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La visión neoliberal del conflicto en las democracias contemporáneas: F. A. Hayek y J. Buchanan




La visión neoliberal del conflicto en las democracias contemporáneas: F.A. Hayek y J. Buchanan.

Paloma de la Nuez, Profesor-Contratado Doctor, Departamento de Historia e Instituciones Económicas y Filosofía Moral, Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, paloma.delanuez@urjc.es

Resumen: Los fundamentos teóricos del pensamiento liberal explican por qué la interpretación del conflicto en las democracias contemporáneas por parte de autores neoliberales tan influyentes como F.A. Hayek o J. Buchanan, no puede superar ciertas premisas políticas, económicas y filosóficas, lo que les hace ser sumamente reacios a asumir, aceptar y regular determinados tipos de conflicto. En última instancia, su propuesta es básicamente la misma del liberalismo clásico, lo que plantea serias dudas sobre su pertinencia en la actualidad.

Palabras clave: liberalismo, democracia, economía, individualismo, neutralidad, consenso.

Pensaba Montesquieu que cuando en un Estado no se percibe el ruido de ningún conflicto, se puede estar seguro de que en él no hay libertad y se califica de disturbio o disenso a todo lo que puede mantenerla. Ciertamente, los autores liberales de los que vamos a tratar dan por hecho que en cualquier sociedad el conflicto es inevitable. Para el Premio Nobel de Economía recientemente fallecido, James Buchanan, “la lucha social puede surgir incluso en el paraíso”; es decir, aunque no haya escasez de recursos1. El conflicto interpersonal siempre es posible porque siempre habrá un conjunto de expectativas contrapuestas.

El profesor Friedrich Hayek también asume el conflicto como inevitable desde el momento mismo que hay libertad y que los individuos tienen diferentes valores, deseos, intereses e intenciones, sobre todo, en una sociedad pluralista de mercado. Además, el conflicto puede darse entre demandas individuales o grupales contrarias aunque, en realidad, el liberalismo clásico ha dedicado mucha más atención al primer tipo que al segundo (lo que se le ha reprochado a menudo).

Como decíamos, el conflicto entre individuos se produce porque cada uno de ellos tiene sus propios intereses, lo que en un clima de libertad hace inevitable que unos choquen con otros. Pero también puede producirse porque las personas tienen diferentes filosofías y estilos de vida y buscan una gran pluralidad de fines. Y, a pesar de lo que puede parecer a primera vista, estos autores no lo reducen todo a cuestiones económicas, lo que ocurre, es que como individuos -escribe Buchanan- “diferimos en cuanto a los objetivos colectivos deseados de la misma manera que lo hacemos respecto a la canasta de bienes de consumo diario”2.

En cuanto a los conflictos entre grupos, éstos surgen -de nuevo según Buchanan- fundamentalmente porque diferentes sectores regionales, clases sociales etc. compiten por la distribución del producto social (ésa es su verdadera razón de ser). Pero para el profesor de Virginia, este tipo de conflicto (sobre todo el que se produce entre clases sociales) resulta más fácil de gestionar mediante la negociación y el compromiso que cualquier otro. En cambio -añade Hayek- otros tipos de conflicto, como los que se dan entre la lealtad al grupo, el clan o la nación y la justicia universal y abstracta; entre la moral, los sentimientos y determinados instintos sociales y la sociedad abierta, son mucho más difíciles de tratar.

Sin embargo, precisamente, aunque no sea fácil de conseguir, el bien social consiste para ambos autores en la reconciliación de los diferentes intereses de los individuos y de los grupos que forman la sociedad. Y dicha reconciliación ha de llevarse a acabo a través del Derecho. El Derecho existe porque hay conflicto, si no fuese así no habría necesidad de definir y regular derechos.

DERECHO Y ESTADO

Aunque tanto el profesor austriaco como el profesor americano conceden una enorme importancia al Derecho, su teoría sobre el origen de las normas y del Estado es diferente. En el caso de James Buchanan, el punto de partida es la anarquía al estilo de Hobbes. Su enfoque es pesimista; en el estado de naturaleza lo que hay es una competencia por bienes escasos. Lo que ocurre es que, en un clima de anarquía, esa competencia incentiva a salir de esa especie de jungla para eliminar gastos mediante el desarme de todos y el reconocimiento del derecho de propiedad. El Estado surge como árbitro, como el juez que debe velar porque se respeten los términos contractuales. Por eso, lo que hay que plantearse, a modo de una historia conjetural, es si las reglas vigentes podrían haber surgido del acuerdo de los participantes en una verdadera convención constitucional.

