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Frère françois


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He sido un ingrato, ya no lo seré más. Ayúdame. Después de tantas gracias obtenidas de vos, ¿me rehusaréis ésta? Monstra te esse matrem (Muestra que eres madre. N.T.). Consagraré todos los sábados a publicar tus grandezas y reconocer tus beneficios. Jesús es el manantial de todas las gracias, pero María es su fuente distribuidora; pues por ella las recibimos. Es la plena de gracia, tesorera de Jesús Cristo” (21).

CAPÍTULO 6

1 – 308, p. 917. Texto en el Anexo 1.

2 – Es lo que precisa para la actual sala de los frescos: “La sala de meditación, nos dice, fue la 1ª capilla provisional donde Marcellin Champagnat dijo la misa, desde que la casa fue habitable. Fue también su primera habitación. Más tarde, nos hacía allí las instrucciones durante el año y sobre todo en los retiros. Allí fue administrado y nos dirigió una conmovedora alocución”. 308 p. 998.

3 – 32 p. 49.

4 – 11 p. 114-115.

5 – 310 p. 206.

6 – El H. Agathon ingresa en los Hermanos de las Escuelas Cristianas de Saint Yon en 1747. Superior General en 1777. Aportó modificaciones a “La Guía del Maestro”, libro de pedagogía escrito por San J.B. de La Salle en 1720. En 1793, es condenado a prisión por el gobierno revolucionario. Muere en septiembre de 1798. Escribió “Las doce virtudes de un buen maestro”.

7 – 302 p. 85.

8 – 302 p. 80-81.

9 – 302 p. 88-89.

10 – En el registro civil de Boulieu no se encuentra lo que dice el H. Jean-Baptiste en “Vida de M.J.B. Champagnat, edición del bicentenario” (1989) p. 112, a saber: que el H. Jean-Pierre fue enterrado en la misma tumba que un niño muerto el mismo día. Es posible haya una confusión con la historia de la familia Voguë. Habían perdido un niño y habían querido una escuela cristiana para que los niños de Boulieu estuvieran preparados para todas las etapas de la vida cristiana, incluida la última. ¿Habían ofrecido la tumba de su hijo para el H. Jean-Pierre?

11 – En los inicios, los métodos son todavía víctimas de una vieja tradición según la cual lo importante era la lectura. Si se quería aprender también a escribir, había que pagar algo más. En 1825, puede ser ya una etapa superada, pero aún se sigue hablando de una clase de “lectores” y otra de “escribientes” (la clase pequeña y la grande).

12 – 302 p. 64.

13 – Esta oración se recitaba siempre al principio de la clase.

14 – 302 p.63.

15 – Se trata de votos perpetuos emitidos en secreto, es decir, no de forma oficial (la Sociedad no estaba aún reconocida por la Iglesia), sino con el permiso del arzobispo. El H. François tenía entonces 18 años y 5 meses.

16 – 302 p. 115.

17 – 320 p. 112.

18 – 302 p. 112.

19 – 302 p. 79

20 – 302 p. 105.

21 – 302 p. 228.

CAPÍTULO 7

Tiempo de formación

El H. François, ya totalmente disponible para el Señor y sus Hermanos, se va a convertir en el hombre de l’Hermitage, donde residirá casi todo el resto de su vida. Su papel allí no quedará muy precisado hasta 1826. El Padre Champagnat le hizo seguir un curso de medicina para llegar a ser un buen enfermero, pero, al mismo tiempo, da clases a los novicios. En otoño de 1827, el H. Louis, maestro de novicios, tiene que reemplazar en Saint-Paul-en-Jarez, de forma provisional, a un Hermano muerto en accidente y el H. François ¿se convierte en maestro de novicios pese a su edad? Es lo que parecen decir ciertos testimonios de la época (1) y lo que él expresa en su cuaderno de retiro de 1829, con reflexiones del que ocupa dicho cargo: “Un maestro de novicios debe insinuarse en el espíritu de cada uno de ellos, ir por delante y tratar de conocer sus penas, inquietudes, etc… tanto por el reglamento como por su vocación”.

El Padre Champagnat cree tener en el H. François un posible sucesor a quien formar. Esta formación será el Espíritu Santo quien se la procure a través de los acontecimientos y de las personas.

No llegó a vivir la crisis de 1826, pues estaba en Boulieu al menos hasta el verano, pero sí la de 1829, en la que un viento de rebelión sopla en algunos espíritus. El Padre Champagnat ha decidido ciertas modificaciones en el vestido (sobre todo las medias de tela) (2) y en el método de lectura (3). Son mal aceptadas: se organiza una campaña de firmas para protestar por imposiciones juzgadas tiránicas. El Fundador va a reaccionar con gran firmeza, despedirá a los dos principales fautores de la maquinación y dejará marchar a algunos otros los días siguientes. El H. François, lo veremos, se acordará 25 años después.

Se acordará también, aún más tarde, de la forma en que Marcellin Champagnaat afrontó la Revolución de 1830, con un espíritu de fe de aspectos desconcertantes: ¿pues no pide al arzobispado permiso para una toma de hábito cuando el clero abandona de forma provisional la sotana?

Tras las dificultades vienen las bendiciones. En 1831, llega a l’Hermitage un seminarista, Pierre-Alexis Labrosse (4) quien, en el momento de recibir el diaconado, considera su deber no continuar el camino del sacerdocio. El superior del seminario, Sr. Gardette, le ha aconsejado contactar con el Padre Champagnat. Y el 16 de octubre de 1831 viene a engrosar las filas de los novicios con una evidente preparación intelectual muy superior a la del H. François.

Se verá sometido, como cualquier otro novicio, al trabajo manual (recoger nabos en un día de invierno con el suelo helado), a las penitencias y humillaciones al uso, si bien al mismo tiempo, se utilizarán sus competencias, y el H. François sabrá aprovechar sus enseñanzas. Es, para él, una ocasión de iniciarse, entre otras cosas, a las matemáticas, la geometría y familiarizarse con la agrimensura que entrará muy pronto en los programas.

