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La socioeconomía solidaria como estrategia de desarrollo humano


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La socioeconomía solidaria como estrategia de desarrollo humano. 1[1]

 

Por Dr. Pablo Guerra2[2]



 

Nuestras economías necesitan más solidaridad.

 

1. Comencemos hablando del sentido último de la socioeconomía solidaria: nuestra sociedad, pero de forma más notoria nuestra economía, necesitan de forma urgente mayor dosis de solidaridad.



 

No es que esté ausente. Buena parte de nuestros esfuerzos académicos, compartidos con mucho de Uds., ha consistido justamente en demostrar cómo la cooperación, el amor, la compasión, la fraternidad, la ayuda mutua, en definitiva el espíritu solidario (del latín solidum, que usamos para referirnos al sentimiento de ser parte de un colectivo), explican una parte muy importante de nuestros comportamientos cotidianos en materia económica3[3].

 

Más bien, lo que ocurre es que nos ha tocado vivir en un mundo donde ciertas doctrinas e ideologías exacerbaron el papel del homo oeconomicus, frío, calculador y egoísta, lo elevaron como paradigma del comportamiento racional en la economía, y terminaron entonces por montar una particular cultura económica que ha generado un sinnúmero de situaciones escandalosas y paradójicas.



 

Abanderados detrás de la ideología falaz de la competitividad desenfrenada, los adalides de “la mano invisible del mercado” son incapaces de percibir el “abrazo invisible” que no solo ha explicado el desarrollo humano y económico de civilizaciones enteras en la antigüedad como testifican los estudiosos de la antropología económica, sino que, actualmente también está presente con mucha fuerza en cada uno de nosotros y en muchas de las organizaciones de las que formamos parte, y que podemos situar bajo el paraguas conceptual de la economía solidaria, o socioeconomía solidaria como preferimos denominar nosotros mismos.

 

Sin embargo, no podemos esconder que el pensamiento único ha podido más que el paradigma de la complejidad en estos tiempos que nos ha tocado vivir. De otra manera no podríamos explicarnos cómo seguimos tan lejos de ciertos cánones de bienestar para la inmensa mayoría de la población del mundo. Una parte considerable de nuestros colegas, por ejemplo, siguen más atentos la evolución de un Producto Bruto Interno que de un Indice de Desarrollo Humano. Están más preocupados por un rebrote de la inflación que por un rebrote del cólera. Compran cada mañana el periódico para evaluar el Down Jones, pero seguramente desconocen la evolución que sigue la Tasa de Desempleo.



 

Estimadas amigas y amigos, la economía de la solidaridad como Uds. ya saben, es un enfoque que supera largamente el mero estudio de las organizaciones comunitarias. Todos quienes estamos participando de este nuevo enfoque, estamos convencidos acerca del rol positivo que tienen las organizaciones cooperativas y solidarias en nuestras economías, pero eso no nos alcanza, y por eso intentamos elevar las miras, e incursionar en visiones más amplias, para que en su conjunto las dimensiones micro y macro puedan contribuir a una verdadera humanización de los procesos económicos. Esto, no es nada novedoso para quienes estudiamos la historia de la llamada economía social. Los precursores del cooperativismo, llegaron a las propuestas de construir determinadas organizaciones democráticas y justas (cooperativas y comunidades fundamentalmente), luego de reflexionar sobre la situación socioeconómica, y de distanciarse del discurso liberal en boga. Allí están las obras de Owen, Thompson, Buchez y tantos otros animadores del cooperativismo y fuertemente críticos a un capitalismo salvaje que por entonces se instalaba en varios países europeos.

2. Nuestra intención en este Encuentro no es hacer un repaso de cómo los actores cooperativos contribuyen en la consecución de cada uno de los objetivos fijados en su momento por las Naciones Unidas. Otros ya han realizado esta tarea antes4[4] y todos concuerdan acerca de cómo la matriz social y económica que caracteriza a las organizaciones cooperativas, ayuda positivamente sobre todo en la creación de empleos, en la satisfacción de determinadas necesidades básicas, así como en acercar la demanda a la oferta en ciertas circunstancias en que las empresas capitalistas o del Estado aparecen como muy alejadas de los sectores populares.

 

En definitiva, ya son varios los estudios empíricos que demuestran la pertinencia del movimiento cooperativo y del movimiento de la economía solidaria, como actores fundamentales en la consecución de los objetivos del milenio. Lamentablemente, y a pesar de ello, prácticamente no existe literatura oficial de las Naciones Unidas donde se ubique al sector cooperativo o solidario como actor fundamental en la lucha contra la pobreza y la exclusión y a favor de los Objetivos del Milenio. También faltan estudios más abarcativos en la materia, esto es, análisis que vayan más allá de los meramente organizacionales en materia cooperativa, que integren todas las modalidades de la economía solidaria, y que puedan dar un salto más teórico en estas materias. Justamente nuestra intención, aprovechando esta magnífica oportunidad, es poder reflexionar con todos Uds. algunos aspectos que esconden sendas discusiones teóricas en cuanto a qué entendemos por economía solidaria y cooperativismo, y cómo pueden actuar estos movimientos en el marco de los objetivos del milenio.



 

Digamos, además, y antes de entrar de lleno en nuestra temática, algo con respecto a estos objetivos. Por lo general, he percibido dos grandes tendencias en la opinión pública y política con respecto a esta iniciativa de las Naciones Unidas. Por una parte, están aquellos que ven en este emprendimiento, el mayor esfuerzo concreto por dar pasos contundentes en la lucha contra algunos de los principales males que aquejan al mundo, y sobre todo al mundo en vías al desarrollo. Por otra parte están aquellos que sostienen que se tratan de objetivos miserables, y que al final no ocurrirán grandes cambios en el panorama social de nuestros pueblos. En lo particular manejo una tercer posición en estas materias: si bien creo que algunos objetivos son, evidentemente muy miserables (como por ejemplo plantearse la meta en 15 años de reducir solo a la mitad la pobreza extrema, y dar por sentado que millones continuarán muriéndose de hambre), creo que es sin embargo un instrumento global que posiciona las temáticas sociales en un protagonismo como pocas veces ha tenido, comprometiendo a los Estados Nacionales, y a la comunidad internacional toda, en metas bien específicas. Adelantemos sin embargo, que toda la evidencia hasta el momento hace pensar en que aún así, la probabilidad de cumplir con los objetivos propuestos es, al momento, muy baja, habida cuenta de los indicadores actuales y las proyecciones de cara al futuro. Digamos también, que la comunidad internacional se ha visto sacudida en los últimos años por escenarios que lamentablemente han cambiado el eje de discusión. Todos somos testigos que hoy se habla mucho más de la lucha contra el terrorismo, que de la lucha contra la pobreza.

 

Sin embargo, muchos movimientos sociales, culturales, políticos, y por cierto académicos, persisten en la necesidad de profundizar la mirada y poner el acento en las graves deudas que tenemos en términos de desarrollo humano. Felicito en ese sentido, la iniciativa de este encuentro universitario que invita a reflexionar sobre “los aportes de la economía social y solidaria a los retos del milenio”. Se trata de volver a poner el eje de discusión en los enormes desafíos que desde nuestro continente tenemos en materia socioeconómica, desafíos que son antes que nada éticos, donde la economía social y solidaria tiene mucho para aportar, en el entendido que a diferencia de otros sectores de la economía, aquí la responsabilidad social es entendida no como una mera herramienta de marketing, sino como un componente fundamental de la acción específica que está presente en su historia, en su doctrina y en su práctica cotidiana.



 

 


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