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Hacia un modo de desarrollo humano con libertad y felicidad


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HACIA UN MODO DE DESARROLLO HUMANO CON LIBERTAD Y FELICIDAD

Una alternativa a la sociedad excluyente y cerrada del siglo 20
Ponencia presentada por Julio Silva-Colmenares *

en el VII Encuentro Internacional de Economistas



Globalización y Problemas del Desarrollo

La Habana, Cuba, 7 al 11 de febrero de 2005


Contenido
1. Una concepción integral de desarrollo

2. Megatendencias en perspectiva al siglo 21

3. Un cambio de categoría: de modelo económico a modo de desarrollo

4. La economía política y el modo de desarrollo humano

5. La teoría del valor-trabajo y el capital humano

6. La realización de la libertad y la búsqueda de la felicidad

6.1 La sociedad moderna: del individuo a la humanidad «globalizada»

6.2 La libertad: condición sine qua non del desarrollo humano

6.3 La felicidad: ascenso en el proceso de «humanización»

7. Aproximación a algunas ideas-fuerza y propósitos estratégicos


Resumen
Esta ponencia propone sustituir como categoría de análisis el concepto de modelo económico por el más amplio de modo de desarrollo, considerado como la forma particular que tiene una sociedad para satisfacer las necesidades espirituales, sociales y materiales de sus miembros. Este modo de desarrollo supone una nueva Economía Política que tiene como soporte la idea de que la creatividad y la innovación humanas son el verdadero y único factor de la producción. Como alternativa a la sociedad excluyente y cerrada del siglo 20, se señalan los rasgos de lo que podría ser un modo de desarrollo humano, el que debe tener como base los principios económicos del crecimiento compartido y la competencia regulada, así como la búsqueda de la libertad y la felicidad, lo cual requiere la acción mancomunada y complementaria del Estado, el mercado y la solidaridad social. Libertad y felicidad que no son fines en si mismos sino caminos para avanzar hacia la «humanización de la sociedad» en una «humanidad globalizada». Para ello se proponen algunas ideas básicas y propósitos estratégicos que ayudarían a la construcción de esa sociedad «centrada» en el ser humano, comenzando con la necesaria redistribución del ingreso nacional en la mayoría de los países pobres para disminuir la pobreza y la miseria.
Abstract
This paper proposes to replace as category of analysis the narrow concept of economic model by the wider concept of «mode of development», as the particular form that a society satisfies the spiritual, social and material needs of its members. This mode of development supposes a new political economy, supported on the idea that human creativity and innovation are the main factors of production. As an alternative to the excluding and closed society of twenty century, this paper indicates the minimum characteristics in order to get a mode of human development, which must be based on the principles of shared economic growth, regulated competition, freedom and happiness; which requires the joint and complementary action of the State, the market and the social solidarity. Freedom and happiness are not ends in themselves but pathways toward the «humanization of society» in a «globalize humanity». Therefore, the paper proposes some basic ideas and strategic purposes that would help to «build» a society «centered» on the human being, beginning with the necessary redistribution of national income in poor countries in order to get lower levels of poverty and misery.

