• CAPÍTULO 14

  • Descargar 1.33 Mb.


    Página5/22
    Fecha de conversión07.03.2019
    Tamaño1.33 Mb.

    Descargar 1.33 Mb.

    Frère françois


    1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   22
    Tendré que aunar siempre firmeza y suavidad, severidad y clemencia. Tendré que animar, fortalecer, advertir, reprender y corregir.

    El cuidado de todas las casas de la Sociedad me acarreará, como al gran Apóstol, multitud de cuidados cada día. Necesitaré, como él, ser débil con los débiles y hacerme todo para todos para ganarlos a todos para Jesús Cristo.

    ¡Oh!, ¡qué grandes son las obligaciones! ¡Qué difíciles! ¡Qué amplias e importantes! Me consuela el pensamiento de que, colocado bajo la protección especial y la supervisión personal del T.D. y T.V. (3) Superior general de la Sociedad de María, compartiendo el peso de los asuntos y del gobierno con nuestro querido y piadoso Fundador y Superior, aprenderé de uno y otro la sabiduría de los buenos consejos, lo oportuno de las empresas útiles, la santidad de los ejemplos y la fuerza y suavidad del mando.

    Mis queridos Hermanos aliviarán también esta carga con el celo ardiente por la perfección de su estado y el mantenimiento de la disciplina religiosa, con una entera y sincera abnegación por el bien de la Sociedad, con un entendimiento mutuo y perfecto en la santa unión de oraciones y buenas obras.

    Así, la Sociedad de María será como una fuerte y larga cadena de la que esta buena y poderosa madre, con el eslabón principal entre sus manos, atraerá todos los demás hacia sí para dirigir todas las ramas y ramificaciones.

    ¡Ay de aquel que se separe de ella! ¡Ay de aquel que se deje limar por el enemigo!... ¡Feliz, por el contrario quien, cumpliendo siempre con exactitud las funciones de su puesto, se fortificará más y más y arrastrará consigo, por decirlo así, a los demás tras de sí.

    De esta manera, unidos de corazón y de espíritu y trabajando juntos por la gloria de Dios, el honor de María y el bien de la religión, como buenos y fieles servidores, como hijos dóciles y obedientes, tendremos el consuelo de vivir y morir santamente en una Sociedad ferviente y entrar en el gozo del Señor para ver y compartir las delicias de nuestra tierna Madre durante la eternidad” (4).

    Es fácil ver el entusiasmo que domina y hace olvidar la inquietud de los comienzos: “El temor por la falta de salud, de fuerza o de talento no debe en absoluto hacernos rechazar los empleos a los que somos llamados, sabiendo que Dios es un buen Padre que nunca abandona a sus hijos y que se sirve, cuando así le place, de las más rudas personas para convertirlas en instrumentos de su gloria” (5).

    Veámoslo ahora tal y como lo describe un testigo: talla alta, andar lento y mesurado, las puntas de los dedos disimuladas entre las manos cerradas que parecían obligarle a separar los codos; fisionomía típicamente monacal, dulce serenidad, palabra un poco lenta; tono un tanto lastimero que conciliaba simpatía y confianza, ideal completo del perfecto Superior general”. “Transmitía, dice otro, una idea de la bondad de Dios”.

    Muy pronto ya no se podrá contar con el Fundador, pues al inicio de 1840, éste debe guardar cama y, sólo podrá ofrecer sus terribles sufrimientos. Por el contrario, tendrá que ser el F. François quien le aconseje. Ávido hasta el final de cumplir la voluntad de Dios, Marcellin cree ver su llamada en la oferta recibida de una finca para lo que se llamaba una “colonia agrícola”. El H. François tiene que disuadirle de ocuparse de dicho proyecto, pues su estado de salud exige reposo total. Tal vez tuvo remordimientos al tener que dar ese consejo, pero en su alma y conciencia estima que las gestiones y tratos están por encima de las fuerzas del enfermo.

    Por el contrario, el Fundador va a poner en buen orden los asuntos materiales de la congregación, constituyendo una Sociedad civil y luego dejará actuar a los HH. François y Louis-Marie. El nuevo Superior visita con frecuencia al querido enfermo, quien le transmite confidencias basadas en su experiencia: “Mi pobre Hermano, ¡cuánta pena me da! El gobierno del Instituto es una carga muy pesada. Pero, recuerde, que sólo se puede ser útil a los demás y procurar la salvación de las almas sacrificándose” (6).

    Otro día se dirige al H. Louis-Marie: “Ayude al H. François todo lo que pueda. Tendrán muchas preocupaciones, pero tengan confianza, Dios estará siempre a su lado. Además, no lo olviden: tienen a la Sma. Virgen, recurso de la casa; su protección nunca les faltará”. (7)

    El 11 de mayo de 1840, el Padre Champagnat recibe la unción de los enfermos, hace sus recomendaciones a los Hermanos y, a la semana siguiente, se pone de acuerdo con los HH. François y Louis-Marie para que pongan a punto su testamento espiritual. El enfermo ya no tiene fuerzas para leerlo él mismo. El 18, pide se reúnan los Hermanos en su habitación y aledaños. Permanecerá en su lecho; el H. François sostiene su cabeza para significar que son las palabras del enfermo lo que van a oír, aunque pasen a través de la voz sonora del H. Louis-Marie.

