• CAPÍTULO 1

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    P.S.V. Positio Super Virtutibus. Id. 1951


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    P.S.V. Positio Super Virtutibus. Id. 1951


    Otras referencias son también de libros:

    Champagnat:

    Vida de J.B.M. Champagnat (H. Jean-Baptiste). Ed. del Bicentenerio. Roma 1989



    ALS:


    Sentencias, Lecciones y Avisos (de M. Champagnat).

    Por uno de sus primeros discípulos (H. Jean-Baptiste).

    Ed. Nicole et Guichard. 1868

    Biographies: Sin autor indicado (= H. Jean Baptiste). Id. 1868

    Avit: Abrégé des Annales de Frère Avit.

    CAPÍTULO 1


    Pueblo y familia


    Desde hace más de un siglo, el pueblo de La Valla-en-Gier (Loire) es conocido en todo el mundo, por ser el lugar de nacimiento de los Hermanos Maristas, congregación extendida por más de 70 países. A principios del s. XIX, la aglomeración urbana es importante (2.500 habitantes), pero su nombradía es modesta, pese a que el Sr. Barge, secretario de ayuntamiento, haya escrito algunas páginas (en realidad son 57. N.T.) de su agitada historia durante la Revolución y el Imperio. (1)

    ¿Existía allí un hábitat humano desde la Alta Edad Media? Es posible, pues la iglesia, del s. XII o tal vez del XI, hoy desaparecida, no habría sido construida sin una necesidad precisa, es decir, la existencia de cierto número de habitantes que habrían encontrado en sus colinas y valles puntos de agua para criar animales y cultivar sus campos. Por otra parte, los Romanos del s. II ya habían podido explotar esta región, puesto que el acueducto que llevaba el agua a Lyon, arrancaba de Izieux, lugar limítrofe con La Valla.

    De todas maneras, se trataba de un pueblo con extensión considerable (2), disperso sobre tres valles: el del Gier y los de sus afluentes el Ban y el Jarret. En su límite norte tiene 400 m de altitud para pasar hasta 1434 en el este, le Crest de la Perdrix, punto culminante del monte Pilat. Sus habitantes se distribuían en 60 aldeas donde vivían los 4/5 de la población, cuyo centro urbano se reducía a unas 500 almas.

    Maisonettes, una de las aldeas (54 habitantes en el censo de 1815) y a una hora de camino desde el centro, es el lugar de nacimiento de Gabriel Rivat.

    Situada a media altura de una colina escarpada, dispone de numerosos (3) puntos de agua que podían dar confianza a los constructores de sus primeras casas. Estas se aferran a una pendiente muy abrupta pero encarada hacia el sol naciente y abrigada contra el viento del norte. Inmediatamente detrás de la aldea, dirección sur, se alza el bosque de Sapey, que culmina a 1100 m de altitud, mientras Maisonettes se encuentra a 713. El circo de colinas desciende un poco más en dirección este, donde se abre el collado de La Barbanche que domina la vecina aldea de Laval. Las pendientes por encima de Maisonettes y Laval están llenas de coníferas y, a medida que se desciende, de hayas que aquí llaman fayards. Siempre más al este, se elevan otras colinas arboladas que forman una barrera negra tras la cual se esconde Le Bessat, hoy pueblo muy turístico pero que entonces era tan solo una aldea conocida por su feria anual y sus reales o legendarias nevadas. Se llegó a decir que los arrieros, sin darse cuenta, ¡llegaron a pasar con sus mulas por encima de los tejados a causa del espesor de la nieve!

    Frente a Maisonettes, las colinas son menos abruptas y sembradas de 7 u 8 aldeas rodeadas de prados y pequeños espacios cultivados. Debajo de estos plegamientos verdeantes, pero de escasa tierra vegetal, circula el río Ban que, dos km más abajo, se juntará con el Gier, afluente del Rhône.

    Es todo lo que se ve desde la aldea de Maisonettes, pero si avanzamos hacia el Norte, aparece el pueblo de La Valla, situado también en la ladera de una colina. Y más lejos aún, se descubre la masa azul negra de la montaña del Pilat, cuyo nombre a suscitado en la imaginación popular cristiana, relatos sobre el Procurador romano de Judea, Poncio Pilato, desterrado en la región y donde se habría suicidado.

    Más adelante, aparece en la lejanía el fondo del valle del Gier, donde, desde hace siglos, varias industrias han hecho nacer un hábitat humano importante. Una tradición bastante aceptada pretende que algunos italianos de Bologne llegaron en el s. XV con técnicas secretas para la torcedura de la seda. Se medio escondieron en los impenetrables bosques del Pilat introduciendo un instrumento de trabajo que favorecería después el desarrollo industrial del Valle del Gier, ya desde la Valla, pero, sobre todo río abajo, en las ciudades de Saint-Chamond, Saint-Julien, L’Horme y Grand Croix.

    En la época de Gabriel, La Valla era, sobre todo, un centro agrícola con algunas artesanías como la fabricación de zuecos, el calzado más común y que dura mucho, o la de clavos para la metalurgia de Saint-Chamond. Con el martinete, predecesor del martillo-pilón, se cortan varillas de las placas de hierro y los payeses están equipados para fabricar clavos en sus casas.

    El pueblo, al tener como patrono a San Andéol, se llamó primero Saint Andéol; en el s. XII, se estableció, entre Maisonettes y Le Bessat, una casa fortificada en el lugar llamado del Thoil y el nombre pasó a ser Le Thoil-Saint Andéol de la Vallée (en patois Valla). Con la Revolución, sólo quedará el nombre de La Valla y, como en el departamento de la Loire hay dos La Valla, se le añadirá a éste: en Gier.

    Conozcamos ahora un poco a la familia Rivat y precisemos que el apellido Rivat es el más frecuente en Maisonettes.

    Jean-Baptiste, el padre, nació el 12 de junio de 1762 y falleció el 18 de septiembre de 1827, a la edad de 65 años. Su esposa, Françoise Boiron, nació el 5 de septiembre de 1765 y murió el 15 de diciembre de 1844, a la edad de 79 años. Contrajeron matrimonio en 1789. En las actas de bautismo o de matrimonio, vemos que nadie sabe firmar, excepto un Boiron, pariente de la madre.

    Siete hijos llegaron para llenar el espacio algo estrecho de la pequeña granja: Jeanne-Marie, nacida en 1790; Jean-Claude, en 1791; Jean-Antoine, en 1793; Antoinette, en 1796; Jeanne, en 1798; Jean-Marie, en 1805 y Gabriel, en 1808.

    A juzgar por las edades, la situación sanitaria y económica de la familia se sitúa entre la clase media. Jean-Claude y Jean-Antoine, llamados a filas, “hicieron la guerra”. Jean-Antoine, que muere a los 37 años, pudo contraer en ella bronquitis y pleuresía, causas probables de muerte prematura. Jean-Claude, del que se sabe estuvo enfermo toda su vida, llegó, sin embargo, a los 78 años. Antoinette se agotó al cuidar durante años a su madre paralítica. No se recuperó y falleció a los 52 años. Jeanne murió a los 19 a causa de una hemorragia. Jean-Marie el hombre de la casa tras la muerte del padre, murió joven también a los 33 años.

    De todas maneras, incluso si en esta familia, como en otras muchas de la época, no hubo muertes en hijos de corta edad, la brevedad de la vida de varios explica que no llegaran a casarse. Jeanne-Marie, la mayor, es la única excepción, y aún asi esperó hasta los 38 para fundar una familia.

    En este hogar no son ricos, pero tampoco pobres. La contribución que les correspondía pagar, 84 libras en 1791, corresponde a la clase media, y los abuelos Rivat, del Pinay, otra aldea de La Valla, están mejor situados con un 20% más y pagan 150 libras.

    La granja de Maisonettes es una explotación modesta que permite tener, como en tantas otras aldeas de la montaña, “un año bueno y otro malo”. El establo puede contener media docena de vacas, tal vez un asno, un ternero y hasta una ternera de cría.

    Debajo del piso vivienda, tres pequeñas grutas abrigan cabras, ovejas y cerdos. Una de ellas está reservada para la piedra de hacer clavos.

    Encima del establo, la granja está a nivel del camino. Delante del establo, hay un hangar para los aperos agrícolas y encima de éste un pajar y un palomar. Hay también un pequeño huerto y, a pocos metros del conjunto, otra casa (4) con un buen pozo. Puede acoger a muchachos o muchachas mayorcitos a medida que la familia va creciendo.

    La propia casa es pequeña, con las dos piezas habituales: una habitación y la cocina con su horno para hacer el pan con saliente al exterior. El piso superior parece haber sido sólo granero con un pequeño reducto para conservar el cerdo ya salado.

    No se creyó necesario, como ocurre en otras regiones, cercar el conjunto para prevenir los robos. Puede ser signo de la confianza reinante entre los miembros de esta población profundamente cristiana. La familia Rivat es un buen modelo a este respecto. Se acoge siempre, ya sea en el establo o en la granja, según la estación, a los vagabundos que buscan refugio para la noche y algo de comer.

    La idea de hacer fortuna o de mejorar la situación no forma parte de las perspectivas de estos campesinos. La austeridad es su ley. Ciertamente, es difícil discernir entre lo que es sentido de economía o de penitencia cristiana. La señora Rivat, para economizar la mantequilla, prepara la sopa con aceite de nuez. Más tarde, el H. François contará la historia de un niño, vecino suyo, 2 o 3 años más joven que él, a quien le ofrecen nueces y las rechaza diciendo que “las nueces son para el aceite”. El H. François añade que era de familia muy cristiana y que le emocionó “este acto de reserva y de mortificación en un niño de 6 o 7 años. Así pues, en estas familias humildes se enseñaba a los pequeños golosos que las nueces son muy agradables de comer, pero que se han de reservar para fabricar aceite (5).

    Un sacerdote, Jean-Marie David, sobrino de Gabriel, hijo de su hermana mayor, nos revela la intensa vida cristiana y penitente que se vivía en este hogar.

