• II.- DERECHO INFORMÁTICO Y DERECHO DE LA INFORMÁTICA.

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    I.3.- El espacio global como un espacio integral, que afecta no sólo a la economía, sino también a la cultura, la política y el Derecho


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    I.3.- El espacio global como un espacio integral, que afecta no sólo a la economía, sino también a la cultura, la política y el Derecho.
    De la misma manera que el núcleo del capitalismo está ya fuera del espacio, en este metaespacio que es el ciberespacio, en otros grandes componentes del sistema social de la conducta, está sucediendo lo mismo. En otras partes de mi obra defino la estructura social global, o si se quiere el macrosistema social de la conducta, como una realidad integrada por tres subsistemas básicos, el económico, el psíquico y el físico-coactivo, pues no en vano, el gran sistema social de la conducta, refleja las tres dimensiones básicas del ser humano, en cuanto ser físico, ser vivo -y por lo tanto con necesidades- y con psiquismo superior. Es lo que Toffler denominaba músculos, dinero y mente. En este sentido, el subsistema psíquico, el integrado por los condicionantes psicológicos de la acción humana -que ciertamente es movida por ideas y pasiones-, lo que otros denominarían la cultura, se halla ya sustancialmente en el ciberespacio.
    Todo el aparato simbólico de la acción humana, que tradicionalmente ha tenido su centro de gravedad en la religión, como principal universo de los símbolos y del propio actuar psíquico, hoy lo tiene en el ciberespacio. Las modas, los juegos, los espectáculos de todo tipo, sustancialmente los deportivos, las marcas comerciales, constituyen todos ellos un universo de símbolos neopagano, que radica en el ciberespacio. Se trata de un universo coyuntural, movido, sin duda, desde las empresas que controlan los símbolos y, por lo tanto, movido por el capitalismo; pero, de nuevo, no lo ha creado el capitalismo y existe por su propia dinámica ajena al capitalismo, si bien, en las actuales coordenadas del poder, necesariamente asociada con él. La repercusión de todo lo anterior es enorme. Cabe pensar que en el mundo, sobre todo en el mundo islámico, resurge con particular fuerza el radicalismo religioso; pero ello no es sino el canto del cisne de un mundo que se va, de un mundo que se agarra con fuerza, casi con fiereza, a un pasado que está condenado a perecer. Puede parecer que el fanatismo religioso se enraíza en muchos jóvenes; pero lo que realmente arraiga en la juventud es la contestación, cualquiera que sea la forma, cualquiera que sea el pretexto y, una vez muerto el marxismo, para algunos hijos de inmigrantes islámicos, esta religión de la guerra contra el infiel, es el mejor de los pretextos.
    La consecuencia de este uniformidad cultural de la especie humana, con una diástole como la helénica, pero sin posible sístole, es una neoestoica societas generis humani, que está convirtiendo a todo el orbe en una sola Nación o, si se quiere, en una gigantesca Nación de Naciones, en la que ya existe una uniformidad cultural. Un niño colombiano, español, inglés o de Hong-Kong tiene patrones culturales mucho más parecidos que los que hace ni siquiera cincuenta años tenía un niño catalán, con respecto a un niño extremeño, dentro de la propia España.
    Cierto es que España es una Nación plural o, lo que es lo mismo, una Nación de Naciones; pero la uniformidad cultural, a nivel global, a la que acabo de referirme y que no comparten sólo los niños, sino todos los seres humanos, desde los grandes espectáculos deportivos, a los automóviles, los perfumes, la cocina -cada día más internacionalizada-, la música, el cine, los negocios... está creando una inmensa Nación de Naciones a escala planetaria, como puso de manifiesto, en su Tesis Doctoral sobre La Soberanía estatal en el Contexto Político Global, el mexicano Xavier Díez de Urdanivia, que sólo requiere el elemento voluntarista de tener una dirección política global, para estructurarse en un Civitas Máxima a la que, si se le sabe dar una adecuada estructura federal a distintos niveles, como la que proponía el propio Urdanivia, constituiría una diástole política, sin posible sístole, que convertiría el mundo en la hermosa imagen de un corazón henchido en el que se aglutinaría la sociedad del género humano, la nación de naciones universal, a fin de hacer posible el sueño de Kant acerca de la paz -y, añado, prosperidad- perpetua.
    Ello requiere que se globalice el tercero de los grandes subsistemas sociales, el físico-coactivo, que es, precisamente, el núcleo del Estado Moderno, pues si algo define la sustancia del Estado es la coacción o, si se quiere, el monopolio del uso pretendidamente legítimo de la fuerza, frente a la unicidad cultural, que sólo ha sido característica de los raros Estados-nación propiamente dichos, o el mercado nacional, que todo tiene que ver con el extinto Mercantilismo y nada con la globalizada sociedad postcontemporánea.
