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§ 342. Las obras de Pedro Ramus tuvieron muchas ediciones en el XVI y en el XVIL


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§ 342. Las obras de Pedro Ramus tuvieron muchas ediciones en el XVI y en el XVIL
Waddington, De P. Rami oita, scriptis pbilosophia, París, 1849 ; edit. cn franc., París, 185 5 ; W. J. Ong,
Ramus’Metbod and tbe Decay of Dialogae, Cambridge, Mass., 1958; R. Hooykaas, Umanisme, scitnce
et reforme.– Pierre de la Ramée, Leiden, 1958. El De disciplinis, de Luis Vives, ha tenido numerosas
ediciones a partir de la de Brügg, 1531. Rivari, La sapienza psicologica e pedagogica di L V.,
Bolonia, 1922. L'as ohras de Agrícoia fueron publicadas en Colonia el año 1539 y luego tuvieron-
numerosas ediciones. Sobre d humanismo alemán: Burdach, Deutscbe Rewissaece, Berlin, 1916.
§ 343. De los Ensayos de Montaigne, la mejcr edición es la publicada en la ihlección de las
Universidades de Francia por J. Plattard, Paris, 1931-32 (citada en el texto) y que reproduce la
edición de Montaigne de 1588 con las adicioncs y correcciones manuspitas del mismo Montaigne.
Dilthey, op. cit., I, pp. 47 sigs. Strowaki, hfontaigne, París, 1906. Weigand, Montaigne,
Munich, 1911.
§ 344. Las Trois oerités, de Charron, fueron publicadas por primera vez en Burdeos el año 1593,
De la sagesse, en Burdeos, en 1601; Opem, 2 vols., París, 1635. De Sámhez : Quod mhil scitur, Lyon,
1581. Francfort, 1618; Tractatos philosopbici, Rotterdam, 1649. Menéndez y Pelayo, Ensoyos de
crítica filosófico¿ II, Madrid, 1892, 195-366; Giarratano, II pensiero de F. S., Nápoles, 1903. De Justo
Lipsio, Opem, Vesaliáe, 1675. Dilthey, El análisis del bombre, cit., pp. 245 sigs. de la tral. ital,
Venecia, 1926.
CAPITULO II RENACIMIENTO Y POLITICA 345. MAQUIAVELO

El humanismo renacentista está estrechamente ligado a una exigencia de renovación política. Se quiere renovar al hombre, no sólo en su individualidah, sino también en su vida social. Por eso, se emprende un análisis de la comunidad política, para descubrir su fundamento y para referir a este fundamento sus formas históricas. La vuelta a los orígenes, que también en este campo es la consigna de la renovación, se entiende, por un lado, como el retorno de una comunidad histórica determinada, pueblo o nación, a sus orígenes históricos de los que puede sacar nueva fuerza y vigor; y por otro lado, como retorno al fundamento estable y universal de toda comunidad y, por tanto, al establecimiento y reorganización de la comunidad sobre su base natural. Historicismo y iusnaturalismo son los dos aspectos en que se concreta la voluntad política renovadora del

