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Frère françois


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2 – La ley de 1825, sólo habla de las comunidades femeninas.

3 – Si, por el contrario, se aplica a las asociaciones de hombres, está por completo a nuestro favor, pues dice: “La autorización será concedida por ley a las congregaciones no existentes el 1 de enero de 1825. Respecto a las ya existentes el 1 de enero de 1825, la autorización será otorgada por decreto real.

Ahora bien, la instrucción del 17 de julio siguiente, sobre aplicación de esa misma ley, explica de forma positiva que sólo se trata de una existencia de hecho. Dicha existencia, para nosotros, se remonta a 1817; nuestra sociedad tenía 50 miembros en ejercicio y 20 en el noviciado en 1824; puede, pues, en los términos de la ley precitada, ser autorizada por decreto real.

4 – Ninguna asociación caritativa de Hermanos, en favor de la Instrucción primaria, existe si no es por decreto real” (2).

Todo este alegato legal prueba que al H. François no se le puede responder cualquier cosa. Se ha de observar también que la ley Guizot de 1833, establece la libertad de la enseñanza primaria y sólo impone a los maestros las condiciones de moralidad y capacitación.

1841 es el año en que Montalembert se lanza al ataque con la firme voluntad de obtener la libertad de toda la enseñanza contra el monopolio de la Universidad. El ministro Villemain trata, pues, de abrirse un camino entre estas reclamaciones y las presiones contrarias de su entorno. Tiene prejuicios (3) pero hay que reconocer que está dispuesto a hacer todo lo posible en favor de los Hermanos Maristas.

El 18 de septiembre, el prefecto de la Loire dirige al ministerio la petición anual de su Consejo general en favor de esos mismos Hermanos. El ministerio acusa recepción el 14 de octubre. Veintiocho escuelas en la Loire y un Consejo general totalmente a favor es algo que merece reflexión. En diciembre, el Sr. Baud, diputado siempre tan a favor de los Hermanos que ya en la época del Padre Champagnat, envía al H. François una información bastante alentadora, comunica: “Si el ministro se ha retardado un poco, es porque ha querido presentar su informe sobre el estado de la enseñanza primaria en Francia para preparar la opinión a la emisión de una nueva ordenanza”. Pero, en realidad, su proyecto para conciliar universidad y enseñanza no será aceptado.El 19 de marzo de 1842,hay otras peticiones del prefecto de la Loire en favor de los Hermanos Maristas, pero finalmente se adopta otra solución. En efecto, ley o decreto real, el gobierno no quiere ni una ni otro para reconocer una nueva congregación, ni aunque ésta adopte el nombre de asociación caritativa. Siempre la misma excusa, como en tiempos del Padre Champagnat: está en preparación una ley sobre las asociaciones (4); ínterin, no se puede reconocer una nueva asociación. Esta clase de respuesta se remonta a 1834, año de la segunda revuelta de los canuts en Lyon.

Éstos habían obviado la ley que prohibía las reuniones de más de 20 personas, agrupándose en unidades de 10, y habían logrado, a una señal convenida, formar un ejército de miles de obreros desfilando desde la Croix-Rousse a Bellecour. Desde luego, el Padre Champagnat y luego el H. François podían alegar que una asociación religiosa nada tenía que ver con una insurrección, pero el gobierno disponía de una buena justificación para su rechazo. Por otra parte se estaba en una fase de reconstrucción cristiana que asustaba a los liberales volterianos. Dom Guéranger había logrado hacer reconocer a los Benedictinos en 1837, Lacordaire emitía los votos de Hermano Predicador en 1840, y, vuelto de Italia a Francia, empezaba a predicar con sotana blanca; los Jesuitas, puestos al margen bajo el piadoso Charles X, volvían a La Louvesc retomando la evangelización de las Cevennes, como antaño San François Régis, y, uno de los suyos, el Padre de Ravignan, predicaba en plena catedral de Notre-Dame de Paris.

De todas maneras, Villemain acepta comprometerse en favor de los Hermanos, el 1 de abril de 1842, y responde al Sr. Mazelier: “Me ha hecho usted el honor de escribirme para solicitarme, en unión con los Hermanos de María que esta Sociedad sea unida legalmente al Instituto de los Hermanos de la Instrucción Cristiana de la diócesis de Valence y que la nueva congregación sea autorizada a tener escuelas en todo el Reino. La extensión que usted solicita no es admisible, pero vuestro Instituto unido al de los Hermanitos de María podría sin dificultad ser autorizado a dedicarse a la enseñanza en el departamento de la Loire cuyo Consejo general ha manifestado en varias ocasiones el deseo de…”.

No era el equivalente de un decreto real. Se trataba de una carta privada, pero podía servir ante un inspector benevolente que la podría considerar como una autorización por lo menos oficiosa.

Villemain se había visto empujado por los Sres. Baude y Dugas, miembros los dos del Consejo general de la Loire que podían explicarle el entusiasmo unánime de dicho Consejo respecto de los Hermanos Maristas (5).

Una vez realizada la fusión de los Hermanos de l’Hermitage con los de Saint-Paul, y, algo más tarde con los de Viviers, se podría decir que los miembros de la nueva congregación dispondrían de una zona de apostolado extendida por los departamentos de la Drôme, Isère, Hautes-Alpes, Ardèche, Haute-Loire y la Loire donde poder evitar, más o menos legalmente, los 6-8 años de servicio militar a la espera del decreto definitivo que llegaría en 1851.

CAPÍTULO 15

1 – En una congregación no reconocida, hay que pagar también enormes derechos de sucesión cuando un Hermano fallece y ha hecho testamento en favor de la casa.

2 –Circ. 1 p. 346.

3 –Padecerá una crisis de depresión mental manifestada por una jesuitofobia que le obligará a dejar el ministerio. Una vez superada, tendrá una notable carrera como escritor.

4 –Desde el código penal napoleónico de 1810, el artículo 291 prohibía las asociaciones de más de 20 personas; y los sindicatos, asociaciones profesionales, no serán reconocidos por ley hasta 1884. Puede decirse que las congregaciones religiosas reconocidas entre estas dos fechas son una benévola excepción.

5 –11 p. 198.

CAPÍTULO 16

Historia de la congregación del Sr. Mazelier

Nos hemos anticipado un poco al anunciar el feliz resultado de la unión de los Hermanos Maristas con otras dos congregaciones similares. Se trata de ver ahora cómo se produjo esta doble fusión. Veamos primero una pequeña historia de cada una de estas fundaciones.

Los Hermanos de la Instrucción Cristiana de Valence son un proyecto del Sr. Fière, vicario general de Mons. De La Tourette, obispo de Valence. El Sr. Fière había sido un notable resistente frente a la Revolución y, disfrazado, llegó a ponerse en contacto con el papa Pío VI, prisionero en Valence, donde murió en 1799.

Como otros eclesiásticos, tras la revolución pensó en crear “escuelas pequeñas” y reunió en su casa a varios jóvenes que podrían llegar a ser Hermanos. El grupo es mediocre, pero hay en él un excelente sujeto, Louis Bouteille, que recibirá el nombre de Hermano Paul (1).

Dicho joven había ya pensado en hacerse trapense cuando fue movilizado en 1813 y 1814 para las guerras del final del Imperio. En ellas se sintió visiblemente protegido por la Sma. Virgen, como relata él mismo: “Aunque el enemigo me disparó varias veces a bocajarro y vi caer a mi lado a muchos de mis compañeros, salí indemne”.

Desertó durante los Cien Días, escapó de forma milagrosa a los gendarmes, pudo llegar a su casa y se hizo maestro durante 4 años. Al final de ese tiempo, un día se vio sorprendido por una inundación, trató de cruzar el río a lomos de un mulo con otro joven. El mulo cayó en un pozo y, esta vez Louis Bouteille, sin saber nadar, está seguro de que ha llegado su última hora.

Se encomienda a la Sma. Virgen y hace voto de hacerse religioso si salva la vida. Acaba por encontrarse en la otra orilla sin saber cómo. Lleno de agradecimiento, se arrodilla, da las gracias a quien le acaba de salvar y promete vivir sólo para Dios.

Marcha hacia la Trapa de Aiguebelle, pero piensa, de pronto, que sería bueno consultarlo con su obispo. En el obispado de Valence sólo encuentra al Sr. Fière, éste le comunica su proyecto. Es el 12 de septiembre de 1823. Ahora bien, el Sr. Fière acaba de obtener un decreto, el 11 de junio del mismo año, que hace de sus Hermanos una especie de sucursal de los del Sr. de La Mennais (Hermanos de Ploërmel) para los departamentos adscritos a la Academia de Grenoble.

El Sr. Fière cree, con razón, que la Providencia le envía la primera piedra para su obra. Louis Bouteille tiene, en efecto, todas las disposiciones necesarias: “Sr. Fière, estoy a su disposición, haga de mí lo que desee; cuanto menos siga mis gustos, más seguro estaré de hacer la voluntad de Dios; importa poco que el camino a seguir sea más o menos agradable a la naturaleza; lo importante es que me conduzca hasta el cielo donde, a cualquier precio, quiero llegar”.

El Sr. Fière aloja a Louis Bouteille en su propia casa, y, en noviembre-diciembre empiezan a llegar postulantes. En febrero de 1824 son ya 17. El Sr. Fière los confía al Sr. Brun, párroco de Peyrins, pero la solución no satisface. En ese momento, Saint-Paul-Trois-Châteaux se presenta como una posibilidad interesante. Hay allí un antiguo convento dominico ofrecido casi por nada. Bastaría comprar una o dos parcelas de terreno para estar más cómodos, pero en conjunto es una buena solución. El H. Paul conduce al grupo el 15 de octubre de 1824 y toman posesión del lugar. Como el H. Paul ya tiene experiencia de la enseñanza, se abre la escuela de Saint-Paul el 8 de noviembre. El párroco, Sr. Solier-Lestang, está encantado y desearía entregarse por completo a estos aprendices de religiosos pero carece de tiempo. ¡No importa! El Sr. Fière tiene un primo, el Sr. Mazelier, profesor de retórica en Romans, su país natal, y que aceptaría el encargo. Será nombrado párroco a la muerte del predecesor, el 6 de febrero de 1827. Los ingresos de párroco son necesarios para mantener a la comunidad, pues esos jóvenes aún no son capaces de hacer la clase, aunque el problema del diploma apenas inquieta en una congregación legalmente reconocida.

El reglamento es bastante austero: un artículo señala la hora de levantarse a las cuatro y media. Pero hay otro que supone una concesión ruinosa para la vida de comunidad: el Sr. Fière ha prometido dejar cada año 100 francos de peculio a todos los que tengan salario de enseñante. Ahora bien, el Sr. Mazelier ha gastado ya 2000 francos de su fortuna personal para enjugar parte de las deudas y necesitaría que hicieran todos el máximo de economías. Además, esta idea del peculio es del todo contraria a los principios de la vida religiosa.

El Sr. Fière, que ha sufrido mucho los golpes de la revolución de 1830, especialmente violenta en Valence, muere el 28 de enero de 1831, tan santamente que Mons. Devie llegará a decir: “No rezo por él, le invoco”. El Sr. Mazelier irá a consultar al Sr. Vernet, vicario general de Viviers, a propósito del peculio, y decidirá luego cortar por lo sano, pues es bastante evidente que muchos de sus Hermanos carecen del espíritu religioso. “Oigo que no os falta de nada, dice a la comunidad, pero os lo digo con toda claridad, retiro la promesa de cien francos anuales que se os hizo y debréis renunciar a ellos si queréis perseverar en vuestra santa vocación.”.

La decisión es muy mal acogida. Durante esa semana 8 de los Hermanos se retiran y tres o cuatro muy poco después. Al final sólo quedan dos o tres. Descorazonado, el Sr. Mazelier se dirige al H. Paul: “¿Qué piensa hacer ahora que casi todos sus compañeros le han abandonado?” - “Voy a pedir a Dios que me envíe otros que sean más constantes y más fieles”. Y, en efecto llegaron otros, pero la perseverancia no fue buena. Se puede incluso hablar de alternancias varias veces repetidas de esperanza y abatimiento. El Sr. Mazelier habría querido ver al Sr. J.M. de La Mennais tomar a su cargo su congregación pero, a 800 km de distancia era algo muy poco realista.

Y precisamente entonces, conoce al Padre Champagnat y a los Hermanos Maristas. Estamos en 1835: “Nosotros tenemos Hermanos, dice el Padre Champagnat, ustedes tienen un decreto: juntos podríamos hacer algo” (2). Un amigo del Sr. Mazelier, el Sr. J. Bellier encuentra perfecta la organización de los Maristas. Ha podido conocer l’Hermitage. Incluso estuvo allí por la muerte del Padre Champagnat. Poco antes, el obispo de Valence, Mons. De La Tourette, muere también. Le sucede Mons. Chartrousse, compañero de estudios del Sr. Bellier. Obvia decir que hizo cuanto pudo para convencer al nuevo obispo de que la citada unión era altamente deseable. Así pues, se puede prever que no sólo los Hermanos de l’Hermitage puedan pasar en Saint-Paul el período de riesgo de ser llamados a filas, sino también que los Hermanos de Saint-Paul puedan enseñar en las escuelas de l’Hermitage. Recibirían su compromiso decenal de manos del H. François, Director general, cuyo título oficial sería: Director de los Hermanos de la Instrucción Cristiana. Éste transmitiría el compromiso al rector de la Academia de Lyon quien, de esta manera, se acostumbraría a ver la casa de l’Hermitage como un noviciado de las dos congregaciones, siendo Superior oficial el Sr. Mazelier.