1. UNA CONCEPCIÓN INTEGRAL DE DESARROLLO


Durante miles y miles de años el desarrollo del género humano estuvo confiado a la espontaneidad y en muchos casos al azar. Hacia finales del siglo 20 se llegó a la cumbre de los 6.000 millones de seres humanos sobre la tierra, con una cuadruplicación de la población mundial en menos de un siglo, pero más por una impresionante capacidad de adaptación para sobrevivir que merced a una búsqueda deliberada. Si se exceptúa la época griega, apenas hace un poco más de 300 años se estudia con cierto rigor científico el comportamiento de la sociedad, desde los aspectos más materiales, como la utilización de la na14turaleza para satisfacer necesidades, hasta los asuntos más refinados e intrincados de la vida espiritual. Y sólo en el siglo 20 se hizo consciente la idea de que es necesario «construir» el futuro, pero ya no como producto de un instinto individual sino de un proceso social, cuyos resultados no están predeterminados.
Por eso, al tiempo que avanza el conocimiento científico sobre la sociedad, la naturaleza y el pensamiento, también entendemos que el desarrollo, en su compleja realidad, no es lineal ni el futuro es predecible, pues está signado de incertidumbre y desorden. Como dice Edgar Morin, después de 25 siglos todavía no hemos incorporado a la vida cotidiana el mensaje de Eurípides de que “lo esperado a veces no se cumple y hay que esperar lo inesperado”. Durante el siglo 20 aprendimos que la historia humana “ha sido y sigue siendo una aventura desconocida. (...)”. En apoyo de la idea que tenemos de desarrollo como un proceso de avance en la humanización, lo que desborda por completo el terreno de lo económico, sin negar su decisiva importancia, hay que tener en cuenta que el ser humano, como lo sintetiza Morin, “lleva en sí de manera bipolarizada los caracteres antagónicos: sapiens y demens (racional y delirante), faber y ludens (trabajador y lúdico), empiricus y consumans (económico y dilapidador) y prosaicus y poeticus (prosaico y poético)”.1
En complemento, “otra definición del hombre –dice Erich Fromm-- sería Homo esperans, el que espera, (pues) esperar es una condición esencial del ser hombre”. Según Fromm, hay que destacar que tal vez la definición más significativa de la especie humana la haya dado Carlos Marx, quien definió al hombre como “actividad libre y consciente”.2 Pero además Marx dio un paso más, y en las Tesis sobre Feuerbach definió a la sociedad humana como “la humanidad socializada”.3 De otro lado, no es cierto que hayamos llegado al «fin de la historia», retomando al Hegel reaccionario de la idea absoluta y la «sociedad civil» y desestimando al Hegel progresista de la dialéctica idealista. Si algo distingue a la sociedad moderna, o a la modernidad, como le gusta decir a algunos, es el ascenso en la humanización, con base en seres humanos autónomos y responsables, que tienen la libertad para elegir entre diferentes alternativas. Por tanto, no parece válido hablar de postmodernidad, pues en todo momento lo que exprese el tiempo presente será lo moderno, y más allá de lo moderno siempre estará el futuro. En cambio, nos parece más importante que en la sociedad moderna cualquier reflexión filosófica, política o sociológica tenga en cuenta las condiciones materiales del desarrollo.
Por eso, en el gozne entre siglos y milenios, se busca, sin desconocer la incertidumbre, un nuevo paradigma del desarrollo de la sociedad humana, ante el evidente fracaso de las «recetas» utilizadas hasta hoy para alcanzar lo que se espera sea el objetivo: el desarrollo integral del ser humano, esto es, la satisfacción creciente de sus necesidades espirituales, sociales y materiales. Búsqueda que es universal y compromete no sólo a los científicos sociales, sino a toda la sociedad humana, y que debe permitirnos unir voluntades de muy distinta procedencia. Esta forma compleja de acercarnos a la realidad la hemos llamado «pragmatismo dialéctico».
Un enfoque pragmático pero dialéctico nos enseña que la «estadolatría» --la adoración del Estado como el ente capaz de proveer todo-- con «mercadofobia» --la negación del mercado como el escenario válido para el intercambio de bienes y servicios-- no es la solución, como tampoco lo es la «mercadolatría» --la adoración del mercado como el ente capaz de distribuir con justicia los recursos de la sociedad-- con «estadofobia» --la negación de todo tipo de intervención estatal--, pues ninguna de las dos «visiones» ha permitido avanzar hacia la solidaridad social que sustenta el desarrollo humano. Pero al tiempo que se reconoce que Estado y mercado no son excluyentes sino complementarios, hay que aceptar que pueden sufrir transformaciones esenciales. En la construcción de la «utopía posible» de una sociedad con crecimiento compartido y competencia regulada para el desarrollo humano con libertad y felicidad, se requiere la acción mancomunada del mercado y el Estado, junto con una tercera «mano», la solidaridad social. Y en esta complementación radica el nuevo paradigma.
De esta manera, se necesita su esfuerzo sinérgico pues la historia comprueba que si bien el mercado es el escenario adecuado para garantizarle al individuo el ejercicio de sus opciones, casi nunca la «mano invisible» de la competencia logra hacer la mejor asignación de los recursos, pues la fuerza de quienes ocupan posiciones dominantes produce efectos perversos que son a veces bastante visibles. Por tanto, el Estado tiene la responsabilidad ineludible de ser el «cerebro ecuánime» que establece reglas del juego transparentes y orienta y regula la actividad económica, sin pretender reemplazar al mercado, como fue la tendencia teórica y práctica durante el siglo 20. Y al mercado y al Estado hemos de añadir el «corazón altruista» de la solidaridad social, para crear mecanismos de compensación que lleguen a quienes de verdad la merecen y poder reducir de manera sustancial los factores que excluyen a la mayoría de la población de los beneficios del progreso y la prosperidad. Sobre este «trípode» descansa nuestra concepción de un nuevo modo de desarrollo humano.
La búsqueda de una nueva sociedad, en donde puedan contrarrestarse los efectos negativos del capitalismo con los avances en la humanización, se remonta a antes del siglo 20. Basta recordar que ya desde el Renacimiento y la Ilustración, en los propios albores del capitalismo, se proponen utopías o sociedades ideales como las de Tomás Moro, Campanela, Rosseau y otros. La sociedad «soñada» por Marx no tiene nada que ver con la desaparecida Unión Soviética. Como plantea el destacado científico social egipcio Samir Amin, si bien “el capitalismo socializa el proceso de producción”, no es capaz de avanzar en la “transformación del sistema político, ideológico y social en una democracia emancipada de la alienación del mercado”.4
Por tanto, es no sólo oportuno sino imprescindible insistir en la formulación de teorías y estrategias propias, lo que no significa renunciar al acervo científico universal. Sin negar la historia de la humanidad --el tránsito de unas etapas o formaciones socioeconómicas a otras--, la obligación es insertarse en el proceso de la humanización, entendido como la búsqueda y encuentro de los valores supremos del ser humano, esto es, la satisfacción creciente de sus necesidades materiales, sociales y espirituales en un mundo en donde impere una nueva ética social en todos los ámbitos de la vida ciudadana e institucional.

