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Homilía-mensaje del santo padre pablo VI al congreso de la unión internacional del notariado latino domingo 3 de octubre de 1965



HOMILÍA-MENSAJE DEL SANTO PADRE PABLO VI AL CONGRESO DE LA UNIÓN INTERNACIONAL DEL NOTARIADO LATINO Domingo 3 de octubre de 1965

Amadísimos Hijos:

La Unión Internacional del Notariado Latino ha querido que en el programa de su octavo Congreso, inaugurado en la hospitalaria Tierra Mexicana con la presencia de sus máximas Autoridades, figure en puesto central la Santa Misa, a que vosotros, Ilustres Señores y Amigos, estáis participando en este domingo, décimo séptimo de Pentecostés.

Las palabras mismas que la Liturgia pone en el canto de entrada a la celebración eucarística del día: «Bienaventurados aquellos que siguen un camino inmaculado, los que andan en la ley de Yahvé» (Ps. 118, l), nos introducen en la reflexión espiritual, irradiando luz y esperanza sobre vuestra profesión.

La función notarial, aunque diversa en sus modalidades prácticas, según los diversos ordenamientos civiles de los pueblos, tiene su intrínseca razón de ser en la sociabilidad y solidaridad humanas, las cuales exigen plena seguridad en la formación de las relaciones de derecho, exacta constatación de los hechos y de los actos jurídicos, y fiel conservación y pública disponibilidad de sus pruebas, como condiciones para la actuación y preservación del orden civil y social en la armonía de la justicia.

Por eso, la primera cualidad moral de vuestra profesión, la más consustancial a ella, la que dignifica en grado sumo vuestra competencia técnica, la constituye el culto de la verdad, presupuesto básico para el mantenimiento de la justicia en el delicadísimo sector de la actividad humana confiado a vuestra fidelidad y responsabilidad.

El ejercicio de vuestra misión, por otra parte, exige un cuidado exquisito - casi diríamos veneración - por el cumplimiento de las disposiciones y formalidades del derecho positivo, por las que, en vuestra calidad de oficiales públicos, aseguráis la validez y licitud, y acreditáis auténticamente los hechos y actos que forman la trama de la vida.

Sin embargo, por encima de las prescripciones legales particulares, que siempre deben ser respetadas, el Notario ve su sentido profundo y el espíritu que las anima en el cuadro completo del ordenamiento del que forman parte, el cual, por perfecto que sea, no puede abarcar en sus moldes estrictos la inmensa complejidad de la realidad humana y social que tiende a regular. Por eso, el Notario, manteniéndose, por una parte, fiel al derecho positivo, pero evitando a la vez el caer en el formalismo jurídico, alarga su mirada más allá de la ley y de la justicia humanas, para inspirarse y guiarse por ia Ley y la Justicia divinas, ideal de toda perfección, en frase del salmista: «A todo lo perfecto veo un límite, pero tus mandamientos son amplísimos» (Ps. 118, 96).

Acabáis de oír la lectura del evangelio de la Misa, en el que un doctor de la ley pregunta a Jesús cuál es el mayor de los mandamientos. Sabéis la respuesta del Divino Maestro, que a todos los compendia en el amor de Dios y del prójimo. De ahí que vuestra fidelidad a la verdad, vuestra actitud de obsequio a los preceptos y ordenanzas del derecho positivo, vuestra tensión espiritual en la búsqueda de la justicia y equidad transcendentes, deben ir vivificadas por la ley suprema del amor. Cuando el derecho y la justicia se inspiran en él, dejan de ser una cosa fría y mecánica; cuando las leyes y prescripciones humanas se consideran a la luz de la Ley Eterna del amor, de la que deben ser un destello y aplicación concreta, el campo del derecho adquiere calor, sentido y dinamismo insospechados.

Por eso la consideración y respeto a las exigencias inmutables de la justicia divina y de la caridad, lejos de estorbar o deformar la actividad del oficial público en la tutela y actuación de la justicia humana, le dan espíritu y vida, amplían inmensamente el horizonte para la solución de casos oscuros o no previstos por el legislador, y ofrecen segura salvaguarda contra la rigidez excesiva en la interpretación de las prescripciones positivas.

Amados Hijos: La exhortación de San Pablo que se acaba de proclamar en la lectura de su Carta a los cristianos de Efeso, es particularmente válida para vosotros: «Os exhorto, dice Pablo, . . . a caminar de un modo digno de la vocación con que fuisteis llamados, . . . cuidando de conservar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz» (Eph. 4, l-3). Es precisamente la fuerza comunitaria, que en alto grado anima e informa a vuestra vocación la que enriquece también con notas preciosas su espiritualidad. Sois cristianos, y ésta es ya una vocación excelsa que os coloca en la categoría de hijos de Dios. Circunstancias que pertenecen tal vez a la historia íntima de cada uno de vosotros, pero movidas sin duda por la mano delicada y eficaz de la Providencia, os han llevado a abrazar esta profesión, que, por las dotes que supone de ciencia, diligencia, probidad y rectitud, y por el compromiso con que os sella de mentores y custodios del orden legal, os confiere una misión nobilísima y os hace acreedores de la estima y respeto de la sociedad.

Mas esta vuestra vocación específica, dadas sus peculiares características, si bien es verdad que os impone una exigente donación de vosotros mismos y una continua renuncia a otras opciones de orden material, da a vuestra actividad profesional un altísimo valor espiritual, moral y social. Mediadores entre el orden jurídico establecido y la sociedad, y ricos de experiencia humana, no os limitáis a una simple intervención formalista. ¡Cuántas veces desde vuestro Estudio podéis devolver la paz a las familias, apagar rencores arreglar pleitos, defender patrimonios, evitar dispendios en litigios inútiles, tutelar a los débiles en sus intereses morales y materiales! De este modo vuestro trabajo se trasforma y eleva más y más; así os convertís en ejecutores de un programa superior de bondad y de justicia; vuestra vida se hace testimonio de la benevolencia y de la justicia misma de Dios. Que os aliente en el cumplimiento de esta vuestra altísima misión el saber que la Iglesia descubre en ella un sentido teológico, y una significación religiosa y trascendente.

Antes de terminar queremos poner vuestra profesión ante Cristo Salvador y Pacificador de los hombres, quien con su muerte canceló, clavándolo en la Cruz, el documento de la deuda de la humanidad (cfr. Col. 2, 14), y sello la Nueva Alianza con el testimonio de su Sangre; ante Cristo, que vino no a destruir la Ley sino a darle su total significado y cumplimiento; ante Cristo, que proclamó bienaventurados a cuantos tienen hambre y sed de justicia.

Que con la mirada bondadosa del Divino Redentor presente en el Altar y por su Preciosa Sangre, desciendan a raudales sobre vuestra benemérita «Unión», sobre vuestras personas y familias, sobre México católico las gracias de las que es prenda nuestra más cordial Bendición Apostólica.

III CONGRESO MUNDIAL DEL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Domingo 15 de octubre de 1967

SALUTO ED AUGURIO DEL PADRE PER L'IMPEGNO DEI LAICI ALL'APOSTOLATO SOTTO LA GUIDA DELLA SACRA GERARCHIA IN OGNI NAZIONE DEL MONDO

Figli carissimi! Prima di tutto il saluto!

Voi avete già ricevuto e scambiato saluti molto belli, molto affettuosi, e molto significativi: non potevano mancare ad un incontro come questo. Ebbene, ricevete anche il Nostro saluto; non è convenzionale, non è retorico, non è superfluo. Il Nostro saluto vi dice il cuore col quale siete qui accolti, il cuore di Chi, in Cristo, vi è Pastore, cioé legato a voi da doveri, da sentimenti, da speranze che impegnano il sentimento, il pensiero, la vita. Sì, il cuore di Chi, in Cristo, vi è Padre, vi è Fratello, vi è Amico. Questo saluto, come quelli, del resto, che già a voi sono stati rivolti, vi dice che nessuno di voi qui è straniero. Voi siete qui a casa vostra: la casa della fede comune; la casa della carità centrale; la casa dell’unità e dell’universalità cristiana. Bisogna che noi tutti abbiamo coscienza di questa fondamentale e vivente comunione, che indarno, pari a questa, noi cercheremmo altrove. Così vi dica questo saluto la Nostra gioia per vedervi raccolti intorno alla tomba di San Pietro, su cui Cristo ha voluto fondare la sua Chiesa, e per ravvisare in questo incontro un segno e una speranza dell’umanità che trova in Cristo la sua vocazione, la sua fratellanza, la sua pace, il suo destino. Prende forma nei Nostro spirito la visione dei Popoli, da cui voi provenite e che voi rappresentate, e si accende nel Nostro cuore una grande, soprannaturale affezione per ciascuna delle vostre Nazioni: la vostra presenza accresce in Noi la coscienza della Nostra missione, di amatori del genere umano; e accresce in Noi la fiducia che la sua storia si arrenderà un giorno ai disegno divino che la guida a trovare in Cristo il suo significato ed il suo termine; la fiducia, diciamo, che questo grande disegno unitario, tuttora chiuso nel cuore di Dio: si affretti, anche attraverso la vostra collaborazione, l’efficacia del vostro impegno nei mondo, l’ardore della vostra partecipazione all’apostolato, di cui le radiose giornate romane del vostro Congresso sono per Noi la promessa e l’aurora.

Risuonano alla Nostra memoria, quasi fatidiche, le parole di S. Agostino: «Vi è nel campo, cioè nei mondo, fino alla fine del tempo, il crescente frumento del Signore (sunt per agrum, id est per mundum, usque ad finem saeculi crescentia frumenta dominica [Contra litteras Petiliani, II, 78; P.L. 43, 3131)». Voi ci attestate questa spirituale vegetazione, voi siete per Noi un «segno dei tempi»: siate i benvenuti, Figli carissimi, siate benedetti!

Ma non possiamo dimenticare che partecipano a questa assemblea orante, in comunione di preghiera e di affetto, anche tutti i Padri del Synodus Episcoporum, i rappresentanti dell’episcopato universale, raccolti qui a Roma nelle loro altissime assise di studio per offrirCi la loro collaborazione nell’universale governo della Chiesa. Sono pertanto i vostri Vescovi, che vi guardano con immensa simpatia, e vi incoraggiano e vi salutano.

E qui l’umile Successore di Pietro rivolge il Suo deferente, fraterno omaggio a tutti voi, venerati membri del Sinodo, al cospetto dello splendente e policromo quadro del laicato cattolico mondiale, e osa dirvi fraternamente: vogliate bene ai laici, ai vostri laici! Siate la loro guida paterna, lungimirante, aperta, e date loro fiducia piena, che non sarà delusa! È il Concilio che ve lo chiede, è il Papa che vi esorta, certo di trovare in voi gli stimolatori consapevoli delle generose energie del laicato.

E un saluto pieno, cordiale, ricolmo di affetto e di stima va poi. agli Osservatori delle varie denominazioni cristiane, che onorano con la loro pietà questa assemblea. Ci procura grande piacere notare che siete venuti in numero tanto cospicuo; e quanto gradiremmo che anche voi pienamente gustaste la bellezza e l’incanto di questo incontro, secondo le parole ispirate: «Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum!» (Ps. 132, 1).

Noi vi ringraziamo di cuore per questa presenza, tanto significativa, mentre sale dal Nostro spirito l’augurio e la preghiera - che sappiamo condivisa da voi e dai vostri fratelli, sparsi nel mondo - che tutti possiamo un giorno celebrare insieme la comunione perfetta nell’unità voluta da Cristo, anelito supremo del suo Cuore.

SOLENNE RICONOSCIMENTO DELLA CHIESA PER LA DIGNITÀ E LA MISSIONE DEI LAICI: CHIAMATI AD ESSERE NON SOLTANTO FEDELI MA VALIDI COOPERATORI DEL REGNO DI DIO

Au cours de tette brève conversation, il Nous semble indispensable de résumer, en quelques affirmations fondamentales, la pensée de l’Eglise sur vous, chers Laïcs catholiques. Comme les navigateurs, au tours de leur itinéraire à travers l’immensité des mers, «font le point», c’est-à-dire déterminent leur position et leur direction, ainsi il Nous semble que votre troisième Congrès mondial exige qu’on mette en évidence les acquisitions doctrinales proclamées par l’Eglise en tette plus récente phase de son histoire, notamment au second Concile Oecuménique du Vatican.

Ce ne sont pas des choses nouvelles, mais ce sont des choses vraies, importantes, et pour vous qui les écoutez et les méditez ici, des choses fécondes, riches d’une immense vitalité. Voici la première: l’Eglise a accordé au Laïc, membre de la société à la fois mystérieuse et visible des fidèles, une solennelle reconnaissance. Voilà, si l’on peut dire, une nouveauté ancienne. L’Eglise a réfléchi sur sa nature, sur son origine, sur son histoire, sur sa «fonctionnalité», et elle a donné, du laïc qui lui appartient, la définition la plus digne et la plus riche: elle l’a reconnu comme incorporé au Christ et comme participant à la fonction sacerdotale, prophétique et royale du Christ lui-même, sans pour autant méconnaître sa caractéristique propre, qui est d’être un séculier, un citoyen de ce monde, de s’occuper des choses terrestres, d’exercer une profession profane, d’avoir une famille, de s’adonner, en tous domaines, aux études et aux intérêts temporels.

L’Eglise a proclamé la dignité du Laïc, non seulement parce qu’il est homme, mais aussi parce qu’il est chrétien. Elle l’a déclaré digne d’être, dans la forme et la mesure convenables, associé aux responsabilités de la vie de l’Eglise. Elle l’a jugé capable de rendre témoignage à sa foi. Au Laïc - homme et femme - elle a reconnu la plénitude des droits: droit à l’égalité dans la hiérarchie de la grâce; droit à la liberté dans le cadre de la loi morale et ecclésiastique; droit à la sainteté conforme à l’état de chacun.

On dirait que l’Eglise a mis une certaine complaisance à manifester cette doctrine sur le laïcat, tant sont nombreuses, à ce sujet, les expressions qui se lisent, se répètent, s’entrecroisent dans plusieurs des documents conciliaires. Et si l’on peut dire -qu’en substance l’Eglise avait toujours pensé ainsi, il faut, convenir qu’elle ne s’était jamais exprimée avec une pareille insistance, avec une pareille ampleur.

Eh bien, cette reconnaissance de la «citoyenneté» du Laïc dans l’Eglise de Dieu, Nous vous la redisons ici, heureux de confirmer la parole conciliaire; heureux d’y voir l’aboutissement d’un processus théologique, canonique et sociologique, désiré depuis longtemps et par beaucoup d’esprits clairvoyants; heureux de fonder sur lui les espérances d’une Eglise authentique, rajeunie, rendue plus apte à accomplir sa mission pour le salut chrétien du monde.

Mais tout n’est pas dit encore, chers Fils et Filles, quand on a reconnu et proclamé ce que vous êtes dans l’Eglise de Dieu. Il faut reconnaître et proclamer aussi ce que vous y pouvez et devez faire, ce que vous, catholiques librement consacrés à l’apostolat, vous y faites effectivement. Et Nous voici au cœur du sujet, à la définition même de votre idéal et de vos efforts, à ce que le monde entier peut lire dans le titre de vos Congrès: l’Apostolat des Laïcs.

Ici notre embarras est grand: car nous ne saurions que vous redire sous une autre forme ce que le Concile a proclamé, avec une incomparable autorité et dans des formules très étudiées, remarquables à la fois par la précision et la richesse de leur contenu.

Le principe est posé - et c’est déjà assez dire son importance - dans le texte même de la Constitution dogmatique sur l’Eglise. «Les Laïcs - y lit-on - réunis dans le peuple de Dieu et organisés dans l’unique Corps du Christ, sous une seule tête, sont appelés, quels qu’ils soient, à coopérer comme des membres vivants au progrès de l’Eglise et à sa sanctification permanente. (. . .) A tous les Laïcs, par conséquent, incombe la noble charge de travailler à ce que le dessein divin de salut parvienne de plus en plus à tous les hommes de tous les temps et de toute la terre» (Const. Lumen gentium , n. 33).

L’Eglise reconnaît donc le Laïc, vous le voyez, non seulement comme fidèle, mais comme apôtre. Et en ouvrant devant lui un champ presque illimité, elle lui adresse avec confiance l’invitation de la parabole évangélique: «Allez, vous aussi, travailler à ma vigne» (Matth. 20, 4). Ce travail sera multiple et diversifié. Le Décret conciliaire sur l’Apostolat des Laïcs après avoir, à son tour, posé fermement le principe que «la vocation chrétienne est aussi, par nature, vocation à l’apostolat», consacre deux chapitres entiers à détailler les «divers champs» et les «divers modes» de cet apostolat. Ces textes vous sont assurément familiers. Qu’il suffise de les avoir mentionnés pour renforcer dans vos âmes, chers Fils et chères Filles, la conviction inébranlable de la réalité de l’appel que l’Eglise vous adresse en ce milieu du vingtième siècle, de la confiance qu’elle place en vous, de l’ampleur des responsabilités qu’elle vous invite à assumer pour faire progresser le Règne du Christ parmi vos frères, pour être pleinement, comme vous y invite le thème de votre Congrès, «le peuple de Dieu dans l’itinéraire des hommes».

PIENA E CONVINTA RISPONDENZA ALLA MISSIONE DELLA CHIESA DOCENTE, CHE SOLA HA RICEVUTO DA CRISTO IL MANDATO DI «INSEGNARE, REGGERE E SANTIFICARE»

At this point, an objection arises. In fact, one may say, if the tasks entrusted to lay people in the apostolate are so vast, should it not be admitted that henceforth there are, in the Church, two parallel hierarchies, as it were - two organizations existing side by side, the better to ensure the great work of the sanctification and salvation of the world?

This, however, would be to forget the structure of the Church, as Christ wished it to be, by means of the diversity of ministries. Certainly the People of God, filled with graces and gifts, marching towards salvation, presents a magnificent spectacle. But does it follow that the People of God are their own interpreters of God’s Word and ministers of His grace? That they can evolve religious teachings and directives, making abstraction of the Faith with the Church professes with authority? Or that they can boldly turn aside from tradition, and emancipate themselves from the Magisterium?

The absurdity of these suppositions suffices to show the lack of foundation of such an objection. The Decree on the Apostolate of the Laity was careful to recall that «Christ conferred on the apostles and their successors the duty of teaching, sanctifying and ruling in His name and power» (N. 2).

Indeed, no one can take it amiss that the normal instrumental cause of the divine designs is the Hierarchy, or that, in the Church, efficacity is proportional to one’s adherence to those whom Christ «has made guardians, to feed the Church of the Lord» (cf. Act. XX, 28). Anyone who attempts to act without the Hierarchy, or against it. in the field of the Father of the family, could be compared to the branch which atrophies because it is no longer connected with the stem which provides its sap. As history has shown, such a one would be only a trickle of water, cutting itself off from the great mainstream, and ending miserably by sinking into the sands.

Do not think, beloved sons and daughters, that for this reason the Church desires to bridle your generous inspirations. Quite simply, she is faithful to herself, and to the will of her divine Founder. For the greatest Service she tan do for you, is to define your exact place and role in that organism which is intended to bring to the world the good news of salvation. «In the Church, there is diversity of Service, but unity of purpose» (Decree on the Apostolate of the Laity, N. 2).

CATECHISMO, AIUTI AL SACERDOTE, ESERCIZIO MULTIFORME DELLE OPERE DI CARITA; CONSACRARE A DIO IL MONDO; COMPENETRARE DI SPIRITO CRISTIANO LE MENTI I COSTUMI LE LEGGI

Was erwartet die Kirche von ihren Laien, die mit grossherziger Gesinnung und in guter Organisation treu zur kirchlichen Obrigkeit stehen?

Sie erwartet vor allem eine wesentliche Hilfe für den guten Fortgang der kirchlichen Werke.

Der theologische Fortschritt, von dem Wir eben sprachen, hat die Abgrenzung der Verantwortung zwischen Klerus und Laien erleichtert.

In Anbetracht des grossen Mangels an Geistlichen, Priestern und Diakonen, in vielen Teilen der Welt, wird es notwendig, dass die Laien - innerhalb der Katholischen Aktion und auch darüber hinaus - mehr und mehr jene Aufgaben übernehmen, die nicht unbedingt das Weihe-Priestertum voraussetzen.

Auch wenn es sich dabei um bescheidene Aufgaben handelt, wie den Katechismus-Unterricht für die Kleinen oder die vielfältigen Aufgaben der Caritas, die leiblichen und geistlichen Werke der Barmherzigkeit, sollen sie dessen eingedenk sein, dass auch dies fundamentale Aufgaben sind, und sie frohen Herzens übernehmen. So geben sie Zeugnis von dem Geist des Dienens, zu dem das Konzil Priester und Laien gleichermassen aufgerufen hat.

Eine andere Aufgabe wird durch ein Wort zum Ausdruck gebracht, das in den letzten Jahren zu einer tragenden Idee geworden ist: die «Consecratio Mundi», die Heiligung der Welt.

Die Welt ist euer Wirkungsfeld, in das ihr berufen seid. Der natürliche Gang der Dinge in dieser Welt, von tausend Faktoren abhängig, die Wir jetzt nicht im einzelnen erwähnen können, treibt sie zu einer Entwicklung, die von zeitgenössischen Denkern - begrüsst oder beklagt - als «Säkularisation, Laisierung» oder «Entsakralisierung» bezeichnet wird. Wir sagen es mit Schmerz: es finden sich sogar katholische Schriftsteller, die im Gegensatz zur zweitausendjährigen Tradition der Kirche, laut einer dauernden Schwächung, ja dem völligen Wegfall des geheiligten Charakters der Orte, Zeiten und Personen das Wort reden.

Euer Apostolat, geliebte Söhne und Töchter, muss sich diesen Strömungen entgegenstellen. Das Konzil hat es euch immer wieder zugerufen: Die Laien sollen «die Welt Gott weihen», sie sollen an der «Heiligung der Welt», an ihrer «christlichen Beseelung», and der «Gesundung der Einrichtungen und Lebensbedingungen der Welt» arbeiten, So sprechen die Konzils-Dokumente.

Und was bedeutet das anderes als die wiederum vollzogene Heiligung der Welt durch ihre erneute Durchdringung mit dem mächtigen Hauch des Glaubens an Gott und an Christus, der allein zum Heil und zu wahrem Glück führen kann.

Der heimgegangene Kardinal Cardijn hat dies wiederholt in bewegenden Worten ausgesprochen; auch Wir haben es erst kürzlich zum Ausdruck gebracht: «Die Laien müssen ihre eigentliche Aufgabe in Angriff nehmen: die Erneuerung der irdischen Ordnung. Ihre Obliegenheit ist es . . ., das Denken und die Sitten, die Gesetze und die Lebensordnungen ihrer Gemeinschaft mit christlichem Geist zu durchdringen». (Populorum progressio N. 81).

Wir möchten es euch erneut mit Nachdruck ans Herz legen: Tragt in die Welt von heute jene Kräfte, welche sie auf dem Weg des Fortschrittes und der Freiheit weiterführen und ihre grossen Probleme lösen können: den Hunger, die Gerechtigkeit unter den Völkern und den Frieden.

«ABBIATE FIDUCIA: ROMA VA AVANTI E IL PAPA LA GUIDA». NELLA UNIONE PERSONALE CON CRISTO È LA CERTEZZA DI OGNI VITTORIA. ESEMPI LUMINOSI: DUE GRANDI SANTE PRECONIZZATE DEGNE DEL TITOLO DI DOTTORE DELLA CHIESA.

Concluímos, queridos hijos e hijas, con unas palabras sobre la espiritualidad que debe caracterizar vuestra actividad. Vosotros no sois eremitas retirados del mundo para mejor entregaros a Dios. Es en el mundo, en la acción misma donde debéis santificaros. La espiritualidad que deberá inspiraros tendrá, pues, sus características propias y el Concilio no ha olvidado ilustrarlas en un largo párrafo del Decreto sobre el apostolado de los Laicos (N. 4). Baste decíroslo en una palabra: sólo vuestra unión personal y profunda con Cristo asegurará la fecundidad de vuestro apostolado cualquiera que sea. A Cristo, vosotros lo encontráis en la Escritura, en la participación activa tanto en la liturgia de la Palabra como en la liturgia eucarística. Vosotros lo encontráis en la oración personal y silenciosa, insustituible para asegurar el contacto del alma con Dios vivo, fuente de toda gracia.

El compromiso de apostolado en medio del mundo no destruye estos presupuestos fundamentales de toda espiritualidad, sino los supone, incluso los exige. ¿Quién estuvo más «comprometido» que la gran Santa Teresa, festejada cada año en este día del 15 de octubre? ¿Y quién, más que ella, supo encontrar su fuerza y la fecundidad para su acción en la plegaria y en una unión con Dios de todos los instantes? Nós nos proponemos reconocerle a ella un día, igual que a Santa Catalina de Siena, el título de Doctora de la Iglesia.

