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La ciencia ficción en el cine como representación de la manipulación mediática en la sociedad. Análisis semiótico de la saga cinematográfica


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1La ciencia ficción

La ciencia ficción es un género de creación cultural y artística, que ha tenido su auge desde el siglo XX hasta nuestros días en los campos de la literatura, el cine, los videojuegos y las obras de arte, entre otros; sin embargo, sus fundamentos son temas que están en constante disputa entre los teóricos, pues hay múltiples visiones sobre sus antecedentes y definición.


Para Darko Suvin, teórico especializado en ciencia ficción, este género es una “… literatura del extrañamiento cognitivo.” (Suvin, 4) Con extrañamiento se refiere a la oposición con las historias naturalistas, aspecto que comparte con el mito y la fantasía; aunque la ciencia ficción difiere en su acercamiento y función social. (Suvin, 3) Esto es debido a su carácter cognitivo, pues las formas narrativas anteriormente mencionadas se basan en reglas supernaturales propias que están dadas por hecho, mientras que en la ciencia ficción se hace un reflejo de la sociedad inmediata del autor, que es transformada gracias a la extrapolación del conocimiento y la relación con elementos ajenos a lo real.
Para dar continuidad a la idea del carácter de extrañamiento, Suvin afirma que el género literario que puede considerarse como la referencia directa de la ciencia ficción es la utopía. Al revisar los antecedentes del concepto desde la filosofía clásica, el pensamiento utópico era considerado como la proyección de una sociedad idealizada, presente desde los planteamientos de Platón en su obra La República, como modelos de estructuras sociales. Sin embargo, el término utopía como se conoce en la actualidad fue propuesto por el filósofo inglés Tomás Moro en su libro homónimo, publicado en 1516.
La utopía se entiende como una “… locación alternativa radicalmente diferente con respecto a las condiciones sociopolíticas del contexto histórico del autor.” (Suvin, 41) La importancia de este no-lugar7, consiste en que permite al sujeto tomar distancia de las condiciones en las que se desenvuelve, para así obtener una visión crítica de su entorno, desde una perspectiva social. En la ciencia ficción, durante su primera etapa, la crítica se realizó en tanto al extrañamiento cognitivo de la ciencia y la definición de lo otro, mientras que a partir de la segunda mitad del siglo XX, el paradigma de lo extraño se tornó hacia la dialéctica entre lo normativo y lo subversivo en las interacciones humanas.
Suvin, para exponer cómo se diferenciaba la ciencia ficción de los demás géneros, afirmó que este “… es distinguido por la dominación narrativa o hegemonía de un novum8 ficticio (novedad, innovación) validado por la lógica cognitiva.” (Suvin, 63) Dicho elemento transforma la realidad empírica del autor y los lectores en aspectos cruciales o de manera radical; estos pueden ser un invento, un agente o una alteración espacio-temporal. (Suvin, 64) Así pues, el novum es todo aquel componente extraño que se antepone a las reglas naturales y es el motor sobre el cual gira el argumento principal de las obras.
Con respecto a esta idea, Frank Cioffi establece tres categorías del comportamiento del novum dentro de las historias de ciencia ficción. En la primera, denominada status quo, existe una batalla constante entre la realidad y lo anormal, donde se busca recuperar el orden tradicional; tal es el caso de historias como 2001: A space odissey. El segundo nivel es lo subversivo, donde el elemento extraño no puede ser eliminado, por lo que en consecuencia, es incorporado al sistema o provoca su destrucción, así se muestra en la tetralogía Alien. Por último, en la categoría del otro mundo, se presenta un universo completamente alterno, ejemplo de ello es la saga de Star Wars. (Cioffi en Broderick, 25)
Para que el novum obtenga su carácter científico significativo, Suvin explica que este debe ser considerado como probable y que no vaya más allá de las reglas de la física. (Suvin, 66) El autor es consciente de que la ciencia ficción es una hipótesis literaria de lo que pasaría si se rompiera la cotidianeidad por la interrupción de un elemento o fenómeno extraño y, por lo tanto, no tiene una veracidad comprobable con base en la experimentación empírica. A pesar de ello, para ser considerado dentro del género, este elemento o fenómeno se debe arraigar, aunque sea de manera mínima, a lo lógico.
