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El paisaje como regla



Panificación Territorial y Urbana

Investigaciones recientes en México y España
Coordinadores

María Castrillo Romón

Jorge González-Aragón Catellanos

EL PAISAJE COMO REGLA: EL PERFIL ECOLOGICO DE LA PLANIFICACION ESPACIAL*
JUAN LUIS DE LAS RIVAS SANZ

Universidad de Valladolid, España



1. ECOLOGÍA Y PLANIFICACIÓN URBANA
En este principio del siglo XXI, cuando por primera vez la mayor parte de la población mundial vive en ciudades, el urbanismo es una disciplina imprescindible. Sin embargo con la crisis del viejo mito del progreso y del urbanismo funcionalista que lo materializaba, orientados hacia el crecimiento, el desafío consiste en promover un urbanismo compatible con el medio ambiente. Este desafío de raíz ecológica se celebra hoy en nuestras ciudades y en su extensa huella, espacios en los que está en juego la capacidad de adaptación de la sociedad contemporánea a la naturaleza y a sus procesos. Las ciudades son nuestro hábitat por excelencia y en su forma física, incluidas las infraestructuras que las sirven, se materializan las culturas dominantes y sus contradicciones1.
Desde la UE se está tratando de dar a la planificación espacial -Estrategia Territorial Europea de 1999, programa EPSON, etc.- un papel más sólido como herramienta al servicio del amplio conjunto de objetivos que se agrupan bajo el ideario del desarrollo sostenible. A pesar de ello y de que la conciencia ambiental parezca hoy dominante, si contemplamos lo que está ocurriendo hoy en el territorio no es aventurado decir que estamos todavía muy lejos de ese ideario, muy lejos de alcanzar una relación idónea entre nuestro inmenso y heterogéneo artefacto construido y su medio, estamos muy lejos de comprender y actuar en urbanismo de acuerdo con lo que la ecología y otras ciencias nos enseñan.
Nadie discute la necesidad de coordinar acciones y de articular las políticas sectoriales sobre los espacios regionales, ni niega el interés de la conservación y puesta en valor del medio ambiente. Sin embargo domina la tendencia a reducir lo ambiental a estrategias remediales o a aislarlo sectorialmente, cuando lo que necesitamos es que la ecología informe cada una de nuestras acciones sobre el espacio. Lo que necesitamos es un cambio en las mentalidades. Porque los objetivos ambientales se mezclan sistemáticamente con otros objetivos en un contexto de búsqueda de nuevos recursos económicos y bajo un concepto de desarrollo regional que sigue insistiendo en las estrategias cuantitativas del crecimiento. Y no es que no importe la cantidad. Un ecólogo del prestigio de E.P. Odum, citando a Lewis Mumford reconoce que:
"…La cualidad en el control de la cantidad es la gran lección de la evolución biológica... una falta de comprensión ideológica nos ha empujado a promover la expansión cuantitativa del conocimiento, del poder, de la productividad, sin inventar los adecuados sistemas de control.”2
De hecho la relevancia que este ecólogo le dio a la planificación espacial le llevó a proponer una clasificación básica del espacio terrestre que pronto algunos especialistas incorporaron: áreas productivas, áreas protectoras, áreas de compromiso y áreas artificiales. Estas serían las urbanas e industriales, sin vida biológica. Odum piensa que la planificación espacial puede ofrecer algo similar al control territorial biológico, que puede ser una herramienta en el camino negentrópico, como dirá McHarg. Para ello cita también a Aldo Leopold3, pionero de la ética de la Tierra, y no deja de preguntarse por qué el hombre parece incapaz de comprender un sistema que no ha construido, el natural, y sin embargo lo destruye parcialmente y lo vuelve a construir antes de haber comprendido las posibles limitaciones de uso (fig. l).

Fig. 1 Las Médulas, León. Antiguas minas de oro romanas. Las civilizaciones urbanas han necesitado “explotar” el territorio.


Hay temas e ideas que podemos considerar clásicos de la cultura urbanística contemporánea, aunque no fueran aplicados universalmente, que hoy reaparecen como si fueran ideas nuevas: la ciudad-región, la unidad de barrio, el cinturón verde, el sistema de parques, el desarrollo policéntrico, el crecimiento apoyado en el transporte público, los estándares de calidad urbana, los mínimos de densidad, la reutilización de viejos espacios, el principio de austeridad, etc.4 Lo primero que hay que preguntarse es ¿por qué en la práctica, en la construcción de la ciudad, sólo se aplicaron limitadamente, sin llegar a dominar la escena?. Y es que hoy, a pesar de los esfuerzos institucionales y de muchos grupos comprometidos, la relación entre urbanismo y ecología, entre ecología y planificación, sigue siendo la historia de un desencuentro. Hay de hecho una amplia cultura de planificación ecológica, arraigada en la planificación urbana, regional y del paisaje, pero están lejos de dominar la práctica habitual. Incluso la difusión de experiencias locales o regionales que alcanzan logros concretos, a veces bajo la lógica de las buenas prácticas, tiene efectos muy limitados.
La planificación espacial, urbanística o territorial, se plantea hoy dos tipos de objetivos que, con frecuencia, se ponen al lado sin mostrar el riesgo de caer en profundas contradicciones. Son aquellos objetivos que tienen que ver con el fomento de un mayor desarrollo económico, y que continuamente exigen la construcción de infraestructuras de todo tipo, y aquellos que, atentos a la conservación del medio ambiente, tienen que ver con las garantías de calidad y de diversidad en el hábitat a largo plazo. Los primeros se relacionan con el concepto de competitividad económica y exigen al sistema urbano una eficiencia capaz de fundamentar el crecimiento económico. Los segundos se relacionan con el concepto de sostenibilidad y exigen responsabilidad con el medio, no sólo mediante el control de los impactos negativos derivados de cada actividad, sino cuestionando su conveniencia en algunos casos. En los primeros el ideal de desarrollo está en el fundamento, porque parece lícito pensar que cada sociedad debe aspirar siempre a mejorar su "nivel" de vida. Hay cierta tendencia a pensar es posible hacer compatibles estos dos objetivos, habida cuenta de que el hombre siempre ha sido un transformador del medio en el que vive, creador de lugares artificiales, imprescindibles para su supervivencia en la naturaleza. Se insiste en el papel de la cultura y de la tecnología en su capacidad de encontrar caminos viables de convivencia del hombre con la naturaleza. Pero se evita recordar cómo nuestra cultura actual es capaz de eludir la mayor parte de sus conflictos. La evidencia es que el modelo de desarrollo dominante sigue generando externalidades inaceptables a largo plazo. Desde el punto de vista urbanístico la planificación espacial trata de orientar el "uso del suelo". Aquí ya hay un primer indicador inquietante: el consumo de suelo en los sistemas urbanos se incrementa sin cesar y, en las ciudades europeas, sin correspondencia con el incremento de la población, siempre mucho menor. A pesar de la cantinela sobre el "reciclaje urbano", la rehabilitación de áreas obsoletas y degradadas es, en España, irrelevante si se compara con el crecimiento expansivo de nuestras ciudades. Queda mucho por hacer. Algunos autores ayudan a entender de qué hablarnos.
El ya octogenario filósofo noruego Arne Naess5 ha distinguido entre ecología profunda y ecología superficial para destacar su posición de rechazo de una posible compatibilidad entre los intereses dominantes del desarrollo, tal y como hoy se entiende, y los intereses del medio ambiente. No hay soluciones de compromiso y, en gran medida, la idea de desarrollo sostenible pertenece a una ecología superficial. El hecho de nuestra cultura industrial y tecnológica, que se ha desarrollado desde Occidente, hoy mundializada, plantea una interferencia excesiva con la naturaleza. Hay que cambiar a pesar de la dificultad que ello entraña. El ideario de una calidad de vida fundado en el incremento permanente del estándar debe ser reconducido a una calidad de vida fundada en valores inherentes, en situaciones concretas y hacia medidas más próximas a necesidades vitales.
Desde una perspectiva diferente Ulrich Beck calificó con éxito nuestra sociedad como una "sociedad de riesgo"6, un riesgo transnacional que plantea cada vez con más urgencia la necesidad de hacer converger pensamiento y acción, y de pensar y actuar a la vez a escala global y local. Se siguen generando importantísimas transferencias de irreversibilidad hacia el futuro. Es un hecho que la actual diversidad de las formas de entender nuestra relación con el ambiente genera gran cantidad de conflictos, disputas de todos contra todos en las que ni siquiera es fácil desvelar las contradicciones. Pensemos en actividades como la minería, la pesca, la actividad forestal, la agricultura en sus formas intensivas o la caza y comprobaremos que todas están sometidas a complejos debates. No es necesario acudir a la industria, siempre en expansión aunque se note menos en algunos lugares, para descubrir este estado de conflicto continuo. Pero apenas reconocemos los riesgos a los que nos conduce nuestra manera mineral y convencional de construir la ciudad (fig. 2).