Añadiremos más: que la gracia de este Congreso, que la gracia de este encuentro con el Vicario de Cristo. que la gracia de Roma os acompañe y os sostenga. Llamado a dirigir la palabra a vuestro segundo Congreso mundial en 1957, bajo nuestro predecesor Pio XII, habíamos creido poder deciros: «Tened confianza: Roma va delante y el Papa la guía». Dejadnos que os lo repitamos hoy con una humilde conciencia de Nuestros límites, pero con idéntica gozosa certeza, reforzada por la esplendorosa experiencia que ha vivido la Iglesia en estos diez años.

Que en Nuestra voz resuene todo el fervor de la fe de San Pedro, todo el ardor de la caridad de San Pablo. Con su autoridad, os impartimos a todos vosotros de corazón Nuestra Bendición Apostólica, que extendemos a vuestras familias, a vuestros países, al laicado católico del mundo entero.

PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A BOGOTÁ

ORDENACIÓN DE DOSCIENTOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS EN LA SEDE DEL CONGRESO EUCARÍSTICO

HOMILÍA DEL PAPA PABLO VI

Jueves 22 de agosto de 1968

¡SEÑOR JESÚS! Te damos gracias por el misterio que acabas de realizar Tú, mediante el ministerio de nuestras manos y de nuestras palabras, por obra del Espíritu Santo.

Tú, te has dignado imprimir en el ser personal de estos elegidos tuyos una huella nueva, interior e imborrable; una huella, que les asemeja a Ti, por lo cual cada uno de ellos es y será llamado: otro Cristo. Tú has grabado en ellos tu semblante humano y divino, confiriéndoles no sólo una inefable semejanza contigo, sino también una potestad y una virtud tuyas, una capacidad de realizar acciones, que sólo la eficacia divina de tu Palabra atestigua y la de tu voluntad realiza.

Tuyos son, Señor, estos tus hijos, convertidos en hermanos y ministros tuyos, por un nuevo título. Mediante su servicio sacerdotal, tu presencia y tu sacrificio sacramental, tu evangelio, tu Espíritu, en una palabra, la obra de tu salvación, se comunicará a los hombres, dispuestos a recibirla; se difundirá en el tiempo de la generación presente y de la futura una incalculable irradiación de tu caridad e inundará de tu mensaje regenerador esta dichosa Nación este inmenso continente, que se llama América Latina, y que acoge hoy los pasos de nuestro humilde, pero incontenible, ministerio apostólico.

Tuyos son, Señor, estos nuevos servidores de tu designio de amor sobrenatural; y también nuestros, porque han sido asociados a Nos, en la gran obra de evangelización, como los más cualificados colaboradores de nuestro ministerio, como hijos predilectos nuestros; más aún, como hermanos en nuestra dignidad y en nuestra función, como obreros esforzados y solidarios en la edificación de tu Iglesia, como servidores y guías, como consoladores y amigos del Pueblo de Dios, como dispensadores, semejantes a Nos, de tus misterios.

Te damos gracias, Señor, por este acontecimiento, que tiene origen en tu infinito amor y que, más que hacernos dignos, nos obliga a celebrar tu misericordia misteriosa y nos incita solícitamente, casi con impaciencia, para salir al encuentro de las almas a las cuales está destinada toda nuestra vida, sin posibilidad de rescate, sin límites de donación, sin segundas intenciones de intereses terrenos.

¡Señor! en este momento decisivo y solemne, nos atrevernos a expresarte una súplica candorosa, pero no falta de sentido: haz, Señor, que comprendamos.

Nosotros comprendemos, cuando recordamos que Tú, Señor Jesús, eres el mediador entre Dios y los hombres; no eres diafragma, sino cauce; no eres obstáculo, sino camino; no eres un sabio entre tantos, sino el único Maestro; no eres un profeta cualquiera, sino el intérprete único y necesario del misterio religioso, el solo que une a Dios con el hombre y al hombre con Dios, Nadie puede conocer al Padre, has dicho Tú, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo, que eres Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, quisiere revelarlo (Cf. Mt 11, 27; Jn 1,18). Tú eres el revelador auténtico, Tú eres el puente entre el reino de la tierra y el reino del cielo: sin Ti, nada podemos hacer (Cf. Jn 15,5) . Tú eres necesario, Tú eres suficiente para nuestra salvación. Haz, Señor, que comprendamos estas verdades fundamentales.

Y haz que comprendamos, cómo nosotros, sí, nosotros, pobre arcilla humana tomada en tus manos, milagrosas, nos hemos transformado en ministros de esta tu única mediación eficaz (Cf. S. Th. III, 26, 1 ad 1). Corresponderá a nosotros, en cuanto representantes tuyos y administradores de tus divinos misterios (Cf. 1 Cor 4,1; 1 Petr 4, 10) difundir los tesoros de tu palabra, de tu gracia, de tus ejemplos entre los hombres, a los cuales desde hoy está dedicada totalmente y para siempre toda nuestra vida (Cf. 2 Cor 4, 5).

Esta misma mediación ministerial nos sitúa, hombres frágiles y humildes como seguimos siendo, en una posición, sí, de dignidad y de honor (Cf. 2 Cor 4, 5), de potestad,(Cf. 1 Cor 11, 24-25; Jn 20-33; Hech 1, 2 2 ; 1 Petr 5, 2 etc.) de ejemplaridad (Cf. 1 Cor 4, 16; 11, 1; Phil 3, 17; 1 Petr. 5, 3), que califica moral y socialmente nuestra vida y tiende a asimilar el sentimiento de nuestra conciencia personal al mismo que embargó tu divino corazón, oh Cristo, (Cf. Phil 2, 5; Eph 5, 1) habiéndonos convertido nosotros también, casi conviviendo contigo, en Ti, (Gal 2, 2) en sacerdotes y víctimas al mismo tiempo, (Cf Gal 2, 19) dispuestos a cumplir con todo nuestro ser, como Tú, Señor, la voluntad del Padre, (Cf. Gal 2, 19) obedientes hasta la muerte, como lo fuiste Tú hasta la muerte de cruz (Cf. Phil 2, 8.) para salvación del mundo (Cf. 1 Cor 11, 26).

Pero ahora, Señor, lo que quisiéramos entender mejor, es el efecto sicológico que el carácter representativo de nuestra misión debe producir en nosotros y la doble polarización de nuestra mentalidad. de nuestra espiritualidad y también de nuestra actividad hacia los des términos que encuentran en nosotros el punto de contacto y de simultaneidad: Dios y el hombre, en una analogía viviente y magnífica contigo, Dios y hombre.

Dios tiene en nosotros su instrumento vivo, su ministro y por tanto su intérprete, el eco de su voz; su tabernáculo, el signo histórico y social de su presencia en la humanidad, el hogar ardiente de irradiación de su amor hacia los hombres. Este hecho prodigioso (haz, Señor, que nunca lo olvidemos) lleva consigo un deber, el primero y el más dulce de nuestra vida sacerdotal: el de la intimidad con Cristo, en el Espíritu Santo y por lo mismo contigo, ¡oh Padre! (Cf. Jn 16, 27) ; es decir, el de una vida interior auténtica y personal, no sólo celosamente cuidada en el pleno estado de gracia, sino también voluntariamente manifestada en un continuo acto reflejo de conciencia, de coloquio, de suspensión amorosa, contemplativa (Cf. S. Greg., Regula Pastoralis I: contemplatione suspensus). La reiterada palabra de Jesús en la última Cena: « manete in dilectione mea »(Jn 15, 9; 15, 4 etc) se dirige a nosotros, amadísimos Hijos y Hermanos. En este anhelo de unión con Cristo y con la revelación, abierta por El en el mundo divino y humano, está la primera actitud característica del ministro, hecho representante de Cristo e invitado, mediante el carisma del Orden sagrado, a personificarlo existencialmente en sí mismo. Esto es algo importantísimo para nosotros, es indispensable. Y no creáis que esta absorción de nuestra consciente espiritualidad en el coloquio íntimo con Cristo, detenga o frene el dinamismo de nuestro ministerio, es decir, retrase la expansión de nuestro apostolado externo, o quizá sirva también para evadir la molesta y pesada fatiga de nuestra entrega al servicio de los demás, la misión que se nos ha confiado; no, ella es el estímulo de la acción ministerial, la fuente de energía apostólica y hace eficiente la misteriosa relación entre el amor a Cristo y la entrega pastoral (Cf. Jn 21, 15 ss). Más aún, es así como nuestra espiritualidad sacerdotal de representantes de Dios ante el Pueblo, se orienta hacia su otro polo, de representantes del Pueblo ante Dios. Y esto, fijaos bien, no sólo para prodigar a los hombres, amados por amor a Cristo, toda la actividad, todo nuestro corazón, sino también y en una fase anterior sicológica, para asumir nosotros su representación: en nosotros mismos, en nuestro afecto, en nuestra responsabilidad, recogemos al Pueblo de Dios. Somos no sólo ministros de Dios, sino también ministros de la Iglesia (Cf. Enc. Mediator Dei, AAS, 1947, p. 539); más aun, deberemos tener siempre presente que el Sacerdote cuando celebra la Santa Misa, hace « populi vices » (Pío XII, Magnificate Dominum, AAS, 1954 p. 688); y así, por lo que se refiere a la validez sacramental del sacrificio, el sacerdote actúa « in persona Christi »; mientras que en cuanto a la aplicación actúa como ministro de la Iglesia. (Cfr. Ch. Journet, L’Eglise du Verbe Incarné, I, p. 110, n. 1, 1° ed.; Cf. S. Th. III, 22, 1; Cf. 2 Cor. 5, 11).

Pidamos pues al Señor que nos infunda el sentido del Pueblo que representamos y que llevamos en nuestra misión sacerdotal y en nuestro corazón de consagrados a su salvación; del Pueblo que reunimos en comunidad eclesial, que convocamos en torno al altar, de cuyas necesidades, plegarias, sufrimientos, esperanzas, debilidades y virtudes somos intérpretes. Nosotros constituimos, en el ejercicio de nuestro ministerio cultual, el Pueblo de Dios.

Nosotros hacemos coincidir en nuestro carácter representativo y ministerial las diversas categorías que componen la comunidad cristiana: los niños, los jóvenes, la familia, los trabajadores, los pobres, los enfermos y también los lejanos y los adversarios. Nosotros somos el amor que une a las gentes de este mundo. Somos su corazón. Somos su voz, que adora y ruega, que goza y llora. Nosotros somos su expiación (Cf. 2 Cor 5, 21). Somos los mensajeros de su esperanza.

Haz, Señor, que comprendamos. Tenemos que aprender a amar así a los hombres. Y también a servirlos así. No nos costará estar a su servicio, al contrario, esto será nuestro honor y nuestra aspiración. No nos sentiremos nunca apartados socialmente de ellos, por el hecho de que seamos y debamos ser distintos en virtud de nuestro oficio. No rehusaremos jamás ser para ellos hermanos, amigos, consoladores, educadores y servidores. Seremos ricos con su pobreza y pobres en medio de sus riquezas. Seremos capaces de comprender sus angustias y de transformarlas no en cólera y en violencia, sino en la energía fuerte y pacífica de obras constructivas. Sabremos estimar que nuestro servicio sea silencioso (Cf. Mt. 6, 3.), desinteresado (Cfr Mt 10, 8) y sincero en la constancia, en el amor y en el sacrificio; confiados en que tu poder, Señor, lo hará un día eficaz (Cf. Jn 4, 37). Tendremos siempre delante y dentro del espíritu, a la Iglesia, una, santa, católica, en peregrinación hacia la meta eterna; y llevaremos grabada en la memoria y en el corazón nuestro lema apostólico: Pro Chisto ergo legatione fungimur (2 Cor 5, 20).

Mira, Señor; estos nuevos sacerdotes, estos nuevos diáconos harán propia la divisa, la consigna de ser embajadores tuyos, tus heraldos, tus ministros en esta tierra bendita de Colombia, en este cristiano continente de América Latina.

Tú, Señor, los llamaste, Tú los has revestido ahora de la gracia, de los carismas, de los poderes de la ordenación, sacerdotal en unos y diaconal en otros. Haz, que todos sean siempre ministros fieles tuyos.

Nos te suplicamos, Señor, que, mediante su ministerio y su ejemplo, se conserve la fe católica en estos países; se encienda con nueva luz y resplandezca en la caridad operante y generosa; Te pedimos que su testimonio haga eco al de sus Obispos y robustezca el de sus hermanos, a fin de que todos sepan alimentar la verdadera vida cristiana en el Pueblo de Dios; que tengan la lucidez y la valentía del Espíritu para promover la justicia social, para amar y defender a los Pobres, para servir con la fuerza del amor evangélico y con la sabiduría de la Iglesia, madre y maestra, a las necesidades de la sociedad moderna; y, finalmente, Te suplicamos que, recordando este Congreso, ellos busquen y gusten en el misterio eucarístico la plenitud de su vida espiritual y la fecundidad de su ministerio pastoral. ¡Te lo pedimos! ¡Escúchanos, Señor!

PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A BOGOTÁ

SANTA MISA PARA LOS CAMPESINOS COLOMBIANOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Viernes 23 de agosto de 1968

¡Salve, Campesinos colombianos! ¡Salve, trabajadores de la tierra en América Latina! ¡Paz y bendición a todos, en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador!

OS CONFIAMOS que este encuentro con vosotros es uno de los momentos más deseados y más hermosos de nuestro viaje; uno de los más íntimos y significativos de nuestro ministerio apostólico y pontificio.

Hemos venido a Bogotá para rendir honor a Jesús en su misterio eucarístico y sentimos pleno gozo por haber tenido la oportunidad de hacerlo, llegando también ahora hasta aquí para celebrar la presencia del Señor entre nosotros, en medio de la Iglesia y del mundo, en vuestras personas. Sois vosotros un signo, una imagen, un misterio de la presencia de Cristo. El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino. Os recordamos lo que dijo un grande y sabio Obispo, Bossuet, sobre la « eminente dignidad de los pobres » (Cf. Bossuet, De l’éminente dignité des Pauvres). Y toda la tradición de la Iglesia reconoce en los Pobres el Sacramento de Cristo, no ciertamente idéntico a la realidad de la Eucaristía, pero sí en perfecta correspondencia analógica y mística con ella. Por lo demás Jesús mismo nos lo ha dicho en una página solemne del evangelio, donde proclama que cada hombre doliente, hambriento, enfermo, desafortunado, necesitado de compasión, y de ayuda es El, como si El mismo fuese ese infeliz, según la misteriosa y potente sociología, (Cf. Mt 25, 35 ss) según el humanismo de Cristo.

Amadísimos hijos, vosotros sois Cristo para Nos. Y Nos, que tenemos la formidable suerte de ser su Vicario en el magisterio de la verdad revelada por El, y en el ministerio pastoral de toda la Iglesia católica, queremos descubrir a Cristo como redivivo y padeciendo en vosotros. No hemos venido para recibir vuestras filiales aclamaciones, siempre gratas y conmovedoras, sino para honrar al Señor en vuestras personas, para inclinarnos por tanto ante ellas y para deciros que aquel amor, exigido tres por Cristo resucitado a Pedro (Cf. Io. 21, 15 ss), de quien somos el humilde y último sucesor, lo rendimos a El en vosotros, en vosotros mismos. Os amamos, como Pastor. Es decir, compartiendo vuestra indigencia y con la responsabilidad de ser vuestro guía y de buscar vuestro bien y vuestra salvación. Os amamos con un afecto de predilección y con Nos, recordadlo bien y tenedlo siempre presente, os ama la Santa Iglesia católica.

Porque conocemos las condiciones de vuestra existencia: condiciones de miseria para muchos de vosotros, a veces inferiores a la exigencia normal de la vida humana. Nos estáis ahora escuchando en silencio; pero oímos el grito que sube de vuestro sufrimiento y del de la mayor parte de la humanidad (Cf. Concilio Vaticano II. Const. Gaudium et Spes n. 88). No podemos desinteresarnos de vosotros; queremos ser solidarios con vuestra buena causa, que es la del Pueblo humilde, la de la gente pobre. Sabemos que el desarrollo económico y social ha sido designa1 en el gran continente de América Latina; y que mientras ha favorecido a quienes lo promovieron en un principio, ha descuidado la masa de las poblaciones nativas, casi siempre abandonadas en un innoble nivel de vida y a veces tratadas y explotadas duramente. Sabemos que hoy os percatáis de la inferioridad de vuestras condiciones sociales y culturales, y estáis impacientes por alcanzar una distribución más justa de los bienes y un mejor reconocimiento de la importancia que, por ser tan numerosos, merecéis y del puesto que os compete en la sociedad. Bien creemos que tenéis algún conocimiento de cómo la Iglesia católica ha defendido vuestra suerte; la han vindicado los Papas, nuestros Predecesores, con sus célebres Encíclicas sociales (Cfr. Encíclica Mater et Magistra «AAS» 1961 pág.. 422 ss); la ha defendido el Concilio ecuménico (Cfr. Gaudium et Spes , nn. 9, 66, 71, etc..), Nos mismo hemos patrocinado vuestra causa en la encíclica « Sobre el progreso de los Pueblos ».

Pero hoy el problema se ha agravado porque habéis tomado conciencia de vuestras necesidades y de vuestros sufrimientos y, como otros muchos en el mundo, no podéis tolerar que estas condiciones deban perdurar siempre sin ponerles solícito remedio.

Nos preguntamos, ¿qué podemos hacer por vosotros, después de haber hablado en vuestro favor? No tenemos, lo sabéis bien, competencia directa en estas cuestiones temporales, y ni siquiera medios ni autoridad para intervenir prácticamente en este campo.

Pero os queremos decir:

1) Nos seguiremos defendiendo vuestra causa. Podemos afirmar y confirmar los principios, de los cuales dependen las soluciones prácticas. Continuaremos proclamando vuestra dignidad humana y cristiana. Vuestra existencia tiene un valor de primera importancia. Vuestra persona es sagrada. Vuestra pertenencia a la familia humana debe ser reconocida, sin discriminaciones, en un plano de hermandad. Esta, aun admitiendo un orden jerárquico y orgánico en el conjunto social, debe ser reconocida efectivamente, ya sea en el campo económico, con particular atención a la justa retribución, a la habitación conveniente, a la instrucción de base y la asistencia sanitaria, ya sea en el campo de los derechos civiles y de la participación gradual en los beneficios y en las responsabilidades del orden social.

2) Seguiremos denunciando las injustas desigualdades económicas, entre ricos y pobres; los abusos autoritarios y administrativos en perjuicio vuestro y de la colectividad. Continuaremos alentando las iniciativas y los programas de las Autoridades responsables, de las Entidades internacionales, y de los Países prósperos, en favor de las poblaciones en vía de desarrollo. A este respecto nos alegra saber que, en feliz coincidencia con el gran Congreso Eucarístico, se están estudiando y promoviendo planes nuevos y orgánicos para las clases trabajadoras, especialmente para las rurales, para vosotros, Campesinos.

Y, con esta oportunidad exhortamos a todos los Gobiernos de América Latina y de los otros continentes, como también a todas las clases dirigentes y acomodadas, a seguir afrontando con perspectivas amplias y valientes, las reformas necesarias que garanticen un orden social más eficiente, con ventajas progresivas de las clases hoy menos favorecidas y con una más equitativa aportación de impuestos por parte de las clases más pudientes; en particular de aquellas que poseyendo latifundios no están en grado de hacerlos más fecundos y productivos, o pudiéndolo, gozan de los frutos para provecho exclusivo suyo; lo mismo decimos de aquellas categorías de personas que, con poca o ninguna fatiga, realizan utilidades excesivas o perciben conspicuas retribuciones.

3) Igualmente seguiremos patrocinando la causa de los Países necesitados de ayuda fraterna para que otros pueblos, dotados de mayores y no siempre bien empleadas riquezas, quieran ser generosos en dar aportaciones; no lesionen la dignidad ni la libertad de los Pueblos beneficiados, y abran al comercio vías más fáciles en favor de las Naciones, todavía sin suficiencia económica. Por nuestra parte alentaremos, con los medios a nuestro alcance, este esfuerzo por dar a la riqueza su finalidad primaria de servicio al hombre, no sólo en un plano privado y local, sino también más amplio, internacional, frenando así el goce fácil y egoísta de la misma o su empleo en gastos superfluos o en exagerados y peligrosos armamentos.

4) Nos mismo trataremos, en el límite de nuestras posibilidades económicas, de dar ejemplo, de reavivar siempre en la Iglesia sus mejores tradiciones de desinterés, de generosidad, de servicio, apelándonos cada vez más aquel espíritu de Pobreza, que nos predicó el divino Maestro y que nos ha recordado el Concilio ecuménico de manera autorizada (Cfr. Concilio Vaticano II. Constit. Lumen Gentium n. 8; Gaudium et Spes , n. 88)

5) Consentidnos, amadísimos hijos, que os anunciemos también a vosotros la bienaventuranza que os es propia, la bienaventuranza de la Pobreza evangélica. Dejad que Nos, aunque siempre nos esforcemos en todas las maneras para aliviar vuestras penas y para procuraros un pan más abundante y más fácil, os recordemos que « no sólo de pan vive el hombre » (Matth. 4,4) y que de otro pan, el del alma, es decir, el de la religión, el de la fe, el de la Palabra y de la Gracia divinas, tenemos todos necesidad; y dejad que os digamos aún más; vuestras condiciones de gente humilde son más propicias para alcanzar el reino de los cielos, esto es, los bienes supremos y eternos de la vida, si son llevadas con la paciencia y con la esperanza de Cristo.

Permitid finalmente que os exhortemos a no poner vuestra confianza en la violencia ni en la revolución; tal actitud es contraria al espíritu cristiano y puede también retardar y no favorecer la elevación social a la cual aspiráis legítimamente. Procurad más bien secundar las iniciativas en favor de vuestra instrucción, por ejemplo la de Acción Cultural Popular; procurad estar unidos y organizaros bajo el signo cristiano, y capacitaros para modernizar los métodos de vuestro trabajo rural; amad vuestros campos y estimad la función humana, económica y civil de trabajadores de la tierra, que vosotros ejercitáis.

¡Recibid Nuestra Bendición Apostólica! Es para vosotros, Campesinos de Colombia, de América Latina; para todos vosotros, trabajadores del campo en el mundo entero. Descienda ella sobre vuestras personas, sobre vuestras familias, sobre los niños, los jóvenes, los ancianos, los .enfermos; descienda sobre cuantos os aman y os asisten. Descienda llena de consuelos y de gracias, por virtud de aquel Jesús, a quien representamos aquí, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A BOGOTÁ

SANTA MISA PARA LA «JORNADA DEL DESARROLLO»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Viernes 23 de agosto de 1968

QUEREMOS DIRIGIROS unas sencillas palabras. Ellas suponen que todos nosotros aquí presentes y cuantos desde lejos escuchan nuestra voz, estamos firmemente persuadidos de la verdad del título que se ha dado al misterio eucarístico para definir este Congreso: vínculo de caridad. Se ha tratado así de penetrar en las intenciones de Señor, el cual al instituir este Sacramento quiso unir su vida divina a la nuestra tan íntimamente, tan amorosamente, hasta convertirse en alimento nuestro y de este modo hacernos participes personalmente de su sacrificio redentor, representado y perpetuado en el sacramento eucarístico. Pero no quiso con ello acabar, en el ámbito de cada uno de los comensales de su mesa sacramental, la onda de su caridad, sino injertar y llevar a cada uno de nosotros en el designio de salvación, abierto a toda la humanidad y realizado en aquéllos que se dejan absorber por la unidad efectiva de su cuerpo místico que es la Iglesia (Cf. S. Th., III, 73, 3.). La finalidad, la gracia, la virtud de la Eucaristía que brota del amor de Cristo hacia nosotros, tiende a difundir este amor desde nosotros a los demás. Quien se nutre de la Eucaristía, debe por esto mismo comprender su vocación a la caridad para con el prójimo, debe dilatar el espacio de la caridad (Cfr. S. Aug. Sermo 10. De Verbis Domini) desde sí mismo a los otros, debe poner en conexión el vínculo sacramental de caridad, que lo incorpora vitalmente a Cristo, con el vínculo social de caridad, mediante el cual debe unir la propia vida a la vida de los demás hombres, transformados virtualmente en hermanos suyos.

Esta es la premisa, éste es el punto de acuerdo del que todos debemos estar convencidos.