Así pues, como la literatura en sí misma, la ciencia ficción remonta sus orígenes al mito, la fantasía y el pensamiento utópico, desde las civilizaciones antiguas sobre mundos alternativos y viajes a la luna, pero cabe señalar que, como menciona Isaac Asimov en su ensayo La primera novela de Ciencia Ficción9, estas narraciones no pueden considerarse ciencia ficción como tal, debido a que el desarrollo científico y su impacto en la sociedad no son primordiales dentro de la historia. Por otro lado, en respuesta a lo anterior, la escritora Ursula K. Le Guin afirma que es inherente la relación de la ciencia ficción con el mito10, aunque no en la perspectiva religiosa, sino desde el aspecto literario de lo que llama submito11. Con ello, se refiere a todas aquellas figuras que dicho género ha implantado en el imaginario colectivo, que se mueven de manera intertextual y que tienen sentido al basarse en arquetipos, ya sea de forma consciente o inconsciente. Entonces, la ciencia ficción es capaz de establecer tropos colectivos dentro de sus argumentos, debido a su aspecto metafórico y simbólico, los cuales se fundamentan en el carácter de extrañamiento cognitivo, como una especie de puente entre lo mítico y la razón.
A partir de los cambios de paradigma del siglo XVIII, la proto-ciencia ficción12 comenzó a desligarse de los elementos mágicos para sustituirlos por planteamientos científicos en forma de novum. En la época del post-romanticismo, surgió la obra Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley, texto apreciado como el primero de ciencia ficción en la época moderna13. En esta historia, Shelley abordó el tema de la creación de vida artificial por medio de la experimentación científica, cuyo resultado era un ser monstruoso.
La novela Frankenstein es indispensable para comprender la visión de la sociedad de aquella época, en relación al imparable desarrollo científico y la pérdida de fe en la omnipotencia divina. La autora muestra al personaje del monstruo como la representación del novum de la vida mecánica sobre la orgánica, con un carácter profundamente nostálgico al encontrarse inmerso en un mundo que lo rechaza al ser diferente.
En esos tiempos, Edgar Allan Poe, escritor de cuentos de terror, también desarrolló historias con principios científicos, tales como La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall (1835), donde el protagonista se traslada al espacio, y Una historia de las montañas Ragged (1844), en la que habla del viaje en el tiempo. Poe intentaba dar a estas ficciones un carácter de verosimilitud (Hamilton, 8), rasgo que es primordial dentro de la ciencia ficción. Así pues, gracias a los constantes avances científicos y la influencia literaria de Shelley y Poe, el paso de la novela gótica cientificista a la ciencia ficción, como género en forma, se dio a partir de los textos de Jules Verne y H.G. Wells a finales del siglo XIX.
Jules Verne, novelista francés reconocido por sus libros sobre viajes extraordinarios, fue pionero en argumentar sus odiseas con base en la tecnología; a pesar de que ya existían escritos sobre traslados a lugares inalcanzables para esa época, como la luna o las profundidades del mar. Verne dio un lugar primordial a la ciencia dentro de sus historias, con un equilibrio entre lo posible y lo imaginativo. (Asimov, 98). Sus principales novelas son: Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), 20,000 leguas de viaje submarino (1869) y La vuelta al mundo en 80 días (1873).
Por su parte, la obra de H.G. Wells abarcó los temas clave de la ciencia ficción al momento de su origen, tales como “… el viaje en el tiempo, la invasión alienígena, la mutación biológica, las ciudades futuristas y las anti-utopías” (Parrinder en Roberts, 61). Wells expuso en ellas, a manera de metáforas, la interrelación entre nuestra realidad y un elemento extraño que impacta sobre nosotros. (Roberts, 63). Sus obras más conocidas son: La máquina del tiempo (1895), La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898).
