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Huelga en Italia Bien, bravo, bis, pero ¿y la autonomía



Huelga en Italia

Bien, bravo, bis, pero...¿y la autonomía?
Italia quedó el 17 de abril parcialmente paralizada por un sciopero general de ocho horas (si, ocho, parámetros del primer mundo) que abarcó sectores de la producción, del transporte a la banca, de la enseñanza a la sanidad, la industria y buena parte de los servicios, en contra de la flexibilización del mercado de trabajo. La gran industria del norte y noroeste de Italia hizo honor también a la tradición de las luchas obreras del pasado y los establecimientos de la Fiat, Pirelli, Iveco, Electrolux, Zanussi e Italcementi, pararon al 90%. Fuentes sindicales atribuyeron también un máximo de seguimiento a la huelga en el sector del transporte, desde el metropolitano hasta los ferrocarriles y aviones. Alitalia se vio obligada a cancelar centenares de vuelos nacionales e internacionales, y el flujo de ferries que une las islas con la península quedó reducido a menos de la mitad. El puerto de Génova quedó prácticamente paralizado. El paro fue amplio pero no hubo acuerdo sobre las cifras de participación. Según fuentes de la Confederación General del Trabajo (CGIL), principal sindicato, más de veinte millones de trabajadores secundaron los paros (lo que implicaría la casi totalidad de la población activa del PBI italiano de alrededor de 21 millones, de los cuales 14 están bajo relación de dependencia), pero la Confederación Sindical democristiana (CISL) redujo la cifra de participantes a 13 millones. La primera huelga general en 20 años ha sido seguida en Italia por una gran parte de los asalariados, aunque con estimaciones muy dispares. La confrontación entre las tres principales centrales sindicales y el Gobierno derechista de Berlusconi, gestada durante meses, ha tenido por estandarte la intangibilidad del artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores, una ley de 1970 que hace, según el Gobierno italiano, muy rígido el mercado laboral y que el primer ministro, apoyado por los empresarios, se propuso cambiar a su llegada al poder el año pasado. El precepto obliga a los patronos a readmitir a empleados despedidos injustificadamente en opinión de los jueces. Berlusconi plantea además alargar la edad de jubilación, definir nuevos tipos de contrato flexible y renegociar la conversión de los contratos temporales a fijos. Una reforma que la patronal de la Confindustria considera tibia, mejorable, pero que los poderosos sindicatos rechazan frontalmente. El famoso artículo 18, aunque obviamente detestado por los sindicatos, es más un símbolo que una verdadera bandera de combate, y la reforma prevista, una de las muchas que el encorsetado marco legal italiano necesita para modernizarse en su pendiente económica paulatina, menos decisiva de lo que se presenta: de hecho, prácticamente no afectaría a los trabajadores actuales. Además, Italia, que está próximo al final de la escala en Europa en el rubro del gasto público destinado a la educación, el ambiente y el desempleo, todo lo que dejó afuera la protesta, pasa por una reducción burguesa en los ingresos impositivos. Este proceso, que favorece principalmente a las clases superiores, fue iniciado por el gobierno de centro izquierda mediante un cambio en las tasas impositivas correspondientes al ingreso personal. La polarización social y económica se está agudizando en un país donde, según Banca d’Italia (el Banco Central italiano), el 10% de la población acumulaba el 46% de la riqueza en 1998. La prueba reside en los datos existentes sobre la pobreza (una palabra que se ha puesto tristemente de moda nuevamente en los últimos 10 años): 11,9% de las familias (13% de la población), que comprenden aproximadamente ocho millones de personas, viven por debajo de la línea de pobreza relativa, y 950.000 familias viven en la pobreza absoluta. Un tercio de las familias pobres son pobres que trabajan, fuera de toda legalidad o soporte sindical, y el 70% de los pobres siguen siéndolo después de un lapso de dos años. No obstante, Italia es el único país europeo que no garantiza un ingreso mínimo. La tasa de desempleo femenino en Italia es 50% superior al promedio