Desde luego y en realidad, tanto en Saint-Paul como en l’Hermitage, están todos de acuerdo para que la autoridad real sea el H. François. El propio Sr. Mazelier le pide nombre un Hermano de l’Hermitage como director de Saint-Paul.

La dificultad de la diferencia de hábito sería irrelevante, pues ya en tiempos del Padre Champagnat se había suscitado para los Hermanos al servicio de los Padres Maristas y él la había juzgado sin importancia. La diferencia de nombre exigiría una pequeña adaptación.

Desde octubre de 1841, el H. François nombra al H. Jean-Marie (3) Director de Saint-Paul. Era un verdadero santo que nuestro analista, H. Avit, consideraba en exceso conciliador. Pero su aparente debilidad era verdadero espíritu de conciliación y contribuyó mucho más a la unión de lo que se hubiera logrado con la firmeza. En marzo de 1842, la fusión será firmada por los dos consejos de l’Hermitage y Saint-Paul, por el P. Colin, el cardenal de Bonald y el obispo de Valence.

Los Hermanos de Saint-Paul eran unos 40. Habían fundado las escuelas siguientes: Châteauneuf d’Isère, Le Puy-Saint-Martin, Saint-André de Roquepertuis, Saint-Paul-les Romans, Montélier, Rochegude, Batjac, Rivière, Séhon-Saint-Henri, Saint-Paul-Trois-Châteaux, Eyragues, Courthézon, Tulette y Chaumont.

El texto de la fusión (4), fue puesto a punto por el H. Louis-Marie quien, tras largas conversaciones, supo consignar cuanto se había debatido. Se tuvo en cuenta la sensibilidad de los Hermanos de Saint-Paul “se evitará que sean trasladados fuera de su diócesis sin causa grave”, pero se dice también claramente: “Los Hermanos de la Instrucción Cristiana, con el consentimiento de su muy digno y respetable Superior, se constituyen bajo la dependencia y autoridad del Superior general de los Padres de la Sociedad de María, autoridad y dependencia que los Hermanos de María reconocen y consideran, según pensamiento de su piadoso Fundador, como la base de su congregación”.

El conjunto de la deliberación es muy hábil e, incluso si la redacción es debida a un solo hombre, también es cierto que todos los puntos habían sido deliberados y rezados para que nada quedara ambiguo y que los posibles conflictos posteriores no fueran debidos a imprecisiones o equívocos subsistentes.

Uno de los artículos aprobados prevé la fundación de escuelas en cada diócesis en proporción de los postulantes recibidos.

Por otra parte, las diferencias de concepto en el gobierno que pueden tener los Hermanos de Saint-Paul obligan a un estudio que, poco a poco, cristalizará en las Reglas de Gobierno. Por ejemplo, algo que desea Saint-Paul es lo que más adelante se llamará un Provincial. Es decir, un jefe local relativamente independiente del centro y que conozca a fondo su mundo. El concepto de los Superiores de l’Hermitage es más centralista: además del Director general, existen los asistentes que recorren las casas, pero que son hombres del centro, residentes en el centro y que no son fácilmente abordables. Hay también visitadores, más próximos pero que tienen, además de la responsabilidad de una escuela, otras preocupaciones y que corren el riesgo de efectuar visitas demasiado rápidas.

De todos modos, si todos los puntos de acuerdo no eran perfectos, lo esencial estaba asegurado y el H. François, quien junto con el H. Jean-Baptiste había asistido al retiro de Saint-Paul pudo escribir: “Todos han adoptado con alegría las Reglas y usos de l’Hermitage y 15 de sus Hermanos principales han emitido los votos perpetuos” (5).

Esto predisponía a una gestión posterior: pedir el reconocimiento oficial de los Hermanos Maristas por la autoridad romana.

CAPÍTULO 16

1 – Su vida está incluida en “Biografía de algunos Hermanos” p. 63 y ss.

2 – Champagnat, Vida, ed. 1989, p. 187.

3 – La biografía del H. Jean-Marie fue publicada en un volumen aparte: Biographie du Frère Jean-Marie, par un Frère Mariste (¿Hermano Noël?).

4 – Circ. 1 p, 530-533.

5 – 11 p. 228.

CAPÍTULO 17

Otra fusión: los Hermanos de Viviers

La congregación de los Hermanos Maristas se va a acrecentar con la aportación de otra familia religiosa. Si antes fueron Saint-Paul y la Drôme, ahora serán Viviers y l’Ardèche los atraídos por los Hermanos Maristas. En este departamento, muy religioso, el Señor Vernet, vicario general, encontró una fundadora, Marie Rivier, muy pequeña de estatura pero dotada de un prodigioso espíritu de decisión y de indiscutible santidad. Funda en Bourg-Saint-Andéol las Hermanas de la Presentación de María y abre escuelas a ritmo acelerado.

Pero en la vertiente masculina, el Sr. Vernet no encontró el equivalente y los Hermanos fundados por él se limitan a vegetar. Supo aprovechar sus buenas relaciones y consiguió un decreto, el 20 de marzo de 1825, reconociendo legalmente su congregación para el departamento de l’Ardèche y otro, el 29 noviembre de 1829, para la Haute-Loire: pero las vocaciones vienen y van sin aportar nada estable.

El obispo de Viviers, Mons. Guibert, es hombre notable que llegará a ser arzobispo de Paris. En junio de 1842, realiza una demanda de unión y propone, ya de entrada, hacerla sobre el modelo realizado entre l’Hermitage y Saint-Paul. El H. François se toma un margen de reflexión, pues debe esperar el regreso de Roma del Padre Colin. Necesita también la aquiescencia del P. Cholleton que enseguida se muestra de acuerdo. Las negociaciones se reanudan al año siguiente, en marzo de 1843. El obispo es favorable a la idea de un noviciado en La Bégude, cerca de Aubenas, y hasta entrega 10000 francos para ponerlo en marcha.

Las condiciones del acuerdo son estudiadas por el H. François y sus Asistentes. El punto más complicado es encontrar un buen maestro de novicios que sea, al mismo tiempo y como en Saint-Paul, hombre de unión entre el centro y el sector, es decir, con los Hermanos que, tal vez, se hallen a la defensiva respecto a la fusión. Mons. Guibert vuelve a la carga en marzo de 1844, ansioso de ver realizada la unión. El nombre del conjunto podría ser: Hermanos de María de la Instrucción Cristiana, lo que ya había sido acordado con Saint-Paul. Localmente se seguiría diciendo: Hermanos de la Instrucción Cristiana de Viviers. Los Hermanos de este sector formarían una provincia de la “congregación general”. El acuerdo preveía también que el H. François nombraría un Hermano Director Provincial “para gobernar bajo su autoridad la casa de noviciado y los demás centros de la citada Provincia”.

Si se le llama Director provincial y no sólo Provincial es, sencillamente, porque el poder pleno se reserva a los Asistentes, pero sin pretender hacerles jueces de todos los problemas locales. En una carta, que debe ser de 1844 o 45, el H. François responde lo siguiente a un director para cambios en su personal: “Sírvase dirigirse directamente al Hermano Director provincial de La Bégude quien, con mejor conocimiento de vuestra posición respecto a los Hermanos y a la situación de su escuela, podrá servirle como usted desea”.

El acuerdo será firmado el 15 de abril de 1844 (1) y el H. Louis Bernardin se convierte en Director provincial y maestro de novicios. Es, pues, responsable de un grupo de 40 Hermanos y de una veintena de postulantes. Los efectivos son débiles y no siempre estables, pero, poco a poco, el sector se va convirtiendo en una importante Provincia marista. Por el momento, aporta como dote una docena de escuelas: Montréal, Le Cheylard, Largentière, Thueyts, Le Teil, Saint-Remèze, Quinténas, Serrières, Jonas, Notre-Dame de Bon Secours, Valvignière y Saint-Désirat.

La muerte del Fundador, Sr. Vernet, en 1843, hace más fácil la fusión. Para él suponía un fracaso, frente a una congregación que había criticado cuando se estaba implantando, 20 años antes, en Boulieu y Vanosc, del mismo departamento de l’Ardèche.

Mientras tanto, ya desde el primer retiro que sigue a la fusión, el H. François expresa su alegría al P. Colin, tanto más cuanto el retiro ha sido predicado por un Padre Marista, el P. Barthélemy Épalle (2); “Creo que el P. Épalle os ha dado a conocer los hermosos frutos producidos por el retiro de La Bégude y el de Saint-Paul-Trois-Châteaux. El de la Bégude, sobre todo, ha sobrepasado nuestras esperanzas. El buen P. Épalle ha sabido mover tan bien los espíritus que, desde los primeros días, se ha operado un cambio admirable. Quienes antes eran algo más que indiferentes se han mostrado los más ardientes en solicitar el permiso de entregarse para siempre a la Sociedad”.

… “El capellán, Sr. Géry, sacerdote diocesano amigo de los Hermanos, ha colaborado también muy activamente en este retiro y es el primero en alegrarse de tan buen resultado” (3).

El año 1844 veía, pues, a los Hermanos Maristas establecidos en tres grandes sectores: l’Hermitage, St-Paul y La Bégude con 200 profesos. 171 Hermanos de votos anuales, 126 novicios y 75 postulantes. Se añadían dos embriones en torno a Vauban (Saône et Loire) y a St-Pol-sur-Ternoise (Pas de Calais) y 9 Hermanos en Oceanía. Había, pues, muchas razones para alegrarse.

Incluso había que frenar entradas efectuadas sin el suficiente discernimiento. Se podían recibir algunos postulantes que, tras cumplir los 12 o 13 años nada podían aprender en una escuela primaria. Si de verdad tenían cualidades, tiempo habría de examinarlos antes de admitirlos al noviciado a los 16 años. Pero, sobre todo, había que seguir a los chicos con motivaciones serias para entrar, observar su comportamiento en el mundo del trabajo en el que tendrán que entrar y, si sus padres son honestos y religiosos, la familia podía ser un buen prenoviciado. Había que tener en cuenta si el candidato podía pagar. Pues muchos a duras penas podían sufragar los dos años de noviciado, lo que exigía contraer demasiadas deudas en las casas de formación.

Una carta de 1845 traduce el pensamiento del H. François a este propósito (4): “Comprenderá perfectamente, dice a un director, que no podemos hacernos cargo de un niño de 13 años en las condiciones que usted propone. A esta edad, la vocación es aún muy dudosa y puede ser fruto de sentimientos pasajeros y de algunas impresiones sin futuro. Hay que dejarla madurar, tanto más cuanto en este caso se trata de recibir al pequeño de forma gratuita, a menos de obligar a la madre a desprenderse de sus bienes… Al pertenecer a una familia virtuosa, su madre lo cuidará y no se echará a perder (=junto a ella no perderá el ideal), o bien lo podrá colocar en una buena casa hasta que tenga la edad requerida para ingresar en el noviciado”.

El H. François tiene ahora la experiencia suficiente para ver que no todos tienen como él una vocación decidida desde los 10 años.

Por otra parte, al tratarse del pueblo de Saint-Geoir, cree que el ambiente es sano: “Parece ser, dice, que la Sma. Virgen ha escogido en Saint-Geoir algunas plantas jóvenes para su jardín; habrá que cultivarlas con cuidado, pero no trasplantarlas demasiado pronto”. La comunidad también es buena y capaz de atraer: “Con los Hermanos que tiene, su escuela puede ser modelo de regularidad y una reunión de familia de santos”.

El noviciado prepara a los candidatos serios y permite señalar a los “ruiseñores”, como los llama el H. Avit, cuya vocación es inestable: cantan durante una sola estación. Se vio, en efecto, que las decisiones de comprometerse por voto están lejos del número de tomas de hábito: en 1841, 18 profesiones para 54 tomas de hábito; en 1842, 36 para 58; en 1843, 32 para 77; en 1844, 49 para 99. Es algo perfectamente normal. Al H. Bonaventure y a los demás maestros de novicios no les asusta poner a estos últimos frente a las exigencias de la vida religiosa. El tiempo de noviciado, o sea de contacto profundo con Dios, puede ser también, para un futuro padre de familia, excelente iniciación para una buena vida cristiana en condiciones ordinarias, como atestigua el sacerdote Sylvain Legros, hijo de un antiguo novicio: “Mi padre, pese a sus 14 años de servicio militar, era muy piadoso; asistía cada día a la misa y comulgaba regularmente todos los días… Leía la Imitación de Cristo. Cada tarde, oración en común. Lo que soy, decía, se lo debo a mis maestros de Vauban” (5).