    “Mi madre, dice, había llevado cilicio hasta su matrimonio”. Hacerse sufrir de forma voluntaria parece hoy tan aberrante para nuestras sensibilidades hedonistas que enseguida hablamos de masoquismo. De hecho, se trata tan solo de imitar a Jesús sufriente y esta espiritualidad ha marcado tanto más cuanto los años de persecución religiosa han obligado a los cristianos fervorosos a vivir con más intensidad la pasión de Cristo (6).

    La hermana mayor de Gabriel debió trabajar como sirvienta en alguna casa de Rochetaillé, pueblo muy próximo, pues allí se casó con Jacques David. En el momento del matrimonio éste era fabricante de clavos, pero luego será campanero cuando nació su primer hijo y armero al final de su vida.

    Teniendo en cuenta que el oficio de los clavos ya no daba para mucho a partir de 1820, podemos suponer que Jacques andaba buscando el sustento para su familia y que su esposa debió seguir trabajando. Esto puede explicar que al nacer su segundo retoño, Marie-Françoise, ésta fuera criada en casa de la abuela, en Maisonettes, y que allí seguirá toda su vida, aún después de casarse (7).

    Si en Maisonettes no nadaban en la abundancia, tampoco se pasaba hambre, pero, según expresión de la época, a veces se levantaban de la mesa “con algo de apetito”. El párroco David contaba que el pequeño Gabriel, ante lo escaso de la porción preparada por su madre, decía a veces con tono travieso: “Pero mama, esto no se merece un “benedicite”.

    En el hogar Rivat, sigue diciendo el párroco David, se rezaba cada día el rosario en familia (8). Durante la Cuaresma se relevaban unos a otros para poder asistir a los rezos y predicaciones, incluso con nieve. Jamás palabras groseras o inconvenientes. Ayunos y abstinencias se observaban escrupulosamente. Jeanne-Marie, siendo niña, había recogido nueces en el camino; le preguntaron bajo qué nogal y como no pertenecía a la familia, tuvo que devolverlas. El sufrimiento se aceptaba con verdadero amor. Más tarde, Françoise ya paralítica, soportaba heroicamente su mal y decía, señalando el cielo: “Hay que llegar allí, cueste lo que cueste”. En este ambiente, la vocación religiosa brota de forma espontánea. Jean-Antoine, hermano de Gabriel, se hará sacerdote. Sin ningún atisbo de promoción social, incluso si estamos en la época donde Julien Sorel duda entre “Le Rouge et le Noir”. Y si el sacerdocio puede parecer entonces como una promoción, no lo es en absoluto la vocación de Hermanito. Al menos durante los primeros diez años de la congregación, el Hermanito recibía un formación intelectual tan limitada que se queda muy por debajo del nivel requerido para un sacerdote. En cuanto sabe leer, escribir y contar y conoce bien el catecismo, ya es apto para enseñar. Por el contrario, el ideal de la santidad se le propone con insistencia y, a este respecto, Gabriel sentirá muy pronto la llamada a la mayor exigencia.

    CAPÍTULO 1



    1. Jean-Louis Barge (1762-1855) tiene 27 años en 1789. Posee cierta cultura y ha sido militar. Dejó unas memorias cuyo manuscrito pasó a la familia Thibaud. Es la historia de La Valla, desde 1789 a los primeros años de la Restauración. La copia, realizada por J.B. Galley, se encuentra en la Biblioteca de Saint-Étienne, signatura: manuscritos 389.

    2. 3400 ha, de las que 987 son del Bessat, municipio independiente desde 1830 y hasta esa fecha perteneciente a la Valla.

    3. 2 sólo para la casa Rivat.

    4. Lo que quedaba en los años 1980 estaba en ruinas. Los muros fueron derruidos para conservar un recinto alrededor del pozo que suministra agua a la casa.

    5. 310 p. 507.

    6. En estos mismos años de inicios del s. XIX, se encuentra en Saint-Étienne un grupo de muchachas constituidas en comunidad y que llegarán a ser, bajo la dirección de la Madre Marie Fontbonne, el inicio de la rama lyonesa de las Hermanas de Saint-Joseph. Cuando la Madre Fontbonne se encarga de ellas, les hace entregar los cilicios o disciplinas que tuvieran, diciéndoles que el apoyo mutuo, las fatigas del empleo, las exigencias de los enfermos, la ingratitud, a veces, de éstos, tendrían también un verdadero valor expiatorio. Entre estas “muchachas negras” tan mortificadas, dos eran originarias de La Valla y una de ellas era la superiora del grupo.

    7. Contraerá matrimonio con François Roussilloux. Tendrán 8 hijos. Tres de las chicas serán religiosas, uno de los chicos, sacerdote. Marie-Françoise murió en Maisonntettes, el 4 de junio de 1893. François la precedió el 22 de mayo del mismo año.

    8. Señala también que esa costumbre se mantuvo durante tres generaciones.

    CAPÍTULO 2

    La infancia de Gabriel

    Sigamos ahora a Gabriel desde su nacimiento, un sábado 12 de marzo de 1808. El día 13, segundo domingo de cuaresma, verá la celebración del bautismo del niño en la iglesia, pequeña y muy deteriorada, que habrá que destruir 30 años después. Se trata, en efecto, de un edificio muy exiguo para una población de 2500 habitantes, todos o casi todos practicantes habituales. Tiene 350 m2. Muy restaurada en el s. XVI, no había sido ampliada. Se había elevado el campanario, lo que provocó problemas más tarde. Los expertos que la revisaron en 1835, vieron en el campanario un grave peligro y se decidieron por una nueva construcción.

    En la época del nacimiento de Gabriel, se hicieron los arreglos indispensables y, de momento, ya no se temió que el campanario provocara el derrumbe de la iglesia. La privación del sonido de las campanas durante los años revolucionarios provocó que ahora se aprecie mucho más su sonido argentino multiplicado durante varios largos segundos por el valle.

    Este modesto edificio es descrito como un “cuadrado largo” con seis capillas interiores, dedicadas a Santa Catalina, Santa Ágata, San Juan, San José, San Cristóbal y a Nª Sª del Rosario. No existen verdaderas vidrieras, sino tres pequeñas ventanas encima de las capillas, otras tres encima del coro y cuatro encima del presbiterio. Una cúpula se alza por encima del coro. La entrada se realiza por un gran portal lateral en el lado oeste y otro pequeño en el este.

    Rodeando la iglesia se extiende el cementerio cerrado por muros. Hasta 1832 no se decidió desplazarlo, pero todo el tiempo que el joven Gabriel vivió en La Valla, el cementerio estaba en el lugar que ocupa ahora el ayuntamiento y, a la entrada o salida de la misa, se acostumbraba visitar las tumbas y rezar por los difuntos. Sin embargo, este 13 de marzo de 1808, la vecindad con los difuntos no evocaba recuerdos penosos a la familia Rivat ni, por consiguiente, ensombrecía el gozo del grupo humano al completo que aún no había conocido la prueba de la movilización militar. Las campanas podían anunciar el nacimiento espiritual recién acaecido de un hijo de Dios. Era preferible este motivo de sencilla alegría que los demasiado frecuentes repiques de campanas, gloriosos, sin duda, que celebraban victorias militares a costa de la muerte de tantos jóvenes.

    En la parroquia, Jean-Marie Bussod había sucedido, como párroco, en 1806, a Pierre Abrial que, durante la Revolución, ya estaba allí, a título de “misionero” viviendo en la clandestinidad, como antes de él el párroco Gaumont, guillotinado en 1794.

    Gabriel no había conocido nada de esto, pero durante las veladas se evocaban todavía sucesos anteriores a 1800. Se hablaba también del tío Jean que había salvado las campanas de la iglesia.

    Había hecho beber a los emisarios de Javogues (1) y, una vez borrachos, no se atrevieron a subir al campanario que les pintaba como muy peligroso, hasta el punto, les decía, que el sonido de las campanas podía cuartear los muros. Se habían contentado con la promesa de entregarles las campanas a la mayor brevedad posible. Todavía están presentes en el nuevo campanario.

    El domingo del bautismo de Gabriel el introito de la misa llevaba el nombre de: “Reminiscere”, Acuérdate, Señor, de tus misericordias. Desde luego eran raras las personas que tenían las “Horas de Lyon” (2) para poder seguir lo que los cantores trataban de interpretar. El texto continuaba: “que nuestros enemigos no dominen sobre nosotros”. Para cualquier seminarista o hijo de notario que entendiera el latín, se podía interpretar como texto en honor de la gloria de Napoléon quien, tras el tratado de Tilsit (1807), había llegado al cénit. Por desgracia, muy pronto se sabría que el considerado como amigo del papa se había vuelto su enemigo y había hecho ocupar Roma por uno de sus generales. Llegó hasta el apremio personal del pontífice e incurrir en la excomunión.

    ¿En qué fecha llegó la bula de excomunión a La Valla? Primero debía llegar a Lyon, y la congregación de la Sma. Virgen sería la más activa para poner al corriente al mundo católico. No sabemos cuál pudo ser al respecto la idea de la familia Rivat. Sin duda la misma de muchos católicos y de buena parte del clero: una nueva prueba que la Iglesia debía soportar. En cualquier caso, si Napoléon no era perseguidor tan horrible como los de 1793 o 1798, es seguro que no era buen cristiano.

    Gabriel creció, pues, en un ambiente donde había que cantar el Te Deum por las victorias del Emperador, pero donde la irritación iba aumentando a medida que se recibían las malas nuevas de los muertos “en el campo del honor”. Tras los años de la Revolución, el reclutamiento militar no movilizaba en el campo más de un joven sobre 15 llamados a filas, pero a partir de 1810, los alistamientos complementarios se precipitan. En 1811, Jean-Claude es movilizado y cuando, el 18 de diciembre de 1812, el boletín nº 29 del Gran Ejército anuncia el desastre de Rusia, sólo queda resignarse ante la marcha de Jean-Antoine, pues el Emperador quiere resistir cueste lo que cueste.

