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Frère françois


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Además, el Sr. Conde Beugnot, al hablar de nuestra Sociedad en un informe sobre la ley, nos facilitó la aplicación de la misma.

Mons. Parisis quiso encargarse personalmente de presentar nuestra petición al Sr. Giraud, entonces ministro de Instrucción Pública y de Cultos. Éste la acogió con interés y benevolencia y, pese a que, en 1849, dio un informe desfavorable en cuanto al modo de autorización, declaró a Monseñor que sus opiniones a este respecto ya no eran las mismas después de la ley de 1850. Tuvo el gesto de llevar personalmente nuestra petición al Consejo Superior de Instrucción Pública (3) y, a petición de Mons. Parisis, la presentó sola y la primera de todas las del mismo género. Gracias a él tuvimos como ponente al Sr. Conde Portalis, primer presidente de la Corte de Casación… El Consejo Superior aprobó nuestra petición por unanimidad y la adoptó sin ninguna discusión, el sábado 8 de marzo”.

El 9 de marzo, el H. François pudo escribir al Sr. Victor Dugas (4) de Saint-Chamond: “El Consejo Superior ha aprobado por unanimidad nuestra autorización. Mons. de Langres (Parisis) precisa que no hubo ninguna objeción. Todos los miembros del Consejo: protestantes, judíos y universitarios se han adherido. El buen obispo estaba encantado. Pero ante todo, hay que agradecerlo a la Buena Madre y a San José”. Pero sabe que la batalla aún no está ganada.

Perfecto imitador del Padre Champagnat, el H. François cuenta con la ayuda del cielo, pero emplea también todos los medios humanos. Conociendo la influencia de un hombre como Dupin, presidente de la Asamblea Nacional, puede intentar conseguir su ayuda. Ahora bien, ocurre que el canónigo Thiolière-Dutreuil, antiguo párroco de Saint-Pierre (Saint-Chamond), se toma la molestia de ir a bautizar personalmente al hijo de este personaje. ¿Hizo el H. François alguna sugerencia o, sencillamente, dejó actuar a las antiguas amistades de Saint-Chamond? Nos resulta muy difícil dilucidar si hubo azar o misterio.

Otros personajes son con mayor claridad hombres de buena voluntad: “El Sr. Portalis se encomendó a nuestras oraciones”. “En el Consejo General fuimos también objeto de las atenciones de la Divina Providencia”.

Alguien había creado, tal vez sin pretenderlo, dificultades de última hora. “El Sr. Giraud ordenó rectificar una cláusula deslizada por error, pero se necesitaron 20 largos días para obtener que el texto fuera rectificado o reemplazado”.

En el Comité de Interior, el ponente fue el Vizconde de Montesquieu, pariente del Sr. Beugnot. El 12 de abril, al tratarse de una asociación religiosa, dicho Comité exigió la opinión de la Administración de Cultos, y algunas modificaciones en nuestros estatutos. Un mes exigió preparar este suplemento de instrucción. El 9 de mayo, el dossier volvía al Comité de Interior y era adoptado por unanimidad.

El 5 de junio, llega a la Asamblea General. El nuevo ministro es el Sr. Crouseilhes que acepta venir en persona a la Asamblea General. Surge entonces una oposición inesperada en el Consejo de Estado que exige nueva sesión el 12 de junio.”

El H. Avit explica que había un peligroso opositor, que tuvo que abandonar el ministerio pues su esposa había caído gravemente enferma en el Norte de Francia. Su ausencia iba a facilitar, parece ser, una conclusión favorable.

En estos momentos de tensión, el H. François necesita verse apoyado por los amigos del cielo, el Padre Champagnat, desde luego, y dos de los primeros Hermanos que acaban de morir: el H. Laurent, el 8 de febrero y el H. Antoine, el 7 de marzo. El H. Laurent, poco antes de morir, había dicho: “Tranquilos, tranquilos, cuando esté allá arriba con el Padre Champagnat ya veréis cómo arreglaremos todos los asuntos entre los dos” (5).

Estas bienaventuradas palabras habían sido dirigidas al H. François, días antes de su salida hacia Paris.

Pero en realidad, no se trataba sólo de reconocer “la asociación religiosa llamada de los Hermanitos de María”, sino de decidir si dicha decisión se debía tomar por decreto o por ley, como indicaba el artículo 31 de la ley del 15 de marzo de 1850. Y, además, esta decisión podía crear jurisprudencia para todas las demás asociaciones religiosas dedicadas a la enseñanza. “Con esto, añade el H. François, imposible de explicar lo que pasamos durante estos 8 días que precedieron a la asamblea del 12 de junio” (6).

Por fin, el acuerdo se tomó en los mejores términos posibles: carácter religioso, existencia civil, utilidad pública y para toda Francia, con todos los derechos mencionados en los artículos 31, 34 y 79 de la ley del 15 de marzo de 1850, en particular “el derecho de recibir para nosotros y todas nuestras escuelas dones y legados, adquirir, poseer, etc...”

Los Padres Maristas, dice el H. François, recibieron esta noticia con transportes de alegría y celebraron una fiesta de familia. El Sr. Ministro se lo había tomado como un asunto personal sin perderlo de vista ni un instante… Con qué benevolencia tan paternal nos hablaba y nos chocaba la mano y qué emocionado estaba cuando nos despedimos”.

El 20 de junio, el Sr. Ministro lleva personalmente el decreto de nuestra autorización al palacio del Élysée para hacerlo firmar por el Sr. Presidente de la República y dos horas después nos lo comunica.

El ministro quiere también facilitar una entrevista entre Louis-Napoléon y el H. François, y este último encuentra la frase adecuada: “Nos sentimos muy felices de deberos el mismo beneficio que los Hermanos de las Escuelas Cristianas deben a vuestro tío el Emperador” (7).

La entrevista del H. François con el Príncipe Presidente tuvo lugar el 3 de julio. El 4 puede exhalar un suspiro de alivio al dejar la capital. O más bien podemos imaginar su corazón henchido de Te Deum y Magnificat. Nada más llegar a l’Hermitage, envía una circular fechada el día 3 de julio. Se trata del relato de todo lo ocurrido durante el último año.

Nombra con gratitud a cuantas personas le han ayudado. Pero “el nombre del Sr. de Crouseilhes deberá ocupar el primer puesto en el cuadro de nuestros defensores y protectores”. Se nota que ha nacido entre los dos autentica amistad manifestada en una carta del ministro (8).