Fig. 2. Valladolid en cantera. Ciudad mineral soportada por infraestrcutras ocultas.


Es en este contexto, el de la necesidad de modificar aspectos fundamentales del modelo dominante, convertido en modelo de riesgos, en el que debemos construir una racionalidad útil que admita un pluralismo exigente y que permita soportar determinadas decisiones.
Tengamos en cuenta que la perspectiva ecológica plantea en urbanismo problemas técnicos que no son fáciles de abordar porque la afluencia de materiales y energía a la ciudad, la generación de residuos, la dinámica de los flujos interiores, no son fáciles de medir y de reorientar. Desde hace tiempo muchos expertos se han hecho la pregunta ¿cuál es o cuál puede ser el metabolismo de un sistema artificial como la ciudad?7 Sabemos que la ciudad es un sistema disipativo-entrópico-, incapaz tanto de reorganizarse como de reaccionar a las perturbaciones, de conservar su organización interna si las perturbaciones superan determinados umbrales, por otro lado difíciles de preestablecer. Sin embargo un ecosistema natural posee una precisa homogeneidad en materia de cambios de energía y de materia, con relaciones típicas bien definidas aunque sean interdependientes y más o menos inestables. Habría que establecer en la ciudad la homogeneidad de esos cambios - energéticos, económicos y sociales - y su tipicidad - en el sector edificado, en los flujos de transporte, en los procesos de consumo y contaminación -. En urbanismo se trataría de individuar y localizar espacialmente esas condiciones. La planificación y el urbanismo deberían adecuarse en esa dirección a las condiciones específicas de cada territorio. Hay numerosos esfuerzos en el terreno experimental o teórico, sin embargo las ciudades se siguen construyendo prácticamente de la misma manera que hace cincuenta años.
Las ideas de Naess, de Beck y de otros nos permiten situarnos, reflexionar con tensión si no queremos reducir los principios a simple palabrería. Ya en 1970, Ian McHarg, preguntándose sobre el lugar de la naturaleza en la ciudad del hombre, insistía en que:
"Antes de convertir nuestras rocas y arroyos y nuestras amables colinas en una masa informe de tejido urbano nivelado, bajo el engaño de que, porque conseguimos esta degradación con la ayuda de bulldozers y pilas atómicas y ordenadores electrónicos, estamos haciendo avanzar a la civilización, deberíamos preguntamos lo que ello implica en relación con la naturaleza histórica del hombre."8
La evidencia es que nos seguimos haciendo esa pregunta y que seguimos trabajando para conseguir una respuesta satisfactoria.

2. NATURALEZA Y CIUDAD ARTEFACTO. LA DIMENSIÓN REGIONAL DE LOS PROBLEMAS


En la genealogía de lo urbano, la ciudad, lugar de la civilización, aparece en primer lugar como un "claro en el bosque", el espacio de refugio abierto por la civilización y opuesto a la naturaleza salvaje. Poco a poco la ciudad se rodea de espacios que la sirven -el ager al lado de la urbs- y explota incluso lo salvaje -la silva-, mientras que lo desconocido permanecerá como terra ignota, sin nombres, como un gran vacío cartográfico dispuesto para la aventura del hombre. Sin embargo en nuestra actual cultura urbana avanzada la imagen del bosque vuelve de forma inversa y la naturaleza salvaje ya no es una terra ignota, sino el refugio de nuestra esperanza en un mundo más sano y más limpio, también un refugio de valores. Es verdad que la naturaleza no es hostil porque creemos que está definitivamente conquistada y que la naturaleza en estado puro se convierte en un contra ideal de lo mega urbano, espacio de la aventura libre y de un orden distinto. Quizás como destacaba Lewis Mumford, la esperanza de la ciudad descansa fuera de sus límites, cuando la megalópolis corre el riesgo de convertirse en una necrópolis.
La contradicción está en que hoy no sabemos bien a que nos referimos cuando hablamos de ciudad. Su forma física desborda nuestra capacidad de previsión y presenta características alejadas de una forma perceptible, no sólo en las áreas metropolitanas, sino en muchos territorios donde los conceptos clásicos de ciudad, hinterland, aglomeración urbana, espacio rural, etc. se interfieren. Las grandes ciudades en España consumen el doble de suelo que hace sólo 30 años, en gran medida sin apenas crecimiento demográfico. Las ciudades y sus regiones crecen, sus infraestructuras también crecen, desplegando su física de hormigón, acero y vidrio, habilitados para interacciones e intercambios que siempre están incrementándose. Y la arquitectura, cuya costumbre está en el control geométrico del espacio, interpreta este caos como desorden, como un paisaje dinámico de futuro incierto, sin convicción sobre lo que la planificación puede ofrecer.9
Es en esta ciudad, en este territorio urbanizado, este inmenso artefacto, donde debemos plantear la relación con el medio ambiente.
Para ello debo plantear una posición de partida que tiene que ver en primer lugar con la idea de que la dimensión de los problemas que hemos de abordar es regional. No existe una escala urbana solvente para abordar la relación con el medio ambiente si no se comienza desde la escala regional, que en cada caso es diferente. Región es un concepto ambiguo. No sin maldad alguien ha dicho que una región es simplemente un espacio de tamaño mayor que el último problema que no sabemos resolver. No me inquieta esto. Cuando hablo de región me refiero a la región natural, que comienza en una aproximación al concepto de región desde la perspectiva geomorfológica, o mejor, fisiográfica. Pero también me refiero a una escala regional flexible y ajustada a la comprensión del tipo de problemas que abordamos en cada caso. Mi interés está centrado en la planificación espacial y esa perspectiva me es de gran utilidad. No me interesa el medio físico en sí. Surge así mi segunda premisa, asociada a una lectura abierta y profunda del paisaje. La herramienta conceptual básica va a ser el paisaje entendido como una realidad dinámica, un espacio vivo en transformación, en tensión, pero también capaz de ofrecer fundamentos culturales y científicos. El paisaje hace referencia a la identidad local y regional y es fuente de valores. En realidad la planificación espacial no hace más que interpretar el paisaje, ya sea conociéndolo, estableciendo normas y precauciones, programando acciones o desarrollando proyectos. Siempre está interpretando el paisaje.
Hay una extraordinaria tradición en este sentido, tanto culta como popular, y es lamentable la pérdida de valor cultural que hemos alcanzado hoy en nuestras acciones transformadoras del paisaje.
En el primer gran tratado del Renacimiento sobre Arquitectura, Alberti afirma, siguiendo a Vitruvio, que las fuerzas de la Naturaleza son poderosas y deben ser respetadas en la elección del sitio y en la instalación que en él se realice. La imagen es la del amigo o, al menos, del aliado respetado. Nuestra cultura es hoy consciente de algunos peligros, pero está lejos de recuperar en la Naturaleza el aliado que sin embargo reconoce en su propia capacidad tecnológica. Vivimos un tiempo en el que tanto las regiones, los territorios en su conjunto, como las ciudades convergen en sus intereses, en la medida en que su interdependencia es difícilmente discutible. Hablar de planificación regional, de ordenación del territorio o de ordenación urbanística, salvando las diferencias de escala o de especificidad de los temas que en cada caso se plantean, hablar por lo tanto de planificación espacial, es saber que existen condiciones y que es necesario salvaguardar los valores que descubrimos en el territorio y que constituyen los que denominamos intereses comunes.
Hans Blumenfeld planteaba ya en 1967 algunos aspectos del desarrollo urbano que deben ser tenidos en cuenta de cara a garantizar un entorno habitable adecuado, y que podemos seguir manteniendo:
- "Hay un conflicto entre movilidad y habitar. En nuestro ansia de llegar a los lugares corremos el riesgo de destruir cada lugar al que merece la pena ir.
- En la medida en que hacemos crecer la producción y el consumo sus residuos contaminan de manera creciente el aire, el agua y el suelo.
- La expansión de las actividades urbanas hace que las funciones centrales se diseminen demasiado como para crear centros atractivos y que los espacios abiertos se troceen demasiado como para configurar áreas de recreo atractivas.
- Áreas enteras se configuran sin forma, tanto los espacios rurales como urbanos pierden su belleza.
- Con el incremento de la distancia y de la diferencia entre el viejo centro, densamente desarrollado, y lo nuevo de baja densidad en las áreas residenciales periféricas, la segregación por clases y raza se incrementa."10
Debería sorprendernos que todos estos temas sigan siendo relevantes. Todos ellos tienen escala regional y pueden abordarse desde una perspectiva paisajística.
Algunos dirán que ya se han puesto remedios: el gasto -mal denominado ambiental- ha crecido para resolver tecnológicamente el problema de la contaminación, de la gestión del agua, de los residuos o de la energía, y tanto los centros urbanos como las periferias han sido sometidos a una autocomplaciente mejora de las formas, sin duda beneficiarias del incremento del bienestar. Otros dirán que se ha mejorado el aspecto de muchas cosas, fruto del incremento de recursos. Es verdad pero hay que avanzar y analizar sus costes diferidos.
De ello da cuenta la importancia que en la actualidad tienen factores antes considerados simples infraestructuras, sobre todo lo relacionado con el ciclo del agua y con el tratamiento de residuos. De hecho el control y la garantía de la infraestructura necesaria se convierten, junto a la cultura del reciclado, de la reutilización de materiales y de espacios, en pilares del nuevo modelo de desarrollo sostenible. Son temas centrales al lado del ahorro energético y de la búsqueda de fuentes renovables de energía, pero todavía hay que hacer mucho. Hay que conseguir que conseguir que estas preocupaciones sean universales.
Además no sólo es un problema de tecnología, de riqueza dispuesta para su despliegue. La cuestión está en cómo el modelo espacial, los patrones de usos del suelo y los modos de urbanización deben reorientarse para garantizar una relación mejor con el medio ambiente (fig. 3). Hay nuevas estrategias como las Agendas 21, los manuales de buenas prácticas, etc. Pero, en mi opinión, su timing, la consecución de objetivos en el tiempo, debe ser cuestionada y reorientada.