europeo. Italia ocupa el lugar 14 con respecto a las mujeres con título universitario, y aparte de España y República Checa, sus ciudadanas ganan los salarios más bajos de Europa, un promedio de un tercio de lo que ganan los hombres. Los jóvenes italianos son los últimos en abandonar la casa paterna, los últimos en ingresar al mercado de trabajo y tienen la menor cantidad de títulos universitarios. A esto se suma la anomalía del Gobierno actual, cerca del despotismo oriental según el escritor Tabucchi, que está en su composición. Empezando por el primer ministro, dueño del principal grupo italiano de televisión privada, de la principal editorial, de empresas de seguros, de empresas de publicidad, de supermercados, presidente del club de fútbol Milan y, por si esto fuera poco, a partir de mediados de febrero, dueño efectivo de las tres cadenas de la televisión pública, la RAI. Berlusconi acumula cargos sin problemas. Preside el Consejo de Ministros italiano, pero no se ha instalado aún en el despacho oficial de palazzo Chigi; acaba de asumir la cartera de Exteriores, pero es probable que ni pise el ministerio. Las decisiones, las grandes decisiones, las toma -con un estilo que recuerda más a un Carlos Menem que a cualquier gobernante europeo- en su finca de Cerdeña, o en la de Macherio (Lombardía), o en la casa de Arcore, cerca de Milán, o en las oficinas de Forza Italia, en Roma. Donde ya se han visto los resultados del nuevo Ejecutivo es en el plano legislativo. Hasta la pausa de Navidad, y gracias a su aplastante mayoría parlamentaria, se han aprobado decenas de nuevas leyes. Algunas han sido criticadas por excesivamente favorables a la clase empresarial del país, como la que suprime la tasa de sucesión en herencias, la que despenaliza casi completamente la falsificación contable o la llamada ley del escudo fiscal, que consiente el regreso a Italia de los capitales exportados ilegalmente (unos 360.000 millones de euros, según cálculos del Banco de Italia) previo pago de un impuesto del 2,5%. Otras han escandalizado a los juristas dentro y fuera de Italia, como la que impone normas más severas a las rogatorias judiciales para que sean válidas, lo que beneficia en primer lugar al propio Cavaliere. Si este panorama social y político es claro, en negativo nos indica la relativa importancia estratégica de la medida contra el artículo 18, algo que nos hace acordar a lo que decía Luxemburg sobre los sindicatos alemanes hace un siglo: que el plan que consistiría en emprender una huelga de masas a título de acción política de clase importante con la sola ayuda y participación de los obreros legales y organizados es absolutamente ilusorio, mistificante; para que una huelga tenga instinto autónomo, sea una escuela de la lucha de clases, debe nacer y convertirse en un movimiento popular real, es decir: arrastrar en la representación y a la batalla a las capas más amplias del pueblo. Toda verdadera gran lucha de clases debe fundarse en la representación y apoyo de el movimiento popular; una estrategia corporativa que sólo pensara en los desfiles bien ordenados, con bellas pancartas y columnas de la pequeña parte del movimiento reclutado en sindicatos, se vería condenada a un falso paso. Ésta verdad de el gran ¡No! a Berlusconi está muy claro no sólos para los expertos de la “Nueva Clase”, lo saben el Gobierno y las confederaciones convocantes de la huelga, dos de las cuales ya han anunciado su disposición a volver a la mesa negociadora. La tercera y más influyente, la CGIL de Sergio Cofferati, se muestra renuente, pero por otros motivos internos. El combativo Cofferati, también protagonista de la anterior caída de Berlusconi en 1994, apuesta cada vez más por convertirse en aglutinante de la fragmentada y abúlica oposición de centro-izquierda. La CGIL se autoasume como regeneración sistémica de la pata izquierda del sistema. Las centrales italianas más representativas han conseguido la soñada unidad para la huelga, pero son más débiles que hace 20 años y es que ya no representan la verdadera composición de clase del capitalismo italiano. La verdadera razón de la huelga es de alguna manera un reflejo de su alma “corporativa”, un asumir la defensa de la sociedad dual del “Capital-Parlamentarismo”. Los sindicatos son un magma de once millones de afiliados de la aristocracia obrera que no están dispuestos a perder su condición de interlocutor privilegiado, mantenida desde la Segunda Guerra Mundial, en la configuración del neocorporativismo. El magnate Berlusconi, admirador de los métodos de la Tatcher, que en su año escaso de Gobierno se ha visto obligado a hacer frente a una serie de crisis más o menos menores, se enfrentó a su primer escollo “político” serio. Pese a todo, mantiene un sólido control en las dos Cámaras del Parlamento y mantiene intacta su hegemonía en la “Nueva Clase”. Incluso se pudo dar el lujo que un partido aliado, Alianza Nacional, apoyara la huelga. Históricamente es preciso retrotraerse al 25 de junio de 1982 para encontrar una movilización similar, también de ocho horas, contra el gobierno de coalición del democristiano Spadolini por la supresión de la escala móvil salarial. Casi dos años después, el 24 de marzo de 1984, la protesta sindical se dirigió contra el socialista Craxi por rebajar tres puntos en dicha escala. "La respuesta ha sido masiva", comentó Cofferati, quien participó en la manifestación de Florencia de alrededor de 400.000 personas que lo aplaudieron durante 45 minutos. "El país ha quedado paralizado como si fuera domingo, un serio motivo de reflexión para el Gobierno, que debe empezar pronto a cambiar de línea y renunciar al enfrentamiento social."
Fuentes de la patronal minimizaron los efectos de la huelga observando que fueron bastantes los negocios que permanecieron abiertos, muchos trabajadores “desorganizados” fueron a trabajar, un fenómeno sintomático de que disminuye la sindicalización y de que los jóvenes capitalistas, los mandos de la “fabrica difusa”, y empresarios por cuenta propia son partidarios de una mayor flexibilización. La agencia Ansa divulgó los datos del llamado "scioperometro" (medidor de la intensidad de la huelga), por el que el consumo eléctrico había disminuido a las 13 horas un 20%, con una demanda total de 342.000 kilovatios/hora. Con estos datos en la mano, los técnicos admiten que la reducción de la demanda fue "sustancial" pero no "enorme", en la medida en que un domingo normal el consumo eléctrico diminuye un 38%. En la plaza del Popolo de Roma se reunieron unas 150.000 personas, entre ellas el líder de El Olivo, Francesco Rutelli, quien se abstuvo de hablar en el palco de los dirigentes sindicales. "He venido como ciudadano y estoy muy satisfecho por esta respuesta del mundo del trabajo al Gobierno. A un mundo cambiante no se le puede responder quitando a la gente derechos fundamentales como el puesto de trabajo." Pero el más aplaudido de los presentes, como ya es habitual en las concentraciones masivas progresistas, fue el cineasta Roberto Beningni, ídolo, como Nanni Moretti, de la centro-izquierda. Benigni, quien llegó acompañado de su esposa, Simonetta Braschi, fue recibido con prolongados aplausos y gritos de "Roberto, Roberto", y tuvo que ser "protegido" del entusiasmo de sus admiradores. Después de la marcha de Roma del pasado 23 de marzo, que reunió a casi dos millones de personas contra la reforma laboral y el terrorismo (días antes había sido asesinado por las nuevas Brigadas Rojas el economista Marco Biagi, asesor del Gobierno en la reforma laboral que ahora se cuestiona), Cofferati aparece de nuevo como el gran líder sindical reunificador de la pata izquierda del régimen, pocas semanas antes de su retirada al frente de la CGIL y el regreso a la empresa Pirelli. El Ejecutivo, ha repetido el primer ministro, no pretende suprimir esta norma en el proyecto de reformas, sino flexibilizarla durante un periodo experimental de cuatro años en tres supuestos de futuro: con empresas emergentes de la economía negra (en el Sur) y con menos de 15 trabajadores, así como a los trabajadores con trabajo irregular o un contrato temporal. Berlusconi tuvo el gesto de elogiar a los líderes sindicales por haber utilizado un lenguaje moderado, síntoma de la “Nueva Clase”, fuera de cualquier tono violento o de lucha de clases. Códigos de la corporación, razón de pertenencia, semántica que indica adónde van sus dirigentes. Además señaló: “Las reformas van adelante, les gusten