Renacimiento.
El primero de estos dos aspectos se remonta, como ya se ha visto (§ 334), al neoplatonismo, por cuanto había perdido el carácter teológico que tenía en ef miMo. El segundo aspecto tiene su raíz en el antiguo estoicismo, en la doctrina del derecho natural que había deminado en la antieüedad y en la Edad Media, y también éste tiende a perder sus implicaciones teológicas. Para los estoicos, lo mismo que para los escritores medievales, el orden natural de la comunidad humana se identificaba, por un lado, con la razón, y por otro, con Dios: sobre la primera de estas indentidades insisten 1os escritores del Renacimiento. El derecho natural, base de toda comunidad humana, es el dictado mismo de la razón.
Nicolás Maquiavelo (1467-1527) es el iniciador de 1a orientación historicista. La vida entera de Maquiavelo fue dedicada al intento de realizar una comunidad política italiana; y Maquiavelo vio y reconoció el único camino de dicha realización: volver a los orígenes de la historia italiana. La indagación historiográfica qncauzada a reconocer estos orígenes, se unió en él estrechamente con el trabajo positivo de reconstrucción de la unidad política del pueblo italiano, de tal modo, que la personalidad de Maquiavelo queda definida precisamente por la unidad de la labor política y de la investieación historiográfica. EI Principe (1513) y los Discorsi sopra la prima deca Zi Tito Livio, muestran la unidad del juicio político y del ]uicio histórico que constituye la característica fundamental de Maquiavelo y que hace de él el primer escritor político de la Edad Moderna.
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El primer capítulo de la tercera parte de los Discorsi está dedicado a la demostración de aquella vuelta a los principios que es. la consigna renovadora del Renacimiento, para todo lo que atañe al hombre y a su vida social. Según Maquiavelo, la única manera de que las comunidades puedan renovarse, y de este modo huir de la decadencia y de la ruina, es volver a sus principios, ya que todos los principios tienen en sí alguna bondad de la que pueden volver a tomar su vitalidad y sus íuerzas primitivas. En los Estados, la reducción a los principios se hace por accidente extrínseco o por prudencia intrínseca. Esto le sucedió a Roma, donde a menudo las derrotas fueron la causa de que los hombres “se reconocieran” en el orden de su convivencia; y donde instituciones añadidas, como las de los tribunos de la plebe y de los censores, o también individuos de excepcional virtud, asumieron la tarea de encauzar a los ciudadanos hacia su virtud primitiva. Asimismo, las comunidades religiosas se salvan solamente por el retorno a los principios. La religión cristiana se habría extinguido por completo de no haberla vuelto a su principio san Francisco y santo Domingo, los cuales, con la pobreza y el ejemplo de la vida de Cristo, le reinfundieron su fuerza primi tiva.


Pero la vuelta a los principios supone dos condiciones: en primer lugar, que los principios a los que hay que volver, los orígenes históricos de la comunidad, sean claramente reconocidos y rectamente entendidos; en segundo lugar, que sean reconocidas en su verdad efectiva las condiciones de hecho por medio o a través de las cuales hay que realizar el retorno. La objetividad histórica y el realismo político son, pues, las condiciones fundamentales del retorno a los principios. En efecto, estas dos condiciones constituyen las características de la obra de Maquiavelo: por un lado, se dirige a la historia e intenta verla en su objetividad, en su fundamento permanente que es la sustancia inmutable de la naturaleza humana; por otro, se dirige a la realidad política que lo circunda, a la consideración de la vida social en su verdad efectiva y con renuncia a cualquier divagación de repúblicas y principados “que nunca se han visto ni se conoce que hayan existido de verdad”.
Sobre el primer punto, o sea, la forma oripnaria a la que debe volver la comunidad italiana, Maquiavelo llega a identificarla con la República libre, tal como se realizó en los primeros tiempos del poderío romano. A pesar de. que Maquiavelo esté lejos de imaginar un tipo ideal de Estado, no puede menos que llegar a determinar, a través de su investigación histórica, la forma originaria de la comunidad política italiana, a la que ésta debe volver. Pero esta forma, que se funda en la libertad y en las buenas costumbres, es una meta lejana y difícil de conseguir. Según Maquiavelo,'. al político incumbe una tarea inmediata, la única realizable en las circunstancias históricas del tiempo: la de un príncipe unificador y reorganizador de la nación italiana. De esto deriva la configuración de la figura del príncipe. Si una comunidad no tiene otro modo de salir del desorden y de la servidumbre política mas que organizarse en principado, la realización de este principado se convierte en un objetivo que encuentra su norma y su justificación en sí misma. Esta tarea implica el riesgo de decaer y sumirse en la tiranía. Puede muy bien ocurrir que quien asuma tal responsabilidad “sea engañado por un falso bien” o “se dejellevar voluntaria o ignorantemente”
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por el camino fácil en apariencia, pero ruinoso de la tiranía. En tal caso, renunciará a la gloria, a1 honor, a la seguridad, a la tranquilidad y a la satisfacción interna, e irá hacia la infamia, el vituperio, el peligro y la inquietud. Así pues, aceptar tal tarea representa una alternativa y una elección: seguir el camino que permita vivir seguro y que después de la muerte da la gloria„o seguir el otro camino, que hace vivir en coniinuas angustias y que, después de la muerte, depara la infamia (Disc., 1, 9). Pero es imposible que la segunda alternativa sea preferida por quien, por fortuna o virtud, de simple particular, se convierte en príncipe de una república, si conoce verdaderamente la historia y saca partido de sus enseñanzas (Ib., l, 10).