Fig. 3. El río Pisuerga a su paso por Valladolid, ¿Naturaleza y ciudad?


Si hablamos de patrones de uso del suelo y de modos de urbanización, y antes de abordar su relación con los procesos naturales, permanecen preguntas previas como ¿es posible limitar las densidades, los consumos de energía y la producción de residuos para evitar que se deterioren las condiciones de vida futuras? Aunque se ha demostrado que las ciudades medianas, de entorno a los 150.000 habitantes, son económica y energéticamente más eficientes, más sostenibles, las metrópolis siguen creciendo. La capacidad tecnológica para la transformación sigue incrementando las posibilidades de intervención y de creación de medios artificiales. La sociedad industrial ha resuelto habitualmente de manera artificial sus problemas de relación con el medio ambiente. El tema energético es clave en la medida en que una energía barata no renovable ha favorecido el crecimiento urbano, incluso un crecimiento fuera de control. Por ello es necesario investigar otros caminos hoy todavía excesivamente circunscritos a la experimentación o a lo ocasional.
La escala regional y la dimensión paisajística deben ser activadas para ello. La planificación espacial plantea la necesidad de una visión general y articuladora de las interacciones que cualquier sociedad introduce en el espacio, una visión que puede moderar la transformación del paisaje. La definición de contextos territoriales homogéneos desde la óptica medioambiental -con referencia la paisaje- puede conducir a instrumentos urbanísticos y a decisiones no limitadas por estructuras exclusivamente administrativas -el municipio, la provincia, la región administrativa...sino orientadas por escalas ajustadas a las condiciones de partida, mayores y menores, asociadas a las características específicas de los espacios concebidos como lugares.
Hay que tener en cuenta que la actividad del hombre en el espacio es esencialmente transformadora, es decir, tiende siempre a modificar las condiciones de partida. Moderar y orientar la transformación sería el principal objetivo de una planificación adecuada a cada contexto espacial, con el coraje de establecer los principios de no transformabilidad. Se trata de pensar a largo plazo, de ejercitar nuestra capacidad de imponer condiciones al desarrollo físico de imponer límites. Este es el complemento de una ecología urbana desarrollada y capaz de establecer las interacciones del medio urbano -considerado éste corno el espacio habitado por el hombre- con el medio ambiente en general y con la naturaleza tal y como se manifiesta en el territorio al que este medio pertenece. Por ello es necesario un nuevo concepto de gestión espacial que no considere el territorio como simple vacío para la expansión urbana y que sea capaz de comprender los procesos naturales activos y de valorar los espacios naturales más frágiles y valiosos, que deben ser preservados de cualquier tensión urbanizadora. Un desarrollo verdaderamente sostenible en tanto que sea capaz de comprender, de adaptar el artefacto humano al medio, adecuarlo a sus condiciones e imponer limitaciones en función de lo que puede soportar el medio. Cuanto más artificial sea el sistema proyectado, más dificultad va a tener en relacionarse con el medio. Esta relación o es interna al propio proyecto o su solución va a ser exclusivamente tecnológica. La solución no es genérica, pertenece a cada lado, a cada proyecto de intervención.
Sólo programas públicos con la participación activa de los habitantes han permitido alcanzar objetivos urbanos relevantes en la gestión del agua o en el uso de energías renovables, con un compromiso grande del diseño urbano y arquitectónico: materiales, infraestructuras, disposición de los espacios públicos, uso de la vegetación etc. Reutilizar, reciclar, rehabilitar son palabras que ya encierran principios decisivos para la ecología urbana. Porque es en nuestras ciudades, tal y como ya son, donde hay necesidad de mejoras, necesidad de proyectos concretos fundados en el conocimiento ecológico. Pero también hay que ser capaces de introducir nuevos criterios proyectuales, asociados a lo que de la ecología aprendemos, no sólo en la expansión de la ciudad, sino en sus vacíos internos, en sus brownfields (fig. 4), en la transformación de lo existente.

Fig. 4. Valladolid. Espacios infrautilizados o abandonados –brownfields-. Necesidad de acciones de reciclado


