• I.1.- El ciberespacio, una diástole sin sístole, en la Historia de la Humanidad.

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    Gobierno global de las telecomunicaciones e Internet


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    DEL DERECHO INFORMÁTICO AL DERECHO DEL CIBERESPACIO Y A LA CONSTITUCIÓN DEL CIBERESPACIO



    Emilio Suñé Llinás

    Doctor en Derecho, Licenciado en Sociología y en CC Políticas

    Profesor Titular de la Universidad Complutense de Madrid

    Director de Másteres y Postgrados en Derecho Informático

    Presidente del Centro Internacional de Informática y Derecho

    I.- EL CIBERESPACIO COMO METAESPACIO Y SU ESTRUCTURACIÓN POLÍTICO-JURÍDICA



    I.1.- El ciberespacio, una diástole sin sístole, en la Historia de la Humanidad.
    La auténtica revolución que ha transformado el mundo en un espacio global no se halla en el comercio transfronterizo, que ha existido siempre y en el capitalismo, en definitiva, sino en las telecomunicaciones. No nos engañemos al respecto. El capitalismo extiende su poder, hoy prevalente, a las telecomunicaciones; pero el fenómeno auténticamente revolucionario, desde el punto de vista de la existencia del mundo como espacio global, se halla en las telecomunicaciones y no en el capitalismo. El comercio transfronterizo existía desde antes de la Era Cristiana, desde los fenicios y mucho antes incluso, pero el mundo -ni siquiera el mundo conocido- nunca se globalizó, porque el particularismo siempre prevaleció sobre el universalismo.
    Poco antes, en términos históricos, de la Era Cristiana el mundo vivió dos diástoles, que no fueron globalizadoras, porque llevaban en su ser las correspondientes sístoles atomizadoras. El mundo helenístico, reflejado políticamente en el Imperio Alejandrino, duró lo que el inmenso corazón de un héroe que vivió deprisa. El mundo se abrió al compás de la espectacular vitalidad de Alejandro y se cerró con él. Hubo que esperar un tiempo para que la obra del aguerrido hijo de una loba, Rómulo, alumbrara el mayor Imperio que han conocido los tiempos; pero el Imperio nunca fue más que la diástole de la Civitas Romana, cuya subsiguiente sístole, a partir de la entrada en el corazón de Roma de la punta de flecha del bárbaro Odoacro, se llevó por delante la magnificencia imperial, sustituyéndola por la dispersión del mundo medieval.
    Ambas diástoles produjeron ondas de largo recorrido espacio-temporal. Con el helenismo se alumbró el ius naturale estoico que reconocía, por vez primera, la unicidad de la especie humana, más allá del grupo o etnia de pertenencia y alumbraba un ius gentium, germen del moderno Derecho interestatal -internacional, cono diría Bentham, en su conocida confusión entre nación y Estado-, por el que un Derecho regía las relaciones interhumanas, más allá de los grupos humanos concretos. La Civitas Imperial, primer macroagregado de poder, con halo de permanencia, que ha conocido la Cultura Occidental, nos legó, por su parte, el gran instrumento de la arquitectura política de una sociedad, el Derecho Romano, sobre cuya base se construyen los más avanzados sistemas jurídicos de nuestros días, tanto el Europeo Continental, que es también el de Centro y Sudamérica, como el Common Law, que es, asimismo, el de los Estados Unidos de América y la mayor parte de Canadá.
    El Helenismo fue el latido de un gran hombre, Alejandro; el Imperio Romano el latido de una gran ciudad, Roma, la ciudad eterna, que quiso revivir su eternidad en el Imperio Romano de Oriente, en Constantinopla, la segunda Roma, y hasta en Moscú, la tercera Roma, cuyo espectacular infarto de miocardio, se ha llevado por delante la última de las redenciones ecuménicas que ha alumbrado la Historia de la Humanidad.
    Sístoles y diástoles, a golpe de corazones ecuménicos, a veces grandes, como el de Jesús, el Cristo, y a veces no tanto, como el de Napoleón, o el de Lenin, se ha construido la Historia Universal de la Humanidad; con diástoles que inevitablemente conducían a sístoles, como la Renacentista, que explosionó en un mosaico de Estados, o como la de los grandes Imperios coloniales renacentistas, como el de Castilla, el de Portugal, o el Británico, que añadieron más y más Estados al que luego sería el pluriforme, diverso y disperso mosaico de la descolonización.
    Las Edades Moderna y Contemporánea que no son sino, en grandes líneas una, la Modernidad, representan la mayor sístole de la Historia de la Humanidad, que se traduce en los más de 150 Estados existentes al día de hoy. Esta sístole atomizadora ha llegado a su fin con la globalización... y la globalización no ha sido propiciada por el capitalismo, ni en la época de los fenicios, ni en la de la Compañía de las Indias Orientales, cuya ruina, por corrupción, tuvo mucho que ver con el colapso del Imperio Británico, ni la época de las grandes multinacionales, que en ocasiones se han dedicado más a depredar que a integrar, desde las que dejaron un triste rastro de Repúblicas Bananeras -así llamadas-, hasta las postcontemporáneas y más sofisticadas formas de colonialismo tecnológico.