El noviciado del joven Labrosse, convertido en el H. Louis-Marie, será, por desgracia, demasiado corto, pues se le necesita para una escuela de importancia en La Côte-Saint-André; pero estos cortos meses han abierto al H. François vías hacia conocimientos que podrá profundizar. En cualquier caso, sus cuadernos revelan interés por los estudios más diversos: gramática, ortografía, prosodia, historia de la Biblia, historia antigua, literatura y puesta al día de las correspondencias entre el sistema métrico y medidas antiguas.

Se interesa también por el cómputo eclesiástico, la química, las ciencias naturales e, incluso, el arte de la correspondencia con escrituras secretas. Sí, siente curiosidad por todo, pero su existencia muy ocupada y delicada salud limitarán pronto esta apertura al saber ampliado. Desde esta época se concentra en lo más práctico. Tal vez por su cargo de enfermero, se inicia en la farmacopea de su tiempo y se prepara diversos recetarios de remedios, todos manuscritos, uno de ellos de 848 páginas con el nombre de la enfermedad, su diagnóstico y su terapia.

Veamos, por ejemplo, el remedio de caballo que se propone para los aquejados del cólera (5). “Calentar al enfermo tanto en su interior como en su exterior, rodearlo de ladrillos calentados al horno, frotarle con ortigas, pasearle por todo el cuerpo una plancha lo más caliente posible. Cuando ya ha vomitado, hacerle beber un vaso de aguardiente en el que se ha machacado una docena de granos de pimienta” (6).

El considerable número de manuscritos que redactó pone muy a las claras que estaba al corriente de los progresos de la medicina, incluso si se trataba de una medicina muy empírica. En 3 cuadernillos encuadernados juntos se encuentra, con la descripción de los remedios, el léxico para localizar las citas.

¿Se trata de eliminar pecas?: destilar agua con flores de hinojo y ruda y lavarse la cara. Este agua quita las pecas” (7).

Contra el cólico: “tomar medio litro de vino blanco; hacer infusión con 3 pizcas de manzanilla. Las flores de manzanilla son suavizantes, emolientes y resolutivas. Beber medio vaso al atacar el cólico y otro medio al acostarse” (8).

Contra el estreñimiento, hay, entre otros, un remedio al que se llama “muy sencillo”. En la comida de la noche y en la de mediodía, se toma una manzana, se le quita el corazón, se llena de azúcar y se cuece en un cazo pequeño con medio vaso de agua y un poquito de mantequilla (9).

Encontramos también recetas para combatir el mal aliento. Se trata, por ejemplo, de pastillas hechas a base de chocolate, café, carbón vegetal, azúcar de vainilla, mucilago de goma con un poco de raíz de ruibarbo, genciana o alcanfor (10).

Para las picaduras de víbora se indica una mezcla a preparar. “Si se aplica sobre la herida, el mal no tiene más efecto que un corte con un cuchillo” (11).

Naturalmente, le medicina actual puede sonreír y proponer soluciones mucho más eficaces, pero, entonces, cuando médicos y farmacéuticos escaseaban, había que procurarse algo que ofreciera curación y alivio.

En un “pequeño diccionario químico” se encuentra “el agua de l’Hermitage”, “el elixir de Saint-Genis” que pudieron ser muy bien un ensayo del célebre arquebuse (12). Hay también la ratafía, compuesta de 9 plantas maceradas en aguardiente, que debió ser la primera, pues las dos siguientes utilizaban ya 15 y 16 plantas.

En otro pequeño diccionario químico, una receta para tener hielo en cualquier época del año (13). En otro lugar se encuentra un remedio para el dolor de muelas: poner en el hueco de la mano una cucharilla de café con buen aguardiente; respirarla con fuerza por la nariz del lado del diente enfermo, apretando con el dedo la nariz opuesta, el mal cesa muy pronto (14).

Otras fórmulas están tomadas de celebridades de la época: Laennec, Récamier y Villermé, en un diccionario de los remedios (15).

En un cuaderno de 271 páginas sin acotar, nos encontramos una receta que no parece ser una broma: “para afeitarse sin usar jabón, navaja ni agua”. El ingrediente a fabricar se describe con todo detalle, y, “cuando esté completamente seco, se aplica sobre la barba, se fricciona suavemente y usted se encontrará perfectamente afeitado”.

Para completar este capítulo, señalemos un apartado de anatomía (16), un cuaderno sobre propiedades de las plantas (17), y otro de elementos varios sin relación con la medicina (pesos y medidas, calendario perpetuo, etc…) (18).

Cuando el H. François se topa con un Hermano enfermo, juzga con bastante rapidez si su caso requiere un médico, pero en la mayoría de los casos, indica él mismo el tratamiento a seguir, y, generalmente, se nos dice, con excelentes resultados. Llegó a prepararse un maletín quirúrgico para pequeñas operaciones.

Desde la perspectiva actual, esta formación podrá parecer muy acelerada y poco ordenada.

Pero, para sus amigos, el Señor sabe lo que quiere. Quiere un Superior general que acepte encontrar en su propia debilidad la fuerza divina que pueda necesitar. Siempre enfermo él mismo, el H. François no se curará, pero tendrá más fácil compasión para los demás enfermos y sabrá cuidarlos. Impedido con frecuencia para escribir a causa de parálisis, encontrará colaboradores competentes a quienes dictar sus circulares. “Mi gracia te basta”: esto es algo que tendrá el heroísmo de aceptar como palabra de vida.

CAPÍTULO 7

1 – En particular, el H. Angelicus, asistente general (nacido en 1859) quien dice: “dio clases a los novicios y luego fue maestro de novicios” (P.S.V. p. 412).

2 – Se trata de medias muy poco elegantes, pues no moldean la pierna como las de punto, pero tienen la ventaja del “prêt à porter”. Hay 4 o 5 tallas y se fabrican en serie.

3 – Este método de lectura no era un invento de Marcellin Champagnat, sino la opción de un procedimiento ya conocido el siglo anterior que hacía pronunciar las consonantes de forma más fácil de asimilar para los principiantes y acostumbraba a pronunciar grupos de letras en un solo bloque. Los métodos actuales van en la misma dirección para obtener una rápida asimilación de la lectura.

