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La Piedra Filosofal o El Secreto de los Alquimistas


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LA CONCIENCIA ATÓMICA
La Ciencia Materialista — La Ciencia Alquímica
En cierta ocasión, en una conferen­cia afirmé que, gran parte de los postulados de la llamada ciencia materialista, serían las mentiras del mañana, y no faltó quien, armas en ristre, saliera a de­fender su posición contraria a mi afir­mación. Más, no soy el único, ni el pri­mero, ni el último en afirmarlo:
“Oímos decir que la idea de la Piedra Filosofal fue un error, pero todas nuestras opiniones han partido de erro­res, y lo que hoy consideramos como la verdad en química, quizá será maña­na reconocido como una falacia.”

J.VON LIEBIG,



FAMILIAR LETTERS IN CHEMISTRY
La “Botánica”, por ejemplo, con­siderada la rama de la ciencia que estu­dia a los vegetales, es otro término mal empleado. Entre los griegos antiguos, los “Botane” eran, literalmente “los habitantes de la hierba”, o sea, las inteligencias elementales o almas de las plantas. De esta manera, la “Botánica” de­bería ser, en rigurosa ciencia, el estudio de los habitantes de la hierba y no úni­camente el estudio de estas últimas.
Si, en rigurosa acepción académica, la ciencia materialista es: “Conocimiento EXACTO y razonado de ciertas cosas”, no podría, pues, errar, siendo un “conocimiento exacto”. Y, si, errar, es, casti­zamente, sinónimo de mentir, y, por otra parte, la ciencia materialista que significa “conocimiento exacto”, ha errado en innumerables ocasiones, es mentiro­sa, falsa y demasiado orgullosa, pues no acepta sus propios errores, los justifica de mil maneras.
¡Ciencia sin Conciencia! ¡Qué ocu­rrencia!
Lo mismo valga para el científico Inconsciente.
Desde el momento en que la llamada ciencia se divorció de los principios místicos y filosóficos, le quitó el alma a la investigación.
Las matemáticas, llamada “ciencia exacta”, ¿no tuvo en uno de sus padres al Divino Pitágoras, tan enunciado en nuestras aulas docentes? Y, se nos dice en estas que fue el descubridor de la tabla de multiplicar, del sistema decimal y del teorema que lleva su nombre, Y, ¿qué estudioso negaría que fue un gran filósofo y místico en todo el sentido de la palabra?
¿Qué diríamos de Paracelso, uno de los fundadores de la medicina experimental, descubridor de la existencia del cinc como metal independiente y definió la toxicidad del arsénico, seña­lando, además la eficacia terapéutica antiluética del precipitado rojo de mercurio? Y Paracelso fue uno de los promo­tores de la Alquimia Mística, la que pro­pone una verdadera transformación de la persona, en la persona.
Alberto Magno (Alquimista) fue el primero en preparar la potasa cáustica y en desentrañar la composición del cinabrio (sulfuro de mercurio) Basilio Valentín (Alquimista) descubrió, además del antimonio, los ácidos clorhídrico y sulfúrico.
Actualmente es ya bastante famoso el gran físico nuclear y Alquimista co­nocido con el nombre de Fulcanelli, cuyas dos obras (El Misterio de las Catedrales y Las Moradas Filosófales) aparecieron respectivamente en 1926 y 1930
Trascribiré a continuación lo que Louis Pawels describe en su obra “El Retorno de los Brujos”, sobre una entrevista que su amigo Jacques Bergier tuvo en 1937 con el Adepto Fulcanelli:
A petición de André Helbronner (notable físico nuclear francés), mi ami­go (Jacques Bergier, asistente de Helbronner) se entrevistó con el misterioso personaje en el prosaico escenario de un laboratorio de ensayos de la Sociedad del Gas, de París. He aquí, exactamente, su conversación:
“Monsieur André Helbronner, del que tengo entendido que es usted ayudan­te, anda buscando la energía nuclear. Monsieur Helbronner ha tenido la amabi­lidad de ponerme al corriente de algunos de los resultados obtenidos, especial­mente de la aparición de la radioactividad correspondiente al Polonio, cuando un hilo de Bismuto es volatilizado por una descarga eléctrica en el seno del deu­terio a alta presión. Están ustedes muy cerca del éxito, al igual que algunos otros sabios contemporáneos. ¿Me permi­te usted que le ponga en guardia? Los trabajos a que se dedican ustedes y sus semejantes son terriblemente peligrosos. Y no son sólo ustedes los que están en peligro, sino también la Humanidad entera. La liberación de la energía nu­clear es más fácil de lo que piensa. Y la radiactividad superficial producida puede envenenar la atmósfera del Planeta en algunos años. Además, pueden fabricarse explosivos atómicos con algunos gramos de metal y arrasar ciudades ente­ras. Se lo digo claramente: los alquimistas lo saben desde hace mucho tiempo”.
Bergier se dispuso a Interrumpirle, protestando. ¡Los alquimistas y la física moderna! Iba a prorrumpir en sar­casmos, cuando el otro lo atajó:
“Ya sé lo que va a decirme: los alquimistas no conocían la estructura del núcleo, no conocían la electricidad, no tenían ningún medio de detección. No pudieron, pues, realizar ninguna transmutación, no pudieron, pues, libe­rar jamás la energía nuclear. No intenta­ré demostrarle lo que voy a decirle ahora, pero le ruego que lo repita a Mon­sieur Helbronner: bastan ciertas disposi­ciones geométricas de materiales extre­madamente puros para desencadenar las fuerzas atómicas, sin necesidad de utili­zar la electricidad o la técnica del vacío. Y ahora me limitaré a leerle unas breves líneas”.
El hombre tomó de encima de su escritorio la obra de Fréderic Soddy, L’interprétation du Radium, la abrió y leyó:
“Pienso que existieron en el pasado civilizaciones que conocieron la energía del átomo y que fueron totalmente destruidas por el mal uso de esta energía”.
Después prosiguió:
“Le ruego que admita que algunas técnicas parciales han sobrevivido. Le pi­do también que reflexione sobre el hecho de que los alquimistas mezclaban preocu­paciones morales y religiosas con sus ex­perimentos, mientras que la Física moder­na nació en el siglo XVIII de la diversión de algunos señores y de algunos ricos li­bertinos. CIENCIA SIN CONCIENCIA...”
He creído que hacía bien advirtiendo a algunos investigadores, aquí y allá, pero no tengo la menor esperanza de que mi advertencia fructifique. Por lo demás, no necesito la esperanza.
Bergier se permitió hacer una pre­gunta:
“— Si usted mismo es alquimista, señor, no puedo creer que emplee su tiempo en el intento de fabricar oro, como Dunikovski o el doctor Miethe. Desde hace un año, estoy tratando de documentarme sobre la alquimia y sólo he tropezado con charlatanes o con interpretaciones que me parecen fantásticas”. ¿Podría usted, señor, decirme en qué consisten sus investigaciones?
“— Me pide usted que resuma en cuatro minutos cuatro mil años de fi­losofía y los esfuerzos de toda mi vida. Me pide, además, que le traduzca en len­guaje claro conceptos que no admiten el lenguaje claro. Puedo, no obstante, decirle esto: no ignora usted que, en la Ciencia Oficial hoy en progreso, el papel del observador es cada vez más importan­te. La relatividad, el principio de incer­tidumbre, muestran hasta qué punto interviene hoy el observador en los fenó­menos. El secreto de la alquimia es éste: existe un medio de manipular la materia y la energía de manera que se produzca lo que los científicos contemporáneos llamarían un campo de fuerza. Este campo de fuerza, actúa sobre el obser­vador y le coloca en una situación pri­vilegiada frente al Universo. Desde este punto privilegiado tiene acceso a realidades que el espacio y el tiempo, la materia y la energía, suelen ocultarnos. Es lo que nosotros llamamos la Gran Obra.”
Pero, ¿y la piedra filosofal? ¿Y la fabricación del oro?
“Esto no es más que aplicaciones, casos particulares. LO ESENCIAL NO ES LA TRASMUTACIÓN DE LOS META­LES, SINO LA DEL PROPIO EXPERI­MENTADOR. ES UN SECRETO ANTI­GUO QUE VARIOS HOMBRES EN­CONTRARAN TODOS LOS SIGLOS”.
¿Y en qué se convierten enton­ces?
“Tal vez algún día lo sabrá”.
“Mi amigo no vería nunca más a aquel hombre, que dejó un rastro imbo­rrable bajo el nombre de Fulcanelli. Todo lo que sabemos de él es que sobre­vivió a la guerra y desapareció comple­tamente después de la Liberación. Todas las gestiones para encontrarlo fracasaron. Estas gestiones fueron bien reales, pues las llevó a cabo la comisión “Alsos”, patrocinada por la CIA americana, que, después de 1945, tenía órdenes muy estrictas de encontrar a todos los que hubiesen tenido relación alguna con la ciencia atómica en Europa. Bergier fue llamado a declarar, pero no pudo proporcionar ninguna pista al coman­dante que lo interrogó. Este le permitió examinar el primer documento conocido sobre la utilización militar del átomo. Jacques Bergier comprobó entonces que se había descrito perfectamente la pila atómica como “una estructuración geo­métrica de sustancias extremadamente puras” y que, por otra parte, ese mecanis­mo no requería la electricidad ni la téc­nica del vacío, tal como lo había predicho Fulcanelli. El informe acababa exponiendo la posibilidad de que se produjera una contaminación atmosférica susceptible a extenderse a todo el Plane­ta. Se comprende que tanto Bergier como los oficiales americanos desearan encontrar a un hombre cuya existencia era una prueba fehaciente de que la ciencia alquímica llevaba muchas déca­das de ventaja a la ciencia oficial. Y si Fulcanelli ocupaba una posición tan ventajosa respecto a los conocimien­tos atómicos, también debería estar bien informado sobre muchos otros asun­tos, y tal vez por eso fueran vanas todas las pesquisas”.
Para reflexión de nuestros lectores, veamos a qué conclusión científica llegó uno de los más grandes sabios de la época, Einstein, según entrevista personal que Giovanni Papini consigna­ra en su obra “GOG”.
Einstein se ha resignado a recibir­me porque le he hecho saber que le te­nía reservada la suma de 100.000 marcos, con destino a la Universidad de Jerusalén (Monte Scopus)
Le encontré tocando el violín. (Tie­ne, en efecto, una verdadera cabeza de músico.) Al verme, dejó el arco y comen­zó a interrogarme.
—¿Es usted matemático?

