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La Auto-Suficiencia Nacional





La Auto-Suficiencia Nacional*

J. M. Keynes

I


Me he criado, como la mayor parte de los ingleses, en el respeto al libre cambio, no sólo como una norma económica que ninguna persona racional e instruida puede poner en duda, sino casi como parte de la ley moral. Consideraba cada desviación de él, al mismo tiempo como una imbecilidad y como un ultraje. Creía que la inalterable política de libre cambio de Inglaterra, mantenida por cerca de cien años, era la explicación ante el hombre y la justificación ante el cielo, de su supremacía económica. Todavía en el 1923 escribía yo que el libre cambio se basaba en verdades fundamentales que “expresadas con sus debidas limitaciones, no podía disputar nadie que fuera capaz de entender el significado de las palabras.”

Al considerar hoy de nuevo la expresión que di entonces a tales verdades fundamentales, no me encuentro dispuesto a ponerlas en duda. Sin embargo, la orientación de mi pensamiento ha cambiado y comparto este cambio con muchos otros. En parte, en verdad, mis principios económicos se han modificado. Ya no me sentiría obligado a acusar a Mr. Baldwin, como la hacía entonces, de ser “una víctima de la falacia proteccionista en su forma más cruda”, porque él sostuvo que en las condiciones existentes, una tarifa podía hacer algo para disminuir la desocupación en Inglaterra. Pero, principalmente, atribuyo mi cambio de perspectiva algo más, a que mis esperanzas, temores y preocupaciones, semejantes a las de muchos o la mayor parte, según creo, de esta generación en el mundo, son diferentes de las que eran. Es una Ardua tarea la de abandonar los hábitos mentales ­­­­­­­­-siglo XIX- anteriores a la guerra. Pero hoy, al fin, a la tercera parte del siglo XX, casi todos nos estamos librando del siglo XIX y para cuando alcancemos la mitad, es muy posible que nuestros hábitos mentales y nuestros propósitos sea tan diferentes de los métodos y valores del siglo XIX, como cada nuevo siglo ha sido de sus predecesores. Quizá sea útil, en consecuencia, intentar una especie de inventario, de análisis, de diagnosis para descubrir en qué consiste esencialmente este cambio de pensamiento.

¿Qué creían que esteban realizándolos librecambistas del siglo XIX, hombres de los más idealistas y desinteresados?

Creían – y quizá sea justo poner esto primero – que eran perfectamente cuerdos, que tenían una visión clara, que las tendencias que contrariaban la ideal división internacional del trabajo, eran siempre el producto ignorante del propio Interés.

En segundo lugar, creían que estaban resolviendo el problema de la pobreza y resolviendolo para todo el mundo, al hacer el mejor uso, como una buena ama de casa, de los recursos y posibilidades del mundo.

Creían, además, que estaban sirviendo no meramente la supervivencia del más apto económicamente, sino la gran causa de la libertad, el libre arbitrio de la iniciativa personal y de los dones individuales, la causa de la inteligencia inventiva y la fertilidad del pensamiento libre contra las fuerzas del privilegio y el monopolio y la vetustez.

Creían, finalmente, que eran los amigos y el apoyo de la paz y la concordia internacionales y de la justicia económica entre las naciones, y los difusores de los beneficios del progreso.

Si el poeta de aquella época sentía una necesidad, un extraño sentimiento de aventurarse lejos, allá donde nunca va el traficante a atrapar los carneros salvajes por el pelo, también sentía con absoluta seguridad la reacción confortable:

“¡Unirme al rebaño de las mentes estrechas, sin ninguno de nuestros progresos gloriosos, como una bestia con los más bajos placeres y los más bajos dolores!”

II

¿Qué falta podemos encontrar en esto? Tomándolo en su valor superficial, ninguna. Sin embargo, muchos de nosotros no estamos contentos con ello como una teoría política. ¿En dónde está el mal?