    I.2.- La revolución global es una revolución de las telecomunicaciones, no del capitalismo.


    El capitalismo no es globalizador ni mercantilista, ni liberal ni proteccionista, ni nada en especial. El capitalismo sólo es capitalista, sólo es lo que le conviene. Cuando le han convenido los mercados fragmentarios ha sido proteccionista y cuando concluye que le interesan los mercados globales, neoliberal. Reitero: Lo auténticamente determinante en la creación de la globalidad y no sólo de los mercados, ha sido la expansión de unas telecomunicaciones transfronterizas, porque en sí mismas no son espaciales, sino metaespaciales. Por no necesitar espacio, no requieren ni siquiera del soporte material de unos cables, basta con el soporte energético de las ondas de diversos tipos. Telégrafo, teléfono, radiodifusión, televisión, Internet, multimedia...
    Poco a poco se creó una sociedad global de las telecomunicaciones, una aldea global, en la gráfica expresión de Mc Luhan, que ya se ha convertido en una Telecivitas Universal, cuya savia vital es la información y la información acaso admita diástoles; pero nunca sístoles. Ya nada puede ser nunca más local, ni mucho menos aldeano; ni, por supuesto, las finanzas, que se basan en apuntes contables, en información, a fin de cuentas, que circula libremente por este metaespacio que es el ciberespacio, sin que tenga que radicar físicamente en ningún lugar determinado; ni tampoco es preciso que el comercio se sujete al espacio, puesto que las telecomunicaciones -todas las telecomunicaciones y no sólo Internet- permiten una inmediatividad comercial que ha sido menos y menos dependiente de la distancia, hasta haberse convertido en completamente independiente de ella. Se trata del comercio electrónico, que es mucho más que el comercio a través de Internet y cuando dicho comercio opera sobre bienes no tangibles, particularmente bienes que son información, como música, imágenes o dictámenes jurídicos, se cierra el ciclo de la desespacialización, o, si se quiere, desterritorialización, o deslocalización del comercio. Más allá del comercio electrónico, existe el cibercomercio, que es comercio no espacial, ni siquiera en el producto, que no es material. Han sido las telecomunicaciones las que han permitido la deslocalización del capitalismo, no viceversa. Esto lo hemos visto en el capitalismo financiero y en el capitalismo comercial; pero la misma realidad se reproduce en el capitalismo industrial. La empresa -industrial- más potente del mundo tiene su núcleo centrado en la producción de software; es decir, información, ¿y qué decir de la música, el cine, los videojuegos...?. También el capitalismo industrial se está desmaterializando y desespacializando, en la medida en que se está ciberespacializando.
    Lo reitero una vez más, puesto que la idea dominante es la contraria, son las telecomunicaciones las que han permitido al capitalismo deslocalizarse, y no al revés. No nos dejemos engañar por el hecho de que las telecomunicaciones sean un servicio prestado por empresas y que, lógicamente, las empresas tengan su herramienta de control en el capital. No es el capitalismo quien crea la globalización, sino la sociedad global de las telecomunicaciones, quien da al capitalismo -y no sólo al capitalismo- un espacio global, tan global que es metaespacial, por ciberespacial; pero este espacio global no se lo dan sólo a la economía, sino también a tantos otros fenómenos de interacción social, como la cultura, la política, o el propio Derecho.


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