    En las familias cristianas se intensifica la plegaria de intercesión de padres, esposas y novias, ansiosos todos por la suerte de estos soldados que marchan no hacia la gloria, sino hacia la masacre. En Leipzig se enfrentan casi medio millón de hombres. Entre los franceses apenas 60.000 quedarán vivos el 4 de noviembre de 1813. Apenas parecen humanos y una epidemia de tifus acabará con un tercio de ellos.

    Tales son las circunstancias que rodean la peregrinación del pequeño Gabriel a Valfleury. A los 3 añitos había visto marchar a Jean-Claude entre las lágrimas de toda la familia: “¿Por qué se marcha mi hermano mayor?” Ahora, a sus 5 años, la escena se repite: “¿Adónde se va mi hermano Jean-Antoine?” Y sin duda le responden: “Reza mucho por tus hermanos. Tu oración será la más escuchada por la Sma. Virgen”.

    Valfleury es la peregrinación marial de la región. Su muy antigua imagen ha podido ser salvada de los iconoclastas revolucionarios. Desde luego, La Valla tiene la capilla de Nuestra Señora de la Piedad (3) que atrae a muchos fieles, pero la peregrinación a Valfleury tiene otra notoriedad, y además supone una verdadera penitencia para recorrer los 20 km que la separan de Maisonnettes.

    ¿Cómo se desarrolló la peregrinación? Tal vez aprovecharan algún carruaje para ahorrarse la mitad de la fatiga hasta Saint-Chamond. Pero aún y así, lo que faltaba por hacer sigue siendo dura prueba para las piernecitas de un niño de cinco años. Es cierto que, por aquella época, hasta un niño de cinco años seguía a sus padres a la misa del domingo y, por consiguiente, tenía ya cierto entrenamiento semanal, una hora de marcha para ir y otra para volver y con pendientes casi tan duras como las de Valfleury.

    Durante esta peregrinación, y a petición de los padres, podía tener lugar una ceremonia secular: la consagración de un niño en la cofradía de Nª Sª Auxiliadora. Para ese sábado, 14 de agosto de 1813 (4), la Sra. Rivat había preparado un trajecito azul, que sería bendecido por un sacerdote de Valflery, y que el niño vestiría en algunas circunstancias, para recordarse su consagración a María. Más tarde, sería libre para sacar otras consecuencias y, por ejemplo, decidirse por una consagración más completa en el sacerdocio o la vida religiosa.

    Se ha dicho que cinco años es edad contemplativa. El pequeño Gabriel tal vez no era capaz de explicar lo que le ocurría, pero, de forma intuitiva, sentía que María había entrado más hondamente en su vida. Y ya no saldrá. Habrá que añadir que siete años es edad del uso de razón, pero, a los 2 años, Thérèse de Lisieux daba ya pruebas de algún discernimiento espiritual y, como escribirá más tarde: “Desde los 3 años, no recuerdo haberle negado nada a Dios”.

    A los 6 o 7 años, Gabriel Rivat tendrá que guardar el rebaño, como casi todos los pequeños campesinos de su tiempo. Los demás miembros de la familia, chicos o chicas, ya han tenido que buscar un trabajo más rentable en la propia casa o fuera de ella. El ex-pastorcito recordará más tarde que hay que saber aceptar los reproches inmerecidos para compensar las faltas reales no sancionadas: “Una vez me riñeron por haber hecho correr a las vacas. Aquel día no era cierto, pero había habido otras veces en las que lo había hecho y no había sido castigado”. Por la misma época, más o menos, se nos habla de su piedad: “Le gustaba rezar sus oraciones, arrodillado a la sombra de una gran encina”. Ya entonces, la naturaleza le hablaba de Dios. Y también por entonces (1814), encontramos, entre sus recuerdos, el relato de una caída que habría podido ser grave pero que, de hecho, le llevó hacia una gran confianza en la Providencia o en el ángel de la guarda en el que pensaba con frecuencia.

    Relata este suceso de forma algo misteriosa, pero dando datos y fechas que no ofrecen duda sobre la identidad del sujeto: 5 o 6 años y 1814. “Un niño de 5 o 6 años, acostado en el heno, se levantó por la noche para satisfacer alguna pequeña necesidad y se dirigió hacia la escalera que bajaba al establo cuyo primer escalón estaba muy bajo. Al no ver nada, avanzó demasiado, se cayó y rodó hasta abajo sobre los otros cuatro escalones, cuyas piedras estaban mal colocadas. Podía haberse hecho daño, romperse algo y hasta matarse en semejante caída; y, sin embargo, no se hizo nada, como si hubiera rodado sobre un colchón o sobre algodón. Subió, pues tranquilamente a acostarse y pasó sin más el resto de la noche. Ya tenía daño en un pie y ese mal no se vio agravado por la caída. Este niño no dudó nunca que fue la protección de su ángel de la guarda quien lo llevó en sus brazos para que su pie no chocara contra la piedra”. Sal 90 (1814) (5).

    Pasado un año, llega la noticia de que Napoléon, pese a su genio militar, no puede resistir a la coalición. Francia había dado ejemplo de una gran movilización general, pero los demás países habían hecho lo mismo y debía hacer frente a la invasión de más de un millón de hombres. Los mariscales del Imperio se niegan a seguir con esta guerra inútil y el Emperador se ve forzado a abdicar en el mismo Fontainebleau donde había encerrado a Pío VII durante 5 años. El 6 de abril de 1814, acepta, pues, el pequeño reino de la isla de Elbe, y muy pronto llega la desmovilización.

    Jean-Claude y Jean-Antoine pueden volver y readaptarse a la tranquila vida del campo. Pero Jean-Antoine ha tomado una decisión. Será sacerdote y, tal vez, desde el día de Todos los Santos de 1814, está ya en el seminario. Será ordenado sacerdote en 1823, lo que supone unos estudios algo cortos, pero el Sr. Courbon, primer vicario general, quien confiesa haber hecho un solo año de teología antes de su ordenación, no es muy exigente en este tema. En 1815, ya había admitido a Jean-Marie-Vianney, rechazado en el seminario y que había estudiado la teología en dos años con su párroco Sr. Balley.

    La derrota de Francia produjo, desde luego, sus inconvenientes: hubo que soportar un ejército invasor. En la región, fueron los austríacos los que llegaron aquí y allá, pero no se mostraron demasiado desagradables. El Sr. Barge, ya citado, nos cuenta en su diario que maltrataron al párroco Rebod quien creía, con demasiada facilidad, que los austríacos, católicos ellos, debían estar sujetos a la autoridad del clero, incluso francés.

    Mas he aquí, que Napoléon, en marzo de 1815, efectúa un retorno triunfal. Pero no hay que hacerse ilusiones. Los aliados reaccionan inmediatamente. El Emperador planta cara reclutando todo lo que queda de jóvenes vivos y los que ya tienen experiencia de la guerra serán los primeros alistados. La familia Rivat es, desde luego, monárquica y, como ya tiene rey desde hace un año, no es cuestión de someterse “al intruso”. Los dos hijos han decidido en conciencia que no volverán al ejército. Barge, en efecto, nos dice que la familia Rivat será castigada y que se impuso en su casa un garnisair, es decir, un soldado al que se ha de alimentar y alojar hasta que no se presenten los desertores. Naturalmente, dicho soldado emplea todos los medios a su alcance para vigilar las idas y venidas de unos y otros y sorprender cualquier conversación que pueda ofrecer una pista.

    Se puede suponer que Gabriel, 7 años, se habrá encargado más de una vez de contactar con sus hermanos si éstos se esconden en los insondables bosques del Pilat.

    Se desconfía menos de un niño que tiene tantos motivos de ir, jugando, a recoger fresas del bosque, margaritas o champiñones. Desde luego que ha recibido consignas muy serias sobre discreción y silencio, pues, nos sigue diciendo el Sr. Barge, “la gente se denunciaba mutuamente” con la esperanza de cobrar alguna prima.

    Felizmente, los “Cien Días” pasaron rápidos. El 18 de junio de 1815, llega Waterloo. La región se entera de la noticia el 25. Desde ese día, el garnisair se marcha. De nuevo, y por largo tiempo, la paz se impone, pero también se reactiva la invasión. Los invasores, otra vez los austríacos, son esta vez más desagradables, pues, a sus ojos el culpable no es sólo Napoléon, del que los franceses eran víctimas, sino también toda la región que lo acogió a su regreso. Y las sanciones serán más duras. Pero en Maisonnettes no se notó mucho.

    Por otra parte, estos austríacos se dejaron sorprender. Debían transportar cañones desde Saint-Chamond hacia el valle del Rhône, y se les dijo que el camino más corto era pasar por Soulages, Choméol, Maisonnettes, Laval y La Barbanche. Hasta Maisonnettes y Laval, no hubo problemas, pero para subir el caminito escarpado de la Barbanche, fue inútil fustigar a los caballos, no hubo manera. Hubo que acudir a los campesinos y enganchar uno o dos pares de bueyes. Dicho servicio contribuyó a amansarlos, pues antes se divertían asustando a la gente con disparos de fusil o matando algunas gallinas o patos.

    Había que darles un decilitro de aguardiente por la mañana y tres cuartos de litro de vino al mediodía; y estos bebedores de cerveza se achispaban pronto, incluso con el vinillo de las colinas del Pilat. Pero el episodio de los cañones en La Barbanche les obligó a transigir, a tratar de entenderse con gestos, a esperar que se engancharan los bueyes y hacer probaturas. Por otra parte, los habitantes de Maisonnettes se sentían muy contentos al poder librarse de ellos, pues, una vez superado el puerto de la Barbanche, se alejarían definitivamente.

    Más que de soldados enemigos, Gabriel tiene miedo de los truenos. En familia tan piadosa, debían tener la costumbre de encender un cirio y rezar cuando los relámpagos y truenos de una tormenta empezaban a ser demasiado frecuentes. Se le había prevenido de que, en caso de tormenta, era preferible mojarse que cobijarse debajo de un árbol. Provisto de estos principios y costumbres y una vez en la comunidad del Padre Champagnat, se hará notar en los días de tormenta por este temor muy céltico. No le debió durar mucho, pues, en el proceso de beatificación, el abogado del diablo (6) le reprochará no haber querido instalar un pararrayos en la casa de l’Hermitage, algo que, en su opinión, se opone a la prudencia, virtud cardinal.