Y ahora, prosigue, que este insigne favor de Dios llene nuestros corazones de gozo, gratitud y amor, que reanime nuestro celo y confianza, que nos una más que nunca a nuestra querida Sociedad, al mostrarnos la acción de Dios sobre ella y el cuidado particular que nos procura en su bondad, por la protección de María, nuestra Buena Madre” (9).

Está muy claro que, para el H. François, el fruto esperado de esta victoria es sobre todo, espiritual. “Que los Hermanos vean en este reconocimiento legal el signo de Dios que llama a nuevo fervor; lo que más se espera de nosotros, es que nos mantengamos siempre en el espíritu de modestia, sencillez y humildad característico de nuestra Asociación; que hagamos el bien sin ruido ni aspavientos… ¡Ay de nosotros! si abusamos del don de Dios, si aprovechamos el don recibido para ensalzarnos, mostrarnos menos sumisos y respetuosos hacia los pastores de la Iglesia o las autoridades civiles, más difíciles con la población, menos reservados en nuestras relaciones con quienes, como nosotros, se entregan a la enseñanza de la juventud”.

María es nuestra Madre; desde ahora estamos seguros de poder llevar siempre su nombre glorioso y combatir sin tregua bajo su maternal protección. Así pues, debemos caminar siempre en pos de sus huellas. Ahora bien, la virtud más excelsa en María ha sido siempre la humildad, la modestia, el amor a la vida oculta…Cuanto más humildes y pequeños seamos, mayor bien podremos realizar… Y rogamos sin descanso a Dios, por María, que no se aleje de ninguna de nuestras casas y de ningún miembro de nuestra Sociedad”.

Sigue el detalle de los actos prescritos para agradecer a Dios el favor recibido: 100 misas de acción de gracias; una novena de Te Deum después de la misa, de Magnificat después del examen, de Laudate tras la oración de la noche; a perpetuidad la Bendición del Santísimo cada 20 de junio; durante tres años la oración al ángel custodio y la Salve Regina de la noche, etc … La promesa de erigir una estatua de Nª Sª de las Victorias y otra de San José en sendas dependencias de l’Hermitage. Las dos estatuas están ya compradas y encontrarán pronto su lugar, una en el patio exterior, que se llamará plaza de Santa María, y la otra en el patio interior.

Con este verano de 1851, culminaba un período importante de la historia de los Hermanos Maristas. Los diversos informes que hubo que presentar recuerdan el progreso de esta congregación que, desde hace un cuarto de siglo, había multiplicado, sin éxito, petición tras petición, pero que, ahora, según la profecía del Fundador, ha conseguido mucho más de lo que hubiera obtenido 10 años antes.

Uno de los citados informes está impreso y, entre otros elementos, ofrece el nombre de todas las escuelas de los Hermanos Maristas en abril de 1851. En total hay 825 Hermanos, 565 de ellos enseñantes; 110 en estudios y 32 jubilados o en trabajos manuales en l’Hermitage, y 82 en estudios y 35 jubilados o en trabajos manuales en otras casas.

El reverso de la medalla es que las peticiones de nuevas fundaciones se multiplican de tal manera que será difícil defenderse de esta voluntad de los municipios por tener maestros religiosos. Resultará también difícil alargar el tiempo de formación de los Hermanos, cuando todo va viento en popa, y ante algo que no se sabe cómo frenar.

Se necesitaba, se nos ha dicho, una República y la ley de 15 de marzo de 1850 para obtener la autorización de una asociación religiosa bajo ese título y sin trabas ni restricciones. Algo que no se habría podido obtener bajo la monarquía, ni siquiera bajo una nueva” (10).

En cualquier caso, los Hermanos no tenían tiempo para hacerse preguntas. Veían sencillamente que las peticiones afluían. En 1850, llegan de 17 obispos, varios vicarios generales y un prefecto. Y hasta una de Suiza. Por otra parte, si un maestro de tendencia socialista sufre el rechazo del párroco o del alcalde, no es culpa de los Hermanos; pero este giro a la derecha podrá provocar revanchas.

Como ya se ha visto, el nombre de Hermanitos de María se convierte en el oficial de los Hermanos, y, al ser el Estado quien se lo da, sáquense las consecuencias para realizar su vocación de pequeñez al servicio de los humildes:

Dios ha querido que permaneciéramos ocultos y desconocidos durante 30 años y que ahora seamos conocidos bajo el humilde apelativo de Hermanitos de María. Por así decirlo, es nuestra acta de nacimiento. María ha sido siempre nuestro Recurso Ordinario y puede decirse que los Hermanitos de María han sido los benjamines de la más tierna de las madres” (11).

CAPÍTULO 26

1 –308 p. 1002. Para una historia más completa del reconocimiento legal en la época del H. François, véase: H. Gabriel Michel, Frère François et la reconnaissance l´égale des Frères Maristes. Imprimagine. Saint-Chamond 1991.

2 –Desde 1790, los Hermanos Maristas han sido los primeros, en ser autorizados como “Asociación religiosa”. Hasta entonces, las comunidades de Hermanos eran reconocidas como “Asociaciones caritativas” y carecían del derecho a adquirir y poseer. Era el Consejo de la Universidad quien recibía en su nombre, y se lo hacía utilizar. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas eran una excepción por decisión de Napoléon.

3 –Dicho Consejo estaba formado por el ministro, 8 miembros profesionales y 16 no profesionales: 4 arzobispos, 2 pastores, 1 rabino, 3 consejeros de Estado, 3 de la Corte de Casación y 3 del Instituto.

4 –Puede verse que los amigos de antaño siguen dispuestos a actuar: el H. François pide al Sr. Dugas escribir al Sr. Baude quien, 15 años antes, fue amigo eficaz del Padre Champagnat. La familia Dugas celebrará el éxito de los Hermanos. Véase también la ayuda prestada por Baude y Dugas (Cuaderno 10 p. 199) evocada en cartas entre el H. François y el H. Jean-Marie en ¿julio? de 1843.

5 – Circ. 2 p. 62 nota 1.