Por ello, al celebrar en medio de vosotros, con vosotros y para vosotros, esta santa Misa, no tenemos otra cosa que deciros sino ésta: en nombre de Cristo y como empujados por su caridad interior, haceos todos y cada uno promotores de su caridad. Dejaos colmar de su amor en el secreto de vuestra intimidad personal, y después, procurad que este amor rebose, se extienda idealmente en el círculo universal de la humanidad y prácticamente en la esfera de vuestras relaciones familiares y sociales. Que la chispa de amor, encendida en cada uno de los corazones, se convierta en fuego, que arda en el ámbito-comunitario de nuestra vida. Haced del amor de Cristo el principio de renovación moral y de regeneración social de esta América Latina, a donde hemos venido también para suscitar la llama de esa caridad que une al manantial supremo de nuestra salvación y transforma la convivencia humana, tan necesitada de superar sus divisiones y sus contrastes, en una familia de hermanos. El amor es el principio, la fuerza, el método, el secreto para lograrlo. El amor es la causa por la cual vale la pena actuar y luchar. El amor debe ser el vínculo para transformar a la gente sencilla, amorfa, desordenada, sufrida y a veces maliciosa, en un Pueblo nuevo, vivo y activo: en un Pueblo unido, fuerte, consciente, próspero y feliz. Al decir amor, entendemos el amor a Cristo, su misteriosa caridad, divina y humana; el amor de Dios que trasciende el amor a los hombres .y que, siendo distinto de éste, es su luz y su manantial.

No prolongaremos nuestro discurso, sino para dirigir a las categorías más numerosas y más representativas de esta asamblea, una palabra relacionada con una objeción que puede surgir en la mente de todos: ¿basta la caridad? ¿Es suficiente el amor para levantar el mundo y para vencer las innumerables dificultades de diversa índole que se oponen al desarrollo transformador y regenerador de la sociedad, como la historia, la etnografía, la economía, la política, la organización de la vida pública, nos la presentan hoy? ¿Estamos seguros de que, frente al mito moderno de la efectividad temporal, la caridad no es pura ilusión ni una alienación? Tenemos que responder sí y no. Sí la caridad es necesaria y suficiente como principio propulsor del gran fenómeno innovador de este mundo imperfecto en que vivimos. No, la caridad no basta si se queda en pura teoría verbal y sentimental ( Cfr. Mt. 7, 21) y si no va acompañada de otras virtudes, la primera la justicia que es la medida mínima de la caridad, y de otros coeficientes, que hagan práctica, operante y completa la acción, inspirada y sostenida por la misma caridad, en el campo específicamente variado de las realidades humanas y temporales.

Bien sabemos que tales realidades en América Latina - en el momento en que el Papa viene por primera vez a visitar este Continente - se encuentran en una situación de crisis profunda, verdaderamente histórica la cual encierra tantos, excesivos, aspectos de preocupación angustiosa.

¿Puede el Papa ignorar este fermento? ¿No habría fallado una de las finalidades de este viaje si él volviese a Roma sin haber afrontado el punto central del problema que origina tanta inquietud?

Muchos, especialmente entre los jóvenes, insisten en la necesidad de cambiar urgentemente las estructuras sociales que, según ellos, no consentirían la consecución de unas efectivas condiciones de justicia para los individuos y las comunidades; y algunos concluyen que el problema esencial de América Latina no puede ser resuelto sino con la violencia.

Con la misma lealtad con la cual reconocemos que tales teorías y prácticas encuentran frecuentemente su última motivación en nobles impulsos de justicia y de solidaridad debemos decir y reafirmar que la violencia no es evangélica ni cristiana; y que los cambios bruscos o violentos de las estructuras serían falaces, ineficaces en sí mismos y no conformes ciertamente a la dignidad del pueblo la cual reclama que las transformaciones necesarias se realicen desde dentro, es decir, mediante una conveniente toma de conciencia, una adecuada preparación y esa efectiva participación de todo que la ignorancia y las condiciones de vida, a veces infrahumanas, impiden hoy que sea asegurada.

Por tanto, a nuestro modo de ver, la llave para resolver el problema fundamental de América Latina, la ofrece un dulce esfuerzo, simultáneo, armónico y recíprocamente benéfico: proceder, sí, a una reforma de las estructuras sociales, pero que sea gradual y por todos asimilable y que se realice contemporánea y unánimemente, y diríamos, como una exigencia de la labor vasta y paciente encaminada a favorecer la elevación de la « manera de ser hombres » de la gran mayoría de quienes hoy viven en América Latina. Ayudar a cada uno a tener plena conciencia de su propia dignidad, a desarrollar su propia personalidad dentro de la comunidad de la que es miembro, a ser sujeto consciente de sus derechos y de sus obligaciones, a ser libremente un elemento válido de progreso económico, cívico y moral en la sociedad a la que pertenece: esta es la grande y primordial empresa, sin cuyo cumplimiento, cualquier cambio repentino de estructuras sociales sería un artificio vano, efímero y peligroso.

Esa empresa, bien lo sabéis, se traduce concretamente en toda actividad apta para favorecer la promoción integral del hombre y su inserción activa en la comunidad: alfabetización, educación de base, educación permanente, formación profesional, formación de la conciencia cívica y política, organización metódica de los servicios materiales que son esenciales para el desarrollo normal de la vida individual y colectiva en la época moderna.

¿Podemos esperar que el grave problema será examinado y justamente comprendido a la luz también del misterio de la caridad que estamos celebrando? ¿Sabréis sacar de este misterio, vosotros, queridos Hijos de América Latina, la fuerza necesaria y eficaz para dar a cada uno su debida y urgente aportación a fin de resolverlo? Sí. El Papa lo espera. El Papa tiene confianza en vosotros.

Por nuestra parte, queremos recalcar aquí, ante vosotros, representantes calificados de todas las categorías sociales de América Latina, nuestro empeño: proseguir con renovado entusiasmo’ y con todos los medios a nuestro alcance, en el esfuerzo en orden a la realización de los intentos mencionados, intentos y propósitos que ya proclamamos al mundo con la Encíclica « Populorum Progressio ».

Diremos ahora una palabra especial a vosotros, estudiantes, a vosotros, estudiosos y hombres de la cultura: es necesario que vuestra caridad se empeñe sobre todo con el pensamiento, y tenga la sed, la humildad y la valentía de la verdad. Es incumbencia vuestra especialmente liberar a vosotros mismos y a nuestro mundo intelectual de la supina adhesión a los lugares comunes, a la cultura de masa, a las ideologías que la moda o la propaganda convierten en fáciles e irresistibles; y sois vosotros los que habéis de encontrar en la verdad, -la única que tiene derecho a comprometer nuestra mente-, la libertad de obrar como hombres y come cristianos (Cf. Jo. 8,32). Y toca a vosotros, entre todos, ser apóstoles de la verdad.

Queremos deciros también a vosotros, trabajadores, cuál nos parece que deba ser el camino para desplegar vuestra caridad, alimentada por la fe y por la comunión en Cristo; el camino que conduce al encuentro con vuestros compañeros de fatiga y de esperanza; este camino es la unión, es decir, la asociación, no como simple estructura organizativa o como instrumento de sumisión colectiva, en manos del despotismo de algunos jefes inapelables, sino como escuela de conciencia social, como profesión de solidaridad, de hermandad, de defensa de los intereses comunes y de empeño ante los comunes deberes. Vuestra caridad debe por tanto tener para sí misma la fuerza: la fuerza del número, del dinamismo social; no la fuerza subversiva de la revolución y de la violencia sino la constructiva de un orden nuevo más humano, en el cual se satisfagan vuestras legítimas aspiraciones y todo factor económico y social converja en la justicia del bien común. Ya sabéis cómo en vuestro esfuerzo por este orden nuevo y mejor, la Iglesia es, singularmente para vosotros, hombres del trabajo, « Madre y Maestra ».

Y a vosotros, hombres de las clases dirigentes, ¿qué os podemos decir? ¿En qué dirección debe dilatarse esa caridad que también vosotros queréis sacar de la fuente eucarística? No rehuséis nuestra palabra, aunque os pareciere paradójica y hostil. Es la palabra del Señor. A vosotros se os pide la generosidad. Es decir, la capacidad de sustraeros a un inmovilismo de vuestra posición, que puede ser o aparecer privilegiada, para poneros al servicio de quienes tienen necesidad de vuestra riqueza, de vuestra cultura, de vuestra autoridad. Podríamos recordaros el espíritu de la pobreza evangélica, la cual, rompiendo las ataduras de la posesión egoísta de los bienes temporales estimula al cristiano a disponer orgánicamente la economía y el poder en beneficio de la comunidad. Tened vosotros, señores del mundo e hijos de la Iglesia, el espíritu instintivo del bien que tanto necesita la sociedad. Que vuestro oído y vuestro corazón sean sensibles a las voces de quienes piden pan, interés, justicia, participación más activa en la dirección de la sociedad y en la prosecución del bien común. Percibid y emprended con valentía, hombres dirigentes, las innovaciones necesarias para el mundo que os rodea; haced que los menos pudientes, los subordinados, los menesterosos, vean en el ejercicio de la autoridad la solicitud, el sentido de medida, la cordura, que hacen que todos lo respeten y que para todos sea beneficioso. La promoción de la justicia y la tutela de la dignidad humana sean vuestra caridad. Y no olvidéis que ciertas grandes crisis de la historia habrían podido tener otras orientaciones, si las reformas necesarias hubiesen prevenido tempestivamente, con sacrificios valientes, las revoluciones explosivas de la desesperación.

Y ¿cuál vuestra caridad, familias cristianas, que hoy rodeáis nuestro altar, como representando a las innumerables familias que componen las poblaciones de América Latina? Refluya sobre vosotras mismas vuestra caridad, que percibisteis de Cristo. Debéis ser los hogares de aquel primitivo amor humano, que el Señor elevó, mediante el Sacramento del matrimonio, al grado de caridad, de gracia sobrenatural. Padres, madres e hijos de familia, convertid vuestra casa en una pequeña sociedad ideal, donde el amor reine soberano y sea escuela doméstica de todas las virtudes humanas y cristianas.

Y para terminar recordaremos a todos que Cristo se ha dado a sí mismo en la Eucaristía como memorial de su sacrificio. Por esto, nosotros no podremos hacer derivar de este sacramento el amor, del cual es signo y realidad, para ofrecerlo nosotros mismos como don a los hermanos, sin sacrificio. El amó y se sacrificó: dilexit et tradidit semetipsum.(Eph. 5, 2). Nosotros deberemos imitarlo. He ahí la Cruz! Tendremos que amar, hasta el sacrificio de nuestras personas, si queremos edificar una sociedad nueva, que merezca ponerse como ejemplo, verdaderamente humana y cristiana.


PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A BOGOTÁ

MISA EN LA PARROQUIA DE SANTA CECILIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Sábado 24 de agosto de 1968

Queridísimos enfermos aquí presentes, leprosos de Agua de Dios que nos escucháis, enfermos de Colombia y del mundo:

NOS DISPONEMOS a celebrar, dentro de unos instantes, la Santa Misa. Antes queremos deciros que os llevamos dentro del corazón, que ocuparéis un puesto de predilección en nuestro recuerdo de Altar porque en vosotros vemos a Cristo doliente, que vamos a pedir intensamente por vuestra mejoría y a depositar en el Cáliz de Redención vuestros sufrimientos y vuestras ansias para que en vosotros tengan el valor de un mérito que contribuye, con vuestro generoso ofrecimiento, a la santificación de la Iglesia y del mundo.

Cuando llegue el momento del Ofertorio, sabed que el Papa os presenta a Cristo; en el silencio de la Elevación, sabed que pide muchos destellos de fortaleza y de amor para vosotros y vuestros familiares; en el momento de la Comunión, sabed que os desea que Jesús, Huésped Divino, difunda para siempre su paz en vuestros corazones.

Entretanto, y como prenda de esos dones, os anticipamos una cordialísima Bendición.

* * *


Carísimos Hijos:

ANTE TODO, hagamos nuestras presentaciones. ¿Quiénes sois vosotros? Vosotros sois cristianos, católicos, hijos de la Iglesia; por tanto sois mis hijos, y como a tales yo os saludo.

Saludo al Clero presente y, en primer lugar, al Párroco. Veo en él no sólo al hijo sino también al hermano, puesto que él es sacerdote; él es el colaborador del ministerio pastoral; y yo quiero honrar el grande y devoto servicio que él lleva a cabo en esta Parroquia que es una porción de la Iglesia católica y quiero ver en su persona a todos los Párrocos, a todos los Sacerdotes entregados a la cura de almas; y deseo enviar desde aquí mi saludo y mi bendición a todos los Sacerdotes que consagran su vida al culto de Dios y a la asistencia religiosa y caritativa de la comunidad eclesial: les doy gracias, los aliento y los bendigo.

Saludo también a vosotros, fieles de esta Parroquia; a vosotras, familias cristianas; a vosotros, trabajadores y campesinos; a vosotros, jóvenes; y especialmente a vosotros, niños que recibiréis hoy la primera Comunión.

Y, ¿quién soy yo ? Bien lo sabéis: soy, como vosotros, un hombre; un hombre modesto y necesitado; necesitado de la misericordia de Dios y de vuestras oraciones. Porque he sido encargado, sin mérito o elección por mi parte, de representar al Señor Jesús; soy el sucesor de San Pedro, el apóstol a quien el Señor entregó las llaves, esto es, los poderes para dirigir santificar la Iglesia y para guiar a todos los fieles hacia su salvación en el paraíso. Soy el Papa que quiere decir: padre de todos. Por ello llego a vosotros en el nombre del Señor; y querría que vosotros, al mirarme, pensaseis no en mi humilde persona sino en El, en Jesús, presente en mi ministerio.

Una sola palabra tengo que deciros: que me siento, feliz de encontrarme hoy entre vosotros! ¿Por qué me siento feliz? Porque también Jesús, si estuviese aquí personal y visiblemente, como lo estaba durante su vida temporal del Evangelio, se sentiría feliz. El amaba a los niños; El amaba a la gente sencilla y pobre; El amaba a quienes lo escuchaban. Vosotros, hijos queridísimos, sois los preferidos del Señor y, por tanto, los preferidos míos, del Papa, el cual tiene el gozo de hallarse entre vosotros, de conoceros, de consolaros, de honraros, de bendeciros.

Más aún, os diré que mi alegría ha de ser la vuestra, porque estáis los más cercanos a Cristo, precisamente por las condiciones de vuestra vida, y sois los que mejor podéis entender que Cristo es nuestro gozo, nuestra verdadera y suprema felicidad.

Yo querría que esta palabra quedase en vuestras almas, como recuerdo de este encuentro: Cristo es el gozo y el consuelo de la vida. El es el gozo porque da a nuestra vida su verdadero significado, su dignidad, su seguridad. Es nuestro consuelo porque también El, el Señor, ha sufrido, ha sido pobre, ha trabajado con fatiga, y hasta fue puesto en la cruz. El nos entiende, El es nuestro compañero, El es nuestro consolador. Jesús, hijos carísimos, es el defensor de la gente pobre, Jesús es la esperanza de los míseros y de los desvalidos! Es Jesús quien nos hace buenos, quien nos hermana, quien nos da el sentido de la justicia, quien nos hace fuertes en el sufrir y en el querer. Es Jesús quien perdona nuestros pecados. Es El quien santifica nuestros dolores. Es El quien nos enseña a amar. Es Jesús quien nos da la paz, la verdadera paz, con el pan para esta vida y con el pan para la vida eterna, mejor que ésta. Es Jesús el profeta de las bienaventuranzas.

Pues bien. Recordad este encuentro con Jesús y también estas palabras para siempre: ¡Jesús es el gozo de nuestra vida!

Está para llegar El. Bajo las apariencias del Pan eucarístico, Jesús, dentro de poco, se encontrará aquí.

¡Estará aquí para vosotros, niños! ¡para vosotros, enfermos!

¡para todos vosotros, fieles de Santa Cecilia!

¡Estará aquí para decir a cada uno de vosotros: Yo soy el pan de la vida! Yo soy vuestro alimento, vuestro conforto, vuestra esperanza, vuestra felicidad.

¡Jesús es el gozo de nuestra vida!


PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A BOGOTÁ

INAUGURACIÓN DE LA II ASAMBLEA GENERAL DE LOS OBISPOS DE AMÉRICA LATINA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI Sábado 24 de agosto de 1968

Venerados, queridos, carísimos Hermanos:

BENEDICAMUS DOMINO! Bendecimos y damos gracias al Señor que nos concede este fraternal encuentro. Saludamos a todos y a cada uno de vosotros con la veneración, con el afecto, con la profundidad y la riqueza de sentimientos que la caridad de nuestro Señor y la elección común al gobierno pastoral y al servicio generoso de la Iglesia pueden suscitar en el corazón del humilde sucesor de Pedro. Y con vosotros saludamos y bendecimos a todos los Obispos y Ordinarios de América Latina, representados aquí por vosotros, a los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas y a todos los fieles, a toda la Santa Iglesia católica de este gran continente.

Venerables Hermanos! No podemos ocultaros la viva emoción que invade nuestro espíritu en estos momentos. Nos mismo estamos maravillado de encontrarnos entre vosotros. La primera visita personal del Papa a sus Hermanos y a sus Hijos en América Latina, no es en verdad un sencillo y singular hecho de crónica; es, a nuestro parecer, un hecho histórico, que se insiere en la larga, compleja y fatigosa acción evangelizadora de estos inmensos territorios y que con ello la reconoce, la ratifica, la celebra y al mismo tiempo la concluye en su primera época secular; y, por una convergencia de circunstancias proféticas, se inaugura hoy con esta visita un nuevo período de la vida eclesiástica. Procuremos adquirir conciencia exacta de este feliz momento, que parece ser por divina providencia conclusivo y decisivo. Quisiéramos deciros tantas cosas sobre vuestro pasado misionero y pastoral y rendir honor a cuantos han trazado los surcos del Evangelio en estos campos tan amplios, tan inaccesibles, tan abiertos y tan difíciles al mismo tiempo para la difusión de la fe y para la sincera vitalidad religiosa y social. Ha sido plantada la Cruz de Cristo, ha sido dado el nombre católico, se han realizado esfuerzos sobrehumanos para evangelizar estas tierras, se han llevado a cabo grandes e innumerables obras, se han conseguido, con escasez de hombres y de medios, resultados dignos de admiración, en resumen, se ha difundido por todo el continente el nombre del único Salvador Jesucristo, ha sido construida la Iglesia, ha sido difundido un Espíritu cuyo calor e impulso hoy estamos sintiendo. ¡Dios bendiga la grande obra! Dios bendiga a aquellos que han gastado su vida. ¡Dios bendiga a vosotros, Hermanos carísimos que estáis consagrados a esta empresa gigantesca!

La obra, como todos sabemos, no está acabada. Más aún, el trabajo realizado denuncia sus límites, pone en evidencia las nuevas necesidades, exige algo nuevo y grande. El porvenir reclama un esfuerzo, una audacia, un sacrificio que ponen en la Iglesia un ansia profunda. Estamos en un momento de reflexión total. Nos invade como una ola desbordante, la inquietud característica de nuestro tiempo, especialmente de estos Países, proyectados hacia su desarrollo completo, y agitados por la conciencia de sus desequilibrios económicos, sociales, políticos y morales. También los Pastores de la Iglesia, -¿no es verdad?- hacen suya el ansia de los pueblos en esta fase de la historia de la civilización; y también ellos, los guías, los maestros, los profetas de la fe y de la gracia advierten la inestabilidad que a todos nos amenaza. Nos compartimos vuestra pena y vuestro temor, Hermanos. Desde lo alto de la mística barca de la Iglesia, también Nos y no en menor grado, sentimos la tempestad que nos rodea y nos asalta. Pero escuchad también de nuestros labios, Hermanos, vosotros - personalmente más fuertes y más valientes que Nos mismo -, la palabra de Jesús, con la cual El, presentándose entre las olas borrascosas, en una noche llena de peligros, gritó a sus discípulos que navegaban: « Soy Yo, no temáis » (Matth. 14, 27). Sí, Nos queremos repetiros esa exhortación del Maestro: « No temáis » (Luc. 12, 32). Esta es para la Iglesia una hora de ánimo y de confianza en el Señor.

Permitid que condensemos brevemente en algunos párrafos lo mucho que tenemos en el corazón, para vuestro momento presente y para vuestro próximo futuro. No esperéis de Nos tratados completos; las reuniones de vuestra segunda Asamblea General del Episcopado Latino americano que sabemos preparadas con tanto esmero y competencia, abordarán más a fondo vuestros problemas. Nos limitamos a indicaros una triple dirección a vuestra actividad de Obispos, sucesores de los Apóstoles, custodios y maestros de la fe y Pastores del Pueblo de Dios.

Una orientación espiritual, en primer lugar. Entendemos, ante todo una orientación espiritual personal. Ninguno ciertamente querrá impugnar que nosotros, Obispos llamados al ejercicio de la perfección y a la santificación de los demás, tengamos un deber inmanente y permanente de buscar para nosotros mismos la perfección y la santificación. No podemos olvidar las exhortaciones solemnes que nos fueron dirigidas en el acto de nuestra consagración episcopal. No podemos eximirnos de la práctica de una intensa vida interior. No podemos anunciar la palabra de Dios sin haberla meditado en el silencio del alma. No podemos ser fieles dispensadores de los misterios divinos sin habernos asegurado antes a nosotros mismos sus riquezas. No debemos dedicarnos al apostolado, si no sabemos corroborarlo con el ejemplo de las virtudes cristianas y sacerdotales. Estamos muy observados: « spectaculum facti sumus » (1 Cor. 4, 9): el mundo nos observa hoy de modo particular con relación a la pobreza, a la sencillez de vida, al grado de confianza que ponemos para nuestro uso en los bienes temporales; nos observan los ángeles en la transparente pureza de nuestro único amor a Cristo que se manifiesta tan luminosamente en la firme y gozosa observancia de nuestro celibato sacerdotal; y la Iglesia observa nuestra fidelidad a la comunión, que hace de todos nosotros uno, y a las leyes, que siempre debemos recordar, de su ensambladura visible y orgánica. Dichoso nuestro tiempo atormentado y paradójico, que casi nos obliga a la santidad que corresponde a nuestro oficio tan representativo y tan responsable, y que nos obliga a recuperar en la contemplación y en la ascética de los ministros del Espíritu Santo aquel íntimo tesoro de personalidad del cual casi nos proyecta fuera la entrega a nuestro oficio extremamente acuciante.

Y después, haciendo puente entre nosotros y nuestro rebaño, las virtudes teologales asumen para nuestra alma y la del prójimo toda su soberana importancia. Nos hicimos una llamada a la Iglesia para celebrar un « año de la fe », como memoria y homenaje a la fecha centenaria del martirio de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, y también a vosotros ha llegado el eco de Nuestra solemne profesión de fe. La fe es la base, la raíz, la fuente, la primera razón de ser de la Iglesia, bien lo sabemos. Y sabemos cómo la fe es insidiada por las corrientes más subversivas del pensamiento moderno. La desconfianza, que, incluso en los ambientes católicos se ha difundido acerca de la validez de los principios fundamentales de la razón, o sea, de nuestra « philosophia perennis », nos ha desarmado frente a los asaltos, no raramente radicales y capciosos, de pensadores de moda; el « vacuum » producido en nuestras escuelas filosóficas por el abandono de la confianza en los grandes maestros del pensamiento cristiano, es invadido frecuentemente por una superficial y casi servil aceptación de filosofías de moda, muchas veces tan simplistas como confusas: y éstas han sacudido nuestro arte normal, humano y sabio de pensar la verdad; estamos tentados de historicismo, de relativismo, de subjetivismo, de neo-positivismo, que en el campo de la fe crean un espíritu de crítica subversiva y una falsa persuasión de que para atraer y evangelizar a los hombres de nuestro tiempo, tenemos que renunciar al patrimonio doctrinal, acumulado durante siglos por el magisterio de la Iglesia, y de que podemos modelar, no en virtud de una mejor claridad de expresión sino de un cambio del contenido dogmático, un cristianismo nuevo, a medida del hombre y no a medida de la auténtica palabra de Dios. Desafortunadamente también entre nosotros, algunos teólogos no siempre van por el recto camino. Tenemos gran estima y gran necesidad de la función de teólogos buenos y animosos; ellos pueden ser providenciales estudiosos y valientes expositores de la fe, si se conservan discípulos inteligentes del magisterio eclesiástico, constituido por Cristo en custodio e intérprete, por obra del Espíritu Santo, de su mensaje de verdad eterna. Pero hoy algunos recurren a expresiones doctrinales ambiguas, se arrogan la libertad de enunciar opiniones propias, atribuyéndoles aquella autoridad que ellos mismos, más o menos abiertamente, discuten a quien por derecho divino posee carisma tan formidable y tan vigilantemente custodiado, incluso consienten que cada uno en la Iglesia piense y crea lo que quiere, recayendo de este modo en el libre examen que ha roto la unidad de la Iglesia misma y confundiendo la legítima libertad de conciencia moral con una mal entendida libertad de pensamiento que frecuentemente se equivoca por insuficiente conocimiento de las genuinas verdades religiosas.