    Pero si la tormenta le ofrece durante el año algunas ocasiones de una plegaria de intercesión, las maravillas de la naturaleza incitan cada día al pastorcillo a la alabanza y la contemplación.

    ¿Habrá que imaginarse a Gabriel defendiendo sus ovejas contra los lobos? Creo que no. El H. Avit (7) cuenta una historia de lobos en la misma época y región, pero este animal estaba ya en vías de desaparición en la zona del Pilat.

    ¿Qué idioma se hablaba en familia? El patois, la mayor parte del tiempo, pero los hermanos mayores, tras sus años de guerra en el Gran Ejército, se habían visto obligados a hablar francés en este medio tan mezclado y hasta cosmopolita. Por otra parte, y desde la apertura de la primera escuela, el francés se impone cada vez más. Y Jean-Antoine, seminarista, al llegar de vacaciones hablaría más bien el francés (8).

    De todas maneras, con Champagnat, que iba a llegar como vicario, el diálogo sería imposible, pues entre el patois provenzal de Marlhes y el franco-provenzal de La Valla, hay demasiada diferencia.

    Debió ser, sin duda, con el anterior vicario con quien Gabriel debió hacer su primera confesión, pues si para la primera comunión se exige una edad más avanzada, el niño debía confesarse a partir de los 7 años, según prescribe el Concilio de Trento. No tenemos ni idea de lo que pudo ser esta primera preparación, hecha sin duda por la mamá, que debió encontrar algunas dificultades para encontrar faltas en la conducta de este hijo tan delicado y piadoso.

    En el proceso de beatificación decenas de testigos afirmaron estar convencidos de que Gabriel había conservado toda su vida la inocencia bautismal.

    CAPÍTULO 2



    1. Uno de los 52 representantes en misión, nombrados por la Convención para aterrorizar a los departamentos, pero que, felizmente, sólo pudo durar de septiembre de 1793 a febrero de 1794.

    2. Misal de uso en la diócesis de Lyon.

    3. En La Valla, más conocida como Nª Sª de Leytra. ¿Se trata del mismo nombre que l’Étrat, Lestra o d’Estreaux, que evocan la existencia de una “strata”: carretera importante?

    4. En sus cuadernos, el H. François comete un error al escribir “sábado 15 de agosto 1813. Valfleury. Traje azul; pastorcito de ovejas”. El 15 de agosto de 1813 era domingo.

    5. 310, p. 146.

    6. En un proceso de beatificación se da, de forma familiar, este nombre al “promotor de la fe”.

    Es el encargado de encontrar en la vida del interesado, cuanto sea falta o defecto, y aquí, por ejemplo, una falta de prudencia.

    1. Hermano Marista que encontraremos más adelante. Entre los años 1880-1890, escribió unas veinte páginas de Anales sobre cada una de las 700 escuelas de la época y, con frecuencia, encontramos anécdotas interesantes.

    2. El patois de esta región no es un dialecto noble con gramática y literatura. Era la lengua normal en familia, pero con mucha facilidad, en cuanto se presentaba un extraño, incluso si la conversación se había iniciado en patois, se continuaba en francés. San Jean-Louis Bonnard, primer santo de la diócesis de Saint-Étienne, natural de Sant-Christô (a 20 km de La Valla), contemporáneo exacto de Gabriel, cuando volvía a su región en las vacaciones de seminarista, consideraba poco conveniente hablar en patois con la gente.

    Todavía muy vigente en el Forez hasta 1940, el patois forézien es hoy día asunto de especialistas. Mons. Gardette, rector de la facultad católica de Lyon, había creado en su tiempo una cátedra de lingüística románica para conservar textos y grabaciones de lo que fue la lengua de nuestros antepasados.

    CAPÍTULO 3


    La llamada del Señor


    El año 1815 se acaba. La Sra. Rivat puede colocar en un buen lugar, en la iglesia, el cuadro prometido pintado para ella por el Sr. Ravéry de Saint-Chamond. Es la clásica representación de Nª Sª del Rosario. La Virgen ofrece un rosario a Santo Domingo y otro a Santa Catalina de Siena. Santo Domingo es reconocible por el perro que le acompaña y que lleva en la boca una antorcha para incendiar toda la tierra. Esta evocación recuerda que, según la tradición, la madre de Domingo había entrevisto, antes del nacimiento de su hijo, su porvenir apostólico y mariano. La Sra. Rivat, madre de un hijo también predestinado, hará todo lo posible para que ese hijo sea, a su vez, un ferviente apóstol del rosario.

    En cualquier caso no regateó sobre el precio. Ella, que economiza la mantequilla y la leche para la sopa, no dudó en destinar 500 francos (2 salarios anuales de un obrero de la época) para la adquisición del exvoto. Dicho cuadro se encuentra hoy en la casa que los Hermanos llaman la “cuna” del Instituto.

    Pero he aquí que en el verano de 1816, hay novedades en la parroquia. Se espera a un joven vicario ordenado el 22 de julio. Alguien dinámico, y que llega unos días antes del 15 de agosto. Se llama Champagnat. Es originario de Marlhes, al otro lado de La Barbanche, a unas 6 leguas de Maisonnettes. Sorprende a todos por su estatura: 1’79 m, lo que por aquella época lo sitúa entre las tallas excepcionales, Canta bien. Predica con facilidad. Más tarde, algunos notarán que su francés no es impecable pero, en este medio campesino ¿quién lo va a notar? Si ha llegado directamente de Marlhes, ha podido pasar por Maisonnettes y, ya el primer día, haberse encontrado por casualidad con la familia Rivat terminando de recoger el heno o empezando las tareas de la siembra. Hoz o guadaña, le son familiares. No le importaría mucho echarles una mano.

    Para la fiesta del 15 de agosto, es seguramente él quien hará el sermón, pues el párroco Sr. Rebod es algo tartamudo y estará encantado de cederle el puesto. Conoce las costumbres campesinas. Durante los meses de verano no habrá actividades parroquiales, pero cuando la cosecha esté terminada y arrancadas las patatas, se hablará de cosas prácticas, sobre todo del catecismo y de la preparación para la Primera Comunión.

    El nuevo sacerdote tiene también otro proyecto que aún no ha desvelado. Con otros seminaristas de su promoción, han decidido fundar una nueva familia religiosa dedicada a María. Él se encarga de una de sus ramas, la de Hermanos enseñantes con el nombre de Maristas.

    Desde octubre, o tal vez antes, ha encontrado un primer candidato: el joven Granjon, granadero bajo el Imperio y que es la edificación de todo el pueblo. Durante la guerra, ha podido encontrarse con los hermanos Rivat, aunque el granadero sea de otro pueblo vecino, Doizieux. Al final de octubre se decide por su nueva vocación. En efecto, en la aldea más alejada de la parroquia, ha podido ser testigo del caso de un joven moribundo que parecía ignorarlo todo sobre el Dios con el que se iba a encontrar.

    Los dos discípulos siguientes, los hermanos Audras, habitan en Péorey, sobre la colina frente a Maisonnettes. El cuarto es hijo del sacristán y el quinto vive en otra aldea vecina: le Coin.

    Todo esto se debe comentar entre los Rivat: ¡qué pretende hacer el vicario con estos jóvenes para quienes ha encontrado un local en lo alto del pueblo? Los antiguos combatientes Rivat lo pueden comentar con el antiguo combatiente Granjon, ya que éste está ya informado: se trata de Hermanos, como los Hermanos de las Escuelas Cristianas instalados en Saint-Chamond desde 1811.

    Pero de momento, el joven vicario se preocupa sobre todo del catecismo. Por Todos los Santos de 1816, anuncia que lo va a iniciar. Jean-Marie, el tercero de los chicos Rivat, tiene 11 años. No se perderá esta formación que ya ha debido ser iniciada por el vicario precedente. Al cabo de algunas semanas, Marcellin cree que su auditorio es exiguo: “Si me traéis a un vecino o primo vuestro, os daré una estampa”. “Pues yo, dice Jean-Marie, le puedo traer a mi hermano pequeño, pero sólo tiene 8 años”. “Tráelo. Ya veremos si puede hacer la Primera Comunión antes que otros”. Y durante 2 años, Gabriel sigue con cuidado esta preparación.

    Según los principios sansulpicianos, Marcellin enseña el catecismo con sobrepelliz, delante de los dos grupos de oyentes: chicos a un lado y chicas al otro. Seguro que Gabriel es todo oídos y se esfuerza por memorizar para la recitación. Como ya sabe leer, sabrá pronto el catecismo de memoria, como se exige entonces.

    Sin pérdida de tiempo, Marcellin se preocupa también de la fundación de su comunidad. Ni tiene tiempo para todo ni pretende saberlo todo. Pero sabe delegar. ¿Cómo conseguir hacer trabajar juntos a 50 o más alumnos? Conoce a un joven llamado Maisonneuve, ha sido formado con los Hermanos de las Escuelas Cristianas y ha practicado su “método simultáneo”; lo hace venir para formar a sus primeros jóvenes. Desde el inicio de 1817, comunica la apertura de una escuela que puede recibir a todos los niños de 6 a 12 años y hasta pasados los 12, pues los hay que quieren recuperar el tiempo donde la instrucción no estaba a su alcance. Gabriel, desde luego, es de los alumnos más asiduos, llega con su comida de mediodía para no tener que volver a casa hasta la tarde.

    Desde mayo de 1817, Marcellin lanza una práctica, aprendida en el seminario y que es el primero en introducirla en una parroquia: el mes de María (1). Este nombre figura ya en una de sus resoluciones del 3 de mayo de 1815, sin ningún comentario, pero se puede suponer la decisión de ponerla en práctica en cuanto pueda. En efecto, desde su primer mes de mayo en La Valla, invita a sus parroquianos a este acto de piedad mariana. Se reza una oración y se canta un himno. Para la lectura, Marcellin se sirve de un libro del jesuita italiano Lalomia, traducido al francés. Los niños de la escuela asisten, sin duda, a esta ceremonia, pues vemos a Marcellin entregar a Gabriel un ejemplar del libro de Lalomia como regalo de Primera Comunión (2). Decide muy pronto que el mes de María se puede celebrar también en las aldeas. Al haber niños que ya saben leer, les confiará esta tarea si no hay adultos que lo puedan hacer. Es también un pequeño apostolado que confiará a sus Hermanos.