4 – Nacido el 4 de junio de 1810 en Ranchal (Rhône), pueblo donde, 60 años antes, había predicado el muy famoso Padre Brydaine. Bien dotado y estudioso, fue un brillante seminarista antes de convertirse en Hermanito.

5 – 45 p. 76. Los años 1832 y 1835 conocieron terribles epidemias de cólera, si bien la diócesis de Lyon se vio poco afectada, gracias a la preservación milagrosa obtenida por innumerables peregrinaciones de las parroquias a N.-D. de Fourvière. Pero la fe no impide precaverse con la medicina.

6 – 43 p. 19.

7 – 43 p. 20.

8 – 43 p. 22.

9 – 43 p. 22.

10 – 43 p. 61.

11 – 43 p. 81.

12 – 47 p. 40.

13 – 47 p. 56.

14 – 45 p. 32.

15 – 49

16 – 42


17 – 44.

18 – 41.

CAPÍTULO 8

Cuando la santidad resulta contagiosa

La vida intelectual necesita ayudas: profesores, gente instruida, investigadores. La vida espiritual también. Incluso el santo debe aprender de otros santos. Para el H. François está, desde luego, el Fundador, pero ciertos cohermanos pueden mostrar también una fidelidad que puede sorprender. Es el caso del H. Bonaventure cuya vocación nada tiene de banal.

A consecuencia de las intrigas de 1829, varios Hermanos pidieron retirarse, entre ellos un tal H. Pothin, natural de Ampuis. Ya en su pueblo, proclamaba a viva voz que l’Hermitage era una casa detestable, su director un tirano, y que lamentaba mucho el tiempo que había perdido allí.

Por otra parte, incluso algunos de los que habían permanecido fieles, manifestaban su inquietud por todas estas salidas y tendían a reprochar al Padre Champagnat haberse mostrado demasiado severo. El H. François, por su parte, podía meditar entonces la respuesta del Fundador que jamás olvidará: “Hombres de poca fe, ¿pensáis que la casa se va a derrumbar porque algunos sujetos sensuales, orgullosos y entregados a su propio espíritu, han merecido, por haber abusado de la gracia, verse separados de la congregación? Para Dios no es difícil llenar los huecos producidos entre nosotros. Puede utilizar los primeros hombres que pasen por la calle”. (1)

Esta respuesta resultó en verdad profética. En efecto, un joven, Antoine Pascal, sirviente en el mismo pueblo, oye hablar de los propósitos y reflexiones que circulan por el pueblo: “Toucheboeuf, apellido del ex Pothin, se ha salido del convento y, si lo que dice es cierto, los jóvenes no se verán con ánimo para llegar a ser Hermanos”.

Antoine no es hombre que actúe por capricho, pero es ya alguien fiel al Espíritu y es ese mismo Espíritu quien le empuja a aceptar el desafío: “¡Ah!, Toucheboeuf se ha vuelto y da por perdido el tiempo pasado en el convento. Pues bien, yo quiero reemplazarlo. Todo lo que dice no me asusta en absoluto. La semana próxima voy a pedir ocupar su puesto y espero que Dios me conceda la gracia de hacerlo hasta la muerte”. (2)

El 31 de mayo de 1830, está en l’Hermitage como postulante. Desde el 27 de junio es ya novicio bajo la dirección del H. Louis. (3). Un mes más tarde empieza la Revolución y el Padre Champagnat puede decir al nuevo Hermano que ha escogido mal el momento para hacerse religioso. A lo que Antoine Pascal responde: “Padre mío, desde que estoy aquí, no he cesado de dar gracias a Dios por haberme retirado del mundo; lo que está ocurriendo lejos de asustarme me afirma más en mi vocación. Esta misma mañana me he sentido vivamente empujado a venir a pedirle el hábito de Hermano para sufrir como religioso si nos vemos molestados”. (4)

La toma de hábito tuvo lugar el 9 de octubre de 1830. Y muy pronto, el Padre Champagnat encontró tan firme esta vocación que se iba a servir del joven Hermano, conocido desde entonces bajo el nombre de Bonaventure, para curar a otro excelente religioso: el H. Cassien, que encontraba muy mediocres los Hermanos que le confiaba. El Padre Champagnat envía, pues, al H. Bonaventure junto al H. Cassien quien, al cabo de 6 meses, confiesa estar lleno de confusión ante la virtud del recién llegado: “Puede usted, le dice, confiarle enseguida la dirección de una casa”. – “Voy a hacer algo mejor, responde el padre, voy a hacer de él un maestro de novicios”. (5).

Y, cosa increíble, este joven de 27 años, casi analfabeto, ayer mismo criado de una granja, se va a convertir, durante 20 años, en maestro de novicios”. Es de una sencillez y humildad extremas. Hacia 1850, como el nivel cultural de los postulantes es algo más elevado, se le encuentra un reemplazante más intelectual, y él sustituirá, como cochero, al H. Jerôme, que acaba de morir. En 1853, pasará, como la mayoría de los Hermanos, a Saint-Genis-Laval. Durante los 12 últimos años de su vida, recobrará su empleo de campesino. Ya de pie a las 3 y media de la mañana, ordeña las vacas, da de comer a los animales, y está a punto para asistir a la oración. El H. François tenía a su lado un modelo nada vulgar y una lección inolvidable para imitar: si el Señor deja purificar la atmósfera por una rebelión interna o una revolución exterior, se trata de una purificación que no hay que temer pues es fuente de gracia.

Por esa misma época, anota también en su cuaderno de retiro los consejos de San Francisco Javier al Padre Gaspard Barzée: “Todas las faltas cometidas por los Hermanos contra la obediencia deben ser castigadas con una pena; y en eso no hay ninguna excepción. Si algunos de sus inferiores actúan contra usted de forma altiva y que, llenos de sí mismos, le resisten de forma obstinada, elevaos contra ellos; habladles como amo y que vuestra conducta con ellos sea más de severidad que de dulzura. Imponedles penitencias públicas; sobre todo, cuídese mucho de que no vean en usted debilidad y que piensen que se les teme; porque nada es tan negativo y lleva más a la revuelta de los espíritus obstinados e indóciles que advertir falta de rigor en quien les gobierna” (6). Lo veremos, el H. François no transigirá nunca ante el deber. Es consciente de que, a veces, hay que seguir el rudo consejo de su patrono San Francisco Javier.