Para comenzar, tomemos la cuestión de la paz. Somos hoy pacifistas con tal fuerza de convicción, que si el internacionalista puede conquistar este punto, pronto recobraría nuestro apoyo. Pero no parece obvio que una gran concentración de esfuerzo nacional para la conquista del comercio exterior, que la penetración de la estructura económica de un país por la influencia y los recursos de los capitalistas extranjeros, y que una estrecha dependencia de nuestra vida económica de las fluctuantes políticas económicas de países extranjeros, sean salvaguardas y seguridades de paz internacional. Es más fácil, a la luz de la experiencia y de la previsión, sostener lo contrario. La protección de los intereses que un país tiene en el extranjero, la conquista de nuevos mercados, el progreso del imperialismo económico, son una parte, apenas evitable, de un plan de cosas que aspira al máximo de especialización internacional y al máximo de difusión geográfica del capital, dondequiera que radique el derecho de propiedad. Puede ser más fácil llevar a cabo una política doméstica aconsejable, si, por ejemplo, puede descartarse el fenómeno conocido como “huída de capital”. El divorcio entre el derecho de propiedad y la verdadera responsabilidad de su manejo, es cosa seria en un país cuando, como resultado de sociedades por acciones, la propiedad se divide entre innumerables individuos que compran hoy de acuerdo con sus intereses, y venden mañana, y carecen absolutamente tanto de conocimiento como de responsabilidad de lo que momentáneamente poseen. Pero cuando el mismo principio se aplica internacionalmente, es intolerable en tiempo de depresión. No tengo ante nadie la responsabilidad de lo que poseo y los que manejan lo que poseo no tienen responsabilidad ante mí. Puede haber cálculos financieros que demuestren las ventaja de que mis ahorros se inviertan en cualquier parte del globo habitable que ofrezca la mayor eficiencia marginal del capital o la más alta tasa de interés; pero cada vez hay más experiencias de que la separación entre la propiedad y su manejo es un mal en las relaciones entre los hombres, y que muy probable o seguramente, lleva a la larga a tirantez y enemistades que reducen a nada los cálculos financieros.

Simpatizo, en consecuencia, con aquellos que quisieran reducir al mínimo, más bien que con aquellos que trataran de aumentar al máximo la trabazón entre las naciones. Las ideas y el conocimiento, el arte, la hospitalidad, los viajes, estas son las cosas que deberían, por su naturaleza, ser internacionales. Pero dejad que los artículos sean hechos en casa, siempre que sea razonable y convenientemente posible; y sobre todo, dejad que las finanzas sean antes que nada nacionales. Pero, al mismo tiempo, los que se ocupan en desembarazar a un país de sus trabazones deben ser lo más lentos y cuidadosos. No es un asunto de romper raíces, sino de entrenar lentamente un planta para que crezca en una dirección diferente.

Por estas poderosas razones, estoy inclinado a creer, en consecuencia, que, después que se haya efectuado la transición, una auto-suficiencia nacional y un aislamiento económico entre países en mayor medida que la que existía en 1914 puede, mejor que ninguna otra cosa, servir la causa de la paz. En todo caso, la época del internacionalismo económico no tuvo especial éxito en evitar la guerra y, si sus partidarios responden que la imperfección de su dominio nunca le dio una buena oportunidad, es razonable suponer que un mayor éxito es muy poco probable en los años venideros.

