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Historia de la filosofía medieval


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v. 1.0

Historia de la Filosofía Medieval

I. Introducción

1. La nueva problemática filosófica planteada por el Cristianismo


Hay dos concepciones diferentes en la Filosofía medieval. En primer lugar en sentido amplio. Corresponde desde el siglo I hasta el siglo XV. En segundo lugar, en sentido estricto, el más técnico, que hace una división: desde el siglo I al siglo IV, la Historia de la Filosofía Patrística, y desde el siglo VI al siglo XV la medieval. La razón es que la problemática, mejor dicho la forma de enfrentarse a ella) es muy diferente en ambas: en el imperio romano y en las invasiones.

Desde el punto de vista geográfico, en sentido amplio es el ámbito del imperio romano, y luego Europa en sentido muy amplio.

Desde el punto de vista lingüístico las lenguas empleadas son el griego, el latín, el árabe y el hebreo. Más en concreto, en la Filosofía Patrística el latín y el griego son las lenguas y el ámbito geográfico es el imperio romano. Y en la Historia de la Filosofía estrictamente medieval es Europa u las lenguas son el latín, el árabe y el hebreo, no el griego.

El tema central, el problema general a los quince siglos, el tema central es el de la relación entre Filosofía y Religión, ya sea Filosofía y Religión cristiana, islámica o judía.

La relación entre la Filosofía y la Religión no es algo propio y original de ambientes cristianos, se encuentra ya en Grecia, al enfrentarse el pensamiento filosófico con las creencias religiosas tradicionales del pueblo griego. Uno es el caso de Anaxágoras condenado por impietas, también tenemos a Sócrates, a Epicuro… No obstante, ha sido en ambientes hebraicos, cristianos e islámicos en donde esta relación adquiere su máxima precisión o concreción. Y esto porque estas tres religiones tienen como base y fundamento la revelación. De tal forma que la manera de plantear el problema, de plantear la relación es diferente en Grecia y los pueblos antiguos. La religión natural (griega, latina…) son manifestaciones más o menos conscientes de la búsqueda de Dios, brota del corazón del hombre. El hombre se capta como un enigma, y no cesa de interrogarse sobre la causa de esa inquietud, de ese desajustamiento, y para responder unas veces surge la religión y otras la Filosofía. En Grecia la Filosofía y la mitología es igual pero en categorías diferentes. Esto se encuentra en Grecia.

En otro tipo de religión, que es revelada, su punto de partida es Dios, no el hombre. Dios busca al hombre, no el hombre a Dios. Hombre es el punto de llegada de la religión. Dios se ofrece al hombre, se manifiesta, se revela para resolver los problemas del hombre. Por eso a Dios se le acoge, no se le posee. Y el acoger es un acto libre, puedo darle la mano o no a Dios. De ahí la importancia de la Palabra. En la Biblia tenemos “Escucha Israel”. Tenemos así que como segundo tema está la gracia.

El problema planteado es entre el dar y el recibir (o acoger), o el hablar y el escuchar. Es el tema clave en la Biblia y el Corán.

Tanto esta revelación por parte de Dios como este acogimiento plantea problemas de suma gravedad e importancia. Estas tres religiones, y más en el cristianismo, son de comunicación entre Dios y el hombre, y toda comunicación exige en primer lugar que los dos interlocutores posean entidad propia, que sean diferentes. En segundo lugar, uno y otro han de tener la capacidad de darse o manifestarse, que pueda Dios dirigirse al hombre, y el hombre a Dios. Y en tercer lugar, que sea posible esa relación, no sólo que se desee y se quiera.

La revelación y su acogimiento plantea problemas. Toda comunicación exige tres elementos: primero, que sean diferentes entre sí los interlocutores, segundo que sea posible manifestarse o comunicarse, y tercero que se dé la comunicación, que haya un elemento común. No hay comunicación sin comunión, la unión. Esto es lo clave.

