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Empresarios en la distancia


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EMPRESARIOS EN LA DISTANCIA:

HACENDADOS CUBANOS RESIDENTES LEJOS DE LA ISLA (1830-1880) 1

Martín Rodrigo y Alharilla

Universitat Pompeu Fabra (Barcelona, España)
EMIGRAR A AMÉRICA PARA ENRIQUECERSE Y REGRESAR:

LA FIGURA DE LOS INDIANOS

En mayo de 1877 una revista de Sitges recogía un apunte crítico con la propensión a emigrar a las Antillas de los jóvenes de esa localidad costera catalana. Su anónimo autor afirmaba que “al alcanzar cualquier hijo de Sitges la edad de quince años, sus padres o abuelos, bajo cuya férula se encuentra, en lugar de procurarle una carrera o un oficio o profesión seguros, dedican su afan a transmitirle las ideas de adquisición rápida de la riqueza en las Antillas, en América. Hijos de un estamento medio, que les viene pequeño, la imaginación les pinta un mundo de grandezas que los ilumina. Y como que no faltan compañeros que, al poco de haberse ausentado, regresan cargados de brillantes, cadenas y magníficos relojes, ... allí van para convertirse en uno más de la venturosa pandilla”.2 Unos meses después, en 1878, una revista catalana de Nueva York, titulada La llumanera afirmaba, por su parte, que “la mitad de los habitantes de Sitges son comerciantes que han hecho fortuna en América y que, al retirarse, van a pasar su vejez con paz y tranquilidad en el pueblo donde vinieron al mundo”.3

Ambas notas recogen una doble realidad: (1) por un lado, América (en general) y las Antillas españolas (en particular) fueron los espacios elegidos por aquellos jóvenes catalanes que aspiraban a progresar económicamente, a enriquecerse; y (2) por otro lado, quienes así lo hacían confiaban en retornar a su patria natal coronados, por su puesto, por el éxito. De hecho, aún antes de marchar, el objetivo de esos peculiares emigrantes era el regreso. Ese era el objetivo de los jóvenes nacidos en Sitges que emigraban a las Antillas pero también de los nacidos en muchas otras localidades catalanas, puesto que este fenómeno se reprodujo en buena parte de las villas del litoral del país. Uno de los efectos agregados de esta realidad se tradujo en la presencia de una importante colonia catalana, tanto en Cuba como en Puerto Rico, a lo largo del siglo XIX dedicada fundamentalmente a la actividad comercial.4 Quiero centrarme ahora en una de las aristas de dicho fenómeno: muchos de los catalanes que durante el siglo XIX intentaron enriquecerse en Cuba o en Puerto Rico mostraron una escasa predisposición por integrarse en la vida social del país. Y limitaron, de hecho, su interés apenas a aquellas cuestiones que tenían que ver con el desempeño de su actividad empresarial. Resulta fácil, así, encontrar muestras de un fuerte desapego (cuando no, incluso, de un profundo desprecio) respecto las gentes y costumbres del lugar de acogida.

Un joven empleado de una casa de comercio de Santiago de Cuba, por ejemplo, llegó a definir a los cubanos como primates. Así, al dirigirse en junio de 1885 a su tío Antonio Ferrer, responsable precisamente de su empleo en la firma santiaguera Serradell y Cía, el tal Jaime Cañonera le agradecía su colocación en la misma “no tanto por los buenos sueldos que dan [en la Isla] sino por lo qué con el tiempo puede venir, que es sin duda por lo que todos en general venimos a este país de monos”. Y unos meses después, exactamente en octubre, Cañonera insistía en que trabajaba “pensando siempre que de los trabajos de ahora se debe recoger el fruto más tarde”.5 Treinta y seis años antes, en 1849, había sido un joven comerciante catalán, instalado asimismo en Santiago de Cuba, el que había comparado su situación, literalmente, con la de los “desterrados políticos”. Y es que después de haber relatado a uno de sus socios, su hermano Blas, residente entonces en España, cuan bonita iba a quedar una segunda tienda que estaban a punto de abrir en la capital oriental de la Isla, Daniel Soler concluyó su relato diciéndole: “en fin, no quiero hacerte más esplicaciones de esta mejora por que temería despertar en ti ganas de regresar a este destierro político que, a la verdad, por lo mucho que te aprecio no lo quisiera”.6