6 –Los jurisconsultos y parlamentarios más antiguos querían que fuera por ley y no por decreto. Sus referencias estaban en la anterior monarquía, pero los defensores de los Hermanos iban a demostrar que la ley de 15 de mayo de 1850 establecía un derecho público nuevo, tanto más cuanto las nuevas asociaciones no emitían votos solemnes.

7 –En 1804, Napoléon no había dudado en vencer al anticlericalismo de su entorno: “Necesito preparar alumnos que sepan ser hombres. Ahora bien, ¿creéis que el hombre puede ser hombre si no hay Dios?... Al hombre sin Dios, lo he visto actuar desde 1793. A este hombre no se le gobierna, se le ametralla; ya estoy harto de ese hombre. No, no, para formar al hombre que necesitamos prefiero hacerlo con Dios… No concibo esa especie de fanatismo que embarga a ciertas personas contra los Hermanos Ignorantinos (nombre dado entonces a los HH. de las Escuelas Cristianas y luego, entre otros, a los Hermanitos de María. N.T.). Se trata de un verdadero prejuicio. De todas partes se me pide su restablecimiento; este grito general demuestra su utilidad… Los Hermanos de las Escuelas Cristianas estarán diplomados y animados por el Gran Maestro que aprobará sus estatutos, los admitirá al juramento, les prescribirá un hábito apropiado y hará supervisar sus escuelas. Los superiores de estas congregaciones podrán ser miembros de la Universidad” (Pierre Zind, Las nuevas congregaciones de Hermanos enseñantes en Francia, de 1800 a 1830. 1, p. 53-55).

8 –Ver Anexo 3. Marie Jean-Pierre-Pie de Crouseilhes (1792-1861). Nacido en Oloron. Ingresa en la magistratura, llega a Consejero en la Corte de Casación y luego a Par de Francia. Es ministro de Instrucción pública en 1851 y senador en 1852.

9 –El H. François fallece en enero de 1881, justo antes de las leyes laicas de Jules Ferry. Se puede, pues, afirmar que, en los 30 años que le quedan de vida, no vio ninguna puesta en tela de juicio de este decreto, incluso si la ciudad de Lyon manifestó una agresividad laica demencial, a partir de 1870 (cf. Artículo de G. Sicard en L’enseignement catholique en France aux 19e y 20e siècle. Direction Cholvy-Chaline. Cerf 1995).

10 – 308 p. 1015.

11 – 308 p. 1013. La palabra benjamín, aparece varias veces en sus cartas, Dado que él mismo es el benjamín de su familia, esta palabra tiene para él una carga afectiva especial.

CAPÍTULO 27

Circulares y noticias

Las circulares constituyen uno de los medios del Superior para comunicar a los Hermanos la vida espiritual que le anima. Dejemos pues, de momento, la progresión cronológica de esta historia para realizar una lectura edificante.

Un poco por su poca salud y otro poco porque carece de gran preparación, el H. François no se lanza a grandes síntesis doctrinales, paro sabe aprovechar las ocasiones para brindar alientos útiles o prudentes avisos.

Lo primero que comunica son las noticias: habla de los misioneros, de los noviciados ya abiertos o que se van a abrir; da consejos a los Hermanos para los estudios o para los programas de los alumnos, noticias de fallecimientos, envía las felicitaciones de Año Nuevo, convocatoria para el retiro, anuncia salidas para Oceanía, propone novenas, etc…

Una circular puede también indicar complementos de reglas a observar: una lectura espiritual, restricción sobre el tabaco o de lentes (entonces son un lujo). Cada director deberá, pues, llevar un registro donde copiará textualmente todas estas directivas.

Muchas veces, en lugar de expresar consideraciones espirituales teóricas, el H. François prefiere ejemplos vivenciales. En 1841, la muerte del H. Jean-Chrysostome le proporciona un modelo convincente de verdadera vocación marista, a prueba de sufrimiento. (1)

La Sociedad pierde un buen y excelente Hermano, la juventud piadoso y hábil maestro, pero el cielo, estamos seguros, ha recibido nuevo predestinado.



Dios lo marcó con el sello de los elegidos al hacerlo pasar por el crisol de los mayores sufrimientos y al otorgarle la paciencia proporcionada a lo extenso del dolor. Desde hace 3 años, una violenta afección de pecho lo iba consumiendo poco a poco, pero durante el último mes de su vida, los sufrimientos han sido espantosos y sólo comparables a su heroica resignación. Ni un instante de sueño, ninguna postura de alivio durante algunos minutos; tos desgarradora y continua; llagas profundas en todo el cuerpo, ataques de dolor rayanos en el delirio a causa del enorme absceso en la rodilla izquierda; y, sumido en esta complicación de males, plena confianza en Dios, sumisión perfecta a la divina voluntad, valor y coraje jamás desmentidos. “Dios mío, repetía sin cesar, cuanto quieras y mientras tú lo quieras. Diez años y más si es tu voluntad. Jesús, María y José, tened piedad de mí. Hermanos, ¡qué feliz soy! Prefiero estos dos últimos años de mi vida a los otros 16 juntos. ¡Qué bueno es morir en la Sociedad de María! etc...” Su unión con Dios era casi continua. Sus ojos, manos y lengua apenas bastaban para expresar los sentimientos de su corazón. Ejemplos así hablan por sí mismos.”

Las felicitaciones de Año Nuevo de 1842 son ocasión para un breve comentario del Padre Nuestro y también para recordar un resumido conocimiento intelectual al que debe aspirar el Hermanito de María: “Conocimiento profundo y práctico del catecismo, hermosa escritura, algo de gramática y aritmética, es lo que nos conviene y asegura el éxito”.

Pero se pueden presentar casos donde habrá que abarcar más. El principio es entonces el siguiente: “Más allá, sólo debemos estudiar lo que nos exijan el lugar y el momento”. Aún estamos lejos del tiempo en que se abrirán escuelas secundarias; hay que atenerse a lo vivido hasta entonces: “Todos sabéis que esa ha sido la marcha de la Sociedad durante más de 15 años, que nuestro piadoso Fundador siempre pensó así y que es el único medio de atraer sobre nosotros las bendiciones de Dios y la protección de María” (2).

Con la circular de abril de 1843, se llega a una verdadera exhortación más elaborada sobre un tema especialmente querido por el H. François, la Sma. Virgen:

- María y el Padre Champagnat; recuerda las palabras favoritas del Fundador: Recurso Ordinario, Primera Superiora, y las maravillas que María ha hecho por él.