Hace poco le escuchaba al profesor Campos Venuti decir que un árbol mediano absorbe 170 kilogramos anuales de dióxido de carbono y que un automóvil emite 170 gramos de dióxido de carbono por kilómetro. Proponía que la autopista norte que bordea Bolonia, en proyecto, se convirtiera a lo largo de sus 40 km. en un gran "río" verde. Pensemos en la necesidad de garantizar la permeabilidad de los suelos, proyectar áreas de recarga o la de establecer continuidades en los espacios de parque asociadas al curso posible del agua en inundaciones, que a la vez organizan el sistema de espacios libres e incluso permiten la propia gestión de reservas y de depuración con sistemas naturales, como se planteó en Curitiba, son temas de gran relieve e inciden directamente en el diseño urbano.11
Si el tema del agua se destaca como uno de los principales objetivos ambientales, la no interrupción de los sistemas superficiales o subterráneos de los flujos de agua, este objetivo, tiene consecuencias proyectuales. Cuando se desarrollan los factores a tener en cuenta, el objetivo se clarifica. Por ejemplo, no hay que tener sólo en cuenta la retención o acumulación de agua, con fines diversos, sino también la infiltración: hay que facilitar la permeabilidad de los terrenos para la recarga de acuíferos por el agua de lluvia. Por lo tanto no se puede pavimentar todo de manera impermeable, sino que hay que garantizar mediante parámetros objetivos, en cada caso, la recarga. Esto sólo puede conseguirse habilitando una reserva de espacios para ello. Su relación con el sistema de parques y la adecuación de la vegetación, cumpliendo no sólo funciones protectoras, delimitadoras o de amenización del espacio, sino incluso favoreciendo plantas capaces de absorber contaminantes, es clara. De hecho, en cada caso, el programa ofrece una referencia a la calidad del espacio en relación con cada uno de los aspectos tratados. En el caso anterior, el agua puede ser un elemento de variación y coherencia del proyecto, tanto en los cursos fluviales como en las zonas de acumulación y reserva. Es decir, lo que se está proponiendo, como ya hicieran McHarg y otros, es incorporar sistema natural del agua en el proceso de concepción del plan y del proyecto, y hacerlo con cada uno de los otros aspectos del desarrollo sostenible. Se sabe que no es posible añadirlo al final. Sólo estando dentro del propio proceso es viable y real alcanzarlos. Y aquí hay tanto un problema de concepto como un problema de diseño que deben ser abordados.
Ello conduce a la conciencia de que una sola acción de diseño puede estar alcanzando varios objetivos y cumpliendo varios criterios simultáneamente: el concepto de espacio público o el simple uso del arbolado pueden facilitar el cumplimiento de objetivos que tiene que ver con el agua, con el ruido, con el uso de la energía, etc. Por ejemplo, si se cumple el objetivo de alterar mínimamente las características geomorfológicas del emplazamiento, no sólo se está garantizando la conservación de los suelos, se está fomentando un diseño urbano más complejo y variado, se está ahorrando energía al promover un movimiento de tierras mínimo, se está facilitando un sistema natural de escorrentía y se está ofreciendo un marco apropiado para la coherencia y adaptación del ecosistema resultante. Algunos proyectistas deberían comenzar simplemente recuperando su sentido del relieve, el respeto a la topografía, su sensibilidad hacia los sistemas hidrológicos y su conocimiento de la vegetación y de sus funciones protectivas. Se ha escrito mucho sobre la capacidad que una vegetación adecuada tiene para amortiguar ruidos, proteger de los vientos y facilitar ligeras mejoras microclimáticas, además de su función delimitadora. Sin embargo la mayoría de las plantaciones que se realizan en las urbanizaciones, a veces después de haber destruido una rica vegetación preexistente, son un desastre. Ni siquiera sirven para dar sombra. Lo mismo ocurre con las tipologías de agrupación de la edificación, ajenas a la orientación, a la creación de espacios de salvaguardia, o al mínimo sentido del espacio público. Hay una penuria en los proyectos de urbanización y una incapacidad de lectura del paisaje evidentes. Pensemos las deficiencias en el concepto mismo de los desarrollos urbanos. El proyecto es el que garantiza, a partir de los adecuados parámetros y criterios establecidos por el plan, que el fomento de usos mixtos y la administración de la densidad permitan regular la accesibilidad y la afluencia, incluso la seguridad de los espacios urbanos, etc. Insisto en que siempre he pensado que una buena idea de proyecto es la que soluciona varios problemas a la vez. Necesitamos de una manera de pensar diferente, articulada e integradora. No es posible mejorar la relación del artefacto urbano con el medio ambiente sin consecuencias en la forma urbana.
Pero pensar la ciudad desde la ecología trasciende las posibilidades de la planificación espacial. No quiero decir que una ecología urbana no pueda formar parte de una estrategia de proyecto del espacio, sino que la perspectiva ecológica plantea algo más que el estudio y la valoración de los espacios o paisajes, de las condiciones geomorfológicas y ambientales de cada territorio, incluso cuando introducen el papel de la agricultura urbana y la búsqueda de conexiones entre naturaleza y diseño del espacio. Una perspectiva ecológica implica un balance global del sistema urbano en los términos de sus interacciones precisas, exige plantear el sistema urbano en su territorio como un sistema integrado, en el que las relaciones entre las especies que lo habitan y el ambiente habitado -entre lo biótico y lo abiótico- sean establecidas objetivamente. Sin olvidar que las ciudades son espacios básicamente artificiales, en los que la biodiversidad ha ido progresivamente reduciéndose, homogeneizándose. Hablar de la relación entre asentamiento humano y medio ambiente debe llevamos a planteamos la optimización energética de nuestros sistemas, a replantear permanentemente el consumo de recursos renovables, debe acercar el proyecto de los espacios a la consideración global de la relación entre procesos naturales y urbanización, y también debe acercamos a una reconsideración de nuestros paisajes construidos, no exclusivamente con una intención de corrección de impactos, sino con una aproximación a formas de integración.
La clave de la calidad ambiental está, por ello, en la resolución en su origen de los problemas que tenemos planteados.
3. EL PAISAJE COMO REGLA
La relación de lo urbano con los procesos naturales comienza en un conocimiento del paisaje mismo -incluidos sus contenidos culturales-, fundado en el conocimiento profundo de lo que vemos, precisamente porque sabemos, como decía González Bernáldez, que la explicación está en lo que no vemos. En la planificación espacial el éxito descansa muchas veces en lo que se puede evitar, en aquello que permanece y en lo que no se podrá ver, simplemente porque no ha ocurrido.
El paisaje es el sistema donde el clima, la geología, el relieve, la disposición de los acuíferos y de los cursos de agua, la vegetación, la vida natural salvaje y los usos del suelo, tradicionales y modernos, son, todos ellos, elementos críticos. El paisaje es siempre el paisaje del hombre, que ha ido contribuyendo a su forma ya que durante mucho tiempo lo ha ido construyendo lentamente. No podemos mantener nuestra ceguera en la interpretación del paisaje, demasiado asociada a una lectura ociosa y poco comprometida, a una reflexión cultural urbanita, incluso erudita, aparentemente rica o radical pero escasamente formada. Hablo de una lectura del paisaje útil para tomar decisiones colectivas.
Hay una gran tradición, como decía, tanto culta como popular, de construcción arraigada en el paisaje. En este terreno el diseño urbano debe aprender a trabajar en un espacio que ya tiene forma: no existen territorios vacíos. Y debe renovar sus planteamientos trasladando al primer plano el objetivo de crear un espacio habitable integrado en la naturaleza, no bajo formas de camuflaje o decorativas, sino incorporando una reflexión amplia sobre los procesos naturales y culturales que han dado forma al paisaje, reconociendo sus rasgos, descubriendo las oportunidades que la naturaleza ofrece en cada lugar, siendo conscientes de las limitaciones e incorporando los datos que la ciencia puede ofrecer al proyecto de los espacios.
Se puede aprender mucho de estructuras y tipos desarrollados en culturas como la mediterránea, eminentemente urbanas y a la vez rurales, conformadoras de territorio, a veces problemáticamente o con grandes déficits, aprender de lógicas y estrategias en las que la simple elección del sitio, la orientación o los materiales, las formas de agregación de lo edificado, los elementos urbanos y constructivos, los espacios repetidos sistemáticamente como el patio, el jardín o los huertos, el zaguán, el pórtico, la solana, las galerías...son el mejor manual de arquitectura ecológica.
Cuando promoví la edición en castellano de Design With Nature de Ian McHarg12, trataba de facilitar que se comprendiera mejor una perspectiva específicamente espacial y no sólo cuantitativa de abordar los problemas de la planificación ecológica. Soy arquitecto y para una comprensión acertada de la relación del hombre con su entorno natural me interesa aquello que tiene dimensión espacial, aquello que se sabe porque se puede mapificar y dibujar, se puede proyectar. Pero hay que superar la creencia de que la ciudad es algo aparte o antitético de la naturaleza. En Alberti, en Francis Bacon cuando afirma a principios del XVII que sólo comprendiendo a la naturaleza se la puede controlar, o en el Rousseau que se esfuerza en encontrar al buen salvaje en su naturaleza originaria, a pesar de los puentes que establecen, se manifiesta la cultura occidental dominada por el sometimiento esforzado de la naturaleza al orden artificial. Nuestras ciudades y los territorios urbanizados dan prueba de ello.
La intención de la planificación del paisaje consiste en desarrollar una idea del hombre considerado parte en su entorno natural, una idea que no es inmediata. Pero es compatible con el reconocimiento de la cultura de cada territorio y de su dinámica, con el reconocimiento del papel imprescindible de nuestra capacidad tecnológica. Es una idea creativa, abierta al cambio y alejada de un simple conservacionismo. Y si es limitativa lo es en la medida en que el cambio de dicho entorno no puede realizarse sin conciencia ecológica. La dificultad reside, precisamente, en cada proyecto que emprendemos.
El interés de McHarg por la ecología aplicada surgía de la necesidad de replantear los métodos de la planificación espacial. Como demostró en su programa de televisión, The House Where We Live In, identificado entonces con los postulados de un ecologismo emergente, la defensa de la naturaleza debía estar bien fundada científicamente, y la planificación urbana y territorial debía recomponerse a partir de ese conocimiento.
Si hoy comparamos el uso de muchos SIG con los rudimentarios ejemplos manuales de "overlay-mapping " de McHarg, lo que sorprende es la banalidad tecnológica de los primeros. Si seguimos aspirando a buscar las soluciones más idóneas, mejor adaptadas, estableciendo los límites y la oportunidad de la transformación, la tecnología no basta. Aprendamos de la búsqueda de idoneidad en la naturaleza, que Darwin denomina adaptación, utilizando indistintamente los términos de fitness y adaptation, de la capacidad de los organismos para adecuarse con acierto a un ambiente determinado. El ambiente más idóneo es aquél en el que la energía necesaria para mantener el bienestar del organismo o artefacto es la menor posible. Pero este concepto en nuestras ciudades no puede sólo fundarse en argumentos ambientales, ya que se apoya en matices perceptivos, a veces confusos. El planificador o el proyectista, en un marco de percepción plural y polémica, realiza un trabajo de mediación estableciendo propuestas como parte de la adaptación cultural dirigida a mejorar la salud global del sistema de asentamiento.
Se ha sostenido que lo nodal de la planificación es la interrelación entre saber y actuar. Hay una planificación proyectual que tiene que ver con el proyecto de objetos específicos, una presa, una carretera, un puerto, un edificio o un grupo de edificios. Sin embargo la planificación comprensiva comporta una amplia gama de elecciones relacionadas con todas las funciones y las actividades propias de un área, de un espacio determinado. Su objetivo intrínseco es la solución de problemas y de contradicciones, por lo que acude a la mediación normativa y a formas de compensación entre los sujetos implicados. Dicha mediación es el cauce para establecer compromisos sobre el espacio de cara al futuro, pero en absoluto es un mecanismo para adelantar el futuro. Su virtualidad está en lo que conoce, en lo que sabe, en el paisaje mismo antes y después del proyecto.
Por ello no podemos seguir sin evaluar los resultados. La introducción metodológica de escenarios, indicadores y de simulaciones proyectuales puede permitir una verificación de los resultados. El camino hacia la sostenibilidad es un proceso de cambio permanente en el que es imprescindible disponer, de forma permanente, de la información necesaria para conocer si el territorio evoluciona en el sentido deseable. Los indicadores medioambientales constituyen elementos esenciales en una estrategia de este tipo. Desde el punto de vista urbanístico, son el resultado de mediciones estables de cada uno de los componentes del modelo urbano y territorial asociado al objetivo global del desarrollo sostenible. Permiten monitorizar las situaciones, valorar el presente y tomar decisiones informadas de cara al futuro, conocer qué iniciativas contribuyen al desarrollo sostenible y cuales otras deben ser reconsideradas, haciendo de sus objetivos una realidad tangible, verosímil, contrastable, susceptible de ser debatida y que permite por tanto la participación real en tomo a propuestas concretas y no a conceptos nebulosos y abstractos.
Si tenemos dudas, acerquémonos a los lugares, sintamos los paisajes en proceso de transformación o antes de ser transformados. Hay reglas que sólo pueden descubrirse con los zapatos, caminando y mirando de cerca. Recordemos a Martínez de Pisón cuando nos dice que no hay paisaje sin dolor.