Para estos empresarios con vocación de indianos la estancia en Cuba o en Puerto Rico se contemplaba como una mera etapa en su trayectoria vital. Un largo paréntesis temporal registrado entre el momento de la marcha de su tierra natal hacia América y el deseado momento del ulterior regreso. Las cartas que escribiera Agustín Amell Milá, un comerciante mayorista establecido en Aguadilla (Puerto Rico) así lo revelan. El primer día de 1843, por ejemplo, Amell escribía a su mujer, residente entonces en la península, diciéndole: “¡El año que viene puedo decir [que] ya será mi regreso! ... [Aunque] faltan todavía quince meses largos, veré de pasarlos del mejor modo posible”; y unas semanas después insistía, en términos similares: “Ojalá, querida, pudiese anticipar mi regreso, ganas me sobran”. De hecho, al narrar su vida cotidiana, Amell consignaba que tras la cena acostumbraba a dar un “paseo por la azotea del almacén nuevo con Alsina y nuestras conversaciones son siempre las mismas: dentro de tanto tiempo saldrán de Cataluña Milà y Pedro, llegarán a poca diferencia aquí por tal época, nosotros saldremos tal otra, etc. Y así voy pasando hasta que llegue el momento feliz” del retorno.7 El relato que el propio Agustín Amell hizo de unas fiestas celebradas en febrero de 1844 muestra su escasa querencia por los vecinos de Aguadilla así como su escasa implicación en la vida puertorriqueña. El mismo relato revela, por el contrario, un gran apego a los ingresos del negocio. Decía Amell:

“Aquí hemos tenido fiestas reales con motivo de la jura de nuestra joven reyna [Isabel II]. Entre otras diversiones se han dado dos bayles de máscara muy buenos. En ambos estuve un rato con Alsina para ver desde un rincón y es menester confesar (a pesar de mi indiferencia para todo lo de aquí) que había una concurrencia cuerda. Tú sabes que el carácter de la gente de acá es sumamente novelesco y que cuando le dan en una cosa son estremosos, pues ahora le van tomando gusto a los bayles de máscaras que es un furor ... esto a nosotros nos conviene pues a más de proporcionarnos un rato de diversión, se venden algunos encages, máscaras, raceles, galones, etc. que animan el cajón de la tienda”.

Para los más jóvenes, Puerto Rico y, sobre todo, Cuba, podían ser los lugares donde adquirir un patrimonio suficiente para encontrar esposas “con reales” y “de regular posición”. Así, por ejemplo, Antonio Ferrer Robert escribía desde Cataluña a su socio Francisco Serradell, residente en Santiago de Cuba, informándole de que “el amigo Musons ha pedido la mano de una joven de una regular posición, y creo que entre poco saldrá para esa [Isla de Cuba] a arreglar sus asuntos y volver para dar el golpe”. A continuación, un soltero como Ferrer aconsejaba a su amigo Serradell, también soltero, que no se impacientase en la Isla y que esperase a casarse en Cataluña: “No seas muy ansioso [le decía] que por estas tierras hay chicas de muy buenas costumbres y con reales”.8

Tanto Cuba como Puerto Rico eran, de hecho, dos territorios donde se podía alcanzar, o mejorar, la fortuna de los novios, pero eran, también, el lugar de donde venían las dotes de algunas novias. Así, por ejemplo, un joven industrial catalán, José Ferrer y Vidal, se casó en Vilanova i la Geltrú (Barcelona), en enero de 1844, con una joven nacida en Matanzas (Cuba), Concepción Soler Serra. Aunque el novio apenas pudo aportar a la sociedad conyugal 2.000 duros la novia recibió al casarse una dote de 5.000 duros de su padre, un indiano enriquecido en la Isla, además de otros 3.000 duros aportados por su madre “pagaderos luego que de propiedad de la misma lleguen [a Cataluña] capitales de la América, cual plazo fijo és imposible señalar”. Y la novia aportó entonces al matrimonio, además, una casa que poseía en la habanera calle de San Miguel, legada por su tío y padrino, el difunto comerciante José Antonio Vidal Pascual.9 Fue precisamente la dote de la novia la que permitió al joven José Ferrer Vidal impulsar su carrera como industrial textil en Cataluña.10 De hecho, apenas unas semanas después del enlace, Ferrer Vidal forzó la reconstitución de la empresa algodonera que dirigía, en Vilanova i la Geltrú (Barcelona), aportando más capital y mejorando su participación en las ganancias de la misma. Con el tiempo José Ferrer Vidal llegaría a convertirse en un reputado hombre público, destacado defensor de las doctrinas proteccionistas amen de presidente de la patronal catalana Fomento del Trabajo Nacional.