- María y nosotros, que seguimos beneficiándonos de su protección: unión con Saint-Paul-Trois-Châteaux, una de las más palpables.

- María y el testimonio de los Santos, María y nuestro papel entre los niños para vencer su despreocupación, ligereza e insubordinación.

- Resoluciones prácticas, en especial para el mes de María, el catecismo mariano bien preparado, insistiendo en el tema de la Inmaculada Concepción, “privilegio que hay que enseñar, pues aunque todavía no sea un dogma, es la devoción de todo el episcopado, de todo el clero, de toda la Iglesia. Nosotros, hijos privilegiados de María, ¿nos quedaríamos atrás?” (3).

Por otra parte se declaró “lleno de alegría” al enterarse de todo lo realizado por los Hermanos para celebrar bien el Mes de María.

Con más facilidad en las cartas que en las circulares, el H. François, al hablar de María, se deja llevar a un lirismo oratorio a tono con su convicción profunda: “¿Acaso ignora que tiene una buena Madre que le quiere mucho y desea llegue a ser un buen Hermano? Cuando ve venir al lobo, ¿por qué no llama a esta divina Pastora? (4). Cuando la serpiente le quiere morder, ¿por qué no acude a quien le aplastó la cabeza? Cuando la tempestad se alza, ¿por qué no mira a la estrella del mar? ¿Podría decirme que la ha invocado una sola vez sin que no haya acudido en su auxilio, que no le haya librado y sostenido? Confiese que es un cobarde, un perezoso y un negligente cuando se deja vencer y que el enemigo lo pasaría mal si fuera usted hombre de corazón y quisiera resistirle con valor” (5).

En 1844-45, tal vez por enfermedad, las circulares se hacen más raras. Sin embargo, en enero de 1844, envía a los Hermanos un apéndice de la Regla, estudiado en el retiro anterior. Lo hace preceder de algunas reflexiones muy sencillas sobre la fidelidad a la Regla y lo hace seguir del Testamento espiritual del Padre Champagnat, tal vez, mal conocido todavía por quienes no estaban presentes en l’Hermitage en mayo de 1840 y los ingresados más tarde en el Instituto (6).

Pese a la sencillez de su contenido, las circulares de 1846 podían suscitar verdadero entusiasmo, pues la congregación se desarrollaba a pasos agigantados. Tras la unión con Saint-Paul y La Bégude, que abrían todo el Midi, se desarrollaba, en torno a Vauban, un sector del Centre. En cuanto al Nord, progresaba aún más deprisa. Este éxito proporcionaba al H. François ocasión de pedir un aumento de piedad y caridad. “Que se nos distinga por la concordia, la unión perfecta que reine entre nosotros en esta vida hasta que se corone en Dios” (7).

Además, hay que economizar, si se quiere poder seguir recibiendo postulantes numerosos, aunque poco adinerados. El H. François va a reaccionar contra una costumbre recién instalada: la merienda. Conocedor del austero período de los inicios, admite que ahora se viva mejor, pero esa cuarta comida, aunque sea frecuente en las familias, no tiene más justificación ahora de la que tenía en tiempos del Padre Champagnat. “Varios directores, dice, nos han pedido suprimirla. Tras examinar minuciosamente las razones aducidas en la petición, nos han parecido justas… Vale más hacer sólo tres comidas al día con comida bien preparada y abundante que hacer cuatro malas… La merienda, pues, queda suprimida en todas las casas y para todos los Hermanos, salvo autorización expresa y escrita por nosotros” (8).

Pero se pueden hacer economías aún más sencillas. El H. François reprocha a un Hermano el precio de las cartas: “Se diría que teme usted que la República se arrepienta de haber disminuido la tasa de las cartas. En vez de 2 décimos le da usted casi dos francos. Con un papel más ligero se habría ahorrado ese gasto en un solo paquete” (9). La comunidad de l’Hermitage da también ejemplo de economía utilizando, al menos de vez en cuando, vajilla de metal.

Pero no nos privemos de las noticias agradables de comunicar. La Providencia colma a sus Hermanitos por medio de una insigne bienhechora, la condesa de la Grandville. Caroline de Beaufort es una señora de muy antigua nobleza. Fue educada por Santa Sophie Barat. Casada en 1818 con el conde de la Grandville, fue a vivir al castillo de Beaucamps y empleará su fortuna en hacer el bien. Durante el cólera de 1832, cuida personalmente de las víctimas de la epidemia y establece, con las Hermanas de l’Enfant Jésus, una especie de hospital que se convertirá luego en centro de educación.

A partir de 1841, entra en contacto con los Hermanos Maristas ya establecidos en Saint-Paul-sur-Ternoise. Los atrae a Beaucamps para fundar primero una escuela, y luego un internado y un noviciado. Hará todo lo posible para desarrollar esta casa: “Los recursos no faltarán, escribe en 1849, y los trabajos, ya en marcha, van a colocar a Beaucamps a la altura de los centros modelo”.

En 1850, el H. François, en su visita al sector del Nord, se reunirá con la condesa. El 17 de abril, tendrá lugar un largo encuentro del que dirá con efusión: “Ahora puedo decirlo: he visto, he juzgado y he apreciado, como todos sus hijos, al Padre que Dios, en su infinita bondad, nos ha concedido”.

A consecuencia de dicha entrevista, será más generosa que nunca. El noviciado es transferido a Beaucamps y proporcionará religiosos maestros a las diócesis de Cambrai, Arras, Amiens, Soissons, Beauvais, Paris, Versailles, Evreux, Rouan y más tarde a Bélgica e Inglaterra. Durante algunos años, un noviciado de lengua inglesa funcionará junto al de lengua francesa.

Volveremos a encontrar a la condesa. Diremos sólo que, entre los bienhechores que ayudaron a los Hermanos en los primeros tiempos, figura, sin discusión, como la más generosa.

Entre las cartas insertas en el volumen 2 de las circulares, se encuentra, entre la del 8 de octubre de 1853 y la del 15 de enero de 1855, un texto titulado: “Donaciones de la Sra. de la Grandville”, con fecha de 1854. Aunque dicho texto hace alusión a donaciones posteriores, se puede pensar que la primera parte, al menos, fue dirigida a los Hermanos, ya antes, para hacer comprender por qué la condesa merecería un día el favor especial de participar en una sesión del Capítulo general de 1854 (Circ. 2, p. 496).

