay bien común sin justicia. El bien común no es una invención totalitaria que absorba la libertad de la persona. El bien común es ese conjunto de condiciones de vida social que todas las personas necesitan para alcanzar su propia perfección. En dicho conjunto de perfecciones se incluye, por ende, como parte esencial, el ejercicio de sus derechos.



De lo cual se desprende también el siguiente corolario: todas las personas tienen los mismos derechos y obligaciones. Lo cual es casi evidente, teniendo en cuenta que los derechos y deberes se desprenden de la persona humana en virtud de su propia naturaleza. Y todas las personas son tales precisamente porque tienen la misma naturaleza. De aquí se deriva la igualdad ante la ley .Lo cual nada tiene que ver con el igualitarismo socialista.

2) El respeto a la propiedad privada de los medios de producción es condición necesaria para el ejercicio efectivo de los demás derechos de la persona humana .Se sostiene en este punto que la propiedad privada de los medios de producción es un derecho natural; por ende, la vida económica le corresponde esencialmente a los particulares y no al estado; y además la propiedad privada es esencial en cuanto a la economización de recursos; por ende, la ausencia de propiedad origina pobreza y miseria, lo cual impide el ejercicio efectivo de los demás derechos de la persona .La propiedad es por tanto garantía de libertad.

Este elemento-el respeto a la propiedad-es tradicional en los ideales liberales, e incluso definitorio: el que habla de los demás derechos pero niega el de propiedad, difícilmente podría ser calificado como “liberal”. Nuevamente, las bases de este ideal de respeto a la propiedad arrancan ya desde Aristóteles, es afirmado también por la alta escolástica, aunque sin salir de las circunstancias d e la época; es afirmado ya desde una perspectiva económica más dinámica por la escolástica de los siglos XV y XVI (por ejemplo, San Bernardo de Siena, Tomás de Mercado, Luis de Molina)
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