    El sábado, 6 de junio, a las 4 de la mañana, el Fundador se duerme en la paz del Señor.


    CAPÍTULO 11

    1 – 301 P. 43.

    2 – 301 P. 43.

    3 – Iniciales en francés (N.T.) de Muy Digno y Muy Venerado. Los términos que figuran en la deliberación de la unión entre los Hermanos de l’Hermitage y Saint-Paul son: Muy Digno y Muy Respetable. Circ. 1, p. 531.

    4 – 301 pp. 44-46.

    5 – 303 p. 287.

    6 – Champagnat, Vida, ed. 1989 p. 249.

    7 – Id. p. 249.

    CAPÍTULO 12

    Y ahora solo

    Corresponde al H. Director general redactar el acta del fallecimiento y exequias para recuerdo de las generaciones siguientes. Este documento, incluido en los cuadernos de cartas del H. François (1), se encuentra también en la colección de circulares (2). Recoge los acontecimientos de tres días.

    El 6 de junio, Marcellin muere a las 4 de la mañana; se le reviste con la sotana, roquete y una estola; al final del día, el Sr. Ravéry viene para hacer su retrato “del natural”. El domingo 7, fiesta de Pentecostés, el cuerpo es colocado en un féretro de plomo y este en otro de madera dura. El lunes 8 es el día de los funerales de los que se anotan los detalles principales: personajes eclesiásticos y seglares presentes, procesión desde la habitación mortuoria a la capilla, misa celebrada por el párroco de Saint-Pierre, y cantada por los eclesiásticos y notables presentes, “en tono bajo y lúgubre”, procesión al cementerio, inhumación.

    Este informe, más que un acta oficial, es un acto de piedad filial y testimonio de honor, pues será firmado por los participantes, dichosos por manifestar su aprecio y amistad a un hombre que ha sabido, por su fe, expandir mucha luz en su entorno.

    Una circular, fechada el 6 de junio, anuncia también a los Hermanos lejanos la muerte y los funerales del Padre Fundador. El H. François recuerda en ella que “el difunto ha terminado una vida penitente, laboriosa y repleta de obras de celo y abnegación, con los sufrimientos de larga y cruel enfermedad”. “Pero, añade, será de forma más eficaz y poderosa nuestro protector en el cielo junto a la divina María a la que nos entregó a todos al morir… Nos toca a nosotros, ahora, recoger y seguir con cuidado sus últimas y conmovedoras voluntades” (3).

    Indica los sufragios a ofrecer por el reposo del alma del difunto y anuncia que un pintor ha venido para hacer su retrato, prometiendo un ejemplar para cada comunidad. Da también una indicación obedecida durante más de un siglo: leer cada mes su testamento espiritual. Los años siguientes, el 6 de junio, se celebrará una misa muy solemne y, de esta forma, los sucesores serán llevados a recordar la vida y enseñanzas del Fundador.

    Días después, El H. François comunica la noticia al Sr. Mazelier, excusándose por el retraso. Éste había pasado por l’Hermitage poco antes de la muerte del P. Champagnat y había podido ver los estragos de la enfermedad. La carta se lo recuerda: “La multiplicación de los sufrimientos del difunto durante el último mes lo había abatido y desmejorado de tal modo que era tan solo un esqueleto viviente”.

    Desea que las relaciones entre las dos casas, l’Hermitage y Saint-Paul, continúen como en el pasado.

    Sólo 7 meses más tarde, el 20 de febrero de 1841, se recibirá en l’Hermitage el retrato del Padre Champagnat.

    ¿Ha hecho el pintor copias para las 50 comunidades? Lo cierto es que, dicho día, anota en su diario: “Recepción del retrato del Padre Champagnat. Ser su retrato viviente” (4).

    Indicación preciosa perfectamente realizada. Tras un líder carismático, habrá otro al que no le falta el don de fortaleza que ejercerá en línea de imitación, pero con extraordinarios resultados. En su medio familiar, nada preparaba al H. François para convertirse en dirigente de un grupo humano importante y extendido hasta el otro extremo del mundo. Desde luego que ya ha adquirido cierta experiencia para la administración, pero su más profunda aspiración sería encontrar un papel más modesto. En cualquier caso, la voluntad de imitar al difunto tranquilizaba a todos, como hace notar muy bien el H. Jean-Baptiste, biógrafo del Padre Champagnat: “Penetrado del espíritu del piadoso Fundador y ansioso de imitarle en su modo de conducir a los Hermanos y realizar el bien, el H. François no cambió nada de lo que se llevaba haciendo y continuó actuando como en el pasado. Esta sabia conducta le granjeó la estima pública, hizo apreciar su gobierno y le dio total autoridad sobre los Hermanos; cada cual vio con satisfacción que el nuevo orden de cosas nada alteraba en la administración y que el Padre Champagnat vivía y actuaba en su sucesor (5).