En el caso de Hayek, no hay estado de naturaleza ni contrato social (tesis que él consideraba propia de la filosofía constructivista que combatía y que juzgaba incompatible con su teoría evolucionista de las instituciones sociales, aunque algunos grandes liberales que él admira -como el propio John Locke-, fueron autores contractualistas). Para él, el Estado surge espontáneamente como resultado, no siempre querido o intencionado, de la evolución social.

Pero en ambos autores, la voluntad de la comunidad actúa a través del Estado y éste tiene en ambos economistas la misma misión de resolver conflictos, pues se da por hecho que las disputas tienen que ser resueltas pacífica y ordenadamente. El Estado es el árbitro, el juez que vigila que se respeten los términos contractuales (en el caso de Buchanan) y que se asegure el cumplimiento de las leyes del Estado de Derecho (en el caso de Hayek), pero nunca es el Estado quien define los derechos, porque para Buchanan esos derechos se definen en el contrato social y para Hayek son el resultado de una evolución histórica.

Es esta una diferencia importante: para el profesor de Virginia, los derechos son, en última instancia, los que los hombres libremente han elegido en el contrato; no responden a un derecho natural objetivo o alguna idea trascendente del Derecho o de la Justicia. En cambio, en el caso de Hayek, aunque no es un autor iusnaturalista, no admite el positivismo jurídico, y cree que el Derecho es expresión de unos hábitos, costumbres, normas escritas o no escritas que a lo largo del tiempo han sido eficaces para la supervivencia del grupo y han garantizado la libertad de sus miembros. En este sentido, la visión de Buchanan es mucho más positivista que la de Hayek.

En realidad, desde un punto de vista hayekiano, Buchanan podría ser considerado un autor constructivista, ya que defiende la hipótesis de que el Estado es fruto de un contrato voluntario y racionalmente diseñado por los individuos bajo un velo de incertidumbre. La colectividad y el Estado surgen del contrato. Ha sido previsto, diseñado y planificado. Se trata de un modelo atemporal, como el de John Rawls, que se ha diseñado para desarrollar criterios que sirvan para evaluar los sistemas políticos existentes y encontrar criterios para el cambio social. (No en vano, el propio Buchanan critica la deriva evolucionista de los últimos libros de Hayek y confiesa que ese aspecto de su filosofía les separa tajantemente).

Además, el profesor de la Public Choice sostiene la tesis de que hay dos fases en el surgimiento del contrato: la fase constitucional y la fase postconstitucional. En la primera fase, donde el individuo se hace miembro de la comunidad, se asignan los derechos (el reconocimiento explícito de los derechos de las personas a hacer cosas, pues los derechos se definen en términos de derechos de hacer cosas con respecto a bienes), y las reglas de decisión. Aquí se exige la unanimidad; no se puede excluir a nadie ni nadie se puede retirar. Nos hallamos en esa especie de estado de naturaleza en el que los participantes, buscando su propio interés y bajo un velo de incertidumbre, toman decisiones. Si los participantes no saben cuál será su situación bajo las infinitivas aplicaciones futuras de las reglas constitucionales, se presume que adoptarán reglas de procedimiento que considerarán justas. En esta fase, surge el Estado protector, legal y neutral, pero esa toma de decisiones no se parece nada a “una encarnación de ideales abstractos”, porque para huir del conflicto hobbesiano perpetuo lo que se requiere es la definición explícita de los derechos, sobre todo, de los derechos de propiedad.

En la segunda fase surge el Estado productor que provee de bienes públicos. En este momento surge la legislación; las reglas para tomar decisiones respecto a los bienes públicos y su coste. Podría decirse que si la primera fase era la de la asignación, esta segunda lo es de la distribución. En todo caso, el principio básico del orden colectivo consiste en la igualdad de trato y en hacer cumplir a los que no quieran cumplir.

Aunque, como hemos visto, Hayek no es en absoluto un autor contractualista, en una de sus obras propuso un modelo constitucional que podría, según él, enmendar algunos de los errores de las democracias contemporáneas y que recuerda vagamente a las tesis de Virginia. En este modelo que bautizó como Demarquía, existirían dos niveles de actividad del gobierno: un nivel que corresponde a las reglas generales de justa conducta (reglas procesales constitucionales) y otro nivel que es el del gobierno propiamente dicho3.