CAPÍTULO 27

1 – Circ.1 p. 56.

2 –Circ.1 p. 63. Salvando las distancias, ocurre lo mismo entre los Padres Maristas donde se admite el principio: “Scientia inflat”. Pero el P. Colin va a reaccionar: “En otro tiempo, cuando la Iglesia era atacada, sólo lo era en un tema concreto; ahora se socava todo, se ataca todo”. “Durante los años 1840, se va imponiendo la conciencia más viva de la desproporción existente entre las capacidades de sus religiosos y las exigencias de la misión en un contexto cada vez más difícil”. Y por eso se atreve a afirmar: “No estamos instruidos… Quiero adoptar todos los medios para que nos instruyamos”. (Antoine Forissier, en Forum Novum, tomo 3, nº 2, p. 171).

Para los Hermanitos de María la cuestión se plantea de forma diferente. En el contexto de la enseñanza primaria (niños entre 6 y 12 años), dicha preocupación aún no se plantea. Las escuelas de secundaria no se iniciarán entre nosotros hasta 1856 y seguirán siendo una mínima parte hasta finales de siglo.

3 – Circ. 1, p. 76.

4 – Término muy repetido en sus cartas (421, 1013…).

5 – 11. 118.

6 –Antes hubo que hacer litografías del Testamento, pero el impreso daba más la impresión de tratarse de un documento definitivo.

7 –Circ. 1, p. 99.

8 – Circ. 1, p. 111.

9 – 11, p. 418.

CAPÍTULO 28

Una cruz: el Capítulo General

En la segunda década de su generalato, el H. François dejará amplio margen al H. Louis-Marie y al P. Matricon para redactar las circulares de mayor calado doctrinal. Es ya el caso de la circular de 1848 sobre el espíritu de fe.

Sin embargo, las firma el H. François y puede añadir algún pensamiento o comparación anotados en el curso de sus lecturas o meditaciones. Por ejemplo, para expresar su desolación ante vidas religiosas carentes de peso:

Pasar la vida en tejer, con la mayor seriedad del mundo y toda la aplicación del espíritu, telas de araña (1) que la muerte barrerá en un segundo”.

Para fustigar a los espíritus superficiales: “Que sean poco numerosos los que sienten desprecio por el mundo, sus opiniones, vanidades y ambición. ¿Dónde se encuentran entre nosotros los verdaderos pobres de espíritu, los verdaderos humildes de corazón, los verdaderos amantes de la cruz de Cristo?”

Desde luego, cuando el H. François compara el grupo ideal de los inicios en La Valla: 8 personas, con el grupo actual, cien veces más numeroso, debe pensar que la cantidad no ha mejorado la calidad; pero, ¿cómo lograr algo mejor con tan breve tiempo de formación? Incluso éste o aquél que han podido parecer novicios excelentes, ¿qué van a llegar a ser sin un Director muy fervoroso, viéndose sujetos a las dificultades apenas entrevistas: fracasos en clase, tentaciones, ambiente comunitario mediocre, etc?... Ante el viento de la crítica, por parte de sujetos brillantes, pero poco religiosos, se plantea la puesta en cuestión y la justificación de conductas inadmisibles, etc…

El H. François, contempla también el impacto negativo de un Hermano mediocre sobre sus alumnos: “Los alumnos se darán cuenta muy pronto que los temas de la fe no ocupan el primer lugar en nuestra estima y afecto… Al vernos poco recogidos durante la oración, mudos al tener que responder, poco respetuosos en la iglesia… ¿no se verán tentados de pensar que cuanto les decimos sobre la piedad… sólo es para los niños y que, más tarde, podrán también olvidarlo?” (2).

En 1849, trata de los fundamentos del espíritu de fe. En 1850, el H. François se excusa por no poder ofrecer la continuación. Se limita a algunas exhortaciones y sugiere consejos prácticos. Pero en 1851, vuelve a retomar el tema para decir cómo se debe practicar el espíritu de fe. Debe ser, al menos, uno de los redactores, el que sugiere numerosas jaculatorias y el que indica objetivos concretos: “Consideraremos un deber especial, formar bien a los alumnos para ayudar la santa misa y participar con gravedad y modestia en las ceremonias en las que puedan tomar parte en la iglesia” (3).

Tras el brillante resultado del reconocimiento legal, se podría suponer al H. François nadando en la euforia. Sin embargo y en ese mismo año 1851, se percibe el eco de duras pruebas: “Dios quiere que marche por el camino de la abyección y la humillación, que me ejercite en la práctica de las pequeñas virtudes que crecen al pie de la cruz, según San François de Sales. Jesús me quiere con Él en el Huerto de los Olivos, en Jerusalén, en el camino de la Cruz y en el Calvario. Lo acepto, lo quiero y me comprometo con alegría”. Y añade: “12 de octubre, aniversario” (4).

Este recuerdo del día en que aceptó su cargo, muy consciente de los obstáculos que encontraría en su camino, ¿significa que, de nuevo, se ve aplastado, o que acepta verse así, si así ocurre, en lo por venir? No lo sabemos pero, de todas maneras, ya al año siguiente se vislumbra otra prueba: la del Capítulo General (5) previsto para realizarse en tres sesiones: 1852, 1853 y 1854. Habrá que afrontar un debate democrático. Los principios democráticos son arma de doble filo, pues, como dijo Montesquieu, la república es el régimen de la virtud. Y sin virtud se cae pronto en las concesiones.

La Regla ha de ser revisada y completada, Ahora bien, si el conjunto de los Hermanos vive bien esta vida humilde y austera propia del Hermanito de María, queda siempre el peligro de verse, como en 1829, a merced de religiosos que se quieren emancipar, sacudirse lo que soportan como un yugo. Sin haber descubierto en serio al Señor crucificado, llegan, incluso, a otorgarse la vocación de liberadores de sus Hermanos. Y hasta se puede añadir cierto espíritu de venganza en algunos por no haber sido elegidos capitulares. Para el H. François, el Capítulo debe ser el momento de decirse: No somos discípulos lo bastante fieles. Para otros, la ocasión de atenuar las exigencias de la Regla.

