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Historia y Ciencia Política: La historia de Japón desde sus múltiples aproximaciones, con especial énfasis en la historia de la presencia de las comunidades japonesas en Latinoamérica y Chile


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I Jornada de Estudios Asiáticos. 5 de abril de 2008.
“Diálogo intercultural y estilos de negociación: hacia la profundización de las relaciones bilaterales entre Japón y Chile”.

Por: Andrea Quezada


Si tuviéramos que elaborar una descripción general de Japón, podríamos decir que su PIB alcanzó en el año 2007 los 4,3 billones de dólares, que se trata de una de las economías de mayor tamaño a nivel mundial; a pesar del descenso que su peso relativo ha experimentado desde principios de la década de los 90’; y que su población bordea los 128 millones de habitantes.1 Profundizando un poco más, estableceremos que ha sido un país pionero en desarrollo tecnológico y entregaremos algunos antecedentes de su sistema educacional y de la inversión sostenida en innovación que mantuvo durante décadas. Todos estos factores servirán de soporte para construir el imaginario de un territorio que en la realidad desconocemos bastante, siendo esta una licencia que en la actualidad no nos podemos permitir. Lo anterior no significa que los datos recién mencionados sean irrelevantes o falsos, sin embargo, son insuficientes si lo que se busca es consolidar en el tiempo las relaciones exteriores con ese país. Estos antecedentes escasamente podrían dar cuenta de la realidad cultural sumamente compleja de un país que ha experimentado en los últimos doscientos años una multiplicidad de transformaciones en todos los ámbitos y que a pesar de esos intensos cambios, conserva ciertos rasgos tradicionales que apelan a una cultura que no se deprecia con el paso de los años en influencia y poder sobre sus actuales generaciones.

Entender el desarrollo de la sociedad japonesa es una tarea que rebasa el ámbito de su desarrollo político y de los cambios experimentados en su sistema económico, ya que si se busca una comprensión cabal de sus prácticas, es preciso en primer lugar tomar conciencia de que nos enfrentamos a un territorio en el que las particularidades de su cultura poseen una injerencia fuerte que impregna todas las dimensiones sociales. En el tema que para esta instancia nos convoca, que es la importancia del conocimiento de ciertos parámetros culturales para entender las formas de una cultura de negociación, la aclaración anterior es particularmente relevante. En Japón no solo constatamos un proceso de desarrollo económico y político exitoso, sino también un modelo de negociaciones particular que se ajusta a los desafíos que el país ha enfrentado en su imponente inserción en el sistema político internacional.

En cualquier proceso de negociación la cultura es una variable importante, en tanto determina la existencia de formas de relación entre los actores, objetivos y enfoques distintos. Pero si bien existe abundante literatura sobre este tema, pocas veces se realiza en la práctica una asimilación de lo que efectivamente podrían llegar a significar estas diferencias o de manera más exacta, el desconocimiento o desprecio de las mismas. En el ámbito de las relaciones internacionales estas consecuencias pueden ser particularmente gravitantes y evidentes.

Desde la ciencia política actual no es usual toparse con estudios que valoren la dimensión cultural como determinante, puesto que se privilegia abordar en esta disciplina otras variables, más susceptibles de ser cuantificadas. Pero contrario a lo que a simple vista se pueda pensar, la cultura ocupa un lugar sustantivo en el curso que adquieren las negociaciones internacionales, puesto que evidentemente entre culturas existirán siempre diferencias, siendo el desconocimiento de las mismas un obstáculo importante en la consecución de acuerdos exitosos y en la consolidación de una relación estable en el largo plazo. Más aún cuando se trata de países distantes entre sí, bajo cualquier prisma que se les mire y que su acercamiento se explica únicamente por una profundización de los procesos de globalización.