    En Maisonnettes, se lo encarga a Jean-Marie Rivat que tiene ya 12 años y es, sin duda, uno de los jóvenes para quienes va a crear una biblioteca.

    En cuanto a Gabriel, que sigue la preparación para la Comunión, sólo tiene 10 años, pero ¿qué le podría impedir hacerla este mismo año? Entre los catequizados nadie sabe el catecismo como él. Y, para Marcellin, lo que cuenta no son los conocimientos sino la vida. Ahora bien, en el pequeño Gabriel existe una vida de fe que se podría calificar de visible. ¡Y su amor a María! ¡Y su inocencia!

    Los tres días que preceden a la Comunión transcurren en la capilla de Notre Dame de Pitié. Es un corto pero verdadero retiro destinado a crear, en los tiernos corazones infantiles, un intenso deseo del encuentro con Jesús. Varios testigos de la Causa del Padre Champagnat, ancianos al final del s. XIX, que tenían 11 o 12 años en los años 1816-1824, han hablado del fervor y el silencio de esta preparación (3). Para Gabriel, es uno de los recuerdos más significativos de su vida.

    Ese año, la fecha de la Pascua es excepcional: el 22 de marzo, la más precoz del calendario, curioso símbolo para esta comunión precoz. Entre la Pascua y el día de la Comunión, queda un mes, ya que la fecha tradicional de la ceremonia en La Valla es el cuarto domingo de Pascua, 19 de abril de dicho año. En ese intervalo, los comulgantes seguían asistiendo al catecismo y Gabriel acude, tal vez cada día, a recibir clases de latín.

    Conservará toda su vida el recuerdo de esta fiesta, gracias a una estampa que llama su “gran tesoro”. Es una imagen muy clásica, en un pobre cuadro negro: representa un cáliz y una hostia adorados por los ángeles. Debajo de la mesa que sostiene el cáliz, se ve el cordero acostado sobre la cruz. Una mano poco hábil trató de poner algo de color en esta imagen en blanco y negro. En la parte baja de la imagen se lee la fecha que el Primer Comulgante no quiere olvidar. Una frase de sus cuadernos de retiro, 16 años más tarde, evoca lo que debió ser su fervor: “recibir a Jesús-Cristo como el día de mi Primera Comunión” (4).

    El Padre Champagnat concedía extrema importancia a este primer encuentro de un niño con Jesús. Y Gabriel tenía también, desde ese momento, la misma convicción. Todo el resto de su vida, la comunión será para él un momento excepcional. Más tarde, citando a San Cipriano, podrá decir en una circular: “La comunión es como una embriaguez espiritual que vuelve al hombre en algo totalmente diferente a lo que era, que le hace perder el recuerdo de las cosas de este mundo y lo eleva al trato de las cosas del cielo. De ahí proviene que las almas que no oponen obstáculo a la acción de este divino sacramento se encuentran en poco tiempo como transformadas por completo en Dios, no viviendo ya para sí mismas, sino para Jesús-Cristo quien, al entregarse a ellas, las sacia por completo y ya no les deja más que el desprecio hacia las delicias de este mundo” (5).

    El niño de 10 años no puede aún expresarse en estos términos, pero es ya lo que siente y lo que vive. De forma especial, su decisión está tomada y, 8 años después, escribirá en su cuaderno: “Consagrado por mi madre a María, al pie de la capilla del Rosario, en la iglesia de La Valla, salí del mundo, el miércoles 6 de mayo de 1818” (6). Gabriel sabe, en efecto, que el joven vicario tiene ya discípulos que estudian para llegar a ser Hermanos. Puede unirse a ellos si así lo desea, aunque sea más joven que ellos.

    Sólo han transcurridos tres semanas entre la Comunión y el paso definitivo: el tiempo para que la Sra. Rivat prepare un mínimo de ajuar. Será fácil irlo completando, según sea necesario, dada la proximidad de los lugares.

    El 6 de mayo, durante la novena litúrgica de preparación a Pentecostés, la tenemos bajando de Maisonnettes con su benjamín. Se dirigen a la iglesia, se arrodillan ante el altar de la Virgen del Rosario, donde ha sido colocado el exvoto, recuerdo muy reciente de la guerra. Françoise recuerda a Gabriel: “Cuando tenías 5 años, te consagré a la Virgen de Valfleury. Revestiste su hábito y lo has llevado muchas veces. Ahora, aunque llore, me siento muy feliz de que la Sma. Virgen te haya escogido. Hemos de llegar al cielo cueste lo que cueste”.

    Y rezan largos momentos. “Y ahora, dice la mamá, vamos a la casa parroquial”.

    Parece que Marcellin les espera. Tras las fórmulas de saludo, la Sra. Rivat domina su emoción para decir: “Acepte este niño. Haga de él lo que quiera. Pertenece a la Sma. Virgen a quien lo he consagrado muchas veces” (7).

    CAPÍTULO 3

    1 – Boletín del Instituto nº 207 (julio de 1867) y tesis de Francisco das Chagas: Champagnat, primeiro mês de Maria en La Valla, Roma 1983.

    2 – El bueno y venerado Padre Champagnat me entregó, en mano, cuatro libros espirituales para mi uso: Mois de Marie de Lalomia (premio de catecismo), Mentor des enfants, siendo postulante en La Valla, Manuel du Chrétien y Combat spirituel en l’Hermitage.

    3 – Por ejemplo, Claude Marie Tissot, párroco de Balbigny en 1866. “Nos llevaba dos veces cada día a una capillita solitaria, alejada del pueblo. Allí nos instruía, nos hacía rezar, cantar, guardar silencio etc… (Testimonio sobre Marcellin Champagnat. Encuesta diocesana. Textos reimpresos en 1991 en Roma. Vol. II, apéndice p. 5).

    4 – 303 p. 420.

    5 – Circ. 2 p. 166.

    6 – 301 p. 48.

    7 – Testimonio escrito del abate David (Archivos del Postulador general de los Hermanos Maristas, en Roma).

    CAPÍTULO 4

    El novicio y el Hermano jovencito

    No dudemos ni un instante que Gabriel está en perfecta unión de voluntad con su madre de la tierra y la del cielo en esta entrega de sí mismo que realiza sin la más mínima vacilación.

    De inmediato, se comporta cual fervoroso postulante. Como estudia latín, el Padre Champagnat le impone menos tiempo de trabajo manual que a los demás, y la tradición recoge que esto le merece alguna observación desagradable de compañeros algo celosos. Gabriel es sensible, pero trata de que no se note, y nada dice al Padre Champagnat de esos pequeños desencuentros. Por otra parte, logra la fuerza de aceptar estas pequeñas humillaciones en su preparación para la confirmación, sacramento que recibe el 3 de agosto de ese mismo año de 1818.

    Entre 1815 y 1824, la diócesis de Lyon está sin obispo, pues el cardenal Fesch se encuentra exiliado en Roma, por su parentesco con Napoléon. Se empecina en no querer presentar la dimisión y pretende dirigir su diócesis desde la Ciudad Eterna. Para las confirmaciones, se recurre a los obispos que están de paso. Las parroquias de la región han sido advertidas de que, el lunes 3 de agosto de 1818, Mons. de Mons, obispo de Mende, administrará este sacramento en la iglesia de Saint-Pierre de Saint-Chamond.

    Es una buena ocasión para tomar conciencia del papel del Espíritu Santo, ese mismo Espíritu Santo que se invoca una o más veces al día en la oración. Más tarde, el Hermano François recordará que el día de su Primera Comunión, un texto litúrgico decía: “El Espíritu del Señor os enseñará toda verdad”. Después de aquel 6 de mayo, se preparó también para la fiesta de Pentecostés, que tenía lugar el 10, y que se prolongaba toda la octava. Los textos de esta octava estaban llenos de relatos de los Hechos de los Apóstoles contando las manifestaciones del Espíritu sobre los primeros cristianos. Los evangelios recordaban también la enseñanza de Jesús anunciando a los Apóstoles la llegada del Espíritu. Y el pequeño Gabriel, que había asimilado muy bien cuanto le decía el catecismo sobre ello, esperaba con fervor la llegada del Espíritu de Jesús como había esperado la llegada del mismo Jesús unos días antes en su Primera Comunión. Para otros, tal vez, esta época de mucho trabajo manual no era el momento ideal de preparación, pero para él lo era con toda seguridad.

    Durante un año, iba a prepararse, ahora, para la toma de hábito. En el intervalo, el día 7 de junio, fiesta del Corpus Christi, recibe el santo escapulario que es ya un hábito de la Sma. Virgen. La recepción comporta, además, una pequeña ceremonia de la que el Padre Champagnat se puede servir como medio de iniciarlo a una consagración más y más perfecta. El Hermano François guardará toda su vida una gran devoción al escapulario. Más adelante recibirá también el escapulario azul de la Inmaculada Concepción y el rojo de los sagrados Corazones de Jesús y María (1).

    El miércoles 8 de septiembre de ese mismo año 1819, fiesta de la natividad de la Sma. Virgen, recibe el hábito de Hermano. No se trata de una sotana, sino de la vestimenta, un poco más solemne, que la de un campesino o un obrero, cuya única finalidad es la de diferenciar al que lo lleva y hacerle pensar que está investido de una misión (2). Incluso en 1822, el inspector, después de ver a los Hermanos de Saint-Sauveur, habla de una sencilla levita y una gran capa (3).

    Al mismo tiempo que el hábito, Gabriel Rivat recibe un nuevo nombre que le recordará a su santa madre: François.