El “Régimen” (es decir, el Superior General y sus asistentes) ha reelaborado nuevo texto de las Reglas comunes completado con la ayuda de las instrucciones y escritos del Padre Champagnat; y un Padre Marista, el P. Lagnier, ha sido encargado de examinarla. Ha aportado gran número de observaciones y, a partir de todos estos elementos, el Capítulo deberá pronunciarse.

El 17 de abril de 1852, aparece la circular de convocatoria para una primera sesión. Destinada a establecer el texto de la segunda edición de la Regla.

Hay tres clases de Hermanos elegibles:

- los antiguos (15 años de profesión) si han sido Directores,

- entre los Hermanos de Saint-Paul y de Viviers, los que eran directores en el momento de la fusión,

- los directores de casas principales, siempre que sean profesos y tengan, al menos, 10 años de comunidad.

Esto supone 68 Hermanos elegibles, de los que sólo 33 serán capitulares, incluidos los tres del “Régimen” (6). Ahora bien, ciertos Hermanos hubieran preferido como elegibles, a todos los Hermanos profesos con 10 años de comunidad, directores o no. Se criticaba también los últimos destinos del año escolar que habían vuelto elegibles a tal o cual Hermano mejor visto por los Superiores. Un Director del Nord hacía, a este respecto, una muy acerba crítica, dirigida, sin embargo, a los responsables. Pero otros no lo hacían con tanta transparencia. En su crítica de las elecciones, evocaban, incluso, el golpe de Estado del 2 de diciembre anterior, como referencia chirriante a un sistema marista considerado poco democrático.

Una segunda circular anuncia el Capítulo para el 31 de mayo; los elegidos deben estar ya presentes el 27 para un retiro preparatorio. La llamada luego sala azul se convierte en sala capitular para las tres sesiones previstas.

Todo se inicia con un tiempo de oración: Veni Creator y misa del Espíritu Santo, luego procesión al cementerio sobre la tumba del Padre Champagnat. Durante la ida se cantan las letanías de la Sma. Virgen y el Inviolata; en el cementerio se lee el testamento espiritual del Fundador; al regreso se canta el Ave Maris Stella. El retiro va a permitir al H. François hacer varias instrucciones sobre la capital importancia de la misión recibida de los electores: “La obra que están llamados a realizar es grande; para llevarla a cabo necesitan abundancia de gracias… María, nuestra Buena Madre, estará entre nosotros, presidirá nuestras reuniones y consejos… para que encuentre Hermanos según su corazón… Renunciemos a cualquier mira humana. Que la regla que vamos a examinar sirva para formar a los Hermanos, para honrar a María y para el bien de la religión” (7).

Pero no todos viven la misma seriedad de espíritu. El H. Avit nos cuenta una escena de comedia de la que fue actor y no muy apreciada por el H. François. Resulta que en una de las primeras sesiones, dedicada al voto de pobreza, los capitulares temen que se quiera instalar en la Regla una forma de renuncia al reloj personal, como sugiere el proyecto. Naturalmente, cada uno es libre de intervenir para explicar que el reloj personal es ya una necesidad. Pero, ¡cómo decirlo? Cualquiera de los miembros del Régimen podría aplastar un argumento demasiado débil. Los ojos se vuelven hacia el H. Avit. Él sabe hablar. Si, por lo menos, pudiera intervenir antes de pasar a la votación…

El H. Avit capta bastante bien el lenguaje mudo que sobrenada en la asamblea. Y va a hacer su numerito:

- “Pido la palabra. (Largo silencio)… Parece ser que algunos quieren conservar su reloj. Se equivocan. No se necesita (silencio)… ni siquiera durante los paseos (silencio). La solución es muy sencilla. Basta que uno de los paseantes lleve el reloj a su espalda con ayuda de tirantes. Se coloca el primero y todos los demás tendrán la hora ante sus ojos”.

Es el propio orador el que lo cuenta. “Esta broma, añade, hizo reír a todos, menos a tres. El Presidente propone la votación y los relojes pasaron a la primera”. Al hacer este relato treinta años más tarde, se siente bastante ufano de su pequeño éxito, pero, sin embargo, quiere manifestar algún reparo: “Los relojes se han multiplicado tanto después, que se ha producido un abuso y que el interesado, (él mismo), ha lamentado haber contribuido a hacerlos aprobar; cierto que la pobre humanidad abusa de las mejores cosas” (8).

Se podría aceptar que el reloj no constituía un abuso. Pero al ceder sobre otros puntos, ¿no se podía entrar en el camino de la facilidad? Veinte años antes, el Fundador había paralizado de forma espectacular esta clase de peligrosa tendencia, imponiendo las medias de tela aceptadas con poco entusiasmo. Uno de los asistentes quiso hacerlas aceptar por el sistema de levantados y sentados y pudo comprobar que sólo pudo mover a unos pocos convencidos. Más valía una votación normal. Ésta demostró que se votaba sí, por veneración al Padre Champagnat, pero no por convicción.

Por otra parte, circularon peticiones contra ciertos puntos de la Regla, inadaptada, según ellos, al mundo actual y que alejaba vocaciones. Dichas quejas no pudieron hacerse a través del Provincial, Padre Cholleton, que acababa de morir. El H. François anunció su fallecimiento con emoción y se pudo apreciar su gran estima por este santo religioso (9). Los fautores de discordia acudieron al Padre Colin quien, por desgracia para ellos, tenía otras preocupaciones: estaba en tratos para adquirir La Neylière (10), finca donde pensaba retirarse tras presentar su dimisión.

Pero quienes pensaban que el H. François era hombre que se dejaba manejar, se equivocaron. Sabe cuál es su responsabilidad: la vida santa de una comunidad que acoge cada vez más vocaciones, pero que no lo hace para llevarlas a la tibieza.

CAPÍTULO 28

1–Esta comparación aparece en sus notas, sobre todo para evocar la locura de Heliogábalo que se entretiene pesando telas de araña en Roma, mientras los enemigos arrasan las Provincias. (304, p. 852).

2 –Circ. 2, 15

3 –Circ. 2, 83.

4 –304, p. 825.

5–El Capítulo General es la reunión de religiosos elegidos por sus Cohermanos y que, durante cierto número de días o de semanas, examinan las cuestiones que se plantean a su congregación y votan las nuevas disposiciones referentes a la Regla, el apostolado, la vida comunitaria, etc.