No toméis con desagrado, venerables Hermanos, constituidos maestros y pastores del Pueblo de Dios, si os repetimos y os exhortamos, en virtud del mandato dado por Cristo a Pedro de « confirmar a los Hermanos » (cfr. Luc. 22, 32), con las mismas palabras del Apóstol: « resistite fortes in fide » (1 Petr. 5, 9).

Ya comprendéis como de este principio nacen otros tantos criterios de vitalidad espiritual, con doble beneficio, es decir para nosotros y para el rebaño que se nos ha confiado. Y entre ellos sean los principales los siguientes. Los Hechos de los Apóstoles nos los recuerdan, a saber, la oración y el ministerio de la palabra (Act. 6, 4). Con respecto a esto, lo sabéis todo. Pero permitid que os recomendemos por lo que se refiere a la oración, la aplicación de la reforma litúrgica, en sus hermosas innovaciones y en sus normas disciplinares, pero’ sobre todo en sus finalidades primordiales y en su espíritu: purificar y dar autenticidad al verdadero culto católico, fundado sobre el dogma y consciente del misterio pascual que encierra, renueva y comunica; y asociar el Pueblo de Dios a la celebración jerárquica y comunitaria de los santos ritos de la Iglesia, al de la Misa, con conocimiento familiar y profundo, en ambiente de sencillez y de belleza (os recomendamos en particular el canto sagrado, litúrgico y colectivo), ejercitando no sólo formalmente sino también sincera y cordialmente la caridad fraterna. En cuanto al ministerio de la palabra, todo lo que se haga en favor de una instrucción religiosa de todos los fieles, una instrucción popular y cultural, orgánica y perseverante, estará bien hecho; no debe existir por más tiempo el analfabetismo religioso entre las poblaciones católicas.

Y estará bien todo ejercicio directo de la predicación o de la instrucción, que vosotros Obispos, singularmente y como grupos canónicamente constituidos, tengáis a bien proporcionar al Pueblo de Dios. Hablad, hablad, predicad, escribid, tomad posiciones, como se dice, en armonía de planes y de intenciones, acerca de las verdades de la fe, defendiéndolas e ilustrándolas, de la actualidad del evangelio, de las cuestiones que interesan la vida de los fieles y la tutela de las costumbres cristianas, de los caminos que conducen al diálogo con los Hermanos separados, acerca de los dramas, ora grandes y hermosos, ora tristes y peligrosos, de la civilización contemporánea. La Constitución Pastoral del Concilio « Gaudium et Spes » ofrece enseñanzas y estímulos de gran riqueza y de alto valor.

Llegamos así a la orientación pastoral que nos hemos propuesto presentar a vuestra atención. Estamos en el campo de la caridad. Valga lo que hemos dicho hasta aquí para trazar las primeras líneas de esta dirección, que por su naturaleza debe desarrollarse en muchas líneas prácticas, según las exigencias de la caridad.

Nos parece oportuno llamar la atención a este respecto sobre dos puntos doctrinales: el primero es la dependencia de la caridad para con el prójimo de la caridad para con Dios. Conocéis los asaltos que sufre en nuestros días esta doctrina de clarísima e incontestable derivación evangélica: se quiere secularizar el cristianismo, pasando por alto su esencial referencia a la verdad religiosa, a la comunión sobrenatural con la inefable e inundante caridad de Dios para con los hombres; su referencia al deber de la respuesta humana, obligada a osar amarlo y llamarlo Padre y en consecuencia llamar con toda verdad hermanos a los hombres,. para librar el cristianismo mismo de « aquella forma de neurosis que es la religión » (Cox), para evitar toda preocupación teológica y para ofrecer al cristianismo una nueva eficacia, toda ella pragmática, la sola que pudiese dar la medida de su verdad y que lo hiciese aceptable y operante en la moderna civilización profana y tecnológica.

El otro punto doctrinal se refiere a la Iglesia institucional, confrontada con otra presunta Iglesia llamada carismática, como si la primera, comunitaria y jerárquica, visible y responsable, organizada y disciplinada, apostólica y sacramental, fuese una expresión del cristianismo ya superada, mientras la otra, espontánea y espiritual, sería capaz de interpretar el cristianismo para el hombre adulto de la civilización contemporánea y de responder a los problemas urgentes y reales de nuestro tiempo. No tenemos necesidad de hacer ante vosotros, a quienes « Spíritus Sanctus posuit episcopos regere ecclesiam Dei » (Act. 20, 28), la apología de la Iglesia, como Cristo la fundó y como la tradición fiel y coherente nos la entrega hoy en sus líneas constitucionales que describen el verdadero Cuerpo místico de Cristo vivificado por el Espíritu de Jesús. Nos bastará reafirmar nuestra certeza en la autenticidad y en la vitalidad de nuestra Iglesia, una, santa, católica y apostólica, con el propósito de conformar cada vez más su fe, su espiritualidad, su aptitud para acercar y salvar la humanidad (tan diversa en sus múltiples condiciones y ahora tan mudable), su caridad que comprende todo y todo lo soporta (cfr. 1 Cor. 13, 7), con la misión salvadora que Cristo le confió. Haremos, sí, un esfuerzo de inteligencia amorosa para comprender cuanto de bueno y de admisible se encuentre en estas formas inquietas y frecuentemente erradas de interpretación del mensaje cristiano; para purificar cada vez más nuestra profesión cristiana y llevar estas experiencias espirituales, ya se llamen seculares unas, ya carismáticas otras, al cauce de la verdadera norma eclesial (cfr. 1 Cor. 14, 37: « Si quis videtur propheta esse aut spiritualis, cognoscat quae scribo vobis, quia Domini sunt mandata » ; y Enc. « Mystici Corporis » sobre la distinción abusiva entre la Iglesia jurídica y la Iglesia de la caridad: AAS, 1943, pág.. 223-225; Journet, L’Eglise du Verbe Incarné 1, introd. XII).

Estas alusiones nos llevan a recomendar vuestra caridad pastoral algunas categorías de personas a las cuales va nuestro pensamiento entrañable. Las indicamos brevemente, en exigencia del común interés apostólico, no para decir cuanto ellas merecerían; bien sabemos que están ya presentes en esta asamblea que se ocupa de ellas; por tanto nos limitamos a alentar vuestro estudio.

La primera categoría es la de los Sacerdotes. Nos sea consentido dirigirles un pensamiento afectuosísimo desde esta sede y en estos momentos. Los Sacerdotes están siempre dentro de nuestro espíritu, en nuestro recuerdo. Lo están también en nuestra estima y en nuestra confianza. Lo están en la visión concreta de la actividad de la Iglesia: son vuestros primeros e indispensables colaboradores, son los más directos y más empeñados « dispensadores de los misterios de Dios » (1 Cor. 4, l), es decir, de la palabra, de la gracia, de la caridad pastoral; son los modelos vivientes de la imitación de Cristo; son, con nosotros, los primeros participantes del sacrificio del Señor; son nuestros hermanos, nuestros amigos (cfr. Io. 15, 15); debemos amarlos mucho, cada vez más. Si un Obispo concentrase sus cuidados más asiduos, más inteligentes, más pacientes, más cordiales, en formar, en asistir, en escuchar, en guiar, en instruir, en amonestar, en confortar a su Clero, habría empleado bien su tiempo, su corazón y su actividad.

Trátese de dar a los Consejos presbiterales y pastorales la consistencia y la funcionalidad queridas por el Concilio; se prevenga prudentemente, con paternal comprensión y caridad en cuanto sea posible toda actitud irregular e indisciplinada del Clero; se procure interesarlo en las cuestiones del ministerio diocesano y sostenerlo en sus necesidades; se ponga todo cuidado en reclutar y en formar a los Alumnos seminaristas; se asocien también los Religiosos y las Religiosas, según sus aptitudes y posibilidades, a la actividad pastoral. Así, concentrando en el Clero las atenciones mejores, estamos seguros de que este método dará el fruto esperado, el de una Iglesia viva, santa, ordenada y floreciente en toda América Latina.

Después, venerados Hermanos, proponemos a vuestra sapiente caridad los jóvenes y los estudiantes. No se acabaría nuestro discurso si quisiésemos decir algo sobre este tema. Os baste saber que lo consideramos digno del máximo interés y de grandísima actualidad. De ello estáis todos vosotros perfectamente convencidos.

Este recuerdo nos lleva a recomendaros, con no menor calor, otra categoría de hombres, sean o no sean fieles: los trabajadores, del campo, de la industria y similares.

Hemos llegado así al tercer punto que ponemos a vuestra consideración: el social. No esperéis un discurso, también éste sería interminable en materia social, especialmente en América Latina. Nos limitamos a algunas afirmaciones que siguen a las que hemos hecho en los discursos de estos días.

Recordamos, ante todo, que la Iglesia ha elaborado en estos últimos años de su obra secular, animadora de la civilización, una doctrina social suya, expuesta en documentos memorables que haremos bien en estudiar y en divulgar. Las Encíclicas sociales del Pontificado Romano y las enseñanzas del Episcopado mundial no pueden ser olvidadas ni deben faltarles su aplicación práctica. No juzguéis parcial nuestra indicación si os recordamos la más reciente de la Encíclica sociales: la « Populorum Progressio ». Una mención particular merecerían también muchos de vuestros documentos; como la « Declaración de la Iglesia Boliviana » de febrero último; como la del Episcopado Brasileño, de noviembre de mil novecientos sesenta y siete, titulada « Misión de la Jerarquía en el mundo de hoy »; como las conclusiones del « Seminario Sacerdotal » celebrado en Chile de octubre a noviembre de mil novecientos sesenta y siete; como la Carta Pastoral del Episcopado Mexicano sobre el « Desarrollo e Integración del País », publicada en el primer aniversario de la Encíclica « Populorum Progressio »; y recordaremos igualmente la amplia carta de los Padres Provinciales de la Compañía de Jesús, reunidos en Río de Janeiro en el mes de mayo de este año y el Documento de los Padres Salesianos de América Latina reunidos recientemente en Caracas. Las testificaciones, por parte de la Iglesia, de las verdades en el terreno social no faltan: procuremos que’ a las palabras sigan los hechos. Nosotros no somos técnicos; somos, sin embargo, Pastores que deben promover el bien de sus fieles y estimular el esfuerzo renovador que se está actuando en los Países donde se desarrolla nuestra respectiva misión.

Nuestro primer deber en este campo es afirmar los principios, observar y señalar las necesidades, declarar los valores primordiales, apoyar los programas sociales y técnicos verdaderamente útiles y marcados con el sello de la justicia, en su camino hacia un orden nuevo y hacia el bien común, formar Sacerdotes y Seglares en el conocimiento de los problemas sociales, encauzar Seglares bien preparados a la gran obra de la solución de los mismos, considerándolo todo bajo la luz cristiana que nos hace descubrir al hombre en el puesto primero y los demás bienes subordinados a su promoción total en tiempo y a su salvación en la eternidad.

Tendremos también nosotros deberes que cumplir. Estamos informados de los rasgos generosos realizados en algunas diócesis que han puesto a disposición de las poblaciones necesitadas las propiedades de terrenos que les quedaban, siguiendo planes bien estudiados de reforma agraria que se están actuando. Es un ejemplo que merece alabanza y también limitación, allí donde ésta sea prudente y posible. De todas formas, la Iglesia se encuentra hoy frente a la vocación de la Pobreza di Cristo. Existen en la Iglesia personas que ya experimentan las privaciones inherentes a la pobreza, por insuficiencia a veces de pan y frecuentemente de recursos; sean confortadas, ayudadas por los hermanos y los buenos fieles y sean bendecidas. La indigencia de la Iglesia, con la decorosa sencillez de sus formas es un testimonio de fidelidad evangélica; es la condición, alguna vez imprescindible, para dar crédito a su propia misión; es un ejercicio, a veces sobrehumano de aquella libertad de espíritu, respecto a los vínculos de la riqueza, que aumenta la fuerza de la misión del apóstol.

¿La fuerza! Sí; porque nuestra fuerza está en el amor: el egoísmo, el cálculo administrativo separado del contexto de las finalidades religiosas y caritativas, la avaricia, el ansia de poseer como fin de sí mismo, el bienestar superfluo, son obstáculos para el amor, son en el fondo una debilidad, son una ineptitud para la entrega personal al sacrificio. Superemos estos obstáculos y dejemos que el amor gobierne nuestra misión confortadora y renovadora.

Si nosotros debemos favorecer todo esfuerzo honesto para promover la renovación y la elevación de los pobres y de cuantos viven en condiciones de inferioridad humana y social, si nosotros no podemos ser solidarios con sistemas y estructuras que encubren y favorecen graves y opresoras desigualdades entre las clases y los ciudadanos de un mismo País, sin poner en acto un plan efectivo para remediar las condiciones insoportables de inferioridad que frecuentemente sufre la población menos pudiente, nosotros mismos repetimos una vez más a este propósito: ni el odio, ni la violencia, son la fuerza de nuestra caridad.

Entre los diversos caminos hacia una justa regeneración social, nosotros no podemos escoger ni el del marxismo ateo, ni el de la rebelión sistemática, ni tanto menos el del esparcimiento de sangre y el de la -anarquía. Distingamos nuestras responsabilidades de las de aquellos que, por el contrario, hacen, de la violencia un ideal noble, un heroísmo glorioso, una teología complaciente. Para reparar errores del pasado y para curar enfermedades actuales no hemos de cometer nuevos fallos, porque estarían contra el Evangelio, contra el espíritu de la Iglesia, contra los mismos intereses del pueblo, contra el signo feliz de la hora presente que es el de la justicia en camino hacia la hermandad y la paz.

¡La Paz! Vosotros recordáis el gran interés que la Iglesia tiene por ella y Nos, personalmente, que de ella, junto con la fe, hemos hecho uno de los motivos más relevantes de nuestro pontificado. Pues bien, aquí, durante la celebración del sacramento eucarístico, símbolo y fuente de unidad y de paz, repetimos nuestros augurios por la paz; la paz verdadera que nace de los corazones creyentes y fraternos; la paz entre las clases sociales en la justicia y en la colaboración; la paz entre los pueblos mediante un humanismo iluminado por el Evangelio; la paz de América Latina; vuestra paz.

La transformación profunda y previsora de la cual, en muchas situaciones actuales, tiene necesidad, la promoveremos amando más intensamente y enseñando a amar, con energía, con sabiduría, con perseverancia, con actividades prácticas, con confianza en los hombres, con seguridad en la ayuda paterna de Dios y en la fuerza innata del bien. El Clero ya nos comprende. Los jóvenes nos seguirán. Los pobres aceptarán gustosos la buena nueva. Es de esperar que los economistas y los políticos, que ya entreven el camino justo, no serán ya un freno, sino un estímulo, en la vanguardia.

Hemos tenido que decir una buena palabra, aunque grave, en defensa de la honestidad del amor y de la dignidad de la familia con nuestra reciente Encíclica. La gran mayoría de la Iglesia la ha recibido favorablemente con obediencia confiada, aun comprendiendo que la norma por Nos reafirmada comporta un fuerte sentido moral y un valiente espíritu de sacrificio. Dios bendecirá esta digna actitud cristiana. Esta no constituye una ciega carrera hacia la superpoblación; ni disminuye la responsabilidad ni la libertad de los cónyuges a quienes no prohíbe una honesta y razonable limitación de la natalidad; ni impide las terapéuticas legítimas ni el progreso de las investigaciones científicas. Esa actitud es una educación ética y espiritual, coherente y profunda; excluye el uso de aquellos medios que profanan las relaciones conyugales y que intentan resolver los grandes problemas de la población con expedientes excesivamente fáciles; esa actitud es, en el fondo, una apología de la vida que es don de Dios, gloria de la familia, fuerza del pueblo.

Os exhortamos, Hermanos, a comprender bien la importancia de la difícil y delicada posición que, en homenaje a la ley de Dios, hemos creído un deber reafirmar; y os rogamos que queráis emplear toda posible solicitud pastoral y social a fin de que esa posición sea mantenida, corno corresponde a las personas guiadas por un verdadero sentido humano, y ojalá que también la vivida discusión que nuestra Encíclica ha despertado conduzca a un mayor conocimiento de la voluntad de Dios, a un proceder sin reservas y a que nuestro servicio a las almas en estas grandes dificultades pastorales y humanas lo realicemos con corazón de Buen Pastor.

El Episcopado de América Latina, en su segunda Asamblea General, desde el puesto que le compete, ante cualquier problema espiritual, pastora1 y social, prestara su servicio de verdad y de amor en orden a la construcción de una nueva civilización, moderna y cristiana.

MISA DE CANONIZACIÓN DE LA BEATA MARÍA SOLEDAD TORRES ACOSTA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Domingo 25 de enero de 1970

Venerati Fratelli e diletti Figli!

In quest’ora di tribolazione per la Chiesa e di amarezza per Noi, ecco un momento di grande consolazione: Maria Soledad Torres Acosta è riconosciuta e proclamata Santa, è iscritta nell’albo dei Santi, è presentata a tutta la Chiesa terrestre come appartenente alla Chiesa celeste, ella è dichiarata degna del culto di venerazione, perché per sempre e totalmente unita a Cristo risorto e partecipe della sua gloria. Questo vuol dire l’atto straordinario e solenne, che ora abbiamo compiuto; abbiamo canonizzato questa beata figlia della Chiesa, e Noi sentiamo la luce, il fascino, il mistero della santità irradiare sopra di noi, sopra questa assemblea esultante, sopra la terra, che fu patria della nuova Santa, la Spagna, sopra la famiglia religiosa da lei fondata, le Serve di Maria Ministre degli Infermi, sopra la Chiesa intera, sopra il mondo. Benediciamo il Signore. Ascoltiamo la voce che discende dalle profondità dei cieli, e facciamole eco con la nostra: «Alleluia! Perché il Signore Iddio nostro onnipotente vuole regnare. Rallegriamoci ed esultiamo, e diamo a lui gloria; poiché sono giunte le nozze dell’Agnello, e la sua sposa s’è abbigliata, e le fu dato d’indossare bisso splendente e candido. Il bisso (questa nitida e finissima veste), infatti, sono le opere giuste dei Santi» (Apoc. 19, 6-8). È questa la voce della Apocalisse, dell’ultima rivelazione, che svela il senso estremo delle cose, e la sorte della nostra salvezza finale. È una voce misteriosa, ma chiara, la quale ci dice finalmente il segreto, il valore della santità.

La santità si manifesta finalmente come pienezza di vita, come felicità sconfinata, come immersione nella luce di Cristo e di Dio, come bellezza incomparabile ed ideale, come esaltazione della personalità, come trasfigurazione immortale della nostra esistenza mortale, come sorgente di ammirazione e di letizia, come conforto solidale con il nostro faticoso pellegrinaggio nel tempo, come nostra pregustazione inebriante della «comunione dei santi», cioè della Chiesa vivente, che, sia nel tempo sia nell’eternità, è del Signore (Cfr. Rom. 14, 8-9). Un fenomeno di questa visione ci sorprende specialmente in questo momento; ed è il duplice aspetto della santità: l’aspetto che essa acquista in paradiso, e l’aspetto, ch’essa presenta nella scena del mondo attuale. Sono due aspetti d’una medesima realtà morale, delle opere della santità, come ci indica il testo della Sacra Scrittura, ora da Noi citato. Le opere compiute in questa vita conservano il loro valore nell’altra: Opera enim illorum sequuntur illos, dice ancora l’Apocalisse di coloro che sono morti nel Signore (Apoc. 14, 13); ma esse, le opere, rivestono ben diversamente chi le compie quaggiù, che non lassù; lassù di splendore e di gaudio; quaggiù invece: come appariscono? come sono? È il perenne Vangelo delle beatitudini, che lo dice nel suo drammatico linguaggio: quaggiù la santità è povertà, è umiltà, è sofferenza, è sacrificio; cioè imitazione di Cristo, Verbo di Dio fatto uomo, nella sua Kénosis, nella sua duplice umiliazione dell’Incarnazione e della Redenzione.

Questo confronto fra i due aspetti della santità produce in noi un vivissimo interesse, quello di conoscere prima, d’imitare poi la vita temporale di chi, proprio per merito di essa, gode ora della vita eterna. Nasce di qui l’agiografia, cioè lo studio delle biografie dei Santi, studio che faremmo bene tutti a riprendere con maggiore passione, e con le discipline moderne della critica storica, dell’analisi psicologica, mistica e ascetica, dell’arte narrativa, della valutazione ecclesiale. Ne abbiamo ancor oggi tanto bisogno, e ne possiamo trarre istruzione e conforto. Viene spontanea la domanda: com’è la vita di Maria Soledad? Com’è la sua storia? Com’è diventata Santa? Impossibile, senza dubbio, per Noi dare risposta a questa domanda e fare qui il panegirico di Maria Soledad. Troverete nei libri, che narrano la sua vita, come soddisfare questa legittima e lodevole curiosità. Si tratta del resto d’una vita semplice e silenziosa, che due grandi parole possono riassumere: umiltà e carità. Una vita tutta tesa nell’intensità della vita interiore, nella fatica della fondazione d’una nuova famiglia religiosa, nella imitazione di Cristo, nella devozione alla Madonna, nel servizio degli Infermi, nella fedeltà alla Chiesa. Ma se la biografia di Maria Soledad non ci offre le singolarità spesso avventurose e prodigiose, né la ricchezza di parole e di scritti, che distinguono altre figure di Sante, il suo mite e puro profilo presenta alcune caratteristiche, a cui ci sembra doveroso qui accennare.

Maria Soledad è una Fondatrice, la Fondatrice d’una Famiglia religiosa, molto numerosa e molto diffusa. Ottima e provvida Famiglia. Così che Maria Soledad si inserisce in quella schiera di Sante ed intrepide Donne, che nel secolo scorso fecero scaturire nella Chiesa fiumi di santità e di operosità; interminabili processioni di vergini consacrate all’unico e sommo amore di Cristo, e tutte rivolte al servizio intelligente, indefesso, disinteressato del prossimo. Voi le conoscete, le trovate dappertutto; superfluo che Noi ora ve ne descriviamo la magnifica espansione. La vitalità della Chiesa, la sua fecondità, la sua audacia, la sua bellezza, la sua poesia, la sua santità sono splendidamente documentate in questa irrompente fioritura di Famiglie religiose, femminili specialmente, che hanno intessuto la storia, si può dire, della vita cattolica in questi ultimi tempi. Fra queste Famiglie elette ed operose si inserisce quella delle Serve di Maria di Santa Maria Soledad. Si inserisce a tal punto che potremmo considerare in essa il tipo di questa immensa e multiforme espressione di vita religiosa, che, nonostante le specifiche peculiarità di ogni singolo Istituto, sembra ricalcata sopra un modello comune, una formula sostanzialmente eguale per tutte le nuove fondazioni dell’ottocento, così che oggi, nel fervore e nella eccitazione del rinnovamento della vita religiosa e nella ricerca, alle volte troppo critica e alquanto fantasiosa, di nuove formule di consacrazione alla sequela di Cristo, sorge la questione se il paradigma, di cui stiamo ammirando un insigne esemplare, sia esatto in se stesso e ancora valido per il nostro tempo.

Davanti alla figura di S. Maria Soledad ed alla legione delle sue figlie Noi siamo felicemente in dovere di rispondere affermativamente. Senza escludere che l’interpretazione della vocazione alla perfetta e totale sequela del Maestro Gesù ammetta, con quelle storiche e classiche, che hanno preceduto lo schema di vita religiosa come quello che abbiamo davanti, altre nuove espressioni degne di fiorire nel giardino della Chiesa e di misurarsi con i bisogni e nelle forme del nostro tempo, Noi confermiamo il Nostro suffragio al paradigma di vita religiosa realizzato principalmente nel secolo scorso e in quello presente. I caratteri peculiari, che lo descrivono specificamente, giustificano e glorificano questo tipo di ricerca della perfezione cristiana; e cioè: il distacco pratico ed ascetico dalla comune vita secolare, alla quale oggi invece molti danno la preferenza; la vita comune organizzata nella osservanza dei consigli evangelici della povertà, della castità e dell’obbedienza; il primato gelosamente conservato alla vita interiore, alla preghiera, al culto divino, all’amor di Dio, in una parola, la dedizione senza limiti e senza calcoli egoistici a qualche opera di carità; e finalmente l’adesione profonda ed organica alla santa Chiesa. Questi caratteri basilari, che costituiscono uno stato di vita qualificato dallo sforzo verso la perfezione cristiana, sono autenticamente conformi alle esigenze del Vangelo, e sono tuttora validi a definire e ad avvalorare la vita religiosa per il nostro tempo. La Congregazione delle Serve degli Infermi, nel nome e nell’esempio della sua Santa Fondatrice, merita questo Nostro riconoscimento.