    Una antigua tradición monástica sugiere, en efecto, cambiar de nombre para simbolizar el cambio de vida que se adopta al hacerse religioso, o sea, un hombre nuevo. Y Gabriel firma su adhesión a una nueva “asociación”, pues el Padre Champagnat considera prematuro hablar de congregación. Por otra parte, dicho nombre está más o menos proscrito después de la Revolución.

    Que el nuevo Hermanito siga, pues, su formación intelectual, espiritual y pedagógica, pues la va a necesitar muy pronto. Pero ya que su madre ha contribuido, con un exvoto, a favorecer la cofradía del Rosario, ¿por qué no entrar él también? Y, en efecto, es admitido como cofrade en la capilla del Rosario el domingo 3 de octubre y, durante toda su vida, será ya el hombre del Rosario. La Regla de los Hermanos Maristas prevé rezar uno cada día en comunidad, pero los testigos de su vida estaban convencidos de que lo rezaba también en particular y aún más de uno, sobre todo en sus últimos años.

    La fórmula de asociación firmada por el H. François consiste en las “promesas” que realizan los Hermanos desde 1818, y es hacia ese compromiso que tiende el noviciado. Dichas promesas tienen el mismo contenido que los votos de religión, aunque sin ser inherente el carácter obligatorio especial que éstos comportan. El nuevo Hermano promete buscar su santificación personal y la educación de los niños del campo, enseñar de forma gratuita a los niños pobres presentados por los párrocos, obedecer sin réplica, guardar la castidad y poner todo en común.



    La obediencia va a suponer pronto para el H. François duras exigencias: dejar los queridos estudios para ir a ejercer el oficio de cocinero y de maestro a los 12 años y medio (4).

    ¿Qué es lo que ocurrió? En 1820, Marcellin Champagnat, al que se critica diversas iniciativas, se enteró de la llegada de un inspector a la región de Saint-Genest-Malifaux y al que sólo la nieve impidió llegar hasta Tarentaise y La Valla donde le habían señalado la existencia de sacerdotes que enseñaban latín sin abonar el canon correspondiente al colegio de Saint-Chamond. Se pensaba que esta enseñanza especial, destinada a hacer saltar una clase a los buenos alumnos de la primera clase de secundaria, reducía los efectivos de dicha clase en los colegios. El vicario de La Valla decidió, pues, cesar esos cursos. Por otra parte y para la escuela de Marlhes, abierta en 1818, tuvo que cambiar al director, H. Louis, al que necesitaba en La Valla. Este Hermano será reemplazado por el H. Laurent hasta entonces catequista en el Bessat. Su trabajo era el de hombre humilde, viviendo en casa de un campesino, que bajaba cada semana a La Valla para buscar sus provisiones en los días de invierno con frecuencia terribles. Pero, por lo menos en la gran aldea que era entonces el Bessat, se hacía todo a la buena de Dios y los problemas de disciplina apenas existían, mientras que en Marlhes había que hacer frente a clases numerosas que requerían experiencia pedagógica. En teoría, el Hermanito François estaba mejor formado que el H. Laurent, incluso si éste le pasaba 15 años. De todas maneras, podría por lo menos encargarse de un grupo de alumnos por la tarde y el H. Laurent le enseñaría a hacer la cocina. Desde luego, algo muy elemental: para mediodía, sobre todo, hacer cocer el tocino y las patatas que aportaban los mediopensionistas y preparar para los Hermanos una buena sopa consistente que permitiera esperar la otra sopa equivalente para la cena.

    Al final de 1820 o primeros de 1821, tenemos a nuestros dos maestros de escuela que se van, un día de invierno, por Maisonnettes, Laval, La Barbanche y Tarentaise hacia La République, Saint-Genest-Malifaux y Marlhes. Llevan un saco de tela negra con ropa y libros. Se cuenta que en los lugares del bosque donde no se encuentra a nadie, el H. Laurent llevaba a hombros al pequeño François. Resulta algo sorprendente, pues, incluso para un recorrido de 30 kilómetros, el joven François era muy capaz de hacerlo. Tal vez, llevaba zapatos nuevos que le producían ampollas. O, a lo mejor, la nieve hacía la marcha más difícil. De todas maneras, el H. Laurent era capaz de cualquier servicio y lleno de sentido práctico.

    CAPÍTULO 4

    1 –El escapulario del Carmen es al principio el hábito de esta orden religiosa, pero, bastante pronto, muchos seglares desearon participar de las ventajas espirituales de los y las Carmelitas y se hicieron agregar a la cofradía del Carmelo. Habrá una especie de toma de hábito: el seglar recibía una reducción simbólica del hábito consistente en dos pedacitos de tela unidos por dos cordones y que llevará entre las espaldas (el latín scapula significa hombro) y el pecho. El escapulario del Carmen es marrón. La tradición habla de una aparición de María a San Simón Stock (¿1251?) donde le dijo: “Este es un privilegio para ti y todos los tuyos; el que muera con él se salvará”. Se comprende que tantos seglares hayan deseado beneficiarse de tal privilegio. Por lo que se refiere al privilegio sabatino atribuido a una bula de Juan XXII, y que prometía la liberación del purgatorio, el sábado siguiente a la muerte, la crítica actual ya no reconoce la autenticidad de dicha bula.

    El escapulario azul está unido a la Hermana Benincasa, napolitana de los ss. XVI-XVII, que venera de forma especial la Inmaculada Concepción de María. Un 2 de febrero, la Hermana ve a María vestida de blanco con manto azul, decirle que sus Hermanas deben llevar este hábito con un escapulario azul. ¿Había en el hábito que el pequeño François recibió en Valfleurie una referencia a este escapulario? De todas maneras, su gran devoción a María Inmaculada permite comprender que estaba muy unido a ella.

    Ofrece el relato del origen del escapulario azul en su cuaderno 311 p. 525.

    Referente al escapulario rojo, fueron los Lazaristas (los Paúles en España. N.T.), presentes en Valfleury desde el s. XVII, quienes se encargaron de su difusión. Dicho escapulario se llama de la Pasión o de los Corazones de Jesús y de María. Fue consecuencia de una aparición de Cristo a una religiosa de la Caridad en 1846. Como el H. François formaba parte, desde 1822, de la Cofradía de los Sagrados Corazones de Jesús y María, debió interesarse por ese escapulario.

    2 –Marcellin, en la decisión de dar un traje a sus Hermanos, pudo inspirarse en lo sucedido en el seminario menor. Como los seminaristas de Verrières vivían en medio de la ciudad, una decisión del Cardenal Fesch les impuso, también a ellos, en 1808, un medio de diferenciarse del medio ambiente, que consistía sobre todo en un traje: levita marrón oscuro casi negra y esclavina de uso entonces entre los eclesiásticos franceses. Aún se puede ver hoy día, no se trata de una sotana.

    3 –Un día de abril de 1822, cuando el inspector vio a los Hermanos, podía ser un día frío, lo que explicaría el uso del gran abrigo negro, cuando en otra estación podrían llevar la esclavina. Otros textos aluden a “una levita hasta la mitad del muslo y abotonada hasta debajo del bajo vientre”. Se nos habla también de un sombrero de copa alta para las salidas.

    Por otra parte, como el Sr. Courveille está en La Valla en 1824 y que el Padre Champagnat le deja hacer, se las arregla para imponer la levita azul celeste abotonada hasta abajo como una sotana. Ese mismo año, el arzobispo autoriza al Padre Champagnat “dar un hábito religioso” a sus Hermanos y se va a optar, también a causa del Sr. Courveille, por una levita azul y un pequeño manteo, también azul; esto provocará que en la región se les llame les Frères bleus, los Hermanos azules.

    Después de 1826, una vez libre de las presiones del Sr. Courveille, el Padre Champagnat opta por la sotana negra y el rabat blanco que son todavía el hábito de los Hermanos en cierto número de países.

    El H. François llevó, desde luego, estos diversos vestidos, tanto más cuanto su pequeña talla desde los 12 a los 20 años se modificó lo suficiente para imponerle todos esos cambios, lo que por su sentido de la economía no le debió resultar fácil.

    4 –Un anciano sacerdote originario de La Valla pudo decir que el pequeño Gabriel le había enseñado a leer en 1819. El H. Chrysole lo dice de otra manera: “Durante su noviciado (es decir, ese mismo año) fue empleado primero como monitor y luego algo así como maestro en la escuela de La Valla” P.S.V. p. 343).
    Hay que pensar que en el método simultáneo-mutuo, los alumnos más dotados son encargados de una división, por ejemplo para una lección de lectura mientras el maestro se ocupa del resto de la clase para hacer un dictado. Estos alumnos se llaman monitores. En el método mutuo tienen un papel más importante. Esto puede explicar que un niño de once años “haya enseñado a leer” a sus compañeros algo menores que él.
    CAPÍTULO 5

    Primeras armas

    El cambio no podía agradar al párroco de Marlhes. Tras haber dudado de las posibilidades de acierto del primer director, que sólo tenía 16 años, había tenido que admitir que dicho Hermano se desempeñaba de forma admirable. Y ahora no admitía que se lo cambiaran. El H. Laurent y el pequeño H. François se sintieron, pues, muy mal acogidos. ¡Lo que Dios quiera!... Iban a hacer todo lo posible para dar satisfacción.

    Debe ser en este período cuando se habla de que el pequeño François ponía una piedra debajo de su pupitre para, una vez de pie, aparentar ser algo más alto y dominar a algunos muchachos (tal vez entre 14-15 años) con mucho retraso escolar quienes, hasta entonces, nunca habían asistido a la escuela y aprovechaban los meses inertes del invierno para aprender a leer un poco.

    Pero entre párrocos las noticias corren. “Hace dos años, Champagnat envió para mi escuela un joven de 16 años. Ahora me envía un monaguillo de 12”: tales debían ser, más o menos, los comentarios del Sr. Allirot, párroco de Marlhes, al Sr. Préher, párroco de Tarentaise.

    El Sr. Préher es amigo de Champagnat, pero ante esa situación ya no entiende nada: el pequeño Rivat podría, mejor que su hermano, llegar a ser un buen sacerdote e, incluso, un profesor del seminario. Ahora bien, el Sr. Préher está lleno de celo para descubrir futuras vocaciones sacerdotales.

