• IV. LA CONCRECIÓN INJUSTIFICADA: EL HOMO ECONOMICUS: EL HOMO ECONOMICUS COMO LA BASE DE LA TEORÍA DE LOS PRECIOS 1

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    La concreción injustificada: el homo economicus


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    CONOMÍA Y MEDIO AMBIENTE Lectura 20


    DOCENTE: Rosa Ferrín Schettini Página

    II Semestre: marzo-julio de 2004




    IV. LA CONCRECIÓN INJUSTIFICADA: EL HOMO ECONOMICUS: EL HOMO ECONOMICUS COMO LA BASE DE LA TEORÍA DE LOS PRECIOS1
    LA ABSTRACCIÓN más importante, que resulta básica para la teoría económica contemporánea, es la del Homo economicus a partir de los seres humanos de carne y hueso. Nadie duda que está involucrada una abstracción considerable. Pero la mayoría de los economistas creen que así no se causa daño alguno a su disciplina. Confían estos economistas en que saben lo necesario acerca del comportamiento humano, a partir de su modelo, sin necesidad de examinar detalladamente el comportamiento humano real. En este capítulo examinaremos esta abstracción tal como funciona en la teoría económica, a fin de determinar la medida en que conduce a la falacia de la concreción injustificada.
    El Homo economicus alcanza su delineación más clara en la teoría del valor de cambio o el precio. Hay aquí dos supuestos. Primero, se supone que las necesidades totales del individuo son insaciables. Pero en segundo lugar se supone que, a medida que los individuos adquieren bienes particulares, disminuye su deseo de un consumo adicional de ese bien, llamado la función de utilidad de ese bien. El análisis marginal, la columna vertebral de la economía neoclásica, se basa en esta última idea combinada con el reconocimiento de que el precio se determina por la utilidad marginal. Esto significa que el precio que pagamos por un bien es lo que vale para nosotros una unidad adicional de ese bien, dada la cantidad que ya tenemos. Tendemos a interesarnos en un tercer helado menos que en el primero, o en el décimo par de zapatos menos que en el segundo. Si ya tenemos cinco corbatas pero sólo una camisa, pagaríamos considerablemente más para adquirir una segunda camisa que una sexta corbata. En algún punto, tendremos todo lo que queremos de algún bien y perderemos todo interés por adquirir más a cualquier precio. Ésta es una base sólida para la teoría económica, y afirmamos el valor y la validez del análisis marginal. Pero la teoría de los precios da un segundo paso más cuestionable. La necesidad de ser una ciencia deductiva capaz de cuantificar la lleva a declarar que sólo los bienes consumidos por un individuo contribuyen a la satisfacción de ese individuo o a su “función de utilidad”. El “consumo”, tal como se concibe aquí, no excluye los regalos. Podemos comprar regalos para los amigos, y el placer que nos da su felicidad se incluye en la función de utilidad. Por lo tanto, nuestro disfrute por el disfrute de otros cuenta en la medida en que lo paguemos. Mientras se satisfaga esta condición, el Homo economicus puede actuar generosamente.
    Lo que se excluye del Homo economicus son las preocupaciones por las satisfacciones o los sufrimientos de otras personas que no se expresen como nuestra actividad de mercado. Por ejemplo, el Homo economicus no experimenta ningún placer cuando un vecino recibe un regalo de alguien más o un ascenso, o cuando un filántropo regala un parque para niños pobres. Esto incrementa la función de utilidad del filántropo, pero no la de otro individuo de la comunidad. De igual modo, el Homo economicus no envidia el nuevo automóvil del vecino, ni le duele su derrota en la competencia por un honor. El Homo economicus no conoce la benevolencia ni la malevolencia en ninguno de estos casos: se siente indiferente.