4. EL PAISAJE COMO ESTRUCTURA


Aceptemos la proposición de que la naturaleza es proceso, que la naturaleza es interacción, que responde a leyes y que representa valores y oportunidades para la el uso del hombre, con ciertas limitaciones y algunas prohibiciones, afirma McHarg. El trabajo del urbanista es el del buscador de salud y de bienestar colectivos. Para ello la ciencia no es el único modo de percepción necesario y se necesita la creatividad del artista para llegar más allá, pero sólo la ciencia ofrece una aproximación tangible a la realidad apoyada en sus mejores evidencias. La clave de la aportación de McHarg estuvo en su capacidad para establecer principios claros desde los que desarrolla un análisis que relaciona la forma del paisaje con los usos del suelo, concebido todo ello como instrumento de gestión del futuro del territorio, al servicio de una planificación regional y urbanística renovadas. No es un problema de información, sino de conocimiento.
En la ciudad-región contemporánea, sin límites y sin forma reconocible con independencia de su tamaño, sólo una interpretación del paisaje que sea fruto de un profundo conocimiento del territorio va a permitir mantener cierto nivel de coherencia en términos de forma. Sólo el paisaje va a facilitar una comprensión estructural de la forma de la ciudad-región, gracias a que su sustrato físico, geomorfológico, que permite manejar la gran escala incluso con una lógica visual. El paisaje se reconoce a escala territorial básicamente por la superposición de tres estructuras sobre un medio natural concreto: la parcelación, el viario -las infraestructuras de transporte- y el poblamiento. Sobre dicho sustrato físico y las alteraciones históricas que el hombre ha ido introduciendo, sobre su poblamiento y sus rasgos, y sobre las estructuras que lo hacen accesible, la lectura de la ciudad-región sigue siendo viable formalmente.
Por eso decimos que la estructura de la ciudad futura, absolutamente dependiente de la existente, es paisajística. Sin embargo para que ello sea útil se requiere un esfuerzo de conocimiento al que todavía no estarnos habituados. Porque también, como ha sostenido Paul Virilio, "el paisaje es el más allá del medio ambiente".
A escala territorial cabe pensar en interrelacionar los sistemas humanizadores elementales, con el paisaje como fundamento, de su geometría: el sistema de movilidad y transporte, desde los espacios de residencia y de trabajo; el sistema de servicios básicos, clave de la sostenibilidad del proyecto de calidad de vida; el sistema de ocio, sobre redes inmersas en el sistema paisajístico. De esta manera lo urbano difuso, la forma futura de la ciudad, parte del heterogéneo aglomerado de objetos que se levanta en tomo a la red de carreteras, sobre un campo urbanizado y entre espacios más o menos humanizados, de valor y función diferentes, tanto por sus cualidades como por los procesos naturales a los que responden. Podemos reconocer secuencias de espacios que dejan de ser la ciudad sin dejar de estar relacionados con lo urbano. La clave abandonada está en la propia estructura natural e histórica del territorio profundamente antrópica en Europa---, en la potencial revitalización de los escalones paisajísticos de la jerarquía urbana, incluido el perfeccionamiento de la imagen urbana del municipio. Se trata de un espacio en el que sin duda es posible:
"...individuar sistemas locales con significativos niveles de congruencia entre las formas sociales, económicas y de asentamiento; sistemas dotados de identidad propia que no es posible reconducir a la imagen urbana concéntrica tradicional."13
Esta identificación nos habla de las piezas de un mosaico, donde es posible reconocer la solvencia y la lógica de muchos de los fenómenos no planificados. La cuestión de la forma sigue siendo determinante: ¿cuáles son los principios de localización y asentamiento que materializan determinada configuración formal? Es posible encontrar factores de diferenciación y situaciones estables en los procesos: el sistema de asentamientos original, los recorridos existentes, la orografía, las peculiaridades locales en el desarrollo social y económico, las relaciones urbanas de frontera, la preeminencia de actividades escaparate a lo largo de las vías rodadas, determinados lugares singulares, etc.
Las Directrices de Ordenación de Valladolid y Entorno14 plantean un proyecto para la aglomeración urbana con una perspectiva paisajística. Lo que hace poco era sólo una ciudad central está comenzando a ser una pequeña ciudad-región, un sistema policéntrico de núcleos de diferente tamaño que se transforman a la par y por ahora con altos costes y externalidades, por falta de cooperación, por el desgaste de la competencia interna, por la colisión de sus estructuras físicas que ya no se someten al dictado de la ciudad central. El Modelo Territorial propuesto por las directrices se apoya en la evolución real de la aglomeración urbana. Se trata de aprovechar las tendencias positivas del modelo territorial existente y reconducir las negativas. Para ello el sistema urbano se desdobla en un "Sistema Urbano Continuo" y un "Sistema Urbano Discontinuo", buscando reforzar la compacidad del primero y controlar la dispersión de usos urbanos en el territorio. Las Directrices fomentan un desarrollo urbano polinuclear, estableciendo centros intermediarios en el entorno de la ciudad central. Para todo nuevo desarrollo urbano se exige tanto la adecuación de las actividades a la naturaleza de los espacios como la disposición de las infraestructuras y servicios necesarios en cada caso. Cada Municipio comprendido en su ámbito tiene una identidad histórica específica, arraigada en las condiciones geomorfológicas y tipológicas de su contexto singular. Entre todos ellos y en sus relaciones consolidadas, configuran una estructura coherente de asentamientos y de organización del territorio cuyos valores históricos deben ser salvaguardados.
El contexto político sólo permitía un trabajo de contención, al no existir acuerdo sobre el modelo territorial, ni desearlo en muchos casos. Se trata más de prevenir y de evitar que de componer desde la técnica territorial un sistema que la política es incapaz de ofrecer. La imagen objetivo que las Directrices plantean consiste en un conjunto territorial complejo análogo a un mosaico en el que lo urbano se mezcla con un paisaje agrario productivo, y con un conjunto diverso de espacios naturales, montes, bosques y riberas. El sistema de redes de infraestructuras y de servicios articula dichos espacios, dotándolos de accesibilidad y de calidad funcional. Las directrices entienden que son el paisaje y sus valores, sus lugares, la clave estructural para el futuro de la aglomeración urbana. En primer lugar se destacan los lugares ecológicamente más valiosos o sensibles, estableciendo un sistema de protección estricto. En segundo lugar, el proyecto revisita los conceptos de corredores verdes y de sistema metropolitano de parques para conformar una red de espacios abiertos más o menos accesibles que faciliten el disfrute del medio rural, de la naturaleza y del patrimonio cultural, proponiendo una estructura alternativa a la construida que modere sus efectos sobre el medio (figs. 5, 6 y 7).