Para cada actividad propone dos asambleas diferentes. Una asamblea legislativa y otra gubernamental: la primera es responsable de descubrir, articular y aplicar las reglas universales de justa conducta fijando los límites dentro de los cuales debe moverse la otra asamblea, que sería la encargada de los bienes públicos: defensa, escuelas, carreteras, etc. Decidiría qué proyectos llevar a cabo (equivaldría al Estado productivo de Buchanan), aunque sería la asamblea legislativa la que determina el sistema fiscal. Asimismo, la asamblea legislativa sería diferente de la gubernamental en el sentido de que sus miembros son elegidos de otra manera: se requiere una edad determinada y el mandato es mucho más largo que el de la gubernamental. Se trata de garantizar la madurez, reflexión y estabilidad y de situarla al margen de las coyunturas políticas.

Vemos, pues, que ambos autores conceden una enorme relevancia a la idea de constitución y a las normas jurídicas. Ellas son la clave para resolver y encauzar los conflictos; pero, sobre todo para Hayek, no basta la adhesión pública al método y al procedimiento. Esto es una condición necesaria pero no suficiente. Como veremos más adelante, se necesita también un alto grado de concordia respecto a los valores sociales. Los dos autores requieren el acuerdo y el consenso de los individuos (que es el producto de la política). Está claro que Buchanan identifica la democracia con soberanía por consenso. La legitimidad de la decisión pública es el acuerdo entre las partes. Esa es la legitimidad del contrato y la del Estado; una legitimidad, por tanto, democrática. Ahora bien: se trata de una democracia claramente liberal, lo que implica que tanto Hayek como Buchanan parten de una serie de premisas inconfundiblemente liberales: el individualismo metodológico, la idea de racionalidad, la superioridad en todos los órdenes de la economía de mercado y la libertad como ausencia de coacción.

ECONOMÍA

Al tratarse de dos autores con formación económica, su teoría política está claramente teñida de un enfoque economicista: el individuo es el actor social a considerar; un sujeto racional (en el sentido de que antes de actuar hace siempre un análisis coste-beneficio) que busca siempre sus propios intereses. La gran ventaja de la organización social es que nos ofrece los medios para lograr nuestros objetivos individuales, y el objetivo decisivo de la política social es la libertad individual.

Hay que decir que en el caso de Buchanan esos objetivos parecen ser únicamente de tipo económico (por lo menos en una primera lectura), mientras que en el caso de Hayek, la búsqueda del propio interés tiene una dimensión mucho más amplia. En el caso del autor americano, este individualismo egoísta y calculador permite explicar tanto las relaciones de conflicto como las conductas cooperativas (si estas producen mayores beneficios individuales), y sirve para analizar posibilidades ventajosas para la cooperación y no caer en una utopía altruista.

Quizás se utilicen las herramientas de la economía para explicar la sociedad, más rígidamente en el caso de Buchanan que en el de Hayek. Así, por ejemplo, el primero no duda en afirmar que el proceso político es análogo al de mercado, aunque más complicado. Por eso, parece que lo que hace Buchanan es reducir todo tipo de conflicto al modelo de los conflictos económicos, aunque asegura en más de una ocasión que se trata sólo de un modelo que se ha diseñado para desarrollar criterios para evaluar los sistemas políticos existentes y encontrar criterios para el cambio social.

Por otro lado, reconoce que no todos los hombres comparten los mismos valores y que, por ello, debe asumirse la regla mínima de la tolerancia mutua. Ahí coincide con Hayek y otros autores liberales: la tolerancia como medio de gestionar el conflicto, aunque se trata de una idea de tolerancia liberal que no implica medidas de actuación positiva. Como veremos más adelante, consiste en una visión de la tolerancia como un mal menor, defendida casi únicamente desde un punto de vista pragmático, como un mero modus vivendi.

En definitiva, si hay conflicto el Estado aplicará las normas y utilizará las instituciones para regularlo o eliminarlo, aunque no es probable ni deseable que desaparezca del todo, porque, igual que la competencia económica, produce también progreso social.