CAPÍTULO 17

1 – Todos los documentos relativos a esta fusión se encuentran en Circulares 1, p. 543 y ss.

2 – Hermano mayor de J.B. Épalle que acababa de ser consagrado obispo para Mélanésie-Micronésie y morirá mártir al año siguiente. Fue también hermano de Julienne Épalle, mujer entre los muy buenos testigos en el proceso de beatificación de Marcellin Champagnat.

3 – 10 p. 276 (octubre o noviembre de 1844).

4 – 10 p. 324.

5 – P.S.V. p. 656.

CAPÍTULO 18

Los Hermanos y la Sociedad de María

Al tiempo que se consolidaba la unión de los Hermanos de l’Hermitage con los de Saint-Paul, en 1842, los Padres Maristas tenían un capítulo general para poner a punto las Reglas de la Sociedad, y el Padre Colin se preparaba para salir hacia Roma y pedir a la Santa Sede la aprobación de dichas Reglas.

Ahora bien, los Hermanos no podían olvidar la insistencia del Padre Champagnat moribundo sobre la unión de las dos ramas: Padres y Hermanos. El 19 de abril de 1842, éstos hacen una gestión para ponerse de nuevo bajo la obediencia más directa del Padre Colin. Los HH. Jean-Baptiste y Louis-Marie se presentan al Capítulo de los Padres con una súplica: “… Muy Queridos y Reverendos Padres… Los Hermanos os suplican humildemente y os conjuran por la caridad de Jesús Cristo que rebosa en vuestros corazones:

1º - reconocer en este día y sancionar de manera solemne y definitiva, en vuestra congregación (1) general, su unión con vosotros en una sola y misma Sociedad y su dependencia absoluta de su Superior general, tal y como la suponen y expresan los votos religiosos que emitís.

2º - solicitar para ellos la aprobación de la Iglesia, en el único sentido de esta unión y dependencia, de modo que no tengan que pedir una autorización particular, sino que sean reconocidos de forma conjunta con los Padres, como miembros de la Sociedad de María, y formar una única Sociedad con ellos, bajo un solo y mismo Superior general.

3º - con este fin, establecer todas las Reglas y Constituciones que creáis necesarias o útiles (2)”.

El punto 2 es especialmente importante, dada la curiosa situación en que se halla la congregación de los Hermanos. No se puede decir que sea diocesana, pues está ya en gran número de diócesis. Tampoco es de derecho pontificio, puesto que la Santa Sede sólo reconoce la rama de los Padres Maristas. En realidad este hecho no le impide vivir, ya que el trabajo de los Hermanos no es como el de un sacerdote diocesano cuyo lugar de destino depende de su obispo. Puede verse afectado por la exigencia de un obispo que pide abrir una escuela o cerrar otra, pero esa situación se podría dar también en una congregación de derecho pontificio. Se trata más bien, para alguien espiritual como el H. François, de sentirse Iglesia y, en su caso, disponer de apoyo y recurso en caso de litigio: la Santa Sede nos reconoce con una constitución aprobada y nosotros queremos ser fieles en cumplir nuestro pequeño papel según el don recibido del Espíritu por nuestro Fundador. Más adelante veremos la gran devoción al Papa manifestada por el H. François durante su estancia en Roma.

Nada obligaba a los Hermanos a realizar esta gestión. Los Padres quedaron muy impresionados y manifestaron su conformidad. Los dos delegados podían, pues, retirarse “henchido el corazón de santo gozo y dulce esperanza”.

El punto tercero muestra también que los Hermanos tienen total confianza en los Padres para modificar, en su caso, la Regla dada por el Padre Champagnat.

En mayo de 1843, el H. François presenta una petición escrita que el Padre Colin llevará a Roma. Éste planteará el problema a partir de la realidad misionera de los Hermanos. Destinados primero a las escuelas del mundo rural, luego a los huérfanos, los Hermanos trabajan ya con los Padres en las misiones confiadas por la Santa Sede a la Sociedad de María. Desde luego, es sólo una fracción mínima la que se ocupa de este apostolado, pero entre esos Hermanos hay sujetos de gran valor.

El primer mártir marista, el P. Pierre Chanel, vivió todo el tiempo en Futuna con el H. Marie-Nizier (3), auténtico discípulo de Marcellin Champagnat. ¿No sería factible, a partir de este tercer apostolado (ayudar a los Padres en las misiones), hacer aceptar también los otros dos (escuelas rurales y los huérfanos), para reconocer la rama de los Hermanos como se ha reconocido la de los Padres?

De hecho, el cardenal Castracane (4) no será más favorable a la unión en 1843, de lo que lo había sido diez años antes cuando se presentó la primera petición. El Padre Colin y el P. Cholleton, van a aflojar poco a poco los lazos que unían a Padres y Hermanos y dejar al H. François gobernar la congregación con total independencia. Continuaron interesándose en los problemas más generales, como en las conversaciones con los Hermanos de Viviers. Pasaron así nueve años y, en el Capítulo general de los Hermanos, de 1852, el Padre Colin hará la última gestión diciendo, de parte de la Santa Sede, que las dos congregaciones, unidas con los mejores lazos de amistad, debían organizarse con total y recíproca independencia.

Sin embargo y por largo tiempo, el H. François buscará mantener alguna forma de unión. Trata de obtener un capellán marista para Beaucamps; expresa su pesar porque, dos años seguidos los retiros de Saint-Paul y La Bégude no han sido predicados por un Padre Marista: “Los Hermanos se creerán casi olvidados si también este año se ven obligados a sufrir la misma privación” (5).

A su debido tiempo, veremos más detalle sobre esta evolución.

CAPÍTULO 18

1 – Congregación general: término equivalente a Capítulo General.

2 – Ver Vie du T.R.P. Colin p. 417 (ed. De 1895). Citado en el Bulletin de l’Institut nº 189, p. 368 y ss.

3 – Joseph Ronzon, Biographie du Frère Marie-Nizier (J.M. Delorme). Imprenta des Monts du Lyonnais. 69.850 St-Martin-en-Haut.1995.

4 – Castracane degli Antelminelli, nacido en 1799, es secretario de la congregación de la Propagación de la Fe en 1838. En 1833 era secretario de la congregación de Obispos y Regulares. Bajo este título es el relator del dossier de los Maristas y hace serias reservas sobre la pluralidad de las ramas de esta nueva familia religiosa. En 1842, sigue viendo dificultades para la unión de los Padres y los Hermanos bajo un mismo Superior general. Se lo dice al Padre Colin y lo repite al Padre Épalle en 1844. Muere en 1852. El H. François no se relacionará, pues, con él en 1858, sino con su sucesor: Mons. Bizzarri. (Ver Anales, 1836, nº 131, pag. 113, N.T.)

5 – 11 p. 465.

CAPÍTULO 19

Trabajar con mala salud

Hubo muchos progresos durante estos 4 o 5 años, pese a la salud, verdaderamente deplorable, del H. François. El 12 de marzo de 1843, su aniversario de nacimiento, segundo domingo de cuaresma, día en que la Iglesia propone la contemplación de Tabor, anota: “valor redoblado”, pero poco después debe aceptar que este valor es impotente contra la realidad que le diagnostica: “congestión cerebral, dolor de estómago, neuralgia, debilitamiento general; ¡vaya estado para un superior!” (1) El médico ha debido examinarlo y le ha comunicado el resultado. En este período su diario se reduce notablemente, pues ni siquiera puede mover el brazo.

¿Cuánto tiempo estuvo sin poder escribir? Anota que ha podido volver a escribir en enero de 1844; se ha rezado mucho por él, sobre todo a San José, pues escribe: “San José, nuestro querido patrono y protector poderoso, nos ha socorrido maravillosamente” (2). Recupera poco a poco las fuerzas durante el año 1844, pero en diciembre, hace o hace hacer una novena a María Inmaculada y nota nueva mejoría, pues califica la novena como “milagrosa” (3).

Repite que el Señor quiere hacerle vivir en un estado de debilidad y evoca a San Pablo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”, y anota la cita: 2 Co 12,9.

Vemos también en una de sus cartas esta frase del Padre Champagnat que los exégetas llamarían “hapax” porque no se encuentra en ningún otro sitio y que va un poco en el mismo sentido: “Dios permite que, al emprender una obra, no podamos prever las penas, las molestias y los obstáculos que nos va a causar, porque nos desanimaríamos y el bien se quedaría sin hacer” (4).

Tres hacen más que diez, escribe, cuando Dios participa y lo hace siempre cuando nos quita los medios humanos y nos coloca en la necesidad de tener que hacer algo superior a nuestras fuerzas”.

Anota también esta frase de Bossuet: “Cuando Dios quiere hacer ver que algo es obra suya, empieza por reducirlo todo a la impotencia y a la desesperación, y luego actúa”. Con su habitual humildad acepta, pues, su situación de enfermo, pero ve en ello un signo de que habría que adaptar las tareas de los tres elegidos y dar a uno de sus dos asistentes la función de vicario general encargado de la administración y gobierno de la congregación.

Tras varios años de experiencia de una salud alternando siempre mejorías y recaídas, y aunque el año 1845 haya sido en este aspecto algo mejor, se decide a escribir una carta a los Hermanos más antiguos para pedirles con toda humildad su consejo.

Nuestra Señora de l’Hermitage, agosto de 1846 (5):

Mi muy querido Hermano,



La debilidad de mi salud y el agotamiento de mis fuerzas me obligan a delegar un poco el detalle de la administración exterior y del gobierno general de la Sociedad, para ocuparme más especialmente de la dirección interior, de las Constituciones, etc… Para ello, necesito disponer junto a mí de un Hermano que pueda representarme en caso de necesidad, atender la correspondencia necesaria, sea con los HH. Directores, o con las demás personas, en una palabra, encargarse del detalle de todos los asuntos de la congregación. No es que quiera suprimir mis contactos con los Hermanos, ni retirarme del gobierno de la Sociedad, sino, al contrario, ocuparme de ello de forma más ventajosa.

Tras haber reflexionado mucho ante el Señor, rogado y hecho rogar con este fin, le pido su opinión y le comprometo a decirme, en el menor plazo posible, cuál de los Hermanos Asistentes o de otros Hermanos profesos antiguos juzga usted ser el más capaz para realizar la carga que deseo confiarle (6). Verá usted que es un asunto muy serio y merecedor de toda su atención; por eso he querido escribirle, conociendo el tierno interés que se toma para contribuir a la prosperidad de la Obra de María, a la que está usted especialmente llamado a concurrir de manera especial; pero le obligo a un secreto inviolable sobre esta gestión y deseo que los votos permanezcan secretos tanto en el presente como en el futuro. Soy, con mi respetuoso afecto, etc…”.

¿A cuántos hermanos envió la carta? Desconocemos si provocó respuestas escritas u orales. No era fácil hacer propuestas que no fueran de tipo general. Por otra parte los Hermanos podían pensar que las cosas no iban tan mal. Y el Padre Colin, de paso durante el verano de 1845, decía a su regreso en Belley: “¡Ah, Señores, cuánto me han edificado estos buenos Hermanos. Vienen hacia ti, te abren su corazón con franca sencillez, sin segundas intenciones… Para los que son como ellos se abre el cielo” (7). Y había dicho, en más de una ocasión, que quería retirarse a l’Hermitage, tomar el hábito de Hermano y ser enterrado en la tumba del Padre Champagnat (8). Los Hermanos podían, pues, pensar que, aún en la fuerza de la edad, el H. François cumplía la tarea encomendada y lo hacía bien.

Su petición de ayuda produjo, al menos, un resultado: los dos asistentes se sintieron más obligados a apoyar a su Superior. El H. Jean-Baptiste lo dirá en un capítulo de su libro Sentencias, libro editado en 1868, si bien evocando una situación anterior.

“El H. François, dice, enfermo casi siempre y en la imposibilidad de actuar, se ve en la obligación de dejar todo el peso de la administración a los asistentes quienes se dividen el trabajo, dirigen a los Hermanos, solucionan los problemas con espíritu de unidad tan perfecta y con tal abnegación de sí mismos, que la autoridad del H. François, lejos de debilitarse fue creciendo y que los Hermanos apenas si se dieron cuenta de que se iba retirando y sólo actuaba a través de sus asistentes” (9).