Pasemos, de estas cuestiones de juicio dudoso, en las que cada uno de nosotros tiene razón en conservar su propia opinión, a un asunto más puramente económico. En el siglo XIX, el partidario del internacionalismo económico probablemente podía alegar con justicia que su política estaba tendiendo a un mayor enriquecimiento mundial, que estaba promoviendo el progreso económico y que un paso atrás nos hubiera empobrecido seriamente tanto a nosotros mismos como a nuestros vecinos: Esto plantea un problema de equilibrio entre las ventajas económicas y no económicas, problema de tal naturaleza, que no puede ser fácilmente decidido. La pobreza es un gran mal y las ventajas económicas son un bien real que no debe sacrificarse - a menos de ser claramente inferior - a otros posibles bienes reales. Estoy dispuesto a creer que en el siglo XIX había dos series de condiciones que hacían mayores las ventajas del internacionalismo económico. En una época en que la migración en gran escala poblaba nuevos continentes, era natural que los hombres llevasen consigo a los Nuevos Mundos los frutos materiales de la Técnica del Viejo, incluyendo entre ellos los ahorros de quienes los enviaban. La inversión de los ahorros británicos en ferrocarriles y material rodante, para ser instalado por ingenieros británicos para llevar emigrantes británicos a nuevos campos de pasto y cultivo y cuyos frutos en su debida proporción volverían a aquellos cuya frugalidad había hecho todo ello posible, no era un internacionalismo económico que se pareciera ni remotamente en su esencia a la propiedad que un especulador de Chicago tiene de algunas acciones de la A.E.G. de Alemania, o a la propiedad de una parte de las mejoras municipales de Río de Janeiro que tenga una solterona inglesa. Sin embargo, este era el tipo de organización necesaria para facilitar la primera forma del internacionalismo económico que eventualmente ha terminado en la última. En segundo lugar, en un tiempo en que había enormes diferencias de grado en la industrialización y oportunidades para el desarrollo técnico en diferentes países, eran muy importantes las ventajas de un alto grado de especialización nacional.

Pero no estoy persuadido de que las ventajas económicas de la división internacional del trabajo sean hoy, de ninguna manera, comparables con lo que fueron antes. Y no quiero que se entienda mi argumento más allá de un cierto punto. En un mundo racional es necesaria una gran especialización internacional, siempre que es esté indicada por amplias diferencias de clima, de recursos naturales, de aptitudes nativas, de nivel de cultura y de densidad de población. Pero sobre una serie cada vez más amplia de productos industriales y quizá también de productos agrícolas, no creo que el coste económico de la auto-suficiencia nacional sea tan grande que sobrepase las otras ventajas, las de traer gradualmente al productor y al consumidor dentro del ámbito del misma organización nacional económica y financiera. Cada día hay más experiencias que prueban que la mayor parte de los procesos de producción en serie pueden efectuarse en la mayor parte de los países y climas con casi la misma eficiencia. Sin embargo, a medida que la riqueza aumenta, tanto los productos primarios como los manufacturados juegan una parte relativamente pequeña en la economía nacional, comparados con las casas, los servicios personales y las bellezas naturales, que no son objeto de cambio internacional; con el resultado de que un aumento moderado en el coste real de los productos, consecuencia de una mayor auto-suficiencia nacional, puede dejar de tener consecuencias serias cuando se lo compara con otras ventajas. La auto-suficiencia nacional, para decirlo brevemente, aunque cueste algo, puede resultar un lujo que nos podemos permitir si es que lo queremos. ¿Hay suficientes razones para que lo queramos?

III

El capitalismo internacional, decadente pero individualista, en cuyas manos nos encontramos después de la guerra, no es un éxito. No es inteligente, no es hermoso, no es justo, no es virtuoso y no entrega los artículos. En pocas palabras, nos disgusta y comenzamos a despreciarlo. Pero cuando nos preguntamos qué pondremos en su lugar, nos encontramos extremadamente perplejos. Cada año se hace más obvio que el mundo se embarca en una variedad de experimentos político-económicos y que estos diferentes tipos de experimentos atraen a diferentes temperamentos nacionales y ambientes históricos. El internacionalismo económico del librecambista siglo XIX suponía que todo el mundo estaba o debía estar organizado sobre bases de capitalismo privado competidor y de libertad de contratos privados, invariablemente protegidos por las sanciones de la ley en varias fases, por supuesto de complejidad y desarrollo, pero conforme a un tipo uniforme cuyo objeto general sería perfeccionar y no ciertamente destruir. El proteccionismo del siglo XIX era una mancha sobre la eficiencia y buen sentido de este plan de cosas, pero no modificaba la presunción general respecto a las características fundamentales de la sociedad económica.