Otros autores que en el siglo XX escribieron ciencia ficción fueron Arthur Conan Doyle y Edgar Rice Burroughs; aunque no se dedicaron de lleno al género, sus novelas son consideradas por algunos teóricos como relevantes. Doyle fue un escritor británico mejor conocido por la serie de Sherlock Holmes, aunque también creó al Profesor George Challenger, un investigador de dinosaurios vivos cuyas aventuras se publicaron por primera vez en 1912. Por su parte Burroughs, autor de Tarzán de los monos (1912), tuvo una serie de 10 libros con una trama ubicada en el planeta Marte.
En relación con las categorías de Cioffi mencionadas anteriormente, durante estos primeros años de la ciencia ficción, las historias se concentraban en exponer cómo el desarrollo científico brindaba la posibilidad del encuentro con lo otro, desde la perspectiva de que este novum presentaría un cambio positivo para la humanidad, o por el contrario, que esta colisión de lo real y lo ajeno daría un giro dionisíaco a la sociedad.
La ciencia ficción alcanzó popularidad a partir de la década de los 20 con las revistas conocidas como pulps, que eran publicaciones de consumo popular con precios bajos. En ese entonces, los principales pulps de ciencia ficción eran Amazing Stories (1926) de Hugo Gernsback y Astounding Science Fiction (1937) de John Campbell. Roberts menciona que ambos autores creían que la ciencia ficción era un acercamiento al conocimiento científico a través de la educación y el entretenimiento (Roberts, 68).
Los pulps dieron a conocer a escritores como E.E. “Doc” Smith, quien a partir de su serie Lensman es considerado el fundador del subgénero de la ópera espacial. (Roberts, 72) La temática de esta corriente se desarrolla en el espacio con personajes extraterrestres y naves capaces de recorrer grandes distancias. De igual modo, Isaac Asimov comenzó a escribir en estas revistas, pero con la publicación de su serie Fundación y el libro Yo, Robot logró consolidarse como uno de los escritores icónicos de la ciencia ficción. En este punto de la ciencia ficción, los escenarios y situaciones ya no tenían relación directa con el planeta Tierra y sus leyes físicas, sino que los autores comenzaron a inventar sus propios universos alternos con otra realidad científica.
Entre 1950 y 1960, a pesar de la declinación en las ventas de revistas, la ciencia ficción pasó a convertirse en un fenómeno de masas al incrementar la producción de libros, además de la elaboración constante de películas y series de televisión. Por otra parte, hubo una generación de escritores que retomaron el carácter crítico del género y comenzaron a utilizar sus obras como una plataforma de denuncia a la hegemonía; esta nueva ola se caracterizó por el escepticismo hacia la ciencia y el sistema sociopolítico, consecuencia de los horrores provocados por las guerras mundiales y la tensión de la Guerra Fría.
Por lo tanto, en dicho periodo se desarrolla el concepto de distopía o realidad indeseable, donde las reglas en las que se basa la sociedad representada están dadas como una extrapolación de los miedos generados por el fascismo y el sistema económico capitalista. Thomas Moylan afirma que la literatura distópica no es el contrario directo de la utopía, sino que se mueve entre el pensamiento utópico y la anti-utopía14, lo que da como resultado un subgénero oximorónico.
En la narrativa distópica existen dos tipos de novum: el del mundo alterno y el del agente, este último representado por un personaje alienado al principio de la historia, que comienza a reconocer la forma de operación del sistema hegemónico y se resiste a él. Tal idea de cambio puede resultar de dos maneras; en la distopía utópica la victoria es posible, mientras que en la distopía anti-utópica la alternativa es desoladora. (Moylan, XIII)
Si bien desde las obras The machine stops (1909) de E. M. Forster, Nosotros (1924) de Yevgeny Zamyatin y Un mundo feliz de Aldous Huxley, se abordó el tema de la enajenación y la mecanización del individuo; no fue hasta la publicación de la obra 1984 (1949), de George Orwell, que se abrió el panorama de la ciencia ficción hacia las ciencias sociales, por lo cual las distopías contenían críticas profundas hacia la política, la economía, la cultura de masas y las cuestiones de género. En esta novela se plantea como mundo alterno una sociedad que es controlada por la figura omnipresente del Gran Hermano, donde el gobierno alienaba a los ciudadanos mediante el odio, la represión y la pérdida de la memoria colectiva; el agente, en este caso, es el personaje de Winston, quien intenta oponerse a dicho control.
