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El poder de las palabras: lenguaje y manipulación


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El poder de las palabras: lenguaje y manipulación

(Guión desarrollado)


Hace ya veinticuatro siglos que el sofista Gorgias de Leontinos (490-380 a. C.), fundador de la retórica, situó al lenguaje, la facultad que define al ser humano, al nivel de las realidades divinas: “La palabra es un gran soberano, que con pequeñísimo y sumamente insignificante cuerpo lleva a cabo divinísimas obras”1.

Y la experiencia ha venido mostrando históricamente el acierto de esa intuición sobre el poder del lenguaje, hasta el punto de que, como ha escrito Heidegger, “las palabras son a menudo en la Historia más poderosas que las cosas y los hechos”2. Por eso, como ya advirtió el poeta inglés S. T. Coleridge (1772-1834), “hay casos en los que se puede aprender más, y de más valor, de la historia de una palabra, que de la historia de una guerra”.3

Desde hace algunas décadas, los teóricos del lenguaje consideran el comportamiento lingüístico como una acción. Sabemos que, de hecho, hay acciones que solo pueden efectuarse mediante palabras, como por ejemplo disculparse, prometer algo, pedir perdón, quejarse, dar las gracias, etc. Austin señaló que pueden crearse relaciones sociales relevantes (como nombramientos, compromisos, alianzas, etc.), por parte de las personas o instituciones, al decir las palabras adecuadas en el lugar adecuado. Y en el ámbito de la religión cristiana, las palabras proferidas por quien administra los sacramentos realizan lo que significan: “Yo te bautizo…”, “Esto es mi cuerpo…”, “Yo te absuelvo de tus pecados…”4

Pero también desde la Grecia clásica se han venido denunciando los abusos del lenguaje, su manipulación, con el efecto consiguiente en la devaluación de la palabra. Los diálogos platónicos nos enseñan a reconocer que algo puede estar quizá bellamente dicho, agudamente expresado, arrebatadoramente escrito, y sin embargo, atendiendo a lo esencial, ser falso, mezquino, miserable, vergonzoso.

En particular, se asocia muchas veces la grandilocuencia y el preciosismo verbal con la seducción y la perversión del lenguaje: “Los que juegan diestramente con las palabras, pronto las hacen livianas” (W. Shakespeare, Twelfth night, III). “El orador de masas con éxito es impensable sin una aleación notable de demagogia”, ha dicho el crítico literario Marcel Reich-Ranicki.5

Muchos siglos antes de que los estudios del discurso (el análisis crítico del discurso y otras corrientes contemporáneas) denunciaran falacias y manipulaciones en los usos del lenguaje, los tratados cristianos de ética y moral desgranaban, a propósito del octavo mandamiento de la ley mosaica, un catálogo abultado de “pecados de la lengua” (o “de palabra”): falso testimonio, mentira, perjurio, juicio temerario, maledicencia, difamación, calumnia, halago, adulación, etc.6 Algunos han querido ver en estas enumeraciones un análisis crítico del discurso ante litteram (Plantin 2009: 57).7

La mentira y la manipulación han sido siempre, pues, un parásito del lenguaje. Buena muestra de ello, en la historia contemporánea, han sido los regímenes políticos del siglo XX (aún perduran algunos) construidos sobre las ideologías marxista o nazi, que desarrollaron unos refinados sistemas de propaganda, basados en la manipulación lingüística. Los nazis acuñaron, entre otras, las expresiones solución final, tratamiento especial, traslado para designar el genocidio de seis millones de hebreos. Los regímenes comunistas, democracia popular, reeducación social, paraíso socialista, etc. para justificar la eliminación de en torno a 100 millones de vidas; en China, laogai, que literalmente significa ‘reforma por el trabajo’, quiere decir realmente ‘encarcelamiento’; etc. La cosmética lingüística a que sometían el lenguaje corriente los citados regímenes ha quedado de manifiesto en muchas obras literarias y científicas. Valga citar sólo unos cuantos nombres: Viktor Klemperer (Lingua Tertii Imperii, 1947), George Orwell (con su novela 1984, publicada en 1949), los Nobel de Literatura Alexander Solzhenitsyn (Archipiélago Gulag, 1973) y Herta Müller, Primo Levi (Si esto es un hombre, 1998).

La manipulación lingüística tiene otro capítulo importante en las ideologías nacionalistas, contaminadas a veces de expresiones usadas por terroristas. Sin salir de España, no pocos han caído en la trampa de llamar al chantaje y a la extorsión “impuesto revolucionario”; o de aceptar expresiones como “alto el fuego”, “tregua” (“La organización armada ETA ha declarado una tregua permanente”), “proceso de paz”, o las palabras y expresiones “guerra”, “militar”, comando de liberados, kale borroka, aplicadas a personas o a acciones criminales.

Por otra parte, sobre la base de los tres grandes maestros de la sospecha (Marx, Freud, Nietzsche), la Escuela de Frankfurt (Horkheimer, Adorno), con su visión crítica (léase ‘marxista’) del discurso (Hammersley 1997: 238, 240-242), así como los pensadores deconstructivistas o próximos a ellos como Roland Barthes (1915-1980), Michel Foucault (1926-1984), Jacques Derrida (1930-2004), Paul de Man, Richard Rorty, etc., con su visión del lenguaje como producto de una mentalidad burguesa, lleno de falacias encubridoras de diversas formas de sometimiento, de dominio y de desigualdad, han elaborado una serie de estrategias (análisis crítico del discurso) destinadas a “emanciparse” de “los mecanismos de dominación y encubrimiento que operan bajo al superficie de los sistemas de comunicación, de sistematización del saber, de organización jurídica y social, de institucionalización religiosa, etc.” (Vigo 2005: 275). Resultado de lo cual es el predomino actual, en los ámbitos intelectuales de Occidente, de la hermenéutica de la sospecha frente a la hermenéutica de la confianza (o de la benevolencia o caridad).8

Si a todo ello se añaden extrapolaciones ilegítimas de la Neurociencia, nos encontramos con que muchas palabras esenciales del lenguaje corriente, como amor, belleza, libertad, verdad, valentía, lealtad, amistad…, han sido vaciadas de contenido; tales conceptos son, en el fondo, para una ortodoxia instalada en la hermenéutica de la sospecha, meros malentendidos. También el cine ha contribuido a extender la cultura de la sospecha. Ya lo anotó George Orwell en sus diarios de guerra: “Nowadays, whatever is said or done, one looks instantly for hidden motives and assumes that words mean anything except what they appear to mean” (27 de abril de 1942).9 Hay una “crisis de confianza” de la que no se libra ni el lenguaje (M. Buber).10 Rilke, entre los poetas, lo expresó así en la primera de sus Elegías de Duino:


“Y los sagaces animales ya notan

que no estamos muy confiadamente en casa

en el mundo interpretado”.11
Son, pues, varios los factores que contribuyen a que vivamos tiempos en los que la palabra, el discurso, se encuentren desacreditados, humillados (J. Ellul).12

La pretensión de Juan Ramón Jiménez carecería hoy, en este contexto, de sentido:

¡Intelijencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

... Que mi palabra sea

la cosa misma,

creada por mi alma nuevamente.

Que por mí vayan todos

los que no las conocen, a las cosas;

que por mí vayan todos

los que ya las olvidan, a las cosas;

que por mí vayan todos

los mismos que las aman, a las cosas...

¡Intelijencia, dame

el nombre exacto, y tuyo, y suyo, y mío, de las cosas!
(Juan Ramón Jiménez, Eternidades III).


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