ÉTICA

Podría, pues, parecer que basta la adhesión pública al método y a los procedimientos para conseguir una convivencia pacífica en la que todos persigan libremente sus objetivos vitales. Sin embargo, el caso de Hayek es diferente al del autor de Virginia. Hayek concede mucho peso a los principios, valores morales, creencias, hábitos, etc de la civilización occidental. Las reglas, los procedimientos, las instituciones son útiles y necesarias, pero “sin principios vamos a la deriva”. Y esos principios no los elaboran los individuos mediante un contrato, sino que son fruto de la evolución espontánea de una civilización y no deberían cambiarse sin tomar las debidas precauciones4.



En el caso del profesor de Virginia, queda claro que la ética tiene un profundo valor económico; que hay preceptos éticos que son económicamente funcionales; por ejemplo, los propios de la ética puritana en los que se fundamenta la cultura política de los Estados Unidos. De ahí, que esté incluso justificado invertir en instituciones de socialización e inculturación para el bienestar económico de todos. No en vano, estas instituciones pueden incluso modificar las preferencias que son, en última instancia, las que definen la individualidad de las personas. El origen de estas normas éticas está, para Buchanan, en el cálculo racional de los individuos, porque éstos entienden que imponerse e imponer en los demás determinadas restricciones puede ser ventajoso desde el punto de vista de sus intereses. De ahí que se muestre dispuesto a la adopción de convenciones morales que restrinjan su acción5.

Sin embargo, Buchanan declara que no pretende ni identificar los límites de la libertad ni el conjunto de principios que deben usarse para ello. No existe una verdad objetiva platónica y él no pretende describir la buena sociedad; sólo hace el diagnóstico. En principio, (por lo menos hasta la aparición de su último libro), su pensamiento tiene mucha menos carga normativa que el de Hayek. Su tesis refleja esa “política sin romanticismo” que algunos consideran una de las causas de la desafección actual hacia la política; no la única, pero una de ellas, porque habría contribuido a deslegitimar la actuación de los políticos y los funcionarios, al explicar y demostrar que también ellos buscan su propio interés desvelando el “mito del funcionario benevolente”.

En Buchahan, la ética parece básicamente un modo de mantener el orden y la estabilidad social porque no duda de que los preceptos éticos tienen influencia sobre los individuos, ejerciendo una especie de control informal. Claro que hay necesidad de códigos morales: la deserción o el incumplimiento son contrarios a ellos, pero si un ciudadano no firmó el pacto…si sólo participaron sus remotos antepasados…¿cómo hacer que cumplan voluntariamente? Es muy probable que se dé una creciente desigualdad entre las expectativas de los hijos y el statu quo de los padres, por eso, a la normativa le ha de acompañar como requisito necesario compromisos morales.

CAMBIO SOCIAL

Para Buchanan es perfectamente posible cambiar los términos del contrato si se sigue el procedimiento adecuado y se respeta el acuerdo y/o la unanimidad. De hecho, no duda en afirmar que si es necesario debe y puede cambiarse el contrato social mediante lo que él llama una “revisión constitucional auténtica”. Se puede renegociar el compromiso constitucional básico; se puede modificar derechos individuales mediante reglas definidas, porque la estructura de derechos puede haberse erosionado en el tiempo en el sentido de que se expandan, por ejemplo, los poderes de la colectividad. Además, “lo importante no es la estabilidad sino la previsibilidad”; las expectativas de los individuos para su planificación racional. El statu quo es dinámico y está sujeto a cambios: cambios en los gustos, los recursos, la tecnología, etc6.

Ahora bien, todas las modificaciones de derechos de grupos y personas deben llevarse a cabo mediante acuerdos. Los cambios básicos requieren la adhesión de todas las partes porque hay que tener en cuenta que la gente puede no tener sentido alguno de haber participado en la elaboración de esas normas y puede haber cierta alienación respecto al Estado, al que se obedece solamente por el temor al castigo. Aunque, por otro lado, como puede haber diferencias entre el statu quo y sus alternativas idealizadas, lo más razonable es partir de lo que ya existe como un hecho dado.

En realidad, Buchanan está pensando en revisar el contrato por lo que él considera un problema extremadamente grave: la excesiva expansión del Estado en nuestros días; expansión de la que son responsables los políticos y los burócratas. Hay que controlar ese Leviatán. Es un derecho y un deber de los ciudadanos contener al Estado en sus límites, no en vano, el ideal de Buchanan es la anarquía ordenada: vivir y dejar vivir.