o no les gusten a los líderes sindicales”. El símbolo industrial del fordismo italiano, la Fiat, tampoco pudo sustraerse al impacto de la huelga. Un portavoz oficial de la compañía automovilística admitió ayer la ausencia de la mitad de la plantilla, mientras que los sindicatos elevaron las bajas en torno al 90%, tal como sucedió en los sectores agrícola, hospitalario y postal. Los principales sindicatos italianos consiguieron movilizar a sus afiliados. Unas 400.000 personas se manifestaron en Florencia, 200.000 lo hicieron en Milán y otras tantas recorrieron el centro histórico de Bolonia. La protesta general transcurrió sin incidentes callejeros significativos ni combates con la policía ni la rotura de símbolos del capitalismo globalizador. Como “La vida es bella” fue una de las huelgas más pulcras y políticamente correctas de la historia europea. ¿Entonces? Las confederaciones laborales interpretan la huelga de ayer como una impulso plebiscitario inequívoco, un catalizador de la refundación de la centroizquierda o como el primer peldaño de un severo programa de movilizaciones. Entre ellas, la recogida de firmas y de adhesiones para convocar un referéndum cuya hipotética aprobación en las urnas podría liquidar las medidas flexibilizadoras. Esta es la medida máxima a que apuestan los caciques sindicales. Todas dentro de las dimensiones de conflicto razonable del propio sistema político corrupto. Lo cierto es que todo esto no toca al “otro” movimiento obrero, al movimiento social externo a la excepcionalidad de la aristocracia obrera italiana, al trabajo semi o totalmente desorganizado. Es claro que el 17 de abril no se expresó la potencia de la nueva composición de las clases populares sino su sector protegido y organizado, interno a la forma estado, la aristocracia laboral, generalmente del Norte y los funcionarios estatales. Un huelga que representa a la relación social del capitalismo salarial, subjetividades corporativas que no pueden generar una subjetividad antagónica. Huelga como re-estructuración reformista del núcleo privilegiado del movimiento, huelga encorsetada en horarios prefijados, líderes mediáticos, encuadres burocráticos, espejo de la segmentación de la fuerza de trabajo italiana. No busquemos allí autonomía ni sujeto antagonista y sí observemos en plenitud los instrumentos habituales de la producción y reproducción capitalista. No busquemos hegemonía de lo social. Porque la restauración de la lógica del mercado de trabajo en el “Capital-Parlamentarismo” es construir condiciones de separación entre el trabajador legal y el precario, en luchar para mantener privilegios sectoriales, identificarse con la sociedad dual y la forma estado. Es ocultar la cooperación y la solidaridad. La defensa del artículo 18, reflejo institucional de la segmentación real en el movimiento, es un horizonte ideal para mantener el sentimiento de desigualdad entre los que tienen trabajo y los que no, entre el Norte y el Sur, entre sindicalizados y precarios, entre ocupados y desocupados, entre legales e ilegales. Frente a esto debemos posibilitar un proceso análogo de producción negativa y antagónica de nueva subjetividad social, reconstrucción de dispositivos de resistencia, alternativos, autónomos, paralelos a la instituciones y líderes de la “Nueva Clase”. En suma: conformar el proyecto de producción antagonista que exprese libremente la nueva composición de clase del Pueblo. Que encarne claramente el pasaje de la resistencia a la apropiación, de la reapropiación a la auto-organización, que autovalorándose atraviese la inercia de todas las instituciones. Nuestro problema, como el de los compañeros italianos, es el de fundar la autonomía de lo político, no donde lo político se emancipa de lo social, sino donde lo político concentra de manera excepcional lo social, autónomamente e independientemente. La huelga ontológicamente revolucionaria debe ser reapropiación de lo social y no simple reproducción de lo social abstracto del “Capital-Parlamentarismo”. Los sindicatos sólo representan los intereses de grupos del movimiento; la autonomía representa siempre al movimiento y los intereses de su emancipación en su conjunto.

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