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Género y globalizacióN


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GÉNERO Y ECONOMÍA


¿Por qué interesa abordar el de los procesos económicos, o más en particular, los impactos de la globalización y del comercio internacional, desde una perspectiva de género? ¿Qué justifica este interés? A diferencia del concepto de sexo que alude a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, el de género se refiere a la construcción cultural y social por la cual los individuos tienen roles distintos según su sexo, que implican diferentes posiciones jerárquicas en la sociedad. Las relaciones de género se determinan a partir de esos roles y suponen distintas responsabilidades, necesidades, y posibilidades de acceso y control de los recursos y en la toma de decisiones.
Debido a ello, los procesos económicos y sociales pueden analizarse atendiendo a necesidades e intereses diversos en función del género. Por supuesto, los roles desempeñados por las mujeres no son estáticos --varían de acuerdo al ciclo de vida-- ni idénticos en su forma y significación –dependen de la pertenencia de clase social, origen étnico, racial y cultural--. En suma, las diferencias en la posición social y económica de hombres y mujeres se basan en cuestiones relacionadas a lo económico pero también a lo cultural e ideológico.
División sexual de trabajo
La división sexual del trabajo a partir de la cual se organiza nuestra sociedad, se considera una primera fuente de desigualdades en la vida de hombres y mujeres y en la obtención de logros. El trabajo femenino es de dos tipos: no remunerado –relacionado con la reproducción social y biológica, que no se valora económicamente– y remunerado, es decir, para el mercado.
En la mayoría de los países del mundo, las mujeres aún asumen una gran parte del trabajo reproductivo: la responsabilidad de la crianza y el cuidado de los hijos, el cuidado de la familia y de la casa, la atención a los enfermos y ancianos, y otras labores de ese orden. Esto constituye ese motor “invisible y barato” que permite el rodaje económico de un país.
La responsabilidad que tienen las mujeres en la reproducción social, influye en el lugar que ocupan en el mercado laboral y determina que la inserción femenina en el mismo, presente características diferenciadas con relación a los hombres, tanto en el acceso como en su ubicación y en los resultados obtenidos. La proporción de mujeres que participan en el mercado de trabajo es inferior a la de los hombres, así como existen notorias asimetrías por sexo respecto por ejemplo, a la duración de la jornada laboral, la distribución por sector de actividad y tipos de ocupación, todo lo cual se expresa en las diferencias de ingresos por sexo.
De manera más amplia, la división sexual del trabajo está en la base de las limitaciones para la participación económica, pero también política y social de las mujeres con relación a los hombres.
En los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la carga del trabajo femenino es, en promedio, entre 7 y 28% superior al de los hombres.