Pero él mismo tiene que empezar por obedecer. El Padre Champagnat le ha encargado redactar un reglamento para la casa de l’Hermitage, que será más bien una puesta por escrito de lo vivido durante los últimos 14 años. Ha hecho un buen trabajo, pero el Padre Champagnat le pide volverlo a redactar para organizar mejor lo que, teniendo más valor jurídico, serán un día las Constituciones y lo que, al ser más de orden práctico, se convertirá en las Reglas. Varios testigos notaron que, en esta ocasión, no manifestó desagrado alguno y tranquilamente, refundió su primer trabajo.

Será, sobre todo, a partir de 1835 cuando se convierta en secretario del Padre Champagnat, pero sin cesar como enfermero y Superior de la casa.

Cuando el Padre Champagnat esté ausente, y lo hará con frecuencia para visitar las numerosas escuelas, el H. François es el único responsable de l’Hermitage, lo que será el caso, sobre todo, durante las ausencias del Fundador en Paris en 1836 y 1838.

Pero sigue siendo el Hermanito que se somete a las humillaciones previstas por la Regla. ¿Ha dejado quemarse un recipiente de metal o roto una vasija?, se pondrá de rodillas en el comedor con el objeto víctima de su torpeza, provocando, sin duda, la risa de unos y la admiración de otros (7). La cazuela quemada o la vasija rota llegarán a ser, dice un testigo, legendarias en el Instituto.

Acorde con la rectitud de su espíritu, no buscó conocer cómo sería interpretado su gesto. Lo hizo porque sabía ser la voluntad del Señor expresada en la Regla o en la costumbre. Modelo antes del Hermanito, ahora lo es del Superior.

Por otra parte, sus notas de retiro expresan decisiones mucho más heroicas:

Haré de toda mi vida la revisión más rigurosa y más severa. En ello aportaré mi penitencia y la haré con el ardiente deseo de agradaros y satisfaceros. La haré también tan santa y completa como me parezca debe ser y que mi debilidad sea capaz de soportar. No me detendré ahí. Señor mío, arreglaré también el porvenir, lo santificaré, no me permitiré ni escatimaré nada, para que nada me detenga cuando me llaméis a Vos, y que pueda sin tardanza ni obstáculos tomar posesión de la beatitud eterna que me habéis prometido” (8).

No contempla haber hecho un voto de pobreza teórico que no le cause ningún quebranto: “Sufriré con paciencia y resignación y hasta con alegría todos los dolores, incomodidades, aflicciones y penas del cuerpo o del espíritu y todas las privaciones de mi estado, bien convencido de que al hacer profesión de pobreza religiosa, no debo tener ni buscar mi comodidad aquí en la tierra” (9). Y hasta el fin de su vida querrá vivir como pobre entre los pobres.

Habría que citar también aquí en su integridad el acto de consagración y de unión que hizo, al parecer, después de la emisión de votos.

Deseo, Dios mío, estar absoluta y perfectamente unido a vos, caminar siempre en vuestra santa presencia… Pero como las ocupaciones, distracciones… se oponen con frecuencia a mis deseos y me separan de Vos, os presento el pacto que me atrevo a hacer con Vos y que os ruego aceptéis: Quiero con cada una de mis aspiraciones atraeros hacia mí y con cada una de mis respiraciones darme a vos, de la manera más perfecta… y con el único deseo de vuestra mayor gloria. Quiero que cada latido de mi corazón os diga que ese corazón os pertenece… y que suplica os hagáis su dueño absoluto para servir de holocausto…

Cada vez que contemple la cruz, una imagen, una iglesia o que levante mis ojos al cielo, pretendo deciros que mi dicha consiste en miraros y que me uno a todos los actos de amor realizados, que se realizan y realizarán por Jesús Cristo, la Sma. Virgen, por todos los ángeles, por todos los santos del cielo y todos los justos de la tierra.

Deseo penetrar tan íntimamente en vos que no forme más que un solo ser con Vos, de modo que ya no sea yo quien viva sino vos quien viva en mí… y que os ame con todo el ardor de vuestra caridad. Amen” (10).

Verdaderamente, l’Hermitage recibió un “hombre de deseo” (11) de una calidad excepcional y consciente de su responsabilidad.

CAPÍTULO 8

1 – Biographie p. 109 y siguientes.

2 – Id.

3 – El H. Louis-Marie, a la muerte del H. Bonaventure, consagrará 20 páginas de su circular a este Hermano. Las frases que atribuye al Hermano y al Padre Champagnat comportan bastantes anacronismos, pero no se equivoca al decir que el H. Louis era maestro de novicios, ya que lo conoció como tal. Esto querría, pues, decir que el H. Louis, tras un tiempo de ausencia, habría retomado su empleo de maestro de novicios reemplazando al H. François, hasta, tal vez, el año 1831-32 en que el H. Bonaventure lo reemplazó.

4 – Cf. Notas 1 y 2, más adelante.

5 – Id.

6 – 303 p. 290.

7 – Citado, entre otros, por el H. Damien, PIC p. 270.

8 – 303 p. 104. Para no sobrevalorar las cosas, cuando se habla de sus notas de retiro, no se puede pretender que sea suyo todo cuanto escribe. Es muy posible que sea, por ejemplo, algo tomado de la vida de un santo que admira o al que trata de imitar.

9 – 302 p. 119.

10 – 302 p. 125-126.

11 – La Biblia emplea este término para Daniel: vir desideriorum (9,23; 10,11; 10, 19).

CAPÍTULO 9

Brazo derecho del Fundador

Repitamos el recorrido histórico a partir del año 1830. Éste había quedado marcado por algunos sobresaltos políticos pero, finalmente, nada grave había ocurrido, pese a los pronósticos. Pero los prejuicios son tenaces y esta casa, llena de sotanas, no podía por menos de ser “un guarida de canallas” que preparaban una contra revolución. Esa era, por lo menos, la opinión del subprefecto de Saint-Étienne.

