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El mosaico partido Ladislau Dowbor La economía más allá de las ecuaciones Parte I mosaicos del pasado «Y el hombre de la universidad supone que debe reprimir la emoción para producir »


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El mosaico partido
Ladislau Dowbor
La economía más allá de las ecuaciones
Parte I

Mosaicos del pasado

«Y el hombre de la universidad supone que debe reprimir la emoción para producir...»

Milton Santos

La economía ayuda a formar nuestra visión del mundo, pero no puede constituir una visión completa. Porque las dimensiones económicas sólo representan un segmento de lo que somos. La riqueza explicativa, por otro lado, procede de que el poder y la dinámica de transformación de la sociedad se estructuren en torno a intereses económicos. Quienes no entienden los procesos económicos acaban por no entender cosas tan elementales como por qué somos capaces de hazañas colosales como los viajes al espacio, pero somos incapaces de reducir la tragedia de diez millones de niños que mueren al año de hambre y otras causas absurdas, o de refrenar el ritmo de destrucción ambiental del planeta.

La comprensión de la economía es, a su vez y sólo en parte, un proceso técnico en el que se conjugan y combinan principios emocionales, la historia vivida, el medio social, así como instrumentos técnicos y aspectos teóricos. Los procesos de elaboración intelectual no flotan en el aire, no existen de forma aislada. Lo interesante de verdad no es el recorrido científico en sí mismo, sino cómo se realiza ese recorrido con los sencillos dilemas a los que se enfrenta cada ser humano. Che Guevara escribió en alguna parte que un político que no sabe pararse a atar el zapato a un niño no ha entendido gran cosa. En el centro mismo de nuestra aventura humana se encuentran los valores, nuestra fragilidad o generosidad individual, nuestra capacidad o impotencia, para organizar una sociedad que funcione.

La visión de la economía que presentamos a continuación aparece como la reconstrucción de una biografía. Sería, digámoslo así, el retrato de una vivencia, de una persona que no optó por ser economista porque le gustara en especial la economía, sino porque entendió que sin comprender la economía no entendería otras cosas, el mundo no económico.

Hacer un tipo de economía autobiográfica puede parecer un ejercicio narcisista. Todos somos un poco propensos a creer que nuestra vida es interesante. En este caso, la verdadera motivación proviene de la convicción de que la economía vivida puede ser más real que la economía teórica de una sociedad hipotética.
Inicios

Hijo, de padres polacos^, nací en Francia en 1941 en una casa de juego situada en la frontera española. Quizá para un brasileño sea difícil imaginar cómo podía ser nacer en Europa en 1941, en medio de un conflicto que segó la vida de unos sesenta millones de personas. Se nacía donde se podía. Como España era un país de moralidad elevada, la gente rica acudía a Francia a jugar y a divertirse; así el régimen franquista sembró los Pirineos de casinos. Mis padres, que habían participado en la Primera Guerra Mundial y en la Segunda, ya no se entusiasmaban por los himnos patrióticos; huyeron de los alemanes por el sur de Polonia, fueron a parar a Francia, para seguir huyendo hacia el sur a medida que aquéllos avanzaban. De modo que acabé naciendo en los Pirineos, en la frontera con España, en una casa de juego. Todo tiene sus razones.

Nacer en el extranjero marca, porque ya se nace fuera de sitio, es decir, el niño ya está obligado a tomar conciencia de ello, ya que los niños, que reaccionan con agudeza a cualquier diferencia de ropa, acento o cultura, tienen para dar y tomar con un niño extranjero. Así, durante los primeros años se van confrontando culturas: en realidad nada es espontáneo, natural, evidente, pues en casa todo se ve de una manera y en la calle de otra. En la calle y el colegio existe otra cultura, existen otros valores. Para mí no había un sistema «natural» de valores, sino la posibilidad de diferentes valores para cada cosa. Desde pequeño tuve la necesidad de escoger, que es una dificultad, pero también enriquece. Estamos abarrotados de visiones simplificadas, que aceptamos porque todos los demás lo hacen, pero que al someter a un poco de reflexión, se muestran absurdas. Más adelante recuperaremos este aspecto.

La guerra es otro factor. Todos los europeos quedaron marcados por ella y, en particular, por la profunda convicción de que cualquier hombre, rico o pobre, educado o no, en determinadas circunstancias se convirtió en un héroe o en un ser vil. Cuando se ven las aberraciones de las que es capaz el ser humano en ciertas circunstancias, se pierde la visión del «hombre bueno» y el «hombre malo» como determinantes del comportamiento. Tenemos la posibilidad de decidir y, de hecho, sería más fácil o simplemente más cómodo que no hacerlo. Podemos creer que en el conflicto palestino los israelíes son los buenos y los árabes lo malos. O podemos tomar partido en contra o a favor de los serbios en la antigua Yugoslavia. Visto de este modo, y por más que utilicemos argumentos científicos, el mundo acaba siendo una versión sofisticada de las películas de buenos y malos. En realidad no se trata de buenos y malos. Según se dice, la persona es sus circunstancias Más importante que glorificar al bueno por perseguir al malo es pensar en las circunstancias, en el contexto que construye o destruye las relaciones sociales. Presenciar la guerra desde pequeño y vivir sus consecuencias marca profundamente.