E ne merita un altro, quello che specificamente la definisce come Istituto religioso dedicato all’assistenza degli Infermi. Questa è la scelta che esprime, impegna ed illustra la carità di Maria Soledad e della sua progenie spirituale. Si potrà dire: non è scelta nuova, non è scopo originale. La cura della sofferenza fisica, e con quella fisica la cura quasi da sé risultante della indigenza spirituale, ha interessato la carità di molte altre istituzioni religiose immensamente benemerite nell’esercizio amoroso e generoso delle «opere di misericordia». È vero; e perciò classificheremo le Ministre degli Infermi nell’eroico esercito delle Religiose consacrate alla carità corporale e spirituale; ma non dobbiamo trascurare un rilievo specifico proprio del genio cristiano di Maria Soledad, quello della forma caratteristica della sua carità, e cioè dell’assistenza prestata agli Infermi nel loro domestico domicilio; forma questa che nessuno, a Noi pare, aveva ideato in maniera sistematica prima di lei; e che nessuno prima di lei aveva creduto possibile affidare a delle Religiose appartenenti a Istituti canonicamente organizzati.

La formula esisteva, fin dal messaggio evangelico, e quale! semplice, scultorea, degna delle labbra del divino Maestro: Infirmus, et visitastis me; Io, dice Cristo, misticamente personificato nella umanità sofferente, Io ero ammalato, e voi mi avete visitato (Matth. 25. 36). Ecco la scoperta d’un campo nuovo per l’esercizio della carità, ecco il programma di anime totalmente consacrate alla visita del prossimo sofferente. Non è in questo caso il prossimo sofferente che va in cerca di chi lo assista e lo curi, non è lui che si lascia trasportare nei luoghi e nelle istituzioni, dove l’infelice è accolto e circondato dalle premure sanitarie saggiamente e scientificamente predisposte; è invece l’angelo della carità, la Serva volontaria che va in cerca di lui, nella sua dimora, nel focolare dei suoi affetti e delle sue abitudini, dove la malattia non lo ha privato dell’ultimo bene superstite, la sua individualità, la sua libertà. Non è questa una semplice finezza della carità; è un metodo che indica una penetrazione acuta sia della natura propria della carità, ch’è quella di cercare il bene altrui, e sia della natura del cuore umano, geloso, anche quando riceve, della propria sensibilità, della propria personalità. Qui è un lampo di sapienza sociale, che precede le forme tecniche e scientifiche dell’assistenza sanitaria moderna, e che, per essere gratuitamente effusa a chiunque abbia per chiederla il titolo del bisogno e del dolore, ci dimostra, ancora una volta, l’incomparabile originalità della carità evangelica. Maria Soledad diventa precorritrice e maestra della più consumata sollecitudine assistenziale e sanitaria del nostro umanesimo sociale. Tutti le dobbiamo essere riconoscenti; tutti dobbiamo benedire il servizio provvidenziale, ch’ella, seguita poi da non poche similari iniziative, ha inaugurato.

Y aquí Nos gustaría individuar, en la historia de esta Santa, otro carácter distintivo que ha pasado a ser herencia común de su Familia religiosa. Pero no nos es fácil definirlo aunque nos parece evidente. Y es el tesoro espiritual propio de su formación española. Su tierra gloriosa y bendita infundió en esta Santa y después, por derivación insensible pero vital, en sus hijas fieles, algo del «humus» de la España católica. No pensamos ahora en la riqueza del talento y del sentimiento que la historia y la literatura nos describen sobre el espíritu castellano, el pundonor caballeresco, el sentido de grandeza y la extraordinaria pasión de lo trágico y de lo humorístico. Pensamos más bien en lo connatural de un pueblo fuerte y de su historia venturosa, con el sentido religioso, más aún, cristiano, más aún, católico; pensamos en su aptitud para las ascensiones místicas hasta las expresiones absolutas del «todo y nada»; pensamos en su tendencia al extremismo moral, es decir, el heroísmo, y al religioso, es decir, la santidad; pensamos en su humanidad lírica y profunda, que desdeña cualquier mezquindad y milita por una plenitud de personalidad moral, pronta a la lucha, al amor, al sacrificio . . . Pensamos no equivocarnos al hallar en el humilde perfil de María Soledad algún rasgo de esta nobleza nativa, de esta magnanimidad vivida, que imprimen en la figura de la Santa y, por reflejo, en su Instituto, algo de extraordinariamente bello y universal. En ella encuentran España y la Iglesia su recíproca simpatía, su gloria común, su respectiva vocación al amor de nuestro Señor Jesucristo. En este día tales son al menos nuestros vivísimos votos.

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A las peregrinaciones procedentes de España

Venerables Hermanos, amadísimos Hijos e Hijas:

Cuando aún resuenan en esta Basílica las expresiones de paz y de bendición que, desde el Altar, os hemos dirigido en nombre del Señor, Nuestros labios y Nuestro corazón vuelven a abrirse para daros un saludo deferente de bienvenida y de gratitud por vuestra presencia que, bien lo sabemos, es un tributo de veneración a la nueva Santa y de homenaje delicado a cuanto nuestra humilde persona significa. Sois muchos y muy cualificados. Querríamos citaros personalmente, uno a uno. Consentid que lo hagamos con los Señores Cardenales de Santiago de Compostela, de Sucre y de Pamplona; con el Señor Arzobispo de Madrid-Alcalá, cuya Archidiócesis -cuna de Santa María Soledad- vive alborozada este día; con el de Valencia donde la Santa dio ejemplos de intrépida caridad; con los de La Paz, Santo Domingo y San Juan de Puerto Rico, cuyas comunidades cristianas siguen beneficiándose del ministerio amoroso de las «Siervas de María». Vemos también a otros dilectísimos Hermanos en el Episcopado de España, Francia, Portugal, Italia y América, cuyos nombres los pronuncia en silencio nuestro afecto. A todos nuestra benevolencia «in osculo sancta» por vuestra inequívoca comunión con Nos, nuestra estima por vuestro ardiente celo pastoral. No podemos dejar de mencionar a cuantos aquí se encuentran revestidos de autoridad o de representación; en particular, a quienes dignamente integran las Misiones Extraordinarias que el Gobierno Español y el Ayuntamiento de Madrid han designado para asistir a la ceremonia que acabamos de celebrar. Más aún, nos sentimos en el grato deber de decirles nuestro aprecio por su distinguida presencia y de expresarles nuestros mejores votos.

¿Cómo no referirnos asimismo a los carísimos Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y fieles que contemplamos tan numerosos y devotos en esta piadosa asamblea, y asegurarles toda la efusión de nuestro ánimo que los alienta y bendice? Estos sentimientos se hacen felicitación para las Siervas de María, Ministras de los Enfermos, cuya Fundadora evoca y sintetiza la trayectoria luminosa de todo su Instituto y lo compromete a seguir las huellas de fe, de humildad y de servicio, huellas de un sendero que llevó a María Soledad a la jubilosa gloria beatífica. Nuestro espíritu, rebosante de satisfacción, tendría mucho que añadir a la homilía apenas pronunciada. Recordando los orígenes de esa mujer singular que hoy veneramos, nos limitamos a ratificar nuestra admiración por su patria terrena, la entrañable España, hogar y fragua de virtudes, que inagotablemente ha ido poniendo a través de los siglos, con sus grandes santos, jalones sublimes en la marcha de su historia y en el camino de la Iglesia peregrinante. Y esto, aun en épocas difíciles como la vivida por la nueva Santa. Ella, junto con San Antonio María Claret, Santa María Micaela, Santa Joaquina de Vedruna, es un testimonio fehaciente de la Providencia que hizo brotar copiosos frutos de santidad en medio de un siglo, turbulento para la Iglesia en esa siempre recordada Nación. Aquí, junto a la Tumba de San Pedro, ante la cual se postró en el ocaso del ochocientos Santa María Soledad; aquí, sobre esta piedra de fe y de unidad, tenemos presente históricamente a la Iglesia de la España de ayer, a la de hoy tan rica de piedad y de obras apostólicas, y proféticamente a la del mañana, para que el Señor la siga guiando amorosa y fecundamente.

No podríamos acabar, Venerables Hermanos y amadísimos Hijos e Hijas, sin invitar a un examen de conciencia que culmine en un propósito. ¿Qué debe hacer cada uno para traslucir los ejemplos que con gran actualidad nos ofrece esta Santa? Como ella, rebosemos de amor divino para volcarlo en los hermanos; captemos las angustias y las legítimas exigencias de los demás, con gran sensibilidad social; escuchemos permanentemente, con absoluta disponibilidad, despojados de voluntades egoistas y de cálculos humanos, la voz de Dios que nos hará descubrir los signos verdaderos de su presencia ye de su voluntad, esos signos que son una invitación y un estímulo para que cada uno, fiel y valientemente, viva su propia vocación cristiana que, en síntesis, es caridad. Así lo pedimos a Dios, por intercesión de Santa María Soledad, y a ello incita Nuestra amplia Bendición Apostólica.

MISA DE CANONIZACIÓN DE SANTA TERESA DE JESÚS JORNET E IBARS

HOMILÍA DE PABLO VI

Domingo 27 de enero de 1974

Venerables Hermanos y amados Hijos:

Hace unos momentos, con emoción contenida y en virtud de nuestra autoridad apostólica, hemos pronunciado una sentencia solemne, agregando al catálogo de los Santos a Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. La hemos declarado Santa, es decir, digna de recibir el culto universal en la Iglesia; nos encomendaremos a su intercesión y la podremos tomar como orientación para nuestra vida espiritual.

Con mirada atónita contemplamos el milagro de arcana predilección divina que supone la santificación de un alma, cuyo sorprendente camino por la vida terrena, imitando a Cristo, pasa de los sufrimientos a la cumbre de la gloria.

Nos encontramos ante una de esas figuras que dejan una impronta propia y profunda de su paso por el mundo, legando a la Iglesia y a la sociedad el sello de su personalidad siempre lozana e inmarcesible: servir, inmolarse por los demás, será la faceta distintiva de la espiritualidad de Santa Teresa Jornet quien, obedeciendo a un mismo impulso de amor al necesitado, eligió un modelo de vida similar al que sirvió también a la Sierva de Dios, Juana Jugan, fundadora del Instituto de las «Petites Soeurs des Pauvres», cuya causa de beatificación esperamos pueda ser reanudada próximamente.

Es consolador contemplar con cuánta profusión de formas y de colorido espirituales se van perfilando -prodigios de la gracia- nuevos cuadros de la santidad de la Iglesia. En la obra límpida y transparente de un alma consagrada, como Santa Teresa Jornet, se trasluce la misma ansia que animara a su homónima abulense para desplegar, en formas diversas, la hermosura y la riqueza inagotables del designio de salvación.¡Cuántas páginas de historia eclesial, bellísimas, llevan impresos esos lances del amor divino que brotan del corazón de Cristo, como manantial perenne de luz y de verdad!

Difícil seguir en detalle la vida y la actividad de la Madre Teresa. La niña de Aytona y Lérida, la estudiante y maestra de Fraga y Argensola, a la búsqueda de su vocación entre las Terciarias Carmelitas y las Clarisas de Briviesca, deja el paso a la religiosa gallarda y sencilla que, mientras cubre distancias y recorre las ciudades más diversas, sabe conservar el secreto de su dinamismo: la unión con Dios. Alma que amaba pasar desapercibida, pero que no por ello dejaba de marcar con su huella personal, recia y dulce al mismo tiempo, las bases mismas de su incipiente obra. Ella supo guiar, desde sus primeros pasos, el nuevo Instituto, desde Barbastro a Valencia y Zaragoza, extendiéndolo después -en un incansable afán caritativo- por buena parte de la geografía española y que más tarde se trasplantaría a América.

Teresa Jornet tuvo algo, misterioso si se quiere, que nos atrae. A su lado se siente esa presencia inefable de la Vida que la sostuvo y la alentó en sus afanes de consagración a Dios y al prójimo, orientándola hacia la senda concreta de la caridad asistencial.

El fruto de la ingente labor desplegada por tan humilde religiosa cuajó de manera admirable, pero sin clamor externo. El quehacer de la gracia será siempre algo misterioso. La opción hecha en la intimidad del alma sabe de la predilección divina, de la acción fecundadora del Espíritu.¡Quién podría describir por qué rutas y celadas Santa Teresa ha ido descubriendo a su Esposo! Al abrazar un género de vida abnegada, ella ha querido realizar el programa de santidad trazado por el Divino Maestro: descubrir la verdadera felicidad, la Bienaventuranza que esta escondida, como un precioso tesoro oculto, en el amor y servicio a los pobres y necesitados.

Al contemplar la figura de la nueva Santa y de la multitud de vírgenes que en el Instituto por ella fundado inmolan su vida por los ancianos desamparados, sentimos que el ánimo se nos inunda de afecto indecible. ¡Servir a los Ancianos Desamparados! Sabemos bien que son miles y miles las personas que han podido beneficiarse de tan espléndida corriente de gracia y caridad. Esta da un matiz peculiar al carisma confiado a Santa Teresa, que se insiere con fuerza lógica en la misión misma de Cristo y de todo apóstol: «para evangelizar a los pobres me ha enviado» (Luc. 4, 18).

Hoy más que nunca, en esta época de gigantescos progresos, estamos asistiendo al drama humano, a veces desolador, de tantas personas llegadas al umbral de la tercera edad y que ven aparecer a su alrededor las densas nieblas de la pobreza material o de la indiferencia, del abandono, de la soledad. Nadie mejor que vosotras, amadísimas hijas, Hermanitas de los Ancianos Desamparados, conoce lo que ocultan los pliegues recónditos de tan triste realidad. Vosotras habéis sido y sois las confidentes de esa especie de vacío interior que no pueden llenar, ni siquiera con la abundancia de recursos materiales, quienes están desprovistos y necesitados de afecto humano, de calor familiar. Vosotras habéis devuelto al rostro angustiado de personas venerables por su ancianidad, la serenidad y la alegría de experimentar de nuevo los beneficios de un hogar. Vosotras habéis sido elegidas por Dios para reiterar ante el mundo la dimensión sagrada de la vida, para repetir a la sociedad con vuestro trabajo, inspirado en el espíritu del evangelio y no en meros cálculos de eficiencia o comodidad humanas, que el hombre nunca puede considerarse bajo el prisma exclusivo de un instrumento rentable o de un árido utilitarismo, sino que es entitativamente sagrado por ser Hijo de Dios y merece siempre todos los desvelos por estar predestinado a un destino eterno.

¡Oh! Si pudiéramos penetrar en vuestras comunidades y residencias, allí sorprenderíamos a tantas hijas de la nueva Santa que, como ella, están difundiendo caridad: caridad encerrada en un gesto de bondad, en una palabra de consuelo, en la compañía comprensiva, en el servicio incondicional, en la solidaridad que solicita de otros una ayuda para el más necesitado. Bien sabemos que vuestra entrega a los ancianos, cuyos achaques requieren de vosotras atenciones delicadas y humanamente no gratas, tienen un ideal, una pauta, un sostén: el amor a Cristo que todo lo soporta, todo lo supera, todo lo vence, hasta lo que para tantas mentalidades de hoy, empapadas de egoísmo o prisioneras del placer, es considerado una locura. Ese amor que se alimenta en la oración y que adquiere un ulterior dinamismo en la Eucaristía llevó a vuestra Santa Fundadora y os impulsa a vosotras a ver en los ancianos una mística prolongación de Cristo, a atenuar en ellos sus fatigas, sus enfermedades, sus sufrimientos, cuyo alivio repercute con cadencias de evangelio en el mismo Cristo: «a Mí me lo hicisteis». ¡Esta es la respuesta de la caridad! ¡Ese es el sentido de lo que humanamente sería inexplicable ! ¡Esa es la respuesta a quienes verían mejor empleada, en otros campos eclesiales, la vitalidad de vuestras llamas vocacionales que mantienen la tenue y casi apagada existencia de los ancianos! Y ello es una constante interpelación a la conciencia del hombre de hoy, insensible con frecuencia ante la realidad de los beneficios, aun sociales, que aporta la caridad hecha en nombre de Cristo, ¡caridad operativa que Santa Teresa, con fina percepción, intuyó tan necesaria en un problema de su tiempo! Caridad que encuentra hoy la misma necesidad y la misma urgencia.

Nuestras palabras se concentran ahora para rendir homenaje de devoción a Santa Teresa Jornet Ibars. Su vida queda en nuestra memoria como ejemplo de virtud; y su obra, fielmente continuada por las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, es una invitación apremiante a la acción caritativa y social. Mientras la invocamos como Santa, demos gracias a Dios que nos ha permitido ser testigos de las maravillas de su gracia en una hermana nuestra, en quien se cumplen admirablemente las palabras proféticas: «enalteció a los humildes» (Luc. 1, 52). Tal exaltación redunda en honor de todo el Pueblo de Dios, pero especialmente de España, tierra de Santos, que en todo tiempo ha sabido dar ejemplos de piedad, de generosidad, de heroísmo, de santidad. Justo honor el que hoy rendimos a un pueblo tan querido que, entregándose generosamente a las tareas del espíritu, ofrece siempre la reserva de lo esencial y definitivo: su fe cristiana, arraigada y vital. Honor pues a España, con el reconocimiento de la Iglesia entera.

Y, superada toda frontera, ¡honor a la misma Iglesia! que invoca entre sus Santos a esta española, universal por el espíritu y el alcance de su obra. Gloria a la Iglesia, que ve correr por sus miembros la savia siempre nueva de la caridad que su Divino Fundador le infundió como esencia de la tarea salvadora. Hoy resplandece más, de hermosura y de gozo, al proclamar la santidad de una de sus hijas, proponer su nombre e invocar su intercesión para ejemplo y ayuda de todos los bautizados.

No queremos concluir sin dedicar unas palabras a la nutrida representación española que, con sus celosos Pastores -cuya presencia nos complace de modo particular-, nos trae el dulce y compacto testimonio del catolicismo de España, tan vinculada a esta Cátedra de San Pedro. Nuestro deferente y especial saludo a la Misión Extraordinaria enviada por el Gobierno español, a los Señores Cardenales y Hermanos todos en el Episcopado; nuestra afectuosa bienvenida a los sacerdotes, religiosos y peregrinos españoles, y sobre todo a vosotras, Hijas de Santa Teresa Jornet, y a vuestros ancianos que, en prueba de agradecimiento, han querido asistir a esta memorable ceremonia.

Ante el ejemplo de Santa Teresa, repetimos a todos los presentes y a cuantos en la distancia se encuentran espiritualmente unidos, la exhortación de San Pablo: «haced demostración de vuestra caridad y acreditad los encomios que de vosotros hicimos a la faz de las Iglesias» (2 Cor. 8, 24). Así sea. Con nuestra Bendición Apostólica.

* * * * * * * *

Pare a noi doveroso aggiungere una parola in lingua italiana per estendere ai fedeli presenti che hanno propria questa lingua la riflessione che non può mancare sopra l’avvenimento che noi abbiamo ora compiuto, e che per sempre, da oggi in poi, la Chiesa cattolica non cesserà di ricordare e di magnificare come avvenimento gioioso. Noi ci limitiamo ora a indicare semplicemente i motivi principali di gaudio, che sono salienti di questo rito singolare e solenne: esso deve appunto riempire i nostri animi di santa letizia.

E il primo motivo è la natura stessa d’una canonizzazione. Che cosa è una canonizzazione? È una sentenza, che impegna il magistero della Chiesa, circa la santità d’una persona, che è dichiarata appartenere in gloriosa pienezza al Corpo mistico di Cristo, nella sua finale e perfetta condizione di Chiesa celeste. Essa è pertanto, e innanzi tutto, una glorificazione, quale a noi membra della Chiesa terrestre è possibile, della santità di Dio, fonte d’ogni nostro bene, e di Cristo, causa meritoria della nostra salvezza, nell’effusione animatrice dello Spirito Santo. È il riconoscimento della divina perfezione, cioè della santità di Dio, riverberata in un’anima eletta, come la luce del sole si riflette nelle cose che esso illumina col suo splendore e conferisce alle cose l’irradiazione della bellezza. E questa divina derivazione della santità, e perciò del culto che alla santità d’una creatura noi tributiamo, è da tenere sempre presente a tutela della nostra dottrina cattolica, che mentre esalta la santità dei Santi, la riconosce e la celebra relativa e tributaria di quella unica e somma di Cristo e di Dio, e infonde in noi, ancora pellegrini verso la patria celeste, una grande gioia, tutta esultante di ammirazione e di speranza, facendoci sempre esclamare: mirabilis Deus in Sanctis suis (Ps. 67, 36).

Perché questo è il significato del culto dei Santi, il riconoscimento dei doni di Dio in anime fortunate e felici, che tali doni (come i talenti della parabola evangelica) non solo hanno ricevuto, ma hanno in sé e fuori di sé coltivati e moltiplicati.

Ed ecco allora il secondo motivo della nostra gioia: ammirare nella nuova Santa l’epifania, cioè la manifestazione dei doni divini, sia al loro grado iniziale, di doti naturali o di carismi soprannaturali, e sia al loro grado di espansione, di professione, di sviluppo, che caratterizza la particolare e sempre originale fisionomia della Santa che celebriamo. E qui non possiamo tacere l’elogio dello studio dei Santi, cioè della agiografia. Se ogni studio della vita umana, considerata nella sua esistenziale fenomenologia, è sempre interessantissimo (quanta scienza, quante arti vi trovano il loro inesauribile nutrimento! ), quale interesse, quale passione dovrebbe avere per noi lo studio dell’agiografia, cioè delle vite dei Santi, nei quali questo soggetto di studio, ch’è il volto umano, svela segreti di ricchezza, di avventura, di sofferenze, di sapienza, di drammaticità, in una parola, di virtù, che non possiamo riscontrare in pari vigore di esperienza e di espressione, e finalmente di ottimista affermazione, in altri viventi, siano pur essi dotati di straordinarie qualità.

La parola « edificazione » è qui appropriata; la conoscenza della vita dei Santi è per eccellenza una edificazione. Così ricordassero i nostri maestri di spirito e di umanesimo e i nostri educatori del popolo la prodigiosa, staremmo per dire la misteriosa efficacia pedagogica e formativa d’attingere alla scuola dei Santi la vocazione e l’arte di vivere bene, da veri uomini e da veri cristiani! Eccoci dunque oggi, convocati da questa Chiesa nostra, Madre e Maestra, alla scuola della nuova Santa Teresa di Gesù Jornet e Ibars!

Che cosa diremo? noi ci risparmiamo ora l’apologia, che sarebbe di regola, della vita mirabile di questa cittadina della terra dichiarata cittadina del paradiso, e perciò esemplare in molti e meravigliosi suoi aspetti. La brevità stessa di questo discorso sarebbe insidiosa alla sua fedeltà: del resto voi tutti conoscete l’itinerario biografico della Santa; il quale, per nostra fortuna scolastica, si presta alla sintesi più densa e più breve, se osserviamo ch’esso ebbe una sola traccia, altrettanto aspra che rettilinea, quella della carità verso il prossimo; e quale carità ! Dovremo avere tutti la saggezza di descrivere alla nostra meditazione questa polivalente lezione di carità, e senza volerci difendere dalla sorprendente sua somiglianza con altri e non pochi nel nostro tempo profili agiografici, che ci sembrano quasi coincidere in un medesimo, o analogo disegno di vita dedicata alla regina delle virtù, la carità, troveremo fonti di meraviglia e modelli di imitazione nella figura serena, dolce e forte, di questa Santa, specialmente in due aspetti caratteristici, quello della carità rivolta alla vecchiaia abbandonata, carità che (senza far torto a qualsiasi altra sua espressione) ci sembra eroica e originale, e quello dell’avere suscitato nella Chiesa di Dio una nuova Famiglia religiosa, che vediamo qui splendidamente rappresentata, e che tutta si consacra con incomparabile dedizione, al medesimo esercizio di carità cristiana e sociale. Aprire gli occhi, dobbiamo, fratelli e figli, appunto affinché le nostre anime possano godere di così mirabili irradiazioni del Vangelo immortale, del servizio, del silenzio, del sacrificio, dell’amore evangelico, quale Cristo insegna e suscita tutt’oggi nella sua Chiesa.

E alla fine non vogliamo tacere un terzo motivo del nostro gaudio odierno, e lo enunciamo appena, sebbene anch’esso si presterebbe a lunghe dissertazioni. Noi godiamo che Santa Teresa di Gesù Jornet e Ibars sia un nuovo regalo che la Spagna cattolica fa alla Chiesa di Dio e all’umanità del nostro tempo. Sì, ella era spagnola; e noi godiamo che quella terra fiera e generosa sappia ancora germinare fiori di tanta bellezza spirituale e frutti di tanta fecondità umana e sociale.