En la primavera de 1831, se puede observar que se nos vigila y, al final de julio, tiene lugar una visita domiciliaria que se pretende amenazante pero acaba en un sainete donde el Padre Champagnat juega muy bien su papel de sacerdote sin miedo ni reproche (1).

El procurador del Rey, Valentin-Smith, cumplió a su pesar esta penosa misión y quedó encantado de lo que vio en l’Hermitage y animó al Fundador a desarrollar su obra. Un resumen del artículo publicado por él en su periódico “Le Stéphanois” apareció en “L’ami de la Religion”, revista del clero francés. De nuevo, esto animó a intentar una 5ª petición de reconocimiento legal, tras el fracaso de la anterior, 1828-29, en el momento de las “Tres Gloriosas”, al final de julio de 1830. Como en las veces anteriores, se trataba de hacer llegar al arzobispado un dossier, mostrando el crecimiento numérico de los Hermanos Maristas, los servicios que prestaban a la educación, etc… Pero estamos todavía demasiado cerca de la Revolución, que se quiso localmente anticlerical, para que el gobierno liberal acepte favorecer una nueva congregación religiosa. Esta petición no tendrá consecuencias.

Sí, la lucha será difícil y, si más adelante se verá coronada por el éxito, aún no es llegada la hora. El ministerio de Instrucción Pública instala, en efecto, estructuras favorables para crear un cuerpo de maestros bien preparados, al menos intelectualmente. La ley Guizot (1833) obliga también a los municipios a un mínimo de esfuerzos financieros para abrir escuelas y pagar a los maestros. ¿Deben los Hermanos bajar los brazos? Al contrario, el Padre Champagnat crea, él también, estructuras: clases de recuperación para los Hermanos de no demasiada edad y que pueden preparar el diploma, y clases durante las vacaciones (que provocarán la admiración del inspector), para la puesta al día del conjunto de los Hermanos enseñantes. Durante largas décadas habrá, en efecto, una obra inmensa a realizar en muchos pueblos.

El nuevo Consejo del distrito de Saint-Étienne y el nuevo Consejo general de la Loire empezaron siendo reticentes con respecto a los Hermanos. Al ser amigos de los conservadores, batidos en 1830, de forma automática eran clasificados como adversarios de los liberales, vencedores en las elecciones. Ahora bien, esos mismos liberales van a constatar que los religiosos maristas no se ocupan de política y les otorgaron pronto un juicio favorable, votando, incluso, a su favor por unanimidad.

Pero entonces, es el arzobispado quien les crea problemas. El intrigante Padre Pompallier (2) que va en pos de la consagración episcopal y une prestigio y facundia, opina que Champagnat es un santo hombre, pero poco apto para dirigir una congregación de enseñanza. “Dense ustedes cuenta, nombra maestro de novicios a una antiguo criado de granja. Ha decepcionado a Hermanos bien dotados, con decisiones, al menos discutibles en el mejor de los casos. Es hombre está hecho para empresas materiales, no para realizaciones de nivel intelectual”. Estos son algunos de los argumentos que debe andar propalando.

Intenta pues, unir los 80 Hermanos maristas con una congregación naciente, los clérigos de Saint-Viateur, que tiene dos miembros, pero cuyo Fundador ha sabido, poco antes de la caída del trono de Charles X, obtener el reconocimiento legal que el arzobispado no ha podido conseguir para los Hermanos Maristas.

El Padre Champagnat siente, desde luego, la necesidad de compartir esta nueva preocupación con el H. François, pues lo que se ofrece como un bien sería un desastre, como reconocerá el propio arzobispado dos años después. De todas maneras, lo mejor es ponerse de nuevo al trabajo y preparar nuevo dossier para esta nueva demanda de autorización que, desde ahora, quedará a la iniciativa de los Hermanos.

Los primeros resultados de 1834 parecen alentadores. Louis-Philippe firma el reconocimiento de los Estatutos, pero el reconocimiento en sí mismo es otra cuestión. Se discute, incluso, si puede ser concedida por decreto o si se precisa una ley, lo que supone el acuerdo de las dos Cámaras. Ahora bien, el problema es el siguiente. Con el número de candidatos a la vida marista que llegan a l’Hemitage, muchos con 20 años de edad, sabiendo justo “un poco leer y escribir”, se ha de esperar algunos años hasta que adquieran el nivel del brevet, diploma que permite firmar un compromiso decenal que dispensa del servicio militar. Si, hasta entonces, tienen un mal número en el sorteo, deben marchar al cuartel para, al menos, 6 años de servicio.

El H. François sabe bien que hay soluciones. En la época de las guerras napoleónicas, sus Hermanos hubieran podido eludir la movilización si hubieran sido lo bastante ricos para pagarse un reemplazante. A veces no quedará más remedio, pero sólo en contadas ocasiones, so pena de grabar peligrosamente los presupuestos.

Si, por el contrario, los Hermanos Maristas hubieran formado parte de una congregación reconocida, les hubiera bastado una obediencia del Superior para verse dispensados del servicio militar. Este reconocimiento, al resultar muy difícil de conseguir para sí mismos, la solución podría ser la unión con una congregación reconocida, no con la propuesta por el arzobispado, sino con otra, la de Saint-Paul-Trois-Châteaux (Frères de l’Instruction chrétienne de Valence). Provisionalmente sería una unión algo ficticia, sin alterar en nada la administración de los Hermanos Maristas ni su gobierno, pero permitiendo a los Hermanos amenazados por el alistamiento, existir durante dicho tiempo bajo el título de Frères de l’Instruction chrétienne de Valence.

Este acuerdo llegará a ser algo más tarde una unión completa llena de ventajas. El H. François, que vivió su génesis, sabrá sacar el mejor provecho.

Las vocaciones continúan afluyendo. Diez años antes, cuando se construía la casa de l’Hermitage, mucha gente hablaba de delirios de grandeza. Pero hubo que ampliar y ponerse a construir. Será el trabajo de los años 1836 y 1837. Volverá la pregunta: “¿De dónde sacar el dinero?”. ¡Esa es una de las preocupaciones de Champagnat! Pero su preocupación principal es hacer la obra del Señor. Si éste le envía vocaciones, tiene que alojarlas. Tan sencillo como eso. María es el “Recurso Ordinario”. Hacemos su obra. Ella se ocupa del servicio post venta.