A Hayek también le preocupaba la intervención creciente del Estado en la vida social y el hecho de que cada vez había menos consenso sobre lo que él consideraba los valores básicos de la civilización occidental, pero era plenamente consciente de que en las sociedades contemporáneas no se puede aspirar a lograr un acuerdo total sobre un código ético concreto. “En los países de Occidente -escribe- todavía parece que se registra amplia coincidencia sobre ciertos valores fundamentales. Ahora bien, tal acuerdo ya no es explícito; y si aquellos valores han de recuperar todo su vigor, es urgente e ineludible reinstaurarlos y reivindicarlos sin reservas”7. Hayek parece dudar de que puedan convivir diferentes sistemas morales en una misma sociedad, por eso habla de la necesidad de mantener una atmósfera, un ethos liberal, sin el cual la libertad no duraría mucho. Algo parecido a la tesis de Rawls de que un régimen constitucional se formula en términos de ciertas ideas intuitivas latentes en la cultura política; lo que Hayek llamaría principios, creencias, valores, usos, hábitos o tradiciones muchas de ellas implícitas y/o inarticulables.

CONCLUSIONES

En definitiva, como no podía ser de otro modo, nos encontramos con las típicas soluciones liberales: definición clara de los derechos individuales, sobre todo del de propiedad; separación de lo público y de lo privado; creencia en la influencia de las reglas e instituciones para promocionar un tipo de comportamiento social; confianza en la tolerancia, el diálogo y el consenso sobre los valores y las reglas del juego, y en el individuo como ser libre y racional capaz de llegar a un acuerdo. Todo esto dentro de una visión de la democracia como método pacífico para resolver conflictos y cambiar a unos gobernantes por otros sin derramamiento de sangre, al estilo de J. Schumpeter o K. Popper. La política, recuerda Buchanan, constituye básicamente la forma institucional a través de la cual los individuos buscan, en un sentido muy smithiano, mejorar su situación8.

Sin embargo, la opinión mayoritaria entre los teóricos políticos contemporáneos es que estas concepciones liberales resultan insuficientes para resolver los nuevos tipos de conflicto de tipo étnico, religioso o cultural que desafían hoy a nuestras sociedades democráticas. Como han señalado varios autores, este tipo de liberalismo no está teóricamente equipado para tratar el tema de los grupos culturales y, por eso, al final, sólo es posible la defensa de un modus vivendi basado en el interés de todos en garantizar la coexistencia con instituciones comunes. Una visión pragmática que, en última instancia, hunde sus raíces en el escepticismo liberal.

En el caso de los partidarios de las políticas de la identidad, por ejemplo, el liberalismo tradicional no puede acomodar sus demandas porque asume que fuera de los límites de la justicia liberal o de ciertos principios básicos propios de la civilización occidental, no hay concepción valiosa del bien. Así, el proyecto político de Buchanan y de Hayek no sirve para los que no tienen concepciones o doctrinas comprehensivas (usando el lenguaje de Rawls) de algún modo liberales. Es decir, su concepción de la democracia política depende de un trasfondo cultural liberal que la sostiene, cuando precisamente hoy en día el problema central estriba en convivir con aquellos que no aceptan la moderna concepción individualista de la libertad ni las formas de vida que presuponen la tolerancia y la autonomía de carácter liberal. En todo caso, como se aprecia en el último libro de Buchanan, Why I too am not a Conservative, en el tipo de sociedad que defiende, uno de los principios éticos fundamentales es el de reciprocidad: si uno desea que se tolere y/o se reconozca su derecho a profesar una determinada religión, por ejemplo, ha de estar dispuesto a aceptar el mismo derecho para todos los demás. El ideal liberal así entendido implica respeto, consideración e igualdad de trato.

En realidad, parece que los conflictos a los que alude el fundador de la Escuela de la Decisión Pública son conflictos de intereses, en el sentido de que tienen que ver, sobre todo, con la distribución de un bien, pero apenas considera que existan otros tipos de conflicto, como los que tienen que ver con la identidad de un individuo o grupo que, sin embargo, no parecen conflictos negociables que se presten al compromiso o las componendas, por lo que es dudoso que puedan tratarse según el modelo de los primeros. Al ser su pluralismo tan convencional, parece olvidar que es poco plausible que se admita hacer concesiones y entrar en negociaciones cuando lo que está en juego no son intereses, sino principios.