Pero hoy, un país después de otro, abandona estas presunciones. Rusia está aún sola en su particular experimento, pero ya no está sola en su abandono de las viejas presunciones. Italia, Irlanda, Alemania, han vuelto los ojos, o los están volviendo, hacia nuevos modos de economía política. Muchos países más después de ellos pronto estarán buscando, uno por uno, nuevos dioses económicos. Aun países tales como Gran Bretaña y Estados Unidos, aunque conformándose, en general, al viejo modelo, están luchando, bajo la superficie, por un nuevo plan económico. No sabemos cuál será el resultado. Todos- supongo – estamos a punto de cometer muchos errores. Nadie puede decir cuál de los nuevos sistemas probará ser el mejor. Pero el punto de mi presente discusión es este. Cada uno tenemos nuestra propia fantasía. Creyendo que no estamos ya a salvo, cada uno querríamos tener una oportunidad de poner en práctica nuestra propia salvación. No queremos estar, en consecuencia, a merced de las fuerzas mundiales que están poniendo en práctica o tratando de poner en práctica alguna uniformidad de equilibrio de acuerdo con los principales ideales, si así puede decirse, del capitalismo de “Iaissez faire”. Todavía hay quienes se aferran a las viejas ideas, pero en ningún país del mundo pueden contarse hoy como una fuerza seria. Queremos ser – al meno por el presente y por tanto tiempo como dure la presente fase transicional y experimental - nuestros propios amos y queremos estar tan libres como podamos de las interferencias del mundo exterior.

Mirada pues, desde este punto de vista, la política de un creciente abastecimiento nacional debe considerarse, no como un ideal en sí mismo, sino como un medio de crear un ambiente en el cual pueden perseguirse a salvo y convenientemente, otros ideales.

Dejadme dar, ahora que puedo hacerlo, una ilustración de este punto, elegido porque está conectado con ideas con que mi pensamiento ha estado recientemente profundamente preocupado. Tratándose de detalles económicos y no de direcciones centrales, estoy dispuesto a conservar tanto juicio privado e iniciativa y empresa, como sea posible. Pero me he convencido de que la conservación de la estructura de la empresa privada es incompatible con el grado de bienestar material a que nos autoriza nuestro adelanto técnico, a menos que la tasa de interés caiga a una cifra mucho más baja que la que probablemente logre por las fuerzas naturales que operan en los viejos moldes. En realidad, la transformación de la sociedad que preferentemente entreveo, puede requerir una reducción en la tasa del interés, hasta el punto en que se desvanezca dentro de los próximos treinta años. Pero esto es muy poco probable que ocurra bajo un sistema en el que la tasa del interés encuentra, bajo el funcionamiento de las fuerzas financieras normales y concediendo lo necesario por riesgo, etc., un nivel uniforme en todo el mundo. Así por una complejidad de razones que no puedo elaborar aquí, el internacionalismo económico, que comprende el libre movimiento de capital, de fondos prestables y de mercaderías, puede condenar a este país, por una generación venidera, a un grado mucho más bajo de propiedad material que el que pudiera alcanzarse bajo un sistema diferente.

Pero esto es meramente una ilusión. La verdad es que no hay perspectivas para la siguiente generación de una uniformidad de sistema económico en todo el mundo, como existía, hablando en términos generales, durante el siglo XIX; que todos necesitamos estar tan libres como sea posible de la interferencia de los cambios económicos de donde quiera que sean para hacer nuestros propios experimentos preferidos encaminados a la república social ideal del futuro; y que un movimiento deliberado hacia una mayor suficiencia nacional y hacia un aislamiento económico, hará nuestra tarea más fácil en tanto en cuanto pueda efectuarse sin un costo económico excesivo.