    Cuando se compara el Homo economicus con la gente de carne y hueso, en este sentido, el contraste es sorprendente. El Homo economicus se siente indiferente a la posición relativa en la sociedad, pero en el mundo real gran parte de la satisfacción experimentada por los individuos en la vida depende de su posición en relación con otros individuos; en otras palabras de su posición relativa en su comunidad. En conjunto, quienes se encuentran en una posición relativamente mejor reportan que son más felices que otros miembros de su sociedad que se encuentran en una posición relativamente peor. Esto es lo que esperaría la mayoría de nosotros. Pero cuando se hacen comparaciones a través del tiempo o entre las sociedades, hay escasa diferencia en la felicidad propia reportada de una sociedad a otra. Es decir, el hecho de que en una fecha posterior esté la mayoría de los individuos consumiendo mucho más en términos absolutos no tiene gran efecto sobre la felicidad. Y los miembros de las sociedades ricas no reportan en general que se sientan más felices que los miembros de las sociedades más pobres. En suma, el nivel absoluto del bienestar económico contribuye poco a la satisfacción personal, mientras que el nivel relativo dentro de una sociedad dada contribuye considerablemente. Una abstracción que olvida este punto por entero no puede proveer una guía adecuada para la política económica.
    La teoría económica contemporánea no puede ajustarse fácilmente a las discontinuidades entre el Homo economicus y la gente real. Gran parte de la teoría requiere el modelo y no puede formularse sin él. Requiere el supuesto de funciones de utilidad independientes, lo que significa que la satisfacción de cada individuo deriva de los bienes adquiridos por ese individuo en el mercado. Sin este supuesto, la teoría se convierte en un embrollo de esoterismo matemático; en particular, no puede demostrar que la competencia pura conduzca a una distribución óptima de los recursos. El equilibrio general se convertiría en un logro más imposible aún, y la mano invisible se volvería invisible para la razón, no sólo para el ojo.
    La característica principal del Homo economicus que aparece en esta imagen es la del individualismo extremo. Lo que ocurra a otros no afecta al Homo economicus, a menos que éste lo haya causado mediante un regalo. Ni siquiera las relaciones externas a otros, como la posición relativa en la comunidad, hace alguna diferencia. Además, sólo los bienes escasos, los que se intercambian en el mercado, tienen algún interés. Los regalos de la naturaleza no tienen importancia, como tampoco la tiene la moral de la comunidad de la que forma parte el Homo economicus. Cuando los economistas obtienen conclusiones de este modelo, acerca del mundo real, no hay duda de que cometen la falacia de la concreción injustificada.
    Mientras afirmamos el principio de la utilidad marginal, disputando sólo que la utilidad se deriva en formas tan limitadas, nos sentimos mucho más dudosos acerca de la otra característica fundamental del Homo economicus postulada por la teoría de los precios: el deseo insaciable de los bienes. La ley de la utilidad marginal decreciente se aplica al ingreso, y por lo tanto a los bienes en general. Si disminuye la utilidad marginal del ingreso, más allá de cierta cantidad tendremos suficiente, para todos los propósitos prácticos. El postulado de la insaciabilidad niega esto, apelando a nuevos bienes y nuevos deseos, y al ocio como un bien del que siempre deseamos más. Pero de nuevo, ¿no tiene también el ocio una utilidad marginal declinante y no podemos tener suficiente de él? ¿Y no nos fastidiamos con una corriente de bienes nuevos si no hemos aprendido aún a utilizar los antiguos? El postulado de la insaciabilidad parece mal fundado y en considerable tensión, si no es que contradicción, con la ley de la utilidad marginal decreciente, mucho mejor fundada. Incluso el argumento de sentido común en favor de la insaciabilidad, de que los muy ricos parecen disfrutar su consumo elevado, deja de ser una proposición generalizable porque los ricos contratan a otros para que se encarguen del trabajo de mantenimiento asociado al consumo. Los muy ricos reservan su tiempo para montar sus caballos, dejando que los empleados los bañen y peinen y limpien el establo. Podría replicarse que este es sólo un aspecto de la escasez del ocio. Si tuvieran más ocio, los ricos podrían montar más caballos y limpiar sus propios establos. Pero entonces lo fastidioso de la limpieza de los establos fijaría un límite a la monta de caballos. Sin la ayuda de los pobres, los ricos consumirían mucho menos. Y si todos fuesen ricos, ¿dónde podría conseguirse la ayuda alquilada?