Algo de esto tuvo que ocurrir, incluso si hubiera podido chocar a alguien menos humilde. Pero los dos asistentes no podían llegar a todo. El H. Louis-Marie estuvo varias veces enfermo (10), y, además había cargado con otra tarea considerable: la composición de una gramática ya terminada en 1845, pero que hubo de completar con un libro de ejercicios. En cuanto al H. Jean-Baptiste, también enfermo con frecuencia, añadía a su trabajo de administración y animación el de preparar numerosos volúmenes pedagógicos o espirituales. Parece haberse dado cuenta de que su ritmo debía ser moderado e introdujo una especie de corrección en su libro Biographies de quelques Frères, del mismo año: “El H. François, dice, se distinguió siempre por un fuerte atractivo hacia la vida oculta, el espíritu de oración y de unión con los misterios de Nuestro Señor. Por ese medio se ha elevado al grado de virtud que admiran todos en él y que ha proporcionado tantos beneficios al Instituto. Convertido en Superior, deja, en general, a sus asistentes las tareas de la administración; les encarga tratar los asuntos con los hombres, mientras él, con los brazos elevados hacia el cielo, se ocupa de tratarlos con Dios y de obtener las gracias y bendiciones, causa principal del desarrollo y de la extraordinaria prosperidad del Instituto.” (11). El H. François se preocupa muy poco de lo que piensan de él… Su preocupación es hacer, con su poquita salud, cuanto Dios le pide. “Dios mío, con tu gracia haz de mí un Hermano según tu corazón, aplicado en todos mis deberes, preocupado sólo por mi empleo, gimiendo bajo el peso de mi cargo, llevándolo con valor, como teniéndoos que rendir cuentas, pensando sólo en vos, temiendo sólo a vos” (12).

Sí, es un verdadero modelo de unión con Dios, no tan solo en la capilla o en la sala de rezos, sino en todas partes. Durante un retiro posterior (1851), ha destacado este hermoso texto que se corresponde muy bien con la experiencia de toda su vida: “Cuando se adquiere la hermosa costumbre del recogimiento, del fervor y de la vigilancia sobre sí mismo, resultan también familiares y poco costosos, como lo son para una persona bien educada, la modestia, la discreción, las buenas maneras, las atenciones, el comportamiento honesto, etc… que tan molestos resultan a quienes han vivido siempre de forma libre, grosera y rústica. Los asuntos no sufrirán menoscabo por esta circunspección, si es bien aplicada; al contrario, irán mucho mejor. Pues nadie es más previsor, más exacto, más regular que quien controla los asuntos sin dejar que ellos le controlen y se controla a sí mismo en paz” (13).

CAPÍTULO 19

1 – 301 p. 51.

2 – 301 p. 51.

3 – 301 p. 52.

4 – 13 p. 54.

5 - Ponty p. 149.

6 – Y añadía en un P. S.: sírvase poner su opinión en el reverso de esta carta y reenviármela.

7 - Memorias Mayet II p 277.

8 - Mayet, suplemento I p. 46.

9 – ALS p. 413.

10 – Un testigo, el H. Vérissime, recordó que “en 1846, el H. Louis-Marie sufrió un ataque que a punto estuvo de llevárselo. El H. François bajó a la capilla y se postró en adoración ante el Santísimo Sacramento, rezando por el enfermo. Al volver el peligro había desaparecido” (P.S.V. p. 59).

11 – Biographies, p. 30.

12 – 303 p. 524.

13 – 304 p. 813.

CAPÍTULO 20

Administración o animación

El problema del H. François es, pues, dejar algo de lo que supone administración para ser más modelo y consejero. En efecto, las tareas administrativas amenazan con acapararlo en exceso si no va con cuidado. Muchos novicios, muchas peticiones y fundaciones. Las escuelas ya existentes ven aumentar sus efectivos, lo que impone crear nuevas clases. Jóvenes ya insertos en el mundo del trabajo y que no han ido a la escuela desean tener cursos nocturnos. Es lo que piden en Saint-Médard los granjeros del Sr. Thiolière para sus criados. ¿Cómo negárselo a la familia Thiollière, gran bienhechora de los Hermanos desde los tiempos del Padre Champagnat? Pero al mismo tiempo, hay que proteger la salud de los Hermanos y defenderlos del activismo. Su vida no debe ser ni ociosa ni demasiado cargada. El H. François acepta una hora de clase nocturna, pero sabe que debe encontrar una solución para que la vida comunitaria recobre, cuanto antes, su ritmo normal.

Los munícipes de Sury quieren, por ejemplo, una clase suplementaria, pero por sólo 100 francos de aumento de prima. Se estudiarán las posibilidades pero no se accederá con esas condiciones.

Los problemas económicos son más de una vez inquietantes. “La falta de dinero se hace sentir, escribe el H. François a un Director. El H. Louis-Marie está asustado por el déficit de los ingresos del año. Por su parte, el H. Jean-Marie clama miseria. No sé cómo saldremos adelante. Tome sus medidas para no hundirnos más… Un industrial generoso nos daba el hierro para fabricar las camas. Ahora ya no es gratis… Pero seguimos contando con la Providencia. Esperamos que no nos falte. El pasado es garantía del porvenir siempre que seamos fieles” (1).

Pero no se trata de adoptar cualquier solución. Un Director ha previsto hacer intervenir al preceptor oficial para cobrar los recibos en una escuela de pago: “Me temo que añada usted un nuevo problema… (El preceptor) necesitará listas. Tal vez, se presente en las clases… Molestará a los padres, quienes, por su parte, presentarán quejas, más o menos fundadas, contra los Hermanos. Visto lo cual, creo que lo mejor será seguir como hasta ahora” (2).

Para obtener dinero se puede, como en Saint-Paul, vender un elixir de flor de naranjo; se podría, también, criar gusanos de seda. El H. François no se opone a esas soluciones. Por su parte, propone al noviciado de Saint-Paul economizar en la compra de camas. Desde Givor, l’Hermitage le enviará, por el Rhône, camas de hierro conseguidas a mejor precio en la región de Saint-Chamond (3).

A medida que la congregación va creciendo, ya hay 110 escuelas en 1844-45, el problema se complica. Los postulantes pagan poco y salen caros. A los fundadores de escuelas se les recuerda, de vez en cuando: “La prima para la casa-madre (1500 francos el primer año, 800 los años siguientes) nos es imprescindible para la admisión de novicios y la educación de los que no pueden pagar la pensión; el número es muy elevado, casi la totalidad” (4).

Los sacerdotes y los obispos nos son favorables. Envían candidatos, pero, a su vez, solicitan abrir escuelas y hay que aceptar algunas de estas exigencias. La historia del párroco de Bouillargues es un caso extremo, pero muestra que no siempre es fácil resistirse. Estamos en 1843. El Sr. Carle, párroco de este pueblo grande del Gard, ha decidido tener Hermanos. Se presenta en l’Hermitage e, inmediatamente, da a entender que no se moverá de allí sin la promesa firme de que los Hermanos Maristas abrirán una escuela en su pueblo. Se le dice que no es posible. Hablan, Cae la noche. No hay más remedio que ofrecerle una habitación. Una vez que tiene la habitación, su determinación va en aumento. Asiste a las comidas, pasa otra noche. ¿Qué recursos pueden tener gentes del “norte” frente a un meridional estrafalario?

De todos modos, tendrá que marchar el sábado para decir la misa en su parroquia… Pero, en realidad, el domingo por la mañana sigue allí. Por educación, se le invita a celebrar la misa mayor. Acepta, pero, llegado el momento, anuncia: “No hay Hermanos, no hay misa mayor”. ¿Quién tenía que ceder? Parece ser que fue le H. Jean-Baptiste, pues el H. François le dijo: “Pues bien, usted irá allí para hacer la cocina”. Y así fue. El H. Jean-Baptiste añadirá a su función de asistente el empleo de catequista y cocinero, al menos por algún tiempo. Se cuenta que el párroco, a escondidas, iba a escuchar al muy notable catequista, quien, por otra parte, mejoró mucho su salud en aquel clima muy saludable (5).

El párroco de Bouillargues manifestaba de manera algo chusca su estima por una escuela de Hermanos; el de La Prugne lo hacía de forma heroica, yéndose a dormir a una casucha en ruinas para dejar el presbiterio a los Hermanos.

En otras partes sucedía lo contrario: había que insistir con un párroco que se olvidaba de pagar. Un alcalde, Dios sabe por qué, ponía dificultades para aceptar el juramento del compromiso decenal (6). Todos estos problemas exigen mucha correspondencia con párrocos, alcaldes y administraciones. Si, por el contrario, el H. François pudiera dedicarse a la animación espiritual de los hermanos, significaría que, por su ejemplo, sus visitas y sus cartas los podría formar para ser hombres religiosos, modelos a su vez para los alumnos. ¿No sería un objetivo más importante?

Como modelo, el H. François era visto, incluso por los menos fervorosos, como un ideal difícilmente imitable, pero indiscutible. Un simple hecho, ulterior, todo hay que decirlo, lo muestra en toda en su pura verdad. Lo cuenta un Hermano de Bellegarde-en-Forez. Lo conoce por un amigo laico, Félix Meiller, de 40 años. Éste sube al tren. Entra en un compartimento donde encuentra a un Hermano Marista con quien le gustaría trabar conversación. Pero el Hermano tiene la vista baja, dando la impresión de estar rezando. El hombre no puede conversar, pero pasará todo el tiempo observando a este extraño viajero que en ningún momento ha levantado la vista. Es el descubrimiento de su vida: “No, nunca había visto cosa semejante. Luego supe que se trataba del Superior general de los Hermanos Maristas”. En cierta ocasión, el H. François escribirá: “La modestia continua y perpetua en la postura y el comportamiento es más penosa para la naturaleza que la disciplina y el ayuno” (7).

Ahora bien, si deja la parte administrativa de su trabajo, ¿cuál será su animación espiritual? Visitar con más frecuencia las comunidades, aumentar el número de sus cartas y recibir con más frecuencia a los Hermanos para lo que se llama la cuenta de conciencia, tarea prevista para el Superior y sus asistentes.

Él mismo precisará, en una circunstancia, cómo debe hacerse esta “dirección”, medio por excelencia para evitar los escollos más graves, gracias sobre todo, a una práctica muy firme de la discreción. Da la explicación por preguntas y respuestas.

-“¿Qué cuenta hay que dar al Hermano Director en las escuelas? Hay que decirle de qué manera hace usted los ejercicios del día, las dificultades que encuentra, los defectos que observa y los medios que emplea para actuar bien.

-En cuanto a los pensamientos y tentaciones contra la santa virtud son del ámbito del confesor y del Superior; el Hermano Director no puede exigir, ni siquiera permitir la manifestación sin autorización especial del Superior

-Pensaba que bastaría manifestarme al confesor. El confesor debe conocer su conciencia para dirigirla y sus pecados para darle la absolución. Pero el Superior debe conocer su conducta, sus disposiciones, sus tentaciones… para dirigirle, destinarle en el lugar más adecuado y hacerle evitar las ocasiones de perderse; sólo él puede darle una dirección continuada” (9).

Naturalmente, un joven, incluso si es de familia excelente y no ha tenido serios problemas morales, puede, por ejemplo, descubrirse una naturaleza claramente homosexual o sencillamente, debido a causas circunstanciales (ambiente con niños jóvenes), sentir atracciones que le inquieten. El problema será entonces encontrar remedio con una muy gran apertura a un Superior que le inspire confianza. La carta siguiente corresponde en todo a este problema. “En la situación en que se encuentra, le aconsejo: 1º- Mantenga una apertura completa hacia su confesor y los Superiores. 2º- Si siente afecto particular hacia un niño, no le permita acercarse a usted ni se acerque a él sin absoluta necesidad. 3º- No lo toque más que a los demás, ni en las manos, ni en la cara, ni en ningún otro sitio. 4º- Si ese niño se encuentra cerca de usted, trate de encontrar un motivo para alejarlo. 5º- No lo mire nunca fijamente. 6º- No hable más familiarmente con él, ni en clase ni en el recreo. 7º- No se ocupe especialmente de él ni piense en él voluntariamente. 8º- Trátelo como a los demás, e incluso con más severidad. 9º- Pida al Señor que le preserve del mal y de toda ocasión de mal y que le ayude a salir victorioso de todas las tentaciones. 10º- Póngase bajo la protección especial de la Sma. Virgen, de San José y de los santos ángeles. En fin, escríbame de nuevo dentro de algunos días” (10).

El Sr. Mazelier, apoyándose en los consejos de Mons. Chatrousse, obispo de Valence, y del Sr. Vernet, vicario general de Viviers, daba sencillamente esta directiva: “Sed inexorables para despedir por el pecado contra natura. De ordinario, no se corrigen si permanecen en contacto con niños”.

Pero entre la tentación y el acto, la distancia es grande. Por eso es imprescindible el acompañamiento espiritual y psicológico, con un posible cambio de empleo o, al menos, traslado de escuela, con toda la discreción posible.

El H. François sabe que no trata con ángeles y que los seres de carne y hueso pueden llegar a ser santos por la piedad y la humildad. Por otra parte hay precauciones materiales que pueden evitar los peligros: rechazar en lo posible las comunidades de menos de 3 Hermanos. Por una parte, imponen un trabajo demasiado exigente y, por otra, ofrecen menos seguridad desde el punto de vista moral. Es esta una de las razones para rechazar en la medida de lo posible, los internados, como escribe al canónigo Robitaille (11): “Tenemos grandes dificultades al tratar de buscar Hermanos para dirigir casas donde los niños están continuamente con ellos, lo que sólo conviene a un reducido número. Por eso fundamos los menos internados posibles para no exponer demasiado a nuestros Hermanos” (12).