    Ya en su vejez, podrá decir: “Actualmente, hay en la diócesis 28 sacerdotes que iniciaron sus estudios conmigo en Tarentaise”.

    Encontrándose un día con el pequeño H. François le dice. “¿Por qué no quiere usted estudiar latín como su hermano? – Porque yo no hago mi voluntad sino la de Dios manifestada por mi Superior”. El párroco Préher se queda asombrado: “Vuestro Hermanito François, dirá al H. Louis, me ha impedido dormir toda la noche. Tiene sentimientos sublimes; si los conserva, cosa que no dudo, Dios lo bendecirá y se servirá de él para procurar su gloria” (1).

    Esta primera estancia en Marlhes no debió ser larga, pues, en Pascua, como todos los años, la escuela despide a los alumnos, pero esta vez el despido será definitivo. El Padre Champagnat había dicho y repetido que no podía dejar a los Hermanos ni a los alumnos en aquellos locales insalubres y, al no haber sido escuchado, retiró a los Hermanos que no retomarán la escuela hasta diez años después.

    No se sabe con certeza qué fue del H. François al final de 1821 y durante los años 1822 y 23. Parece que se halla en La Valla (2). La escuela, dirigida primero por el Sr. Maisonneuve que formó a los primeros Hermanos, lo es luego por el H. Jean-Marie Granjon que tiene toda la autoridad requerida pero muy poca instrucción y debe, con toda probabilidad, contentarse con hacer la clase de los pequeños. El H. Louis, su reemplazante en 1821, necesita un ayudante y el H. François, con su experiencia toda nueva, puede, pese a su edad, prestar este servicio. Por lo que se ve en sus cuadernos, en 1820 y 1821, hace el retiro anual en la capillita encima de la habitación del Padre Champagnat (3). En 1822 lo hace en el mismo piso, pero en una “nueva clase” creada para acoger al grupo de postulantes de la Haute-Loire, cuyo número ha impuesto la construcción llevada a cabo por Champagnat y sus Hermanos (4). El Hermanito François debió participar en ella y aprender algo de albañilería pues, mucho más tarde, se le verá construir muros en la propiedad de l’Hermitage. Debe tratarse del período en el que se alojan como pueden, a la espera de acabar la nueva construcción. Más tarde recordará que, al acostarse, debía ir con cuidado para no chocar contra las vigas del techo.

    Durante el retiro de 1822, el joven maestro ha reflexionado sobre su experiencia pedagógica y comunitaria y toma la resolución de “hablar siempre con gravedad, prudencia y suavidad a los alumnos, a los Hermanos y a cualquier otra persona (5). Cuando haya recibido alguna queja de alguien, añade, no diré ni haré nada hasta que la paz haya vuelto a mi espíritu” (6).

    De toda evidencia, se trata de una época en que parte de las instrucciones del retiro se refieren a las grandes verdades. En 1823, el Hermanito de 15 años anota: “Tener con frecuencia ante mis ojos la imagen de la muerte… Los juicios de Dios son impenetrables: ¿quién sabe si me ha perdonado los pecados cometidos en el siglo (= en el mundo)?” (7).

    Se desconoce quién predicó esta instrucción. Por otra parte, parece que se trate de reflexiones copiadas al leer la vida de San Louis de Gonzague del Padre Opari.

    En efecto, algo más adelante hay una frase reconfortante y que atribuye al Padre Champagnat: “Uno está contento, lleno de gozo al estar al servicio de un buen maestro. ¿Y qué mejor maestro que Dios?” (8). Al Padre Champagnat no le gusta mantener a las almas, sobre todo a un alma tan límpida, en la inquietud y, por eso, con sus Hermanos jóvenes pone algo de sonrisa, incluso en las reflexiones más serias. Por ejemplo: traduce a su manera la muy conocida máxima monástica: “Qui regulae vivit Deo vivit” con algo de fantasía: “Quien vive sin regla, vive como un pequeño diablo; quien vive según la regla vive según Dios” (9).

    Puede ser también el Padre Champagnat quien, en el retiro de 1825, habla del recogimiento con una comparación de San François de Sales que impresiona al Hermanito François y que retomará más tarde: “Imaginad un hombre que ha recibido en un hermoso vaso de cristal o de porcelana un licor de gran precio para llevarlo a su casa. Mirad cómo marcha suavemente y con precaución, sin mirar atrás, ni a los lados sino siempre al frente, parándose y observando por miedo a dar un paso en falso o chocar contra alguna piedra; llega, incluso, a detenerse, a veces, para observar si el imperceptible movimiento del vaso no le hacer perder algo del precioso licor. Haced lo mismo después de la meditación; no os apresuréis; no os dejéis distraer y disipar de pronto derramándoos al exterior, sino mirad con sencilla y tranquila atención el camino que debéis seguir, id hacia adelante y velad con rigor sobre vuestro corazón para que no pierda esa preciosa suavidad con la que el Espíritu Santo lo ha llenado en la oración (10).

    Por Todos los Santos de 1823, es nombrado para la quinta escuela abierta por el Padre Champagnat: Vanosc (Ardèche). También allí se trata de un lugar insalubre que habrá que cerrar 4 años después.

    En aquellos años, el interés por la instrucción es débil y la consideración hacia los maestros casi nula. Los padres, por lo menos, hubieran podido reaccionar en favor de la salud de sus hijos. Pero, si lo hicieron, apenas dio resultado.

    Esta vez, el Hermano François es un gran muchacho de 15 años quien, fuera de la clase, es requerido alguna que otra vez para realzar la liturgia vienesa, pues Vanosc había formado parte de la diócesis de Vienne hasta la Revolución.

    Le gusta cantar y lo hace bien. “Para la fiesta de Navidad, le dice el párroco, tenemos la Misa Mayor con diácono y subdiácono. Pero sólo somos dos sacerdotes. ¿No podría usted hacer de subdiácono? – ¡Pero soy demasiado joven! – ¡Si no es más que eso…! La Hermana Saint-Pierre es especialista en la preparación de los oficios, de las flores, los manteles… y los celebrantes.Le pondrá un poco de talco en los cabellos y ganará de golpe varios años”.

    El H. Avit, que relata el hecho, añade que la Hermana Saint-Pierre quedó tan satisfecha de su obra maestra que no pudo por menos que besar al Hermano, rojo como un tomate, pero que, luego, cantó muy bien la epístola. Al día siguiente, sus alumnos estaban muy contentos al decirle que lo habían reconocido.

    Los días ordinarios eran más banales, pero resultaba imposible aburrirse con el trabajo escolar desde las 7’30 de la mañana hasta las 16’30 de la tarde, suponiendo que no hubiera internos que vigilar.

    Sin embargo, los domingos después de vísperas, había un momento de recreo y el Hermano Director, comprensivo él, había dicho a su Hermanito que podía ir a jugar con el joven Glaizal, hijo de un bienhechor. El tal Glaizal contó, 60 años después, al H. Avit que se informaba para escribir los anales de todas las casas maristas, que un domingo jugaba con el joven H. François y que a consecuencia, sin duda, de una torpeza del Hermano (jugando a las bochas por ejemplo), se había enfadado tanto que le propinó una bofetada y un puntapié, y que el pobre maltratado se encerró en la cocina para poder llorar a sus anchas (11).

    Golpear así a alguien revestido de sotana, habría hecho clamar sacrilegio, pero un maestro, con el atuendo de Hermano, incluso parecido al hábito, no estaba en absoluto sacralizado. La violencia ha existido siempre y el párroco Gouillet, del mismo Vanosc, daba ejemplo de mano pronta en un tiempo en que los párrocos podían permitirse todo… por el bien, naturalmente. Habiéndose encontrado tarde con cinco jóvenes en un café, un domingo por la noche, les ordenó largarse y, ante su negativa, los arrojó uno tras otro por la ventana (12).

    El H. François debía adquirir, por experiencia propia, sus propios principios de vida práctica y del arte pedagógico, sabiendo discernir entre lo bueno y lo menos bueno. No se trataba de ninguna carrera universitaria ni de escuela de magisterio, y, por otra parte, con algunos principios rudimentarios había que hacer frente no sólo a una clase sino además a una cocina. Este último aprendizaje era entonces indispensable. Más tarde, el H. François lamentaba “que un Hermano no hiciera su curso de cocina, porque si es nombrado Director, no sabrá formar a los Hermanos jóvenes en ese empleo” (13).

    CAPÍTULO 5

    1 – Champagnat p. 68.

    2 – Según el H. Sindulphe, habría sido cocinero en Tarentaise, sin duda tras el período de Marlhes.

    3 – Para el retiro de 1819, dice que tuvo lugar en la sala de la planta baja convertida en habitación del Padre Champagnat; lo que daría a entender que, el Padre Champagnat, sólo tras las vacaciones de 1819, había ido a vivir con los Hermanos.

    4 – La construcción debe estar inacabada, pues en 1824, dice esta vez que había hecho el retiro en la “casa nueva”.

    5 – 302 p. 2.

    6 – 302 p. 2.

    7 – 302 p. 2.

    8 –302 p. 6.

    9 –302 p. 14.

    10 – 302 p. 26.

    11 – Avit Annales de Vanosc – AFM 213 – 82 p. 16.

    12 – Avit Annales de Vanosc – AFM 213 – 82 p. 3.

    13 – 310 p. 104.

    CAPÍTULO 6

    Hacia el compromiso definitivo

    Al inicio de 1824, el H. François, como todos los demás Hermanos, es llamado a l’Hermitage donde se va a construir la gran casa que será noviciado, casa-madre, y, en sus inicios, hasta un poco casa de caridad. Como todos los demás será uno de los colonos que hasta Todos los Santos participarán en la construcción, extrayendo arena, picando la roca, transportando piedras, durmiendo donde podían: granja, granero, establo del vecino Pathouillard. Más tarde hará la descripción de las sucesivas capillas conocidas en l’Hermitage. Nos ayuda a comprender, por ejemplo, que la capillita del bosque no podía ser la solución durante los 6 meses de la construcción, pues no se podía contar siempre con el buen tiempo. Habrían tenido, pues, que ocupar otras estancias, a medida que eran utilizables (2).