En Platón, Aristóteles, Epicuro y la Biblia una de las características de Dios es su trascendencia. Para Aristóteles Dios es el acto puro, que está separado absolutamente del mundo, que no forma parte del mundo, que se piensa a sí mismo, que está más allá de todo saber, de toda expresión, de toda determinación ontológica. No es un ser más entre los seres, carece de tiempo porque indica movimiento o imperfección el tiempo, carece de lugar porque tener lugar es estar limitado, carece de todo movimiento. Está más allá de toda categoría humana, porque las categorías son a la medida del hombre y el hombre es limitado. Es el totalmente Otro. Esto es común a los tres autores griegos anteriores en líneas muy generales.

En el Antiguo testamento la trascendencia divina es una de sus constantes. De hecho Dios es invisible (“No se puede ver a Dios sin morir.”), porque todo lo que se ve está a la altura del hombre, porque la visión es humana (si lo vemos es igual o inferior al hombre, y también es limitado). Por eso vemos ídolos, no a Dios. Convertimos a nuestra medida.

En segundo lugar, carece de lugar, como de nombre (Yahweh son cuatro consonantes sin vocales). Para la tradición hebraica no hay pensamiento sin lenguaje, sin vocales la palabra es impronunciable, con Yahweh se dice que es algo inaccesible, impronunciable. El lugar limita, por eso un Dios limitado no es Dios. Carece de nombre, porque el nombre refleja la realidad de las cosas; nombrarle es determinarle, limitarle. Decirle que no tiene nombre es afirmar que su naturaleza es inefable (que no se puede decir, indecible).

Pero no sólo la palabra no puede expresar a Dios, incluso el concepto tampoco, porque el concepto es humano (y por tanto limitado). Ante Dios la única actitud es caer de rodillas y en silencio (no de vaciedad, cuando no hay nada que decir, sino en el que las palabras no llegan, el silencio sonoro de san Juan de la Cruz). Por eso los conceptos son pequeños y deformantes de lo que es Dios. Por eso el Antiguo Testamento busca por todos los medios ir contra la idolatría, preservar al hombre de eso.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento Dios es personal, es decir consciente y libre. De hecho, desde las primeras páginas del Génesis se muestra como señor, dominus, dueño de todo cuanto existe, que rige, gobierna. La palabra dominus es la que mejor lo expresa, como consciente y libre. Una de sus características es la revelación.

Dios se manifiesta, no es el acto puro que vive encerrado en sí mismo y se piensa a sí mismo. No vive cerrado, sino que se manifiesta en primer lugar en la Creación, y en segundo lugar con su providencia en las manifestaciones de la Historia; se muestra conversando con Adán, con Abrahán, viendo la miseria del pueblo en Egipto, eligiendo a Moisés (“Yo estaré contigo”).

Se plantean una serie de problemas. El primero de ellos es que Dios es trascendente, eterno, y se manifiesta o revela en un tiempo y espacio concreto (el tema de la revelación). Dios se ha hecho hombre, en todo como nosotros menos en el pecado. El eterno se temporaliza, ¿cómo alguien eterno puede hacerse temporal sin desaparecer? ¿La localización no es la negación de la inmensidad e infinitud de Dios?

En segundo lugar, Dios está más allá de toda materialidad y corporeidad porque la materia o cuerpo es potencialidad, la materia es carencia. ¿Cómo Dios puede tomar cuerpo (una imperfección) siendo la máxima perfección?

En tercer lugar, Dios está más allá de la muerte y del dolor. ¿Cómo puede morir y sufrir como en la cruz?

En cuarto lugar, Dios habla a y para los hombres, pero si Dios habla es para ser comprendido (sino sería un absurdo), pero la comprensión del hombre es lógica, racional, porque el hombre actúa como es, luego para que Dios se haga comprender tiene que adaptarse al hombre, que tiene un lenguaje racional, lógico, pero con ello ¿no se niega o limita la omnipotencia de Dios? Deja de ser absoluto (ab soluto, desajustado), condicionado por la naturaleza del hombre (soluto) La encarnación y la revelación ¿no es negar a Dios? Todo esto por parte de Dios.