Aun así, una vez aceptada y reconocida como propia la tarea política, es imposible quedarse a medio camino. Tiene ésta exigencias que provienen de la materia en la que actúa, o sea, la naturaleza de los hombres. No se pueden hacer cálculos sobre la buena voluntad de los hombres. El hombre, por naturaleza, no es bueno ni malo; pero puede ser lo uno y lo otro. El político, si quiere triunfar en sus designios, tiene que hacer sus cálculos para el caso peor: o sea, presuponer que todos los hombres son malos y que habrán de manifestarle su malignidad en la primera ocasión (Ibid., 1, 3). El político, pues, no puede hacer “profesión de bueno” ; tiene que aprender a “poder ser bueno, y usarlo o no usarlo, según la necesidad” (Princ., 15). No debe apartarse del bien, si le es posible; pero ha de saber emplear el mal si le es necesario (Ibid., 19). Ciertamente, hay expedientes muy crueles, contrarios a cualquier modo de vivir, no sólo cristiano sino humano, y tales que cualquier hombre debe rehuirlos. En tal caso “es preferible vivir más bien como particular que como rey con tanta ruina de los hombres”. Y, no obstante, si no se puede o no se quiere renunciar a ello hay que recurrir resueltamente al mal y evitar los caminos intermedios que no conducen a nada (Disc., l, 26). Así, Maquiavelo sitúa crudamente al político frente a las duras y tristes exigencias de su cargo. Ciertamente, le asalta la duda de si combatir el mal con el mal, el fraude con el fraude, la violericia con la violencia, la traición con la traición, permite conducir la comunidad al verdadero orden de su forma política. Pero contesta a la duda observando que algunas veces se han mantenido en el poder aquellos que, después de haber llegado a él a través de la crueldad y la perfidia, no han insistido en ellas, sino que todo lo han dirigido a la mayor utilidad posible de sus súbditos. Estos “con Dios o con los hombres pueden aportar algún remedio a su estado”. Los demás es imposible que se mantengan (Princ., 8).
En otros términos: el límite de la actividad politica está en la naturaleza de esta misma actividad. La taiea política no tiene necesidad de decidir desde ei exterior la propia moralidad, la norma que la justifigue y le imponga sus límites. Se justifica por sí misma, por su exigencia intrinseca dt conducir a los hombres a una forma ordenada y libre de convivencia, y halla su límite en la posibilidad de éxito de los medios adoptados. Algunos medios extremos y repugnantes son impolíticos porque se vuelven contra quien los emplea y hacen imposible el mantenimiento del estado. El dominio de la acción política se extiende a todo lo que ofrece la garantía del éxito, que no es más que la estabilidad y el orden de la comunidad política. Por primera vez desde Maquiavelo, ese dominio es escrutado y valorado con
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un criterio puramente intrínseco y se entrevé el principio de una pprmatividad inherente a las empresas humanas como tales y no gpgreañadida a ellas desde el exterior como un criterio y' un límite extraño.