6–Circ. 2, 103. Todavía durante largos años, no se hablará de Hermanos Provinciales sino de Provincias. La Provincia de l’Hermitage, con sus 200 profesos, elegirá 18 diputados, la de Saint-Paul y la de Aubenas, con 60 profesos cada una, elegirán 5, la del Nord, con 17, elegirá 2.

7–AFM 31 02.002.

8 – H. Avit, Anales, 1852, nº 49 p. 376.

9–“El excelente P. Cholleton falleció el lunes 9 de febrero (1852) a las 8 horas, en la Favorita. Celebró su última misa el jueves día 5 y fue administrado el sábado siguiente. Ese mismo día quiso recitar el breviario y se durmió en el Señor tras una hora de agonía en la mayor calma, mientras se le rezaba la recomendación del alma. Es, con seguridad, un santo más en el cielo, pero un buen Padre menos para nosotros en la tierra… Nos lega una rica herencia de buenos ejemplos, pero, sobre todo, la humildad y sencillez más admirables, una obediencia de niño tras 16 años de Gran Vicario, celo de los más ardientes y desapego total de cualquier cosa. ¡Qué bueno es morir tras una vida así! Nadie se cansaba de contemplar la brillante figura del Buen Padre expuesto en su lecho de muerte… Su entierro tuvo lugar el miércoles 11 de febrero con gran solemnidad. Su Eminencia celebró los funerales y entre 150 y 200 sacerdotes de Lyon lo acompañaron al cementerio con numerosa asistencia. No olvidaremos jamás a este santo Padre que tanto nos amaba, que presidía nuestros retiros, nuestras tomas de hábito y profesiones desde hacía 11 años con tanta bondad y piedad”. Cartas, nº 499.

10–Propiedad situada entre Saint-Symphorien-sur-Coise y Pomeys (Rhône).

CAPÍTULO 29

El título de Superior General

En este mismo período va a cambiar la situación canónica del H. François: de Director General pasará a ser Superior General.

Desde luego, con el reconocimiento legal de la congregación, se convirtió para el gobierno francés en el Superior General de los Hermanitos de María, pues ese mismo gobierno ignora la existencia de los Hermanos Maristas. Pero ahora, es el propio Padre Colin quien va, por decirlo así, ceder su título de Superior General de todas las ramas maristas.

Se encuentra en l’Hermitage el 4 de junio de 1852, es decir, en los primeros días del Capítulo, y nadie tiene la menor idea de lo que va a anunciar. Varios Hermanos toman nota de su intervención y, poco más tarde, tratarán de poner por escrito lo comunicado. Este es el texto resultante aprobado en la sesión del 14 de junio (1).

“Mis queridos Hermanos: os lo tengo que decir, sentía gran inquietud al ver degradarse la salud del Padre Champagnat; no veía claro el futuro de vuestra congregación; pero Dios, que velaba por su conservación, proveyó a todo e inspiró a vuestro piadoso Fundador la idea de hacerse nombrar un sucesor antes de morir. Aunque se dotara de un reemplazante, no ignoráis que me hizo depositario de su autoridad y últimas voluntades. Según esto, hubiera podido interferir en vuestros asuntos, pero entendí ser mi deber dejarlos en manos de vuestro Hermano Superior y sus asistentes; y, ciertamente, no podéis quejaros de su administración, pues han sabido dirigir sabiamente vuestro Instituto.

Comprendo, hijos míos, que en la actualidad, los Padres no pueden, por prudencia, intervenir en vuestra administración. Al no conocer a fondo vuestros usos y costumbres, sólo podrían entorpecer vuestro gobierno.

Tras haber, por largo tiempo, orado y examinado el tema, no me ha parecido factible poner bajo la dependencia de un solo Superior a los Hermanos y a los Padres. La voluntad de Dios se ha manifestado con claridad durante mi viaje a Roma, pues al presentar al Cardenal Protector de nuestra congregación el escrito sobre mi proyecto de unir las dos ramas bajo un mismo jefe, me repitió varias veces las palabras de la Sagrada Escritura: “No atarás juntos al asno con el buey”. Así pues, hijos míos, es voluntad de Dios que tengáis un Superior elegido de entre vosotros, que os gobierne en todo. Haceos muy pequeños y muy pronto invadiréís la tierra.

Esto no significa que rompa con vosotros y que no quiera saber nada de vuestros asuntos; todo lo contrario, no dejaré pasar ocasión alguna de seros útil cuando pueda. Creo que los Padres y los Hermanos han de seguir unidos, y es mi deseo añadir un artículo a nuestra Regla que perpetúe esta unión legado de nuestro común origen”.

Durante el período 1851-52, debió haber un momento de duda y, al hablar del H. François, se decía: Nuestro Reverendo Hermano Superior General. Es muy factible se diera a los Hermanos la directiva siguiente: Para el gobierno francés, el H. François será desde ahora (ad extra) Superior General, pero como (ad intra) el Padre Colin es Superior General de toda la Sociedad de María, al hablar del H. François diremos: Nuestro Reverendo Hermano Superior General.

Tras la intervención del Padre Colin, el Capítulo decide (6 de junio de 1852) llamar desde entonces al H. François: El Reverendo Hermano Superior General

Pero el Capítulo acababa de empezar. El P.Colin, ya de regreso, se encontró numerosas peticiones de Hermanos que pretenden someterle sus quejas. Como ha prometido no desinteresarse de la rama de los Hermanos, escribe una carta al H. François para darle cuenta de un posible peligro de mal espíritu entre estos religiosos de los que tan bien había hablado.

“Lyon, 11 de junio de 1852.

Muy querido Hermano: Recibo en estos momentos, de varias partes, cartas de Hermanos vuestros, algunas muy largas y anónimas. Reclaman:

1º - Más misas y oraciones por los Hermanos difuntos. Se quejan de que no se han puesto en práctica, tras varios años, las Reglas del Padre Champagnat.

2º - Se quejan al ver degradarse la salud de tantos Hermanos jóvenes, y a ver sujetos preciosos morir antes de tiempo. Añaden el grave perjuicio para su congregación y el hecho de que varios párrocos desvían jóvenes de su vocación por la misma causa.