El hombre se muestra como persona, es decir libre y consciente. Por eso la Biblia habla del hombre hecho a imagen y semejanza (libre y dueño de sus actos). Dios creador, dirige y gobierna todo; pero ¿cómo salvar la omnipotencia divina con la libertad humana? ¿Cómo pueden darse a la vez?

En resumen, al confrontar la realidad de Dios con su revelación (palabra o encarnación), al confrontarlo con el hombre hay una oposición: eternidad y tiempo, absoluto y condicionado, omnipotencia y libertad… Estos problemas (aparentemente contradicciones) no son algo secundario o sin importancia en el cristianismo (afectan a la esencia y por lo mismo a la vida del cristiano).

El cristianismo, además, se presenta como religión de salvación para todos los hombres. Pero anunciar el evangelio a los hombres exige por parte del evangelizador presentarlo de forma comprensible, de forma racional. Y esto porque toda aceptación por parte del hombre si es verdadera ha de ser libre y consciente, sabiendo qué y por qué se acepta. No se ofrece hechos o doctrinas irracionales.

Más aún, vivir para el hombre es vivir conscientemente su vida, dar razón de lo que vive. Dar razón de la propia fe exige comunicar la revelación. Por consiguiente, ¿cómo razonar la revelación para presentarla?

A la hora de solucionar los problemas (la racionabilidad de la fe sobre todo, o superar las contradicciones de esos términos) hay que analizar el contenido de esos términos (qué queremos decir con la palabra fe, razón, libertad…).

La revelación no se nos ofrece como expresión directa e inmediata de Dios. Dios habla a través de unos autores sagrados. Dios entonces cuando habla emplea categorías o el lenguaje correspondiente a las personas a quienes habla. Por consiguiente, los términos propios de una cultura (la hebraica). Por esto en la Biblia no nos encontramos con la palabra pura de Dios, sino expresada en un lenguaje humano, en categorías humanos. Dios se encarna en el lenguaje y la cultura humanos.

Tampoco existe la racionabilidad pura y estricta. La razón humana se expresa según la época, con categorías propias. Por consiguiente, no hay que verlo a nivel de lo inmediato, la cuestión de la fe y la arzón, como si fuesen puros, como conceptos, porque ambos son encarnados. El misterio de la encarnación no afecta sólo a Cristo sino a toda manifestación de Dios y a la vez toda manifestación del hombre. Por consiguiente es imposible evadirse de la Filosofía para entrar en la Teología, porque siempre empleará categorías.

Por consiguiente, el problema se plantea a nivel de las mediaciones, la fe y la razón son mediaciones, que son categorías humanas. No se puede pensar sin conceptos, que incluyen las categorías, en un espacio y tiempo determinados. Las categorías de un lenguaje no son las de otro.

Históricamente este problema se plantea al estar tanto el judaísmo como el cristianismo (ambas fundamentadas en la cultura o pensamiento hebraico) con el pensamiento griego.

El problema va a intentar resolverse, la relación entre la Revelación expresada en cultura hebrea y la Razón expresada en cultura griega, dando un paso atrás en ambas, tratando de encontrar una noción o una categoría común a una u otra cultura. Buscar el elemento común, para poder comunicarse. Eso llega hasta hoy día.

Se busca el punto de unión, el elemento común. El problema, al buscar se puede resolver en falso negando uno de los términos. En la primera la Revelación no existe, no hay más que Filosofía, toda la Revelación se reduce a una Filosofía hebraica o griega; la fe es una Filosofía más, que es lo que piensan la mayoría de los intelectuales españoles actuales. La segunda solución falsa, común entre los sacerdotes, es la que niega la razón, y admite sólo la Revelación (línea protestante).

La solución es buscar el elemento común, no negar ni reducir uno de los términos al otro. Las falsas soluciones se encuentran ya en los primeros siglos del cristianismo.


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