No hay más remedio que aceptar algunos internados, como ayuda financiera para una escuela con pocos recursos, pero siempre por no haber más remedio, pues en una época en que los niños no tenían fines de semana, ni siquiera domingos en familia, los Hermanos de esos internados carecían de momentos de ocio entre sí.

De todos modos, se puede afirmar que el acompañamiento espiritual del mayor número de Hermanos es tarea muy exigente para la que el H. François tenía un carisma especial.

Antes de su dimisión, casi nunca llegará a distribuir perfectamente los dos elementos de su tarea: animación y administración, pero, en todo caso, tenía una filosofía muy justa del Superior ideal.

Si, antes de llegar a ser Superior general, se le pudo acusar de ser en exceso meticuloso, se dejó convencer luego para actuar de forma distinta. Incluso es difícil encontrar mejor elogio de la subsidiaridad que el expresado en uno de sus cuadernos: “Uno de los mayores defectos en los que puede caer el superior de una gran casa es el de aplicarse demasiado a los detalles. Un Superior debe gobernar escogiendo, formando y dirigiendo a los que trabajan con él. Debe ser informado de todo y saberlo todo para poder ejercer un verdadero discernimiento. Es gobernar maravillosamente escoger y dedicar, según sus talentos, a los hombres que emplea. Ha de observarlos, probarlos, moderarlos, corregirlos, animarlos, educarlos y, a veces, cambiarlos de lugar y tenerlos siempre en acción cuidándolos. Querer controlarlo todo por sí mismo, es desconfianza y pequeñez. Para proyectar grandes designios, se necesita un espíritu libre y reposado…

Hay que pensar con comodidad, en un desapego de los temas espinosos… Quienes gobiernan por los detalles están siempre determinados por el presente sin extender sus miras hacia un futuro lejano… Los Superiores que trabajan, que despachan la mayoría de los asuntos, son los que menos gobiernan… El Superior es aquel que, aparentando no hacer nada, hace que todo se haga, que piensa, que inventa, que atisba el porvenir, que analiza el pasado, que compara, que resuelve, que decide…, que prepara de lejos, que se yergue sin cesar para luchar contra las dificultades… En una palabra, un verdadero Superior sólo debe realizar las cosas que ningún otro puede hacer por él” (13).

Esta conducta parece inspirada en el modelo jesuítico, que anota en otro lugar: “San Ignacio estaba lejos de querer aprobar la conducta de los Superiores que quieren serlo todo en sus casas, como si ocupar un lugar elevado diera la capacidad de estar por encima de los demás”. “Pero, nota el biógrafo del santo, todo estaba tan bien coordenado que, en su tiempo, en toda la Compañía sólo había un Superior; el gobierno de varios era tan uniforme que parecía ser el de uno solo” (14).

Los dos textos del H. Jean-Baptiste antes citados parecen mostrar además que el H. François supo realizar el ideal de subsidiariedad. Un testigo del proceso de su beatificación cita también otro texto del H. Jean-Baptiste: “El H. Louis-Marie y yo, somos tan solo dos niños al lado del Rvdo. H. François: gracias a las luces que el Espíritu Santo comunica a su preciosa alma, encuentra con facilidad solución, incluso, ante las mayores dificultades” (15).

CAPÍTULO 20

1 – 11 p. 339 (1845, ¿agosto?).

2 – 11 p. 351 (1845).

3 – 11 p. 121 (1843).

4 – 13 p. 45.

5 –La historia está referida en los Anales del H. Avit, p. 245, nota 22. Varias cartas del H. François aluden a este pueblo y al beneficioso efecto de su clima. (p. e. 11 p. 82). El H. Jean-Baptiste se encuentra allí en 1843.

6 –(No existe la correspondiente explicación a esta nota en el original. N.T.)

7 –Este excelente control de sí mismo se asemeja, mutatis mutandis, a la experiencia de Gandhi, de quien Pierre Monchanin pudo decir que “jamás en la historia de la lndia y, tal vez, en la historia humana, se vio semejante victoria del espíritu”. “El cara a cara con Dios, escribe Gandhi, sólo es posible por las restricciones autoimpuestas en la alimentación, en el pensamiento y en las palabras”. ¿Se podrá reprochar a un Superior general cristiano la adquisición del control de sí mismo que un jefe de Estado no cristiano llegó a conseguir?

8 – El Superior general y sus asistentes.

9 – 307 p. 491-92

10 – 11 p. 482.

11 – El canónigo Robitaille era párroco de Saint-Paul-sur-Ternoise cuando el P. Champagnat abrió la escuela.

12 – 13 p. 106.

13 – 304 p 799-800.

14 – 301 p. 113.

15 – P.S.V. p. 624 (citado por el H. François de Borgia, asistente general, que no conoció al H. François, pero ofrece el testimonio de algunos Hermanos antiguos que prefirieron darlo a través de él).

CAPÍTULO 21

Un monasterio y escuelas en la lucha cotidiana

En nuestro tiempo aún se oye, a veces, la pregunta: la vida de un Hermano ¿ha de ser la de un monje? En cualquier caso, tal y como se vivía en tiempo del Padre Champagnat y del H. François, la vida en l’Hermitage es la de un monasterio y, en las escuelas, la vida es, globalmente, monástica, como lo era la de las demás congregaciones de enseñanza.

El H. François nos cuenta cómo la concibe: una ruda penitencia equivalente a los ayunos y maceraciones de los monjes. “Tiene usted, escribe a un Hermano, una disciplina de 70 cuerdas (sus alumnos) y dos veces al día está obligado a darse golpes durante más de tres horas… Tiene que hacer ayunar su lengua cuando le gustaría hablar, y hablar hasta cansarse. ¡Pero no! Hay que contenerse, hacerse violencia para rezar, y esto varias veces al día. No, no necesita ir a la Trapa” (1).

En noviembre de 1845, recordará que para visitar otra escuela, se necesita permiso del Superior si la distancia supera los 6 km… Y sin embargo, son salidas a pie, por ejemplo el jueves por la tarde, día de asueto. Sin duda, se teme que estas visitas sean motivo de pequeños extras y se llegue a una vida menos austera. Se teme, también, que en un medio obrero, muy poco protegido por leyes sociales y donde la jornada de trabajo es demasiado larga, el hecho de ver a tres o cuatro Hermanos pasearse una parte del jueves sea muy criticable para los obreros, aun sabiendo que el oficio de maestro es, como dice el padre Champagnat al alcalde de Bourg-Argental, “el más ingrato y penoso oficio para un ciudadano”.

El H. François recordará, en una instrucción, que el P. Champagnat nunca quiso organizar peregrinación alguna a Valfleury. También aquí, había que pensar en la extrañeza que hubiera provocado el hecho de ver a 20 o 30 Hermanos con sotana atravesar Saint-Chamond y suscitando mordaces comentarios. Desde luego, hay que pasar del qué dirán, pero sin ser inútilmente provocativos. Cuando el Padre Champagnat va en peregrinación a Valfleury, lo hace solo: es un ejercicio de penitencia y oración, como ir a la Louvesc. No es hacer turismo.

Sin embargo, austeridad no quiere decir tristeza y, si hay un buen motivo para hacer fiesta, no hay por qué evitarla, máxime si se trata de una fiesta religiosa, como es el caso de este mismo año 1845. El pequeño Épalle de 1815, catequizado por el seminarista Champagnat y convertido en obispo misionero, acaba de ser consagrado en Roma. Vuelve de la Ciudad Eterna con reliquias de personajes de las catacumbas, descubiertas en las excavaciones. L’Hermitage recibirá las de San Prisciliano, mártir romano del s. IV.

El 17 de junio de 1845 va a ser, pues, un día de fiesta extraordinaria cuyo relato, muy completo, se puede ver en el anexo 2 escrito por el H. François. Es una ocasión para estimular a multitud de fieles y, tal vez, a personas indiferentes que acuden como espectadores en una fiesta. Desfilarán la orquesta de Saint-Chamond, una coral numerosa y el talento oratorio del Padre Séon. O sea, espectáculo variado, estético y religioso a la vez, en un mismo día. Una vecina, la Sra. Sauzéon, dirá sobre las ceremonias de l’Hermitage que “eran fiestas que hablaban a los ojos y al corazón, más que las otras”. La fiesta del 17 de junio de 1845 era excepcional, las demás celebraciones eran más tranquilas.

Semanas después, una circular anunciaba la reimpresión del repertorio de cánticos para uso de las escuelas, cuya primera edición se había hecho, sin duda, en tiempos del Padre Champagnat. El canto es siempre un medio de comunicar emociones y contribuye a la educación religiosa de los niños.

En 1846, en su felicitación de Año Nuevo, el H. François vuelve a insistir en el espíritu de humildad y modestia. Desde luego, se manifiesta contento de los progresos realizados por el Instituto, pero siempre con una reserva: “No os prodiguéis al exterior, no multipliquéis las visitas sin necesidad, ni siquiera a las escuelas de vuestro distrito; pues, con frecuencia, se pierde mucho tiempo y, en vez de edificar, se escandaliza”.

Resultaría fácil criticar estas directivas. Pero vale más situarlas en el contexto de la vida religiosa de su tiempo que está más fuera del mundo que insertada en él. Cuando el autor de la Imitación de Cristo escribe: “Cada vez que estuve entre los hombres, volví menos hombre”, cita a un autor latino no cristiano, es decir, con una sabiduría muy relativa respecto al Evangelio, pero que, como el propio Evangelio o la carta de Santiago, invita a la contención en las palabras.

El H. François puede apoyar su exigencia de austeridad en las visitas sobre una referencia más reciente: el párroco de Ars cuando habla de la falta de vida interior compensada por la facundia excesiva. “Lo que pierde a los sacerdotes (el H. François añade: y a los Hermanos) es el visiteo. De acuerdo que se vaya de vez en cuando a visitar a un cohermano para edificarse, recibir buenos consejos, ¡pero sin entretenerse! Lo que nos impide ser santos es la falta de reflexión. No se interioriza. No se sabe qué se hace. Se precisa reflexión, oración, unión con Dios. ¡Oh! Desgraciado el sacerdote sin vida interior. Pero tenerla exige tranquilidad, retiro y silencio”. (4).

El mundo de la diversión en el que vivimos puede apenas comprender tales pensamientos. Sin embargo, el párroco de Ars y el H. François tienen un gran precursor en Pascal cuando deplora la miseria del hombre con frases célebres: “Toda la desgracia del hombre proviene de una sola cosa que es no saber permanecer en una habitación” (Pensamiento 139, en Brunschvicg). “Lo único que consuela nuestras miserias es la diversión y, sin embargo, es la mayor de todas ellas. Pues es la que más nos impide pensar en nosotros mismos… La diversión nos divierte y nos lleva insensiblemente hacia la muerte” (Pensamiento 171).

Bernanos defiende aún con más virulencia “esta vida interior contra la que conspira nuestra civilización inhumana con su delirante actividad, su furioso anhelo de distracción y la abominable disipación de energías espirituales degradadas, por donde se diluye la substancia misma de la humanidad”. (5)

En cualquier caso, el hecho de que la austeridad de la Regla marista haya sido realmente vivida en la época del H. François queda demostrado en el testimonio siguiente: “Cuando fui destinado a Boën-sur-Lignon, todo se hacía como en el noviciado”.

Esta vida ligeramente enclaustrada no debe afectar al celo. En los inicios de la congregación, sólo frecuentaban nuestras escuelas hijos de agricultores para quienes el curso finalizaba con la Pascua. Pero ya en la segunda mitad de siglo, por el contrario, y en las ciudades pequeñas, son hijos de comerciantes, obreros, etc… que desearán un curso más largo.

¿Habría, pues, que fomentar la asiduidad escolar? El H. François plantea la cuestión y la resuelve con un ejemplo:

Un buen párroco decía a un Hermano: aunque sólo tuviera un alumno, hágale bien la clase. Un H. Director siguió el ejemplo a la letra e hizo realizar todos los ejercicios de la clase a un solo alumno, como hubiera hecho con cincuenta durante todo un mes: respondía él mismo en las oraciones y en el rosario que llevaba el alumno según el reglamento”.

El celo se manifiesta, sobre todo, por una catequesis bien hecha, pero sencilla. El H. François se acuerda de que el Padre Champagnat fue, en La Valla, más catequista que predicador, incluso para los adultos. Cuenta también la historia de otro párroco que nunca subía al púlpito. Su obispo envió un misionero a la parroquia para ver qué es lo que pasaba. “Grande fue la sorpresa de éste al encontrar a los feligreses muy instruidos en religión y capaces de responder a cualquier pregunta. Ya de vuelta, fue a ver al obispo. Éste se apresuró a pedirle noticias. Estoy muy contento, respondió el misionero y he encontrado la parroquia en muy buen estado”. “¿Cómo es posible?”, replicó el obispo. “Es cierto, respondió el misionero, que el señor párroco no sube nunca al púlpito, pero cada domingo hace a sus parroquianos una buena catequesis y por eso los he encontrado tan bien instruidos en las verdades del cristianismo” (8).