Noi non vogliamo tacere l’augurio - un vaticinio? - che la Spagna possa sempre trovare nella fedeltà alle sue tradizioni religiose e storiche la fonte della sua piena, originale e magnifica espressione, per la sua libera, organica e compatta interiore unità e per il suo rinnovato impulso al compimento dei gravi e grandi doveri che oggi la storia propone ad ogni civile e progredente società.

L’umile e grande Figlia della Spagna, che noi oggi eleviamo all’onore degli altari, possa essere ispiratrice di pace e di prosperità interiore ed esteriore al suo nobile e piissimo Popolo, e lo conforti ad attingere dalle sue straordinarie energie etniche e morali quel rinnovamento generale e spirituale, individuale e sociale che l’indizione dell’Anno Santo propone ad ogni Nazione, alla nostra santa Chiesa cattolica principalmente.

Così sia, con la nostra Apostolica Benedizione.

XV ASAMBLEA ORDINARIA DEL CELAM

HOMILÍA DE PABLO VI

Domingo 3 de noviembre de 1974

Venerables hermanos en el Episcopado:

Un gozo incontenible embarga hoy nuestro corazón en esta solemne celebración eucarística. Es el gozo del encuentro entre hermanos, de la experiencia del «afecto colegial», de la manifestación fraterna de la comunión entre las Iglesias particulares y la Cabeza de la Iglesia universal, garantía de la auténtica colegialidad. El mismo que nos encomendó la grave misión de regir a toda la Iglesia, os hizo también a vosotros Pastores para compartir la gran responsabilidad de «promover la obediencia a la fe para gloria de su nombre en todas las naciones» (Rom. 1, 5).

Viéndonos en medio de vosotros, no podemos menos de evocar la Conferencia General que celebrasteis hace ya seis años y cuya sesión inaugural tuvimos el honor de presidir en Bogotá. Ahora, al conmemorar el vigésimo aniversario de la institución del Consejo Episcopal Latinoamericano, una mirada retrospectiva nos hace ver que la semilla, sembrada en Río de Janeiro, ha crecido y echado profundas raíces. Un mutuo y continuo intercambio de información y de experiencias para servir con mayor eficacia al Evangelio, ha favorecido providencialmente una ulterior toma de conciencia de los problemas que a todos os afectan y un mejor conocimiento de las realidades concretas de vuestro continente.

Nos conforta mucho saber que, en esta reunión de Roma, os habéis propuesto dar un nuevo impulso a la tarea evangelizadora, dentro del clima espiritual del Año Santo. Esto, así como la humilde convicción de que «ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios el que da el crecimiento» (1 Cor. 3, 7), alimenta nuestra esperanza y debe servir de estímulo a las actividades del Celam, dentro de su carácter específico de organismo episcopal al servicio de la comunión del pueblo de Dios.

No se nos oculta el profundo significado que tiene el haberos reunido aquí, después del Sínodo de los Obispos, en el que muchos de vosotros habéis participado. Ha sido éste un acontecimiento de tanto relieve en la vida de la Iglesia y su desarrollo –comunión intensa en torno a la Eucaristía y a la Palabra, reflexión y diálogo, intercambio de experiencias y de sugerencias, renovación del compromiso evangelizador y generosos propósitos- que nos ha satisfecho sobremanera. No cabe duda que en esta reunión del Celam habréis repetido muchas de vuestras aportaciones, teniendo en cuenta las de otros hermanos en el Episcopado, y habréis reiterado, con la mente y el corazón puestos en vuestro continente, las exigencias de vuestra misión ante Dios y ante los hombres.

De aquí que nuestro gozo colmado por el completo y fructuoso éxito del Sínodo, quede ratificado ahora al comprobar que vosotros, en intima comunión con Nos, seguís trabajando en la búsqueda de soluciones a los grandes problemas que se plantean ante la evangelización en vuestros países.

Nuestro tiempo exige una intensificación de la conciencia evangelizadora, que dé prioridad al anuncio explícito del Evangelio y a la virtualidad salvadora de su mensaje para el hombre de hoy; que acreciente la confianza en el Magisterio social de la Iglesia y en su capacidad de inspiración y de iluminación; y sobre todo, que deje siempre en claro que la auténtica liberación es la del pecado y de la muerte. La liberación no es simplemente un término de moda, sino una palabra familiar para el cristiano; en efecto, pertenece a su vocabulario y debemos recordarla día tras día, haciendo referencia a la obra redentora de Cristo Salvador, por quien hemos sido admitidos a la reconciliación con Dios y regenerados a una nueva vida que exige de nuestra libre personalidad dedicarse, mediante los postulados que surgen de la caridad, a la obra social en favor de nuestros hermanos.

Transformando al hombre desde dentro, haciéndolo portador consciente de los valores que la fe y la gracia han engendrado en su alma, implantando el dinamismo del amor en su corazón, se conseguirá sin duda la promoción integral de una sociedad donde la verdadera libertad y la auténtica justicia constituyan la base del progreso (Cfr. Discurso audiencia general, 31 julio 1974).

Que vuestro renovado impulso apostólico no se vea frenado por la insensibilidad de algunos cristianos ante situaciones de injusticia, ni por las divisiones -a veces radicalizadas- en el interior de las propias comunidades eclesiales; y que ese mismo impulso sea capaz de conjurar la tentación -que a veces se insinúa en algunos- de entregarse a ideologías ajenas al espíritu cristiano, o de recurrir a la violencia, engendradora de males mayores que los que se desean remediar (Cfr. Populorum Progressio , 31); «ni el odio ni la violencia son la fuerza de nuestra caridad» (Discurso a la Asamblea del Episcopado Latinoamericano, Bogotá, 24 agosto 1968).

Vuestras comunidades esperan con ansia una respuesta a sus problemas, a sus inquietudes, una ayuda ante situaciones difíciles. Seguid ofreciendo a todos la palabra salvadora y el testimonio de vuestra vida evangélica; pero no os detengáis en el mero anuncio de la fe con un lenguaje accesible; es necesario provocar en la conciencia individual y social un movimiento propulsor, capaz de hacer opciones serenas, de tomar decisiones valientes, dejando que el Señor «abra una puerta amplia» (Cfr. 1 Cor. 16, 9; 2 Cor. 2, 12) por donde el Evangelio penetre libre y decisivamente en el hombre y en su historia, en la sociedad y en sus estructuras.

El ministro de la Iglesia, en cuanto colaborador de Dios, ha de sentirse despojado de toda clase de ataduras inútiles o peligrosas, prisionero sólo del Evangelio (Cfr. Eph. 3, 1; 1 Cor. 9, 19), a fin de liberar el «labrantío de Dios» y salvaguardar los preciosos valores depositados en el «edificio de Dios» (Cfr. 1 Cor. 3, 9), los hom res, b para que a Imedida que crecen y se enriquecen con el desarrollo y progreso humanos, queden también impregnados y configurados a Cristo.

Que vuestros colaboradores, sacerdotes y religiosos, mantengan y corroboren, con vitalidad creciente, este compromiso. A todos ellos, confortadlos siempre para que su ánimo no desmaye ante las dificultades. A todos ellos va nuestro recuerdo, nuestro aliento, nuestro afecto y nuestra gratitud.

Sabemos que prestáis una atención esmerada a la juventud que constituye una mayoría en vuestro continente y cuya generosa disponibilidad ha de incorporarse a las tareas evangelizadoras. Los jóvenes son no sólo los hombres del mañana, sino los cristianos de hoy, los que con su intuición, fuerza y alegría, y hasta con su sana crítica esperanzada constituyen un fermento de vuestra sociedad. Ellos esperan que se les proponga no la utopía del mundo que no llegarán a conocer, sino la realidad viva de algo que se debe ir perfeccionando y que ya está entre nosotros: el reino de Cristo con su llamada a la justicia, al amor, a la paz.

Venerables hermanos: no queremos concluir estas palabras sin extender una vez más nuestra mirada sobre el inmenso campo de la Iglesia por vosotros aquí representada.

Nuestra solicitud pastoral por todas las Iglesias se reviste de una especial atención cuando se proyecta hacia América Latina. En sus comunidades orantes, fraternas, misioneras, descubrimos -os lo decimos con gozo y emoción- un verdadero tesoro cristiano, cuya pujanza se va poniendo de manifiesto, cada día más, en obras de caridad, de apostolado, de educación; y también en el apoyo y participación al desarrollo integral de vuestros países.

Sois vosotros, obispos hermanos de América Latina, quienes, siguiendo el camino que trazaron aquellos santos pastores que implantaron y propagaron la fe en el Nuevo Continente, habéis mantenido ardiente la llama del apostolado, edificando, con la preciosa colaboración de tantos sacerdotes, religiosos y seglares beneméritos, la Iglesia de Cristo con todo esmero y lucidez.

Que esta riqueza humana y espiritual no se quede estancada en meras fórmulas, sino que, convenientemente encauzada, constituya un caudal vivo, capaz de fertilizar en generosa comunicación otros campos de la Iglesia, de esa misma Iglesia que tan fielmente servida y tan profundamente amada se vio por los Santos que en vuestra América vivieron y cuya intercesión imploramos, especialmente -por conmemorarse hoy su fiesta- la de San Martín de Porres.

En esta hora de gracia, el Espíritu Santo, Alma de la Iglesia, sigue presente y actuando en ella. Es El quien le presta las fuerzas necesarias para lograr una constante renovación y creciente fidelidad a su Divino Fundador. Es la hora de la fe. Es la hora de la esperanza, que no quedará defraudada (Cfr. Rom. 5, 5).

Que María, Madre de la Iglesia, a quien vuestros pueblos invocan bajo diversas advocaciones, con fe tierna y sencilla, os obtenga siempre este clima de esperanza.

CANONIZACIÓN DE JUAN MACÍAS HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

28 de septiembre de 1975

Venerables Hermanos y amados hijos,

La Iglesia se siente hoy inundada de júbilo. Es el gozo de la madre, que asiste a la exaltación de uno de sus hijos. Y precisamente porque es un hijo pequeño, que no brilló durante su vida con los fulgores de la ciencia, del poder, de la notoriedad humana, de todo eso que hace a uno grande a los ojos del mundo, la Madre Iglesia experimenta un regocijo particular. En esta mañana la Iglesia siente resonar de nuevo en sus oídos las palabras insinuantes y maravillosamente asombradoras del Maestro, que proclaman, de manera inequívoca, su preferencia por los sectores más pobres y humildes: ¡Bienaventurados los pobres de espíritu! A la escucha perenne y atenta de su Divino Fundador y en fidelidad indefectible a su mensaje, la Iglesia fija hoy sus ojos en una figura singular, concreción sublime de ideales evangélicos : ¡Juan Macías! Un humilde pastor hasta los treinta y siete años de Ribera del Fresno, en España; emigrante sin recursos a tierras del Perú; por veintidós años sencillo hermano portero del convento dominico de La Magdalena en Lima. Este es el nuevo Santo, a quien la Iglesia rinde en este día su tributo de exaltación suprema, tras haberlo declarado Beato el veintidós de octubre de mil ochocientos treinta y siete.

En su glorificación, como en la de otras figuras humildes cual el Santo Cura de Ars, San Francisco de Asís, San Martín de Porres, y otras tantas que podríamos citar, se hace visible el amor sin reservas ni distinciones de la Iglesia, que valora y ensalza por igual los méritos ocultos de grandes y pequeños, de pobres o de facultosos, sintiendo particular complacencia acaso al elevar a los más pobres, reflejo más vivo de la presencia y predilecciones de Cristo. Por falta de tiempo, no haremos la exaltación que merecería la humilde y gran figura de Juan Macías que, con la ayuda del Señor y en el pleno ejercicio de nuestro ministerio magisterial, hemos inscrito en el catálogo de los Santos. Solamente aludiremos a las razones que embargan nuestro ánimo durante este acto solemne. Canonizando a San Juan Macías nos parece interpretar la intención del Señor, el cual, siendo rico, se hizo pobre para que nosotros fuésemos ricos por su pobreza (Cfr. 2 Cor. 8, 9), existiendo en la forma de Dios, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo (Cfr. Phil. 2, 6-7), fue enviado por el Padre «a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos» (Luc. 4, 18), proclamó bienaventurados a los pobres de espíritu (Matth. 5, 3), puso la pobreza como condición indispensable para alcanzar la perfección (Cfr. Marc. 10, 17-31; Luc. 18, 18-27) y dio gracias al Padre porque se había complacido en revelar los misterios del Reino a los pequeñuelos (Cfr. Matth. 11, 26).

Estas son las enseñanzas lineares dejadas por el Señor, y que el Magisterio de la Iglesia nos propone hoy, ilustrándolas con un ejemplo concreto de la historia eclesial. Juan Macías, que fue pobre y vivió para los pobres, es un testimonio admirable y elocuente de pobreza evangélica: el joven huérfano, que con su escasa soldada de pastor ayuda a los pobres «sus hermanos», mientras les comunica su fe; el emigrante que, guiado por su protector San Juan Evangelista, no va en búsqueda de riquezas, como otros tantos, sino para que se cumpla en él la voluntad de Dios; el mozo de posadas y el mayoral de pastores, que prodiga secretamente su caridad en favor de los necesitados, a la vez que les enseña a orar; el religioso que hace de sus votos una forma eminente de amor a Dios y al prójimo; que «no quiere para sí más que a Dios»; que combina desde su portería una intensísima vida de oración y penitencia con la asistencia directa y la distribución de alimentos a verdaderas muchedumbres de pobres; que se priva de buena parte de su propio alimento para darlo al hambriento, en quien su fe descubre la presencia palpitante de Jesucristo; en una palabra, la vida toda de este «padre de los pobres, de los huérfanos y necesitados», (no es una demostración palpable de la fecundidad de la pobreza evangélica, vivida en plenitud?

Cuando decimos que Juan Macías fue pobre, no nos referimos ciertamente a una pobreza -que nunca podría ser querida ni bendecida por Dios- equivalente a culpable miseria o inoperante inercia para la consecución del justo bienestar, sino a esa pobreza, llena de dignidad, que ha de buscar el humilde pan terreno, como fruto de la propia actividad. ¡Con cuánta exactitud y eficiencia se dedicó a su deber, antes y después de ser religioso! Sus dueños y superiores dan claro testimonio de ello. Fueron siempre sus manos las que supieron ganar el propio pan, el pan para su hermana, el pan para la multiplicada caridad. Ese pan, fruto de un esfuerzo socialmente creador y ejemplar, que personaliza, redime y configura a Cristo, mientras deja en lo íntimo del alma la filial confianza de que el Padre, que alimenta a las aves del cielo y viste a los lirios del campo, no dejará de dar lo necesario a sus hijos: «buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura» (Cfr. Matth. 6, 25-34). Por otra parte, la ardua tarea de Juan Macías no distraía su ánimo del Pan celestial.

El, que desde su niñez había sido introducido en el mundo íntimo de la presencia de Dios, fue en medio de su actividad un alma contemplativa. El campo, el agua, las estrellas, los pájaros, le hablaban de Dios y le hacían sentir su cercanía: «Oh Señor, qué mercedes y regalos me hizo Dios en aquellos campos», mientras guardaba el rebaño. Así exclama ya anciano. Y recordando su vida de convento, aquel jardín a donde con frecuencia se retiraba a orar de noche, dirá: «Muchas veces, orando a deshoras de la noche, llegaban los pajarillos a cantar y yo apostaba con ellos a quién más alababa a Dios». ¡Frases de encantadora poesía, que dejan entrever las largas horas dedicadas a la oración, a la devoción a la Eucaristía y al rezo del rosario! Pero esta vida interior nunca representó para Juan Macías una evasión frente a los problemas de sus hermanos; antes bien, partiendo de su vida religiosa, llegaba a la vida social. Su contacto con Dios no sólo no le hacía retraerse de los hombres, sino que le llevaba a ellos, a sus necesidades, con renovado empeño y fuerza para remediarlos y conducirlos a una vida cada vez más digna, más elevada, más humana y más cristiana.

El no hacía con ello sino seguir las enseñanzas y deseos de la Iglesia, la cual, con su preferencia por los pobres y su amor por la pobreza evangélica, jamás quiso dejarlos en su estado, sino ayudarles y levantarles a formas crecientemente superiores de vida, más conformes con su dignidad de hombres y de hijos de Dios. A través de estos trazos parciales, aparece ante nuestros ojos la figura maravillosa y atractiva de nuestro Santo. Una figura actual. Un ejemplo preclaro para nosotros, para nuestra sociedad. Evidentemente, la cuestión económica se plantea hoy con características bien diversas de las que tenía en tiempos de San Juan Macías. Los nuevos sistemas productivos, la acelerada industrialización, la creciente tecnificación y las conquistas en campo nuclear o electrónico, por más que hayan hecho surgir no indiferentes problemas para el hombre, han determinado ciertamente un superior nivel económico y asistencial en vastas áreas del mundo, por desgracia todavía demasiado limitadas. Por otra parte, la sensibilidad social se ha incrementado, dando paso con frecuencia a un tipo de humanismo radical, disociado de toda referencia al trascendente.

En este contexto se nos ofrece en todo su valor actual el mensaje de Fray Juan Macías. El no miró la humildad de su tarea, sino que la cumplió con entrega total y de manera ejemplar. Se dio siempre a los demás y, en el darse a todos, encontró a Cristo. Su trabajo fue una exigencia de su condición de hombre y de cristiano, un ejercicio de fecunda pobreza, un medio de proveer noblemente a su sustento y al de los pobres. Sin pretender nunca hacer de sus experiencias una elaborada sociología, ni convertirse en un experto economista, hizo cuanto estuvo a su alcance por atenuar necesidades y flagrantes desigualdades. Al pedir a los ricos para sus pobres, les enseñaba a pensar en los demás; al dar al pobre, lo exhortaba a no odiar. Así iba uniendo a todos en la caridad, trabajando en favor de un humanismo pleno. Y todo esto, porque amaba a los hombres, porque en ellos veía la imagen de Dios. ¡Cuánto desearíamos recordar esto a cuantos hoy trabajan entre pobres y marginados! No hay que alejarse del Evangelio, ni hay que romper la ley de la caridad para buscar por caminos de violencia una mayor justicia. Hay en el Evangelio virtualidad suficiente para hacer brotar fuerzas renovadoras que, trasformando desde dentro a los hombres, los muevan a cambiar en todo lo que sea necesario las estructuras, para hacerlas más justas, más humanas.

Juan Macías supo en su vida honrar la pobreza con una doble ejemplaridad: con la búsqueda confiada del pan cotidiano para los pobres, y con la búsqueda constante del Pan de los pobres, Cristo, que a todos conforta y conduce hacia la meta trascendente. ¡Estupendo mensaje para nosotros, para nuestro mundo materializado, tarado con frecuencia por un consumismo desenfrenado y por egoísmo sociales! ¡Ejemplo elocuente de esa «unidad interior», que el cristiano debe realizar en su tarea terrena, imbuyéndola de fe y caridad! (Cfr. Mater et Magistra, 51).

Amadísimos hijos, No quisiéramos terminar nuestras palabras sin mencionar algunas características que concurren en la vida de San Juan Macías. La primera es su origen español; hijo de una Nación, cuya historia encuentra sus expresiones más altas y decisivas -que marcan el carácter de su pueblo- en las figuras de sus Santos, como Santo Domingo de Guzmán, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz. Nombres estos que, con sólo recordarlos, constituyen por sí mismos un auténtico homenaje que se tributa a España. Un homenaje que nos sentimos contento de poder subrayar por parte Nuestra, como dirigido a una Nación por Nos tan amada, y que la Iglesia entera, tan bien representada en el cuadro solemne de esta plaza de San Pedro por los millares de peregrinos venidos de todo el mundo, desea rendir con Nos a esa tierra de Santos.

Experimentando en ello un gozo de comunión eclesial, un latido más de espiritualidad entre los muchos del Año Santo, una manifestación de fraterna e intensa alegría. Aunque esta alegría podría ser más plena, si estos días no hubiesen sido ensombrecidos por los acontecimientos por todos conocidos. El nuevo Santo continúa la tradición recibida como por una especie de herencia familiar. Una herencia que crece y se desarrolla en el hogar, en la vida familiar, en el ambiente social y en la sensibilidad religiosa del pueblo. Esta canonización ¿no es, pues, un acontecimiento que glorifica una tan alta y noble tradición, preanunciando al mismo tiempo un nuevo renacer de fervor y de santidad en los hijos de esa amada Nación? Nos así lo esperamos. La secunda característica es que San Juan Macías se hizo peruano y en Perú se santificó. Mientras muchas personas llegaban a América en busca de riquezas materiales, el nuevo Santo supo encontrar allí una riqueza espiritual de la que se alimentaron ya los primeros Santos de aquel Continente. Una riqueza integrada por elementos milenarios del pueblo antiguo, los indios, y del nuevo, los colonizadores, a quienes va el mérito de la evangelización de aquel Continente, y que nuestro Santo incrementó decididamente con su vida.

Desde entonces ¡que vitalidad religiosa a pesar de sus lagunas e imperfecciones! ¡Qué corrientes de vida espiritual han marcado la historia de todas aquellas naciones! A todos sus hijos los exhortamos a ser dignos del ejemplo de santidad dejado por San Juan Macías. Por último, San Juan Macías fue religioso dominico, de esa gran familia que tantos Santos ha dado a la Iglesia y cuya labor al servicio de la Verdad ha sido tan unánimemente reconocida. A ellos dirigimos en este solemne día un saludo especial, exhortándoles a seguir sus grandes tradiciones de santidad, a ejemplo de San Juan Macías, de San Martín de Porres y de Santa Rosa de Lima, síntesis de la santidad dominica en las nobles tierras latinoamericanas. Un ejemplo y exhortación que extendemos a todos los miembros de las otras familias religiosas, para que también ellos sientan una nueva incitación hacia cumbres más altas de cercanía divina, de esmero espiritual, de clima en el que se escucha la voz de Cristo. Y ojalá que el nuevo modelo de santidad que hoy proponemos suscite abundantes fuerzas jóvenes, que se consagren sin reserva a los ideales siempre válidos, siempre atractivos, del Evangelio de Jesucristo.

Onoriamo nel nuovo santo Religioso: dopo svariate esperienze, a trentasette anni Giovanni Macías si sentì chiamato a servire Dio nell'ordine Domenicano, ma nella sua umiltà volle essere Fratello Laico. Per un quarantennio, fino alla morte, fu destinato al servizio di portineria nel convento di Lima. E in questa umile incombenza egli seppe realizzare e vivere profondamente ed autenticamente la sua consacrazione religiosa, radicata nell'amore ardente 1009 a Dio, nella smisurata carità Verso i fratelli più bisognosi, nella pratica fedele dei Consigli evangelici, nella continua preghiera, lasciando a noi l'esempio di come si possa testimoniare l'impegnativo messaggio di Cristo anche nelle piccole ed umili tose.

Cette grande fete de famille a laquelle vous avez le bonheur de participer réveille certainement en vous le désir d'une vie sainte, d'une vie enfin engagée sur les pas du Modèle Unique: le Christ! C'est le chemin ardemment suivi par Saint Jean Macías que Nous venons de canoniser. Il a surtout voulu être pauvre comme Jésus, et vivre pour les pauvres! Que cette leçon évangélique, si difficile a entendre aujourd'hui, gagne enfin nos cœurs. Oh oui, demandons les uns pour les autres cette grâce de choix, qui est la première des Beatitudes!

On this joyous occasion, as we proclaim and bless the power of God and the merits of Jesus Christ that have produced in Saint John Macias a full measure of holy charisms, we honour him and offer him to the entire Church as a model of the zealous emigrant. After the example of the Apostles and holy men and women of all ages, he left his homeland to go forth and to bring Christ to his brethren. In this way he endeavoured to answer the cal1 of the Evangelist, receiving with joy the message: «. . . let us love, not in word or Speech, but in deed and in truth» (1 Io. 3, 18). May all who have emigrated for the Kingdom of God find strength in the intercession of Saint John Macías. Liebe Söhne und Töchter!

Die wunderbare nächstenliebe des heiligen Johannes Macías war vor allem die Frucht seines tiefen, lebendigen Glaubens. Er war ein Mann des Gebetes, der aus der innigen, mystischen Vereinigung mit Gott sein Leben in der Nachfolge Christi gestaltete. Seine glühende Verehrung galt insbesondere der heiligen Eucharistie und dem Rosenkranzgebet. Gerade als Mystiker zeigt uns der neue Heilige die letzte und unergründliche Quelle christlicher Heiligkeit. Möge er uns allen darin Vorbild und durch sein Gebet im Himmel unser aller Fürsprecher sein.