    Si la insaciabilidad fuese el estado natural de la naturaleza humana, no habría necesidad de la agresiva publicidad estimulante de los deseos, ni del montón de novedades que tratan de promover la insatisfacción con el modelo del año pasado. El sistema trata de reformar a la gente para que encaje en sus propios supuestos. Si los deseos de los individuos no son naturalmente insaciables, debemos volverlos insaciables para que el sistema siga adelante. Ya en los años cuarenta, esto era evidente para John Steinbeck, cuyo personaje de The Wayward Bus, Pimples Carson, gastaba la mitad de su ingreso en médicos y tratamientos cuyos anuncios prometían curar su acné, y la otra mitad en dulces y pasteles cuyos anuncios le decían que un hombre trabajador necesita la energía de la alimentación rápida. De este modo, Pimples Carson se convierte en el consumidor insaciable, con gran beneficio de los fabricantes de caramelos y de lociones para el acné, pero en su perjuicio personal.
    Los defensores del principio de la insaciabilidad pueden señalar que incluso los muy ricos o algunos de ellos trabajan duro para adquirir más. Pareciera que su deseo fuese insaciable. Pero éstos son a menudo individuos que gastan relativamente poco en el consumo personal, es decir, en los bienes que provocan un deseo insaciable de acuerdo con la teoría económica. Su motor parece ser el poder o la posición relativa frente a otros ricos, factores éstos que no le interesan al Homo economicus.
    Quizá pudiera demostrarse mejor la insaciabilidad si se destacara la filantropía. Es posible que sea insaciable el disfrute del placer de quienes beneficiamos con regalos. Dado que la donación ilimitada es más fácilmente concebible que el consumo ilimitado, resulta sorprendente que este argumento no sea más prominente.
    Es posible que la explicación resida en el hecho de que la función de utilidad del Homo economicus se ha entendido eminentemente en términos del consumo en sentido ordinario. Contar la compra de un bien para otro como un consumo ha sido una concesión de la que no se ha derivado nada. Si destacáramos el placer que le produce al Homo economicus el placer de quienes reciben un regalo, sería demasiado sorprendente la inconsistencia de no permitirle disfrutar de cualquier otro disfrute de los demás, hasta el punto de resultar intolerable. La concesión de este disfrute de la generosidad se hace de tal modo que la compra de regalos para otros no tenga que restarse de la función de utilidad. No debe tomarse la generosidad como un rasgo importante de la psicología del Homo economicus. La teoría requiere que el Homo economicus sea adquisitivo sin límite, y es así como lo ha postulado.
    A veces se formula explícitamente la limitación del interés del Homo economicus a la ganancia personal. F. Y. Edgeworth escribió que “El primer principio de la economía es que todo agente se mueve por el interés propio” (Mathematical Psychics 1881). Edgeworth creía que esto se aplicaba bien a la guerra y al contrato, pero no a otros campos. La apoteosis literal de la doctrina del interés propio la alcanzó el economista alemán Hermann Heinrich Gossen, cuyo libro titulado The Laws of Human Relations (1854) ha sido sacado de la oscuridad porque anticipaba la teoría marginalista de Jevons (1924) y Menger (1950). La regla de oro de Gossen era: “Organiza tus acciones para tu propio beneficio”. Dios implantó el interés propio en el pecho humano como la fuerza motivadora del progreso. Siguiendo el interés propio, seguimos la voluntad de Dios. Cuando se obstruye el interés propio, sólo se inhibe el plan de Dios. Con indignación, se pregunta Gossen: “¿Cómo puede ser una criatura tan arrogante que desee frustrar en todo o en parte el propósito de su Creador?” ([1854] 1983, p. 4). Pero los propósitos de Dios no serán torcidos por arrogantes moralidades porque la fuerza del egoísmo, divinamente implantada, es demasiado poderosa para ser superada.

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