Por otro lado, la joven Teresa Vilar Juera, nacida en La Habana en 1851 aunque vecina de Barcelona desde 1862, se acabó casando en la capital catalana al alcanzar los veintitres años. Su madre le entregó entonces como parte proporcional de su herencia paterna bienes inmuebles valorados en 67.386 duros (o pesos), una cantidad que le correspondía “por réditos o productos remesados hasta el presente a Barcelona desde la Isla de Cuba procedentes de la parte de bienes que pro-indiviso con sus hermanos posee en dicha Isla”.11 De la misma manera, también las tres hermanas Llopart Xiqués, nacidas asimismo en Cuba, aportaron a la hora de casarse suculentas dotes, como porciones de un patrimonio familiar acumulado en la gran Antilla. De hecho, en 1859 Carmen Llopart Xiqués se casó en Barcelona con Leopoldo Gil Serra; en 1862 su hermana Dolores Llopart hizo lo propio con Francisco Muns Castellet mientras que la mayor, Mercedes Llopart Xiqués se casó dos años después, en 1864, con el también cubano Carlos Edmundo Sivatte Vilar. Mientras tanto, la madre de las tres, la viuda Manuela Xiqués, iba invirtiendo los réditos del patrimonio cubano así como el producto de la venta de sus propiedades en la Isla en fincas urbanas de la capital catalana. De esta manera, a la altura de 1871 Manuela Xiqués había invertido en bienes inmuebles de Barcelona el equivalente a 250.000 pesos fuertes.12 Los ejemplos que ofrecen las cubanas Teresa Vilar, Concepción Soler o las hermanas Llopart Xiqués lejos de ser puntuales, reflejan un fenómeno de cierto alcance. Casarse en Barcelona con las herederas de un indiano rico podía resultar un buen negocio. De hecho, según Robert Hughes, las hijas de los indianos “en la década de 1870 tenian en el mercado matrimonial [de Barcelona] casi el mismo valor que las herederas americanas en la bolsa matrimonial de París”.13

En resumen, disponer de bienes e intereses en Cuba podía permitir a los indianos residentes en Barcelona, así como a sus descendientes, obtener elevadas y regulares rentas. Unos ingresos que podían dedicar a diferentes finalidades: desde la constitución de dotes y esponsalicios a su inversión en bienes inmuebles pasando por la promoción de diferentes empresas o por la compra de acciones, obligaciones o títulos de deuda públicos. Éllo fue posible porque, en esos años, la economía cubana (y, particularmente, el sector del azúcar) estaba registrando, como veremos a continuación, una verdadera etapa dorada.14

HACENDADOS EN LA DISTANCIA: EL EJEMPLO CATALAN

En su aproximación a las “inversiones de capital y ganancias netas” que requerían y producían los ingenios cubanos en el siglo XIX, Roland T. Ely se basó no tanto en cifras contables reales como en los cálculos que diversos observadores (no hacendados) del siglo XIX publicaron entonces. Los datos ofrecidos por Ely (aun siendo parciales y fragmentarios) revelan hasta que punto la producción de azúcar de caña en Cuba a mediados del siglo XIX era una actividad rentable desde el punto de vista del inversor: Richard Sears McCulloh habla, para 1846, de una ganancia neta del 9 por 100 sobre la inversión inicial de un hacendado-tipo mientras que Félix Erenchun consigna, para 1856, unas ganancias cercanas al 20 por 100, Richard H. Dana las cifra, en 1859, en un 14 por 100 y Jacobo de la Pezuela las calcula en un 18 por 100 para 1863. Los únicos datos reales que recoge Ely provienen del hacendado José Ricardo O’Farrill el cual obtuvo entre 1849 y 1853 una rentabilidad media del 16 por 100 anual sobre el capital que había invertido en los seis ingenios de su propiedad.15

No resulta fácil calcular la rentabilidad de la inversión en las haciendas cañeras de Cuba. La propia documentación contable que se ha podido conservar, generada por la administración de algunos ingenios de la Isla, no permite ir muy lejos. Como ha señalado José Antonio Piqueras, “nada indica que en el ingenio azucarero cubano existiera un cálculo de costes”.16 Ahora bien, los datos que he podido ir recogiendo confirman efectivamente la rentabilidad de las haciendas cañeras de la gran Antilla, al menos hasta la guerra de los Diez Años, y apuntan la existencia de altas tasas de ganancia en ese mismo período. Veamos algunos ejemplos.