3º - Creen que lo que perjudica la salud, sobre todo de los Hermanos jóvenes, es la falta de tiempo para comer y para cenar y que la comida no es lo bastante nutritiva. Les falta tiempo de recreo, y por lo mismo, el suficiente ejercicio indispensable a su edad, etc…

Veo por estas cartas que sería fácil excitar en la congregación un movimiento de quejas y reclamaciones, lo que debe avivar su prudencia. Recuerde que nuestro primer deber es tomar los medios para conservar la salud de nuestros inferiores; las quejas que provocarían estas negligencias supondrían un terrible golpe para la congregación.

Comunique mi carta a sus dos Asistentes y vean juntos, mientras están en Capítulo, el modo de ceder en algo para dar a la congregación una ligera satisfacción que provocaría feliz resultado. Conoce el interés que siento por ustedes y que me lleva a apresurarme a ponerle sobre aviso. Reciba los sentimientos de afecto con los que soy, Muy Querido Hermano, vuestro muy humilde y abnegado servidor. Colin”.

El H. Avit nos dice que esta carta dejó abatidos a los miembros del Capítulo, ya molestos por las intrigas ocasionadas por estas reclamaciones indirectas.

Es imposible decir qué hubiera hecho el H. François ante semejante situación cuando aún debía tener en cuenta la opinión del Padre Cholleton y del Padre Colin. Pero aquellos lazos ya no existían. A partir de ahora podía tomar sus propias decisiones, como San Pedro en otro tiempo: “El Espíritu Santo y nosotros”, el nosotros eran ahora el Superior y sus Asistentes.

CAPÍTULO 29

1 – AFM 31.O2.030.

CAPÍTULO 30

El reino de los cielos sufre violencia

¿Cuántos Hermanos escribieron dichas cartas? No se sabe. El H. Avit dice que los “Superiores” temían, sobre todo, que los hubiera entre los capitulares. Cree que, en ese aspecto, exageraban el peligro. De todas maneras, el H. François, como antaño el Padre Champagnat, sintió que había llegado el momento de reaccionar, y de forma muy enérgica. Con sus dos Asistentes, van a reflexionar, orar y decidir que hay que dar un escarmiento contra el principal culpable, en ese momento el Director de la escuela de La Valla.

Se llama Hermano Athanase (Jean-Baptiste François-Xavier Neyrard). Nacido en Aubenas, ingresó en el noviciado en octubre de 1837, con 36 años, habiendo hecho “un curso de clase”, probablemente estudios secundarios, “pero no ha podido dar nada”. Hace los votos perpetuos al año siguiente, lo que permite pensar que, tal vez, procedía de una congregación parecida, con el acuerdo de su Superior para pasar a los Hermanos Maristas. En 1852, tiene 51 años. ¿Se ha sentido vejado por no haber sido elegido capitular? ¿Qué tareas ha realizado hasta los 36 años? Son preguntas cuyas respuestas podrían ayudarnos a comprender la sangrienta reprobación y el castigo ejemplar que va a sufrir con una carta, leída en pleno Capítulo, antes de enviársela (1).

El hecho tuvo lugar en la sesión del 14 de junio de 1852. Tras varias explicaciones ofrecidas a los miembros del Capítulo, el Superior comunica la carta dirigida a “un Hermano Director” y por la que le priva “de todos los derechos de los profesos en vida y después de la muerte”.

“Varios miembros del Capítulo se levantan para pedir gracia en favor de este Hermano, pero el Cmo. Hermano Superior explica que, en interés de la congregación e, incluso, del propio culpable, es necesaria una penitencia ejemplar; que se reserva el modo de aplicarla según la conducta que el Hermano adopte en adelante y de las disposiciones que adopte” (2).

Esta carta, claramente dura, no es resultado de una brusca reacción. Es fruto de una decisión: hay que aplastar de raíz estos movimientos de protesta contra todo el trabajo previo realizado por el “Régimen” para establecer la nueva Regla.

La carta fue leída en el momento en que tendrá mayor impacto. Se estaba hablando de los sufragios por los difuntos. Se habían previsto sufragios mucho más importantes para los Superiores, con mayores responsabilidades y riesgo de juicio más severo. Al margen de esta visión teológica, hay que evitar que degenere en bizantinismos y que transcurran las horas hilando demasiado fino como, de hecho, está ocurriendo. Los “Superiores” observan que si los capìtulares se dedican a poner pegas en todos los detalles no se podrá avanzar.

El hecho es que el H. François eligió ese momento para leer la carta redactada la víspera. En efecto, lleva fecha del 13 de junio y, en apariencia, nada tiene que ver con el tema del debate.

Mi querido Hermano:

Estoy muy apenado y afligido al enterarme de su comportamiento y de las cartas que ha escrito con ocasión de la convocatoria para el Capítulo General. Los Hermanos Asistentes comparten mi pena e indignación en este punto. En efecto, su conducta no es la propia de un religioso sumiso, dócil, respetuoso y obediente que reconoce la voz y la autoridad del Señor en sus Superiores y evita con cuidado lo que pudiera contrariarlos y escandalizar a quienes les están sujetos; se diría, por el contrario, que el ángel rebelde le ha seducido y que la serpiente infernal le ha comunicado su aliento emponzoñado y su mortal veneno. Sus cartas están llenas de mentiras y calumnias; excitan a la murmuración, al desprecio de la autoridad, a la insubordinación, la intriga, las facciones, el cisma, incluso a la revuelta en la Sociedad.

Pero lo que más me duele, es que no parece dispuesto a la enmienda y a reparar el mal realizado; he sabido con fuerte carga de dolor y sufrimiento que, lejos de aprovechar la reprimenda, la corrección y avisos recibidos, ha continuado hablando y escribiendo del mismo modo que antes, lo que denota obcecación, tozudez y obstinación, aunque prefiero pensar que hay más bien falta de cabeza y de criterio, por no decir falta de razón. Veo que hay varios Hermanos que comparten este sentimiento por piedad y compasión hacia usted y que desean y piden que no se le trate como merece.

Por todo esto y tras haber reflexionado, de acuerdo con los Cmos. Hermanos Asistentes, hemos resuelto, para mantener intacta la autoridad que nos ha sido confiada, reparar en lo posible el escándalo y prevenir las consecuencias de tamaña falta, privarle desde ahora: 1) de todos los derechos de los Hermanos profesos, 2) de toda voz activa y pasiva, 3) de todos los sufragios concedidos a los Hermanos profesos difuntos. Ya no podrá llevar la cruz de profesión.


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