Pero para los dos autores que estudiamos aquí, las medidas que reclaman los grupos multiculturales no son acordes con un régimen de libertad. El Estado debe contemplar a estos grupos de una manera típicamente liberal; como individuos que pueden manifestarse, organizarse, crear sus asociaciones, financiarse etc. amparándose en una ley igual para todos. La defensa de la neutralidad del Estado en cuestiones que no deben considerarse de su incumbencia, es tajante. En ningún caso se admiten medidas de discriminación positiva, de un tratamiento especial, porque estos autores las consideran privilegios contrarios a la igualdad de todos antes la ley y porque consideran que la promoción de unos grupos requiere hacerlo siempre a expensas de otros. Buchanan no admite las pretensiones de estos grupos a los que considera una manifestación más de esa lucha por conseguir prebendas del Estado que es, precisamente, lo que genera conflictos. La política debe ser el ámbito del intercambio mutuamente ventajoso, no la arena donde se lucha por conseguir los favores que, de una manera u otra, reparte el Estado de Bienestar.

Sin embargo, hay una diferencia notable entre ambos autores en relación a las demandas de los grupos nacionalistas. Hayek, que era un liberal profundamente internacionalista y al que desagradaba el nacionalismo, asegura que el Estado no puede admitir la exigencia de autodeterminación o de acción positiva mediante apoyo financiero, protección legal o derechos especiales de representación (como sugiere W. Kymlicka), porque su liberalismo tiene miedo de que ese reconocimiento que exigen determinados grupos nacionalistas conduzca a la subordinación del individuo a la comunidad. Hayek se opone a las medidas de discriminación positiva que algunos grupos reclaman por su pertenencia a una comunidad o nación específica. Nunca puede justificarse la protección a una posición adquirida que esconde, según él, un pretexto para imponer los intereses de grupo sobre el interés general. Hay que rechazar cualquier derecho que no se base en reglas igualmente aplicables a todos9.

En el caso de Buchanan, siempre y cuando se parta del statu quo y se respeten los procedimientos y las reglas del juego, los ciudadanos pueden llevar a cabo, si existe un alto nivel de consenso, una revisión o incluso una “revolución constitucional” que permita cambiar las normas y las instituciones vigentes hasta ese momento, siempre y cuando se cumplan con los requisitos procedimentales exigidos. El ideal para el estadio en el que se eligen las reglas bajo las cuales los ciudadanos van a vivir, es siempre la unanimidad (tomada de Wicksell, de quien Buchanan recibió una gran influencia), porque se trata de determinar que la acción colectiva esté de verdad dirigida hacia el interés general.

Vemos, pues, que Buchanan admite el escrutinio crítico de las constituciones y de las reglas existentes y la posibilidad de cambiarlas si hay acuerdo. La sociedad política se puede construir y reconstruir continuamente. Por eso él afirma que no es conservador, pues los conservadores temen el cambio y prefieren mantener el statu quo. Prefieren -afirma Buchanan- “lo malo conocido a lo bueno por conocer”. Los liberales, en cambio, están deseando examinar alternativas10. Pero en ningún caso nos dice cuál debe ser esa alternativa o el contenido de esos arreglos constitucionales, algo que le diferencia del pensamiento liberal hayekiano mucho más normativo. El primero, como buen economista, asegura que únicamente le preocupan los procedimientos y defiende que se puede definir como bueno lo que surge de un acuerdo entre hombres libres racionales y dialogantes. Además, ningún consenso es fácil sobre la base de una vida buena, basada en valores éticos concretos; no es posible ni es conveniente. Lo que interesa es la aceptación universal de las normas constitucionales.

No obstante, como han señalado ya algunos autores, habría que ver hasta qué punto estos procedimientos son de verdad neutrales; hasta qué punto lo pueden ser. El mismo Buchanan reconoce que él extiende los preceptos del liberalismo también a los métodos para hacer reformas11. No conviene olvidar que, en última instancia, también la estructura básica y las instituciones bajo las que uno vive “moldean” la concepción del hombre, de sus fines y su carácter, ejerciendo una función educativa. Es decir, las instituciones educan a los ciudadanos produciéndose una suerte de socialización inconsciente. Además, en su libro Why I too am not a Conservative, incide mucho más que en otras de sus obras en la necesidad de construir un ideal liberal, un ideal normativo; incluso una “utopía realista”, parafraseando al Rawls que, por otra parte, tanto admira.