En diciembre de 1855, el venezolano José Eugenio Moré y el catalán José Baró compraron el ingenio Esperanza. Era esta la finca más grande y más moderna de la jurisdicción de Guantánamo: contaba con máquinas de vapor y con una dotación de 232 esclavos; y estaba instalada sobre 975 hectáreas de terreno (de las que 286 se dedicaban al cultivo de la caña). Las ganancias líquidas que obtuvieron sus propietarios en una sola zafra, la de 1863, fue de 45.000 pesos. Antes de empezar la zafra, el valor contable del ingenio Esperanza se cifraba en 113.220 pesos, lo que supone unos beneficios netos del 39,7 por 100.17 Dos años después, en julio de 1865, el matrimonio compuesto por Pedro Augusto Aveilhé y Maria Moliné Resant, vecinos de Sagua la Grande, otorgaban testamento. Élla aprovechaba para declarar que le correspondía la propiedad de “la mitad del ingenio Deltha ubicado en esta jurisdicción [de Sagua la Grande, partido de Jumagua] que se adjudicó mi citado esposo a mi nombre en pago de la herencia de mis ... padres”. Se trataba de una finca algo más pequeña que el ingenio Esperanza, de Guantánamo; su superficie total era de 729 hectáreas de las que 243 se dedicaban al cultivo de la caña aunque contaba también con máquinas de vapor. Los dos cónyugues declararon igualmente en su común testamento “que en la zafra siguiente a la expresada adjudicación se ganaron veinte mil pesos” fuertes cubanos, como productos del ingenio.18

En agosto de 1878 era el administrador de los ingenios Lequeitio, San Agustín y Simpatía, de Cienfuegos, Agustín Fabián Goytisolo, el que escribía a su padre, el propietario de ambas fincas, residente entonces en Barcelona, presentándole un cálculo aproximado de los beneficios netos del año en curso. En él Goytisolo apuntaba que la explotación del ingenio Lequeitio en 1878 les produciría unas ganancias de 40.000 pesos oro.19 Una cantidad respetable para una finca de 742 hectáreas cuya dotación era de 219 esclavos, 2 chinos y 43 hombres “alquilados y libres”.20

De la misma manera que Agustín Goytisolo, propietario de tres ingenios en la región de Cienfuegos, residía en Barcelona, numerosos hacendados cubanos optaron asimismo por trasladar su residencia fuera de la Isla. Al hacerlo, contaban seguir recibiendo los beneficios que generaban sus ingenios cubanos. El menorquín José Pedro Taltavull García, por ejemplo, fijó su residencia también en la capital catalana en los primeros años 1860. Así, en 1861 abandonó la gerencia de la firma García Taltavull y Cía, de Cienfuegos, para convertirse en socio comanditario de la misma. Mantuvo un capital de 50.000 pesos con derecho a percibir una parte de los beneficios netos de la compañía. En apenas tres años, entre 1861 y 1863, la razón García Taltavull y Cía le proporcionó a José P. Taltavull unas ganancias líquidas de 50.926 pesos, que percibió cómodamente en Cataluña. En febrero de 1864, Taltavull se retiró definitivamente de la compañía cienfueguera reintegrándose de su capital y asegurándose que dicha firma comercial, rebautizada entonces como García y Cía, iba a seguir administrando el ingenio, cuya propiedad conservaba (y conservaría hasta su muerte). Así, en la escritura social correspondiente los socios acordaron que “los productos líquidos del ingenio Caridad se remitirán todos los años a España a disposición de D. José P. Taltavull y, si esta remesa es en letras, como es regular, deben estas llevar la firma de la casa sin cobrar por ella comisión”.21