El H. François conocía esta historia por el P. Mazelier y se la debió citar a los Hermanos para animarles a realizar un apostolado humilde y sencillo.

Como en la época del Padre Champagnat, la vida religiosa de los alumnos queda también marcada por un ritmo de oraciones que no se cuestiona. Escribiendo al H. Director de Chazelles-sur-Lyon, poco después de la fundación de la escuela, el H. François le dice: “Estoy molesto por el hecho de que sus alumnos no tengan la dicha de asistir a la misa al menos tres o cuatro veces por semana; se les podría proporcionar esta ventaja retrasando la misa algunos minutos”. (9) Por otra parte, en las nuevas fundaciones pide que la escuela no esté lejos de la iglesia “para que los niños puedan ir a misa cada día”.

CAPÍTULO 21

1 – 12 p. 611.

2 – Ver anexo 3.

3 –En el anexo 4 se encontrarán cuatro cánticos del H. François. El H. Avit cita otros: Celebremos en este día (para Navidad) nº 129; Acudamos a Jesús (para Epifanía) nº 139); Cuando el Altísimo (a San José) nº 273. Ver, Anales, 1881, nº 36, p. 677.

4 – 310 p. 554-555. En las Memorias Mayer, Notas personales 1, 2ª parte 121, se encuentra esta frase con ligeras variantes.

5 – Citado en Le Missionnaire de Saint Joseph nº 104-5 Espally-Le Puy.

6 –310 p 426. En muchas zonas rurales, las clases siguieron vaciándose después de Pascua o, como mucho, entre mayo-junio. La única solución a esta desescolarización precoz se produjo en 1840, a través de los subsidios familiares que sólo se entregaban si había presencia de los alumnos en la escuela.

7 – 310 p. 122.

8 – 11 p. 137.

9 – 13 p. 15.

CAPÍTULO 22

El Hermano François y el Hermano Avit

Llegamos a una fecha en que se impone un mayor conocimiento del H. Avit, ya citado y que seguiremos citando. El final del año 1845 está señalado por su nombramiento como visitador regional.

El H. Avit es un superdotado, superdinámico y que, además, lo sabe. Voluntariamente adusto y de espíritu muy crítico para con casi todos cuantos le rodean. Autor de miles de páginas de Anales de todas las escuelas maristas de antes del final del s. XIX, mezcla con habilidad en ellos más de un episodio de su propia vida. Perfecto autodidacta, recibió mucho de los Hermanos en la escuela de su pueblo, Saint-Didier-sur Chalaronne, pero, después, supo hacerse a sí mismo aprovechando muy bien el tiempo.

Su padre no sabía leer, pero cuando el futuro H. Avit tenía 12 o 13 años, le dijo: “Este invierno me vas a enseñar a leer”. Y ya tenemos al chico profesor de su padre. Por Pascua, el padre se presentó en la iglesia con un grueso devocionario y leyendo los textos de la misa ante la estupefacción general. “Pero ¡cómo! Sabes leer... - Le ha enseñado su hijo, dicen los más enterados. Es el más instruido del pueblo”.

Henri Billon, era su nombre de familia, llega al noviciado de l’Hermitage en 1837, a sus 18 años. Es la semana del retiro anual, ¡ocho días de silencio completo!... Esto lo enfrió un tanto. Pero volvió al año siguiente, bien decidido esta vez.

Con respecto a los demás novicios, es casi un sabio. No tardó mucho en verse trabajando en una escuela. En 1840, es ya director en Saint-Genest-Malifaux. Tuvo mucho éxito y, en efecto, en los archivos departamentales de la Loire se encuentra un informe muy elogioso del inspector para el año 1841 y 1842 (1)… Pero, dados su carácter fuerte y crítico, se hizo malinterpretar por sus cohermanos: ¿se puede confiar en la perseverancia de alguien que no parce formado según los moldes del Hermanito de María? ¿Pudo ocurrir que alguna muchacha se enamorara de este maestro tan brillante sin él saberlo? Sea lo que fuere, el propio Hermano nos informa discretamente, que “el Hermano Director, es decir, él mismo, a consecuencia de una negra calumnia, fue cambiado”. Se le envía como titular a Mornant y luego a Bougé-Chambalud donde el H. Director se había hecho mal ver de las autoridades municipales. El H. François no tuvo más remedio que nombrarle director de esta escuela. Pero, “el calumniado de Saint-Genest”, así se llama a sí mismo, recibió como subdirector, a alguien lleno de prejuicios contra él. Sin embargo, el H. François alienta al subdirector: “Observe bien para ver si hay algo que no funciona. Pero ahora vaya allí”. Al cabo de cierto tiempo, el subdirector escribe al H. François una carta donde dice, grosso modo: “No observo nada reprensible en la conducta del H. Director, pero creo que sus intenciones no son buenas”. A la estupidez añade la mala suerte. El Hermano pierde la carta en el patio de recreo. Un alumno la recoge del suelo y, con toda naturalidad, se la lleva al H. Director. El H. Avit, nunca falto de imaginación, dirige esta carta, o su borrador, al H. François con estas palabras: “Un niño me ha traído este papel que ha encontrado en el patio; creo que puede serle útil y se lo envío”.

En el relato de este suceso, añade que el calumniador fue duramente reprendido por “los superiores” y luego trasladado, pues había quedado en mal lugar. Y añade, para terminar el relato del “calumniado de Saint-Genest”: “Si en 1842, se le hubiera dicho con franqueza de qué estaba acusado, se hubiera evitado este desagradable episodio”. (2)

De todas maneras, parece claro que el H. François sabe apreciar los valores del H. Avit y, de acuerdo con su Consejo, decide nombrarlo Visitador. En una circular de diciembre de 1846 se comunica a los Hermanos este nombramiento. El H. Avit sólo tiene 27 años.

Dicho cargo ya existía, pero había sido desempeñado por tres Hermanos que, según el H. Avit, no habían realizado nada de forma metódica. De todos modos, es el primer “Visitador regional”. Se trata de un trabajo considerable y lejos de la seguridad de atraer el reconocimiento de sus destinatarios. Pero el nuevo elegido es hombre valiente. Tendrá sus defectos, pero también grandes cualidades y es necesario que el H. François sepa sacar partido de todos sus cohermanos, aunque en el caso del H. Avit se sienta algo desarmado.

El ideal de humildad sigue siendo esencial para todo Hermano de María pero habrá que aceptar que algunos lo realizan de forma diferente.

Tiene que pasar por todas las escuelas, donde muchos Hermanos son mayores que él. La circular habla de “verificar el número de alumnos, lo que saben, el método empleado, los sistemas de emulación, los castigos y recompensas..., entrar en los más mínimos detalles”. Pero, en carta de principios de 1847, el H. François precisa mucho más al interesado qué es lo que se espera de él.

A este hombre, fácilmente crítico, propone responsabilidades de las que le cree capaz, pero que le obligan también a aceptar que la crítica es fácil y el arte difícil. El resumen siguiente permite juzgar si es esa la intención. (3)

La piedad, el buen espíritu y el celo que le reconocemos nos permiten creer que ejercerá este empleo de forma exacta y en conciencia.



Tendrá que velar sobre las temporalidades de estas casas (cuyo nombre le habrá sido indicado en otro lugar)…, las reparaciones y mejoras dependientes del municipio, lo que le obligará a tratar con las autoridades… y los benefactores… Si no se observa la Regla, si los Hermanos no satisfacen a la población, me tendrá que informar lo antes posible.

No se asuste frente a este empleo…Si se siente débil, será una razón más para confiar en la gracia… Cuanto más se vacíe de sí mismo, mejor cumplirá… No emprenda nada sin haberlo consultado con Dios… Tampoco se olvide de invocar el socorro de María y ponerse bajo su protección. … Siéntase en medio de sus Hermanos como el servidor de todos… Si le sucede que alguno no muestra sumisión… no se enfade y responda siempre con buenas maneras… Mas, para ganar la confianza de los Hermanos es necesario que le estimen. … Sea reservado, hable poco, de entrada no critique nada, no se deje llevar por ciertos Hermanos que puedan tener mal espíritu o por otros que tratarán de ganárselo para hacerle aprobar ciertos abusos.

No reprenda a nadie… sin haber hablado antes con el H. Director y con el Hermano objeto de las quejas… Sea cual fuere la conducta del H. Director, muéstrese atento con él… no lo condene en público. Muéstrese de acuerdo con él, apóyelo, realce su autoridad… Comunique con franqueza al H. Director todo lo que no va bien en la casa… Insista en que ponga remedio a los abusos… y aconséjele los medios más adecuados para lograrlo.

En sus visitas a las clases, tenga cuidado de no decir nada ante los alumnos que pueda disgustar a los Hermanos, si hay algo que corregir… Tampoco debe reprender o llamar la atención a ningún niño ante los demás, sino hacerlo en particular y hablarle al corazón, es decir, con bondad y suavidad”. En resumen, 17 series de consejos que son, al mismo tiempo, misión y examen de conciencia para el responsable. (4)

El nombramiento del H. Avit, tal vez, no tiene nada que ver con la impresión de euforia que rezuma la circular siguiente de julio-agosto de 1847, pero sí es cierto que está llena de acciones de gracias. “Este año ha sido para la Sociedad año de bendiciones. María, nunca nos había dado muestras tan manifiestas y sensibles de su poderosa protección”. No aparece con claridad a qué se refiere el H. François. Se reserva para explicarlo mejor con ocasión del retiro. Lo cierto es que invita a dar gracias sobre todo con la vida: “Por la santidad de nuestra vida nos mostraremos dignos de pertenecer a la familia de María”. Si se refiere a la llegada de vocaciones, podría ser por comparación con 1845, que califica de “año de miseria” porque no se pudo hacer ninguna fundación. Al final de la circular, le queda el tiempo justo para anunciar la muerte del H. Louis, que acaba de suceder el 3 de agosto. El Hermano Louis era, en la práctica, el primer Hermano de la congregación, y se podía decir que, con el H. François, se habían conocido desde siempre. El H. Jean-Baptiste escribirá, a propósito del difunto, una extensa biografía que no pretende explicar las circunstancias de su vida sino, más bien, la historia de su alma. El H. François, ante la inminencia de publicar la circular, sólo puede añadir dos líneas para decir que el H. Louis “no cesó de edificarnos por su tierna piedad, admirable paciencia y perfecta resignación a lo largo de su larga y penosa enfermedad”. (6)

CAPÍTULO 22

1 –Archivos departamentales de la Loire t. 736, 737: “Medalla de plata para Montagne y Billon, de bronce para otros 6”, no hay ninguna medalla de oro. Para Billon, se dice: “dirección perfecta en todos los sentidos, y progresos notables”. Henri Billon es en estos momentos Director de Saint-Genest-Malifaux.

2 –Anales, 1845, nº 11-12, p. 275.

3 – AFM 10.

4 –El H. Avit será nombrado asistente en 1876, pero, ya casi ciego, dimite al cabo de 3 años y medio, y emprende entonces la redacción, con una multitud de secretarios, de los anales de la Congregación. Diez años de trabajo. Muere a los 73 años.

5 – Circ. p. 122 (julio de 1847).

6 – Circ. 1, p. 133.

CAPÍTULO 23

Naturaleza y sociedad en revolución

A finales de noviembre de 1847, se vuelve a temblar ante una nueva inundación del Gier. “Llovía desde hacía 3 días casi sin interrupción. La inquietud se iba extendiendo mientras se tomaban las precauciones del caso. Se demolían los parapetos de los dos puentes para facilitar el paso de las aguas que ya chocaban contra ellos. De repente, el muro de separación entre el río y el huerto fue arrastrado por las aguas que inundaron el terreno, los patios y la planta baja del edificio. Era la hora de las vísperas del primer domingo de Adviento. El H. François y la mayor parte de la comunidad se dirigían a la capilla, donde ya estaban las personas habituales de fuera, y dirigió el canto sin aparentar emoción. Durante el oficio, los más fuertes se ocupaban en salvar muebles bajo la dirección del H. Louis-Marie, quien acudió varias veces a buscar refuerzos. Por su aspecto de espanto, por su prisa al entrar y salir de la capilla sin detenerse, se adivinaba muy bien el aumento del peligro, pero la serenidad imperturbable del H. François nos tranquilizaba”.