    Un ejemplo: mantenía las tres “conferencias” anuales, especie de exámenes a preparar y que obligaban a todos a un reciclaje controlado sobre catecismo, gramática, aritmética, redacción, análisis y problemas. Se tenían, durante unas tres horas, en el día y lugar señalados por los Hermanos encargados. El Padre Champagnat había encontrado ese estímulo: sería mantenido.

    Con mucha frecuencia, el H. François recordaba también la confianza en María que animaba al Fundador: “Dirigíos al Padre Champagnat. Veréis que lo arreglaba todo con su Recurso Ordinario, la Sama. Virgen” (6). “Debéis seguir el impulso que el Señor os concede de arrojaros en los brazos de la Sma. Virgen… pues ella es nuestro Recurso Ordinario en cualquier circunstancia de la vida y en cualquier necesidad espiritual o temporal” (7). Sí, ya antes del Vaticano II, era muy consciente de la importancia del carisma de los Fundadores: “Cada congregación debe conservar el espíritu de su Fundador para poder realizar el bien que Dios se propuso al inspirarlo” (8).

    Él mismo, si la tarea lo abruma, quiere cumplirla con toda su alma.

    ¡Dios mío!, haz por tu gracia que llegue a ser un Hermano Superior según tu corazón, aplicado en mis deberes, ocupado únicamente en mi empleo, gimiendo bajo el peso de la carga, llevándola con ánimo, como teniendo que dar cuenta, mirando sólo a vos, esperando sólo en vos, no temiendo más que a vos. Dadme cooperadores celosos, enviad buenos obreros a vuestra viña, a vuestra mies. Concededme el discernimiento para escogerlos, la piedad para formarlos, la sabiduría para emplearlos, la vigilancia y la bondad para gobernarlos. Bendícelos, consérvalos, santifícalos, hacedlos hombres según vuestro corazón, llenos de vuestro espíritu y entregados siempre a su ministerio” (9).

    CAPÍTULO 12

    1 – 10 p. 243 y ss.

    2 – Circ. 1 p. 323 y ss.

    3 – Circ. 1 p. 41.

    4 – 301 p. 51.

    5 – Champagnat, Vida, ed. 1989, p. 260.

    6 – Testimonio del H. Archippe (Jean-Pierre Bonnet), nacido en Saint-Genest-La-Chap (Ardèche) P.S.V. p. 78.

    7 – Mismos ánimos en 12 p. 571, 1034.

    8 – 304 p. 1560.

    9 – 303 p. 524.

    CAPÍTULO 13

    En la fe y la caridad

    Cuando le place, el Señor ofrece signos para ayudar a quien siente debilidad, pero no pierde la confianza. Los Hermanos, convocados para el retiro de octubre (1), pudieron marchar luego muy contentos por tener de superior a un hombre de fe. Algunas semanas más tarde, el 13 de noviembre de 1840, el H. François podrá poner muy de relieve esa misma virtud con la inundación del Gier.

    Se nos habla de lluvias torrenciales, durante varios días, acompañadas de furiosa tempestad. El río ha invadido los comedores. Ahora bien, en la época de La Valla y durante los momentos angustiosos, el H. François recuerda que se subía a Notre-Dame cantando o recitando el Miserere a la ida, y las letanías de la Virgen a la vuelta. De acuerdo con el Padre Matricon, capellán, actúa de la misma manera. Mientras algunos Hermanos se ocupan de retirar del río ramas, troncos y otros objetos arrastrados por las aguas, convoca a la comunidad en la capilla. Y ocurre que, durante las letanías de la Virgen, la intensidad de la lluvia disminuye. Al salir de la capilla, observan que el agua se ha retirado del comedor.

    El H. François sabía muy bien que María no iba a permitir daños en su casa. Su oración interior debía ser la de Marcellin: “Si esta obra perece, no será nuestra obra sino la vuestra”. En este sentido hablará más de una vez a sus Hermanos.

    Sin embargo, sabe también que María quiere servirse de él como de un pobre instrumento. A partir del año siguiente, y por motivos de salud, debe renunciar a una tarea que le resultaría sumamente agradable: escribir la vida del Padre Champagnat. Es una petición del Padre Colin; el Padre Maîtrepierrre, provincial de los Padres Maristas, ha venido a presentar la propuesta. Pero el H. François padece con demasiada frecuencia dolores de cabeza. Declina la oferta. Será el H. Jean-Baptiste quien realice la tarea.

    Hay labores más materiales que se imponen, por ejemplo en el cementerio. Ese mismo año 1841 se ha ampliado en dos tercios. Cortar la colina y construir muros, pueden hacerlo los Hermanos y él mismo trabajaría en ello muy a gusto si dispusiera de tiempo, como hará tras su dimisión. El H. Caste trabaja bien el metal y construirá la gran cruz de hierro que aún perdura.