BEATIFICACIÓN DE JUAN BAUTISTA DE LA CONCEPCIÓN Y VICENTA MARÍA LÓPEZ Y VICUÑA HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

25 de mayo de 1975

[*Texto en español más adelante]

Gode oggi la Chiesa, lieta di registrare nell'albo dei Santi due nuovi nomi, che ella è ormai sicura di dichiarare, secondo la espressione di Gesù, «scritti in cielo» (Luc. 10, 20): sono quelli ora «canonizzati» del Beato Giovanni Battista della Concezione, Riformatore dell'ordine della Santissima Trinità, vissuto dal 1561 al 1613, e della Beata Vincenza Maria Lopez y Vicuña, Fondatrice delle Figlie di Maria Immacolata, vissuta nel secolo scorso dal 1847 al 1890. Noi tutti abbiamo gioito ascoltando poco fa la lettura dei due rispettivi Decreti, che motivando con sommarie ma decisive notizie, le ragioni del giudizio della Chiesa circa le prove ed i meriti dell'a santità rispettiva della prima e dell'altra figura di queste persone, già onorate dalla beatificazione loro riconosciuta, hanno dato a noi la felicissima occasione di proclamare la loro canonizzazione.

La schiera dei Santi si accresce. Noi tutti dobbiamo goderne per la gloria di Dio, per l'onore del Signore nostro Gesù Cristo, per il gaudio che ne deriva alla Madre dei Santi, la Chiesa cattolica, ed in particolare alle rispettive Famiglie Religiose illustrate dall'opera e dalla virtù di questi loro Santi Patroni; e poi per l'edificazione di tutto il Popolo di Dio, che sa di poter venerare in questi suoi membri benedetti due fratelli esemplari, degni d'ammirazione e di devozione, e che confida inoltre di averli solidali ed efficaci intercessori presso l'unica fonte della nostra salvezza in virtù della comunione dei Santi, Cristo Signore.

La schiera dei Santi, tali ufficialmente dichiarati, si accresce; e, a Dio piacendo, ancora, durante quest'Anno Santo, e poi negli anni successivi, si accrescerà. Non sorga in alcuno il dubbio che questo progressivo aumento di figli eletti dell'a Chiesa sia frutto d'una facile inflazione devozionale. Chi conosce la complessità e il rigore dei processi, che precedono tanto le Beatificazioni quanto le Canonizzazioni sa bene quanto la Chiesa sia cauta ed esigente nell'esigere le prove delle virtù di grado «eroico», o possiamo dire superlativo, eminente, comprovato da inconfutabili testimonianze, analizzato con rigore critico e con metodo obiettivamente storico, anzi convalidato da due verifiche, una negativa, quella così detta del «non culto», la quale assicura i giudici del processo non esservi l'influsso di qualche eventuale mistificazione popolare; e quella positiva dei miracoli, quasi come attestato trascendente d'un divino beneplacito all'eccezionale riconoscimento della santità, che la Chiesa intende venerare nei singoli e singolari candidati agli onori degli altari. La legislazione canonica è molto grave e prudente in questa materia, e tale rimane, anche se alcune forme procedurali d'altri tempi, non poco ritualizzate e complicate, dei processi in questione, dovranno essere alquanto semplificate, pur conservando la dovuta, essenziale e inequivocabile verifica dei titoli eccezionali reclamati per l'esito positivo di ognuno di tali processi.

Ma che la schiera dei Santi si arricchisca di nuovi nomi col procedere del cammino della Chiesa nel tempo, e che noi ne siamo i fortunati testimoni deve essere motivo di gaudio e di speranza: la Chiesa vive; non invecchia, ma fiorisce; e mentre le vicende della storia spesso ne turbano il pacifico svolgimento, anzi talora ne sconvolgono e ne affliggono il suo normale cammino terreno, ella reagisce in santità, offrendo a se stessa e al mondo il conforto e l'esempio di alcuni imprevisti e tipici suoi figli, che con mirabili carismi di carità e d'altre virtù evangeliche, e doni e frutti propri del Paraclito, sostengono la fede minacciata dei popoli, e offrono al loro secolo e a quelli successivi l'inestinguibile presenza dello Spirito vivificante in seno alla santa Chiesa di Cristo. E questa semplice riflessione, che potrebbe svolgersi in filosofia della storia ed in teologia della Chiesa pellegrina e militante, deve aprire oggi all'esultanza per le due Canonizzazioni ora felicemente celebrate; e le dia alimento e conferma qualche breve accenno biografico, anzi agiografico dei nuovi due eletti al titolo ufficiale di santità.

La figura de San Juan Bautista de la Concepción, lejos de haberse desgastado con el paso de los siglos, sigue inalterable ofreciendo la entereza y frescura de su testimonio de hijo de la Iglesia. Nació Juan Bautista el año 1561, en un hogar profundamente cristiano de Almodóvar del Campo. Allí había nacido un insigne maestro del espíritu, también canonizado por Nos, San Juan de Ávila . Parece como si estas dos existencias, plasmadas en el mismo ambiente, hubiesen sido, por designio divino, una prolongación ininterrumpida no tanto en el tiempo cuanto en un común empeño reformador: el Maestro Ávila murió precisamente cuando Juan Bautista iba a cumplir ocho años. Hay otro dato significativo y curioso. Tiene Juan Bautista quince años cuando una gran Santa reformadora, Teresa de Jesús -a quien Nos hemos proclamado Doctora de la Iglesia-, va a Almodóvar y se hospeda en la casa del futuro Santo trinitario. Este florecimiento de Santos con temple renovador al comienzo de una etapa postconciliar, la de Trento, ¿no resulta aleccionadora para nuestros tiempos de resurgimiento y creciente desarrollo eclesial? Porque es claro que un determinado período de la Iglesia no puede caracterizarse como época de reforma auténtica y fructuosa si no produce una constelación de Santos.

Con ocasión de estas canonizaciones del Año Jubilar, ¿no es oportuno recordar el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen Gentium , que nos habla de la vocación universal a la santidad en la Iglesia? Sí, nos parece un momento propicio para lanzar a todos nuestros colaboradores en la evangelización, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares el reto de la santidad, sabiendo bien que sin ella la renovación quedaría comprometida y se perdería el fruto primero y fundamental, tanto del Jubileo como del Concilio (Cfr. etiam Christus Dominus , 15). No es mera coincidencia, carente de sentido, el hecho de que Juan Bautista de la Concepción sea canonizado, casi cuatro siglos después de su muerte, en este Año Santo y en el X aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. Este Concilio ha puesto a la Iglesia al ritmo de la renovación. Pero, ¿de qué renovación se trata? Evidentemente no puede ser una renovación sin discernimiento. Son los Pastores de la Iglesia los que, reunidos en Concilio, bajo la presidencia del sucesor de Pedro, han señalado el sentido de la renovación que necesita nuestro tiempo. Los actuales problemas eclesiales encontrarán solución, en la fidelidad a las enseñanzas del Concilio, siguiendo las sabias directrices de la jerarquía.

De una manera concreta, San Juan Bautista de la Concepción nos enseña con su vida cuáles han de ser las disposiciones y actitudes de los auténticos renovadores. Y particularmente en lo que se refiere a las familias religiosas, ya que él ha pasado a la historia como el reformador de la Orden de la Santísima Trinidad. Nuestro Santo, que viste el hábito de la Orden a los diecinueve años, se prepara a su misión, entregándose con generosidad al Señor, cultivando en su alma la piedad eucarística y mariana, con un deseo grande de imitar las austeridades de los Santos reseñadas en el Flos Sanctorum que lee con fruición. Se afana en el estudio para obtener una sólida formación teológica, a base sobre todo de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, que le servirán en su ministerio de predicador incansable. Se propone ser un religioso observante que quiere abrazar la regla primitiva, austera y pobre de la Orden y, para ello, rompe decididamente con la «tiranía de los cumplimientos del mundo» (Obras, VIII, 29). ¿No es ése el camino de los Santos?

Para realizar la reforma de su Orden, peregrina a Roma; y su obra, tanto en España como fuera, se ve sometida a graves pruebas. Pero no le importa: «Claro está -dice- que si yo te amo, Señor, no tengo de querer en esta vida honra, ni gloria, sino padecer por tu amor» (Obras, VIII, 128). Cuando el Papa Clemente VIII aprueba la reforma de la Orden Trinitaria, nuestro Santo vuelve a España para aplicar con total fidelidad las normas que le ha dado la Santa Sede. Exige a los frailes que abrazan la vida reformada la exacta observancia de la regla, profunda vida de oración, de penitencia y de pobreza, siempre en un clima de alegría que no está reñida con la austeridad. El se muestra siempre humano y delicado en sus intervenciones; pero al mismo tiempo firme, recto y obediente a sus superiores. Y he aquí los frutos: su obra tiene éxito y las vocaciones se multiplican.

Cuando su vida declina, vuelven las pruebas y contradicciones; ¿cómo reaccionar? Como lo hacen los Santos. Sí, con la caridad; así, su alma se purifica en la renovación personal y asciende a mayor santidad. Cuando muere en Córdoba, a los cincuenta y un anos de edad, deja en su obra y en sus escritos una lección perenne: ¡No hay auténtica reforma eclesial sin la renovación interior, sin obediencia, sin cruz. Sólo la santidad produce frutos de renovación! Que el Señor siga bendiciendo a la Orden de San Juan de Mata y de San Juan Bautista de la Concepción que tiene precisamente como finalidad el culto a la Santísima Trinidad y el apostolado liberador entre los cristianos que por sus circunstancias sociales especiales se encuentran en mayor peligro de perder la fe. Este apostolado caracteriza también en cierto sentido la obra de la nueva Santa.

Vicenta María López y Vicuña está más cerca de nosotros en el tiempo. Nació en las nobles y cristianas tierras de Navarra, el día 24 de marzo de 1847, para morir en los umbrales de este siglo. Trascurrió una juventud serena, durante la cual fueron madurando en ella los frutos de una esmerada educación cristiana, en la que dejó huellas inconfundibles el ambiente familiar: la madre, un tío sacerdote, una tía religiosa. ¡Oh! Nunca ponderaremos bastante la importancia formativa del núcleo familiar; esa labor ejemplar, insustituible, de siembra y cultivo de conocimientos y virtudes. Y Dios bendice con predilección (a las familias auténticamente cristianas; son ellas, por su parte, la mejor cantera de vocaciones para el servicio de la Iglesia. En España tenéis, a este respecto, una tradición espléndida, gloriosa, fecunda. Os recordamos esto ahora, amadísimos hijos, porque abrigamos la esperanza de que el Año Santo se distinga también por un despertar de las vocaciones, por «un incremento numérico de aquellos que sirven a la Iglesia con particular dedicación de su vida, es decir, de los sacerdotes y religiosos» (Apostolorum Limina, IV).

Nuestra Santa es muy joven aún, cuando oye en sus adentros la llamada divina. No fue una decisión fácil de realizar. Con sencillez v dulzura, con sacrificio y caridad logra verse liberada de la perspectiva que le ofrece una vida en el mundo tranquila, acomodada, halagadora. En la fiesta de la Santísima Trinidad de 1876 recibe el hábito religioso junto con dos compañeras; nace así la congregación de las Religiosas de María Inmaculada; una familia que tiene por misión la santificación personal de sus miembros y la ayuda a las jóvenes que trabajan fuera de sus propios hogares. A esas jóvenes, rodeadas con frecuencia de no pequeñas dificultades y peligros, Vicenta María entrega su vida entera. Al poner en la balanza el futuro de su vocación, podrá decir: «¡Las chicas han vencido!». Y a ellas se dará sin reservas, para hacerles encontrar un hogar acogedor, donde hallen una voz amiga, la palabra alentadora v desinteresada, el calor de un corazón, donde descubran la riqueza inmensa humano-divina de sus vidas, el secreto de los valores perennes, de la paz interior y donde, a la vez, aprendan a promoverse integralmente, para hacerse cada vez más dignas ante Dios y realizarse mejor como jóvenes.

¡De qué maravillosas intuiciones es capaz quien ama de veras! ¡Qué fina pedagogía sabe aplicar quien habla ese lenguaje sublime que se aprende en el corazón de Cristo! Nuestra Santa tenía ya una experiencia personal en este apostolado específico. Sus mismos familiares de Madrid la habían puesto en contacto con esa clase trabajadora, tan necesitada. El deseo de entregarse a Dios hace lo demás. Ella misma siente en su alma la exigencia insaciable de renuncia genuina, deliberada, amorosa, que se le pide al discípulo de Cristo «para gloria de Dios más palpable. Más pobreza. Más mortificación de mis naturales inclinaciones. Mucho peligro de sufrir desprecios. ¡ Cuántos la vituperarán! Continuo esfuerzo, continuo sacrificio. Necesidad de la época». Son éstos precisamente los motivos que la impulsan a hacer la fundación, según ella misma ha dejado escrito (Cfr. Escritos de la fundadora, Cuaderno t. f. 80 r. O. c. 124-130). A pesar de su muerte prematura, a los cuarenta y tres años, no sin sufrimientos físicos y sobre todo morales -¡la cruz es la compañera inseparable de los Santos!-, la madre Vicuña vio aprobada su Obra por la Santa Sede; tenía ya casas repartidas por España y estaba ilusionada con fundar en Buenos Aires. La congregación se abría así a todos los horizontes de la Iglesia, como lo está hoy con numerosas comunidades esparcidas por Europa, América, Africa y Asia.

Recordamos bien cuando fue beatificada por nuestro venerable predecesor Pío XII en el anterior Año Santo. Y en este Año Santo, que coincide además con el Año Internacional de la Mujer, podríamos preguntarnos: ¿qué mensaje trae Santa Vicenta María para la Iglesia y para el mundo de nuestro tiempo? Al iniciar el ciclo de beatificaciones de este Año Santo con María Eugenia Milleret decíamos que «la santidad, buscada en todos los estados de vida, es la promoción más origina1 y más llamativa a I'a que pueden aspirar y acceder las mujeres». Santa Vicenta María ha sentido, imperioso, el reclamo de la caridad hecha servicio, algo que le está invitando a prodigar su atención hacia la mujer, sobre todo la joven, necesitada de cuidados religiosos, de asistencia social, de la auténtica sublimación cristiana, en una palabra, de promoción en el sentido más completo y elevado del término. Una tarea que, con las diversas modalidades que van presentando los tiempos, constituye también una exigencia importante del mundo actual.

El carisma de la fundadora tiene así en nuestra época una vivencia singular. Esto mismo os exige a vosotras, religiosas de María Inmaculada, un empeño y un compromiso: un empeño de constante y auténtica renovación (Cfr. Perfectae Caritatis , 2), fijando la mirada en vuestra santa Madre, para imitar su ejemplo de perfección evangélica (Cfr. Matth. 5, 48), centrada en la caridad y alimentada con la adoración eucarística y la devoción a la Santísima Virgen, características sobresalientes de la espiritualidad de Vicenta María; así como su fidelidad y amor a la Iglesia; en una palabra, para seguir sus pasos en la vida espiritual y en la vida apostólica. Un compromiso también: el de la caridad social que constituye la herencia principal de vuestra Fundadora. En casi cien años de vida, ¡qué bien ha sabido emplear vuestra congregación esta herencia en favor de la promoción de las jóvenes, con residencias, escuelas profesionales, centros sociales y misionales! Os lo decimos con gozosa complacencia a vosotras, queridas religiosas de María Inmaculada aquí presentes y a todas las que, no habiendo podido venir, tienen en estos momentos su mirada puesta en esta asamblea eclesial. ¡ Animo! ¡Siempre adelante!

Amadísimos hijos: La Iglesia rebosa hoy de gozo. Su vitalidad perenne es fruto de la presencia divina. Se difunda el canto de acción de gracias que la Iglesia dedica al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo que la guían y la embellecen constantemente, sembrando de Santos los senderos del mundo. Sí, alegrémonos porque Dios ha hecho maravillas en las almas de San Juan Bautista de la Concepción y de Santa Vicenta María, cuyo paso por esta tierra atraen nuestras miradas, nuestras aspiraciones de conquistas más sublimes, nuestros anhelos más apremiantes de transformación terrena y transcendente. Gracias sean dadas a la Trinidad Santa desde lo más hondo de nuestros corazones. Nos quisiéramos que este canto de alegría se tradujera ahora en un ferviente mensaje de felicitación a España entera. Lo merece, porque en su secular trayectoria eclesial nos ofrece dos nuevos testimonios de su espiritual y religiosa fecundidad, que deben servir de constante estímulo, de compromiso perenne para las actuales y futuras generaciones.

A ejemplo de vuestros Santos, ¡manteneos siempre fieles a la Iglesia ! Todos unidos, sacerdotes, religiosos y fieles de España, continuad por el camino de la adhesión y fidelidad al mensaje de Cristo, promoviendo con vuestra conducta obras generosas que sirvan a la causa del bien espiritual y del progreso social de vuestra patria. Esta es nuestra esperanza, éstos son nuestros deseos, que en este día luminoso encomendamos de manera particular a San Juan Bautista de la Concepción y a Santa Vicenta María López y Vicuña, para gloria de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Chers fils et chères Filles, réjouissex-vous avec Nous, en ce jour où 1'Eglise inscrit officiellement parmi les saints un prêtre de I'Ordre des Trinitaires, le Père Jean Baptiste de la Co8nception, et Sœur Vicenta María López y Vicuña, fondatrice des Religieuses de Marie Immaculée. C'est grâce à une telle sainteté que l'Eglise se réforme de l'intérieur et rayonne la charité. Et cette sainteté est elle-même le reflet de 1'Amour qui vient du Père, par le Fils, dans 1'Esprit. Oui, c'est à la très Sainte Trinité que va d'abord notre louange. Que ce Dieu trois fois saint soit béni!

Today is the Solemnity of the Most Blessed Trinity and we have two new Saints. Dear sons and daughters, this is a day of jubilation for the entire Church of God. And as we propose these Saints to the veneration of the faithful, we bless and glorify the merits of our Lord Jesus Christ. For it is by his grate-and by his grate alone-that they have attained sanctity. We adore and thank the Holy Trinity, whose life is reflected in the lives of these Saints. May our praise ring out today in the whole Church: Blessed be God: the Father and the Son and the Holy Spirit! Blessed be God in his Saints!

Wir feiern heute, liebe Söhne und Töchter, das Fest der allerheiligsten Dreifaltigkeit und begehen gleichzeitig die Heiligsprechung von zwei neuen Heiligen: des heiligen Johannes Baptista von der Unbefleckten Empfängnis, des Reformators des Ordens der Trinitarier, und der heiligen Ordensstifterin Vincenza Maria López y Vicuña. Wir loben und preisen am heutigen Festtag dankerfüllt den dreifaltigen Gott, dass sich seine Gnadenfülle im Leben dieser beiden Heiligen so wunderbar entfaltete zum Segen ihrer Mitmenschen und der ganzen Kirche. Möge auch unser Leben durch ihre mächtige Fürbitte und nach ihrem Vorbild eine Verherrlichung des Vaters und des Sohnes und des Heiligen Geistes sein!

Em Eucaristia, convidamos os presentes de língua portuguesa à alegria: porque Deus, Trindade Santíssima nos chamou a participar, pela santidade, à Sua vida divina; e, pelos Santos canonizados agora, nos apela ao renovamento em Cristo, esclarecido e fiel, mediante o amor generoso e abnegado, e fraternal. Ao saudar e abencoar, cordialmente, todos os sedentos de ideal, jovens, donzelas e adultos, famílias cristás, neste Ano Santo de reconciliação o, diremos : vivei a mensagem deste dia luminoso!

MISA DE CANONIZACIÓN DE RAFAELA MARIA PORRAS Y AYLLÓN

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Domingo 23 de enero de 1977

Venerables Hermanos y amadísimos hijos,

Un gozo profundo embarga nuestro corazón y un canto de júbilo aflora a nuestros labios en estos momentos que estamos viviendo. Sentimos que en nuestra voz se condensa el himno de alabanza de toda la Iglesia, exultante por los destellos de nuevo esplendor sobrenatural, alentada por una renacida fecundidad de virtud, enriquecida con otro eximio ejemplar de santidad. Son estos los sentimientos que acompañan el acto litúrgico que celebramos: la exaltación al supremo honor de los altares de un modelo singular de humildad, la Beata Rafaela Porras y Ayllón, Madre Rafaela María del Sagrado Corazón.

Estamos ante una figura peculiar, cuyos ricos y múltiples matices personales no dejan de causar impresión, como habéis podido apreciar, a través del relato de la vida, leído hace unos momentos. Nace en el pueblo español de Pedro Abad, cerca de Córdoba, el 1 de marzo de 1850. Perdidos muy pronto sus padres se dedica con su germana Dolores a la oración y a la caridad.

Este género de vida, tan opuesto a las aparentes conveniencias de su alta posición social, suscita el contraste con los deseos de la familia; hasta tal punto que la presión familiar les hace sentir la necesidad de abrazar la vida religiosa.

El 24 de enero de 1886, el Instituto recibe el Decretum Laudis y un año después es aprobado definitivamente con el nombre de Congregación de «Esclavas del Sagrado Corazón».

La Madre Rafaela María dirige el nuevo Instituto durante 16 años con gran dedicación y tacto. Demuestra también claramente su extraordinaria profundidad espiritual y su virtud heroica, cuando por motivos infundados ha de renunciar a la dirección de su obra. En esta humillación aceptada, morirá en Roma, prácticamente olvidada, el día 6 de enero de 1925.

La vida y la obra de la Santa, si las observamos por dentro, son una apología excelente de la vida religiosa, basada en la práctica de los consejos evangélicos, calcada en el esquema ascético-místico tradicional, del que España ha sido maestra con figuras tan señeras como Santa Teresa, San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola, Santo Domingo, San Juan de Ávila y otras.

Esta forma de vida consagrada queda como típica en la Iglesia (aunque existen otras formas y van surgiendo otras más), en la que Cristo es el único maestro, el inspirador, el modelo, el motivo de las más generosas donaciones, de las más íntimas confidencias, del más valiente esfuerzo de transformación de la humana existencia. Se trata de la superación de la renuncia a tantas cosas humanas, para sublimarlas en una entrega eclesial, en un vivir únicamente para el Señor, asociándose con la plegaria y el apostolado a la obra de la redención y a la dilatación del reino de Dios (Cfr. Perfectae Caritatis , 5).

Este ha sido el objetivo, este ha sido el ideal egregiamente puesto en práctica por las Esclavas del Sagrado Corazón, Instituto para el que la fundadora quiso como carisma propio el culto público al Santísimo Sacramento expuesto, en actitud de reparación por las ofensas cometidas contra el amor de Cristo, el apostolado de formación de las jóvenes, con preferencia por la educación de las pobres, y el mantenimiento de centros de espiritualidad que faciliten a las personas que así lo deseen un encuentro con Dios.

¡Cómo resulta difícil, cómo puede ser dramático a veces el seguimiento generoso y sin reserva de estos ideales! La historia de la nueva Santa es bien elocuente a este respecto. Pero precisamente en esa dedicación total a una tarea superior en la que se esconde con frecuencia la cruz de Cristo, se encuentra la garantía de fecundidad ejemplar de una vida religiosa, camino siempre válido, siempre actual, siempre digno de ser abrazado, en la fidelidad a las exigencias que impone.

Por esto, a vosotras, Religiosas presentes y ausentes, vaya nuestro saludo paterno y nuestra voz complacida, que hace eco a la de Cristo: ¡Dichosas vosotras, porque habéis elegido la mejor parte! (Cfr. Luc. 10, 42) ¡Dichosas sobre todo vosotras, hijas de la nueva Santa, si permanecéis fieles al rico y preciso legado que ella os confió; si sabéis dar toda la fecundidad universal que Santa Rafaela María soñó y que la Iglesia espera de vuestro Instituto; si desde la fidelidad a vuestro carisma propio, sabéis mirar con corazón abierto y actualizado el mundo que os rodea!

A este propósito no podemos menos de recordar dos aspectos característicos del Instituto de las Esclavas del Sagrado Corazón, que la nueva Santa pone magníficamente de relieve y que son de palpitante actualidad: la adoración a la Eucaristía y el apostolado pedagógico.

La adoración al Santísimo Sacramento, renovada, no desvirtuada, con la reforma litúrgica, constituye una fisonomía típica de Santa Rafaela María del Sagrado Corazón. En ella centra su espiritualidad, en ella educa a sus hijas, de ahí espera la eficacia del apostolado; por mantener ese punto de su regla, no dudará en tomar decisiones urgentes, aunque muy dolorosas y arriesgadas. Y es que «para ella era inconcebible una obra apostólica desvinculada del deber sagrado de la adoración eucarística». En un momento como el actual en que la vida de fe sufre no pocos quebrantos en medio de la sociedad moderna, es un compromiso de perenne validez el que las Esclavas del Sagrado Corazón, en consonancia con sus esencias fundacionales, sepan dar pleno significado eclesial y modélico a la adoración eucarística.