Fig. 5. Vallaldolid. Red de corredores y sistemas metropolitanos de parques en valor del territorio rural.



Fig. 6. DOTVAENT. Infraestructura Fig. 7. Paisajes protegidos

de transporte


Se trata de reconocer los paisajes concretos, las formas del territorio. Un sistema de lugares en el que el paisaje cumple la función de estabilizador, a pesar de la interacción que los flujos de personas, de mercancías y de información parecen imponer al territorio. Aquí la forma del espacio libre, del paisaje vacante, debe adquirir un protagonismo definitivo en función de sus diferentes tipologías: espacios continuos y extensos, pequeños espacios intermedios... liberándose de imágenes estandarizadas propias de la ciudad continua: el parque, el huerto, el jardín. Pero sobre todo liberándose de su condición de vacío, de espacios disponibles para cualquier uso. Los procesos naturales e históricos son los que ajustarán sus significados concretos. El elemento estructurante característico de lo metropolitano, el sistema de movilidad que garantiza el acceso colectivo y establece los diferentes grados de accesibilidad deseables, sin ser reducido a complejas y caras redes arteriales, sino que comienza en lo preexistente, La forma de la ciudad difusa puede corresponder al desarrollo de "ecologías" complementarias, sobre el desarrollo de las relaciones estructurales nuevas y preexistentes, tanto a la articulación conectiva como al lugar singular. Su falta de “densidad” se complementa con acciones dirigidas a fortalecer las densidades existentes.
La flexibilidad de esta interpretación estaría siempre vinculada a la interpretación del paisaje local, la capacidad para interpretar adecuadamente cada territorio. La congruencia local, la aproximación de diferentes ámbitos del saber sobre el territorio, parecen imprescindibles. Sin embargo, el concepto ambiguo de lo urbano-metropolitano ha tendido a obviar, en su vorágine uniformadora, los potenciales de la estructura espacial preexistente, del paisaje heredado. Hay un predominio de lo sectorial y de la acción fragmentada que sólo son solidarios cuando descubre los déficit de su propio producto. La visión regional no puede ser sólo residencial, ha de establecer limitaciones.
5. ARQUITECTURA DEL PAISAJE. PRIORIDAD DEL ESPACIO PÚBLICO
He insistido en que la ciudad misina -y no sólo las grandes ciudades- deja hoy de ser un espacio delimitado. Pienso que poco a poco está adquiriendo el carácter una gran infraestructura, heterogénea y hecha de fragmentos difíciles de interpretar, ocupando espacios cada vez más amplios que se van habilitando para hacer posible actividades muy diferentes. Las obras públicas ligadas al transporte son cada vez más los espacios más relevantes, no sólo porque hacen accesible el espacio, sino porque la percepción de la ciudad se realiza desde ellas. Por ejemplo, en Madrid son las grandes estructuras de la M-30, M-40, M-50 y las radiales las que establecen la lógica urbanística. Si nos fijamos en la M-40, su trazado ha hecho visible un paisaje antes invisible. Es la visión desde la carretera y no sólo la visión de la carretera la que hay que tener en cuenta. Las rondas urbanas penetran en espacios antes casi desconocidos y revientan la ciudad, haciendo evidentes sus partes de atrás, mostrando lo inadecuado de un urbanismo casi siempre demasiado denso y desarticulado, una realidad de colisión de edificaciones muy dispares, con grandes estructuras de servicios entre ellas, etc. Este es un aspecto que no se tiene en cuenta. No creo que sea posible un paisaje perfecto, la ciudad en su vorágine es siempre algo incompleto. Por ello, lo ecológico es mucho más importante que lo visual, y necesitamos avanzar mucho para saber evaluar los procesos urbanos, el funcionamiento de la ciudad.
El sistema predominante para ir alcanzando los objetivos de la conservación ambiental es el non-nativo. Se trata de desarrollar un amplio sistema de legislación ambiental, fundado desde el consenso internacional, e imponer exigencias y controles ambientales a todos los procesos modificadores del medio. Es una vía política conducida por instrumentos legales y procedimientos administrativos. Una vía tan sólida que a algunos les permite rechazar la planificación regional, confiando exclusivamente en el sistema de tutela ambiental. La planificación sería así básicamente sectorial, ya que existe una legislación ambiental de referencia y un proceso de toma de decisiones interadministrativo en el que participan los veladores del ambiente.
De esta manera se puede obviar cómo se producen los fenómenos concretos en los lugares concretos, el espacio donde las interacciones tienen lugar con independencia de la capacidad de previsión de las evaluaciones realizadas. Desaparece la arquitectura; y no sólo la arquitectura.
Por ello, en primer lugar necesitamos reflexiones generales porque sólo ellas permiten en cada territorio un sistema de interpretaciones concreto, componer al menos un marco de referencia a los desarrollos sectoriales y permiten trasladar al espacio los principios definidos por la legislación ambiental, sus tensiones y contradicciones.
La planificación espacial sirve para plantear articuladamente lo que en el espacio "tiene lugar". El conocimiento más o menos objetivo de la realidad conduce, como primera tarea, a la programación de los contenidos de la ordenación. Para garantizar sus objetivos la planificación cuenta con diversas herramientas. Los planes no trabajan aisladamente y para ser eficaces necesitan de una legislación sectorial de referencia adecuada -transportes, aguas, residuos, propiedad, actividades, espacios naturales, etc.-, de una instrumentación directa o indirecta de la financiación de sus objetivos -políticas oficiales de suelo y vivienda, sobre patrimonio...-, de una política medio ambiental de carácter global y adecuadamente financiada -más allá de la simple tutela- y de una política global de infraestructuras de transporte y un sector privado capaz de tener iniciativa, no exclusivamente rentista, y de invertir en el territorio. Asimismo en el espacio repercuten políticas oficiales consolidadas, como las educativas, sanitarias y de servicios básicos.
Pero si no trasladamos a cada proyecto, a cada proceso transformador, la voluntad de una relación positiva y coherente con el medio ambiente, fracasamos (fig. 8).

Fig. 8. Villamuriel del Cerrato, corredor de acceso a Palencia. Propuesta del autor para la ampliación urbana a partir de los rasgos locales del paisaje.


