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Frère françois


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2) Mezcle la oración con todo lo que haga. Rece estudiando, en el recreo, en público y en particular, en la cama, en la mesa, en clase, en todas partes y para todo.

3) Antes de cada ejercicio de piedad, recuerde con insistencia la presencia de Dios; ofrezca el ejercicio por una intención especial; propóngase hacerlo lo mejor posible; pida esa gracia; renuncie a las distracciones.

4) Durante la oración guarde la compostura” (10).

Y prolonga ampliamente esta exhortación sobre la oración que convierte en un pequeño discurso adaptado a alguien que debía haberse abierto a él en alguna entrevista.

En otra ocasión cita el caso de Santa Jeanne de Chantal que “sufrió tentaciones terribles del infierno, hasta el punto de que sólo el pensamiento de la muerte le producía algún alivio. San François de Sales, que la conocía bien, decía que era como un músico sordo que, aunque cantaba de forma excelente, no encontraba en ello ningún placer: “Debéis servir a vuestro Salvador, le decía, sólo por amor a su voluntad, en la privación de todo consuelo y en medio de un diluvio de tristeza y espanto” (11).

El H. François tiene sus propios proverbios: “la miseria es la madre de la inventiva”. La situación de hundimiento, de no poder más, nos incita a pedir ayuda y a encontrar medios para luchar y vencer.

Está muy convencido de estas verdades religiosas y psicológicas y, como son verdades ya experimentadas por él, las ofrece, aunque no todas sean evidentes para sus comunicantes. “Cada vez que el diablo le tiente, ríase de él, escúpale a la cara”. “Haga al punto un acto de amor a Dios y distráigase con alguna ocupación seria o divertida. Ocúpese, diviértase como si careciera de tentaciones. De esta forma será agradable a Dios” (12).

¿Tal Hermano es difícil de formar? Si se trata de una verdadera vocación, hay que tener paciencia: “Para dominar a alguien lo más sencillo es despedirlo y adiós problema; pero eso no supone paciencia, ni valor, ni celo, ni verdadera caridad. El valor supone no desesperar nunca cuando se trata de formar a un Hermano, la paciencia es soportar sus defectos hasta el extremo, el celo está en procurar su enmienda por todos los medios posibles, la caridad está en amarlo pese a sus defectos, en rezar por él, dirigirlo, animarlo, intentarlo todo para mantenerlo en su vocación y en la virtud, para que, si a pesar de todo, la pierde, no seamos culpables de su sangre ante Dios” (13).

Hay que exigir la Regla, desde luego, pero también saberse adaptar ante un joven difícil. “Al pretender volverle exacto, obediente y humilde con demasiada prisa se le puede convertir en negligente, murmurador y arrogante” (14).

Y lo que es cierto para los Hermanos, lo es también para los alumnos. “Hay que dar a cada cosa que tengamos que decirle la importancia justa que debe tener (15). Antes de dar un aviso o una reprensión, decir más con el corazón que con la boca: “¡Dios mío! Amo a este Hermano (o a este niño). Que todo sea calentado con el fuego de la caridad y endulzado con la suavidad para suprimir la crudeza o la amargura, como dice San François de Sales” (16).

Para adaptarse de forma inteligente a las malas cabezas, el H. François cita este caso de la guerra de Crimea donde dos soldados reciben un castigo inteligente. Molestos por tener que hacer la guerra, rompieron el fusil. En vez de mandarlos al consejo de guerra, el general los condenó a montar guardia, en una emboscada, sin otra arma que un palo hasta que pudieran reemplazarlo por un fusil capturado a los rusos. A la mañana siguiente tenían los dos su fusil. (17)

Dicho de forma más general, lo que se necesita es ser un buen padre para los alumnos: “Para acertar con los alumnos hay que hacerse amar y respetar. Cuando los niños aman al Hermano que está con ellos, se sienten contentos y felices con él y no quieren ocasionarle disgustos; cuando lo respetan, su presencia los mantiene en el orden y modera su ligereza y disipación naturales. Para hacerse amar hay que amar; estar entre ellos como un padre con sus hijos. Tienen que sentirse amados, que hay interés por todo lo que les sucede, salud, penas, alegrías, trabajo, diversiones, y… demostrarles que uno está contento con ellos y sólo busca su bien espiritual y temporal” (18).

El final del curso escolar 1849-50 lleva al H. François a una sobrecarga de correspondencia. Si, de forma habitual, es él el enfermo, ahora son los dos asistentes quienes necesitan reposo, por problemas de salud.

El H. François procura, pues, hacerse todo para todos con sus Hermanos. De cada uno, héroe o débil, trata de obtener todo lo posible para que el grupo crezca en santidad y favorecer así el crecimiento espiritual de cada uno.

CAPÍTULO 25

1 – Inventado en 1829.

2 –11 p. 194.

3 –11 p. 428.

4 –11 p. 428.

5 – 11 p. 467.

6 – 11 p. 504.

7 – 11 p. 494.

8 – 310 p. 345.

9 – 310 p. 378

10 – 11 p. 491.

11 – 11 p. 490.

12 – 11 p. 497.

13 – 11 p. 509.

14 – 12 p. 718.

15 – 302 p. 89.

16 – 301 p. 147.

17 – 310 p. 361.

18 – 12 p. 582.

CAPÍTULO 26

Hacia el reconocimiento legal (continuación y final)

Parece llegado el momento de obtener este reconocimiento legal anhelado desde hace mucho tiempo. Hay que volver a Paris y seguir el itinerario de esta causa que debe superar toda una serie de obstáculos. El H. François la describirá en una conferencia.

Empieza hablando del pasado, de los esfuerzos del Padre Champagnat, sobre todo de 1836 a 1838, para pasar después a la lucha, vivida personalmente, y a la acción de la Providencia que vuelve favorables a los ministros sucesivos (1).

El Sr. Villemain (1842 sobre todo) estaba bien dispuesto, pero razones políticas le impidieron dar su acuerdo pleno. A partir de la Segunda República, el Sr. de Falloux estaba firmemente decidido cuando la enfermedad interrumpió sus funciones. El Sr. de Parieu retrasó la autorización para asegurar el éxito cuando la ley sobre la enseñanza estuviera plenamente en vigor.



Retomamos, pues, las gestiones los primeros días de 1851. Antes, fue una gracia de la Providencia que llegáramos a Paris en 1849, cuando se preparaba la nueva ley sobre la enseñanza, pues, gracias a nosotros, se insertó en esta ley la disposición que facilita el reconocimiento de las asociaciones religiosas (2) dedicadas a la enseñanza como de utilidad pública, como nos lo confirmó con claridad Mons. Parisis, entonces obispo de Langes, el Sr. Conde de Montalembert y el Sr. Pillet, jefe de división.


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