Posteriormente, en 1953, se publicó Fahrenreit 451, de Ray Bradbury. Esta historia se sitúa en una sociedad donde el consumo obsesivo y el régimen escópico controlan la vida de las personas; los libros están prohibidos, pues en ellos se guarda el conocimiento que podría devolver el raciocinio a los individuos, cuyo mundo gira alrededor de las cuatro pantallas situadas en la sala, que los bombardea de imágenes las 24 horas del día. Ante esta situación, el personaje de Montag, en un acto de toma de conciencia, pasa de ser un bombero que quema los libros a rescatarlos y así enfrentar su realidad. La crítica al capitalismo y la cultura de masas es evidente en esta novela, pues se retrata una sociedad que se deja llevar por lo que dictan los medios y que está bajo el control estricto de un gobierno totalitario que teme al libre pensamiento.
Hasta esta etapa, la ciencia ficción había sido considerada para un nicho especializado, pero a partir de la apertura a representar problemáticas más diversas de la sociedad, una audiencia más amplia comenzó a tener mayor grado de identificación con las historias representadas. Asimismo, en los años 70, el género se convirtió en un fenómeno de masas a nivel mundial con el estreno de la película Star Wars (1977); la ópera espacial de George Lucas.
Durante la década de los 80 y hasta la fecha, los medios de comunicación masiva y la virtualidad dieron paso a lo que Roberts apunta como una posmodernidad15 en la ciencia ficción (Roberts, 125). Esta modalidad se desarrolló de manera amplia en libros y películas, muestra de ello son la novela Neuromancer (1984) de William Gibson y la cinta Videodrome (1983) de David Cronenberg. Asimismo, esto se implementó en otros formatos: series de televisión, por ejemplo Continuum, títulos como Akira y Serial Experiments Lain en el caso del anime, novelas gráficas como V for Vendetta y Deus Ex como ejemplo de videojuego, entre otros.
En esta etapa surgió el subgénero del cyberpunk, el cual está vigente aún en el siglo XXI. Ahora, dentro de las historias el nuevo espacio a conquistar es el Internet y en su forma narrativa se puede apreciar la facilidad con que la ciencia ficción combina novums de diferentes temáticas, tales como la distopía, la inteligencia artificial, la mecanización del individuo, principalmente. Algunos ejemplos de cyberpunk son la película Blade Runner (1982) de Riddley Scott, la saga cinematográfica Matrix (1999/ 2003) de las hermanas Wachowski16 y la serie de televisión Mr. Robot (2015) de Sam Esmail.
Con el nuevo milenio, se ha alcanzado aquella época futura en la que estaban situadas algunas de las historias de ciencia ficción, las temáticas que se plantean en sus argumentos todavía tienen relación con los escritos de principios del siglo XX, pero con novums distintos; acordes al desarrollo histórico que se ha vivido. Por ejemplo, se aborda la trama de la mutación genética que da como resultado que la gente se transforme en zombies, por ejemplo, en el videojuego Resident Evil. También se plantean nuevos mundos distópicos donde la humanidad ya no puede reproducirse, como en la película Children of men (2006), al igual que la exposición violenta de niños y jóvenes para experimentos científicos o control social, tal cual se muestra en las sagas Maze Runner y The hunger games.
Por lo tanto, después de esta revisión teórico-histórica, es posible decir que la ciencia ficción, a pesar de haber sido considerada como un género menor durante algunos años, hoy en día es viable valorarla como un significativo aporte cultural, gracias a su flexibilidad espacio-temporal y el uso de metáforas para la crítica del presente. (Telotte, 10) Asimismo, sus argumentos continúan vigentes y siguen reinventándose, pues la problemática del humanismo, de lo social, de la ética de la ciencia, de la ecología y de la incertidumbre hacia el futuro, entre otros más, son todavía los pivotes sobre los que gira la ciencia ficción, en su relación con el progreso humano.

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