La tarea del político, que significa decisión, riesgo y responsabilidad, presupone la libertad del hombre y la problematicidad de la historia. Maquiavelo toma en consideración la hipótesis de que las cosas del mundo son gobernadas por la fortuna o por Dios de tal modo que los hombres no puedan corregirlas ni remediarlas; pero a pesar de que la hipótesis le atrae, al comprobar la extremada movilidad de los acontecimientos de su tiempo, acaba por desecharla, porque en tal caso la libertad sería nula y la única actitud posible sería la de “dejarse gobernar por la suerte”. Considera más probable que la suerte sea árbitro de la mitad de las acciones huma’nas y que deje gobernar a los hombres aproximadamente la otra mitad. La fortuna es como un río que cuando se enfurece lo desborda y envuelve todo, de manera que e1 hombre no puede en absoluto detenerlo ni ponerle obstáculos; pero su ímpetu no resulta tan perjudicial ni destructof si el hombre provee a su debido tiempo a la construcción de diques que obstaculicen o regulen su crecida. La suerte demuestra su potencia donde no existe “ordenada virtud” que la resista y dirige su ímpetu hacia donde no hay obstáculos ni diques que la contengan (Princ., 25). El hombre sólo puede dominar la suerte tomando una actitud histórica, refiriéndose al pasado; relacionando el pasado y el porvenir, evitará los cambios inconcluyentes y bruscos y conseguirá regular la fortuna de modo que no pueda mostrar su poder cPda día (Disc., Il, 30). Hay tensión entre la fortuna p la libertad. La acción del hombre se inserta en los acontecimientos, y así queda condicionada por ellos. Pero cuanto más se base en la historia tanto más conseguirá dominarlos, y aquella mitad de su curso que pertenece a la libertad humana, puede ser la mitad decisiva, siempre que la previsión haya sido justa. La acción humana – viene a decir Maquiavelo – no puede eliminar todo riesgo; pero sí puede y debe eliminar los giros arbitrarios y reducir el riesgo a una posibilidad decisiva de éxito.
Todo e11o implica la radical problematicidad de la historia. Esta quita u ofrece al hombre la ocasión de obrar virtuosamente, a veces suscita o destruye a su arbitrio las voluntades humanas, o bien perfila un designio que los hombres pueden secundar, pero no impedir, y urde una trama gue pueden tejer, pero no romper (Disc., Il, 29). No obstante, los hombres ‘ no deben abandonarse nunca ’. De hecho no conocen el fin hacia el cual la historia se mueve; y puesto que ésta procede siempre por caminos tortuosos e incógnitos, los hombres tienen siempre que esperar y, esperando, no deben abandonarse, sea cual fuere la fortuna o afliccion en que se hallen (Ibid., Il, ¿9). La enseñanza que resulta de esto es la llamada a,decidir y a querer, a mezclarse con empeño y activamente en la historia. Maquiavelo rechaza cualquier principio o doctrina que concluya con el “dejarsc. llevar”, con el abandonarse pasivamente al curso de los acontecimientos. El i.¿mbre que se ha comprometido en la historia, tiene una misión determinad y no tiene que desesperar nunca: el resultado de su acción lo trasciende y puede conducirlo, por caminos difíciles y lejanos, a la victoria de la empi-sa que tanto ama.
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346. GUICCIARDINI, BOTERO