2. MEGATENDENCIAS EN PERSPECTIVA AL SIGLO 21


Alrededor del Estado, el mercado y la solidaridad social se presentan las megatendencias de transformación que se avizoran para el largo recorrido del siglo 21. Aunque puede haber diferencias entre distintos países, puede decirse que, en términos generales, se requiere pasar de un Estado privatizado y pésimo empresario a un Estado estratega y comunitario, esto es, que en lugar de estar en poder de unos pocos grupos económicos, políticos y sindicales, que lo han «capturado» para su beneficio, y caracterizarse por contar con entidades ineficaces e ineficientes, se transforme en orientador del desarrollo de la sociedad y en propiedad de los ciudadanos. Al mismo tiempo, se busca sustituir el mercado cerrado y monopolístico, que es el escenario propicio de la crisis, por un mercado abierto y democrático, para beneficio efectivo de los ciudadanos. Por último, pero de no menor importancia, el paternalismo y el asistencialismo, de cuya utilización clientelista existen muestras evidentes, deben ser reemplazados por una solidaridad social eficaz y sostenible, esto es, que llegue a los ciudadanos que la merecen y cuyo costo pueda asumirlo la sociedad.
Estas tres macrotransformaciones, en muy desigual nivel de desarrollo en distintas partes del mundo, suponen una conceptualización económica humanista que incorpora la idea de la prosperidad como la búsqueda del bienestar para todos los que participan en la creación de la riqueza, pero definida como riqueza social, que no se expresa tanto en unidades monetarias cuanto en ascenso en el proceso de humanización. En este sentido, la riqueza no se entiende de acuerdo con la concepción individualista de acumulación de recursos en manos de las personas, sino que se acerca más a la idea expresada por Adam Smith en el siglo 18 como “conjunto de las cosas necesarias y cómodas para el disfrute de la vida”.
Hoy, la riqueza debe entenderse como el conjunto de bienes y servicios, tangibles e intangibles, de que dispone una sociedad para desarrollarse en armonía, lo que incluye la cultura como parte esencial del capital social. Entendida la riqueza así, es más importante su expresión cualitativa que cuantitativa, o sea, es más importante conocer en qué se manifiesta que cuánto suma en dinero. Y la prosperidad puede definirse por la participación que tengan los miembros de una sociedad en el disfrute de la riqueza social para satisfacer sus necesidades. En este marco, la historia no es algo distinto a la construcción cotidiana de la sociedad humana, y la sociedad humana se realiza a través de la satisfacción creciente, pero no lineal, de las necesidades espirituales, sociales y materiales. En otras palabras, la medida de la prosperidad está dada por la participación de todos en los asuntos que generan bienestar o felicidad, según la idea que queremos expresar en estas páginas. Diciéndolo en términos económicos, la prosperidad implica la distribución democrática y equitativa del excedente generado. Por tanto, la prosperidad o felicidad social supone también el disfrute de la libertad.
Para entender mejor las ideas complejas de prosperidad y riqueza social hay que recordar que la ciencia económica no tiene como propósito fundamental los cálculos econométricos o los resultados de las matemáticas financieras, aunque éstas son herramientas a su servicio, sino una finalidad que es más difícil de alcanzar y que no siempre se puede medir en términos aritméticos: la libertad y la felicidad de las personas, su realización en el marco de lo que podría llamarse una nueva ética social. Similar idea crítica está detrás de las palabras de Edgar Morin cuando dice que la “economía, por ejemplo, que es la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia social y humanamente más atrasada, por que se ha abstraído de las condiciones sociales, históricas, políticas, sicológicas y ecológicas inseparables de las actividades económicas”.5 Aunque muchos no lo entienden así, el crecimiento económico es efímero y deleznable si no se comparte la riqueza creada para el beneficio equitativo de la colectividad, pues el desarrollo humano integral es condición del crecimiento económico sostenido.
3. UN CAMBIO DE CATEGORÍA: DE MODELO ECONÓMICO A MODO DE DESARROLLO
Creemos que para profundizar la discusión y, por consiguiente, facilitar la «construcción» de soluciones posibles, hay que sustituir como categoría principal en el análisis la concepción usual de modelo económico por la más compleja, pero esclarecedora, de modo de desarrollo. Esta distinción no es caprichosa, pues no sólo supone rescatar concepciones prístinas de la Economía Política sino estar más cerca del contenido que llevan sus definiciones. Según el Diccionario de las academias de la lengua española, que presenta una extensa lista de definiciones de la palabra modelo, en las dos más cercanas a lo que nos interesa, su contenido tiene relación estrecha con la idea de arquetipo que se imita o reproduce, o con la de “esquema teórico, generalmente en forma matemática, de un sistema o de una realidad compleja (por ejemplo la evolución económica de un país), que se elabora para facilitar su comprensión o el estudio de su comportamiento”.
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