IV

Hay una explicación más, según creo, de la reorientación de nuestros pensamientos. El siglo XIX extendió a límites extravagantes el criterio de lo que podríamos llamar los resultados financieros, como una prueba de que era aconsejable cualquier paso patrocinado por acción privada o colectiva. La conducta toda de la vida se convirtió en una especie de paradoja de la pesadilla de un contador. En lugar de usar las fuentes materiales y técnicas, ampliamente aumentadas, para construir una ciudad de maravilla, construían las miserables casas de los barrios bajos; y creían justo y aconsejable construir casas miserables, porque estas, en la piedra de toque de la empresa privada, pagaban mientras que la Ciudad Maravilla sería, según creían, un acto de loca extravagancia que habría, en el idioma imbécil de la moda financiera, hipotecado el futuro, aunque nadie puede ver en qué forma puede empobrecer el futuro la construcción de obras grandes y gloriosas, mientras su pensamiento no se vea acosado por falsas analogías de una contabilidad que no viene al caso. Aun hoy, gastamos nuestros tiempo –mitad en vano, pero también, debo admitir, mitad con éxito- en tratar



de persuadir a nuestros nacionales de que la Nación, en su conjunto, será seguramente más rica si se usa a los hombres y a las máquinas sin empleo para construir casas muy necesarias, que si se les sostiene en la ociosidad. Porque los pensamientos de esta generación están de tal manera obscurecidos por cálculos falsos, que desconfían de conclusiones que deberían ser obvias, porque descansan en un sistema de contabilidad financiera que despierta dudas sobre si tal operación pagará. Tenemos que permanecer pobres porque no paga ser ricos. Tenemos que vivir en cobertizos, no porque no podamos construir palacios, sino por que no podemos pagarnos ese lujo. La misma regla de cálculo financiero que se destruye a sí mismo, gobierna cada uno de los pasos de la vida. Destruímos la belleza del campo porque el esplendor de la naturaleza que no está sujeto a propiedad no tiene valor económico. Somos capaces de suprimir el sol y las estrellas porque no pagan dividendos. Londres es una de las más ricas ciudades en la historia de la civilización, pero no puede permitirse las más altas realizaciones que son capaces de tener sus propios ciudadanos civilizados, porque no pagan. Si yo tuviese hoy el poder, seguramente me aplicaría a dotar a nuestras ciudades capitales de todas las exigencias y comodidades del arte y la civilización de los más altos standards de que son capaces sus ciudadanos, convencido de que podría permitirme el lujo de lo que crease, en la creencia de que el dinero así gastado, no solamente sería mejor que cualquier dádiva o limosna dada para los sin empleo, sino que haría innecesaria tal limosna, porque con lo que hemos gastado en esas limosna en Inglaterra, desde la guerra, podíamos haber hecho de nuestras ciudades las obras más grandiosas del hombre en la tierra. Hasta aún hace poco, hemos concebido como deber moral arruinar a los trabajadores del suelo y destruir las tradiciones, tan viejas como la humanidad, al servicio de la agricultura, si podíamos obtener un trozo de pan un décimo de penique más barato. No había nada que no fuera de nuestro deber sacrificar a ese Moloch y Mammon, todo en uno: porque hemos creído, llenos de fe, que el culto de estos monstruos vencería al mal de la pobreza y conduciría a la siguiente generación, salva y confortablemente, sobre el lomo del interés compuesto a la paz económica. Hoy sufrimos desilusión, no porque estemos más pobres de lo que éramos –al contrario, aun hoy gozamos, en Gran Bretaña al menos, de un standard de vida más alto que ninguna época anterior- , sino porque otros valores parecen haber sido sacrificados y , porque, además, parecen haberse sacrificado innecesariamente. Porque nuestros sistema económico no está capacitándonos de hecho para explotar a su máximo las posibilidades de obtener la riqueza económica, dada por el progreso de nuestra técnica, sino que, lejos de esto, nos conduce a pensar que bien podíamos haber usado este margen de manera más satisfactoria. Pero una vez que nos concedemos el no someternos a la prueba de los resultados de una contabilidad, hemos comenzado a cambiar nuestra civilización. Y necesitamos hacerlo muy avisada, cautelosa y convenientemente, porque hay un amplio campo de actividad humana en donde haremos bien en retener las pruebas pecuniarias usuales. Es el Estado, más bien que el individuo, quien necesita cambiar su criterio; es el concebir al Canciller del Tesoro como un gerente de una especie de sociedad anónima, lo que hay que descartar. Ahora bien si las funciones y propósitos del Estado deben ser ampliados de esa manera, la decisión sobre qué se producirá en la nación y qué debe ser cambiado con el exterior, debe permanecer muy alto entre los objetos de la política.