En los países menos desarrollados la proporción supera el 20% (especialmente en las áreas rurales.) Tanto en los países desarrollados como en losen desarrollo, cerca de dos tercios del trabajo femenino no se registra, comparado con sólo un tercio (un cuarto en los menos desarrollados) del trabajo de los hombres. Gender, Trade and Rights, 1999.
Discriminación y segregación laboral
La teoría económica explica las causas de las asimetrías entre hombres y mujeres en el mercado de trabajo, sobre la base de argumentos que destacan la existencia de factores de discriminación tanto por el lado de la demanda como por el de la oferta laboral. Con relación a la demanda, entre otros factores2, se alude a ciertos estereotipos de género, por los que empleadores, compañeros o clientes, juzgan a las mujeres en función de sus “virtudes” o “defectos” para ocupar determinados puestos de trabajo. Entre los estereotipos negativos acerca de la fuerza de trabajo femenina se destacan la tendencia de las mujeres a abandonar el puesto de trabajo, una trayectoria laboral más breve que la de los hombres, mayor ausentismo, preferencia por jornadas a tiempo parcial, baja disponibilidad para hacer horas extras u horarios extensos.
Estos rasgos, que diferenciarían los comportamientos laborales de hombres y mujeres, se deberían a las obligaciones del cuidado familiar, principalmente de los hijos y desestimularían a los empleadores a reclutar y contratar mujeres, así como a invertir en su entrenamiento y capacitación para ciertos puestos. Todo ello conduciría a concentrar la fuerza laboral femenina en puestos de trabajo con menores salarios y exigencias de estabilidad.
En muchas oportunidades se afirma incluso, que las mujeres tendrían mayores costos indirectos debido a la licencia maternal, al mayor ausentismo debido a las exigencias del cuidado infantil, a las regulaciones específicas que resultan de convenciones colectivas de trabajo (licencias, beneficios médicos) o los regímenes especiales de protección, que existen en la mayoría de los países. Estas afirmaciones no necesariamente se verifican en la práctica, pero han servido para justificar las diferencias salariales con base en los supuestos mayores costos laborales indirectos de las trabajadoras.
Por el lado de la oferta, la inserción laboral femenina está condicionada por decisiones y preferencias de las mujeres y del ámbito familiar, que dan lugar a la elección de ciertas carreras profesionales, tipos de actividad o características del empleo. Se ha señalado que el condicionamiento que significa este tipo de elección, supone una discriminación previa a la del mercado laboral.
La segregación laboral por sexo, que consiste en la concentración de mujeres en ciertos puestos de trabajo - puestos “femeninos”-, se genera a partir de las diferentes formas de discriminación. La segregación constituye una importante base para la brecha de ingresos por trabajo entre hombres y mujeres, refuerza la desvalorización de las actividades calificadas como femeninas y niega el ingreso a puestos de trabajo reservados para los hombres.
La existencia de discriminación laboral y su persistencia en el tiempo no puede explicarse solamente debido a factores económicos. En particular, porque se supone que las diferentes formas de discriminación dan lugar a ineficiencias, que teóricamente las fuerzas del mercado deberían eliminar a través de la competencia.
En función de los supuestos de la teoría económica convencional, la idea es que si los empleadores actúan buscando obtener la máxima ganancia, tendrán que asegurarse de contratar a los trabajadores más adecuados para cada puesto y fijar los salarios de acuerdo a su verdadero rendimiento. De este modo, cuando los prejuicios de algunos empleadores impiden contratar a ciertos grupos de trabajadores para determinados puestos o les pagan menos, esta situación sería aprovechada por los empleadores sin prejuicios. Sin embargo, en la práctica la desaparición de los factores de discriminación laboral no se ha verificado.
Los derechos de las mujeres
En las últimas décadas, las organizaciones de mujeres han aportado una visión interdependiente acerca de su situación y sus derechos políticos, económicos, sociales y culturales. Esto supone la necesidad de analizar y evaluar desde la perspectiva de género, las políticas económicas y los impactos de algunas de las dimensiones de lo que conocemos como globalización, liberalización comercial y financiera, y facilitar la existencia de mecanismos que contribuyan a respetar y promover los derechos de las mujeres.
El acceso a la información y a la participación en las negociaciones de los acuerdos comerciales por parte de las organizaciones sociales, profesionales y sindicales puede ser una garantía para que se respeten los derechos de las mujeres, se amplíen y se fortalezcan. Asimismo, la observancia de cláusulas respecto al derecho a la sindicalización y a la negociación colectiva puede ser un instrumento útil para eliminar diferentes formas de discriminación de las mujeres.

Debe considerarse que la búsqueda de competitividad por la vía del abaratamiento de los costos laborales ha derivado en muchos casos en la disminución de los derechos sindicales y de organización de trabajadores y trabajadoras.




Las mujeres:
Realizan el 52% de las horas trabajadas, pero sólo un tercio de estas horas es pagado; son dos terceras partes de los 960 millones de personas que no saben leer ni escribir; son dueñas del 10% del dinero que circula por el mundo y del 1% de las tierras cultivadas del planeta.


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