    La ampliación del cementerio lleva a una primera exhumación del Padre Champagnat, cuyo féretro estará expuesto durante un día, y colocado luego en el panteón preparado para él y completado con un pequeño monumento. Todo ello ayudará a no olvidar el modelo dado por el Señor.

    Sin duda es el cementerio y otras partes de la casa las que ocupan el pensamiento del H. François cuando escribe: “Seguimos batallando contra las rocas, pero ya con ganas de acabar; creo, sin embargo, que lo conseguiremos, uniendo lo agradable a la salubridad” (2).

    Pero un Superior debe pensar, sobre todo, en la salud física y espiritual de sus Hermanos. El antiguo enfermero no olvida a sus pacientes: “No cometan imprudencias que puedan dañar su salud; eviten el aire frío y húmedo, mantengan los pies calientes y secos, sigan un régimen suave, eviten lo frío, fuerte y ácido; tomen leche de vez en cuando, en fin, nada descuiden de cuanto ayude a superar el resfriado: tejido de lana sobre el pecho, o un vesicatorio en el brazo son a veces muy útiles” (3).

    Si sabe que su enfermo es lo bastante piadoso, evoca los remedios humanos y los del cielo. “No le obligo a permanecer más tiempo en…(4) si el clima no le conviene, pero a la espera de que el tiempo sea favorable para viajar, tome cuanto necesite, lo que le pueda convenir y aliviar y no tema pedírselo al H. Director y, ante la duda, consulte al médico; es cierto que tiene un recurso a quien más rápida y eficazmente puede acudir: la devoción a María es el remedio universal para todos los males. El santo nombre de María es bálsamo excelente… que cura, fortalece y alegra de forma admirable a quien lo pronuncia con respeto, amor y confianza” (5).

    Se puede afirmar que estas palabras brotan del corazón y que está convencido de la eficiencia del remedio.

    Para otro Hermano no se trata de ninguna enfermedad, sino de una prueba no precisada (tal vez un fracaso, pues se habla de sufrir el menosprecio de los hombres). También aquí se propone a María como remedio: “Manténgase al pie de la Cruz con María, la más tierna y afligida de las madres. Allí encontrará el remedio para todos sus males… Haga de ella la confidente de sus penas y alegrías” (6).

    Al anunciar la curación de un cuarto Hermano: “El H. Callinique, dice, se ha curado gracias a los remedios y a nuestra atenta Madre” (7).

    La caridad le mueve a dar estos consejos, pero también la necesidad. El grupo humano que dirige no es rico y debe, cada día, atender un trabajo que no puede esperar. No hay exceso de enseñantes para permitir substituciones fáciles. “La enfermedad del H. Acaire, escribe a un director, me lleva a recomendarle más y más proporcionar de forma abundante a sus colaboradores todo lo necesario para aliviar “la fatiga” de la enseñanza. La conservación de la salud es la mayor economía que pueda realizar… ateniéndose siempre a los límites de la Regla” (8).

    Este problema de los enfermos es inquietante, y el número de cartas a él referidas es considerable: “Este año (¿1843?), las afecciones de pecho han sido frecuentes y pertinaces. Se atribuyen, en general, a las intemperies del viento y las estaciones. Creo que hemos de levantar el punto de mira y adorar los designios de la divina Providencia. Si recibimos los bienes de la mano del Dios generoso, ¿por qué no también los males de su mano paternal? Todo contribuye al bien de los que aman a Dios. Si él os ha dado parte de su cáliz y de su cruz, sumisión perfecta, resignación completa, incluso agradecimiento, mezclado con la dulce confianza en la bondad de este divino Salvador que desea ser nuestro modelo, nuestra fuerza, nuestra esperanza y nuestra recompensa” (9).

    Trata de acompañar a todos los Hermanos, pero de forma especial a los responsables de comunidad y más aún a los formadores Al H. Babylas, maestro de novicios en Vauban, le recuerda que su empleo es un cometido difícil, pero que Dios concede siempre su gracia. “Ha de pedir a Dios la sabiduría, la prudencia, la suavidad… Ha de presentarle con amor sus propias necesidades y las de cuantos está encargado. Empiece por ganarse el corazón de los novicios y testimoniarles mucho interés y abnegación; considérelos como hijos predilectos de la Sma. Virgen… Pero sin temer el trabajo y la pena… Hay que presentar la virtud bajo rasgos que la hagan atractiva. Pero la dulzura sola no basta; ha de ir acompañada de sabia firmeza; se muestra amor al enfermo causándole un dolor que habrá de curarle” (10). El H. François es hombre de firmeza, virtud que mantiene siempre en vela al alma entregada a Dios. A un convaleciente, le llega a señalar un peligro de la convalecencia: “Las fuerzas del alma se debilitan a medida que se recuperan las del cuerpo. ¡Sólo una gran fidelidad a la gracia puede evitar este infortunio!” (11).

    A un inquieto, le habla de apaciguamiento: “Nada teme tanto el demonio como la libertad del alma que sólo busca agradar a Dios, y por eso trata de turbar los espíritus serenos y contentos por cuantos medios puede proporcionar su malicia” (12).