FILOSOFIA MODERNA



Los Recuerdos políticos y civiles, de Francesco Guicciardini (1482-1540), ofrecen las máximas de una sabiduría mundana que tiene sus raíces en la actividad política y está orientada a iluminarla y guiarla. Guicciardini considera mútil y desatinado ocuparse de los problemas que se refieren a la realidad sobrenatural o invisible: “Los filósofos y teólogos y todos los demás que escriben sobre cosas sobrenaturales y que no se ven, dicen mil desatinos ; porque, en efecto, los hombres están a oscuras de estas cosas, y estas disquisiciones han servido y sirven más para ejercitar el ingenio que para hallar la verdad” (Rec., 125). Por motivos análogos rechaza la astrologia : pensar que se pueda conocer el futuro, es un sueño, y los astrólogos no adivinan más que un hombre cualquiera que juzgue por casualidad (Ibid., 207). El verdadero interés de Guicciardmi va dirigido al hombre, y particularmente al hombre en sus relaciones sociales, en su actividad política. Al hombre hay que juzgarlo no en relación al trabajo que está realizando, sino respecto a cómo lo realiza. De hecho, no escoge la clase social en que nace o la hacienda y la suerte con que tiene que vivir. Pero escoge su conducta en su clase o con sus recursos o ante su suerte. Y por esta conducta debe ser juzgado (Ibid., 216). Pero, por lo que respecta a su conducta, el hombre sólo puede confiarse a la reflexión o a la experiencia. “Sabed que quien gobierna arbitrariamente, al final tropieza con arbitrariedades; lo correcto es pensar, examinar y considerar bien las cosas, aun las más insignificantes; advirtiendo que, si obrando así, las cosas salen bien con dificultad, pensemos en lo que les podrá suceder a los que se dejan llevar por la. corriente” (Ibid., 187). El “de]arse llevar por la corriente” equivale al “dejarse gobernar por la suerte” de Maquiavelo. Como Maquiavelo, Guicciardini quiere la participación activa del hombre en la realidad política, un realismo despierto y operante, que corrija, aun cuanrio no pueda desviarlo del todo, el curso de la fortuna. Por esto aprecia positivamente la fe. “Fe no es más que creer con firme opinión y casi certidumbre las cosas que no son razonables; o, si son razonables, creerlas con más seguridad de lo que permiten las razones.” La fe produce la obstinación; y la obstinación, en un mundo sometido a miles de azares y accidentes, puede hallar por fin el camino del éxito. Así pues, con razón, se dice: “quien tiene fe lleva a cabo cosas grandes” (Ibid., 1). No obstante, ni la fe ni la sagacidad, aun pudiendo modificar muchas cosas, son suficientes para asegurar el éxito. La fortuna toma mucha parte en las cosas humanas, una fortuna que es pura casualidad sin ningún orden o ley providencial. El orden providencial, si existe, es impenetrable para los hombres. “No se diga: Dios ha ayudado a fulano porque era bueno; zutano ha acabado mal porque era malo; pues muy a menudo se ve lo contrario. Por eso tampoco hemos de decir qQe no existe la justicia de Dios, pues sus designios son tan profundas que merecidamente son llamados abgssus multa” (Ibid., 2). Aun con ello es evidente que la “máquina mundana, el orden natural de las cosas, estimula a los hombres a la actividad. Por ejemplo, si los hombres no piensan en la muerte, aunque sepan que han de morir, esto no sucede porque la muerte esté lejana, cuando está muy cerca y siempre amenazando, sino porque si los hombres pensasen en la muerte, el mundo estaría “lleno de incuria y torpeza” (Ibid., 160).
RENACIMIENTO Y POLITICA 43

Por lo que respecta a la naturaleza humana, Guicciardini está


yustancialmente de acuerdo con Maquiavelo. Los hornbres están
pgturalmente inclinados al bien; pero como su naturaleza es frágil y las
ocasiones que los incitan al mal son infinitas, se alejan fácilmente por interés
propio de la inclinación natural (Ibid., 225). El resultado es que hay más
hombres malos que buenos; y por tllo es buena máxima para e1'político no
fiarse más que de los pocos que verdaderamente conoce, y mantener frente a
los demás los ojos muy abiertos, aunque sin 'demostrarlo, para no aparecer
desconfiado (Ibid., 201). Por eso el gobierno debe fundarse más en la
severidad que en la dulzura; y el combinar y sazonar la una con la otra es el
arte más alto y difícil del politico (Ibid., 41). El político tiene que aparentar
pero también ser, porque la apariengia, con el tiempo, acaba quedando al
descubierto. “Haced cualquier cosa por parecer buenos, lo cual sirve para
infinitas cosas; pero, como las opiniones falsas no duran, os resultará difícil
parecer por mucho tiempo buenos si en verdad no lo sois” (Ibid., 44). Así,
por la misma exigencia del éxito, se exige y justifica una consistencia,moraÍ
intrínseca de la acción política.
ba enseñanza política de Guicciardini no se diferencia en su reAismo de
la de Maquiavelo; pero se diferencia por la ausencia de aquel fundamento
histórico que alentaba la actividad y el pensamiento político de Maquiavelo.
Maquiavelo considera el juicio político fundamentalmente conexo con el
historico. Guicciardini separa el juicio político del histórico y lo une a su
interés particular, al éxito de su obra personal. “Tres cosas, dice, deseo ver
antes de mi muerte; pero dudo, aunque viviese mucho, ver alguna: una, vivir
en una república bien ordenada en nuestra ciudad, ver a Italia liberada de
todos los bárbaros y al mundo liberado de la tiranía de esos malvados curas”
(Ibid., 236). Pero esta aspiración es puramente retórica, porque su condición
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Profesora de Enseñanza Media y Superior en Historia. Facultad de Filosofía y Letras. U. N. Cuyo. Año: 1979. Promedio: 9,25

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