La nueva construcción concederá un lugar muy honorable a la capilla. El H. François ha dejado una descripción minuciosa para que la posteridad lo recuerde, si hiciera falta remodelarla, lo que, en efecto, habrá que hacer 40 años después (3).

Dicha capilla será bendecida en octubre de 1836 por Mons. Pompallier quien se embarcará poco después para Oceanía con 4 Padres Maristas y 3 Hermanos. Habrá acogido también al Padre Pierre Chanel que morirá mártir en 1841. Y, sobre todo, será el lugar santo donde el Padre Champagnat celebrará todavía la misa durante 3 años.

Pero otro suceso tiene lugar justo antes de la bendición de esta capilla. Marcellin ha realizado un acto de fe y fidelidad que, según las miras humanas, sólo puede acarrearle dificultades en su vida: acaba de convertirse en Padre Marista. La promesa realizada otrora en Fourvière por él y una docena de seminaristas pretendía fundar una Sociedad de María. En su propio proyecto, debía incluir Hermanos enseñantes, pero el proyecto global sólo comprendía Padres, Hermanas y seglares maristas. De hecho, el Fundador de los Hermanos había sido co-fundador de los Padres y orientado una quincena de postulantas hacia la rama de las Hermanas.

El 24 de septiembre de 1836, se compromete, pues, como Padre Marista y hace los votos que le ligan al Superior general elegido: Jean-Claude Colin.

Por ventura había podido emprender los últimos trabajos antes de dicho compromiso, ya que, a partir de ahora, el Padre Colin va a limitar su dinamismo constructor que le asusta. El H. François será testigo de su obediencia heroica. Marcellin está dispuesto incluso a reducir cierta eficiencia de su propia congregación si es útil para ayudar a la congregación de los Padres. En la Regla impresa en 1837, pide a todos los Hermanos “volar con gozo en ayuda de los Padres Maristas, en cuanto sean requeridos por el Superior”. (4)

El H. François se había formado en ese espíritu y, más tarde, en muchas ocasiones intentará crear o recrear con los Padres Maristas lazos que la Santa Sede juzga poco oportunos, pero en los que el Fundador había insistido mucho. En este tema, el discernimiento será largo.

Antes de emitir sus votos, el Padre Champagnat se había desplazado a Paris para sondear las disposiciones de los ministerios que debían decidir el reconocimiento legal de la congregación. Al constatar que los espíritus no estaban lo bastante dispuestos, no había insistido y había regresado a l’Hermitage, y luego a Bellay, para la ceremonia de fundación de la rama de los Padres. En su ausencia, relativamente breve (un mes), habían tenido que dirigirse al H. François y así se habituaban a su función vicarial: si el Padre Champagnat se ausentaba, el H. François era su reemplazante. Ahora bien, en 1838, la ausencia del Fundador va a ser mucho más prolongada, Dejará l’Hermitage a principios de enero hasta primeros de mayo, y de nuevo de mayo a julio. Estará en contacto por carta, pero, durante este período, el H. François deberá tomar muchas iniciativas.

Se conservan las numerosas cartas que recibe y guarda piadosamente. El Fundador no tiene duda en su reemplazante, pero le hace las recomendaciones necesarias: entenderse bien con el Padre capellán, reunir el consejo de la casa y efectuar el cambio de tal Hermano que debe ir a tal escuela. Pide noticias de algún Hermano, de un obrero, da su opinión sobre el caso de un compromiso decenal y habla un poco de todo y, sobre todo, del frío terrible que azota Paris ese año.

En sus respuestas, el H. François olvida, a veces, decir cómo ha resuelto un problema sobre el que el padre Champagnat le preguntaba. Y éste se lo recuerda, y como la ausencia se prolonga, se impondrá una rápida revisión en el momento de preparar el regreso. El H. François ha anotado cada día cuanto se ha hecho. Esta situación ha formado al reemplazante más que la presencia del Superior.

Alguna que otra vez, dice al Padre Champgnat que espera su regreso para tomar una decisión; esto le supone una delicada crítica: “Si espera a que yo visite Genas, tal vez, el mal ya no tendrá remedio” (5).

De todos modos, parece que, a su primer regreso, el Fundador se muestra satisfecho de cuanto se ha hecho en su ausencia. En carta a Mons. Pompallier, al terminar su estancia en Paris, le puede decir: “El H. François es mi brazo derecho. Conduce la casa como si yo estuviera presente; todos se someten a él sin dificultad. María muestra muy a las claras su protección sobre Notre-Dame de l’Hermitage. ¡Oh!, cuánta fuerza tiene el santo nombre de María… María es el recurso de nuestra Sociedad” (6).

Por desgracia, Marcellin Champagnat volverá de Paris sin haber obtenido nada de cuanto deseaba. Ha obrado como si todo dependiera de sus esfuerzos, pero sabiendo que todo viene de Dios. Sí, está seguro de la palabra de Jesús: “Cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido, y os será concedido” (7). Y puede, pues, afirmar. “Dios no ha querido darme el consuelo de ver autorizado el Instituto porque yo no merecía este favor; pero estad seguros de que la autorización no os faltará y os será concedida cuando os sea absolutamente necesaria” (8). El H. François verá la realización de tal profecía.

CAPÍTULO 9

1 – Ver G. Michel: Né en 89, vol. 3 p. 103 y ss. El relato se apoya en 3 documentos de los que el propio autor ofrece un resumen y las referencias en “Bulletin de l’Institut”, nº 208, p. 94 a 113.

2 – Parecería que fue Cholleton el responsable principal de esta intriga, pero el H. Jean-Baptiste no se dejó engañar; en realidad fue Mons. Pompallier quien le movió a actuar. Un informe posterior del Padre Colin a la Santa Sede, hace recaer la falta sobre Mons. Pompallier (Coste, Origines Maristes, doc. 909). Ver la nota 9 del cap. 39.