    De ahí la importancia de la prudencia que se insinúa en los corazones y diversifica la conducta a seguir según la variedad de caracteres y temperamentos” (13).

    A veces, conociendo el alma profunda de un Hermano, emplea, con él, términos más personales: “Escóndase en las llagas de nuestro amable Salvador y acójase siempre bajo las alas protectoras de nuestra tierna Madre como en refugio sagrado y asilo seguro contra las asechanzas de los enemigos de nuestra salvación. Aleje de su espíritu toda idea sombría y melancólica” (14).

    Algunos de sus paternales consejos revelan, tal vez, una sabiduría algo literaria: “Cuando se aleja de Dios, es cuando él se encuentra más cerca de usted”, pero la mayor parte son fruto de su experiencia personal: “Si con una mano Dios le impone una carga, con la otra está aguantando el peso; nos lleva a nosotros y nuestra carga” (15). Aquí expresa su vivencia personal.

    El contacto con los Hermanos se efectúa también por las circulares de las que redacta algunas muy sencillas, pero en las cartas se encuentra más cómodo y directo. Más importantes aún son las visitas y los contactos personales a los que consagra mucho tiempo, a imitación del Padre Champagnat.

    Una de esas visitas a las escuelas está marcada por un curioso favor que resulta difícil no calificar de sobrenatural.

    Lo cuenta el H. Camille, héroe de esta historia. Pero como muere el 10 de enero de 1910, año en que se pide a cuantos han conocido al H. François ofrecer testimonios sobre él, parece tener reparo para firmar un último relato que tuvo que hacer poco antes de morir. Como, por otra parte, contó el suceso varias veces estando con buena salud, el relato se ha transmitido por varias personas. Conjugando todos estos detalles llegamos al mejor resultado.

    Estamos a mediados de enero de 1842. El H. François tiene que visitar a los Hermanos de Usson. Se nos habla de una espesa capa de nieve y fuerte cierzo que han frenado la marcha del viajero. Llega por fin al pueblo, pero son ya las 21’30 h. En un medio agrícola, sin radio, ni tele, uno tiende a acostarse hacia las 20 h y los Hermanos, según la Regla, se han acostado a las 21 h. El H. François encuentra todas las puertas cerradas. Durante 2 horas va llamando, dando vueltas a la casa para ver si una puerta o ventana le daba la oportunidad de llamar la atención. Nada. Los Hermanos duermen profundamente. Ahora bien, el H. Camille, Director, ve, de pronto, en sueños una mano, hermosa en extremo, saliendo de una manga de roquete adornado con puntilla y que se posa sobre su almohada. Se despierta, impresionado por esta visión. ¿Estoy despierto? Me gustaría volver a ver esta mano admirable. Y ve que se posa por segunda vez: No estoy soñando. Pero se queda como paralizado. Oye entonces una voz: “Levántate, el H. François espera en la puerta”. Y al mismo tiempo oye llamar. Despierta a los dos Hermanos que duermen en la misma habitación y que no han oído nada. Se levanta, trata de abrir la ventana que resiste, rígida por la helada. Pregunta: “¿Quién anda ahí?” y reconoce enseguida la voz del H. François. Se precipita: “¿Tal vez le he hecho esperar?”. “El tal vez sobra, pues hace ya dos horas que rezo, llamo y doy vueltas alrededor de la casa. Tengo mucho frío. He rezado mucho por las almas del purgatorio, me he encomendado a la Sma. Virgen, a San José, a los Ángeles de la Guarda. Ya iba a mirar si algún albergue me podía abrir”. El H. Camille se apresura a calentar leche. Más tarde explicará: Me he perdido parte de una frase que terminaba por… “el Padre Champagnat, y ha venido usted a abrirme”. Varios Hermanos, precisaba, me han dicho: “Ha debido decirle que al final se había encomendado al padre Champagnat, y que es entonces cuando usted ha aparecido”. El H. Camille les respondió: “Es probable, pero sólo afirmo aquello de lo que estoy seguro” (16).

    El imitador del Padre Fundador era también beneficiario de su poderosa intercesión. Esto no impide que su acto de fe debía ser renovado sin cesar. Al final del mes de agosto de 1843, escribe a un Hermano: “Sé por experiencia en qué medida el debilitamiento de las facultades intelectuales vuelve penosa y agobiente una administración, pero, por otra parte, Dios se complace en servirse de lo más débil para que el poder de su gracia resalte más”.

    CAPÍTULO 13

    1 – Ese año, el inicio de las vacaciones se fijó el 28 de septiembre.

    2 – 10 p. 122.

    3 – 10 p. 96 (1842).

    4 –Como escribe o dicta el borrador de sus cartas, evita cualquier indicio que permita identificar al destinatario.

    5 – 10 p. 76 (1841-1842).

    6 – 10 p. 100 (1841-1842).

    7 – 10 p. 100 (1841-1842).

    8 – 10 p. 148 (1842).

    9 – 10 p. 181 (1842).

    10 – 10 p. 3.

    11 – 10 p. 42 (1841).