V

De estas reflexiones sobre los propósitos propios del Estado vuelvo al mundo de la política contemporánea. Habiendo tratado de entender y hacer completa justicia a las ideas que yacen bajo la urgencia que tantos países sienten hoy de una mayor auto-suficiencia nacional, tenemos que considerar con cuidado si en la práctica, no estamos descartando con mucha facilidad muchas cosas de valor que había logrado el siglo XIX. En aquellos países en que los abogados de la auto-suficiencia nacional, van alcanzando poder, aparece a mi juicio que, sin excepción, se han hecho muchas tonterías. Mussolini puede estar adquiriendo la muela de juicio. Pero Rusia exhibe, quizá, el peor ejemplo de haya visto el mundo de incompetencia administrativa y de sacrificio a los cabezas de madera, de casi todo o que hace a la vida digna de ser vivida. Alemania está a merced de irresponsables desencadenados, aunque sea demasiado temprano para juzgar sus capacidades de realización. El Estado Libre de Irlanda es unidad que, por demasiado pequeña, tiene un alto grado de insuficiencia nacional (salvo a un coste económico destructor). Está discutiendo planes que, si se llevan a cabo, pueden ser ruinosos. Mientras tanto, aquellos países que mantienen o están adoptando el proteccionismo estricto del viejo tipo, acicalado con adiciones de más cuantas cuotas de un plan nuevo, están haciendo muchas cosas de imposible defensa nacional. Así, a la Conferencia Económica realizara un reducción mutua de tarifas y preparara el camino para convenios regionales, sería objeto de un aplauso sincero. Porque no debe suponerse que estoy respaldando todas estas cosas que se hacen hoy en el mundo político en nombre del nacionalismo económico. Muy lejos de ello. Pero trato de señalar que el mundo hacia el cual nos estamos moviendo, aunque no fácilmente, es completamente diferente del internacionalismo económico ideal de nuestros antecesores y que las políticas contemporáneas no deben juzgarse por las máximas de aquella primera fe.

Yo veo que se destacan tres peligros en el nacionalismo económico y en los movimientos hacia la auto-suficiencia nacional.

El primero es la Tontería –la tontería del doctrinario- . No es nada extraño descubrirla en movimientos que han pasado, en cierto modo rápidamente, de la fase de charla de media noche al campo de acción. No distinguimos, al principio, entre el color de la retórica con que hemos ganado el consentimiento de un pueblo y la obscura verdad esencial de nuestro mensaje. No hay nada insincero en la transición. Las palabras deben ser un poco subidas de tono, porque son el asalto de los pensamientos sobre lo que uno piensa. Pero cuando el poder y la autoridad se han alcanzado, no debería haber ya licencias poéticas. Al contrario, tendríamos que contar el coste, hasta el último penique, de lo que nuestra retórica ha despreciado. Una sociedad experimental tiene que ser más eficiente que una establecida de antiguo, si ha de salvarse. Tendría necesidad de todo su margen económico para su propios y debidos propósitos y no puede darse el lujo de ceder nada a la inconsistencia o a la locura doctrinaria.