3 – En el anexo 2 se ofrece la descripción de dicha capilla de 1836. Fue totalmente renovada en 1875-77 y más ligeramente en 1989.

4 – Regla de 1837, cap. 1, art. 3.

5 – Cartas de Marcellin Champagnat (H. Sester) Roma, 1985, nº 182 p. 406.

6 – Cartas de Marcellin Champagnat, nº 194, p. 428.

7 – Mc 11,24.

8 – Cartas de Marcellin Champagnat. (N.T.: No se ha podido encontrar la referencia en el texto francés).

CAPÍTULO 10

Elección: Primeras impresiones

En carta de 1838, el Padre Champagnat confesaba su sorpresa al constatar la resistencia de su salud a las incesantes gestiones a través de Paris. Dispuesto a mover cielo y tierra, se volcaba en defender su causa ante los ministros y personas influyentes. Pero, a su vez, el cáncer, cuyos primeros síntomas ya se habían manifestado antes del viaje a Paris, iba a reemprender su marcha y agravarse con rapidez. Con ocasión de algún encuentro, el Padre Colin advierte que su cohermano ya no es el hombre infatigable que ha conocido. Sabe también que puede hablarle con toda naturalidad de una hipotética sucesión en bien de su familia religiosa: vale más prever las cosas con tiempo para no dar lugar a maniobras de mala voluntad y ambición, ¡los hombres son siempre hombres!

Marcellin está de acuerdo: hay que celebrar una elección y, al venir ésta del Superior de la Sociedad, nadie podrá impugnarla, sabiendo que es en bien de todos.

Se decide que sólo los profesos de votos perpetuos tienen derecho a voto, lo que reduce a 92 el número de electores. El resto de la congregación tiene, en esa fecha, 148 Hermanos de votos anuales o novicios y 13 postulantes.

La elección tendrá lugar el sábado 12 de octubre de 1839. Se incluye en un retiro predicado por dos Padres maristas, los Padres Favre y Chavasse. El jueves por la noche, antevíspera, se prescribe para el viernes un silencio absoluto. El viernes por la noche, el Padre Colin reúne a todos los Hermanos y, tras una sentida instrucción, presenta el orden de las ceremonias. Invita a implorar las luces del Espíritu Santo para la elección de un Hermano Director General. Una de las precisiones señaladas es que el elegido no tendrá opción a poner reparos. Cada uno deberá escribir tres nombres. Quien obtenga el mayor número de votos será, lógicamente, el propuesto para la sucesión del Fundador, con la salvedad de que la elección de los Hermanos deberá ser refrendada por el Superior general de la Sociedad ayudado de su consejo. El segundo y tercero con más sufragios serán sus asistentes.

El H. Director general será nombrado a perpetuidad, pero podrá ser depuesto en dos casos y según el modo ya previsto. Tras la elección, las papeletas de voto serán quemadas y cada uno tendrá la obligación de no comunicar a quiénes ha votado.

El sábado 12, todo estaba, pues, preparado en la sala de rezos (1). Bajo la imagen del crucifijo hay un sitial dispuesto para el que será elegido Director general y uno a cada a cada lado para sus dos futuros asistentes. Delante hay una estatua de la Sma. Virgen sobre una mesa. Ante ella, la urna para recibir las 92 pequeñas papeletas azules y otras tantas plumas recién afiladas. Al fondo de la sala, sillas para los Padres: en el centro para el Padre Colin, a su derecha para el Padre Champagnat, a su izquierda el Padre Terraillon y a ambos lados los Padres Maîtrepierre, Chavas, Favre, Besson y Matricon, estos dos capellanes de la casa.

La ceremonia se inicia en la capilla a las 7’15 de la mañana con el Veni Creator y la misa votiva del Espíritu Santo. El Padre Colin dirige luego una breve y patética alocución concluida por el texto de los Hechos de los Apóstoles: “¡Señor!, que conoces los corazones de los hombres, muéstranos a quién has elegido”. (Hch 1, 24).

Los Hermanos no profesos perpetuos y los postulantes permanecen en la capilla y todos los demás se dirigen a la sala de las elecciones. Los dos grupos consagran media hora a la meditación; luego se procede a la elección. Como algunos Hermanos no saben escribir, el H. Louis-Marie y el H. Jean-Marie se encargan de recibir sus sufragios, y aquél los escribe en presencia de éste.

Cuando todos han escrito y depositado su voto, el Padre Champagnat los saca de la urna y se cuentan en voz alta. Verificado que coinciden con el número de votantes, los HH. Louis, Laurent y Gabriel los leen sucesivamente en voz alta y los secretarios anotan los resultados. 87 son para el H. François, 70 para el H. Louis-Marie y 57 para el H. Jean-Baptiste.

El Padre Colin y su Consejo se dirigen a un despacho para decidir quién de los tres será nombrado Director general. Se vuelve a recitar el Veni Creator y vuelven a la sala mientras suena la campana para llamar a todos los Hermanos. Ha llegado el momento de la proclamación: “El H. François, Gabriel Rivat, del municipio de La Valla, de 31 años y seis meses, es elegido Director general”. Se recuerda que ingresó como postulante el 6 de mayo de 1818, con tan solo 10 años, que inició su noviciado el 8 de septiembre de 1819 y que el 11 de octubre de 1826 se convirtió en el primer consejero del Fundador. Como el H. Jean-Baptiste está ausente, por varios meses más, es el H. Jean-Marie quien le reemplaza y acompaña al H. Louis-Marie para conducir al elegido hasta el sitial preparado.

Algunos Hermanos y postulantes pasan por turno para darle el beso de paz; el resto lo harán en otro momento para no alargar la ceremonia.

Con el canto del Magnificat, toda la comunidad se dirige a la capilla para la misa de acción de gracias.

Tras unos momentos de descanso, se dirigen todos al refectorio. Es mediodía. El nuevo Superior y su asistente, a ejemplo del divino Maestro, venido no para ser servido sino para servir, se encargarán de servir la mesa.

La tarde será de paseo, durante el cual todos podrán expresar su afecto al elegido. A las 18h, las conferencias del retiro reanudarán su curso y el día terminará con la Bendición del Smo. Sacrammento.