A estas alturas hablar del valor que posee el conocimiento o manejo de información en la denominada por Castells sociedad de la información, parece casi un lugar común, aunque no por ello se puede desconocer la verdad que encierra esta apreciación. El contacto para América Latina con países asiáticos supone la necesidad de manejar un conocimiento al menos general sobre el funcionamiento de las distintas realidades culturales presentes en los mismos. Para Chile y el mundo, Japón representa un desafío importante en este ámbito, básicamente porque hay una necesidad de conocimiento técnico que involucra en sí mismo un fuerte componente de información cultural, el cual es fundamental de definir de manera correcta. A continuación, se procede a presentar algunas de las aristas que la variable cultural puede ocupar en las negociaciones internacionales y los efectos concretos que implica su desconocimiento, ello situado en el marco de las relaciones políticas y económicas con los países asiáticos.

El valor del conocimiento cultural en las relaciones internacionales

La diferencia obvia entre las culturas no es en sí misma sinónimo de conflictos o choques insalvables. El contexto actual del sistema internacional de estados implica una combinación y cierto enfrentamiento entre paradigmas culturales distintos, esta reflexión ha sido expandida por Samuel Huntington, quien en el marco de la teoría del choque de las civilizaciones que emerge después de la guerra fría, plantea que a los conflictos estrictamente políticos y económicos, se le superpondrán los conflictos entre civilizaciones2. Si bien esta apreciación no está exenta de polémicas, cumple con resaltar un papel fundamental que compete a la variable cultural en la definición de los conflictos presentes y futuros. Es claro que la naturaleza de los conflictos es siempre compleja y que estos no son el resultado de un solo factor en específico, sino que responden a una sumatoria de variables, las que sumadas a otros detonantes, derivan en una situación de conflicto3, en este sentido, la cultura sería solo una más de estas variables. Pero de la misma forma que aceptamos que los aspectos culturales no son los únicos relevantes, podemos decir que si forman parte importante del contexto en el que un determinado conflicto surge. Asimismo, es posible aceptar la tesis de Guo Jiemin4, quien hace diversos reparos a la teoría del choque de las civilizaciones, expresando que el concepto de civilización que esta teoría mantiene es homologable al concepto de cultura, puesto que más allá de una guerra entre civilizaciones occidentales versus no occidentales, la tendencia mundial avanza hacia la diversificación de las culturas y no hacia su cohesión en forma de bloque. Sin embargo, aún aceptando estas críticas Huntington habría acertado en que la cultura es una dimensión cada vez más importante y que si bien no explica en su totalidad la ocurrencia de ciertos conflictos o desencuentros en el plano político, si es una variable cuyo peso se puede homologar al de cualquier otra. Además, la globalización lejos de homogeneizar los paradigmas culturales, ha generado una serie de espacios de resistencia que acogen prácticas culturales distintas y generan también nuevos paradigmas. El crítico palestino Edward Said resalta la preeminencia de una tendencia hacia a la diferenciación en las culturas actuales, señalando que: “El desarrollo y preeminencia de cada cultura necesita de otra diferente y competitiva, que es la existencia de un alter ego. Una cultura indiferenciada es irrealista y se puede decir que desequilibrada”5. El permanente estado de contacto en el que estarían las diferentes culturas las conduciría no hacia su desaparición como se tiende a pensar, sino por el contrario, esto permite que estas reafirmen más sus diferencias en un proceso de identificación que se refuerza a través del reconocimiento del opuesto. Es necesario asumir que las diferencias entre las culturas existen y que deben ser reconocidas como tales. Ya en el contexto de la negociación propiamente tal, un rasgo de conflicto lo constituye el hecho de querer atraer al otro y observarlo hacia la perspectiva propia. Sin duda esto puede ser fatal en términos de la consecución de un acuerdo que sea satisfactorio para todas las partes involucradas en el proceso. Lo que se recomendaría ante esta situación, es asumir un punto de flexibilidad en el que sea posible entablar un diálogo sin que se cambie completamente la propia perspectiva de lo que se quiere conseguir en la negociación. Sin embargo, cuando se desconoce el contexto social del que proviene la contraparte, es decir, la naturaleza de sus prácticas culturales, difícilmente será posible llevar a cabo este procedimiento.