“Sin embargo, terminadas las vísperas, creyó prudente enviar a todos al noviciado, es decir, al edificio más alejado del río. Se llevó también allí el Smo. Sacramento y los objetos más preciosos de la capilla y de la sacristía. El H. François, pese a su apariencia tranquila y confiada, nos hizo ponernos todos a rezar para invocar la ayuda de Dios y la protección de la Sma. Virgen, mientras conservaba su sangre fría y se esforzaba por tranquilizarnos con su gran confianza. Dios tuvo piedad de sus hijos y la lluvia cesó por completo hacia el atardecer; ¡muy a tiempo!” (1)

Tras los sobresaltos de la naturaleza, llegaron los de la sociedad. Y el H. François tuvo que afrontar de nuevo los problemas de salud y las buenas razones que ya tenía para dimitir y poder hacer frente a nuevas situaciones especialmente tensas.

Desde hacía 18 años, Francia vivía bajo una monarquía más burguesa que aristocrática que no satisfacía ni a los legitimistas ni a los sociocomunistas. El rey Louis-Philippe había salido ileso de, al menos, 6 atentados. A pesar de su suerte y, reconociéndole una real sabiduría en gobernar, no podía impedir la aspiración popular hacia la república. El 24 de febrero de 1848, y como antes su primo Charles X, tuvo que marchar al exilio.

En el conjunto de Francia, esta revolución, al menos en sus inicios, era poco antirreligiosa. Muchos sacerdotes bendijeron los árboles de la libertad plantados por doquier. Pero en ciertas ciudades industriales, como Saint-Étienne y Lyon, hubo bandas, auto proclamadas Voraces, que atacaron las casas de caridad y saquearon su maquinaria para obligar a los responsables, Hermanos y Religiosas, a aceptar para los internos condiciones de salarios inferiores a las tarifas convenidas y debilitar de esta forma, al menos de forma simbólica, las reivindicaciones obreras. De aquí al puro pillaje de cuanto huele a casa religiosa, sólo hay un paso. Hubo incendios de conventos. La escuela de Valbénoîte y el colegio de los Padres fueron también amenazados y el H. Director tuvo que vestirse de seglar. Respecto a l’Hermitage, las amenazas fueron muy reales. Perece ser que unos 500 insurgentes, bandera roja al frente, salieron hacia la casa donde esperaban encontrar algo que romper o robar.

Al llegar al Vieux Creux (a 1 km del’Hermitage), les sale al paso el hijo del antiguo alcalde, Sr. Michel: “¿A dónde vais tan decididos? – A casa de los Hermanos Azules (2). Parece que allí hay galette (dinero. N.T.). Los echaremos y la casa será nuestra. – Pues yo os digo que no encontraréis nada. Allí solo hay pobres diablos que tengo siempre delante de mi puerta para pedir”. Los Voraces decidieron volverse a sus casas (3).

Se nos dijo que, como resultado de esta advertencia, la guardia nacional de La Valla decidió estar alerta. Esta reacción a la primera alerta supuso una agradable sorpresa: la vez siguiente no llegaron los revoltosos, sino la guardia nacional de Saint-Chamond que se preocupó de vigilar l’Hermitage.

Se habían tomado precauciones en los municipios vecinos, pero el H. François, por su parte, contaba con la sola protección del cielo: “No temáis. Dios hará lo que le plazca, ¡nos ama tanto!”.

Un poco más tarde, cuenta a un Hermano lo sucedido. La carta es del 24 de mayo de 1848: “Vemos con satisfacción que vuestra escuela va bien y apenas habéis tenido que sufrir por los sucesos de estos últimos meses. Es fruto de la gracia de Dios que compartís con todas las demás casas de la Sociedad. Nuestra Buena Madre ha tenido piedad de nuestra debilidad y nos ha librado de las pruebas que tanto han afligido a muchas casas religiosas. ¡Sea mil veces bendita y agradecida! Aprovechemos este favor para redoblar hacia ella nuestra confianza, amor y reconocimiento para hacerla amar, y amarla nosotros mismos cada día más, para unirnos más a nuestra congregación y observar la Regla con todo el fervor posible, pues Dios y la Sma. Virgen nos protegen de forma tan visible. ¡De cuántos peligros María nos ha librado en nuestra pobre casa de l’Hermitge, aislados en medio de las rocas y casi ya en manos de los obreros de St-Étienne y de Rive-de-Gier que tantos desmanes han cometido y tanto nos han amenazado! Nuestros vecinos están muy extrañados al ver que nada malo nos ha ocurrido hasta ahora. Hay que añadir que las poblaciones que nos rodean se han portado muy bien con nosotros y que la Guardia Nacional tanto de St-Chamond cono de Izieux o La Valla ha prometido reaccionar de forma tan enérgica acudir en nuestro auxilio si somos atacados, que los comunistas se han sentido intimidados y han reprimido sus malos designios… Los Hermanos de Valbénoîte habían devuelto a los internos a su familia durante los tumultos de St-Étienne; ya han vuelto todos y siguen su vida normal. Las casas de caridad (4) de St-Étienne y Lyon se mantienen igual; pero el trabajo manual aún no se ha reanudado puesto que los obreros tampoco trabajan… Por todos estos detalles puede ver que tenemos mucho que agradecer a Dios y a la Sma. Virgen” (5).

En otra carta a distinto receptor, el 9 de junio, ofrece también algunos de estos detalles, subraya la ayuda de las poblaciones vecinas “pero todos están de acuerdo en que si nada nos ha ocurrido hay que atribuirlo a la protección especial de la Sma. Virgen; habíamos empezado por nombrarla protectora de la casa colocando su medalla con la bella invocación, María concebida, etc… en todas las puertas” (6).

El aspecto más positivo de esta Revolución ha sido lograr el sufragio universal para todos los ciudadanos mayores de edad. Casi por todas partes, aunque sea el día de pascua, los párrocos dicen la misa muy pronto y salen luego, a la cabeza de sus parroquianos para votar en la capital del cantón. Para los HH. de l’Hermitage, St-Chamond no está lejos; para los de La Valla, son 20 km ir y volver.

Por esta misma época, el H. François piensa en proteger l’Hermitage contra las inundaciones del Gier. El 25 de febrero de 1848, pide al subprefecto permiso para desviar el cauce del río dentro de la propiedad y evitar ser víctima de las crecidas. Evoca los estragos causados por la inundación del 28 de noviembre de 1847: tres diques arrastrados, los muros de sustentación derrumbados en parte, el dique delante de la casa totalmente destruido y el lecho del Gier levantado cerca de un metro. El subprefecto Ladoucette estaba de acuerdo pero, al final no lo autorizó. Tal vez se pudo volver atrás por el coste que, en los estudios realizados, aparecía mucho mayor que el previsto. Puede ser también que la ciudad pensaba ya en la construcción de la presa que sería realizada veinte años más tarde para regularizar, en parte, el caudal del río.

A la explosión revolucionaria de febrero del 1848, siguió un tiempo de tranquilidad. Pero el fracaso de los Talleres nacionales provoca en junio otra insurrección aplastada de forma más sangrienta (7). Incluso la burguesía volteriana se hace el análisis siguiente: hay una escalada social comunista debida a las escuelas de Magisterio donde se fomenta este estado de espíritu difundido luego entre los jóvenes; devolvamos a la Iglesia un verdadero sitio en la educación.

En el gobierno provisional del primer trimestre, el ministro de la Instrucción pública, Hippolyte Carnot, era un Saint-Simonien convencido, para quien los nuevos sacerdotes debían ser los maestros predicadores de un nuevo Evangelio. Tras la represión de junio, será reemplazado por De Falloux, católico practicante, que dio confianza al conjunto del país, campesino en su mayoría, que no deseaba, en absoluto, otra revolución y que, gracias al sufragio universal, puede votar ahora por el orden.

Los Hermanos no se meten en política ni leen los periódicos. Sencillamente van a aprovechar un período favorable a la Iglesia, como los primeros cristianos habían aprovechado la Pax Romana para anunciar la Buena Nueva al mundo. “Y los pasos del César habían marchado para él…” (8).

Tal vez para dar gracias, el H. François, el 9 de septiembre de 1848, escribe al Padre Cholleton para pedirle que la adhesión de los Hermanos Maristas a la archicofradía de Notre-Dame des Victoires pueda comportar una bendición con el Smo. Sacramento, costumbre mantenida todos los jueves en las casas de formación, durante más de un siglo (9).

El 10 de diciembre de 1848, Charles-Louis-Napoléon Bonaparte se convierte en presidente de la 2ª República. El 2 de diciembre de 1851, dará el golpe de Estado para dotarse de plenos poderes y, al año siguiente, se proclama emperador. Al menos durante la primera parte de su reinado, es favorable a la Iglesia.

Los Hermanos tienen 30 años para hacer el bien sin dificultades. Cuando lleguen los malos días también los aceptarán. No vamos a juzgar aquí qué es lo que había que hacer o evitar. Se ha dicho que fue entonces cuando la Iglesia perdió el favor de la clase obrera al no comprender la voluntad de progreso de esta categoría social. También es cierto que Francia, muy ampliamente rural, aún no podía comprender la nueva clase emergente de la civilización industrial. Ante la violencia, recordaba los hechos de 1793 y tendía a arrojarse en brazos de un salvador, ya fuera Napoléon I o Napoléon III.

CAPÍTULO 23

1 – Testimonios en P.S.I. p. 106 y Avit, Anales, 1847, p. 310, nº 52 y ss.

2 – Ver nota 3 del cap. 4.

3 – Testimonio del H. Barlaam en el proceso de beatificación. El H. Chrysole cuenta también que el H. François recibe a los guardias nacionales de La Valla, banderas y tambores al frente. Les hace colocar los fusiles en haces y les hace servir comida y bebida. (R.S.V. p. 347).

4 – Casas de Caridad.

5 – 11. 388-389.

6 – 11. 391.

7 – Cuando la insurrección de Lyon en 1831, se habla de 1000 muertos, esta vez de 4000.

8 – Péguy, Ève (Grèce) p. 720.

9 – El programa era el siguiente: O sacrum, Ave Maris Stella, Pange Lingua, Inviolata, Pater, Ave y Acordaos.

Desde 1838, el Padre Champagnat contacta, el 21 de enero, con el Sr. Desgenettes, (ver en Gabriel Michel Marcellin Champagnat et la reconnaissance légale des Frères Maristes. Carmel de St-Chamond, ed. 1986 p. 140). Los Hermanos Maristas quedan inscritos en la Asociación el 28 de noviembre de 1839, al mismo tiempo que los Padres Maristas y el Párroco de Ars.

Esta agregación no tenía carácter lo bastante oficial para el H. François, de forma que repite la petición el 16 de junio de 1843, pidiendo que no se le envíe la hoja por correo; la tomará en la sacristía de la iglesia a su regreso del Nord, en la primera quincena de julio.

CAPÍTULO 24

Tres años de fluctuación para las escuelas maristas

Así pues, el nuevo gobierno desea ser favorable a la Iglesia. Nombra una comisión para revisar todo el sistema escolar y desembocar en una nueva ley. Desde hace algunos años, muchos preconizan la libertad de enseñanza pero, de hecho, el monopolio universitario no desaparece. Se verá sólo limitado. Los maestros serán desde ahora escogidos sobre una lista preparada por el consejo académico o, si forman parte de una congregación reconocida, serán nombrados por su Superior.

Por curioso que pueda parecer, para una congregación como los Hermanos Maristas, la ley de marzo de 1850 es menos favorable que la ley Gizot de 1833. Ni siquiera los Hermanos titulados pueden ser nombrados por el Superior. Dependen del Consejo Académico que puede colocarlos donde mejor le plazca, o como maestros seglares. Supone la destrucción de la vida comunitaria.

En nombre de la lógica, si no de la ley, el H. François contraataca. Sigue nombrando a sus Hermanos como antes, en los lugares que cree más convenientes. Pero, ¡qué fuente de dolores de cabeza para quien ya es propenso! Al principio de la Revolución, el 12 de marzo de1848, día de sus 40 años, escribe: “¡Jefe coronado de espinas!... ¡Valor en la adversidad!... ¡Confianza en Dios!... ¡Gobierno doloroso, sabio, vigoroso!...” (1).

Estas misteriosas palabras muestran con claridad que desea reaccionar frente a la adversidad. Sin más tardar, es preciso reanudar las gestiones para el reconocimiento legal. El H. François piensa que nadie más indicado que Montalembert que tanto ha luchado por la libertad de enseñanza. El 28 de febrero de 1849, le escribe una larga carta para exponerle la situación de sus Hermanos: “El Señor Presidente de la República, dice, ha hecho llamar al Superior de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y le ha instado a ponerse de acuerdo con el Sr. Ministro de la Instrucción Pública para propagar más todavía, si es posible, las escuelas de su Instituto. Ahora bien, los Hermanos Maristas ayudan a los Hermanos de las Escuelas Cristianas ofreciendo a los municipios todas las facilidades posibles para disponer de maestros religiosos”. Naturalmente, cita aquí las elocuentes cifras de su Instituto que cuenta “de 900 a 1000 miembros e instruye de 25000 a 30000 niños”. (2)

Su pregunta es, pues: “¿Cree usted que es el momento oportuno para presentar nuestra demanda de reconocimiento legal?”