— No.


—¿Es físico?

— No.


—¿Es astrónomo?

— No.


—¿Es ingeniero?

— No.


—¿Es filósofo?

— No.


—¿Es músico?

— No.


—¿Es periodista?

— No.


—¿Es israelita?

— Tampoco.


— Entonces, ¿por qué desea tanto hablarme? ¿Y por qué ha hecho un dona­tivo tan espléndido a la Universidad hebrea de Palestina?
— Soy un ignorante que desea instruirse y mi donativo no es más que un pretexto para ser admitido y escu­chado.
Einstein me perforó con sus ojos negros de artista y pareció reflexionar.
— Le estoy agradecido por el dona­tivo y por la confianza que tiene en mí. Debe convenir, sin embargo, que decir­le algo de mis estudios es casi imposible si usted, como dice, no conoce ni las matemáticas ni la física. Yo estoy habi­tuado a proceder con fórmulas que son incomprensibles para los no iniciados, y hasta entre los iniciados son poquísimos los que han conseguido comprenderlas de un modo perfecto. Tenga, pues, la bondad de excusarme...
— No puedo creer — contesté — que un hombre de genio no consiga expli­carse con las palabras corrientes. Y mi ignorancia no está, sin embargo, tan absolutamente desprovista de Intuición...
— Su modestia — repuso Einstein — y su buena voluntad merecen que haga violencia a mis costumbres. Si algún punto le parece oscuro, le ruego desde ahora que me excuse. No le hablaré de las dos relatividades formuladas por mí: eso ya es una cosa vieja que puede encontrarse en centenares de libros. Le diré algo sobre la dirección actual de mi pensamiento.