Por otra parte, el teórico de la negociación Richard Cohen da un paso importante señalando que las negociaciones son procesos de comunicación. El autor se refiere especialmente a la negociación diplomática, la que observa como una transición hacia otro tipo de instancias de negociación. Esta sería un rito de pasaje hacia otro estatus en la relación bilateral, estatus caracterizado por un sentido de relación en el largo plazo. Para Richard Cohen, los beneficios derivados de una negociación sobrepasan el marco de los objetivos de la negociación en sí y los subproductos de esta se extienden tanto hacia la consecución de una mejor relación entre los actores que se encuentran negociando. Por ejemplo, conducen hacia el establecimiento de relaciones más dispersas basadas en un conocimiento y comprensión más profundo de las otras culturas. En el caso de las negociaciones entre Chile y Japón, las negociaciones deberían superar este margen de lo inmediatamente conveniente. No se trata exclusivamente de establecer acuerdos políticos y económicos, en la contingencia tratados de libre comercio, sino más bien de proyectar una relación en la posteridad, ello influido también por el importante papel que ocupa Japón en el sistema internacional de estados. Cabe hacer una precisión en relación al concepto de cultura mencionado por Cohen, puesto que él es enfático en decir que este concepto no debe ser entendido como la personalidad innata o el carácter nacional de un Estado. Tampoco se restringe a los elementos rituales o exóticos que lo caracterizan, pese a que en el nivel de las relaciones políticas tener un conocimiento sobre estos aspectos, por discreto que este sea, puede constituirse como una importante fortaleza. Habría de todas maneras una dimensión más importante y también más difícil de evaluar que son los denominados por el autor como los aspectos intangibles. Cohen define cultura de la siguiente forma: “Cultura es fundamentalmente una propiedad de información, una gramática de la organización de la realidad, desde la cual es posible impartir significado hacia el mundo”6. Siguiendo esta lógica es posible sostener que el encuentro entre dos culturas es un proceso de comunicación en el que ambas partes serán capaces de comunicarse en la medida que manejen el lenguaje de su contraparte, este último término usado en un sentido mucho más amplio que el que se refiere a la lengua. Asimismo agrega que los teóricos de la negociación a menudo minimizan los efectos de las implicancias culturales bajo el supuesto de que existe solo un paradigma de negociación, y que las diferencias interculturales son superficiales y no afectan sustancialmente los resultados de una negociación. Cabe preguntarse entonces cómo influye la cultura en la negociación. La respuesta para Cohen proviene de cuatro fuentes: “condicionando nuestra perspectiva de la realidad, bloqueando la información saliente inconsistente o desconocida con presunciones culturales estratégicas, proyectando significado en las palabras y acciones de la contraparte y posiblemente impulsando al observador etnocéntrico a una correcta atribución del motivo7 Es decir, es preciso admitir que no todas las culturas negocian de la misma manera, y en la basta literatura que hay al respecto, hay consenso de que existirían al menos dos paradigmas diferentes de negociación. Uno estaría asociado a la predominancia verbal y explícita y a una precaria apreciación del contexto. Según lo que se desprende de la lectura de Cohen, está fuertemente influido por los hábitos legales anglo-sajones. Los problemas se definen como objetivos materiales, no como satisfacciones psíquicas. El otro paradigma de negociación sería el que sobrepasa los marcos de lo estrictamente verbal y remite más bien a los contenidos implícitos, a los llamados intangibles. Este paradigma predominaría en las sociedades interdependientes orientadas hacia estructuras colectivistas por sobre las individualistas, se preocupa de consideraciones como simbolismos y fue observado en negociaciones para estados no occidentales, como es el caso de Japón. Terrence Hoppman por otra parte, señala que la resolución de grandes problemas como el desarme nuclear; el medioambiente y otros temas coyunturales dependen en gran medida de un proceso de negociación llevado de la manera correcta. Luego el autor agrega:

Para que las políticas nacionales puedan ser exitosas en la coyuntura internacional, los Estados requieren de diplomáticos y funcionarios cuyas habilidades negociadoras sean excelsas. Sin esta capacidad la mayoría de los gobiernos reducen su capacidad para ver implementadas sus políticas a nivel internacional8

Hoppman da cuenta de una condición vital para que puedan lograrse a cabalidad los objetivos trazados en una negociación, constituida por la necesidad de una dotación técnica de los servicios diplomáticos acorde con la magnitud de los desafíos que la resolución del conflicto plantea. Si bien el autor habla de lo recién señalado principalmente en el marco de la búsqueda de soluciones para los conflictos armados, no es menos cierto en el caso de acuerdos políticos y económicos. La preparación de los agentes negociadores, sean estos públicos o privados, no solo debe estar programada en términos de dotación técnica sobre las materias específicas que so objeto de la negociación, sino que también debe existir una preparación acerca del conocimiento cultural, siendo esta la variable que efectivamente puede marcar diferencias significativas entre los estados al momento de negociar, con mayor razón cuando se trata de estados tan disímiles como lo son Japón y Chile. En términos concretos, el desconocimiento cultural se puede traducir en una situación de precariedad frente a los acuerdos conseguidos, pérdida de oportunidades importantes de inversión y generación de empleo, entre otras externalidades negativas. Asimismo, la supremacía de un país no se refleja únicamente en las capacidades militares y económicas que le son propias, ya que:

[…] estos factores no varían mucho a lo largo de los años, y por eso, vecinos de muy diverso tamaño y nivel de desarrollo tienen que realizar negociaciones en distintos campos dentro de situaciones de asimetría de poder. Esta circunstancia se refleja en la capacidad de negociación de las partes, sus posibilidades de preparación, su disponibilidad de negociadores, sus técnicas de negociación9.

También es necesario señalar que existen complicaciones propias de las negociaciones internacionales, como son los plazos que estas tienen y el momento particular en el que acontecen. Según algunos expertos en la materia, el timing es un factor vital en las negociaciones internacionales. En las culturas orientales este factor es especialmente importante. El académico Agustín Letelier señaló en una oportunidad que los orientales son de “programaciones más finas que los latinoamericanos y las sociedades occidentales en general en las negociaciones, valoran la anticipación y el tiempo que toma llegar a un acuerdo como algo favorable”10 El hecho de omitir este rasgo podría traer complicaciones para los chilenos al momento de negociar.

La capacidad de negociación de las partes se puede ver disminuida al no conocer profundamente el público efectivo al que se enfrentan los negociadores chilenos, los alcances concretos son diversos, pero van desde nichos económicos sin descubrir, hasta decisiones erráticas en cuanto los agentes imprescindibles a los que se debe recurrir en un determinado proyecto. Las posibilidades de preparación de los negociadores se ven afectadas en la medida que no existe conciencia sobre la importancia de la cultura de negociación, esto puede afectar también la disponibilidad de negociadores capacitados para enfrentar los desafíos que implica generar una relación bilateral fructífera con Japón, un país de importantes transformaciones a lo largo de su historia, modeladas íntegramente por su tradición cultural. Consecuentemente las técnicas de negociación no estarán lo suficientemente pulidas puesto que apenas hay una conciencia sobre la importancia de ellas. Agustín Letelier afirma también que si bien en las negociaciones económicas se ha progresado muchísimo en la relación con los países asiáticos, no ha ocurrido lo mismo en términos políticos11. Es lógico que por un asunto de proximidad geográfica no haya sido sino hasta finales del siglo XXI que América Latina percibe un interés en fortalecer sus relaciones con los países asiáticos, pero es por esta misma distancia que gran parte de las gestiones necesarias para lograr un mayor acercamiento político, pasan por lograr en primera instancia un mayor conocimiento intercultural.