    12 – 10 p. 75.

    13 – 10 p. 42 (1841).

    14 – 10 p. 192.

    15 – 11 p. 724.

    16 – Fue sobre todo el H. Stratonique, Superior general, quien oyó este relato: “Cuando el H. Camille contaba esta historia, su tono de voz expresaba la convicción de una intervención milagrosa del P. Champagnat.



    CAPÍTULO 14

    Y en la humildad

    Al tomar posesión de su cargo, el H. François había escrito: “Oh, Espíritu Santo, unión de las inteligencias en la eterna verdad, y de los corazones en la eterna caridad” (1).

    Se ha llegado a pensar que la devoción al Espíritu Santo era una conquista de la 2ª mitad del s. XX, y es cierto, en parte, pero es un hecho que la oración al Espíritu Santo es muy frecuente entre los primeros Hermanos y, como hemos visto, sobre todo en el H. François, desde la Primera Comunión y la Confirmación. Fórmulas como la citada, que nos podrían parecer nuevas, muestran que el Espíritu no se atiene a nuestros plazos. Como dice Grignon de Monfort, “cuando ve a María en un alma allí se precipita”.

    En su humildad, el H. François acepta también sin dificultad lo que no tiene que discernir y que le llega de lo Alto. Ahora bien, ocurre que el cardenal Fesch fallece en Roma en 1839 y el nuevo arzobispo, Mons. de Bonald, cambia su equipo de vicarios generales; uno de ellos es el Sr. Cholleton, deseoso, desde hace tiempo, de ser Padre Marista. Mons. de Bonald, sin duda a instancias del P. Colin, le nombra provincial de los Hermanos Maristas, con el Padre Colin Superior general de todas las ramas Maristas y el H. François, tan solo Director general.

    Éste aprovecha, pues, la circular del 15 de enero de 1841 (2) para oficializar esta situación y pide al Padre Colin y al Padre Cholleton añadir cada uno unas líneas: “nos hemos impuesto el deber, dice, de someter nuestra circular al examen y aprobación del Rdo.P. Superior general y del Rdo.P. Cholleton”.

    El Padre Colin expresa la consolación que le procuran la paz, la unión y el fervor reinantes entre los Hermanos. El P. Cholleton escribe también palabras afectuosas que corresponden a la estima recíproca existente entre él y el H. François: “Vuestra circular… la apruebo gustoso en su totalidad. No ceso de rogar ante el Señor por vuestros Hermanos y pedirle que, con su don de sabiduría, perfeccione hasta la plenitud el conocimiento que ya tienen de su voluntad…” Se mostrará siempre muy discreto, pero estará siempre a disposición de los Hermanos, en especial para los retiros.

    El Padre Colin, sobre todo al principio, reaccionará de forma distinta. No se entromete en la administración de los Hermanos ni en sus problemas pedagógicos, pero cuando se trata de construcciones y otros gastos, no desea verse implicado. Ahora bien, la cuestión se plantea muy pronto. El H. François quiere imitar también al Champagnat constructor. No por gusto, desde luego, pero le parece lamentable dejar sin usar los tres edificios de la orilla izquierda del Gier adquiridos por el Fundador, junto con la propiedad que los rodea, para conservar en l’Hermitage su carácter de soledad y de silencio.

    El H. François piensa que dichas construcciones, ligeramente transformadas, podían convertirse en molino, batán y lagar, y ocupar así a los Hermanos mayores, cansados por la clase y deseosos de un trabajo manual para no ser gravosos a la comunidad. Es al menos lo que aduce, pues, tal vez, está también preocupado por la “granja escolar” (3) de la que disuadió al padre Champagnat moribundo, pero que le inquieta para eventuales huérfanos.

    Ya no se fabrican cintas, de difícil venta, pero por el contrario, se necesita mucho paño para hacer sotanas. Ahora bien, un batán sirve para suavizar la tela. Mucho tiempo atrás, el Sr. Patouillard, el propietario, había construido un pequeño canal para mover una rueda de paletas para los martillos mecánicos de su taller de cortar metal (4). Habría que ejecutar algunas transformaciones, para adaptarse al nuevo artesanado, pero ello permitiría luego una fuerte economía. El molino, parce claro que iba destinado a moler el grano comprado a los campesinos. En cuanto al lagar, permitiría utilizar de la mejor forma los frutos de la propiedad. Pero parece ser que, en este proyecto, Los HH. Louis-Marie y Jean-Baptiste no estaban muy de acuerdo. El H. François no quiere imponerse. Como el H. Louis-Marie tiene que ir a ver al Padre Colin, recabará su opinión. Habría que ver cómo se planteó la cuestión, El hecho es que el Padre Colin se mostró muy irritado. No escribe, pero habla ante el H. Louis-Marie, quien transmitirá por escrito al H. François un resumen de la filípica (5). “Hermanos míos, ni se os ocurra. Con 60000 francos de deuda y sin consultarme, ¿cómo emprendéis una construcción que la va a aumentar en 12 o 15000 francos más? Si afirmáis que soy vuestro Superior, no quiero ser un superior de trapo. Vuestra Sociedad no tiene todavía nada bien asentado, ni por parte de Roma ni de Paris… y esto puede fomentar la desconfianza entre los Hermanos…; el público, que tiene la mirada puesta en vosotros para ver cómo os va tras la muerte del Padre Champagnat, os retirará su confianza si os ve metidos en problemas, ya sea para mantener las escuelas o para hacer frente a vuestras necesidades materiales; en este estado de cosas, me parece del todo inoportuno meterse en tal empresa. Si fuera absolutamente necesaria, podría pasar, pero sólo se habla de utilidad, de posibles ganancias, de hacer comercio… Hermanos míos, dicha utilidad ¿es real? Los Hermanos que podríais emplear en esos talleres ¿no los quitaríais de la enseñanza que es vuestra principal y única finalidad? Decís que emplearíais a los que ya no pueden enseñar; es una ilusión. Un Hermano agotado por la clase no querrá enterrarse en un batán, un molino o un lagar…