El apostolado, sobre todo pedagógico, en favor de la formación completa de la joven, es otra característica de la vida y obra de la nueva Santa. Ella lo vio bien claro desde el principio, partiendo de la realidad que la circundaba y buscando con ello «no sólo el bien espiritual de la Iglesia, sino la salvación y regeneración social». Su fina intuición le indicaba cuánto puede esperarse de una formación adecuada de la juventud femenina.

¡Qué maravillosas respuestas pueden venir de una educación en la piedad, en la pureza, en la generosidad de espíritu, en la capacidad de comprensión ! El campo de benéfica aplicación de esas grandes potencialidades del alma femenina se amplía hoy y se hace más expectante, ante el progresivo acceso de la mujer a las funciones profesionales y públicas. Esto mismo nos hace entrever la importancia grandísima de este apostolado para la vida social, en la que hay que poner ideales nobles, esfuerzo generoso de verdadera dignificación colectiva, clarividencia de orientaciones, honestidad de propósitos, valentía en la corrección de criterios aceptados acríticamente, respeto y ayuda efectiva para la completa realización personal de todo ser humano, a comenzar por el menos favorecido; en una palabra, poniendo la animación viva de una genuina caridad, que supera cualquier motivación meramente humana, aun la más digna.

¡Loor y alabanza a vosotras, religiosas Esclavas del Sagrado Corazón por tantos ejemplos y realizaciones también en este campo social! ¡Alabanza y aliento en vuestra tarea, tan esperanzadora y meritoria, para que sea cada vez de mayor contenido eclesial y social! ¡Complacencia por esa multitud de jóvenes, que sentimos presentes y ausentes, y que en vuestro Instituto han hallado formación humana y cristiana, para inserirse luego vitalmente en el contexto de la sociedad. Son frutos y esperanzas, que comportan una obligación de compromiso práctico, de los que Santa Rafaela María se complace, inspirándolos y acompañándolos con su intercesión desde el cielo.

A esa patria feliz, definitiva, dirigimos ahora nuestra mirada, para fundir nuestro júbilo de Iglesia que camina con la dicha perenne de esos hermanos nuestros que, como Santa Rafaela María del Sagrado Corazón, llegaron ya a la meta de la Iglesia triunfante, con María la Madre de Jesús y Madre nuestra, con tantos otros hombres y mujeres que preceden y guían nuestros pasos. Ante la visión extasiante de esa Jerusalén celestial, prometida, abrimos nuestro espíritu en un himno colectivo de fe, de serena y alentada espera, de alegría que confía dilatarse, de inmensa esperanza eclesial.

Il Papa cosi prosegue in lingua italiana.

Non possiamo in questa entusiasmante assemblea non esprimere i voti che spontaneamente salgono dall’intimo del Nostro animo in questo momento solenne, che cioè la missione spirituale di Santa Raffaella Maria del Sacro Cuore continui a lasciare un solco luminoso e fecondo nella vita della Chiesa. In ciò, per prime, siete impegnate voi, Ancelle del Sacratissimo Cuore di Gesù che avete ricevuto in preziosa eredità il carisma della vostra venerata Fondatrice. Vivetene fedelmente lo spirito, e si traduca in opere di carità l’ardore del suo cuore assetato di Dio ed il suo amore spoglio di ogni affetto terreno per potersi consacrare totalmente all’adorazione del Signore e al servizio delle anime.

E in questo impegno desideriamo vedere associata la Spagna cattolica, la quale con questa Santa ha saputo offrire alla Chiesa un nuovo fiore di santità dal seno delle gloriose tradizioni morali e spirituali del suo popolo. Oh! possa questa Santa, che noi siamo felici di innalzare alla gloria degli Altari, esserle propizia interceditrice delle grazie, di cui oggi sembra avere maggiore bisogno: la fermezza nella vera fede, la fedeltà alla Chiesa, la santità del suo Clero, la fratellanza sincera fra tutti i ceti sociali della Nazione, così degnamente rappresentata in special modo dalla Delegazione governativa presente a questo rito. E possa la sua fulgida figura, coronata oggi dall’aureola della santità, effondere sulla Chiesa intera e sul mondo la verità, la carità, la pace di Cristo.

MISA DE BEATIFICACIÓN DE MARÍA ROSA MOLAS Y VALLVÉ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Domingo 8 de mayo de 1977

Venerables Hermanos y amadísimos hijos:

La Iglesia, que en estas semanas va repitiendo el grito exultante del aleluya ante el Cristo resucitado, el Cristo presente en la esperanza eclesial, el Cristo que revive su perenne eficacia misteriosa en tantas almas generosas, renueva hoy su alegría incontenible en este acontecimiento que celebramos, no insólito, pero que tiene resonancias siempre conmovedoras, siempre vibrantes, siempre llenas de novedad de contenido.

En el marco litúrgico de esta mañana festiva, nuestros ojos descubren una nueva flor de virtud, un nuevo rayo de luz que viene a hermosear el ya luminoso jardín de la Esposa de Cristo. Se trata, como sabéis, de una religiosa española, hoy gloria de la Iglesia universal: la nueva Beata María Rosa Molas y Vallvé, fundadora de las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación.

No nos detendremos en recordar la conocida historia biográfica de la nueva Beata, que desde su nativa Reus, donde ve la luz en un humilde ambiente, realiza un admirable camino, sólo impulsada por el amor a Cristo y al prójimo, llenando con una asombrosa vitalidad espiritual una existencia que acaba humildemente en Tortosa, hace casi exactamente un siglo, a los sesenta y un años de edad.

Una vida sencilla, escondida, es hoy elevada en triunfo. ¿Porqué? Pensemos un instante.

Cada vida transcurrida en la entrega heroica, es un misterio del amor de Dios, aceptado en la más íntima correspondencia personal a ese amor. Es un poema evangélico entretejido de sublimes intercambios. Por ello, si queremos rastrear en síntesis la faceta saliente de la vida de María Rosa Molas habremos de acercarnos con reverencia al venero inagotable del Evangelio (Cfr. Matth. 25, 31 ss.), allí donde el pobre, el necesitado, el hambriento, el abandonado, el que sufre, es proclamado merecedor del cuidado prioritario, de la solicitud más tierna, del gesto exquisito de un corazón, que no sólo alivia, sino que comparte ese sufrimiento y lucha por evitar sus causas. Y que sabe compartir así el dolor por un motivo fontal: porque allí está Cristo doliente, hecho presencia viva, actual, exigente de todos los socorros de una fe creadora, capaz de engendrar confianza donde no habría motivos humanos para ella.

¿Buscamos el carisma propio, el mensaje personal, el genio peculiar de María Rosa Molas? Lo encontramos ahí. En un dificilísimo momento histórico, local y nacional, marcado por las luchas, las múltiples facciones, en el que la desesperanza marcaba tantas vidas, de niños, de jóvenes sin instrucción ni porvenir, de ancianos sin asistencia, ella supo inclinarse hacia el necesitado sin distinción alguna, hecha caridad vivida, hecha amor que se olvida de sí mismo, hecha toda para todos, a fin de seguir el ejemplo de Cristo y ser artífice de esperanza y de elevación social. No únicamente para dar algo, sino para darse a sí misma en el amor y sólo así poder dar –como su ejemplo elegido, María- el don precioso de una completa entrega en la misericordia y en el consuelo a quien lo buscaba o a quien, aun sin saberlo, lo necesitaba. Así María Rosa hacía caridad; así se hacía maestra en humanidad.

En el lento peregrinar humano hacia metas de anhelada superación, constatamos hoy que Instituciones nacionales e internacionales, asociaciones de distinto tipo e inspiración, así como personas de diversas procedencias, proclaman de modo solemne o en documentos públicos su voluntad de crear una sociedad nueva y un hombre nuevo, más dignificado.¡Ojalá que ello significara que las esperanzas más nobles, anidadas en los repliegues íntimos del corazón humano van hallando expresión completa! Una realidad acometida con tesón, capaz de abrir los ánimos al gozo ilusionado de un mañana mejor que la Iglesia no cesa de proclamar, ansiar y alentar para la humanidad.

Pero ¡ay! observamos con no rara frecuencia que un humanismo bien intencionado, pero sin raíces más hondas, sin la garantía de una consistente y superior motivación, que descubra en el fondo del ser humano la dignidad inconmensurable de la imagen divina y la presencia del Cristo que exalta, libera, une al hombre, queda en un humanismo débil, parcial, ambiguo, formal, cuando no falseado.

Si es justo reconocer que este objetivo ineludible de defender, promover y cuidar «la sacralidad» de la vida humana, auspiciado y alentado continuamente por el cristianismo, ha hallado resonancia efectiva en nuestra sociedad moderna que ha prodigado sus servicios en campos tan apremiantes como la sanidad, la higiene, la asistencia social y otros, no es menos cierto que el respeto de la vida humana está también amenazado, si no ultrajado y lesionado, por el creciente deterioro y por las desviaciones tremendas que en bastantes sociedades crean serios motivos de alarma.

Pensemos en el fenómeno de la violencia criminal, que hoy cobra dimensiones y formas verdaderamente preocupantes; pensemos en el difundido flagelo de la droga, organizado por intereses que no tienen en cuenta las graves tragedias que crean en tantas personas inexpertas y en tantas familias; recordemos la carrera de armamentos, capaces de destruir la humanidad y que paralizan recursos ingentes que deberían servir para el armónico progreso humano. No olvidemos tampoco la violación, culpable y voluntaria, de la vida mediante el aborto legalmente admitido, ni pasemos por alto las situaciones de gravísima miseria, que son una triste realidad en bastantes países del mundo, como en Asia, en África . . . Y junto a todo esto, como un latigazo para la conciencia sensible del hombre recto, contemplemos el lamentable comercio de armas, instrumentos de muerte, de destrucción, de horror, de ofensa al hombre y al Creador de la vida . ¡ Tristes senderos, estos, embocados por una parte de la humanidad desorientada!

Hagamos finalmente referencia al sentimiento de inseguridad colectiva que crean los frecuentes secuestros de personas (veintiocho casos en lo que llevamos de año, diez de ellos aún sin resolver). En medio de tales sucesos, que infunden tristeza y temor en los ánimos, nuestro corazón de Pastor universal se siente y se ve particularmente solicitado. Incluso desde Centro América nos llega urgente la petición confiada de una palabra en favor de la liberación del Ministro de Relaciones Exteriores de El Salvador, secuestrado hace algunas semanas. Sí, en este día de la exaltación de un alma, entregada en todo y por todo a aliviar las penas de los hermanos que sufren, nos sale de lo más hondo del alma un llamamiento vibrante y acuciante -que ponemos como súplica a los pies de la nueva Beata- para que cesen para siempre tales dramas humanos.

Frente a este cuadro sombrío, ante el que la mente se nubla y el corazón se oprime, la Iglesia no cesa de levantar una antorcha que el cristianismo mantiene enhiesta desde siglos. Una antorcha que hoy nos muestra, con carácter y valentía admirables, a una humilde religiosa, que hizo del respeto, del amor generalizado, de la preocupación por la mujer, de la caridad sin confines, del ideal de consuelo aplicado a los demás, un programa, un gesto válido, hoy más que nunca, para el ser humano que quiere ser verdaderamente tal sin traicionar su condición. Sublime lección, una más, de un corazón dominado por la humildad y la fortaleza. Un ser que vivió el desafío humanizarte de la civilización del amor. Esa civilización que espera siempre nuevos adeptos, indefensos pero invencibles.

Sea la nueva Beata nuestra guía, sea nuestra intercesora ante Dios, para que las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación y el mundo religioso en general, las almas de buena voluntad que aún creen en los recursos creadores del corazón humano, los dirigentes de los países, y particularmente de la Patria, España, que le dio el origen -aquí tan dignamente representada por sus Autoridades-, sepan recoger su mensaje de amor efectivo, de esperanza cristiana, de dedicación a la creación de un mundo más humano y más hermanado. Un mundo consciente de que es dando, con nobleza y elevación de miras, como más se recibe.

La Figlia della nobile Nazione Spagnola, che abbiamo proclamata Beata, ci suggerisce una speciale parola per i fedeli di lingua italiana che partecipano numerosi a questo sacro rito. Ce la suggerisce non soltanto perché anche in Italia, anche qui a Roma, è presente ed attivo 1’Istituto delle Suore di Nostra Signora della Consolazione, fondato da Madre Maria Rosa Molas, ma anche e soprattutto perché l’ardore di carita, di tui Ella diede prova luminosamente esemplare nella sua vita, ha oltrepassato di moho i confini geografici della sua terra d’origine.

Proprio questa virtù, che in Lei fu caratteristica, vogliamo celebrare ed esaltare: attinta nella preghiera e nell’unione filiale con Dio, essa si esprimeva nella più viva sollecitudine per i poveri, i malati, i bisognosi, in un’illimitata disponibilità, che fece di questa Donna un autentico «strumento di misericordia e di consolazione». E ideale che additiamo non solo alle sue figlie spirituali, ma a quanti vogliono esser fedeli a Cristo ed al suo Vangelo.

BEATIFICACIÓN DE MURCIANO-MARÍA WIAUX Y MIGUEL FEBRES CORDERO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Domingo, 30 de octubre de 1977

[Español]

Venerati fratelli, carissimi figli e figlie, qui convenuti per questa solenne celebrazione!

L’atto che abbiamo testé compiuto, riempie il Nostro cuore di purissima gioia. Noi abbiamo proclamato beati due religiosi, i fratelli delle Scuole Cristiane Mutien-Marie Wiaux e Miguel Febres Cordero, abbiamo cioè ufficialmente autorizzato il loro culto, additandone l’esempio all’ammirazione e all’imitazione di tutti i credenti. Due nuovi astri si sono accesi nel firmamento della Chiesa. Come non esultare contemplando questi nostri fratelli, che hanno già raggiunto la mèta, alla quale ognuno di noi sospira di poter un giorno arrivare? Come non gioire sapendo di poter contare sulla potente intercessione di chi ha condiviso le nostre medesime tribolazioni ed è quindi in grado di comprendere la grandezza e la miseria della nostra condizione umana?

Essi stanno dinanzi ai nostri occhi nello splendore dell’unica gloria, che non teme l’usura del tempo: la gloria della santità. Di continenti diversi, con caratteristiche umane decisamente distanti, essi sono accomunati da affinità interiori profonde, che rivelano la identica matrice spirituale Lasalliana, che ha ispirato e guidato la loro maturazione cristiana. Per apprezzare il merito dei due nuovi Beati occorre perciò rievocare il merito della Famiglia Religiosa, alla quale essi appartennero, e cioè il celebre e benemerito Istituto dei Fratelli delle Scuole Cristiane, che San Giovanni Battista de La Salle fondò a Reims (a. 1680), dando alla Chiesa una delle istituzioni più congeniali alla missione educatrice che le è propria: una scuola per la scuola. Lo scopo per il quale il Fondatore concepì la nuova società religiosa era infatti quello di preparare elementi specializzati nei compiti educativi, capaci di dedicarsi con frutto alla formazione umana e cristiana della gioventù, specialmente della gioventù povera, dei figli del popolo.

Le caratteristiche dell’Istituto discendono da tale finalità: si tratta di una società religiosa, che raccoglie persone impegnate nella pratica dei consigli evangelici in una forma di vita povera e austera, condotta in comune e testimoniata all’esterno anche mediante la forma dell’abito, persone aventi come missione precipua l’insegnamento scolastico, quello elementare e quello che oggi chiameremmo «secondario», basato su criteri didattici perfezionati, e svolto con la coscienza dell’apostolo, il quale sa di avere nei confronti degli alunni la responsabilità di annunziare il Vangelo con la parola e con l’esempio, al fine di conquistare a Cristo il loro cuore.

Questo è infatti lo scopo primario, al quale mira ogni scuola cattolica: far conoscere ed amare Gesù Cristo. E questa è la ragione per cui, soprattutto, la scuola cattolica merita la considerazione e la stima di ogni cristiano. È quindi giusto e doveroso sostenere queste nostre scuole, che aprono i ragazzi alla vita, assicurano la loro formazione umana e spirituale e costruiscono così contemporaneamente la città terrena e la Chiesa.

Quanto all’Istituto dei Fratelli delle Scuole Cristiane, la storia ci informa che, nonostante i contrasti a cui dovette sottostare, esso ebbe pronta e vasta diffusione: era già presente in quindici diocesi francesi con 22 comunità, mentre ancora viveva il Fondatore. Oggi esso svolge la sua opera in 78 Paesi, sparsi nei cinque Continenti.

I due Beati, che noi oggi contempliamo nella gloria del Regno di Dio, sono una testimonianza eloquente della vitalità dell’annosa pianta, sulla quale sono sbocciati.

Al Superiore Generale, ai suoi Collaboratori, ai numerosi Membri di questo Istituto così benemerito rivolgiamo il nostro sincero compiacimento e benedicente saluto.

Parimente, con particolare cordialità e deferenza, salutiamo le Delegazioni governative che tanto degnamente rappresentano a questa cerimonia i due Paesi di origine dei nuovi Beati; e insieme con esse intendiamo salutare i Pastori che hanno voluto intervenire.

Español


La vida del Hermano Miguel, el endeble niño Francisco nacido en los repliegues andinos de Cuenca, discurre en un ambiente desahogado, de tradición católica y de relevantes servicios a su Patria.

La infancia del nuevo Beato se ve entristecida por un grave defecto físico: el niño nace con los pies deformes. Un motivo de honda congoja para la familia, que pronto se ve consolada con la experiencia de las dotes de inteligencia y bondad del nuevo vástago, crecido bajo la protección especial de la Virgen María. El mismo considerará un signo providencial haber nacido en el mismo año de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción.

Su amor mariano, que se hace confianza segura, crecerá sin cesar. Por ello, cuando no puede visitar los santuarios de Loreto o Lourdes, donde quería pedir a la celestial Señora su curación, exclamará con alegre serenidad: «En el cielo la veré».

Realizado su ideal de entregarse, tras no pocas oposiciones, a Cristo y a la Iglesia en la Congregación de los Hermanos de La Salle, el Hermano Miguel da prueba de un espíritu exquisitamente religioso, de una capacidad admirable de trabajo, de una entrega sacrificada de sí mismo en servicio de los demás. Y en él resalta sobre todo, como no podía faltar en un hijo de la familia lasalliana, el amor y entrega entrañables a la juventud y a su recta formación humana y moral.

En ese campo nuestro Beato alcanza metas tales que lo hacen un verdadero modelo, cuyos logros constituyen un auténtico timbre de gloria para la Iglesia, para su familia religiosa, para su Patria, que lo nombrará académico de número de la «Academia Ecuatoriana, Correspondiente de la Española».

Si nos preguntamos por el motivo radical de tal fecundidad humana y religiosa, de aquel acierto y eficiencia en su tarea ejemplar de catequista, lo encontramos en lo íntimo de su rico espíritu, que lo llevó a hacerse sabiduría vestida de amor, ciencia que ve al ser humano a la luz de Cristo, imagen divina que se proyecta -con sus deberes y derechos sagrados- hacia horizontes eternos. Ese es el gran secreto, la clave del éxito obtenido por el Hermano Miguel, realización sublime de un gran ideal y por ello figura señera para nuestro tiempo.

En efecto, cuando pocos días antes de morir en tierras de España dirá: «Otros trabajarán mejor que yo», deja un legado a la Iglesia, sobre todo al mundo religioso y a sus hermanos en religión: continuar una tarea estelar de formación de la juventud, haciendo que la escuela católica, medio siempre reformable pero válido y eficaz, sea un centro permanente de forja de juventudes recias y generosas, imbuidas de ideales elevados, capaces de contribuir al bien general, conscientes del deber de hacer respetar los derechos de todas las personas -ante todo de las más desposeídas- haciéndolas cada vez más humanas y abriéndolas a la esperanza traída por Cristo.

Un reto estupendo y exigente, que hay que recoger con valentía y espíritu de iniciativa. Es el gran mensaje, que el Hermano Miguel nos confía para que lo completemos hoy.

Le second bienheureux que nous vénérons a passé toute sa vie en Belgique. Ce n’est pas une formule stéréotypée de dire du Frère Mutien-Marie qu’il a vu le jour dans une famille d’humble condition mais profondément chrétienne. C’était en mil huit cent quarante et un, à Mellet. Dans l’amour attentif de ses parents, dans leur exemple, dans la prière et le chapelet récités chaque jour en famille, le jeune Louis Wiaux trouva tout ensemble une jeunesse heureuse, une foi solide et le désir de se donner à Dieu.

Des l’âge de quinze ans, il répondit, à la lettre, à l’appel du Seigneur, quitta tout pour le suivre, renonçant même à son nom pour prendre celui d’un martyr très peu connu: geste symbolique de soixante années d’une vie religieuse effacée aux yeux des hommes, mais grande aux yeux de Dieu et exemple maintenant pour l’Eglise entière.

Cet exemple sera-t-il compris et suivi? N’est-il pas trop opposé aux orientations du monde actuel? Bien loin de chercher d’abord sa propre autonomie et son épanouissement personnel, le Frère Mutien-Marie s’est donné totalement, du jour où il est entré dans l’Institut des Frères des Ecoles Chrétiennes, à plus grand que lui, à Dieu d’abord; et à l’œuvre de l’éducation chrétienne de la jeunesse. Et pourtant, dans cette vie sacrifiée en apparence, quelle autonomie intérieure profonde, quel épanouissement spirituel n’a-t-il pas trouvé, aux yeux du cœur qui voient la sagesse? Obéissance, humilité, dévouement et sacrifice furent les maîtres-mots de sa vie. Par là, dans le grand collège Saint-Berthuin de Malonne, sa vocation de pédagogue prit des formes imprévues, polyvalentes, déterminées essentiellement par le souci de servir là où il y avait à servir! Qui dira assez la volonté et la maîtrise de soi que suppose une telle existence? Quelle richesse humaine et spirituelle, sous des dehors si simples! Il n’a pas eu le charisme de réaliser des œuvres scolaires aussi brillantes que celles de Frère Miguel, mais il est devenu le «maître» de beaucoup de jeunes, en leur dévoilant comment l’amour désintéressé peut inspirer toute une existence. Oui, durant plus d’un demi-siècle, en communauté, dans la vie scolaire et dans la vie religieuse, le Frère Mutien-Marie fut un exemple pour tous ceux qui passèrent dans son école, élèves, professeurs et parents. Exemple, il le demeure aujourd’hui, surtout pour ceux qui, répondant à l’appel du Seigneur, ne font pas de l’enseignement une profession seulement, mais une vraie vocation religieuse!

Comment ne pas exalter ici de nouveau la grandeur et la signification particulières de l’école chrétienne? Comment aussi ne pas mettre en lumière aujourd’hui la grandeur de la vocation des Frères et des Sœurs qui se consacrent à Dieu dans l’éducation chrétienne de la jeunesse, et particulièrement celle de cet Institut des Frères des Ecoles Chrétiennes, dans lequel nos deux bienheureux ont trouvé le chemin de la perfection? Le service ardent de l’Evangile mérite aux Fils de saint Jean Baptiste de La Salle l’honneur que l’Eglise leur rend, de façon éclatante en ce jour, silencieuse le plus souvent, mais toujours avec fidélité et confiance. Prions le Saint Fondateur, prions les bienheureux Miguel et Mutien-Marie, de soutenir l’engagement religieux de tous leurs Frères, d’obtenir lumière et force aux enseignants chrétiens dans leur patient travail d’éducation, d’intercéder pour les chères populations d’Equateur et de Belgique, de procurer à toute l’Eglise, à la veille de la fête de la Toussaint, un nouvel élan de sainteté!

Sì, fratelli, la nostra invocazione sale fiduciosa ai nuovi Beati dopo la conclusione del Sinodo dedicato alla catechesi, e in particolare alla catechesi ai giovani. Essi, che spesero la loro vita nel formare intere generazioni di giovani alla conoscenza e all’amore di Cristo e del suo Vangelo, ci siano accanto per indicarci la strada e per sorreggerci nell’impegno di una catechesi convincente ed incisiva.

Essi ci insegnino la grande lezione dell’amore per i giovani e della fiducia in loro; un amore e una fiducia, che si esprimano nel non attenuare dinanzi ai loro occhi il radicalismo degli ideali evangelici, ma nel proporre coraggiosamente alla freschezza ancora intatta del loro entusiasmo la Parola di Cristo senza adattamenti di comodo. La testimonianza di quel che questa Parola ha saputo operare in fratel Miguel e in fratel Mutien e, per loro mezzo, in tante generazioni di giovani, è la prova inoppugnabile della forza vittoriosa del Vangelo.



Cristo, che ha vinto in loro, vinca anche le nostre resistenze umane e faccia di ciascuno di noi un testimone credibile del suo amore.

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