El segundo peligro –un peligro peor que la tontería- es la prisa. Vale la pena de citar el aforismo de Paul Valery: Los conflictos políticos perturban y pervierten el sentido que la gente tiene de distinguir entre asuntos de importancia y asuntos de urgencia. La transición económica de una sociedad es algo que debe realizarse lentamente. Lo que he venido discutiendo no es la revolución repentina, sino la dirección de una tendencia secular. Tenemos un espantoso ejemplo en la Rusia de hoy de los peligros de una prisa insensata e innecesaria. Los sacrificios y pérdidas de la transición serán mucho mayores si se fuerza el paso. Esto es sobre todo cierto tratándose de una transición hacia una mayor auto-suficiencia nacional y una economía nacional planeada. Porque está en la naturaleza del proceso económico enraizarse en el tiempo. Una transición rápida implicaría tanta mera destrucción de riqueza, que el nuevo estado de cosas estaría al principio mucho peor que el viejo, y el nuevo experimento se desacreditaría.

El tercer riesgo y el peor de los tres, es la Intolerancia y el ahogar la crítica instruida. Los movimientos nuevos generalmente han venido al poder a través de una fase de violencia o de casi violencia. No han convencido a sus oponentes, los han derrotado. Es el método moderno: confiarse a la propaganda y apoderarse de los órganos de la opinión, y se considera más inteligente y útil fosilizar el pensamiento y usar todas las fuentes de la autoridad para paralizar la acción del pensamiento sobre el pensamiento. Para quienes han encontrado necesario emplear todos los métodos, cualesquiera que sean, para alcanzar el poder, es una tentación seria continuar usando en la tarea de construcción los mismos peligrosos instrumentos con los cuales se logró el derrumbe del edificio.

Rusia nos proporciona nuevamente un ejemplo de los disparates que un régimen puede hacer cuando se ha exceptuado de crítica a sí mismo. Puede encontrarse la explicación de la incompetencia con que las guerras son dirigidas de ambos lados, en la relativa falta de crítica que la jerarquía militar concede al alto mando. No tengo una admiración excesiva por los políticos, pero, creados como están en la boca misma de la crítica, qué superiores son a los soldados. Las revoluciones solamente triunfan, porque son conducidas por los políticos contra los soldados. Y por paradójico que sea, ¿quién ha oído de una revolución triunfante conducida por soldados contra políticos? Pero todos odiamos la crítica. Nada, excepto los enraizados principios, pueden movernos a que nos expongamos a ella. Sin embargo, los nuevos modos económicos hacia los cuales vamos en medio de desatinos, son en la esencia de su naturaleza, experimentos. No tenemos de antemano una idea clara en nuestro pensamiento de qué es lo que exactamente queremos; ya lo descubriremos caminando y tendremos que adaptar nuestro material de acuerdo con nuestra experiencia. Ahora bien, para este proceso es condición sine qua nom del éxito final, una critica atrevida, libre y sin misericordia. Necesitamos la colaboración de todos los espíritus brillantes de la época. Stalin ha eliminado todo pensamiento crítico e independiente aun cuando simpatice con él en términos generales. Ha producido un ambiente en que se atrofia el proceso del pensamiento. Las suaves circunvoluciones del cerebro se vuelven de madera. El multiplicado rebuzno de los alta-voces reemplaza la inflexiones de la voz humana. El balido de la propaganda cansa hasta la estupefacción, como nos lo ha demostrado Low, a los pájaros y a las bestias del campo.

Dejad que Stalin sea un ejemplo terrorífico para todos los que tratan de hacer experimentos. Si no, yo, a cualquier precio, habré vuelto de nuevo a mis viejos ideales del siglo XIX, cuando el juego del pensamiento sobre el pensamiento creó para nosotros la herencia que estamos tratando de desviar hacia propósitos que consideramos pertinentes.



ººººº

* Publicado en el Volumen 1 Nº 2 de: “El Trimestre Económico”. México 1934.

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