En 1951 llegamos a Brasil, ya que mi padre, ingeniero metalúrgico, había conseguido un contrato con la Belgo-Mineira en João Monlevade. Nos instalamos en la Vila dos Engenheiros, lo cual me causó una gran impresión, la primera que tuve en Brasil, al ver un mundo tan dividido entre los de arriba y los de abajo, entre la Vila dos Engenheiros y la Vila Tanque, donde vivían los trabajadores. La gran impresión de quien llega de Europa es en realidad que la división entre la casa grande y la senzala (la casa de los esclavos de una plantación) sigue intacta por más tecnología moderna que se introduzca. En cierta manera se sedimentaba otra idea – de la cual tomaría conciencia más adelante – que la modernidad es una forma digna de relaciones humanas y no una abundancia de máquinas o automóviles. Puede que a los residentes de Alfaville, un condominio distinguido de São Paulo, les guste vivir en su isla. Unos creen que llegarán a alguna parte, otros son conscientes de lo absurdo. Los que viven en los aledaños del condominio ya se hacen llamar «Alfavela». ¿Conduce a alguna parte esta clase de modernización?

A mi padre nunca le gustó el autoritarismo de los propietarios luxemburgueses de la inmensa fábrica metalúrgica de Monlevade. Una vez me habló de un plan sencillo para mejorar la productividad de la laminación mediante la corrección de un error estructural de la fábrica. Le pregunté qué le había parecido a la directiva: me miró espantado, ya que jamás se lo comunicaría, pues no les interesaba. Aquella actitud me marcó mucho, porque para mí era evidente que si una persona conocía un modo de mejorar algo, debía tomar medidas para hacerlo. Obviamente, para mi padre, la fábrica eran «ellos», el otro lado de la valla, otro mundo. De esta manera, el ingeniero de una empresa estaba a la vez dentro y fuera, cumplía con su obligación y recibía su salario, pero no iba más allá. Cada parte se limitaba a cumplir con su obligación. Un día se solidarizó con un trabajador contra un ingeniero alemán. Poco después ya estaba buscando empleo en São Paulo. La fábrica también dividía el mundo entre «nosotros» y «ellos». No fue Karl Max quien inventó las divisiones.

Mientras mi padre se hacía un hueco en São Paulo, nos instalamos en Belo Horizonte, en el barrio de la Cameleira, y me puse a estudiar en el Colegio Loyola. Mi madre era médico. En plena avenida de Afonso Pena, una mendiga con un niño claramente mal nutrido en brazos se le acercó un día a pedir limosna. Al ver al niño, mi madre montó un escándalo; no se calmaría hasta que no llamaran a un médico, una ambulancia, o al mismo diablo. Yo, que entonces tenía once años, tiraba del brazo de mi madre, muerto de vergüenza. Pero ella era así, no toleraba lo intolerable y no tenía miedo al escándalo. Hay cosas que simplemente no pueden aceptarse. Aún hoy, cuando ya han pasado veinte años de su muerte, siento que he heredado parte de esa entereza. Cierto que para formarse en la medicina en los años veinte, una mujer tenía que ser alguien de armas tomar.

Sin embargo, la entereza de mi madre no bastó para que se adaptara a la vida cotidiana de Brasil. O tal vez su capacidad de indignación era excesiva. A la muerte de Stalin decidió regresar a Polonia y, desde allí, preparar el regreso del resto de la familia. Pero el regreso nunca se daría. Como efecto indirecto de la guerra, mientras el segmento brasileño de la familia se adaptaba a la realidad local, ella era reabsorbida cada vez más por la familia polaca. Como mi padre trabajaba en empresas del interior, mi hermano y yo, ambos adolescentes, pasamos a vivir la amplia libertad que proporcionaban las pensiones de la ciudad, disfrutando intensamente de esquinas, bares y partidos de fútbol en las explanadas, toda una riqueza de convivencia que compensaba de sobra la pérdida de una vida familiar organizada. Era la riqueza cultural brasileña que digería deprisa la herencia europea, como habían hecho ya tantas generaciones de inmigrantes. Y las personas son simplemente personas, sea cual sea su origen.