    Además, ¿habéis pensado en los peligros de vuestra empresa para el buen orden y hasta la moralidad de vuestra casa? Para mí existen muchos. Los Hermanos que trabajarán allí deberán tratar con toda clase de personas y caeréis en el inconveniente que queríais evitar al comprar los talleres Patouillard.

    Además, obviando todas estas consideraciones… ¿no deberíais, por lo menos, haber deliberado este asunto en una reunión de todo el consejo y de los principales Hermanos? ¿No habría sido necesario someterme vuestro plan, vuestro presupuesto? Si hubierais sido algo más políticos, lo habríais hecho para que hubiéramos podido acudir en vuestro auxilio en caso de veros metidos en un grave problema. Usted está de viaje, cada uno por su lado, no os ponéis de acuerdo entre vosotros, me dice que han hecho observaciones, que el H. Jean-Baptiste se opone frontalmente; no me dice usted nada y sigue adelante. No lo entiendo. Esta no es forma de obrar. Si nos encargamos de vosotros, nuestro honor está interesado en que todo siga bien: no puedo soportar tales errores, ni permitir que os hundáis aún más. Pagad primero las deudas, consolidaos un poco más en todos los aspectos, y luego ya veremos…”.

    El H. Louis-Marie concluía su carta con una última frase que vale más tomársela con humor: “En resumen, dijo muchas más cosas que no me acuerdo”. Felizmente, el Padre Colin tendrá ocasión, 10 años más tarde, de constatar que, por el contrario, la gestión del H. François había sido excelente.

    La diatriba es del 26 de mayo de 1841. El H. Avit nos dice que la deuda del Instituto era sólo de 40000 francos y que el Sr. Thiollière iba a pagar 22000 que el H. François había pedido prestados a los hijos Finaz, en condiciones bastante duras; entre otras una hipoteca sobre l’Hermitage y la Grange-Payre. El hecho es que había que empezar con una buena humillación y aceptar la realidad: soy sólo Director general y dependo de un Superior general.

    Esto no le va a perturbar. Ya a los 16-17 años, había comprendido que la humildad es una fuerza, sin la cual se vive agitado: “Si no trato de penetrarme de estos sentimientos de humildad: desear ser despreciado por todos y abandonado por todas las criaturas, considerado como una nada, un hombre nulo, vil y abyecto, no podré adquirir la paz, la libertad y la firmeza espiritual ni ser sólidamente iluminado interiormente por el Espíritu Santo, para poder permanecer plena y perfectamente unido a Dios” (5).

    Tras la reprimenda recibida, conserva un espíritu claro y firme. Al no poder emprender los trabajos de la orilla izquierda, por lo menos se utilizarán los edificios transportando allí lo que existía en una pequeña construcción de la orilla derecha, paralela y perpendicular al Gier y que contenía establo, taller, herrería, serrería, panadería y depósitos varios. Dicha construcción será demolida, despejando el espacio entre la casa y el huerto para acoger, en su día, la imagen de Notre-Dame des Victoires.

    CAPÍTULO 14

    1 – 301 p. 50. Los años 1950 conocieron el éxito del cántico: “Dios mío, concede la unidad de los espíritus en la verdad y la unión de los corazones en la caridad”. Un siglo antes el H. François emplea casi la misma expresión.

    2 – Circ. 1 p. 54-55.

    3 – Un aristócrata, Villeneuve-Bargemont, dejado de lado por la Revolución de 1830, consagrará su existencia a los problemas sociales. Pretende que los miles de hectáreas dejadas sin cultivar en diversas partes de Francia, puedan ser distribuidas en favor de familias o de comunidades religiosas que adoptarían huérfanos para mantenerlos en el campo en lugar de abandonarlos al paro y a la miseria de las ciudades. Este proyecto se llamó “colonia agrícola” (término que se encuentra en la biografía del Padre Champagnat) y halló cierto éxito en la opinión pública, pero no cristalizó en muchas realidades.

    4 – En Saint-Chamond existe hoy una “Rue de la Fenderie”. Este sector de la metalurgia debió ser el que suministraba a los primeros Hermanos las varillas para fabricar los clavos.