Actualmente se ha avanzado mucho en materias técnicas específicas en lo que compete a la difusión y socialización de estas dentro de una comunidad de empresarios que están en la disposición de concretar acuerdos. No obstante, esta dimensión técnica tiene un componente cultural que a menudo se desconoce. Según el académico Agustín Letelier para los orientales en general la negociación es una experiencia humana12, lo que es especialmente cierto en el caso de los japoneses, para quienes tanto el conocimiento personal como el impacto emocional son tremendamente importantes, del mismo modo lo será el hecho de adaptarse a los tiempos de negociación, los que se caracterizan por una celeridad poco usual en occidente. Lo dicho anteriormente posee una especial vigencia el día de hoy, en el que la dinámica de los sistemas económicos apunta hacia la consolidación de estos a través de una liberalización extrema de la economía y la suscripción de distintos tratados de libre comercio. Consecuentemente, mejorar los flujos de conocimiento e información se constituye como uno de las funciones principales que el Estado debe ejecutar en virtud de aprovechar mejor este tipo de acuerdos.

El estilo japonés de negociación: la preparación del escenario

El estilo de negociación de una cultura es sumamente complejo de definir, ya que es muy fácil incurrir en generalizaciones y estereotipos que no reflejan adecuadamente la realidad de una sociedad. Sin embargo, se puede hablar de la existencia de ciertos comportamientos regulares en el tiempo, cuya estabilidad relativa está supeditada a la contingencia, pero que finalmente caracterizan un determinado estilo o cultura de negociación. Para William Breslin, por ejemplo, hay algunas características propias de la cultura de negociación de los asiáticos. El autor establece que los asiáticos son: “reservados, no muy habladores, cuidadosos, menos abiertos que otros, el mando está limitado a un sistema jerárquico; evitan los conflictos; atribuyen una fuerte importancia a las relaciones personales; son astutos y se mantienen siempre alerta”13. Los asiáticos serían consistentemente diferentes a los occidentales al momento de negociar, pero dentro de ellos los japoneses pueden ser aún más distintos y una generalización como la anterior puede resultar tremendamente perjudicial si no es asimilada en su justa medida.

No es posible para esta instancia ser exhaustivo en la descripción del estilo de negociación japonés, sin embargo, para ilustrar el tema de esta ponencia es importante aludir brevemente a algunos de sus rasgos más importantes. Muchos autores han desarrollado este tema, entre ellos Kazuo John Fukuda14, quien es partidario de la existencia de una relación directa entre los rasgos culturales y el proceso de toma de decisiones que caracteriza a toda negociación. En primer lugar, es necesario subrayar el carácter jerárquico que este proceso adopta en el caso japonés. Sin embargo, cabe precisar que la delimitación de esta jerarquía connota significados distintos a los atribuidos en las culturas occidentales, catalogadas principalmente como individualistas.

Ser el líder en la cultura de negociación japonesa implica no solo una concentración amplia de poder en el proceso de toma de decisiones, sino también una responsabilidad particular por mantener la armonía del grupo, otorgándole además un valor muy importante a los roles desempeñados por los subordinados del líder. Ello pasa porque culturalmente hay diferencias en la conceptualización del individuo y del colectivo, ya que tanto en oriente como en occidente estos términos designan realidades distintas. En occidente la colectividad se asimila con la pérdida de la identidad individual en el grupo, por tanto una menor responsabilidad a nivel de sujeto en el resultado final de la negociación. En oriente en cambio, el líder es responsable de promover el desempeño correcto de un grupo cuyos miembros son indispensables en sus roles para la forma que adopten los resultados, habría en este caso interdependencia entre los miembros, no independencia y anulación del sujeto como si ocurriría en los sistemas sociales individualistas.15 Ahora bien, en Japón persistiría una importancia particular por la dimensión afectiva, siendo las relaciones interpersonales entre los miembros muy gravitantes para definir el buen funcionamiento de una organización. En la cultura japonesa de negociación, por sobre la agenda específica que haya sido propuesta, es más importante la relación que es posible establecer en el largo plazo. De ello se deriva también que la creación de una situación favorable para la negociación sea fundamental en la formación de esta relación.




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