Montalembert responde el 7 de marzo de 1850 que se ha apresurado a ir a ver al Sr. de Falloux “entregado como yo mismo a los intereses católicos”. Hará cuanto esté en su mano. Esto depende también del Consejo de Estado. “Pero diríjase, lo más pronto posible, al Sr. Ministro”.

En el intermedio, el H. François debía navegar en el día a día entre un prefecto nuevo, o sea, celoso por aplicar la ley, y un inspector Gontard que debe, en su caso, corregir las irregularidades. El H. François recibe un aviso del rector a propósito del derecho que se ha arrogado para colocar a sus Hermanos. El 31 de diciembre de 1850, trata de justificarse. “Sin duda, la congregación no está reconocida legalmente, pero, desde 1842, está afiliada a la de la Instrucción Cristiana de Valence que, ella sí, dispone de una ordenanza desde el 11 de junio de 1823. El Sr. Villemain, antiguo ministro de la Instrucción Pública, reconoció en carta de abril de 1842 que el Instituto de los Hermanos Maristas unido al de los Hermanos de la Instrucción Cristiana “podía sin dificultad ejercer en el departamento de la Loire donde el Consejo General ha expresado varias veces su deseo de que lo haga”. (3)

Prevé la posible objeción: Estamos, ahora, ante una nueva ley. Pero también aquí dispone de argumentos: “He pensado que al designar un Hermano a la autoridad municipal como apto para desempeñar las funciones de maestro municipal y aceptado por ella, lo sería igualmente, o al menos debería serlo, por el Consejo Académico”. (4). En otras palabras, es una llamada a la lógica: estamos bajo una ley favorable a los religiosos; ahora bien, hasta ahora, los municipios nos permiten toda laxitud en cuanto a escoger nuestros enseñantes; simplificamos el trabajo del Consejo Académico al presentarle las listas con todo arreglado. Si se precisa una justificación basada en la jurisprudencia que se va a establecer poco a poco, disponemos de elementos de interpretación. En efecto, he aquí lo adelantado por el propio relator de la ley: “Cuando decimos que el Consejo Académico deberá elegir, si tal es el deseo de los municipios, maestros entre las congregaciones religiosas reconocidas por el Estado, entendemos que tendrá en cuenta las circunstancias y las costumbres y podrá dirigir su elección entre los miembros de congregaciones establecidas o en instancia de reconocimiento”. (5)

Y aquí, el H. François es muy fuerte, pues en Paris no ha perdido el tiempo. “Sé, añade, de los propios labios del Sr. Relator, que estas palabras están contenidas en el informe a la Asamblea Nacional, precisamente referidas a nuestro Instituto, y la prueba es que la mención hecha de los Hermanos de María sigue inmediatamente”. (6).

Tendremos que admitir que el rector es hombre benevolente, pues el H. François le somete, el 20 de enero de 1851, otro problema entre psicológico y jurídico. Los Hermanos maristas tienen en la Grange Payre un centro de reciclaje para Hermanos mayores (7). Es evidente que, a partir de cierta edad y pese a los esfuerzos empleados, sea difícil conquistar el diploma ya citado (más de 4 faltas en un dictado supone la eliminación). En una escuela, supone clara vejación para los interesados el hecho de verse “cubiertos” por un Hermano joven ya diplomado. “Sin embargo, estos Hermanos son, en su mayor parte, hombres muy buenos, piadosos y abnegados, muy capaces de dirigir una casa… Ahora bien, al no ser los titulares ante las autoridades, el orden y la subordinación entre los Hermanos pueden sufrir, en mayor o menor grado, por la falsa situación en que se encuentran. Si fuera posible emplearlos con un certificado de prácticas y concederles el diploma de maestros públicos al mismo tiempo que obtienen la dirección de las casas, las cosas irían mucho mejor bajo todos los aspectos porque el orden y la subordinación entre los Hermanos serían mucho mayores” (8).

El H. Avit, siempre él, cuenta una historia que aclara este pequeño problema de cohabitación entre dos generaciones. El H. François no aparece directamente, pero es fácil imaginar por quién se inclina en silencio.

Los Hermanos estudiantes se encuentran, pues, en la Grange Payre. La casa está a dos km de l’Hermitage. Su director, H. Sylvestre, ha tenido la peregrina idea de estimular los esfuerzos de cada uno con un método desprovisto de psicología. Ha preparado una especie de Cuadro de Honor expuesto en l’Hermitage, donde pasan todos la jornada del domingo. Lo malo del caso es que en dicho Cuadro de Honor los “viejos” aparecen casi siempre los últimos. Ahora bien, el retorno a la vida de estudiante ha logrado transformar a los venerables maestros en colegiales irrespetuosos, y uno de ellos se decide a pasar a la acción. Arroja el Cuadro de Honor a las letrinas. Enfado del H. Sylvestre que reclama de los “Superiores” restaurar su autoridad. El H. Louis-Marie, asistente, acepta intervenir. Al principio de la misa, ordena: “Que el o los culpables se abstengan de venir a comulgar“. Resultado: todos los “viejos” se quedan en su puesto. Por suerte para el H. Sylvestre, el tiempo de la Grange Payre no durará mucho. (9)

El problema suscitado por el H. François ante el rector es diferente del que tienen los “viejos” trabajadores de hoy día que han perdido su trabajo y saben que les resultará difícil reciclarse para encontrar nuevo empleo. El Hermano sin diploma que lleva 20 o 30 años enseñando no pierde su empleo, pero deberá ejercerlo en un contexto no muy halagüeño, que el H. François le quiere evitar. El reconocimiento legal solucionará este problema.

CAPÍTULO 24

1 – 301 p. 53.

2 – Circ. 2 p. 413-414.

3 – Id. 2 p. 432.

4 – Id. 2 p. 433.

5 – Id. 2 p. 433.

6 – Id. 2 p. 433. La carta merecería ser citada en su integridad.

7–La Grange Payre había empezado por ser un internado-juniorado, en tiempos del P. Champagnat, pero en 1848, la casa pasaría a ser escolasticado.

8 – Circ. 2 p. 442.

9 – La historia nos la cuenta el H. Avit, en Anales, 1848, p. 317, nº 36 y ss.

CAPÍTULO 25

Sabiduría y moderación

La correspondencia del H. François en esta época, puede dar la impresión de que los sucesos políticos de los dos momentos de Revolución, las elecciones, etc… crean cierta agitación en algunos cerebros. ¿Cómo no leer los periódicos cuando se producen tantas noticias? Además, ¿no hay que defender la escuela cristiana haciéndola más competitiva? ¿No hay que organizar fiestas brillantes para el final de curso? Y si un Hermano está bien preparado para la música, ¿por qué no dejarle organizar una orquesta? Por el año 1850 el acordeón está en auge. (1) ¿Hay que prohibirlo? El H. François está muy convencido de que “el ruido no hace ningún bien” Sin embargo, algunos años antes, sólo había pedido a un Hermano acordeonista presentar su instrumento para poder opinar. (2)

Con otro Hermano que parece más indisciplinado y desea tocar por las calles, ya emplea otro lenguaje: “Le prevengo, mi querido Hermano, que he decidido no andarme por las ramas en este asunto. Veo con claridad que este año no es la música lo que hace funcionar las casas, sino que, más bien, es fuente de molestias y desorden. Desde que ha sido suprimida en varios de nuestros internados, funcionan mucho mejor y los niños acuden numerosos. Observo también que el furor por la música viene más de los maestros que de los alumnos”. (3)

La excusa, si lo es, está en que la música está impuesta en los programas para el diploma. No constituye novedad alguna entre los Hermanos, pero en lugar de tranquilas lecciones de solfeo, hay como una especie de desvío que podría arrastrar a los Hermanos amantes de la música: “Que se limiten, concluye el H. François, por este año, con enseñar individualmente aquellos que ya han comenzado la música” (4). Se refiere, sin duda, a lecciones particulares de piano o de otros instrumentos.

Se le nota más cómodo con el caso de otro Hermano que desea (por el mismo tiempo: 1849) encontrar un tiempo y un lugar de silencio, y le indica con humor el programa a realizar in situ: “Quiere usted imitar a Moisés. ¡De acuerdo! Retírese al desierto para oír allí la voz de Dios, escuchar sus oráculos, recibir sus órdenes y entretenerse de corazón a corazón con él para poder luego ejecutar su voluntad, vencer la terquedad del Faraón y de su ejército y conducir hacia la tierra prometida al pequeño pueblo confiado a sus cuidados. El desierto es vuestra casa, la montaña vuestro oratorio, el tabernáculo la iglesia; Faraón el demonio; su ejército los secuaces para pervertir y perder las almas; Babilonia, el mundo, la plaza pública; el pueblo, los Hermanos y los niños de quienes el Señor os ha nombrado jefe y a los que debéis llevar al cielo por el desierto de esta vida. Acuérdese bien de la conducta de Moisés, de su asiduidad para entretenerse con Dios; de sus oraciones por el pueblo, de su celo por oponerse al mal, su valor en las dificultades y sus victorias sobre los enemigos”. Y así continúa buen rato esta adaptación del Génesis.

¿Cómo actuar contra las víctimas de la indecisión? Es lo que trata la carta fechada en junio de 1850: “Creo, como usted, que es imposible que siga más tiempo en el estado de indecisión y perplejidad en el que se encuentra, y que debe tomar una decisión definitiva; de lo contrario no hará nada bueno. La causa de sus disgustos, repugnancias y fracaso en sus funciones proviene de ahí. Al no mostrarse decidido, determinado y resoluto sólo se entrega a su trabajo a medias, no sabe si seguir o retirarse, y, si se retira, no sabe si esto le producirá enfado o deseará tanto y más volver cuanto ahora desea salir. Le gustaría salir para probar si en elmundo estará mejor, si podrá vivir a gusto y sin que nada le moleste. Tiene razón al decir que su aburrimiento no terminará mientras siga siendo como ahora es, porque solo Dios puede sostenernos, consolarnos, fortalecernos en esos momentos y otorgarnos la perseverancia, pero, en vez de rezar, de pedirle la gracia de perseverar en su vocación, se vuelve para mirar en otra dirección” (5).

Y el H. François continúa su exhortación, invitando al Hermano al celo, a la oración y a la edificación de sus cohermanos.

Con otro que empieza a mirar hacia atrás, habla con más severidad, pues cree que se trata de una vocación auténtica: “Judas vendió a Nuestro Señor al Príncipe de los Sacerdotes por 30 denarios y usted vende su vocación al demonio ¿a cambio de qué? Le aseguro que su situación me hace temblar. Usted se sentiría culpable por consentir un mal pensamiento contra la pureza. ¿Y cómo se explica que no se sienta culpable por un mal pensamiento contra su vocación recibida como un don de Dios?” (6).

Un Hermano se queja de verse asediado por las tentaciones. Pero el H. François piensa que no debe quejarse: la tentación es fuente de méritos. “Cada vez que el demonio le tienta y usted le resiste, realiza un acto de virtud y se añade mérito. Esto le obliga a rezar mucho, ya que sólo por la oración puede triunfar del enemigo. La tentación hace sobre los servidores de Dios, lo que el mar sobre los marineros. Cuando la tempestad arrecia, el marinero se vuelve hacia Dios; levanta las manos hacia el cielo. Es lo que hace el cristiano el verse tentado y, al ser la tentación casi continua, necesita continuamente llamar a las puertas de la misericordia divina” (7).

Tampoco teme las comparaciones algo divertidas: “Si nos echaran sobre la cabeza un cubo con las más sucias basuras y en lugar de resultar manchados o infectados quedáramos más limpios y hasta perfumados, pensaríamos en un milagro y estaríamos llenos de alegría y gratitud hacia Dios. Con mucha mayor razón deberíamos expresar esos mismos sentimientos cuando el diablo nos arroja toda clase de sucias ideas al espíritu y a la imaginación y en vez de quedar manchados y deshonrados nos vemos más puros y agradables a Dios por las victorias conseguidas” (8).

El gran medio para luchar es la oración y la apertura de corazón tal como la practica el Hermanito que abre su corazón al Superior. Con esto le dice al demonio: “Si no me quieres dejar tranquilo, se lo diré a la Sma. Virgen, mi Madre y Recurso ordinario. Y ya veremos quién resultará vencedor. Además se lo diré al Superior en la primera ocasión que tenga; veremos quien quedará más avergonzado” (9).

A otro, y por la misma razón de las tentaciones, el H. François hace un largo discurso sobre la oración: “Rece bien, rece sin cesar y no pecará, por lo menos mortalmente, y añade algunos consejos:



1) Desee con fuerza el espíritu de oración; pídalo sin cesar a Dios. Sólo se consigue aquello que se desea y se busca con ahínco. Diga con frecuencia: ¡Dios mío, enseñadme a orar! ¡Dios mío, dadme el espíritu de oración. ¡Oh María, mi Buena Madre, obtenedme la gracia de saber rezar!


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