El primer reto sigue estando en saber administrar el crecimiento y la trasformación, en aplicar la inteligencia reflexiva y no sólo la tecnológica, en ello15. Hay por ello que cuestionar la mentalidad dominante que reconduce cualquier problema a una cuestión de infraestructura tecnológica. No me refiero a los sistemas de infraestructuras ambientales relacionados con el ciclo del agua -acumulación, abastecimiento y depuración-, con el tratamiento de residuos sólidos, su recogida selectiva y su reciclado, y con la disminución de la contaminación atmosférica. Me refiero a que se cree que se puede hacer cualquier cosa y si hay problemas se ponen luego los remedios. La economía expansiva con sus prisas despliega su capacidad inversora y ha creado todo un sistema de empresas y de tecnologías dirigidas a cubrir las demandas, con el efecto de incrementarlas. Nadie discute su necesidad, pero puede cuestionarse que la salida deba estar exclusivamente en el remedio tecnológico. Es la perplejidad de una cultura artificial que piensa que el único camino viable para resolver los problemas relacionados con el ambiente sea el incremento de su condición artificial. Quizás por ello Odum comienza su libro divulgativo sobre ecología con el relato del ajetreado vuelo del Apolo 13, destacando el contraste entre el sistema de la cápsula espacial, la imprecisión de los remedios, el ingenio tenso desde el que se contempla la Tierra, el verdadero sistema que soporta la vida. Hay un problema de valores.
Nuestro trabajo en las Directrices de Ordenación Territorial de Segovia y Entorno (fig. 9) considera que el rico patrimonio territorial del ámbito compone el más importante recurso local y regional. En zonas de atractivo singular, como Segovia, y dentro del espacio de influencia de una gran área urbana, la región de Madrid, los municipios menores saben competir en la oferta de determinados productos inmobiliarios y se benefician del auge de un nuevo estilo de vida, lleno de contradicciones, que busca una mayor relación con la naturaleza pero que la agrede en su propio despliegue. Se producen nuevos déficit y necesidades, la red de carreteras se utiliza intensivamente y se incrementan las carencias en infraestructuras y servicios. La moderación de la expansión necesita de la rehabilitación de lo existente y en patrones de desarrollo arraigados en los paisajes locales, donde lo nuevo conviva creativamente con lo viejo. Por ello las Directrices consideran clave la consolidación del sistema de centros urbanos y rurales tradicionales, mediante el fomento de crecimientos urbanos continuos, compactos y complejos de cara a garantizar la eficiencia de los recursos territoriales, la calidad funcional de los servicios disponibles o programados y la revalorización de la estructura funcional del territorio en su conjunto. Deben respetarse los parajes tradicionales valiosos en los bordes de los núcleos de población o interiores a los mismos (vegas, laderas con vegetación, plantíos, huertos y prados, linderos de piedra o arbolados, descansaderos y eras...). Las nuevas edificaciones se adaptarán -en su implantación y en la disposición de sus elementos, no figurativamente, ya que no debe negarse la nueva arquitectura de calidad- a la configuración originaria y evitarán destruir el arbolado, los regatos o pequeños cursos de agua y los caminos, procurarán no destruir los muretes y otros elementos tradicionales de división parcelaria. A los planes locales se les exige fomentar el crecimiento sólo en los corredores y zonas mejor servidos, tanto en la instalación de primera como de segunda residencia o las vinculadas el desarrollo de actividades económicas, facilitando desarrollos compactos con diversidad funcional, garantizándose la dotación de infraestructuras o su refuerzo.

Fig. DOTSE. Sotosalbos, Segovia. Modelo de urbanización conservando la estructura tradicional del asentamiento.


Insistir en la forma física como problema no significa desdeñar su dependencia de otros factores, sino destacar de todos éstos su influencia en la configuración de los lugares y de los objetos en el territorio. Es verdad que la escala regional impone reflexiones que para nada tienen que ver con la escala local, pero también es verdad que en cada escala existe una percepción formal, y que frente a los factores de dimensión de los problemas, la orientación hacia el espacio físico es la que nos permite desarrollar un sentido de la medida acorde con ellos, a la vez que plantear lo que específicamente condiciona o interfiere las formas, su estructura y su dimensión. El diseño que plantea cada proyecto urbano es un factor determinante de la calidad ambiental de los nuevos desarrollos, dependiente de su calidad ambiental, funcional y formal, y coherente con todos los requerimientos que caracterizan la vida cotidiana del espacio urbanizado. Sin embargo domina la escena un diseño urbano descuidado, improvisado, vulgar y de mala calidad, pero sin duda ajeno a los procesos naturales. La planificación espacial no puede perder su condición configuradora, su interés por la forma de cada actividad en el territorio y, sobre todo, la integración de unas con otras, adecuando la configuración de los asentamientos, los sistemas de lo construido, al complejo de necesidades que en cada lugar se presentan.
Si el centro de la reflexión sobre la planificación espacial está en la integración del hábitat humano con la "naturaleza" -incluso cuando sabemos que ésta permanece condicionada por nuestros artefactos- esta reflexión ha de ser tenida en cuenta por todo aquello que puede transformar el espacio.
Si defendemos la raíz cultural del paisaje estamos defendiendo su condición de intermediación, su implicación con la creación de significado, estamos en el espacio de la relación entre hombre y naturaleza. El paisaje recibido es la medida de esa relación y sin renunciar al conocimiento científico del paisaje, de sus elementos y de la composición de los mismos. Estamos ante algo que representa modos de vida y sistemas de valores: "La edificación de los paisajes es un acto que comporta experiencias seculares, arraigo en las relaciones hombre-ambiente".16 A la vez, el paisaje también pertenece a la cultura actual que se materializa en cada proyecto. Sin embargo la lentitud del tiempo histórico contrasta con la celeridad de nuestras necesidades. Porque el paisaje, como el medio, es una realidad dinámica. Cada proyecto "interpreta" el paisaje y lo modifica. Hay que avanzar cultural y técnicamente para que el paisaje no sea solo algo que se revisa a posteriori. En mi opinión, el primer factor de calidad en la relación de un proyecto con el paisaje urbano reside en la calidad misma del proyecto, en la sensibilidad específica que manifiesta. Hay que elevar el nivel de exigencia a los proyectistas en el propio concepto y diseño de cada proyecto. Es algo tan importante como el control de materiales o el cálculo. Además, cuando el proyecto quiere incorporar dentro de si la lógica paisajística, se ha de priorizar el interés público. La cuestión del espacio público es clave para interpretar la relación del espacio urbano con el medio ambiente, ya que es el espacio público el que organiza y estructura la ciudad, y es en el espacio público desde donde se sirve a los elementos urbanos desde donde se compensa sus disfuniciones y déficits. No es sólo algo funcional. El paisaje configura lo que desde el siglo XVIII se denomina el espíritu del lugar, un genius loci que siempre debería ser consultado. En cada lugar hay una acumulación específica de significados. La calidad del proyecto descansa en la coherencia con ellos, en la capacidad de dar sentido, capacidad que tiene cierto perfil racional y cuyo espacio público sirve al reconocimiento colectivo. Frente al presupuesto científico-técnico de muchos proyectos el paisaje impone una razón dilógica. No hay una única solución posible, hay que comenzar a evaluar y a anticipar los efectos de cada una de las soluciones posibles que se consideran más idóneas.
A la vez hay que revisar muchas rutinas proyectuales, evaluarlas concienzudamente en la medida en que se repiten. Son los temas más habituales, más cotidianos, los que dificultan una relación positiva con el paisaje y con los procesos naturales. La lógica de camuflaje no es la única posible. La lógica ha de ser la simbiosis, porque hablar de paisaje es hablar del medio ambiente, de nuestro interés por la naturaleza y sus recursos. Para ello la calidad específica del diseño de la obra pública es clave, su valor o belleza en sentido spinoziano, muy próxima a la ética. Y sobre todo la ecología debe orientar la intervención. Es necesario más estudio y más investigación. Los procesos naturales han de ser contemplados e incorporados al proyecto, deben ser parte del proyecto. Desde el agua que corre hasta el calor que se acumula. No pueden tolerarse especies vegetales inadecuadas, invasoras. La fauna y la flora no son temas que aparecen al final.
Insisto, nuestra arquitectura y nuestra ingeniería construyen el paisaje. Cada proyecto es una oportunidad y también es un riesgo. Si un proyecto no puede convivir creativamente en un territorio concreto con los demás elementos del paisaje, no debe ser autorizado.
En un magnífico texto de 1968, William H. Whyte escribía:
"No hay que esperar el gran diseño. Ya contamos con él. Desde hace mucho tiempo la estructura de nuestras zonas urbanas ha sido fijada por la naturaleza y el hombre, por los ríos y las colinas, por los ferrocarriles y las carreteras: quedan aún muchas posibilidades y la gran tarea del urbanismo no consiste en ofrecer nuevas estructuras, sino en aprovechar lo positivo de las existentes y discernir esas estructuras tal como las ve la población en su vida cotidiana: no hay una sola imagen nítida sino miles de ellas. Pero el encarar esas realidades obstinadas constituye un albur mucho mayor y más apasionante que la busca de la perfección en otra parte."17


* Este breve ensayo fue publicado por primera vez en el libro de Actas del 11 Congreso Internacional de Ingeniería Civil, Territorio y Medio Ambiente, celebrado en Santiago de Compostela (Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Madrid, 2004) y en el que fui invitado como ponente. El texto está corregido, he introducido algunas precisiones, aunque es fiel al anterior.