Durante el retiro de los Padres, 3 semanas antes, el Padre Champagnat había sido nombrado asistente del Padre Colin, pero ahora, sin haberse librado de la carga de Superior de los Hermanos, aceptaba que otro crezca y él disminuya.

Pese a su delicada salud, encontraba fuerzas para ir a predicar un retiro a los alumnos de la Côte-Saint-André, y efectuar luego el viaje a Autun para hablar con el obispo sobre la fundación del noviciado de Vauban. Suponía un esfuerzo agotador, pero ahora sentía menos aprensión para ausentarse, pues ya tenía elegido un sucesor. Durante esta ausencia del Padre Champagnat, el H. François, en carta del 6 de diciembre de 1839, informa a los Hermanos de las noticias recibidas del segundo grupo de misioneros. El H. Atale, uno de ellos, escribe desde Santiago de Chile, el 15 de julio, recordando su salida de Lyon, el 23 de mayo, y luego desde Londres, el 14 de junio.

¿Cuál era la impresión de los Hermanos sobre el nuevo jefe? Es muy cierto que ellos lo habían elegido, pero algunos ponían en entredicho el sistema de elección: ¿no se hubiera podido, por ejemplo, haber puesto los 3 nombres por orden de prelación? El H. Avit hará más tarde una comparación poco indulgente entre el H. François y el Padre Champagnat; pero los juicios fácilmente despiadados del H. Avit en los Anales traducen, tal vez, una reacción personal más que la del conjunto de los Hermanos que quiere interpretar.

“Aunque apreciado por todos, escribe, el H. François carecía del carácter, iniciativa, energía y empuje del Padre Champagnat y no aunaba los corazones ni dominaba las voluntades como el añorado difunto. Se apreciaba poco el tono frío, lento y sentencioso de sus conferencias. Se le encontraba meticuloso, dando, a veces demasiada importancia a faltas ligeras, aceptaba con dificultad las excusas y temía demasiado las observaciones. Sus dos asistentes eran capaces, pero carecían de práctica de gobierno. Los Padres, el clero de los alrededores y los bienhechores se hacían las mismas reflexiones…” (2).

Una carta del Padre Colin al Padre Champagnat, del 24 de abril de 1840, es decir poco antes del fallecimiento de éste, parecería confirmar esta impresión negativa: “Temo en especial el vacío que va a dejar si el Señor os llama ajunto a sí: Fiat voluntas Dei. Pero este temor me sugiere la idea de poner la rama de los Hermanos enseñantes en manos del Sr. Arzobispo de Lyon. Me parece que sería ventajoso para ella; el arzobispo nombrará, sin duda, a un padre marista para ocuparse de ella y este concurso de la autoridad primera redundará en bien de todos. Comunique esta idea a los Hermanos François y Louis-Marie (3) y rueguen todos al Señor nos haga conocer su divina voluntad”.

El Padre Champagnat no compartía estas opiniones desabridas sobre sus sucesores. En el momento de la elección había mostrado claramente su alegría. “Después de dicha elección, dice uno de los hermanos citado por su biógrafo, parecía muy satisfecho por el resultado del escrutinio y dijo estas palabras: “Estoy contento con la elección; estos son los hombres que yo deseaba. ¡Bendito sea Dios por su elección!” (4).

Días antes de su muerte, reaccionará otra vez de la misma manera. Un Hermano se inquieta por el porvenir: “¿Quién se podrá hacer cargo de conducir la Sociedad si usted nos llega a faltar?” “El Hermano que han elegido para sucederme, responde, lo hará mejor que yo. El hombre es tan solo un instrumento o, mejor, dicho, no es nada; es Dios quien lo hace todo. Ya debería comprender esta verdad, usted que es de los veteranos y ha visto los inicios del Instituto. Dios bendecirá esta obra, no a causa de los hombres que la dirigen, sino por su infinita bondad y los designios de misericordia que tiene sobres los niños que nos son confiados” (5).

CAPÍTULO 10

1 – En la actualidad: sala de los frescos.

2 – Es difícil calibrar el valor de estos “se dice”. En circunstancias así, hay que tener en cuenta a quienes pretenden poder decir, si se produce un fracaso: “Ya se veía venir…” y los que mantienen cierta reserva. En el capítulo de 1852, ya Superior general y no Director general, el H. François manifestará un espíritu de decisión que hará callar a quienes, en 1840, pudieron dudar de sus cualidades de jefe.

3 – El H. Jean-Baptiste no ha vuelto aún de Saint-Paul-sur-Ternoise (Pas de Calais) donde consigue un gran éxito. Cf. Ami de la religión, vol. 103, p. 377.

4 – ALS p. 411.

5 – Champagnat, Vida, ed. 1989, pp. 233-234.

CAPÍTULO 11

Junto al Fundador que se apaga

¿Qué idea se hacía el H. François sobre su elección? Anotó algunas reflexiones, sin duda el mismo día, pues puso la fecha: 12 de octubre de 1839.

Su texto empieza por una afirmación compartida por muchos Maristas, en especial Champagnat y Colín: María es todopoderosa, María primera superiora. Y eso le tranquiliza.

La Sma. Virgen María, sentada en el cielo a la diestra de su Divino Hijo, que le ha dado toda potestad en el cielo y sobre la tierra, ha revestido con su autoridad a nuestros RR.PP. Colin y Champagnat, Superiores de su querida Sociedad. Los sufragios unidos de Padres y Hermanos me llaman hoy al gobierno de la congregación de los Hermanos que me expresan hoy sumisión a esa autoridad” (1).

Constata el hecho y añade: “¿Qué haría yo, que conozco con claridad carecer de la fortaleza de cuerpo y de salud, y aún más de espíritu y virtud? La voluntad de Dios se ha manifestado y a ella me someto en la dulce confianza de quien, con una mano me impone esta carga y con la otra sobrellevará el peso” (2).

Me veo a la cabeza de mis Hermanos para amarlos y cuidarlos a todos con entrañas de padre, para ser en todo tiempo y lugar guía y modelo y para velar al mismo tiempo por el cumplimiento de las Reglas y de la disciplina y por los intereses temporales de la congregación.




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