Otro hacendado cubano que dejó la Isla, donde se había enriquecido, para regresar a su Barcelona natal fue Tomás Ribalta Serra. De hecho, a la altura de 1869 este dinámico hombre de negocios abandonó Sagua la Grande dejando la administración de sus dos ingenios, nombrados Santa Teresa y Santo Tomás, en mano de un sobrino político, el riojano Juan de Oña. Ribalta decidió vivir en la capital catalana como un verdadero rentista. No en vano, sus rentas cubanas le convirtieron en una de las principales fortunas de la ciudad.22 En marzo de 1880, por ejemplo, Agustín Goytisolo escribía desde Barcelona a su primogénito, vecino de Cienfuegos, diciéndole “he sabido que también a [Tomás Ribalta] este año algo le obra, pues de los primeros 400 bocoyes le han mandado [a Barcelona] 25.000” pesos; y unas semanas después insistía diciéndole “no sé si habrá recibido hasta ahora más pero puede contar con 50 ó 60 mil [pesos] más” de la zafra de sus fincas. Y concluía afirmando: “Esos son los resultados que se apetecen”.23 En esa fecha, Tomás Ribalta había heredado además de su hermano Pablo Luis, fallecido en 1871, la propiedad de los ingenios La Rosa y Santa Marta, ubicado el primero cerca de Santa Clara y el segundo en la jurisdicción de Cienfuegos.24

En el otoño de 1882 se encontraron en una calle de Cienfuegos el comerciante Juan del Campo y el hacendado Agustín Fabián Goytisolo. Éste último relató poco después a su hermano Antonio, residente entonces en la capital catalana, su conversación diciéndole “que hablando con Dn. Juan del Campo este Sr. me ha repetido ya por tres o cuatro ocasiones que Dn. Tomás Ribalta había recibido [en Barcelona] de Dn. Juan de Oña [su apoderado y sobrino político] un millón ochocientos mil pesos en oro. Yo supongo que desde que está en España y contando con el medio millón que heredó Dn. Tomás de [su hermano] Dn. Pablo”.25 La cifra puede parecer increíble aunque resulta ciertamente verosímil: un inventario de bienes formado en Sagua la Grande ese mismo año revela que la fortuna de Tomás Ribalta sumaba 3.161.366 pesos de los cuales el 78,5 por 100, es decir, 2.483.833 pesos estaban invertidos en esa fecha en fincas y en valores españoles.26

Por otro lado, el médico catalán Joaquín Fábregas Estrada, avecindado como Tomás Ribalta en Sagua la Grande, se había asociado con el matrimonio Aveilhé-Pesant en la propiedad y administración del ingenio Delta. Fábregas acabó separándose después para comprar otra finca, de su nuda y total propiedad, el ingenio San Joaquín, ubicado en el partido de San Diego del Valle, jurisdicción de Santa Clara. Pues bien, Fábregas acabó asimismo abandonando Cuba, trasladándose en febrero de 1881 a la capital catalana, donde alquiló un piso en el céntrico y selecto Paseo de Gracia. Mantuvo, no obstante, la propiedad de su ingenio cubano, una finca que, al morir, dejó en herencia a sus sobrinos catalanes.27 En esa fecha hacía años que Francisco de Sola Nanclares se había instalado en Barcelona. Este vizcaíno fomentó, en 1845, el ingenio Cieneguita, en el partido de Yaguaramas (Cienfuegos), una finca de 1.375 hectáreas con una dotación que, en 1877, era de 80 esclavos y 20 coolíes chinos además de 50 hombres “alquilados y libres”. Al instalarse en España dejó a su hijo, Fermín de Sola Iradi, al frente de la finca, en Cienfuegos, mientras él, en Barcelona, recibía cómodamente parte de los rendimientos que ésta producía.

Otro hacendado que regresó a Cataluña tras enriquecerse en Cuba fue José Carbó Cantó. Nacido en Sant Feliu de Guíxols, Carbó marchó a Matanzas donde se desempeñó inicialmente como comerciante. Años después fomentó un ingenio en la jurisdicción de Remedios, al que denominó Santa Catalina y cuya propiedad acreditaba antes de 1859. Retornó años después a su tierra natal instalándose en Barcelona, donde invirtió las ganancias acumuladas en Cuba en la compra y construcción de diferentes fincas urbanas. De hecho, en los últimos años de su vida José Carbó desembolsó en la adquisición de bienes inmuebles de la capital catalana una cifra que superaba los 200.000 pesos fuertes cubanos.28 La trayectoria de Carbó, como la de Goytisolo, Ribalta, Taltavull, Sola o Fábregas revela como diferentes hacendados de la región central de Cuba trasladaron su residencia a Barcelona en la segunda mitad del siglo XIX sin desprenderse, sin embargo, de sus propiedades rústicas en la Isla.
Algunos ingenios creados en la región cubana de Las Villas

por indianos establecidos en Cataluña



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