    En octubre, tiene lugar el retiro preparatorio para el nuevo curso escolar. El Padre Champagnat, evidentemente muy ocupado, no pude hacer todas las instrucciones. Parece ser que dicho año pudo tener la ayuda, tal vez, para una sola charla, de un personaje importante: el Sr. Gardette, Superior del seminario mayor. Se sabe que le ayudó, incluso financieramente, pero los cuadernos del H. François dan también el resumen de una exhortación del Sr. Gardette sobre los 5 medios de corresponder a la vocación marista. El segundo es muy sorprendente, pues supone que el Sr. Gardette conoce muy bien la espiritualidad de Marcellin Champagnat: “Una gran humildad, modestia y sencillez en todas las cosas: es el sello” (2).

    Al llegar Todos los Santos, el H. François vuelve a Vanosc. Para hacernos una idea de su amor por los niños hemos de referirnos a cartas que escribirá más tarde, por ejemplo, a un Director: “Continúe haciendo cuanto de usted dependa para cuidar mucho y formar bien a sus alumnos, sea para ellos como un ángel del Señor, un guardián fiel. Ya que Dios los ha confiado a sus cuidados, pídale le conceda las gracias, virtudes y cualidades necesarias para desempañar con dignidad tan noble empleo. Encomiéndelos con frecuencia a Nuestro Señor que tanto los ha amado, a la Sma. Virgen que sigue siendo su buena Madre, a San José, guardián de Jesús, y a sus ángeles custodios, rogando a estos espíritus puros ilumine, guarde y dirija a esta querida juventud en el corto pasaje desde esta vida a la eternidad. Piense que, de alguna forma, reemplaza usted al padre y la madre junto a estos queridos niños y que, por consiguiente, debe tener para con ellos cuidados paternales para con su cuerpo y, sobre todo, para con su alma. Vele de forma especial para que no sean escandalizados por ninguna mala palabra o mal ejemplo. Vigílelos, cuídelos bien y no los deje solos sin graves motivos; considérese dichoso de ejercer entre ellos el oficio de ángel custodio visible. Pero cuanto podamos hacer no es nada y nada bueno produce si el Señor no trabaja con nosotros y si no actuamos con él, ponga mucho cuidado en encomendar con frecuencia sus niños a Dios, en ofrecerle el trabajo e implorar su auxilio elevando con frecuencia hacia él el corazón durante el estudio o la clase…

    Más adelante anotará con sabiduría: “Los niños más que nadie necesitan diversiones, satisfacciones legítimas y virtuosas. Cuando no las tienen, se entregan al vicio. Hacerle a un niño, a un joven la vida feliz, es prestarle un servicio” (5).

    En sus notas del retiro de 1824 consigna algunos principios del H. Agathon (6) sobre la autoridad: “Lo que más contribuye a obtenerla es una feliz y juiciosa mezcla de suavidad y firmeza, amor y temor, paciencia y energía. El amor debe ganar el corazón de los niños, sin ablandarlos ni emanciparlos, y el temor les debe reprimir y retener sin endurecerlos, abatirlos o entristecerlos” (7).

    Toda su vida se mostrará preocupado por aunar estas dos tendencias. Pero ese mismo retiro no sólo alertó al pedagogo. También hizo progresar al hombre de Dios: “Soy templo vivo de Dios, o sea, basta de deseos terrenales, basta de sentimientos imperfectos, de ataduras humanas, pues me debo todo entero a quien lo es todo para mí. Así pues, ya no me pertenezco sino sólo a Dios… No tengo derecho sobre nada, fuera de su Corazón sagrado… ¡Oh!, ¡feliz transformación! Oh Divino Salvador, Oh Jesús, aplicad vuestro corazón sagrado sobre mi corazón y apretad con vuestra poderosa mano este divino sello, esta santa marca para grabarla bien. Y para eso, haced que siga siempre vuestros ejemplos… que viva de vuestra vida y que pueda decir: “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí, trabaja en mí y ama en mí (Gal 2) (8).

    Respecto a los niños anota también: “Comportarse siempre con ellos con tanta dignidad, gravedad y reserva que nunca se puedan igualar con sus maestros”. Y por otro lado: “No abusar de la autoridad exigiendo demasiado o con demasiado rigor lo que no se puede exigir” (9).

    El H. François, como los demás constructores del año anterior, debió ser invitado a la bendición de la capilla, el 15 de agosto de 1825. El Sr. Dervieux, párroco de Saint-Pierre de Saint-Chamond, fue delegado para ello por el arzobispo. Le acompañaron los párrocos de La Valla y de Izieux.

    El H. François podía haber pasado ya de Vanosc a Boulieu, pues, el 28 de abril de 1825, había fallecido el H. Jean-Pierre, Director de dicha escuela. Este santo Hermano tenía la estima de toda la población y los padres de un alumno habían querido que fuera enterrado en la misma tumba que su hijo, muerto poco antes. (10).

    Al final de este año y, con toda seguridad para el año siguiente, el H. François se encuentra, pues, en Boulieu encargado de la clase llamada de los “escribientes” (11). Y desde el inicio del curso de 1825, a sus 17 años, se convierte en Director: ardua tarea. El párroco Sr. Dumas le da este consejo: “Mantenga siempre la gravedad, no de su edad, sino de su estado, gran modestia por la calle y sobre todo en la iglesia. Hay santos que sólo predicaron con su ejemplo. Observe y haga cumplir la Regla y que se mantenga la subordinación” (12).

    El joven Director confía su angustia al Padre Champagnat que le prepara una oración preciosa a la Sma. Virgen: “Oh Virgen santa, Madre mía, me han enviado aquí para hacer el bien. Pero sabéis que nada puedo sin la ayuda de vuestro divino Hijo y la vuestra. Por ello, os ruego me ayudéis, o mejor de hacerlo todo en mi lugar. Al rezar el Veni Sancte (13) y el Ave Maria al inicio de la clase, mi intención es pediros que acudáis, en mi lugar, a conducir mis manos, mis pies, mis labios y toda mi persona, de manera que yo sólo sea el instrumento que vos movéis. Y, ante un niño indócil, os lo confiaré, Buena Madre, para corregirlo, haciendo por mi parte cuanto dependa de mí. Oh Virgen Santa, ser devoto vuestro es disponer de armas seguras para combatir y vencer. Tened piedad de vuestro hijo que se arroja en vuestros brazos con la gran confianza de que no le abandonaréis. Os ofrezco y encomiendo todos los niños que me serán confiados” (14).

    Parece que el remedio fue efectivo y que el curso 1825-26 transcurrió sin mayores problemas. Sin embargo, para el Padre Champagnat, 1826 fue un año terrible: una enfermedad le llevó a las puertas de la muerte; la deserción de dos de los primeros Hermanos: Étienne Roumezy y Jean-Marie Granjon; los manejos de uno de los dos capellanes, Courveille, que provoca una visita canónica del vicario general dispuesto a encontrar mal cuanto se hace en l’Hermitage; las escandalosas faltas del propio Courveille; la decisión del otro capellán, Terraillon, de abandonar l’Hermitage. Todo esto lleva al Fundador a apuntalar su congregación por medio de emisión de votos. Éstos se emitirán, por primera vez, el 11 de octubre y que, para el H. François, serán perpetuos (15), aunque sólo tenga 18 años. Cierto que es él quien lo ha pedido, pues hay otros Hermanos de más edad, como el H. Louis, que no se han decidido a hacerlo este año. Se ha conservado el texto que lo recuerda: “El año mil ochocientos veintiséis y el 11 del mes inolvidable de octubre, al final del retiro, he tenido la dicha de recibir a mi Dios y emitir los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, por los que me he consagrado por completo a Dios, mi Padre, y a María, mi Madre, bajo la protección de todos los ángeles y los santos, en especial de mi santo ángel guardián, de San Jean-François Régis y de San Francisco Javier, por los méritos y la intercesión de los cuales espero obtener, de la misericordia de Dios, la gracia de observarlos fielmente hasta el último suspiro de mi vida” (16).

    La alegría del H. François debía ser tan evidente que el Padre Champagnat no pudo evitar decirle: “Envidio su felicidad”. Muy por esas fechas encontramos en su diario: “Para mí, ser tibio sería el reproche más amargo (17); y también: “Me gustaría verme olvidado, desconocido incluso en la comunidad” (18); y además: “Mi cuerpo como un templo cuyo santuario sea mi corazón” (19). Aun siendo consciente de sus límites, tiene, desde luego, un vehemente deseo de santidad: “Oh, Dios mío, si no puedo amaros tanto como vos me habéis amado, que os ame al menos tanto como soy capaz de amar” (20).

    Entre las fechas inolvidables de su vida anota también: el Jubileo universal, jueves 19 de abril de 1827. El jubileo de cada cuarto de siglo había sido prolongado en Lyon, desde 1825 hasta el 1826-27. La fecha indicada debe ser, sin duda, la del día en que los parroquianos de Saint-Chamond habían sido invitados a ganarlo con una confesión, comunión y visita a una iglesia. El Padre Champagnat debió insistir mucho sobre el sentido de esta indulgencia que suponía ante todo, para el cristiano, el profundo arrepentimiento de los pecados.

    El H. François podía tener el sentimiento de contrición perfecta que le permitía esperar que su alma se hallaba en estado de gracia perfecta, hasta el punto de no temer el purgatorio, si llegaba a morir. Pero su confianza estaba por completo en María. En el retiro de 1830 escribirá: “Desde mi más tierna infancia, mi querida Madre, me habéis hecho llevar vuestro santo hábito, como miembro de una de vuestras cofradías… En el mes de María dejé el mundo, donde hubiera llegado a ser un demonio. Mi madre, al dejarme ir, me consagra, me deja en brazos de María…¡Qué dicha haber sido educado bajo el amparo del Superior de los Hermanos de María...! ¡Oh, mi buena Madre!, sois el círculo que mantiene con fuerza los rayos unidos al centro que es Dios.




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