“Por naturaleza soy enemigo de las dualidades. Dos fenómenos o dos concep­tos que parecen opuestos o diversos, me ofenden. Mi mente tiene un obje­tivo máximo: Suprimir las diferencias. Obrando así permanezco fiel al espíritu de la conciencia que, desde el tiempo de los griegos, ha inspirado siempre a la uni­dad. En la vida y en el arte, si se fija usted bien, ocurre lo mismo. El amor tiende a hacer de dos personas un solo ser. La poesía, con el uso perpetuo de la metáfora, que asimila objetos diversos, presupone la identidad de todas las cosas.


“En las ciencias este proceso de uni­ficación ha realizado un paso gigantesco. La astronomía, desde el tiempo de Ga­lileo y de Newton, se ha convertido en una parte de la física. Riemann, el ver­dadero creador de la geometría no Euclidiana, ha reducido la geometría clásica a la física; las investigaciones de Nernst y de Max Boro han hecho de la química un capítulo de la física; y como Loeb ha reducido la biología a hechos quími­cos, es fácil deducir que incluso ésta no es, en el fondo, más que un párrafo de la física. Pero en la física existían, hasta hace poco tiempo, datos que pare­cían irreductibles, manifestaciones distin­tas de una entidad o de grupos de fenómenos. Como, por ejemplo, el tiempo y el espacio; la masa inerte y la masa pesada, esto es, sujeta a la gravitación; y los fenómenos eléctricos y los mag­néticos, a su vez diversos de los de la luz. En estos últimos años estas manifestaciones se han desvanecido y estas distinciones han sido suprimidas. No solamente, como recordará he demostrado que el espacio absoluto y el tiempo universal carecen de sentido, si no que he deducido que el espacio y el tiempo son aspectos indisolubles de una sola realidad. Desde hace mucho tiempo, Faraday había establecido la identidad de los fenómenos eléctricos y de los magnéticos, y más tarde, los experimentos de Maxwell y Lorenz han asimilado la luz del electromagnetismo. Permanecían, pues, opuestos, en la física moderna, sólo dos campos: El campo de la gravitación y el campo electromagnético. Pero he conseguido, finalmente, demostrar que también estos constituyen dos aspectos de una realidad única. Es mi último descubrimiento: La teoría del campo unitario. Ahora, espacio, tiempo, materia, energía, luz, electricidad, inercia, gravitación, no son mas que nombres diversos de una misma homogénea actividad. Todas las ciencias se reducen a la física, y la física se puede ahora reducir a una sola fórmula. Esta fórmula, traducida al lenguaje vulgar, diría poco más o menos así: “Algo se mueve”. Estas tres palabras son la síntesis última del pensamiento humano.
Einstein se debió de dar cuenta de la expresión de mi rostro, de mi estupor.
-¿Le sorprende –añadió- la aparente sencillez de este resultado supremo? ¿Millares de años de investigaciones y de teorías para llegar a una conclusión que parece un lugar común de la experiencia más vulgar? Reconozco que no está del todo equivocado. Sin embargo, el esfuerzo de síntesis de tantos genios de la ciencia lleva a esto y nada más: “Algo se mueve”. Al principio –dice San Juan- era el verbo. Al principio –contesta Goethe- era la acción. Al principio y al fin –digo yo– es el movimiento. No podemos decir ni saber más. Si el fruto final del saber humano le parece una vulgarísima serba, la culpa no es mía. A fuerza de unificar es necesario obtener algo increíblemente sencillo.
Hasta aquí esta trascripción.
Queda un interrogante: ¿Qué es lo que anima al movimiento? En las sagradas escrituras se nos dice: “…y el espíritu de Dios se MOVÍA sobre la haz de las aguas.” En alquimia sabemos perfectamente de qué se trata…
Valga la pena decir, que si todas las ciencias se reducen a la física, la física se reduce a la alquimia. No en vano, a la filosofía Hermética (ciencia alquímica) se le ha llamado “La Madre de todas las Ciencias”…


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