Las emociones toman caminos desconocidos. Me enamoré desesperadamente de una muchacha judía de origen polaco, como yo. Cuando el padre descubrió que su hija andaba con un goi, la mandó sin más a Israel para que conociera a jóvenes de bien. Europa y sus odios seguían activos en Brasil, y a Pauline y a mí nos alcanzaban con toda su fuerza. El padre había perdido a su familia en Polonia y no perdonaba a su hija que no heredara sus odios. Trabajé un año entero, 1963, con la intención de juntar cuanto dinero pudiera para ir a verla a Israel en una época en que viajar a Europa era todo un acontecimiento. Como mi padre trabajaba entonces en la siderúrgica Açonorte de Pernambuco, yo fui a trabajar a Recife, donde me hice reportero para el Diário da Noite y el Jornal do Comércio.

Escribía bien y, al poco tiempo, el periódico me nombró para acompañar a la sección de los patronos de las fábricas. Cuando me presenté para recoger material, la asociación de patronos me ofreció el doble del dinero que ganaba con el periódico. Me explicaron que era lo normal, que el periódico me había hecho un favor y que los periodistas que cubrían la sección recibían tal ayuda. Rechacé la ayuda, y el jefe de redacción comentó riendo que un día en la prensa brasileña aún habría lugar para esta clase de renuncias. En realidad no era sólo la corrupción institucionalizada lo que me chocaba. El impacto de la miseria en Recife era violento, y la agitación de las ideas del gobierno de Miguel Arraes generó en la ciudad una nueva dinámica cultural. Pese a mi temprana edad, como reportero me encontraba con Paulo Freire, Celso Furtado, Gilberto Freire, Ariano Suassuna y otros personajes que, de diversas formas, alimentaban reflexiones sobre la realidad del nordeste de Brasil. En el Movimento de Cultura Popular hallé gente de mi edad mucho más politizada con una intensa dedicación a las transformaciones sociales. Mis reflexiones empezaron a girar como un caleidoscopio, apareció un conjunto de nuevos puntos de referencia, y mi gusto por la filosofía y por la lingüística fue sustituido por el de la economía. Quería entender las cosas, los porqués, los mecanismos, y ya estaba convencido de que en las dinámicas económicas radicaban los problemas sociales.

Una noche mi padre, que vivía junto a Açonorte, fue a Recife y me invitó a cenar. Fuimos a comer langosta. En la puerta del restaurante había un niño claramente famélico. Cené por no molestar a mi padre, pero el dilema ético se volvió para mí meridiano: una persona que cena langosta y deja a un niño con hambre sólo puede tomar dos caminos, o bien cambia sus valores y considera normal consumir lujo frente al hambre de un niño, o intenta cambiar la situación que genera estos absurdos. Con el tiempo conocería complejos montajes teóricos que tratan de demostrar que una persona que consume dinamiza la economía, juegos de magia que permiten transformar el egoísmo en altruismo y limpiar la conciencia. Pero en aquella época no conocía estas teorías, y la juventud tiene la hipocresía social poco desarrollada. Y aun así, no siempre.

Poco después de este episodio leí un libro sencillo y bueno en el que se demostraba que la caridad de una moneda en la calle es buena, pero que es mejor crear organizaciones que apoyen a los pobres, y mejor todavía crear instituciones justas que impidan que surja la pobreza. Son diferentes tipos de caridad. Sin haber leído nada de Marx, mi «norte» ético ya estaba definido con las sencillas raíces católicas y los valores heredados de mi madre: la pobreza es el mayor de los escándalos, y las medidas individuales no bastan.

Convivir con la dura realidad del nordeste brasileño también me hizo ver claro otro hecho: a partir de cierto nivel de destitución, los pobres pierden la autonomía de autoconstrucción de su espacio en la sociedad, quedan excluidos. De este modo surge una inmensa masa de población privada de sus propios instrumentos para reducir su miseria y, en consecuencia, la libre iniciativa y la libertad de mercado pierden todo sentido. Es comprensible que haya personas que tengan mayor o menor éxito en la vida.

Pero para participar en el juego hay que tener al menos una ficha, o capital inicial, con forma de salud, educación, dinero y demás. No se trata de caridad. Se trata del simple derecho, como ser humano, a participar del juego social, a acceder al punto de partida. La economía trata sobre los mecanismos que rigen el comportamiento de los agentes económicos. ¿Y quién no es un agente económico? En la época, claro está, esta visión era confusa. No obstante, poco a poco, maduraría la comprensión de que un economista en su gabinete pondera sobre cómo una persona puede optimizar su dinero, escoger entre la bolsa o el dólar, anteponiendo así sus teorías a la situación particular de dos millones de destituidos que no tienen donde elegir, y que no por ello dejan de ser personas.




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