    5 – Avit Anales p. 221-222.

    6 – 302 p. 75.

    CAPÍTULO 15

    Hacia el reconocimiento legal (inicios)


    Cronológicamente, hemos de seguir al H. François en sus gestiones en pro del reconocimiento legal. Historia ya antigua, se puede decir que ocupó casi 20 años de la vida del Padre Champagnat, es el único asunto en el que no logró el éxito deseado, aunque, como para todos los demás, fue capaz de “remover cielo y tierra”.

    Dicha historia, y la unión con otras dos congregaciones, ocupará tres capítulos de esta biografía. No se trataba de una cuestión de honor, sino de un problema vital, por estar unida al tema del servicio militar, como ya se ha podido ver.

    En una congregación reconocida, sus miembros son dispensados del servicio militar con una obediencia de su Superior. Éste indica que el interesado está nombrado en una escuela y con esto basta. Téngase en cuenta que un servicio militar de al menos 6 años, supone un alejamiento demasiado largo de su instituto para cualquier vocación medianamente confirmada. La solución de pagar a un reemplazante resultaba ruinosa: en 1840, costaba 6000 francos, es decir, 15 salarios anuales de un Hermano (1).

    La unión con los Hermanos de Saint-Paul permitió enviar a dicho sector algunos Hermanos, presuntos pertenecientes a la congregación del Sr. Mazelier. Pero había que ser prudentes. Ante la administración, la unión de los Hermanos Maristas con los de Saint-Paul no estaba reconocida. Ahora bien, si los enseñantes enviados a las escuelas del Sr. Mazelier son, en su mayoría, nativos de la Loire, podría extrañar verlos en una congregación reconocida para la Drôme, Isère y Hautes-Alpes.

    Además, en los años 1840-41, antes de la firma del acuerdo entre Saint-Paul y l’Hermitage, El Sr. Mazelier duda todavía entre unirse a los Hermanos Maristas o a los de Ploërmel. Así pues, los Maristas tienen sumo interés en obtener su propio reconocimiento. De ahí la nueva tentativa. Desde el 14 de noviembre de 1841, escribe también al prefecto de la Loire para asegurarse su intervención. Éste debe responder al rector de la Academia de Lyon, Soulacroix, quien, el 28 de marzo le pide información sobre los Hermanos. Se la proporciona el 6 de abril. Durante ese tiempo, el H. Jean-Baptiste está en Paris para realizar cualquier gestión útil. El 15 de mayo, escribe al H. François que el ministro pide las Reglas de “la Asociación”.

    ¡Leve esperanza! Pero el 20 de julio, Mons. Affre, arzobispo de Paris, que también ha intervenido ante el ministro, recibe una respuesta que comunica al H. François: “La autorización sólo puede ser concedida por una ley, según dispone la de 1825”.

    El H. François responde el 6 de agosto para demostrar que, al contrario, los Hermanos Maristas pueden ser reconocidos por decreto real:

    1 – Lo que usted aduce podría ser cierto para una corporación religiosa, pero sólo pedimos ser reconocidos como institución de utilidad pública.


    1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   22

    Similar:

    Frère françois iconBasilio et le monde meilleur
    Le présent cahier se base sur le dossier sur le Frère Basilio trouvé dans les archives du Mouvement pour un Monde Meilleur (mmm)
    Frère françois iconIntroducción crítica al sistema de
    François Chevalier (1944). "Les municipalités indiennes en Nouvelle Espagne, 1520 1620", en Anuario de Historia de Derecho Español,...
    Frère françois iconRevolución industrial en inglaterra a final de siglo XVIII
    Lectura 12: Bergeron, Louis, François Furet y Reinhart Koselleck (2004), La época de las revoluciones europeas, 1780-1848, México:...
    Frère françois iconDesarrollo del pensamiento
    Isidore Marie Auguste François Xavier Comte (Montpellier, Francia, 9 de enero de 1798 † París, de septiembre de 1857). Se le considera...
    Frère françois iconIsidore Marie Auguste François Xavier Comte mejor conocido como Augusto Comte nació el 18 de enero en Montpellier
    Francia. Para Comte era necesario que la sociedad estuviera organizada y esto podría ser posible gracias al mando de “una élite de...
    Frère françois iconDesarrollo del sector aeronáutico en el estado de Querétaro. Brenda Yaaxnic Vázquez Mata
    México, François Hollande y Enrique Peña Nieto. Con una inversión de 400 millones de pesos, el campus se conformó con la participación...
    Frère françois iconÁfrica sin deuda
    Comisión Deuda de Attac Francia; coautor con François Mauger de La Jamaïque dans l’étau du fmi, L’Esprit frappeur, París, 2004; con...
    Frère françois iconCiclos programados joachim lafosse, la quiebra de los valores philip seymour hoffman en el recuerdo
    Thierry y François, dos jóvenes egoístas que viven a sus expensas a pesar de que han alcanzado hace tiempo la edad de abandonar el...