Queda claro que lo mejor y lo más útil para ambos autores es reservar a la esfera privada de la vida de las personas los aspectos relacionados con la religión y la cultura. Lo más eficaz es que los ciudadanos guarden sus diferencias (sus creencias religiosas y actitudes culturales) para la esfera privada o el ámbito de la sociedad civil, y que practiquen la virtud liberal de la tolerancia; un tipo de tolerancia “negativa”: la que se identifica únicamente con la ausencia de impedimentos legales y que tiene su origen en la época de las guerras de religión12.

Este tipo de liberalismo sólo aspira a tratar la actual diversidad cultural como una forma más de pluralismo. Sus profundas premisas individualistas le impiden pensar en términos de grupos. Pero es que, como recuerda M. Walzer, la tolerancia que defiende la tradición liberal no se centra en grupos, sino en individuos. Entre otras cosas porque, según Buchanan, el libre mercado ofrece también la máxima posibilidad para la excentricidad privada y es más fácil tolerar individuos excéntricos (solitarios en su diferencia) que “eccentric and dissident groups”13.

No es extraño que todo esto no parezca sino un mero expediente para evitar el conflicto; pura solución pragmática, porque todos estos argumentos pueden incluso remontarse hasta las guerras de religión del siglo XVI, y conectan claramente con las premisas del liberalismo clásico y el concepto de libertad negativa que le es propio: la libertad como ausencia de coacción. Lo que hay que hacer es acomodarse a la diversidad existente e inevitable para garantizar la estabilidad de las sociedades democráticas actuales, siempre y cuando esa diversidad se mantenga dentro de su ámbito propio y no reclame nada del Estado.

Paloma de la Nuez

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Buchanan, J., 2005, Why I too am not a Conservative. (http://es.scribd.com/doc/124627091/Why-I-Too-Am-Not-a-Conservative-James- Buchanan)

Buchanan, J., 1996, Ética y progreso económico, Barcelona, Ariel.

Buchanan, J., 2009, Los límites de la libertad, Madrid, Katz.

Hayek, F.A., 1975, Los fundamentos de la libertad, Madrid, Unión Editorial.

Hayek, F.A., 1982, Derecho, legislación y libertad, vol. III, Madrid, Unión Editorial.

Hayek, F.A., 2009, Individualismo: el verdadero y el falso, Madrid,Unión Editorial.

Walzer, M., 1997,The Politics of Difference. Statehood and Toleration in a Multicultural World, en Mckim, R., ed., The Morality of Nationalism, Oxford U. Press.



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1(Buchanan, J., 2009: 46). Una manera, por cierto, muy reveladora de definir una situación ideal o paradisíaca. Montesquieu hace la reflexión señalada en el texto en su obra Grandeza y decadencia de los romanos.

2 Ibidem: 17

3(Hayek, F.A., 1982: 185)

4 (Hayek,F.A., 2009:48)

5 (Buchanan, J., 1996: 67-89)

6(Buchanan, J., 2009:121)

7(Hayek. F.A., 1975: 21)

8(Buchanan, J., 2005:51).En esta obra Buchanan se declara ferviente admirador de Smith, Kant, Madison, Jefferson, F. Knight y J. Rawls.

9 (Hayek, F.A.,1975:139). Hayek niega que por ser de una comunidad o nación específica un individuo tenga derechos a un nivel determinado de riqueza, por ejemplo. (Ibidem: 139). Incluso afirma tajantemente que “el nacionalismo es un veneno” (Hayek. F.A.,2009:83)

10(Buchanan, 2005). Sin embargo, conviene recordar aquí la importancia que Buchanan concede al statu quo y la estabilidad, por lo menos en Los límites de la libertad, obra muy influenciada por los acontecimientos y el auge de los diferentes movimientos sociales de finales de los años sesenta en EEUU.

11Ibidem. Por eso no admite medios coercitivos aunque la finalidad de los mismos fuera una sociedad liberal.

12  Aunque, como más de un comentarista ha señalado, suponer que en el plano político el ciudadano dejará de lado su compromiso con sus doctrinas es cuanto menos poco realista dada la continuidad existente entre las razones políticas y las personales, sobre todo en ciertos ideales de vida.

13(Walzer, M., 1997: 245-257)


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