1 Sigo en este texto lo desarrollado en mi trabajo: DE LAS RIVAS SANZ, Juan Luis, “Modos de urbanización y desarrollo sostenible. Sobre el sentido de la planificación espacial”, en ROMANO, VELASCO, Joaquín, Desarrollo sostenible y Evaluación Ambiental. Del impacto al pacto con nuestro entorno, Valladolid, Ámbito Ediciones S.A., 2000, pág. 104-147.

2 ODUM, Eugene R, Fundamentals of Ecology, Philadelphia: W. B. Saunders Company, 1971 (1a ed.: 1953), pág. 405. Es muy interesante su texto divulgativo titulado “Ecology and our Endangered Life-Support Systems”, Mass: Sinauer Ass., 1993. Aquí Odum trata de mostrar algunas implicaciones de la ecología sobre nuestra forma de vida.

3 LEOPOLD, Aldo, A Sand County Almanac, Nueva York: Oxford University Press, 1949. Leopold ya había publicado en 1933 “The Conservation Ethic” en Journal of Forestry, No. 6, vol. 31.

4 Hay Una cierta tendencia a plantear la "ecología urbana" como un conglomerado de temas, en el que se pierden incluso los que pretenden evitar perderse, Ver BETTINI, Virginio, Elementos de Ecología Urbana, Madrid: Trotta, 1998. La cuestión está en qué entendemos por "urbanismo". Si prima la descripción, nos encontraremos ante una "ecología urbana" que tiende a destacar más los problemas que sus posibles soluciones. No hay una única manera de enfrentarse a las ciudades. Por esto destaco el concepto de "planificación espacial", para insistir desde un punto de vista concreto y con una interrogación: ¿qué se puede hacer desde el diseño urbano? La forma de nuestras ciudades tiene un peso específico a veces desdeñado. La forma no se resuelve en los "procesos" que suele tratar la "ecología urbana", por ejemplo el "ciclo del agua", pero incide en ellos.


5 NAESS, Ame, Ecology, Community and Lifestyle: Outline of an Ecosophy, Cambridge: Cambridge University Press, 1989.

6 BECK, Ulrich, Risk Society. Towards a New Modernity, London: Sage, 1997.



7 En la colección de ensayos denominada Cities, publicada en 1965 por Scientific American - La Ciudad, Madrid: Alianza Editorial, 1967-, aparece ya un ensayo dedicado al metabolismo urbano. Apenas se ha avanzado conceptualmente en urbanismo de lo que en los 60, con extraordinario esfuerzo, se comienza a desarrollar científicamente. El conocido trabajo de TJALLING11, Sybrand F., Ecopolis. Strategies for Ecologically Round Urban Development, Leiden: Backhuys Publishers, 1995, hace un enfoque interesante al reconducir los factores metabólicos (cadenas relacionadas con el agua, la energía, los residuos y el transporte) hacia "modelos guía" en los que la forma urbana adquiere relevancia estructuradora. El problema está en que una perspectiva ecológica profunda exigiría incorporar a esas cadenas la afluencia de materia y de energía que tiene lugar en la vida cotidiana de la ciudad, en sus relaciones de producción y consumo. Algo que han tratado de hacer ecólogos relevantes, aunque casi siempre con dificultades para medir con precisión esta "afluencia".


8 Citado en DAUSSEREAU, Pierre, Challenge for Survival. Land, Air and Water for Man in Megalopolis, New Cork: Columbia University Press, 1970.

9 En este sentido son claves para entender la actitud dominante en el campo de la arquitectura dos textos de Rem Koolhaas, recogidos en S, M, L, U, New York: The Monacelli Express, 1995, "What Ever Happened to Urbanism" (p. 958) y "The Generic City" (p. 1238). Su lectura muestra no pocas contradicciones voluntariamente no resueltas.

10 BLUMENFELD, Hans, "The Urban Physical Enviromnent, recogido en Metropolis and Beyond Selected Essays, New York: John Wiley & Sons, 1979.

11 Entre las propuestas orientadoras o breves manuales destaca en mi opinión y por su utilidad el breve documento Try this Way. Sustainable Development at the Local Level, del European Council of Town Planners, Londres 2002 - www.ceu-ectp.org -.


12 McHARG, Ian L., Proyectar con la Naturaleza, Barcelona: Gustavo Gili, 2000 (Primera edición: Design with Nature, 1969, introducida por Lewis Mumford).


13 BOERI, S., LANZANI, A., MARINI, E., El territorio che cambia, Milano: Segesta, 1993. El primer gran texto italiano sobre la cittá difusa es el publicado por Francesco Indovina (Venezia: Daest, 1990), aunque autores como Boeri y Lanzani lo anticiparon a finales de los 80. La complejidad de la forma urbana contemporánea, el territorio urbanizado de Europa Occidental ha acumulado descripciones diversas. Entre ellas destaca también la realizada por François Ascher en Metapolis ou L’avenir des villes (Paris: Odile Jacob, 1995). Frente al mosaico, la capilaridad de la urbanización generada a partir del viario existente en territorios muy poblados ha facilitado referencias no siempre útiles, como los fractales, en la búsqueda de una comparación de la "forma7. La raíz de esta comprensión, siempre difícil, sigue estando en los procesos territoriales que la generan, en sus raíces multiculturales y económicas.


14 Primera experiencia de planificación regional en Castilla y León, realizada por el instituto Universitario de Urbanística de la Universidad de Valladolid bajo la dirección de Juan Luis de las Rivas: documento aprobado por Decreto 206/2001 de 2 de Agosto, de la Consejería de Fomento de la Junta de Castilla y León, sometido a lo establecido en la Ley 10/ 1998 de Ordenación del Territorio de Castilla y León para las Directrices de Ordenación Territorial con ámbito subregional. Es sorprendente cómo un trabajo como el de las directrices, poco apoyado al principio tanto por los gobiernos como por sus oposiciones, profundamente rechazado desde el sector inmobiliario, ha ido calando poco a poco y se ha convertido en referencia de muchas posturas dispares. Ver DE LAS RIVAS, Juan Luis (et al.), Avance de Directrices de Ordenación del Territorio de Valladolid y Entorno, Junta de Castilla y León, 1998; www.jcyl.es/jcyUcf/dgvuot/directrices-ot/doas/dotvaent/dotvaent.htin. También en www.uva.es/iuu.



15 Aquí es donde el debate sobre el desarrollo sostenible nos conduce siempre a la necesidad de una mayor participación en la toma de decisiones. El interés colectivo exige la colaboración de la sociedad afectada, superando tanto el discurso exclusivamente técnico como el debate de trinchera política. No se trata de "defender posiciones", sino de dialogar, discutir y polemizar sobre asuntos concretos, fomentando perspectivas integradoras.


16 TURRI, Eugenio, Antopologia del paesaggio, Milano: Editioni di Comunitá, 1974, pág. 115. Ver DE LAS RIVAS SANZ, Juan Luis, “Paisajes frágiles”, en IGLESIAS GIL, José M. (ed.), Cursos sobre el Patrimonio Histórico 4, Reinosa: Universidad de Cantabria y Ayuntamiento de Reinosa, 2000, pág.: 255-264.


17 WHYTE, William H., El paisaje final, Buenos Aires: Editorial Infinito, 1972, pág. 19.


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