    El problema es que el sistema físico-coactivo, es el único de los grandes subsistemas sociales que, por definición es material y, por lo tanto, espacial, territorial, de lo que se deriva que se trate del más resistente de todos a la mundialización. Paradójicamente -o no tanto- dos de los grandes subsistemas sociales, el económico y el psíquico, son, al día de hoy, en la sociedad postcontemporánea, sustancialmente ciberespaciales y, por eso mismo globales, mientras que el subsistema que configura el núcleo del Estado, el físico coactivo, es sustancialmente material y, por lo tanto, más difícil de sustraer de la fragmentación del espacio del orbe en Estados. Bien visto, acaso esto sea una ventaja, pues la concentración en un solo polo del poder físico coactivo entrañaría el enorme riesgo de un poder coactivo sin contrapeso que acabase aniquilando la libertad. El poder coactivo, a diferencia de lo que se mueve en el ciberespacio, ha de integrarse territorialmente, ha de federalizarse a nivel global, a través de mecanismos de Derecho Internacional y, después, acaso, de Derecho Constitucional... y eso es difícil... pero no imposible. Sigamos construyendo el sueño de Kant; pero hagamos de él un sueño postcontemporáneo, centrado no tanto en el espacio, como en el ciberespacio.
    Hoy se necesita una política -y un Derecho- que atienda a la realidad crecientemente ciberespacial y, por lo tanto, metaespacial en que se desenvuelve la mayor parte de la dinámica social; aunque ello tropiece con el núcleo de la dinámica política, el de lo físico-coactivo, que es constitutivamente material y por lo tanto espacial, como los fragmentarios Estados que lo encarnan... y esperemos que algún día consientan en federalizarlo.
    Se necesita, pues, que la cibersociedad civil genere un nuevo poder constituyente para la Telecivitas que ha de globalizar la Nación de Naciones que es hoy, ya, la societas generis humani; un poder constituyente no basado en la fuerza, sino en la razón. Este poder constituyente no ha de ser tanto internacional, como metanacional, por lo que su lugar propio no está en Naciones Unidas, en la ONU, que es el último residuo global de la sístole estatal, sino en una nueva organización ciberespacial, cuya sede principal debiera radicar en el propio ciberespacio. Ciertamente, si desde Naciones Unidas se apoya la constitución del embrión de una organización constituyente del ciberespacio, bienvenido sea el apoyo, porque los aspectos metaespaciales del proyecto, guardan fuertes concomitancias con los aspectos internacionales que seguirán existiendo, toda vez que los Estados -al igual que las viejas Naciones-, aunque evolucionarán, seguirán -a su vez- existiendo; por la sencilla razón de que una parte del mundo sigue siendo material y, en consecuencia, territorial y porque la cultura universal no debe ser incompatible, sino complementaria, de la amplia riqueza cultural fragmentaria, alumbrada en largos siglos de rica Historia de la Humanidad.
    Una organización política cuyo ámbito natural sea el ciberespacio, ha de partir, en cuanto a sus competencias naturales de la idea federalista de Proudhon, en la que se inspiraba asimismo Pi i Margall. Corresponden a la Telecivitas, o Federación Ciberespacial, o Gobierno del Ciberespacio todas aquellas competencias que atiendan directamente a la regulación del ciberespacio y eso es, sustancialmente el Derecho de la Informática o Derecho de la Telemática, que va mucho más allá del Derecho en Internet, del que hablan los que -sin saberlo- se autodefinen como advenedizos, por la sencilla razón de que las telecomunicaciones -y la revolución globalizadora que han generado- van mucho más allá de Internet. Ello no significa menospreciar Internet, antes bien todo lo contrario, pues como dice Paula López Zamora en el segundo volumen del Tratado de Derecho Informático que coordino: la sociedad de la información rebasa el ámbito de Internet (...) aun así no parece lícito dudar que Internet sea el fenómeno estelar de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, en esta nueva sociedad que paulatinamente se ha ido asentando en nuestras vidas.
    A colación de lo anterior, veremos a dónde va el Derecho Informático y, visto lo visto, no cabe dudar que va hacia un Derecho del Ciberespacio que, como Derecho de un metaespacio que es, no puede ni debe ser confundido con el Derecho estatal ni con el Derecho Internacional; pero por el momento, resta por saber de dónde viene, y a ello se atiende en el siguiente epígrafe de la presente conferencia.

    II.- DERECHO INFORMÁTICO Y DERECHO DE LA INFORMÁTICA.




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